Un dulce final

8

Así que, como era de esperar, y más en Roldana, esa noche salieron de fiesta y, claro, fueron a Valhalla. Y aquella noche, como alguna otra, aunque no todas, mi hermano empezó a hablar con una chica:

—¡Hola, me llamo Jaime! —saludó con levantamiento de cejas incluido.

—Hola. Yo, Dulce.

Mi hermano pegó un respingo porque de pequeño había escrito un libro de poesías que se llamaba Dulce, y respondió:

—Anda, como Dulce Chacón y Dulce María Loynaz.

Ella le miró con cara de extrañeza por haber conocido a un chico interesante en la playa y en aquella discoteca y dijo ladeando la cara con ojos de coqueta mientras se cogía una pulsera de colores que llevaba, muy parecida a una que tuvo mi hermano en su día:

—Anda, pues sí. ¡Poca gente las conoce! —Él sabía el nombre de las escritoras y poco más, pero a ella eso le bastaba para interesarse en él más que en otros que decían cosas como «¡Uy! ¡Qué nombre más dulce! Je, je». —Por cierto, ¿de dónde eres?

—Soy de Los Zorros— dijo mi hermano, pronunciando Los Zorroh, que era el pueblo que, aunque no estaba en el cartel, tocaba ese año, un pueblo muy cercano a Cuevah.

—Sí, claro, ja, ja, y yo soy de Arboh, no te digo— le respondió riéndose la chica. Y siguió—. Oye, por cierto, ¿te puedo hacer una pregunta?

—¡Claro! Si me dejas que yo te dé una respuesta.

—Te parecerá una tontería, pero es por una cosa que suelo hacer —dijo esbozando la chica una sonrisa picarona—. ¿Tú sabes lo que significa meridional?

Mi hermano se puso pálido o lívido —que ya lleva tiempo aceptado en el Diccionario como ‘muy pálido’—, pero reaccionó a tiempo para responder:

—Solo te lo digo si me dices tú lo que significa septentrional.

Dicho esto, se miraron, se sonrieron y, sin mediar palabra, se cogieron a la vez de la mano, como dos polos opuestos, pero polos al fin y al cabo, que se atraen, como el norte y el sur unidos en un punto, haciendo que todo lo anterior se borrara. Solo existía el presente en ese momento, ni siquiera existía todavía el futuro.

—¿Te gusta la poesía?— le susurró él al oído.

—Sí, sobre todo la extranjera, aunque me gusta más el arte. Antes era guía de museo.

Y así estuvieron hablando un rato, descubriendo cómo en su parecido eran distintos porque a uno le gustaba más Lorca que Miguel Hernández y a uno no le gustaba nada Malevitch, pero al otro sí, y descubriendo que los dos tenían todos los libros de mil y una cosas que hacer antes de morir y que los dos odiaban el inaguantable estrépito de la música de Wagner, pero les encantaban Mozart o Juan Magán.

Hablaron largo rato en la barra. Hubo tiempo hasta de que mi hermano le hiciera el truco de dejar que se quedara un rato con sus amigas para después volver a reunirse con ella. De vuelta juntos se miraban y se sorprendían de las cosas en común que tenían.

Y entre las muchas cosas de las que hablaron ella le preguntó:

—¿Por cierto, tú tienes algún hermano?

Y él contestó:

—No, no tengo hermanos. ¿Y tú?

 

CONTINUARÁ…

¿Y ahora qué?         Capítulo anterior

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No era yo, no era yo; era yo

7

Una de esas tardes, como era tradición todos los años, mi hermano quedó con Cami 1. Cami 1 es una chica de Mirtea —y por eso a veces la llamaba mi hermano «mi novia de Mirtea»— con la que conectó desde que se conocieron o, mejor dicho, desde que se re-conocieron un día en el malecón de Roldana, porque conocerse ya se conocían desde hacía tiempo, lo que pasa es que ambos tenían pareja entonces. De hecho nuestros abuelos conocen a los suyos.

Bueno, pues, desde que se re-conocieron, ya habían pasado algunos años. Para que la situéis, Cami 1, por ejemplo, acompañó a mi hermano al concierto de Juan Magán del que he hablado antes. El acompañar a mi hermano al concierto y otras cosas hicieron que Cami 1 adelantara a Cami 2 en el ranking de Camilas de mi hermano, historia que contaré apropiadamente en algún momento, quizás ya en una segunda parte.

Esa tarde fueron a las terracitas del puerto y se sentó mi hermano primero y ella después justo en la silla de su lado, en vez de en la de enfrente. Mi hermano le dijo lo que siempre le dice a la persona que se le sienta así cuando son dos —después de dejar el chicle en la servilleta de papel, claro—:

—Ja, ja. Te me has sentado como una novia pesada.

Ella dudó, se ruborizó un poco y le preguntó si quería que se cambiara, pero él dijo que no pasaba nada, que era una tontería.

Empezaba fuerte mi hermano en la conversación, en plan seductor, pero pronto caería con todo el equipo porque hablando de una cosa y otra resultó que Cami 1 se había echado novio. Una menos.

Esa misma noche fueron todos a Pequod, la discoteca alternativa a Valhalla. Esta vez, Chindas también conducía, y tocaba sacar el coche de mi hermano. Ese día estaban casi todos. También estaban Pichuki, Cami 2, Lupita y algunos más que ya habían llegado para la temporada de verano en Roldana, como Pitu.

A mitad de la noche mi hermano, después de haber estado preguntando en compañía de Chindas y Quero a las chicas que qué libro se estaban leyendo, recibiendo respuestas desastrosas, se encontró a una chica con la que flirteaba todos los veranos y con la que se vio alguna vez en Almagriz y con la que hace algunos años habría empezado algo, si no hubiera sido porque mi hermano estaba entretenido en aquella época con otras y la perdió, y eso que esta chica, que se llamaba Coral, le encantaba. Él decía que estaba seguro de que la había perdido porque ella o algún amigo suyo le había pillado un día que en una discoteca en Almagriz se subió a una tarima bailando cariñosamente con una chica, bueno, con Adri, a la que no veía desde hacía mucho, y que alguien les debió ver y decírselo a Coral.

La cosa es que en Almagriz no se veían mucho Coral y él. Solo alguna vez. Por ejemplo, fue graciosa una vez en la que se encontraron y no sé por qué mi hermano estaba molesto con ella —supongo que porque no le habría contestado a algún mensaje— y, en vez de darle dos besos, le dio la mano formalmente. En todo caso, todos los veranos les gustaba encontrarse en Roldana.

