Tuya es la culpa

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Al entrar al edificio, vieron que volvía a estar Leticia, quuien ya ni siquiera les preguntó los nombres; simplemente les dijo que esperaran y pasaran en turnos como el día anterior y que no tardaran tanto en bajar. De acuerdo con lo exigido, subieron por turnos y, aunque se demoraron un poco en salir, sobre todo mi hermano que estuvo entrando en una sala y otra con la llave maestra, no encontraron nada relevante. Al menos, eso sí, podían dar por registradas dos de las plantas, la de mi hermano y la de Chindas. Cuando se reencontraron mi hermano inició la conversación:

—Desde luego, es imposible que el Manuscrito, siendo tan grande como es, esté en las salas en las que he entrado o cuyo interior he tenido que escudriñar desde fuera porque había gente dentro. Sería visible a simple vista y yo no lo he visto.

Como ya sabemos, lo de que el Manuscrito fuera un libro grande estaba en la imaginación de mi hermano, pues en verdad nunca lo había visto realmente (ni de ninguna otra manera, más que en su imaginación).

—Yo tampoco he visto nada relevante —corroboró Chindas, que era el que más tiempo había tenido de husmear antes de tener que bajar a las once para que Leticia no protestara.

—Y la cosa —decía mi hermano— es que a mí me ha salido fatal la entrevista. No sé por qué dicen que basta con ser licenciado si luego piden cosas tan chungas de informática.

Quero asintió, porque a él tampoco le había ido nada bien. De hecho había hecho el ridículo, y eso que controlaba algunos temas de informática.

—Ah, pues a mí me ha ido muy bien —refutó Chindas—. Debe ser que las lecciones que me dio Lízar son útiles, porque no me ha parecido muy difícil lo que pedían.

Y es que Lízar, aunque no distingue bien entre un whisky bueno y uno malo, es un experto informático. Sabe hacer aplicaciones para móvil y todo. Una vez, pensaron Chindas, Lízar y mi hermano poner un negocio que se llamara «Lingüística, informática y crossfit». Y cuando los posibles clientes les preguntaran que a qué se dedicaban concretamente, ellos responderían: «A lo que nos da la gana». Un negocio, sin duda, con mucha proyección de futuro.

Mientras ponían en común sus distintas experiencias, fueron saliendo y se despidieron de manera un poco borde de Leticia, que no les quitaba el ojo de encima, ya de una manera exagerada. Tan era así que mi hermano empezó a sospechar que en verdad no es que les mirara a los tres por precaución, sino por interés, y se fijó en que verdaderamente al que miraba todo el rato era solo a Chindas. Y es que, efectivamente, si bien Leticia, que no estaba mal, odiaba a mi hermano y le tenía tirria a Quero, Chindas, el de grandiosos e imponentes músculos, le había entrado por los ojos. Era muy de su tipo. En este caso mi hermano acertó al pensar que su cara de desaprobación era la típica cosa que hacen las chicas disimulando lo que sienten cuando están intentando ligar, porque, como digo, a Leticia le gustaba Chindas.

Ese día comieron en un mercado de esos que se han puesto de moda en los que vas comprando las distintas cosas en distintos puestos, la bebida en un lado, una tapa en otro, un pincho vasco en otro, una ración en otro, y después fueron a casa a reposar un poco, a pensar y ver si les llegaba el e-mail para la tercera entrevista. Mientras esperaban estuvieron jugando al Monopoly en la táblet de Chindas.

Cuando les llegaron los e-mails, tal y como habían pronosticado por sus distintas actuaciones, solo Chindas recibió la feliz noticia de que había pasado a la siguiente entrevista. Le citaban para el día siguiente, pero esta vez por la tarde, a las tres y cuarto. Aunque eso suponía que la tensión iba a ser mayor con toda la mañana por delante, a la vez les daba más tiempo para planear la que podía ser su última oportunidad de encontrar el Manuscrito, puesto que era la entrevista final: o tiraban a Chindas y con él la última esperanza de volver a Altair o le contrataban. Lo bueno de la hora, aparte, es que les permitía poder salir esa noche, que para ellos eso siempre era algo que tener en cuenta.

En la cena Quero se estuvo quejando de que su ex novia le había escrito diciendo que ya veía lo que le había importado que lo dejaran. Y es que Quero, aunque tarde, al final había puesto en práctica «la táctica del Ok». También le decía su exnovia que era un maleducado por no contestar.

