El síndrome de la urraca furiosa

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Además, a mi hermano le encanta acaparar cosas en su cuarto, no en plan Diógenes (que Diógenes hacía lo contrario: teniendo como pertenencias solo un barril y un vaso para beber, un día que vio a un niño beber con las manos, se dio cuenta de que ni siquiera necesitaba el vaso y lo tiró), sino en plan urraca, y no solo objetos brillantes.

2015-05-08 12.11.25Nuestra madre le dice que no es normal que tenga tantos libros, que no puede ser que se los esté leyendo todos a la vez. Pero él dice que sí, que es que ella solo entiende lo que es leer, pero que no entiende lo que es consultar; que él tiene los libros para consultarlos si de repente le sale algún nombre de alguien en una novela. A pesar de su aparente convicción a la hora de defender su postura, siempre se ha sentido un poco raro. Otros no lo hacen y él no concibe que la gente no consulte. Por eso le regocijó tanto encontrar un día en Rayuela un personaje que decía que le gusta tener los libros cerca.

Con Cortázar de su parte, desde entonces justifica su urraquismo con más convicción. Hasta pone ejemplos. Dice que el otro día le salía todo el rato el Orlando furioso de Ariosto en Bomarzo. Pues si tiene una antología de poesía europea al lado puede saciar su curiosidad leyendo algún fragmento de esa obra. orlando furiosoSi ese libro estuviera en otro cuarto, le daría pereza levantarse, o más bien le desasosegaría salir de la burbuja que en torno a él se forma cuando está leyendo en su cama por la noche, una burbuja de la que, a modo de tonel, no le sacaría ni el mismísimo Alejandro Magno.

Así, en el caso de Orlando furioso, dice, si no hubiera sido porque tenía a mano dicha antología, se habría perdido un pasaje tan bello como aquel en el que se compara el intento fallido de expulsar un dolor grande del alma con una vasija en cuya boca se acumula mucha agua y acaba saliendo poca, pasaje que, por supuesto, compartió en Facebook en cuanto pudo, sin conseguir, como le suele pasar con estas cosas, ni un megusta; no así con fotos ridículas suyas que sube. Aunque la verdad es que si, por ejemplo, consigue demasiados megustas en alguna poesía suya que comparte, le empieza a dar vueltas buscando errores, como si sus mejores obras debieran estar irremediablemente condenadas al fracaso.

Pero bueno, aparte, mi hermano siente que si no tiene en su cuarto los libros que aparecen en sus listas de pendientes, los olvida y al final no se los lee; su cuarto es como un paso previo a la lectura, como un purgatorio para los libros. De esta manera, no olvida ningún libro en su camino por la dorada literatura, camino en el que anda errante, como Diógenes con su candil buscando hombres honrados a plena luz del día, en busca de libros que merezcan la pena. En ese camino, indignado o furioso (como Orlando) por el supuesto brillo de algunas obras maestras, un día exclamó: «¡Más valdría, en verdad, que una urraca se lo coma todo y acabemos!».

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