Haplologías, analogías, sesquipedaliofilias y otras enfermedades lingüísticas que se pueden pillar en el metro

19

Un día que mi hermano leyó que una chica había sacado un libro de las idioteces que se decían por la calle, rápidamente le dijo a nuestros amigos, pero en especial a Quero, porque sabía que el resto no iban a querer, que tenían que ir en busca de aún más aventuras lingüísticas, que ellos tenían que encontrar más. Por supuesto, él no hablaba de idioteces o errores —ya sabemos que para mi hermano los supuestos errores son preciosas muestras del uso natural de la lengua— sino de cualquier tipo de curiosidades lingüísticas.

Así fue como empezaron a buscar con ahínco, denuedo y entusiasmo y a encontrar verdaderas joyas lingüísticas de todo tipo, pero también como llegó a sus oídos la secreta información que daría comienzo a la gran aventura por las calles de Almagriz y más allá.

Todo comenzó cuando para tener más oportunidades de escuchar lo que decía la gente se les ocurrió empezar a recorrerse la línea 1 de metro entera, con sus más de veinte paradas, ida y vuelta, espiando o pegando la oreja a las conversaciones de los viajeros. De esta forma, llegaron a sus oídos buenas muestras del habla relajada de los usuarios del metro. Un día pudieron escuchar, por ejemplo, a una señora quejándose de que la gente era muy poco solidaridaria porque no daba dinero a los que amenizaban con su música los vagones. Ante esto mi hermano explicaba en un tono magistral y lo bastante alto como para que gente ajena lo oyera y Quero se avergonzara:

—Este es un precioso caso que demuestra que no siempre economizamos a la hora de hablar. Es el fenómeno opuesto a la haplología, o eliminación de una sílaba que aparece junto a otra parecida o igual, como en morfonología por morfofonología, tenístico por tenisístico o navideño por navidadeño.

Aquí dejaba un momento para que Quero y algún viajero reflexionaran. Luego seguía:

—Supone, pues, un caso de lo que podría llamarse sesquipedaliofilia, o amor a las palabras largas, en contraposición al odio, que se llama sesquipedaliofobia o, más exactamente, hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Mi hermano, al mirarle fijamente a los ojos justo cuando pronunciaba esta palabra hizo que un pobre niño pegara un respingo. Después continuó:

Para que luego digan que el lenguaje es económico. Eso lo dicen los que olvidan que preferimos decir debajo de la mesa que bajo la mesa o encima de la mesa en vez de sobre la mesa.

Esto sorprendió a Quero, pero pronto estuvo de acuerdo; él nunca decía «Lo he dejado sobre la mesa», sino «encima de la mesa». Mi hermano seguía:

—Si es que está claro, a la gente ya no le basta con ser solidaria; ahora quiere ser solidaridaria.

Además de esta sesquipedaliofiliez, pudieron escuchar también, por ejemplo, a alguien usando el verbo aperturar para referirse a abrir una cuenta bancaria, escucharon cientos, que no cienes, de dijistes, de contramases y cuantomenoses («Cuanto menos, me lo podrías haber dicho a mí», en vez de «Cuando menos, me lo podrías haber dicho a mí»), de imperativos en -r como pasarlo bien en vez de pasadlo bien. Llegó asimismo a sus oídos algún convezco, en vez de convenzo, en clara analogía con crezco o parezco.

También escucharon alguna de las nuevas (a veces no tan nuevas) formas de expresarse de los jóvenes. Escucharon mucho la palabra rollo usada en casos como «Es rollo superhéroes» para decir que una película era como de superhéroes. Pero también escucharon cómo la gente usaba rollo para ‘alrededor de’ como en «Había rollo mil personas». Parecido a esto escucharon muchos en plan («Había en plan mil personas»). El en plan se usaba todo el rato: «Y yo estaba en plan tirado en el sofá, cuando me llamó Silvia en plan que qué hacíamos. Y yo en plan…». También se oía mucho tipo como en «Son un grupo tipo Marea, ¿sabes?», expresiones como «Me dio la chapa», para cuando alguien es pesado con otro, y fórmulas como «No es tonto sino lo siguiente» o «Si no lo ha dicho diez veces, no lo ha dicho ninguna». Muchas de estas manifestaciones de expresividad de los hablantes demostraban que el ahorro es difícil hasta en el hablar.

metro

Por supuesto, todo esto lo iba recogiendo mi hermano en un cuaderno, el mismo donde tenía todas las listas de películas y libros que le faltaban por ver y leer. Cada vez que apuntaba alguna cosa, como es lógico, le iba buscando ya una justificación y trataba de sacar de ella alguna aplicación para sus teorías. Con alguna como con el famoso irsen, lo consiguió.

Y es que, como digo, para mi hermano son preciosas muestras lingüísticas lo que para otros son idioteces, paleterías, burradas o, simplemente, errores. Eso sí, aunque no tacha de incultas a las personas que cometen alguno de estos deslices, sí que, por ejemplo, le dijo una vez a una amiga que, aunque no era inculta, era una inadaptada. Y bastante poco fue, suponiendo que del discurso de mi hermano sobre la importancia de hablar bien se puede colegir que los que no se esfuerzan por hacerlo son gente malvada que no se quiere relacionar con los demás.

Capítulo siguiente   Capítulo anterior

Índice

Anuncios

7 thoughts on “Haplologías, analogías, sesquipedaliofilias y otras enfermedades lingüísticas que se pueden pillar en el metro

  1. Cuando me llega el aviso al movil que has subido algún capítulo nuevo, yo me digo a mi mismo:
    -Hoy lo leo «sí o sí »-.
    Gracias por pensar en nosotros y romper la monotonía semanal!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s