Esta vez no iba a ser menos y estuvieron hablando bastante tiempo. Después de un buen rato, Chindas les interrumpió un momento para decirle a mi hermano que se iban y, como llevaba el coche de mi hermano, le dijo que se fuera con ellos. Pero mi hermano, como siempre, quería quedarse y le dijo que no pasaba nada, que se llevaran su coche, que él luego volvería en taxi, porque veía que Coral estaba verdaderamente dispuesta a algo: ya estaban cogidos de la mano y todo y hasta Coral le había dicho que su reloj era muy bonito, y eso que se lo había comprado a un negro en la playa. Chindas dudó un poco, acordándose de lo que había pasado la última noche con lo de la súper y el autobús, pero al final, viendo que le dejaba bien acompañado se fue con el resto.

La cosa es que una vez solos, sentados en un apartado de la discoteca, mi hermano empezó con sus promesas de empezar algo juntos. Como siempre, mi hermano se creía sus propias mentiras, por lo que no eran mentiras, pero, además, creo que en este caso decía en serio lo de empezar algo juntos. Pero Coral empezó a decirle que aunque era el chico que más le había gustado nunca, no quería empezar nada con él porque era muy celosa y tenía miedo de defraudar a mi hermano y que se estropeara la relación tan bonita que tenían de verse y flirtear cada verano. Mi hermano dijo que no le importaba que fuera celosa, que él era la persona más fiel —que por eso no tenía novia je, je, pensó— y trató de hacer todos los trucos posibles para desviarla de aquellos pensamientos. No lo consiguió y la chica se despidió de repente dejando a mi hermano con la miel en los labios y desolado.

Desolado como estaba salió fuera ya de la discoteca, pensando que encima se tenía que pelear ahora por un taxi y volver solo, cuando de repente se le iluminó la cara al ver a Pichuki y a Lupita, que seguían por allí. Se animó al verlas porque al menos no estaría solo y fue hacia ellas, pero ellas, entre que estaban celosas y enfadadas porque el coche de mi hermano se había ido dejándolas ahí, no dándose cuenta de que, aunque era el coche de mi hermano, mi hermano también se había quedado tirado, le miraron con odio y le dijeron:

¡¡¡Ahora no!!!

E, indignadas, se dieron la vuelta las dos a la vez y se alejaron.

Mi hermano se quedó sorprendido y apesadumbrado y le empezaron a brotar sentimientos de auténtica soledad. En esas estaba cuando de repente vio a una de las amigas de Pichuki y Lupita y, decidió vengarse, indicándole rápidamente dónde estaban Pichuki y Lupita, que estaban con otras dos amigas, Cami 2 entre ellas, para que no cupieran en un taxi con esta chica. Y así pasó, o sea que la venganza surtió efecto, pero al final un amigo de Cami 2, uno de los roldaneros que estaban en el veinticuatro la otra noche, que también andaba por allí, les llevó a todos, en su furgoneta, mi hermano incluido, a quien la venganza le había salido redonda, pero a quien ni Lupita ni Pichuki dirigían la palabra.

ahora no finalHay que decir que no era ni mucho menos la primera ni la última vez que Lupita y Pichuki se enfadaban con mi hermano, pero esta vez pareció la más grave. Siempre tenían rencillas entre ellos por ver quién ligaba más, por ejemplo. Por eso en el chat del WhatsApp que tenían los tres, llamado «los cukis», por la terminación de Jaimuki, Pichuki y Lupuki, el emoticono que más se usaba era el de la carita a la que le sale humo de la nariz. También salía mucho el del llamado «hierbamán». Hierbamán fue un personaje que se inventaron un día en unas copas, cuando estando en la terracita de una villa que habían alquilado mi hermano y los del Pinar, empezaron a oírse ruidos de hojas como si hubiera alguien o algo y empezaron a decirse entre ellos Lupita, Pichuki y mi hermano que había un monstruo con la piel de hierba y que era hierbamán y se empezaron a meter miedo.

Desde entonces, cuando alguno de los tres ligaba, se mandaban el emoticono de hierbamán, que en verdad era un sombrero con un lazo verde, pero en el que el lazo parecían unos ojos verdes y el sombrero la cabeza. Un hierbamán, por supuesto, siempre era contestado con una carita con humo saliendo por la nariz.

También se enfadaba mucho Pichuki cuando le recomendaba películas a mi hermano y mi hermano siempre las ponía fatal en su blog, criticándola a ella por habérselas recomendado. Cuando se enfadó de verdad Pichuki fue cuando mi hermano fue a ver una de las películas recomendadas con una pituki o nenúfar, como llamaban a las chicas en el grupo. Sin contar, claro, el día que Pichuki se enfadó de verdad por recibir un Fernando Alonso.

Pero, volviendo a la desolación de mi hermano, que en este caso me parece que es preocupante de verdad, es decir, que no es la típica penuria que le entra otras noches cuando no liga o no desayuna, cuando le hubieron dejado en la puerta de la casa de nuestro abuelo, se fue a por un pan pizza y, como era costumbre, se fue al malecón a pensar en sus cosas. Entonces se le juntó todo en la cabeza: la desazón de no haber descubierto el origen del lenguaje, el desastre de la súper, lo de Coral, lo de Cami 1 y el «Ahora no» de sus supuestas amigas. Empezó a darse cuenta de que ni siquiera con una chica a la que le gustaba, como Coral, y para la que era el hombre de su vida era capaz de empezar algo y cayó en la cuenta de que al final, con tanta tontería, se había quedado solo, que todos le habían dejado atrás, que aunque hablaba con muchas chicas, en el fondo, era él quien siempre llevaba el peso de las conversaciones, quien siempre animaba, el que siempre contaba alguna historia graciosa. Que en el fondo todas sus novias, la de Santaél y las demás, no eran más que figuras en las que volcar sus fantasías, personajes reales, pero moldeados por su imaginación, con los que nunca se decidía a dar el paso y con los que, cuando lo daba, era demasiado tarde, productos de su imaginación que, al final, no sabía ni si le gustaban de verdad.

Entonces, decidió que tenía que dejar de ser él quien mandaba siempre el primer mensaje y el que respondía más y se puso a recordar que las distintas chicas con las que tan buena relación tenía al final no suponían más que obstáculos que le habían hecho no ver más allá y encontrar una chica con la que de verdad pudiera estar a gusto.

