Kikkoman, claro

7

Nos habíamos quedado en que echaron a mi hermano del garito y que entre cánticos la cáfila se estaba yendo a otro sitio. De ahí fueron a otro y de ahí a otro y una cosa llevó a la otra y acabaron a las 7 de la mañana cantando por la calle «Mañana yo voy a Altair» con el ritmo de Seven nation army de White Stripes y con esta misma sintonía jugando al obvious game que les enseñó un día a la salida del Otto e mezzo en Almagriz el amigo americano de Zazú, Greg.

Este juego consiste en decir cantando cosas obvias de la gente que uno se va encontrando por la calle a la salida de una discoteca como «Tiene una camisa de cuadros» o «Está bebiendo una cerveza», siempre imitando el acento americano. La gente que es objetivo del canto generalmente se mira, les mira con perplejidad y asiente: «Pues sí, ¿y qué pasa?».

Tuvieron esa noche incluso tiempo de inventar una nueva tradición: lo que desde entonces se ha consolidado como «el doble desayuno», esto es, ir a algún sitio a desayunar algo dulce, después de haber desayunado antes algo salado en otro sitio.

Esta vez primero fueron a un bar que estaba abriendo. A mi hermano, porque había visto una escultura con un pez, se le antojó un bocata de sardinillas, pero no tenían. Entonces vio arroz tres delicias en el mostrador y pidió. Sin mediar palabra, la camarera se llevó la bandeja expuesta del arroz y todas las demás fuera de su vista y al rato sacó un plato de arroz. Sin sospechar nada, mi hermano al probarlo notó que estaba un poco malo y su único acompañante, Chindas, el único que había aguantado hasta tan tarde, le dijo que seguro que era del día anterior, que de hecho el resto lo habían tirado ya, que para eso se lo había llevado la camarera. Mi hermano suspicazmente se lo preguntó a la camarera, que en ese momento estaba en el rincón apartado adonde se había llevado las bandejas, lugar que no se llegaba a ver desde donde estaba con Chindas:

—Perdone, ¿por qué ha retirado las bandejas de comida?

Y se oyó la voz de la camarera:

—Porque estoy limpiando la barra.

Mi hermano miró a Chindas orgulloso como diciendo «¿Ves? Yo tenía razón». Pero la verdad es que en todo el tiempo que tardó mi hermano en terminarse el arroz las bandejas no volvieron a aparecer.

Para que el arroz estuviera algo mejor, mi hermano pidió soja. Cuando la camarera le trajo el bote, él lo cogió en alto como si estuviera examinando una botella de buen vino y exclamó satisfecho mirando a Chindas con el mismo tono que no sé quién usaba en el antiguo anuncio de Viceroy:

Kikkoman, claro.

Chindas se rió de él porque no se creía que conociera la marca, pero mi hermano la conocía de sobra. Dijo:

—Pero si es casi como lo de las cremalleras YKK; casi todos los botes de soja son de esta marca. De hecho, te diría que hasta sé que el nombre kikkoman tiene algo que ver con una leyenda de tortugas japonesa… —se quedó pensativo— pero no me acuerdo bien.

Y le preguntó a la camarera si lo sabía, como si la camarera por tener esa soja lo tuviera que saber. Por supuesto, no era el caso.

El segundo desayuno lo tomaron en un bar que tenía bollos recién hechos. Estuvieron elogiándole los bollos al dueño del bar, que resultó llamarse Tino. Tan buenos estaban que la descripción del deleite de su ingesta fue lo primero que compartieron con los demás a la mañana siguiente, recomendándoles volver lo antes posible. Lo malo es que no se habían fijado en el nombre del establecimiento. Solo sabían que el dueño se llamaba Tino.

Después de toda la noche y sabiendo que el desayuno iba acompañado de cerveza, imaginaos con qué caretos se despertaron todos, incluso los que no habían desayunado, por la mañana… perdón, a las tres de la tarde; justo lo que mi hermano querría haber evitado para ir cuanto antes y con la mente despejada a Altair.

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