En un abrir y cerrar cerrojos

2

Llegaron los dos aventureros sobre las nueve y media a la zona cuando ya casi había anochecido (no como este año) y sorprendentemente no tardaron en encontrar una extraña puerta en vertiente con una enorme cruz en Seminario de los Caballeros, perdón, en Seminario de Nobles, como la que habían creído oír describir a los misteriosos hombres.

Lo primero en lo que reparó Quero al ver aquella puerta fue en el cerrojo, ante lo que exclamó: «¡Qué cerrojo más raro!». Y así era: el cerrojo tenía forma de aspa con flechas en las puntas. Mi hermano, que aprovechaba cualquier ocasión, no perdió esta para explicar el origen de la palabra cerrojo, deteniendo la aventura nuevamente como si siguieran en el metro y hubiera una nueva parada, quizás como hábito adquirido de tanto ir en dicho medio de transporte:

—¿Tú sabes que la palabra cerrojo tiene esa forma por etimología popular? En verdad se dice que podría venir de verrojo, del latín veruculum, formado por veru, que significa ‘espetón’ o ‘asador’, que es como un hierro o palo largo, como el espeto de las sardinas de Andalucía, y por el sufijo –culus, que es un sufijo diminutivo en latín (también –ulus).

—¿Porque los romanos tenían el culus pequeño?

—Pues no creo. El caso es que la terminación –culus o –cula del latín, como en veruculum, dio en español –jo y –ja como en oveja de ovicula, que era el diminutivo de ovis, o en espejo de speculus. —Se quedó pensando un momento—. En este caso creo que –culus no es diminutivo.

—Y oreja de auricula —espetó Quero, que había leído aquello no sabía dónde.

—Sí —dijo mi hermano—. Y hay muchos más, tipo lenteja de lenticula. Porque creo que en latín vulgar usaba el diminutivo como cariñoso o expresivo además de para referirse a algo pequeño. Como ahora cuando pedimos unas cervecitas y en verdad queremos jarras grandes.

—Ja, ja.

—También conservamos en algunos casos la terminación –ulo o –ula del diminutivo como en célula, —pensó en su amiga Celulita—, que es como un pequeño hueco o celdilla; o en espátula, que es como una espada pequeñita.

Entonces justo vio una reja que había al lado y exclamó:

—¡Ah, cunnus! Y también se puede tener la terminación –jo, -ja, a partir de la terminación –gulus, -gula como en reja de regula, que tiene la misma etimología que regular y que regla. También por ejemplo, tanto cuajo como coágulo vienen de coagulus, la primera por vía popular y la segunda por culta. Pero bueno —efectivamente como si siguieran en el metro, frenó en seco, aunque la inercia del pensamiento le seguía haciendo buscar palabras con j procedentes de gulus y gula—, el caso es que veruculum dio verrojo, pero, como en otras etimologías populares —tema que apasionaba a mi hermano—, la gente cambió la forma de la palabra para adaptarla mejor a su significado y, al ver que los cerrojos eran de hierro, algunos empezaron a llamarlos ferrojos o herrojos, y otros, como servían para cerrar puertas, empezaron a decir cerrojo, que es lo que nos ha quedado.

Después, no porque fuera de repente consciente de que sus explicaciones les retrasaban, sino porque se fijó por fin en el verrojo —palabra que sigue en el diccionario— y consideró que iba a ser difícil abrirlo, volvió a la realidad y exclamó:

—Y ahora quién tuviera una ganzúa para abrir esto.

—Que no sé vasco —repuso riéndose Quero, recordando aquella escenita de la vasca en la discoteca.

—Ja, ja. Bueno, pero a ver cómo abrimos esto —sabiendo ya que por muchos vídeos explicativos que vieran no iban a poder abrirlo con plásticos ni con carnets de la biblioteca ni del cine.

—¿Llamamos?

—Sí, ¿y qué decimos, que venimos a robarles su Manuscrito del Conde Ensortijado?

—La verdad es que deberíamos haber pensado en esto. No parece una cerradura demasiado segura. Puedo probar con las anillas del llavero otra vez.