Mi hermano comprendió que si no fuera por él ya no le escribirían y que dejar pasar el tiempo para que se pensaran que se había olvidado de ellas no era una táctica tan buena como él creía, que lo que en verdad sucedía es que ellas le olvidaban hasta que él volvía a escribir, a veces en las tardes de domingo, a veces los viernes al volver a casa de fiesta, cuando les mandaba un mensaje tonto o la foto de un reloj con la hora a la que se acostaba, y que entonces le recordaban y volvían a hablar con él, porque en el fondo mi hermano, con su frivolidad y sus historias raras era de los que siempre animan y con los que siempre se puede chatear un rato, pero nada más.

Luego se puso a pensar en antiguas novias y no se reconocía él en la persona que estuvo con ellas, en la persona que se centró en una y luchó por ella y se preguntaba cómo habría hecho para empezar con ellas; y entonces le venía a la mente el final de una de las poesías que escribió de pequeño: «No era yo, no era yo; era yo». Y efectivamente, aquel había sido él, aunque ahora no se reconociera y no se acordara de cómo era en aquella época. Era él y seguía siendo el mismo.

A diferencia de lo que le pasaba otras veces, este sentimiento le seguía durando a la mañana siguiente. Como ya me temía, no era solo un producto exagerado del alcohol. Siguió pensando que tras este nuevo revés en el amor —o como él decía, una nueva leche de las que da la vida— mi hermano comprendió que era lo suficientemente raro como para interesar y divertir a las chicas, pero demasiado como para gustarles. Como descubrió aquel día, lamentándose con Chindas que, como sabemos, en aquella época estaba en una situación parecida, es terrible pero el hecho de que una chica te rechace como novio no es simplemente que esa chica se esté haciendo la interesante, no, la cosa es que prefiere no estar contigo, no compartir la mayoría de los momentos de su vida contigo. Por el motivo que sea, la chica, antes que estar contigo, prefiere estar con otro, reservar esos momentos para otra persona o, peor aún, prefiere estar sola. Y siguiendo las normas de mi hermano, no se le puede rogar que prefiera estar con nosotros.

Entonces mi hermano empezaba a pensar que después de todo no se arrepentía de su comportamiento con las chicas, pero que notaba que mientras todos sus amigos, iban teniendo sus parejas, él, después de todo, se estaba quedando un poco atrás. Por suerte todavía le quedaba gente como Chindas o el recién vuelto al mercado Quero.

Pero, aunque este sentimiento de desolación le duró a mi hermano más que otras veces, enseguida se le pasó. Lo cierto es que este tipo de aflicción solo le aparece de vez en cuando, generalmente de 8 a 9 todos los días, lo cual según nuestra madre le pasa desde pequeño, o los domingos a cualquier hora. Hubo una época en la que le empezó a pasar los lunes. Ante esto él decía que es que se habían equivocado y habían puesto un año bisiesto cuando no debería haberlo sido y le habían trastocado su día triste.

Él dice que lo peor que se puede hacer cuando uno está triste es ponerse aún más triste al pensar que está triste, como culpándose. También encuentra consuelo en la frase que oyó un día en Tierra de penumbras, película sobre C.S. Lewis, que es el creador de Las crónicas de Narnia y amigo de Tolkien, donde el propio C.S. Lewis justifica el sufrimiento humano entendiendo que los seres humanos somos bloques de piedra que Dios con su cincel va moldeando. Cada golpe duele, pero nos hace más bellos y perfectos. Otra cita que le consoló de pequeño es la de Neruda «Estoy triste, pero siempre estoy triste» de Farewell, uno de sus primeros trabajos.

Yo, como le había visto tan triste, dije que era preocupante, pero, vamos, tan preocupante como puede ser un día de tristeza, y más en Roldana.

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El día que mi hermano ligó con una súper

6

Otra noche, antes de salir rumbo a Valhalla, mi hermano pilló a Quero poniendo en práctica una táctica que, según dijo un día, había leído o en el Quo o en el Muy interesante, sus revistas favoritas. Quero ya lo había dejado definitivamente con su novia y no estaba del todo mal. Volvía a sentir ganas de ligar, pero de una manera sana, no en plan vengativo o despechado. Lo que había leído Quero es que el olor de los polvos de talco era el que más atraía a las mujeres y, al ver un bote en el baño de Chindas, en cuya casa también se estaba alojando, no había dudado en echarse. Al pasar por la puerta del baño mi hermano le dijo:

—Uhm, ¡qué bien huele tu colonia!

—No me digas. Si es la misma de siempre.

—A mí me huele un poco mejor.

—Joé, no me digas eso, que es que me he echado polvos de talco.

Mi hermano, al que Quero ya le había contado la táctica alguna vez dijo:

—Ja, ja. Qué pillín.

Y Quero, preocupado, dijo:

—A ver si los polvos de talco a quien les gustaba era a los tíos.

—No, eso era a las tías. A los tíos el olor que más les atraía era el de la lavanda.

Quero puso cara de espanto:

—Es verdad. Pues el gel que tiene Chindas tiene lavanda —lo sabía porque antes de ducharse había estado leyendo la etiqueta, mientras… bueno, mientras hacía tiempo para que el agua de la ducha se calentara.

—Ja, ja. Pues nada, hoy vas a ligar con todo el mundo. Aunque la verdad es que la táctica de los polvos de talco a mí nunca me dio muy buen resultado, que yo recuerde.

Y es que mi hermano, cuando Quero en su momento le contó la táctica, la había usado. Quero en aquella época solo la usó para atraer más a su novia; no os vayáis a creer que la usaba para otras, que tanto Quero como mi hermano son superfieles.

Ya en Valhalla esa noche, viendo que no funcionaba del todo bien lo de los polvos de talco, Quero empezó con otra táctica. En una de sus revistas también había leído que la parte del cuerpo que más les gusta a las mujeres de los hombres son los hombros. Para que las chicas se fijaran en ellos empezó a andar levantando uno y después otro como un jorobado de Notre Dame intermitente. Al principio, entre las contorsiones y jeribeques, en vez de hacer que las chicas se fijaran en sus hombros, casi directamente se los metía en la cara. Pero hay que decir que, una vez que pulió la táctica fue impresionante ver cómo las chicas se acercaban a él como moscas. Mi hermano no daba crédito y empezó a hacerlo también. Debía hacerlo bien porque en un momento que paró para descansar, que con la tontería se cargan bastante los hombros, una chica le dio un palmotazo (como los de Charly) y le dijo que siguiera bailando. Aunque el movimiento de los hombros atraía a las chicas como a moscas y se ponían a bailar como hipnotizadas con mi hermano y Quero, Quero tuvo razón cuando dijo:

—Sí, sí, atraerlas, las atrae como a moscas, lo difícil es mantenerlas.

