Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado

15

Cuando se consiguieron despertar después de aquella nueva noche de desenfreno, apenas quedaban unas horas para la gran prueba final.

Comieron algo rápido por la calle y antes de llegar al edificio mi hermano le hizo a Chindas la entrega de la llave maestra que les llevaría al Manuscrito, entrega precedida por una consigna propia de un general militar arengando a sus soldados, con visos de alocución y soflama:

—Bueno, ha llegado el momento. Ahora no podemos fallar. Tienes que conseguir entrar en todas las salas, buscar en cualquier rincón. Esta vez no creo que haya problema de tiempo porque yo creo que le has gustado a Leticia, así que no se opondrá a que estés el tiempo que quieras. Si puedes métete en algún ordenador para buscar información. Mucho ánimo. Lo vas a hacer muy bien y vas a hacer un gran favor a la humanidad.

Mientras decía todo esto a Chindas, le tenía cogido por los hombros y le apretaba fuerte y le zarandeaba. La verdad es que Chindas era el más indicado para aquella misión porque había aprendido de Lízar a desencriptar contraseñas y explorar ordenadores ajenos y a realizar las más intrincadas operaciones.

Yéndonos ya a su salida de la entrevista, antes de lo esperado, Chindas consiguió entrar en distintos sitios, pero no encontraba nada de interés. Influido por la imaginación de mi hermano y por la connotación de la palabra, iba buscando un libro enorme en el que pusiera «Manuscrito del Conde Ensortijado». Él qué iba a saber que mi hermano y Quero habían sacado la forma del Manuscrito a partir de pistas erróneas. En la última sala en la que buscó —siempre se encuentran las cosas en el último lugar en el que se buscan, pero es que en este caso era de verdad la única sala que le quedaba por registrar—, vio un ordenador encendido. Asegurándose de que no le veía nadie, se metió sigilosamente en la sala y empezó a hurgar por el ordenador y a meterse en todas las carpetas que pudo en busca de alguna pista. Era el último recurso. No podía fallar a mi hermano.

Según iba mirando se dio cuenta de que había algunas carpetas sospechosamente ocultas y empezó a interesarse. Entonces, cuando consiguió meterse en una carpeta oculta para la que tuvo que descifrar tres claves encontró algo que le hizo venirse abajo:

—¡No me lo puedo creer! —exclamó contrariado, mientras se acercaba a la pantalla como, si por leerlo más de cerca, lo que había leído fuera a cambiar—. ¡No puede ser! ¡No puede ser verdad! ¡Madre mía!

Estuvo ojeando por encima el extenso documento que tenía abierto en la pantalla y trató de interpretar lo que estaba viendo de todas las formas posibles, intentando encontrar alguna explicación, hasta que pronto empezó a convencerse de que no podía ser casualidad, que seguro que aquello era lo que habían estado buscando, ahora sabía que equivocadamente, tanto tiempo. Se medio rió por no llorar y farfulló:

—¡Uf! Ya verás cuando se enteren estos. O igual no se deberían a enterar. Se van a hundir. Debieron escuchar mal.

Y se le venía a la mente la imagen de mi hermano con la misma cara de pena que puso un día en Roldana cuando, materializando la expresión de «tirar la llave al mar», usada para zanjar un asunto, tiró literalmente la llave de la casa de una ex novia al mar.

—No, no —se autoconvencía Chindas—. No se pueden enterar de esto. Me tengo que inventar algo.

Lo que Chindas había encontrado en la carpeta oculta y protegida con tres contraseñas, aunque era algo valioso, no era, como ya habréis imaginado, el Manuscrito del Conde Ensortijado. Tampoco era un documento donde se explicaba el origen del lenguaje. Era algo parecido, pero muy distinto. Era un documento en cuyo título efectivamente ponía «Manuscrito», pero no «del Conde Ensortijado», sino «de códigos encriptados». Ya dije yo que no me fiaba mucho de lo que habían oído los aspirantes a ninja en el metro. En otras palabras, el documento era un borrador manuscrito escaneado con los códigos secretos que se habían utilizado desde la creación de Altair para las distintas versiones de sus programas, el famoso Altair Chicago, por ejemplo. Era una joya, de eso no cabía duda, pero no era lo que buscaban. Era, en el fondo, un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, sí, pero no del lenguaje como capacidad comunicativa humana, sino del lenguaje de programación.

La cuestión es que, aunque le hubiera gustado que no fuera así, Chindas estaba casi seguro de que tenía que ser eso a lo que se refirieron los seguratas en el metro y lo que habían estado buscando desde entonces. Seguramente aquellos hombres no lo habían encontrado porque la carpeta estaba oculta y para entrar en ella había que descodificar tres contraseñas, lo cual no era ni mucho menos fácil.

A pesar de que estaba casi seguro de que aquello era en verdad el Manuscrito que habían estado persiguiendo, por no fallar a mi hermano, por si acaso, creó un vínculo con la cuenta de correo asociada a ese ordenador para que los e-mails que enviaran a la cuenta del ordenador también le llegaran a él. Se arriesgaba un poco porque no era del todo difícil pillarle, pero ya daba igual.