Pero entonces, cuando Quero sacó las llaves y se disponía a dejarse las uñas intentando sacar las anillas del llavero, mi hermano se acordó del día en el que el Galgo y él habían estado media hora intentando pasar sin éxito un escritorio por una puerta, probando todas las técnicas y posiciones posibles, hasta que a uno de los dos se le ocurrió intentar la posición normal y obvia, que es como sorprendentemente al final pasó. Inspirado por este caso en el que la solución más sencilla y descartada en un principio por obvia fue la acertada, mi hermano decidió probar a ver si podía abrir el cerrojo metiendo sus propias llaves en la cerradura, algo que a veces funcionaba. Y, como si la Providencia estuviera de su parte, efectivamente, con la tercera llave que lo intentó, pudo abrir el cerrojo. Cuando vieron que se abría los dos soltaron un grito y saltaron hacia atrás.

—¡No puede ser!— celebró Quero.llave platón

Justificadamente ensoberbecido al pensar que el hecho de haber podido abrir la puerta con una de sus llaves indicaba que era el elegido e indicado para conocer el origen del lenguaje (como el rey Arturo con Excálibur, Thor con su martillo o la Cenicienta con el zapatito), mi hermano sentenció, sin que viniera mucho a cuento, con una enorme sonrisa en la boca:

A veces la solución más fácil es la que tenemos delante de las narices. Hay que intentar aplicar siempre la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es la mejor. Si no se puede explicar algo de una manera fácil es que no se sabe explicar.

Según nos contó mi hermano un día, lo de la navaja de Ockham viene de que el filósofo Guillermo de Ockham dijo que había que raparle las barbas a Platón con navaja, queriendo decir que había que simplificar su filosofía.

Aclarado esto, abrieron del todo la puerta, que crujió como crujen las puertas de los sitios misteriosos, y entraron. Como, efectivamente, a pesar de todas las casualidades, aquel no era ni el lugar donde habían quedado aquellos hombres ni por descontado el lugar donde se escondía el Manuscrito, sino un viejo sótano, al entrar no encontraron nada más que telarañas, algunos trastos y estanterías prácticamente vacías. No obstante, por desgracia, había también una vieja mesa de madera llena de polvo con un atril grande, en el cual para mayor desgracia aún, se veía la huella sin polvo de algún libro grande que recientemente había descansado allí. Digo por desgracia porque esto podía alimentar las infundadas esperanzas de mi hermano y Quero, como de hecho hizo (aunque es verdad que a la vez esto permitió que ahora podamos disfrutar un ratito más de las disparatadas anécdotas de estos personajes).

—¡Mira el facistol! —exclamó mi hermano, quien no perdía ocasión alguna para colar alguna de las palabras que aprendía fuera de contexto—. Tiene la sombra de haber tenido un Manuscrito encima hace poco.

—Pues sí, aquí ha habido un libro y uno de los grandes.

Movidos por la fantasía de la historia, los dos, sin haberlo hablado, se imaginaban el Manuscrito como un libro enorme, de esos antiguos y polvorientos con cubiertas de cuero y adornos dorados en las esquinas. Mi hermano se lamentó:

—¡Eso es que se nos han adelantado! ¡Se lo han llevado ya! —y miró alrededor a ver si podía estar en otro sitio de la habitación—. Quizás haya una puerta secreta.

Estuvieron tanteando la pared durante un rato y rebuscando por la habitación en busca de algún dispositivo que abriera alguna compuerta escondida, un libro falso en una estantería, algunos agujeros de la nariz de una estatua en los que se pudieran meter los dedos o algún ojo que se pudiera apretar, pero no encontraron nada y vieron que se acercaban peligrosamente las diez, la hora a la que habían quedado allí los misteriosos hombres engabardinados. Quizás estos hombres habían ido antes de esa hora finalmente y eran ellos los que se les habían adelantado y se habían llevado ya el Manuscrito, pero por si acaso no era así, decidieron salir rápido, antes de que les pillaran.

La excesiva casualidad había hecho que mi hermano y Quero pensaran que estaban en el lugar adecuado, pero que habían llegado tarde. Y con razón. Y es que mira que es mala suerte que justo en el sitio donde creían haber oído que estaba el Manuscrito del Conde Ensortijado hubiera una misteriosa puerta inclinada con una enorme cruz y, tras aquella puerta, un lúgubre lugar con un atril sin libro, pero con la huella de haber tenido uno encima.

Yo ahora, la verdad, superada la historia y conociendo el final, que de momento no desvelaré (como sí hace Homero, por ejemplo), me pregunto qué sería aquel sitio. Algún día debería volver a comprobar si todo lo que cuento es cierto o si me dejé llevar en esos días por la imaginación de mi hermano y Quero. Y es que no iba a ser esta la única casualidad que enardeciera la aventura.

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