Ya casi al final de la noche, cuando quedaba media hora para cerrar, como siempre, estaba la tentación de volverse con Chindas en el coche. En este caso habían llevado el de Zazú pero lo conducía Chindas, porque casi nunca bebía. La cosa era si irse con el coche o si quedarse haciendo el tonto mientras esperaban a un taxi o al autobús o comiéndose un perrito caliente en el puesto de dentro de Valhalla y cantando «¡Perromán! ¡Perromán!» con el ritmo de «Popurrí, popurrí» de Furor o «Quiero un perrito calienteee» o «Yo no me voy sin mi perroooo» con el ritmo de Seven nation army, para variar. En este caso, se querían ir todos menos mi hermano. Mi hermano les dijo que, como eran cinco, que él se quedaba un rato, que se sacrificaba y ya volvería en autobús. Como podréis imaginar, para mi hermano no suponía ningún sacrificio quedarse. Al final, cuando hace estas cosas, nunca se queda realmente solo porque siempre se encuentra o a alguien conocido de antes o a alguien recién conocido.

De hecho, a mi hermano le encanta salir el último de las discotecas. Para conseguirlo sin enfadar a los puertas, hace como los jugadores de fútbol cuando van ganando y quieren perder tiempo con los cambios yéndose al otro lado del campo: se va a la punta contraria de donde está la puerta de salida. Muchas veces, nuestros amigos, por no dejarle solo, le buscan y se lo llevan, pero en este caso, le vieron tan entusiasmado que se fueron sin él. De hecho, mi hermano ya le había dicho a Chindas antes de llegar a Valhalla que esa noche igual se quedaba solo y que no se preocuparan por él, que no iba a ser como esas veces que le da por quedarse solo inconsciente e insensatamente.

Una vez solo, mientras daba una vuelta, al pasar por la puerta del reservado, vio a la de la puerta de las entradas, que estaba dentro. Ella le vio y le invitó a pasar al reservado y a una copa. Mi hermano, que ya iba contentillo, con esa copa, que encima era con Red Bull, ya se puso como una moto. Al día siguiente contaba:

—No sé muy bien cómo, pero acabé sentado en el reservado donde se suelen poner los famosos al lado de una chica rubia que me empezó a hablar supersimpática.

Chindas se rió:

—Sí, ja, ja, sin saber cómo. Eso es como lo de … —se dice el pecado, no el pecador—, que un día volvió diciendo que no sabía muy bien qué le había dicho al taxista, pero que le había llevado a un puticlub. Pues le diría que le llevara a un puticlub, ja, ja.

—O que le llevara de puteches, ja, ja, ja.

Según siguió contando mi hermano, miró a la chica junto a la que se había sentado y le dijo abiertamente:

—Eres guapísima.

—Ja, ja. Anda, anda.

Estuvieron hablando un buen rato y hasta las amigas sonreían a mi hermano como animándole a proceder. Mi hermano que en la vida se había llevado muchas cobras, tortugas, mátrixes y demás, en resumen, calabazas, fue precavido y no dio un paso adelante esa noche. Se limitó a pedirle el móvil, que la chica le dio con demasiada facilidad, y del resto no se acordaba muy bien. Tal como iba esa noche mi hermano, es normal que no se acordara de nada.

Una vez que se hubo despedido correctamente de la chica que, por cierto, se llamaba igual que la camarera rubia guapa, al salir de Valhalla, vio que justo estaba el autobús que le acercaba a casa.

Y en el autobús la montó desde el primer momento. Si una vez le dio por dar volteretas al mezclar whisky con Red Bull, aquí le dio por ir indicando a la gente con quién se tenía que sentar, haciendo parejas de chico y chica:

—Tú con ella. Tú con él. Tú conmigo.

Y durante el viaje fue haciendo de todo. Diciéndole al conductor que no le hiciera una jugarreta, que no le llevara a Monsácar, sino a Roldana (ese día no tendría más remedio que dormir en casa de nuestra madre y abuelo, porque el autobús dejaba a una hora andando de Pera Playa, donde tenía la casa de Chindas, y solo a media de la casa de nuestro abuelo), cantando y haciendo «camareros». Para que os pongáis un poco en situación, uno de los «camareros» fue el siguiente:

—¡Camarerooo!

—¡Qué!

—¡Camareroooooo!

—¿Qué?

—¡Una de Roldanaa!

—¿Una de Roldanaa?

—Give me hope, Roldana. Give me hope.

Aunque la mayoría le habían respondido al «¡Camarerooo!» con un «¡Qué!», no siguieron la canción y se produjo un gran silencio, seguido por risas. Viendo esto, temiendo fracasar, tiró de uno de los que nunca fallaban:

—¡Una de lomo adobado y aceituna!

—¿Una de lomo adobado y aceituna?

—¡Y ese lomo adobado y aceituna, que abandona por la noche la maná!

Otra vez nada y luego risas.

Con todo esto, el caso es que al final todos acabaron coreando su nombre. Él creía que decían «¡Jaimito! ¡Jaimito!», pero cuando otra noche le reconocieron algunos por Valhalla y le paraban, le decían:

—¡Eh! Tú eres Jaimote, el del autobús.

A saber por qué le habrían llamado Jaimote. Espero que no hubiera ninguna rima implicada.

Y al bajarse del autobús, para completar la faena, les hizo un «mi hermano» a una pareja que se bajó con él y que, por supuesto, en cuanto pudo le dio esquinazo.

Vamos, que la lió —también con tilde— casi tanto como el día que no le dejaron pagar en el autobús en Almagriz con veinte euros y querían hacerle bajar, historia que contaré cuando conozcáis a mi hermano un poco mejor, para que no se lo toméis a mal.

Cuando al día siguiente les contó a todos en la partida de mus toda su noche, no daban crédito. Con lo de la chica, como mi hermano había contado que había sido todo como muy fácil, que no le había costado conseguir el móvil y que la chica estaba en el reservado de famosos y que encima era muy guapa, Chindas dijo:

—A ver si va a ser una escort.

—¿Una qué?

—Una escort. Una señorita de compañía, vamos.

—Ostrás, pues no sé. La verdad es que bien podría ser, pero no creo.