—Uf —resoplaba mi hermano—, cuando en una relación se empieza con que si alguien es maleducado, malo. No se puede exigir que alguien conteste por educación. Si no te contestan es porque no tienen interés. La educación es la última esperanza a la que se aferra la gente desesperadamente enamorada o pillada. Yo que tú no le contestaría y ya cuando llegues a Almagriz habláis de lo que vais a hacer —aconsejaba mi hermano—, por mucho chantaje moral que te haga con lo de la educación y con que no te importa. Si te ha dejado de importar no va a conseguir que vuelvas a sentir interés exigiéndote que contestes, y encima llamándote maleducado. Vamos, digo yo.

Lo de hablar de lo que iban a hacer no era solo por la relación, sino porque para desdicha de Quero su ex novia se iba unos meses a trabajar fuera a partir de julio. Y en relaciones a distancia, Quero era un poco como mi hermano.

—Yo te recomiendo hacer lo que hice yo con mi novia de Chile. —Así llama mi hermano a una chica con la que estuvo solo un mes porque se fue a Chile y, aunque durante un breve espacio de tiempo intentaron una relación a distancia, ya se sabe que mi hermano es incapaz de mantener una relación así—. Cuando vi que nos empezábamos a pelear por culpa de la distancia, le dije que era mejor que dejáramos de hablar y que ya cuando volviera a Almagriz podríamos retomar la relación si lo considerábamos oportuno. Le puse la metáfora de lo de la nieve en Romsa —la ciudad de Noruega—. A saber: en Romsa, en septiembre empieza a nevar cuando la hierba está aún verde y la cubre en ese estado, de tal manera que cuando en junio del año siguiente se empieza a derretir la nieve es muy bonito porque aparece directamente la hierba verde y en unos días se pasa de las montañas blancas a las montañas verdes. Pues así le dije que había que hacer con nuestra relación, que antes de que se estropeara había que cubrirla de nieve, que en este caso era no hablar, para que así cuando se derritiera, es decir, cuando ella volviera a España, la relación siguiera estando verde como la hierba de Romsa.

—Ja, ja —Quero, a pesar del estado taciturno en el que se hallaba no pudo evitar reírse—. Y la tía se cabreó, ¿no?

—Pues la verdad es que le sentó peor de lo que yo esperaba. Yo pensaba que era una bella metáfora —reconoció mi hermano, quien de verdad había propuesto lo de la nieve con la mejor intención. Era como cuando conocía a alguna chica en alguna estancia en el extranjero y,Le_petit_prince sabiendo que en unos meses él se volvería a España, le decía que tuviera cuidado de no dejarse domesticar para que no le pasara como al zorrito del Principito. Al final, esta táctica acababa teniendo el efecto contrario: la mención al Principito hacía a mi hermano parecer muy mono y acababa «domesticando» a las chicas, en el buen sentido de la expresión, si es que lo tiene. Cuando al final se tenía que ir, las chicas se enfadaban con él por haberlas «domesticado» y el Principito… digo, mi hermano, les decía «Ya te lo advertí», y citando las palabras exactas del Principito decía «Tuya es la culpa». Exasperante. ¡Cómo destrozar incluso una historia tan bonita como la del Principito! Pero bueno, como lo esencial es invisible a los ojos hacedme caso en que mi hermano, a pesar de lo que aquí leéis sobre él, por dentro es una bella persona… cuando quiere.

Los demás convinieron en que, si bien había que descartar la historia de la nieve de Romsa, era verdad que lo mejor era hablarlo en persona porque si no podría haber malentendidos. Le dijeron que no se preocupara, que esa noche salían y se le olvidaba todo.

La noche no fue demasiado distinta a las demás. Empezó con unas copas en casa del rey Escorpión donde hablaron de todo un poco. Una de las cosas destacables de la noche fue que cuando ya se iban a la discoteca mi hermano se metió una mandarina de la cocina en el bolsillo. Luego por la calle, exagerando la postura de los jugadores de bolos, se la tiraba rodando a chicas que estaban sentadas en bancos, de tal manera que les dejaba la mandarina justo al lado. Entonces se acercaba despacio y con paso elegante y sin mirar a las chicas la recogía y volvía a su posición. Las chicas flipaban.

Luego, cuando se hizo la hora del doble desayuno se acordaron del bar de la otra vez y fueron por la calle preguntando a los inocentes y madrugadores viandantes si sabían dónde estaba el bar que regenta Tino. La gente no lo sabía y ellos no se acordaban de dónde estaba. Llegaron a dudar de si era verdad que habían estado o si el bar que regenta Tino era un bar fantasma que solo en aquella ocasión apareció. Se tuvieron que conformar con otro bar distinto en donde los bollos ni se acercaban a la calidad de los de Tino. Del bar que regenta Tino solo queda el recuerdo y el homenaje que le rindieron en el nombre de un grupo de WhatsApp que tienen al que pusieron el nombre de «El grupo que regenta Tino».

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