Una aventura es más divertida si huele a lingüística

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A cualquiera que le conozca seguramente le habrá sorprendido esta postura de mi hermano, con lo que a él le gusta el buen español y aprender palabras raras, pero una cosa no quita la otra. De hecho, en su ranquin el primer puesto lo ocupa la segunda parte del Quijote, que tiene un 9,1. Esto no quiere decir que la primera parte le parezca peor, lo que pasa es que se la leyó antes de empezar el blog. Es cierto que sufrió una pequeña decepción leyéndose esta primera parte porque iba en busca de «Con la iglesia hemos dado, Sancho», que aparece en la segunda. Pero eso no impidió que disfrutrara enormemente con la forma de escribir de Cervantes. Le encanta. Sobre todo la forma en la que trata la locura. A mi hermano le embelesa la manera en la que el Quijote y Sancho se convencen continuamente uno a otro intercambiando alocados argumentos. También le encanta, por cómo se trata la locura, «El licenciado Vidriera» de las Novelas ejemplares, aunque no otras obras suyas.

Don TorrenteSi con algo sueña de verdad mi hermano, es con poder escribir algún día algo tipo el Quijote. Asegura a este respecto que las películas de Torrente tienen tanto éxito porque imitan el estilo de esta obra de Cervantes. Además de que ambos se creen lo que no son, uno policía y otro caballero, en todas las pelis de Torrente hay un secundario (Javier Cámara, Gabino Diego, Jesulín, etc.) que hace de escudero y cree fielmente a su amo. Además el personaje de Torrente, como don Quijote, tiene alucinaciones, pasiones, una idolatrada amada, así como otras muchas similitudes que por desgracia mi hermano ya ha relegado al olvido, después de que un sabio profesor de la universidad le desaconsejara hacer un trabajo sobre el tema, al considerar la idea una paparruchada, majadería o pampirolada.

Pero no solo Cervantes, también hay otros autores famosos y clásicos como García Márquez que tienen algún libro en una posición alta en el ranquin de mi hermano. No faltan La divina comedia, la Ilíada o la Odisea, entre las obras que superan el 8. Incluso la Eneida. Y mi hermano no es el típico que ensalza falazmente obras para no reconocer así la posible pérdida de tiempo acarreada por su lectura. Esto se ve en que se salvan por los pelos La Regenta y algunas obras de Baroja y Azorín, y que no se salvan, por ejemplo, obras de Vargas Llosa, Pérez Reverte ni, en general, de la mayoría de autores modernos, tanto españoles como extranjeros. Entre sus libros más odiados está El alquimista, obra para él irritantemente sobrevalorada. Pero, claro, es que, por no salvarse, no se salva ni Fausto. Si no fuera por el Quijote y por La casa de los espíritus, que no le gustó nada, se podría pensar que a mi hermano solo le gustan las novelas femeninas, es decir, las que empiezan por la.

Pero sin ninguna duda el Quijote está para él muy por encima de cualquier otra obra. Si mi hermano se tuviera que quedar con algún libro aparte del Quijote, probablemente sería La lluvia amarilla de Julio Llamazares o alguno de los libros que se suelen leer en la adolescencia, como Demián, El extranjero o El túnel. Pero él mismo reconoce que su criterio entonces no era de fiar. Aunque, bueno, yo creo que el de ahora quizás precisaría, para ser estimable, una lectura más pausada, no la atropelladamente fáustica que últimamente practica.

Quizás la obsesión con el Quijote de mi hermano fue el germen de la aventura que, como tal, está a punto de llegar. Al fin y al cabo, no debe ser muy sano enloquecer con una novela en la que el protagonista a su vez se vuelve loco por leer novelas. Por suerte, mi hermano, que yo sepa, de momento no ha leído libros de caballería, pero le basta con leer otro tipo de libros y ver películas sin parar, varias seguidas, para entrar en punto y coma, que no supone una pausa más larga que el coma, como ya vimos, pero sí una pausa que separa en mayor medida la realidad de esos momentos de entusiasmo lector y espectador. Y esos momentos, por supuesto, ocurren en los ratos libres en los que mi hermano no está leyendo libros y artículos de lingüística y gramática, los cuales sin duda también tuvieron que enfervorecerle de alguna manera a la hora de acometer la aventura que está a punto de suceder.

Quizás la aventura en este relato no sea del estilo de las de Julio Verne, como aquella que quiso emprender con su amigo Óscar, el de Roldana, no el del JAEIC, el día que soñaron con hacerse a la mar navegando en lo que ellos llaman pedalímetro, pero que creo que se llama pedaló o velomar, historia que si viene a cuento relataré más adelante. No. Esta es más bien una aventura lingüística, aventura que en otros tiempos y situaciones podría haber sido aburrida, pero que, como podréis comprobar próximamente, de la mano de mi hermano, resultará divertida, disparatada y desproporcionadamente didáctica; tal vez sandia en ocasiones, pero una gran aventura al fin y al cabo.

2015-05-14 17.28.06

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