No le dio demasiada importancia a estas palabras y, al volver a casa para cenar, le cogió el móvil a nuestra madre para escribir a la supuesta escort por el WhatsApp. Recordemos que mi hermano había perdido el móvil y el que tenía era uno antiguo sin WhatsApp, por lo que tenía que usar el de nuestra madre. Le puso: «Hola, ¿qué tal? Soy Jaimito». Y la respuesta no tardó en llegar: «Hola». Y seguía con la siguiente misteriosa frase: «Eres amigo de una super». Al ver eso mi hermano se acojonó. «¡Cómoooo!». Empezó a buscar en google «prostituta súper» o «super puta», pero no encontraba nada. Empezó a sudar pensando que quien le había contestado era el chulo advirtiéndole que era amigo de una súper, para prevenirle, no se fuera a pensar que había ligado por la noche. «Y con el móvil de mamá», pensaba sudando mi hermano. «A ver si me va a llamar el chulo o algo». Cuatro minutos eternos duró esta agonía que se resolvió cuando volvió la cobertura y el mensaje se completó: «Eres amigo de una super… amiga mía». Verdaderamente solo a alguien con tan mala suerte como a mi hermano le podía llegar un mensaje por partes de esa manera.

Pero lo malo no iba a acabar ahí, porque resulta que la tal superamiga era una chica que a su vez era muy amiga de una chica con la que estuvo mi hermano y que —creo que con contar el final de la historia basta para hacerse una idea— acabó llamándole imbécil la última vez que hablaron. La excusa que puso mi hermano es que ella se había picado porque a él le había dejado de gustar cuando descubrió que se parecía a Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? —Y con esto me honro de citar a Joan Crawford igual que Cela en La colmena.

Una vez aclarado que la chica no era una señorita de compañía ni una escort ni una súper, al saber de quién era superamiga, mi hermano que era excesivamente sincero a veces, le dijo: «Uy, pues no sé si te va a dar muy buenas referencias de mí». En verdad estaba usando un truco que le había funcionado precisamente con la que le llamó imbécil y con alguna otra, que consistía en decirles a las chicas cuando ellas mostraban algo de interés en él que no perdieran el tiempo con él, que él no merecía la pena, lo cual, según decía, hacía que se interesaran más por él porque las chicas se fijan más en los tipos duros.

En el caso de la escort, desde entonces poco ha vuelto a saber mi hermano de ella. Ella no le volvió a escribir y él tampoco. Decía que le había dejado de gustar ella porque un día que se puso a ver sus fotos en Facebook, que también se lo habían dado esa noche, se llevó la terrible sorpresa de comprobar que la chica tenía un piercing en el ombligo.

Y ahora me doy cuenta de que, cuando muy al principio de esta historia comenté algunos de los requisitos que tiene mi hermano para sus novias, me dejé unos cuantos. Uno de ellos es precisamente que su novia no puede tener piercings en sitios raros, es decir, no puede tener piercing en ningún sitio que no sea la oreja. Tampoco puede tener su novia tatuajes; solo en todo caso alguno pequeñito y que tenga un significado verdaderamente especial. La explicación que da mi hermano a lo del tatuaje es que el que se pone un tatuaje es egoísta con su yo futuro y se deja llevar por el carpe diem de manera inconsciente, porque se está obligando a llevar en el futuro algo marcado en la piel por un capricho del presente, lo cual no está bien en una novia. Si alguien no piensa ni en sí mismo, ¿cómo va a pensar en su pareja?

Para lo de los piercings no me ha dado ninguna razón nunca, pero conociéndole diría que es porque no entiende que alguien pueda soportar el sufrimiento de ponérselo solo por estética. Tampoco acepta los pechos operados y esto doy fe de que lo siguió a rajatabla con una chica que le encantaba.

Además, aunque no es requisito completamente indispensable, es mejor si la chica no fuma. Por pocas cosas se enfada de verdad mi hermano, pero una de ellas, que ha sido motivo de discusión con sus novias, es que fumen en su presencia. Él no entiende cómo una novia puede hacer algo a sabiendas de que a la persona a la que supuestamente más quiere le molesta. Y en esto también tiene buenas razones porque alguna vez ha tenido problemas físicos, que ya contaré, por estar con chicas que fuman mucho —Neque semper arcum tendit Apollo (esto mejor no lo traduzco aquí)—. Aunque el verdadero problema es que cuanto más les dice a sus novias que no fumen, más nerviosas se ponen y fuman más.

Después de conocer todos estos requisitos, supongo que de forma parecida a como pasaba en el juego de mesa ¿Quién es quién?, las casillas de todas las lectoras de esta historia, posibles pretendientas de mi hermano, habrán ido bajando y ya no quedará ninguna a la que le atraiga.

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¡Me quedo a vivir en Roldana!

5

En Roldana, o mejor dicho, en Pera Playa, el plan ya estaba establecido: despertarse con el clásico desayuno de los campeones, es decir, cerveza con caracoles en El Esportero, pegarse los clásicos paseos por la playa hasta los catamaranes por la mañana y darse el posterior coke-baño (baño en la piscina con Coca Cola), echarse las clásicas partidas de mus, jugar al vóley-playa y hacer crossfit, cenar, ducharse y, por supuesto, hacer copas en el porche de Chindas y salir por las noches a Valhalla.

El día que llegaron lo hicieron ya para la partida de mus, y las copas tardaron en llegar lo que tardaron en jugar un partido de vóley-playa, tener una sesión de crossfit y cenar unas pizzas del Calipso, previo paso por el Mercaballero para comprar el alcohol.

En las copas de esa primera noche salió el tema de queridos amigos y amigas, es decir el tema del sexismo en el lenguaje (o como lo llamen). Mi hermano, que, como era de esperar, también tenía solución para esto, tomó la palabra:

—Vamos a ver, si es que el problema es que no sé quién tuvo la gloriosa idea de llamar masculino a un género y femenino a otro. Con lo fácil que habría sido mantener una clasificación con declinaciones. Así, estaría la declinación terminada en –o, la declinación en –a, la declinación en –e y la declinación en consonante, por ejemplo, digo. Entonces se podría decir que la declinación en –o se usa en español para el masculino en nombres de seres sexuados, como en perro, pero también para género indeterminado como en el cielo.

