Gravedad, pelos y otras artes disuasorias

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En defensa de su novia de Santaél, hay que decir que es verdad que mi hermano puede parecer un poco loco en las discotecas. Yo siempre he pensado que lo hace como protección para que solo alguna chica que esté verdaderamente interesada en hablar con él haga cualquier cosa por conseguirlo, prueba similar a la que la gitanilla somete a don Juan en la novela ejemplar de Cervantes.

Entre otras locuras que ahora contaré, él y el Galgo empezaron un día a hacer lo que ellos llaman «la gravedad». Esta fechoría consiste en que mientras están hablando entre ellos o con otros amigos en la discoteca, se van desabrochando el pantalón disimuladamente hasta permitir que la fuerza de la gravedad lo baje y siguen hablando como si nada hubiera pasado hasta que los circunstantes se van dando cuenta. Al que le hacen la gravedad es como si hubiera perdido en el juego.

Es como lo de hacer una cola detrás de alguien cuando están visitando una ciudad andando en grupo. Al que le hacen la cola en fila india detrás es como si perdiera. Lo mejor es cuando alguien solo se da cuenta de que le está cayendo una cola al ver que la gente por la calle le mira raro y, entonces, al mirar atrás ve toda una fila de gente detrás, como los patitos que siguen a mamá pato.

Otra de las fechorías disuasorias de mi hermano es «hacer pelos». Esto consiste en ir al baño y ponerse todos los pelos de punta como si se hubiera electrocutado y salir así por la discoteca. Por hacer esto, una vez se pegó un buen susto al mirarse en el espejo por la mañana, después de que sus anécdotas lingüísticas consiguieran que, a pesar de llevar el pelo alborotado, ligara con una chica, que llevaba pintados los labios. Y es que, cuando al día siguiente se despertó con aquellos pelos, con la palidez propia de la resaca y el color rojo del pintalabios de la chica restregado por la cara, al mirarse en el espejo vio al Joker.

Y hablando de espejos, no con tan mala pinta, pero con la suficiente, un día en Marlinda él y el Galgo fueron desde la discoteca a ver al tío del Galgo, que tenía un mercadillo allí. Como se habían dado un baño en el mar entre discoteca y mercadillo, consideraron que estaban más o menos decentes —y así es como el alcohol les hacía verse el uno al otro—, por lo que llegaron al mercadillo sintiéndose recién duchados. Pues bien, aparte de que el tío del Galgo les dijo días después que le habían dejado rubio con el aliento a wiski, mi hermano tuvo la mala fortuna de que en el momento en el que mejor se encontraba, justo pasaron a su lado unos hombres que portaban un espejo de los de pie, de tal manera que se vio reflejada su cara en él. Basta con decir que al principio no se reconoció. Luego le dijo al Galgo que igual era momento de volver a casa.

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