«Veniros» no es propio de una buena novia o Las limitadas licencias ortográficas de WhatsApp de mi hermano

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En una de las tardes de espera a la siguiente pista de la aventura, cuya ansiedad de momento solo el recuerdo de estas historias aligera, mi hermano recibió un mensaje de Natalia, una de las tres Natalias con las que tenía algún tonteo, que en este caso no estaban aún numeradas, como en el caso de Cami 1 y Cami 2. Esta Natalia era una chica que había salido, como Venus, de entre las olas del mar y las historias roldaneras, aunque ahora vivía en Almagriz, y era la chica que por aquella época ocupaba más espacio de la mente de mi hermano.

En el mensaje le decía que iba a hacer una fiesta en su casa y que le invitaba a él y a Cami 2, que era precisamente la que les había presentado porque decía que hacían buena pareja. Todo hubiera estado bien —perdón, habría estado bien, que si no mi hermano se pone nervioso, como ya contaré— si no hubiera sido —ahora sí— porque Natalia había terminado el mensaje poniendo «¡Veniros!». Mi hermano en el momento no le dio demasiada importancia, pero a medida que pasaba la tarde, cuanto más lo mascaba más bola se le iba haciendo, de suerte que, en cuanto se subió al coche de Cami 2, le manifestó a esta su profunda preocupación:

—Igual no es la chica de mi vida, porque ha puesto veniros en vez de veníos.

Cami 2 le contestó:

—Pues yo también habría dicho veniros. ¿Por qué está mal?

Él, que no hacía mucho que se lo había leído bien en la Gramática, empezó:

—El imperativo de venir cuando no va con pronombre ¿cómo es: «venid aquí» o «venir aquí»?

Ella, que se sabía esa, le contestó:

Venid.

—Claro, entonces el imperativo sería venidos, ¿no?, pero la d se pierde en español, por el mismo motivo que decimos comprao en vez de comprado, y por eso es veníos. Solo hay un caso en el que esa d no se pierde: idos. Aunque creo que también está permitido iros —de esto no se acordaba bien, porque no está permitido.

Como la explicación no fue del todo mala, Cami 2, a la que le gustaba saber esas cosas, pasó por alto el hecho de que mi hermano pudiera llegar al punto de perder el interés en una chica por el mero hecho de que dijera o, peor aún para él, escribiera, veniros en vez de veníos, y eso que la pobre Natalia estaba invitándoles a una fiesta. De todas formas, yo estoy seguro de que para él esto no era tan grave como, por ejemplo, escribir a ver en los casos en los que corresponde haber o hay en los que corresponde ahí y, por tanto, podría no tenérselo en cuenta a Natalia, como de hecho hizo, permitiéndose seguir pensando en ella algunos días más.

Para satisfacción de mi hermano, meses más tarde, Cami 2 le contó que Natalia un día le había confesado que se había dado cuenta al poco de mandar el mensaje que había puesto veniros y que estaba preocupada por lo que pudiera pensar de ella un lingüista como mi hermano.

Y es que mi hermano, aunque, como ya sabemos, puede pasar por alto faltas de ortografía y errores gramaticales, al considerarlos un tesoro por reflejar el habla natural de la gente, no los puede pasar por alto en una novia. El hecho de que sean un tesoro teórico no quiere decir que su futura novia pueda cometerlos, puesto que esto indica falta de cuidado en el detalle y en el deseo de una buena comunicación con los demás, y, además, le llevaría a distraerse al hablar con ella y no se concentraría bien en quererla.

Decía un día mi hermano sobre la ortografía, tratando de hacer un buen chiste:

—Es que hay gente tan mala con la ortografía que en vez de buscar algo en Word lo pegan. ¿Por qué? Porque en vez de darle al control + b le dan al control + v.

Y completaba otro día viendo un a ver mal escrito:

—Es que parece que la gente no sabe lo que significa a ver. Con lo fácil que es. Si es que encima hay trucos. Por ejemplo, cuando se puede poner un vamos delante de a ver, es que se escribe con uve y separado. Por ejemplo, en A ver si vienes puede decirse Vamos a ver si vienes, pero en Haber hecho las cosas bien no se puede decir Vamos haber hecho las cosas bien.

Lo que sí permite mi hermano son algunas licencias para aplicaciones de mensajería como el WhatsApp, que él mismo se permite en algunos casos, sobre todo en los de urgencia máxima. Por ejemplo, permite que solo se ponga el signo de interrogación o exclamación de cierre, puesto que normalmente el de apertura es difícil de encontrar en los teclados de los móviles y además no solo en latín no los tenían sino que los signos de apertura no tienen relación con su origen, que ahora explicaré.