Y seguía:

—Y en el caso de hombres y mujeres, los pobres hombres comparten el mismo nombre que el común. Esto se puede tomar de dos maneras: o que la mujer es especial, que para mí lo es —y sonreía a las presentes, que eran Lupita, Cami 2 y Pichuki, que ya habían llegado también a Roldana— y, por tanto tiene un nombre especial o que el hombre es lo que se considera normal y, por eso, su nombre se utiliza para llamar a la especie. Lo mismo con los padres y todos estos heterónimos. Aquí cada uno puede pensar mal o no. Y así se ahorrarían tiempo, espacio y peleas, pero, claro, es lo de siempre, solo si uno quiere ahorrar en eso. Desde luego se evitarían cosas mixtas como Queridos amigos y amigas, en vez de Queridos y queridas amigos y amigas.

Ya en Valhalla, hicieron la cola como siempre y al llegar a la entrada había dos chicas cobrando, una a la derecha y otra a la izquierda. Mi hermano, que, aunque para las caras sí tiene buena memoria, le preguntó a Chindas:

—¿Cuál es a la que conocemos?

Y es que mi hermano siempre habla con las que cobran la entrada en las discotecas y consigue siempre un buen descuento. Pero, en este caso, con la que hablaba normalmente otros años, Consuelo, ya no estaba. Sin embargo, una de las dos que estaban ahora era la que acompañaba a Consuelo antes, pero mi hermano no recordaba cuál. Chindas sí porque la había visto en una discoteca del mismo grupo pero en Medinalvir, una vez que fue en invierno con todos los de Roldana, Lízar, Sano, Alfonsito, Fernando y Óscar, viaje al cual mi hermano tristemente no pudo ir. En aquella ocasión en Medinalvir la chica reconoció a Chindas y le dijo al puerta que les dejara pasar porque eran vips de Valhalla. Luego les preguntó por mi hermano.

En esta ocasión, Chindas contestó a mi hermano:

—Es la de la izquierda.

—¿Seguro? A mí me suena que la última vez en mayo me pasó la de la derecha.

—No —aseveró Chindas.

—Bueno, pues vamos por la izquierda —dijo decidido mi hermano.

Y no había dado ni un paso hacia la izquierda, es decir, hacia la chica cuando la chica nada más ver a mi hermano, gritó:

—¡Jaimitoooo! ¿Ya estás por aquí?

Mi hermano se puso ufano porque le encantaba que le reconocieran y, encima, gracias a eso podía hacer el favor al resto de o pasarles gratis o con dos copas más baratas que las de dentro. A este respecto, después, cuando ya llevaban una semana, mi hermano, por curiosidad, le preguntó a Chindas, que generalmente no bebía alcohol, que cuánto se había gastado en Valhalla en toda la semana. Chindas respondió:

—Ja, ja. Pues entre que paso gratis y que luego me dais los culos de las botellas de Cocacola Light —Chindas también bebía solo Cocacola Light—, unos tres euros.

—Ja, ja, ja. ¡Eres un parásito!

Ya dentro esa primera noche, después de estar un rato en la parte de arriba de Valhalla, en el sitio estratégico que habían descubierto a lo largo de los años en una tarimilla desde donde podían ver y ser vistos y donde no hacía demasiado calor, decidieron bajar a la parte de abajo de la discoteca, que no estaba cubierta, a pedir y a tomar un poco el fresco. De repente, mi hermano volvió a ver a la extraña camarera rubia guapísima que estaba la última vez en mayo cuando había estado con Pichuki, Cami 2 y amigas (Rocío, la de las manos que son un desvarío, por ejemplo). Les contó a todos la historia:

—Pues resulta que, la otra vez que estuve, una noche vi a esta camarera y me empezó a mirar raro y a sonreírme. Yo me quedé un poco extrañado. Esa noche pedí en otra barra. Pero, la noche siguiente, sentía curiosidad y le pedí a ella. Le di un tique de la entrada con copa y me miró como enfadada diciendo: «Anda, anda, qué vas a pagar tú aquí. Tú habla con Raquel y ya está. Yo no te voy a coger a ti una copa». Y no me cogió la copa. Yo pensé: «¿Quién se creerá que soy esta tía o de qué la conoceré?».

Entonces todos le dijeron que tenía que volver a pedirle. Aceptó y se acercó a la barra y nuevamente la chica le sonrió y le saludó como si le conociera. Mi hermano le pidió tres copas a ver qué pasaba y esta vez sí que le cobró, pero solo siete con cincuenta por las tres copas. Tanto se había metido en el papel mi hermano, que le sentó un poco mal que le cobrara y no entendía muy bien por qué justo siete cincuenta, pero luego pensó que claro, que algo le tenía que cobrar y que ese era el mínimo para cobrar con tarjeta.

—Uhm, o sea que todavía se cree que soy alguien —reflexionó en alto con el resto.

—¿Seguro que no te conoce de nada? —preguntó el Galgo.

—A ver, yo creo que no. Yo creo que me confunde con algún famoso. Igual con Dani Rovira b8xSAHtI—que era algo que le habían dicho últimamente ahora que había tenido tanto éxito Ocho apellidos vascos.

—Anda, ¡qué te va a confundir con Dani Rovira! Si no te pareces en nada.

—Pues no sé, porque estoy casi seguro de que no la conozco, porque con lo buena que está yo creo que me acordaría de ella.

—Sí que está buena, sí —convinieron todos.

—Yo creo que se lo voy a preguntar.

—No, no —le frenó Lízar—. Tú espérate, a ver si te va a dejar de invitar a copas.

Mi hermano acató la orden, por si acaso, pero, cuando a la siguiente ronda le invitó entera, ya se decidió y le dijo a la gente al volver con las copas:

—Voy a decirle algo. Me da igual que deje de invitarme a copas, pero es que tengo verdadera curiosidad.

—Bueno, tú verás —le dijeron sin convicción, aunque la verdad es que todos sentían curiosidad por saber qué pasaba.

Entonces se les ocurrió que lo único que podía ser es que mi hermano le gustara.

—Eso es que le gustas —dijo Zazú.

—Acércate y pídele el móvil.

Mi hermano, que aunque tenía muy baja autoestima se dejaba convencer fácilmente con este tipo de cosas, se acercó y le dijo:

—Hola, ¿cómo te llamas?

Él sabía que esto era demostrar claramente que no se conocían, pero por algo había que empezar.

—Clara, ¿tú?

Que ella le preguntara el nombre indicaba que no le estaba confundiendo con un famoso, o sea que sí podía ser que le invitara porque le gustaba.

—Yo, Jaimito —su nombre artístico en Roldana junto con Jimmy o Jaime Picos, nombre cuyo origen ya desvelaré.

