Dime de qué color llevas el pantalón y te diré con quién vas a ligar

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Dejándonos de explicaciones complicadas, que al final se me pega el espíritu de mi hermano, y volviendo a las locuras de este, de la siguiente, la cual ha sido mencionada antes, tuvo la culpa el ron. Mi hermano y compañía habían cogido un reservado en Valhalla y, en el reparto de las botellas que tenían que pedir para poder coger el reservado, resultó que todos bebían ron menos él, así que aceptó beberlo esa noche para no descuadrar el botellamen. Al fin y al cabo su bebida inicial fue el ron con granadina. Lo que no sabía en aquel momento es que el ron, quizás por el azúcar o porque ya no era su bebida habitual, le iba a poner especialmente cariñoso. Y empezó a acariciar cojines y a ponérselos por el cuello y a dar lametones en los brazos a las chicas, sobre todo en los de Pichuki, intentando conquistarla así, teniendo cuidado de no lamer el hombro de cualquiera después de que una amiga, no tan amiga, le dijera que como le volviera a lamer el hombro le soltaba una galleta. Pero Pichuki, lejos de caer rendida ante tales carantoñas de mi hermano, no hacía más que gritar, pedir auxilio y decirle a mi hermano que el ron le había vuelto loco. Desde entonces no le deja beber ron en su presencia.

Y lo que no consiguió con lametones, es decir, dejar prendada a Pichuki, lo consiguió un día con una de sus camisas de alta eficacia. Esta es una camisa azul con rayas blancas, de las pocas que no tiene mi hermano con marca y que, sin embargo, le proporciona muchos éxitos. El que algo le quede bien y él no pueda saber por qué, le raya —en este sentido se puede escribir ya con y en el sentido de ‘trastornar’— un poco, porque es de las pocas cosas que él considera que no puede controlar. Aunque esa noche no se dio cuenta y solo percibió que su amiga Pichuki le miraba raro, al día siguiente Pichuki le confesó que se había prendado de él esa noche. Ella no dijo explícitamente que fuera por la camisa, pero él sabía que era por eso y más porque la había combinado con unos pantalones verdes, en este caso cortos, puesto que en Monsácar siempre aprovecha para salir con pantalón de ese tipo.

Esa camisa, curiosamente, dependiendo del color de los pantalones con que la combine, tiene éxito con unas chicas de un sitio o de otro. Si la combina con pantalones verdes tiene éxito con españolas, como Pichuki, y si la combina con pantalones amarillos triunfa con chicas sudamericanas, especialmente del norte, de Colombia y Venezuela. Un día que llevaba pantalones amarillos, después de tener esto estudiado, mi hermano se lo contó al Galgo, a Mufo y Mamut, y no se lo creyeron, pero tuvieron que darle la razón al ver cómo le miraban por la calle chicas de aspecto sudamericano y sobre todo al ver que un par de chicas con claro acento venezolano se les acercaron para ver si les podían hacer una foto. Mi hermano pensó que seguro que lo que querían era hacérsela con él.

Pero mi hermano todavía tiene que estudiar qué pasa si combina la camisa con pantalones rojos y con otros colores. Ya os contaré. La sorpresa vino un día que se puso la camisa con pantalones verdes, con lo cual tendría que haber ligado con españolas, pero ligó con una mexicana. La explicación que le dio mi hermano a esto es que puede que España y México compartan el gusto por la combinación, igual que comparten, junto con la zona del Río de la Plata, el uso de pirado con el significado de ‘loco’, o la alternancia de dativo-acusativo en verbos del tipo de invitar, es decir, la posibilidad de decir tanto A ella le invité a venir como A ella la invité a venir. Para verificar esta hipótesis, habría que ver si como pasa con esta alternancia, la camisa también tiene éxito con chicas de las Antillas o de otras partes de Centroamérica.

¡Ah!, y ahora que he escrito mexicana con x, que también lo podría haber escrito con j, aprovecho para recordar la explicación que nos dio un día mi hermano de por qué algunas palabras se escriben con x pero se pronuncian, y es error común no hacerlo, como si tuvieran j. Resulta que el sonido con el que ahora pronunciamos la letra jota no tiene un único origen. Por una parte viene de un sonido que en español medieval era como en inglés sh y por otra un sonido que era como la j del francés. El segundo se escribía con j o con g, pero el primero se escribía con x. Por eso en libros medievales se puede ver dixo en vez de dijo. Estos dos sonidos con sus respectivas grafías acabaron confluyendo en el actual sonido de la j, por lo que la VEI en mil ochocientos y pico decidió unificar la cosa, eliminando la x para este sonido. No obstante, en algunos nombres propios de lugares o personas aún se conserva. De ahí que México y su gentilicio mexicano se sigan pudiendo escribir con x, aunque hay que pronunciarlas como si fuera una jota o si uno quiere fliparse como sh, pero nunca ks como una equis, como hacen los incautos ingleses, por ejemplo, que no tienen un hermano como el mío para que les explique estas cosas.

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