La pista de Altair (sin tilde)

12

A pesar de estos días de sosiego, que el recuerdo de las locuras de mi hermano y algún mensaje de sus diversiones venusianas —término que nació de la boca del susodicho bailarín de Tóldoz, en verdad llamado Manuel— hicieron menos aburridos y, por tanto, más llevaderos, mi hermano no se quitaba el Manuscrito de la cabeza.

Por fortuna para mi hermano y para los que estén intrigados por la historia de esta novela (con esto ya vuelvo a la aventura que, por el ansia de presentar todas las facetas de mi hermano, he dejado un momento en suspenso), la aventura no terminaría con el fracaso de la expedición del atril. Todo siguió una tarde, en la que Quero, el Galgo, Mamut y mi hermano iban de compras en el metro. Cuando iban con más gente, Quero y mi hermano se cortaban un poco en sus conversaciones y escuchas lingüísticas, porque ya una vez les habían dicho que eran un poco incómodas para los que no podían participar y encima eran muy aburridas. Así, charlando estaban de cosas supuestamente menos aburridas, cuando se subieron en el metro los mismos señores de las gabardinas; esta vez, eso sí, sin gabardinas. No obstante, para no dejar por ello de parecer misteriosos, habían sustituido esas prendas de vestir por maletas antiguas, de las cuadradas de cuero duras. Mi hermano masculló, para que solo Quero le oyera:

—Mira, Quero, los señores de la otra vez. Los malandrines se han quitado las gabardinas para disimular, pero estoy seguro de que esos son los mismos hombres que vimos la otra vez.

Observaron atentamente a los hombres con un ojo a la vez que seguían con el otro, a modo de de pez martillo, la conversación con el Galgo y Mamut. De esta esfírnida y binocular manera pudieron enterarse de una frase clave de los hombres:

—El maldito chaval nos la ha jugado. Se ha llevado la carpeta entera con el Manuscrito.

—Ajá —pensó mi hermano recordando al chaval de arquitectura—. ¡Ecce carpeta! ¡He aquí la carpeta! Pero ¿adónde se la habrá llevado el maldito chaval?

En ese momento, en un nuevo guiño de la Providencia vieron cómo a los hombres se les caía una tarjeta al suelo. La típica escena de película. El primer impulso fue tirarse a por la tarjeta, pero prefirieron disimular y esperar a que se bajaran los hombres, con la esperanza de que no se dieran cuenta de que se les había caído, procediendo como algunos cuando ven que a alguien se le cae un billete. Eso sí, si los misteriosos personajes no se bajaban antes que ellos tendrían que esperar y pasarse la parada a la que iban. Y, claro, ¿qué dirían ante eso el Galgo y Mamut, a los que de momento seguían sin querer decirles nada del Manuscrito?

Tal como habían temido, llegó la parada en la que se tenían que bajar y los hombres aún no se habían apeado. Mi hermano pensó en agacharse y decirles que se les había caído la tarjeta y aprovechar para leer lo que ponía, pero no quiso que aquellos hombres se fijaran en él, así que decidió simplemente fijarse él en la tarjeta mientras salía. Distraído como iba mirando y en extraña postura por el disimulo, se tropezó al salir, al no tener cuidado para no introducir el pie entre el coche y andén y todo el vagón, incluidos los hombres, que al final resultó que se bajaban también allí pero eran de los que esperan a llegar a la parada para acercarse a la puerta, no tuvieron más remedio que fijarse en él, ya no solo por la caída sino porque, para disimular, mi hermano hizo un medio tirabuzón y cayó como haciendo el pino puente, adoptando una postura que, si se tiene en cuenta lo poco elástico que es mi hermano, era bastante llamativa, con los pies dentro del vagón y las manos fuera, panza arriba. Y por si aquellos hombres no se habían fijado lo suficiente, las puertas se cerraron apretando a mi hermano en las costillas y en los moratones —otra etimología popular, por cierto, por influencia de morado, a partir de moretón— que aún le quedaban de la paliza de los seguratas de la otra vez, con lo que soltó un grito desgarrador. Entre todos, los misteriosos hombres incluidos, a los que se les notó un gesto como de que le habían reconocido, le ayudaron y pudo liberarse antes de que arrancara el metro. Habría sido gracioso que hubiera arrancado el metro y que hubiera tenido que andar de lado como los cangrejos para seguir al metro en esa postura; aunque creo que el metro no avanza si hay una puerta abierta.

Cuando se hubo calmado todo, tanto el dolor y el jaleo como las risas de sus tres acompañantes, mi hermano, aún jadeante, le susurró a Quero:

—Pues a pesar de todo, he podido columbrar —palabra que había leído en Bomarzo hacía poco y que por tanto, aún no dominaba— que en la tarjeta ponía Altair como con letras negras.

—Sí, yo también lo he visto y no me ha hecho falta caerme, je, je —se cachondeó Quero.altair

—Mira el ahogao en la mar este —soltó roldaneramente mi hermano indignado—. Pues he puesto en peligro mi integridad por resolver un misterio. Seguro que tú no te has fijado en que además había un símbolo con forma de triángulo y una estrella dentro.

—Pues no, pero seguro que no es importante.

—Pues, amigo chisgarabís, te digo yo que va a ser la clave.