Ella puso cara rara y mi hermano pensó: «Vaya, ha descubierto que no soy quien pensaba». Aun así se tiró a la piscina:

—Oye, pues había pensado en pedirte el número de teléfono. —Ella ya empezó a negar con la cabeza, pero mi hermano siguió—. Pero como voy a venir muchos días te voy a pedir cada día una cifra.

—No.

—¿No?

—No.

—¿No me das ni siquiera la primera cifra? ¿Ni siquiera el seis?

—Vale, el seis, pero nada más.

Todos se rieron de él al enterarse.

—Te lo dijimos —decían.

Y desde entonces la camarera no le volvió a invitar a ninguna copa. De hecho, le evitaba la mirada. No tardó mi hermano mucho, eso sí, en descubrir cuál podía ser la causa del rechazo. Unos días más tarde, cuando fueron al cine de verano a ver Guardianes de la Galaxia, vio a la camarear con un cachas, y lo peor de todo, con dos niños pequeños, que podían ser sus sobrinos, pero también podían no serlo y ser sus hijos. Se sintió parecido al día en el que tuvo que dormir en la misma cama que una embarazada.

Esa noche, aunque era más tarde de las cuatro, mi hermano consideró que tenía que dormir en casa de nuestra madre y nuestro abuelo porque habían llegado ese día y quería empezar con buen pie. Como siempre que dormía allí, Chindas le quería dejar en la puerta de casa al volver de Valhalla, pero mi hermano, para que no se desviaran de su camino a Pera Playa, les decía que le dejaran en una rotonda a la entrada de Roldana, donde curiosamente había una tienda de muebles que se llamaba Antigüedades Jaimito, que así daba un paseo hasta su casa y pensaba en sus cosas. Parte del ritual del paseo era comprarse un pan-pizza en el 24 y comérselo en el malecón mirando al mar mientras pensaba en sus cosas. Tal pretendía hacer esa noche, pero en el 24 se encontró a Cami 2, que, aunque se había ido antes de Valhalla, seguía ahí con sus amigos roldaneros, Natalia incluida. Estuvieron un rato hablando todos y mi hermano les planteó una pregunta que llevaba tiempo rondándole, mejor dicho, roldándole por la mente.

—¿Qué tal es la vida en Roldana?

Tan bien se lo pasaba en Roldana que había pensado muchas veces irse a vivir allí. Hasta tenía una canción al respecto, que era «¡Me quedo a vivir en Roldana!» cantada, por supuesto, con el ritmo de Seven nation army de White Stripes. —Curiosamente justo mientras escribo esto me ha salido en el aleatorio de Spotify Blue Orchid también de White Stripes—. Los roldaneros le respondieron:

—A ver, tú lo ves muy divertido porque vienes en verano. Pero luego en invierno es un aburrimiento. No hay nadie. Por ejemplo, si te quieres tomar una copa con alguien un martes, no tienes con quién.

Mi hermano saltó:

—Coñe, ¡conmigo! —Y concluyó—:  ¡Ya está! ¡Me vengo!

Todos se rieron, y entre risas se fueron a dormir.

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El origen del lenguaje podría ser la manzana de Adán

4

Y por fin llegó el día de ir a Roldana. Fueron Chindas, Lízar y mi hermano, es decir, el pack completo, en el coche de mi hermano, un Peugeot 206 gris muy reconocible por tener tres pegatinas de smiley, de las cuales la del centro se la regaló en un bonito verano, del que ya hablaré, Cami 2, y una pegatina de I Roldana.20150329_202115

Más tarde ese día, al salir del trabajo, irían Quero, el Galgo y Zazú y luego se iría uniendo más gente esa tarde y los siguiente días. Esa tarde, además, llegarían en tren a Cartadás, que está a una hora de Roldana, nuestra madre y nuestro abuelo, que por comodidad suelen preferir hacerse gran parte del camino en tren. Luego les recoge mi hermano en la estación de Cartadás. Nuestra abuela ya está muy mayor para el viaje y se queda en Almagriz con nuestra tía abuela. Como todos los años, nuestra madre al llegar se disputaría la custodia de mi hermano con Chindas (aunque al final siempre quedan en lo mismo: mi hermano duerme en casa de nuestra madre y nuestro abuelo los días que vuelve pronto, es decir, antes de las cuatro de la mañana y, si no, en casa de Chindas con todos; medida salomónica con la que todos están conformes). Lo bueno de dormir en casa de Chindas es que así pueden hacer desayunos y pistachadas y discutir sobre chotos, lechones y lechales.

Durante el viaje, Chindas, que llevaba un tiempo pensándolo le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿por qué era tan importante para ti encontrar el Manuscrito del Conde Ensortijado? —No importaba que se enterara Lízar, porque al fin y al cabo era parte del pack completo.

—Pues mira —empezó mi hermano con el tono filosófico que pone en estos casos—, el origen del lenguaje es un misterio. Es difícil imaginar cómo pudo nacer, cómo a alguien se le ocurrió codificar el pensamiento en símbolos, sobre todo en símbolos arbitrarios, que permitiera comunicarlos. ¿Cómo saltó la chispa? ¿Cómo pudo pensar o cómo se le pudo ocurrir si no tenía lenguaje? Y por mucho que digan que el cuerpo humano tenía las condiciones favorables para desarrollar el lenguaje por la posición de la glotis, como se dice por ahí con una laringe perfecta, es extraño que otros animales con características semejantes no lo hayan desarrollado.

—Pero ¿y qué esperabas encontrar en el Manuscrito, por ejemplo?

—Pues yo qué sé. Que lo que llaman en la Biblia la manzana en el Paraíso fuera en verdad la capacidad del lenguaje y que Dios recomendó a Adán no utilizarlo porque solo traía tristeza y culpa, que es lo que sucede cuando uno es capaz de codificar y, por tanto, de reflexionar sobre lo que siente. Y no sé, puede que la palabra para lenguaje se tradujera como manzana por algún error tipo el de «Antes entra un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos» donde en verdad kamelos en griego significa ‘soga’, lo cual tiene más sentido. O también puede que sea una metáfora. En cualquier caso sería curioso descubrir que lo que hizo el lenguaje fue que Adán y Eva abandonaran el Paraíso. —Vamos, una historia parecida a la de la novela fantástica que empezó a escribir.

—Ja, ja, ¿y entonces lo de la tentación de Eva? —le siguió tirando de la lengua Chindas.

—Pues igual fue porque Adán empezó a utilizar el lenguaje para ligársela.

—Ja, ja, ja.

