Malentendidos

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Volvieron después de comer a casa para descansar un poco. Al despertarse de la siesta vieron que ya les habían escrito un e-mail de Altair a los tres diciéndoles que habían pasado la primera entrevista y que volvieran al día siguiente, otra vez por la mañana, aunque dos horas más tarde.

Como no querían gastar demasiado y la entrevista era más tarde pero seguía siendo por la mañana, decidieron que esa tarde-noche se quedarían en casa, harían unas pizzas y como mucho tomarían unas copillas al son de una de las listas de Spotify de mi hermano.

Así hicieron. Hablaron de esto y de aquello y contaron historias ya contadas, pero con distinto público, que eso influye. También estuvieron hablando de malentendidos (no malos entendidos). El primero de ellos era la historia del memorable equívoco de mi hermano con una chica del norte.

Resulta que mi hermano un día fue a un concierto de Quique González con una de las Natalias, no la de «veniros», sino la del JAEIC, que era una asidua y agradecida receptora de fotos del reloj, tanto que un día hasta le regaló una bolsa llena de relojes de caramelo a mi hermano, de esos que tienen cuentas de caramelo y que también pueden venir como collares o pulseras e, incluso como tangas (como con el que se ahogó una de 1000 maneras de morir). En ese concierto (al que había ido mi hermano solo con Natalia y sus amigas), mientras hablaba con una de ellas que era del norte de España (de Vetusta concretamente), por una cosa que le oyó decir, tuvo mi hermano a bien soltarle:

—Yo jamás estaría con una chica del norte.

—¿Por qué? —preguntó ella entre sorprendida y molesta.

—Porque no me gusta vuestro pasado —¡Zasca!

Ella, como supongo que le habría pasado a cualquiera, se lo tomó a ofensa y a conflicto histórico. Sin embargo, él no lo decía con esa intención. Lo decía porque le disgustaba el «Hoy fui al cine» en vez de «Hoy he ido al cine» de la gente del norte; es decir, del pasado que se quejaba no era del histórico, sino del gramatical. Una vez que se dio cuenta del malentendido y de que a la chica le había importunado, mi hermano intentó arreglarlo, lo cual le iba a resultar difícil siguiendo el camino que siguió:

—No, pero que no lo decía por nada histórico, simplemente lo decía porque no me gusta como habláis. Nada más.

En fin, tanto preguntar por septentrional, para luego no poder ni hablar pacíficamente con una chica del norte. Mi hermano siempre termina de contar esta historia diciendo:

—Eso es que yo le gustaba y le molestó que ella a mí no.

La verdad es que en ese concierto mi hermano estuvo sembrado. Cuando ya se terminaba el concierto, de repente se encontró a una ex novia con la que lo acababa de dejar, por lo que la cosa estaba aún un poco tensa, pero no tanto como para que no pudieran estar hablando un rato, hasta que Natalia se acercó para decirle que cortara (la conversación), que ya se querían ir todas. Entonces mi hermano, muy correcto él, las presentó y se pusieron a hablar los tres. Natalia, que era muy impetuosa y pensaba que aquella chica era una simple amiga de mi hermano y no su ex novia, empezó a decirle a la ex novia que se fuera con ellos de fiesta, ante lo que la ex novia le dijo titubeante que igual luego porque había quedado a cenar con unas amigas y que luego si eso llamaba a mi hermano. Pero mi hermano no tenía batería, así que Natalia se dispuso a darle su número para que no dudara en llamarles y se uniera. Entonces, mi hermano se dio cuenta de lo embarazoso de la situación. Pensó que parecía que Natalia era su nueva novia, porque era raro si no que él hubiera ido con ella y sus amigas solo al concierto, y consideró que para la ex novia estaba siendo algo duro tener que apuntar el número de la que parecía su nueva novia, así que lo arregló diciendo lo siguiente:

—Oye, por cierto, tengo que hacer una aclaración. A ver —señalando a su ex novia y mirando a Natalia—, ella es mi ex novia —y continuó, señalando a Natalia y mirando a su ex novia— y ella no es mi novia. Que quede claro.

La tensión no podía ni cortarse con un cuchillo y los grillos sonaron. En primer lugar porque para su ex novia fue un poco drástico que la calificara de ex novia abiertamente, y para Natalia, porque aunque disimulaba intentando que mi hermano ligara con sus amigas, no le sentó muy bien que mi hermano la calificara de no novia abiertamente, como si no tuviera ni la más remota posibilidad de convertirse en novia nunca, como si la despreciara. Aun así las dos se despidieron con la idea de verse luego, cosa que, por supuesto, no ocurrió.

Pero bueno, peor espectáculo fue el que dio mi hermano con Fernando y otra gente conocida de Roldana como Chindas el día del concierto de Loquillo en el mismo sitio; que hasta llegaron a grabarles de la MTV y salieron preguntando si podían cantar una canción de Loquillo para después cantar la de Ramoncín de Litros de alcohol. Un show.

Con la historia del pasado gramatical mi hermano volvía a monopolizar la conversación y explicaba que el malentendido se había producido por polisemia. Y esto le recordó un caso gracioso de homonimia. Como ya expliqué, la homonimia se diferencia de la polisemia en que, aunque en ambos casos hay palabras que se escriben igual, en el caso de la homonimia se trata de palabras con distinta etimología (u origen).

Este gracioso malentendido por homonimia lo escuchó un día jugando al vóley playa en Tosca (adonde antiguamente iba, invitado por su amigo Balái, otro amigo del barrio y del colegio, casi todos los veranos, unos días antes de ir a Roldana). Estaban jugando contra unos de la playa y en una de las jugadas un argentino del equipo contrario le gritó a otro de su mismo equipo «¡Fuera! ¡Fuera!» para que no tocara la pelota al ver que se iba fuera, . Pero el otro, que también era argentino, la tocó y la falló. El que le había avisado le recriminó el haberla tocado preguntándole «¿Pero por qué tocaste la pelota?». El otro le contestó:

—Me dijiste que fuera y fui.

También recordaron un caso relacionado con la polisemia, en este caso de una expresión, que le pasó a su amigo Charly una vez que fue a un funeral. Se acercó a la persona a la que correspondía dar el pésame y con los nervios y lo mal que lo pasaba en esas situaciones, queriendo decir «Lo siento», le dijo:

—Perdón.

Y aunque no era el mismo caso, ya puestos a hablar de malentendidos, contaron la historia de un amigo que después de una discusión con una chica colgó diciendo:

—¡Zorra!

La chica le volvió a llamar chillándole aún más porque la había llamado «Zorra» y él, para salir del paso, dijo:

—No, no, he dicho «Porras», porque me ha dado rabia que discutiéramos.

También contaron la historia del Diwá del 24 de Roldana y otras muchas, que o porque ya las he contado aquí o porque me las guardo para una segunda parte, no contaré ahora.

Con estas anécdotas y con las copitas que las acompañaron, se quedaron exhaustos y esa noche durmieron todos como chotos recién amamantados, lo que les sirvió de buen descanso para afrontar la segunda entrevista en Altair.

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