Lo jamais vu

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Con todas estas historias y sabiendo la corta distancia existente entre Almagriz y Favencia, es normal que cuando por fin se quedaron en silencio, ya estuvieran aterrizando. No haré la típica gracia de decir que se les pasó el tiempo volando; seré más original y diré que se les pasó el tiempo velocius quam asparagi coquantur, que ya sabemos que es más rápido de lo que tarda en cocerse un espárrago.

Tras el recuento mental de cosas que se habían dejado en casa, algo que uno habitualmente hace cuando llega a su destino en vez de hacerlo, como procede, antes de salir de casa, Quero empezó a darle vueltas al nombre de la empresa que habían visto en la tarjeta y le empezó a sonar raro:

—¿Altair, Altair? ¿Seguro que era Altair? Ahora me suena rarísimo.

Mi hermano sonreía. Y Quero seguía:

—De verdad, qué raro me suena Altair. —Y miraba a mi hermano con sorpresa e indignación de que estuviera sonriendo—. ¿A qué viene esa sardónica risa?

Entonces mi hermano dijo, ahora con doble sonrisa, no precisamente sardónica:

—Luego te cuento una cosa curiosa de lo de la risa sardónica, pero ahora hay un tema antes: tú sabes lo que es un dejà vu, ¿no?

—Sí, claro —contestó Quero con cara de que no venía a cuento.

—Pues lo que te está pasando ahora es lo contrario. Es lo que se llama un jamais vu. Si el déjà vu es tener la sensación de que algo supuestamente nunca visto ya lo hemos visto, el jamais vu es tener la sensación de que algo que hemos visto mil veces no lo hemos visto nunca. Se aplica a los casos en los que un nombre o una palabra que hemos oído muchas veces de repente nos empieza a sonar raro. A mí me pasó una vez con la palabra sartén. También pasa con las caras de las personas: cuando te empiezas a fijar en alguien de sobra conocido y de repente su cara te empieza a resultar extraña. Pues eso es lo que te está pasando con Altair, porque claro que es Altair.

Y Chindas, que, aunque le encantaban estas cosas, no quería perder la ocasión de chotearse de mi hermano, exclamó:

—Eres lo jaimais vu.

Haciendo caso omiso, mi hermano siguió, sin pararse a digerir el irónico cumplido:

—Ah, y lo de risa sardónica tiene un curioso origen. Yo siempre había pensado que venía de un tal Sardo o Sardón, famoso por sonreír en momentos fatales, igual que lo de victoria pírrica es porque Pirro ganaba las batallas perdiendo muchos hombres, o lo de la medida draconiana es porque Dracón era muy severo. Pero no. Lo de risa sardónica viene de que hay una planta, la sardonia, cuyo jugo, si se aplica en la cara, hace que los músculos se contraigan de manera que parece que uno está sonriendo.

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