En el camino, al adelantar un coche con tías buenas, recordaron la historia de cuando mi hermano iba a Sasón con Lucas, Toño y Lapita, donde habían quedado con otros de Pinar de San Martín. Yendo para allá adelantaron a un grupo de chicas y se empezaron a escribir mensajes en un papel poniéndolos contra la ventanilla. Así estuvieron durante doscientos kilómetros adelantándose, riéndose, mandándose mensajitos e, incluso, les dieron el número de móvil de mi hermano, que conducía, y ellas le incluyeron en un chat de WhatsApp con todas. Mi hermano y sus pasajeros no tuvieron la culpa de ello, pero metieron un poco la pata porque les pusieron a las chicas en un cartel que iban a Sasón y las chicas empezaron a celebrarlo porque también iban allí, sin caer en la cuenta de que iban de despedida de soltera y la que era objeto de la despedida, que también iba en el coche, no sabía aún adónde la llevaban. Al final pararon todos en la misma gasolinera, básicamente porque mi hermano vio que las chicas paraban en una y se metió detrás de ellas. Como es lógico la situación fue un poco incómoda o embarazosa. —La mejor palabra sería awkward. En español no sé si hay una palabra igual de precisa. Quizás la mejor forma de expresarlo sea como lo hace el Galgo que califica este tipo de situaciones como aquellas en las que a uno le sangra la nariz de la vergüenza—. Pues tanto les sangró la nariz a todos que luego cuando se vieron por Sasón en un bar, ni se hablaron.

Ya casi llegando a Roldana, antes de pasar el famoso cartel de Bastetania, Marmoel, Arbol y Cuevas del Surbo, vieron un cartel que indicaba que por allí pasaba el río Mundo, el mítico afluente del Segura —mítico en el sentido almagriceño de clásico o de que se estudiaba en la infancia—, y mi hermano aprovechó para compartir una bonita curiosidad de su repertorio:

—Es error común creer que el nombre del río Mundo procede de la palabra mundo que todos conocemos. No. Bueno, tiene relación, pero no es exactamente así. La palabra mundo que usamos en español para la Tierra, procede del latín mundus, que es un calco del griego cosmos. Lo de que sea un calco quiere decir que es una palabra del latín que se utiliza de la misma manera metafórica que la palabra del griego sin tener nada que ver en su forma. Es decir, en griego cosmos significaba limpieza y orden y creo que fue Pitágoras quien la utilizó para referirse al universo como algo limpio, bello y ordenado. Con el mismo significado de limpieza de cosmos tenemos ahora cosmética, por ejemplo. Pues en latín hicieron lo mismo. Utilizaron la palabra que significaba ‘limpio’ en su lengua para referirse al universo. Y esta palabra era mundus. Nosotros ya no tenemos mundo con ese significado, pero sí tenemos inmundo, para el significado contrario. Y esto venía a que el río Mundo se llama así porque es limpio y no inmundo.

Con estas cosas y con las nuevas autopistas, el viaje a Roldana pasa muy rápido.

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El problema de comerse un Big Mac con cartón y todo

3

Justo dos noches antes de irse, después de salir de fiesta otra noche, mi hermano acabó desayunando con Zazú en un McDonald’s, por supuesto después de haber pasado por don Pelayo. Una vez allí, empezaron a jugar con la comida, cosa que desde pequeño a uno le dicen que no hay que hacer, entre otras cosas por lo que veremos ahora. Mi hermano incluso se empezó a comer el Big Mac con caja de cartón y todo. Luego le tiraba comida a Zazú, quien hacía «Brrrrrrrrrrr» y se la quitaba de encima tirándolo todo al suelo. Cuando ya se iban, mi hermano, viendo el desastre que habían organizado, por lo menos intentó recoger las cosas de encima de la mesa echándolas en una bandeja, con tan mala suerte que se le cayó por toda la mesa una Coca Cola que habían pedido y no se habían bebido porque ya estaban hasta los topes de líquido. Decidió dejarlo tal cual para no liarla más, tiró lo que había recogido a la basura, bandeja incluida, y en el momento en el que pretendían poner pies en polvorosa uno de los camareros, viendo el panorama, les detuvo y les preguntó:

—Pero ¿qué habéis hecho?

—No sabemos —se disculparon—. Si nos das una escoba, si quieres recogemos.

—No, no. Da igual, no os preocupéis. Iros, que ya lo recojo yo.

Tras el incidente, se despidieron y mi hermano se cogió un taxi. Quizás como castigo por haber jugado con la comida o por haber sido un vándalo, cuando mi hermano se bajó del taxi ya en casa, se tocó el bolsillo y notó que le faltaba algo; se empezó a palpar por todos los bolsillos, pero nada: no tenía el móvil. Intentó parar al taxista por si se le había caído allí, pero ya se había ido. Su conciencia le decía que lo había perdido en McDonald’s, porque en don Pelayo todavía creía recordar que lo tenía. Supuso entonces compungido que lo habría tirado a la basura del McDonald’s con la bandeja o algo. El karma. Llegó incluso a pensar que se lo había comido al morder la caja del Big Mac. El caso es que, como justo un mes antes se había quitado el seguro enfadado por la cancamusa de los trapaceros de la compañía de teléfonos con la que empecé la novela, no tenía posibilidad de conseguir otro y mira que es mala suerte porque yo creo que, después de toda esta aventura, mi hermano ya ha aprendido a mentir, con lo que podría haber conseguido que el seguro le cubriera por robo. Como era muy tarde decidió posponer la tarea de tratar de recuperarlo para el día siguiente.

A la mañana siguiente llamó a todas partes sin éxito. Cuando llamó a don Pelayo y dijo «Nada, que estuve ayer y era por ver si me había dejado el móvil», Carmelo, el dueño, lo primero que hizo fue reírse y decirle:

—¿Ayer? Pero si has estado hace unas horas.

Luego le dijo que no lo tenía.

El problema fue que, después del dispendio en Favencia y de lo que esperaba en Roldana, mi hermano no tenía dinero para un móvil nuevo, así que se tuvo que conformar con un antiguo móvil, tan antiguo que no habían sacado actualizaciones del software y no se podía usar el WhatsApp en él. Mala noticia porque el WhatsApp es fundamental para preparar los cocktails de chicas de todos los veranos en Roldana, es decir, para conseguir números de chicas en Valhalla y luego pasarse la hora de la siesta escribiéndose con unas y con otras y convocándolas a todas para que vayan a Valhalla esa noche. No en vano, así es como empezó a hablar con su novia de Santaél, por ejemplo, en uno de los cocktails de aquel año.

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