Tras esta peripecia, durante toda la tarde de compras con el Galgo y Mamut, que, aunque no preguntaron, se habían quedado atónitos ante lo acontecido en el metro, mi hermano estuvo intranquilo y ansioso, dándole vueltas al nombre Altair. Lo que más le inquietaba era recordar que en la tarjeta había visto la palabra sin tilde. Empezó a preguntarse cómo se pronunciaba, si con acento en la i o en la segunda a. Él siempre la había pronunciado con acento en la i. La cosa es que en cualquier caso debería llevar tilde. Ah no, claro, si el acento recaía en la segunda a no tendría que llevar tilde porque sería aguda terminada en r. No era como en dejáis, por ejemplo.

Aclarado esto primero, mi hermano empezó a pensar que le sonaba el nombre de Altair porque había un libro de Alberti que se llamaba Canciones para Altair. Esto le daba un toque aún más literario a toda la historia. Y lo del símbolo de la estrella seguro que era porque Altair es una estrella o al menos le sonaba que era así. Quero, que también sabía de estrellas, creo que por Los caballeros de Zodiaco, se lo confirmó y le dijo además que acababa de ver una película, El último refugio, donde justo hablaban de Altair y que es una de las estrellas más brillantes del cielo, creía que la duodécima. A mi hermano se le hacía la boca agua. Como es fácil de entender, veía todo esto como señales de una gran aventura y el doce era un número mágico. Aunque yo creo que cualquier número le habría valido.

Estuvo intentando buscar información en su móvil nuevo, que al final había conseguido por una buena oferta después de amenazar con irse de la compañía, pero temía que alguien le viera y decidió esperar a llegar a casa.

En cuanto volvieron a Pinar de San Martín y se quedaron solos Quero y mi hermano, fueron a casa de Quero y se pusieron a buscar en internet. Vieron que Altair significa águila que vuela, la que puede verlo todo. No cabía la menor duda de que todo eran señales. El águila que vio nacer el lenguaje. Pero siguieron buscando y como había predicho mi hermano, si no hubiera sido por el símbolo, no habrían descubierto a qué se refería ese Altair en concreto. Encontraron en Google Imágenes que el Altair con ese símbolo era una compañía de informática, al parecer una compañía secreta que iniciaron algunos empleados que dejaron otra compañía mayor cuando estaba empezando.

La sede de la empresa estaba en Favencia.

—¡Ajá! Así que esos hombres son de Favencia. Con razón hacían mal la concordancia del verbo haber.

Gracias a este hilo lingüístico pudo tirar del ovillo e ir recordando algunas palabras que había escuchado a los hombres en el primer encuentro con ellos, palabras de las que no se acordaba hacía unos días por la excitación: «Habían muchas carpetas en el archivo».

—Pero ¿qué harían aquí? Quizás les han dado alguna pista. Uhm, pero, ahora que lo pienso, se han bajado en Nuevos Falansterios y tenían maletas y han ido hacia la línea 8, así que seguro que iban a coger el avión.

Entonces también recordó que le había oído decir al más alto de los dos «¿Cuándo venimos a Favencia? ¿El lunes?». Ese día era lunes. No había duda de que algo llevaba a aquellos hombres a Favencia. Tenían que ir rápidamente allí.

Investigaron dónde estaba aquel edificio de Altair y descubrieron que estaba en la carrer de Pau Claris, 8. Esta vez no había lugar a la duda; lo habían oído y visto todo perfectamente.

Estuvieron buscando billetes para ir en tren al día siguiente, pero estaban todos los sitios baratos ocupados, así que no tuvieron más remedio que buscar algo en avión, porque en coche iban a tardar mucho. Buscando estaban cuando se les empezó a bloquear el ordenador. Mi hermano, en vez de alterarse o impacientarse, sonrió orgulloso y dijo que estaban siendo víctimas del efecto Pauli, por el cual un ordenador puede estropearse o ralentizarse en presencia de una determinada persona, generalmente con gran capacidad mental. Se llama así el efecto porque le pasaba al físico teórico Wolfgang Pauli. Mi hermano, haciendo gala de su eventual e ingenua falta de humildad decía que ahora estaba pasando por él; decía que le solía ocurrir cuando se ponía nervioso buscando billetes por internet y que el caos en su mente provocaba el caos en el ordenador.

A pesar de este efecto y de la influyente presencia de mi hermano, consiguieron sacar unos billetes baratos para el día siguiente por la tarde.

En su afán de no gastar mucho, mi hermano se acordó además de que su amigo Chindas tenía en Favencia un amigo, el apodado rey Escorpión, al que mi hermano ya había conocido un día. El rey Escorpión les podía dejar alojarse en su casa. Llamó a Chindas para consultarle y no tuvo reparos en contarle toda la historia del Manuscrito del conde ensortijado, puesto que Chindas sabía guardar un secreto. A Chindas no solo le pareció interesantísima la historia, sino que quiso apuntarse.

Sin más dilación, quedaron Quero y él con Chindas, que no tuvo problema en conseguir otro billete, para zarpar los tres rumbo a Favencia por la tarde del día siguiente, martes. No cayeron en la cuenta de que el refrán dice que no hay que casarse ni embarcarse en martes. Esto tal vez explicaría lo que vino después.

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