También dice mi hermano que poner punto después de cada mensaje queda feo o tajante y, por tanto, para él no es necesario. Acepta las abreviaturas como q por que, xq por porque o xa por para, pero solo las justas y las que todo el mundo entiende. Eso sí, odia, no sé por qué, que se use el 2 para dos o cualquier otro número no expresado en letras. Odia además que la gente ponga salu2 en vez de saludos (y más aún salu3 para saludar con énfasis). Dice que las abreviaturas solo deben llevar letras. Y en caso de que la palabra abreviada tenga tilde en su origen, hay que poner la letra que lleve la tilde aunque sea una abreviatura, es decir, aunque en un caso como porque se pueda poner xq, en un caso como por qué, hay que poner x qé. Y es que con las tildes y las comas mi hermano no admite licencias, ya no solo por cuestiones ortográficas sino para evitar posibles confusiones. Las mayúsculas en los nombres no son obligatorias, siempre y cuando no lleven a confusión. Por eso suele ser mejor ponerlas. Por ejemplo, en un caso como «Me ha mordido el galgo», si el que ha mordido es nuestro amigo y no un can, hay que poner la mayúscula.

En cualquier caso, nunca se pueden cometer faltas de ortografía, por mucho que la v y la b estén pegadas en el teclado.

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En otra parte del manual donde mi hermano recoge todas estas licencias aparecen reglas de cortesía que él considera imprescindibles para poder mantener una conversación sana. En primer lugar, es mejor mandar un mensaje largo que muchos cortos, a no ser que se quiera conseguir algún efecto a través de los mensajes cortos, igual que en la poesía el verso, más allá de la rima, distribuye el mensaje de una manera armónica y precisa. Por ejemplo, coqueteando con una chica se le podría poner «Por eso no me gustas…» y luego en otro mensaje «…de momento». Si se pusiera todo seguido y sin esperar un poco, se perdería la gracia. Eso sí, en estos casos no se debe aplicar la táctica de los dos minutos entre uno y otro mensaje. La táctica de los dos minutos, como he explicado antes, solo sirve para esperar que la chica mande dos mensajes seguidos y recibir más información de la que uno conseguiría si no esperara. Por otro lado, no se puede avasallar. Si nos sale que la otra persona está escribiendo hay que esperar a que mande el mensaje para empezar a escribir el siguiente nuestro.

Si alguna chica incumple alguna de estas reglas, empieza a perder puntos y, dependiendo de la gravedad de la falta, puede perder todos los puntos de una vez, como en el carnet de conducir.

Por cierto, me refería antes al origen de los signos de interrogación y exclamación. Según nos explicó y nos enseñó en la Wikipedia mi hermano, el signo ? viene de quaestio en latín, que significa ‘pregunta’. 1200px-Quaestio.svgLa palabra quaestio se abrevió en qo y para ahorrar espacio se empezó a poner la q encima de la o. Después se perdió un poco la forma de la q, pero si uno se fija tampoco cambió mucho. Y con el signo de exclamación pasó algo parecido. El origen era la expresión Io en latín, que era un grito de alegría que significaba algo así como ¡Viva! Pasó lo mismo aquí: la i se puso sobre la o para ahorrar espacio, supongo, y se obtuvo el signo ¡.

Cuando se enteró de esto, mi hermano celebró mucho el descubrimiento, porque una profesora de pequeño le había recriminado que pusiera los puntos de estos signos como círculos, lo que a él le parecía mucho más bonito. En ese momento mi hermano no conocía el origen, pero ahora ya sabe que poner los circulitos está bien porque en verdad en su origen eran oes.

Volviendo a Natalia, mi hermano, fiel a su costumbre de llamar novias a las chicas con las que solo flirtea, un día, contando algo relacionado con ella, se refirió a ella como «mi novia de Hantas», porque de Hantas, un pueblo cerca de Roldana era la chica. Mufo, que era uno de los presentes, entendió «mi novia de antes» y preguntó:

—¿Quién? ¿Adri? —Adri es una ex novia de mi hermano, que más tarde volverá a salir.

—Ja, ja. No, de Hantas, de un pueblo cerca de Roldana.

Esto le recordó a mi hermano el viejo chiste de los zapatos de ante, que no son los de despué. En fin.

Otro de estos días mi hermano estaba escribiéndose con una chica que había conocido en una discoteca. Esta era la típica chica que lo pregunta todo, cosa que a mi hermano normalmente le pone algo nervioso, pero en este caso la chica tenía una conversación bastante ingeniosa y respuestas rápidas, lo cual le estaba dando bastante juego. Entre otras cosas la chica le preguntó:

—¿Cuáles son tus defectos?

Para lo que mi hermano tenía una respuesta típica que siempre daba:

Soy demasiado bueno.

—Venga, hombre, no me digas que no sabes decir tus defectos.

—Bueno, también soy demasiado simpático.

—Joé, o sea que eres el típico que no sabe decir defectos —la chica jugaba con el truco de tratar de encasillar a la otra persona como típico, cosa que podría haber funcionado con mi hermano si no fuera la tercera vez ya que lo utilizaba con él.

Mi hermano respondió:

—Ah, mira, ahora que lo dices tengo el defecto de que no sé decir mis defectos. Ahí tienes un defecto y una paradoja.

Y la chica le soltó:

—No te soporto.

—Ah, es verdad, también soy insoportable.

Después de conversaciones como esta a mi hermano siempre le vienen a la mente los primeros versos de una de las muchas poesías que escribió de pequeño: «Con lo fácil que sería / decirte que te quiero / y que tú me respondieras / que estás loca por mí».

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