En cuanto hizo eso cayó en la cuenta de que, aunque aquel no era el Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, no dejaba de ser algo muy valioso y por lo que le podían pagar mucho dinero, tal como habían dicho los seguratas. Entonces tuvo la tentación de guardárselo y llevárselo, pero, claro, no tenía pendrive ni disco duro y era un archivo demasiado grande como para enviarlo por correo. Empezó a mirar ávidamente por la sala a ver si veía algún disco duro o algo, pero justo en ese momento oyó gritos detrás de él. Al girarse se encontró de cara a los seguratas. El corpulento le levantó de la silla cogiéndole por el brazo y zarandeándole, con más fuerza incluso que cuando mi hermano soltó su consigna, dijo:

—Pero ¿qué haces tú aquí? ¿No serás tú el que nos quitó la llave?

—¿Cómo? No, no. ¿Qué llave? —disimuló Chindas.

Aunque el segurata le cogía con fuerza mientras le amenazaba, Chindas, que como ya sabemos está cachas, aprovechó un momento de distracción del segurata para zafarse de él de un tirón y salir corriendo. Los seguratas salieron al instante detrás de él. Por suerte, el corpulento, que como su propio nombre indica era de cuerpo lento y el otro que, aunque era enjuto era lento de por sí, no consiguieron alcanzarle. Leticia, que seguía todavía en la recepción, cuando vio salir a Chindas a toda leche perseguido por los de seguridad, se enamoró aún más de él.

Al ver salir a Chindas corriendo, mi hermano y Quero, que aguardaban agazapados tras un muro a la salida de Altair, también corrieron sin preguntar, casi tan rápido como cuando vieron el cadáver. Después de haber recorrido una prudente distancia y de haberse metido por algunas callejuelas para despistar se pararon.

—¿Qué ha pasado? —le preguntaron ijadeando a Chindas.

—Nada, que me han visto los de seguridad merodeando por el edificio y me han visto la llave y han venido a por mí.

Y se puso a contar lo que le estaban diciendo cuando se escapó:

—El corpulento me ha cogido del brazo fuerte y me ha dicho: «¿Ves este arma, chico?»

—¡Esta arma! —corrigió mi hermano.

—Bueno, estoy citando lo que ha dicho él —se justificó Chindas—. Me la ha enseñado y me ha dicho que no tendría ningún problema en usarla con el que husmea por donde no debe. Pero he conseguido escabullirme y he salido pitando. Lo mejor es que nos alejemos y nos vayamos de vuelta a Almagriz cuanto antes.

—Pero igual te denuncian, que tienen nuestros nombres de la entrevista.

—¿Tú crees que se van a arriesgar a denunciarme sospechando que yo sé que andan detrás del Manuscrito?

—Sí, tienes razón. Pero bueno, lo importante: ¿has podido encontrar algo?

Y entonces se le cambió la expresión a Chindas y empezó con su repertorio de mentiras piadosas que, aunque por los pelos, había conseguido preparar mientras huía:

—Pues a ver, el caso es que antes de que me pillaran los de seguridad he oído justo a unos hombres en una reunión decir que se han llevado el Manuscrito a otro sitio, que aquí sospechaban que no estaba a buen recaudo, pero que aún no se sabe a dónde. Por suerte, antes de eso me había conseguido meter en un ordenador y he encontrado una cuenta de correo donde se hablaba del Manuscrito. He conseguido crear un vínculo que me redirige sus correos para que así podamos estar informados de los movimientos. He puesto algunas palabras clave… —y se detuvo para preguntar «¿o claves?».

Las dos valen —contestó rápidamente mi hermano expectante para que Chindas prosiguiera lo antes posible.

—Pues he puesto algunas palabras clave para que me salte un aviso. He puesto Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado y no sé si alguna más —lo cual era más o menos verdad—. Así que ahora lo que nos queda es esperar. Se puede decir que nuestra misión aquí ha concluido.

—Bueno, pues has hecho muy bien tu misión —concluyó mi hermano, quien, aunque se había apenado porque esto significaba que no habían encontrado el Manuscrito sentía una grata alegría cada vez que algo confirmaba su existencia.

Zanjó diciendo:

—O sea que ciertamente parece que Roma locuta, causa finita —es decir, que habiendo hablado Roma, el caso está cerrado—. Nos podemos volver con viento fresco a Almagriz y esperar alguna pista.

—Pues sí, eso parece —dijo Quero, que no se terminaba de creer todo y, si bien pensaba que a mi hermano se le podía ir la cabeza, no creía que Chindas pudiera haber mentido, por lo que se convenció definitivamente de la existencia del Manuscrito.

De esta manera consiguió Chindas, en un bonito gesto para no desilusionar a mi hermano (gesto que se le volvería en su contra, como ya contaré), que todo el mundo acabara contento dentro de lo que cabía: mi hermano por el gozo de poder seguir manteniendo la esperanza de encontrar el Manuscrito con el origen del lenguaje, antes de que cayera en malas manos y, lo mejor de todo, de poder responder con él a muchas de las preguntas que desde hacía tiempo tenía, y Quero por saber que toda esta aventura, por culpa de la que había llegado a perder a su novia, al menos no se había sustentado en cimientos de humo.

Una vez que ya no había nada que hacer en Favencia, era el momento de regresar a Almagriz, pues entre comidas, cenas y salidas se estaban dejando mucha pasta. Y encima a Quero, por ejemplo, le esperaba una misión importante en Almagriz, la de reconciliarse con su novia o, peor aún, la de dilucidar si era conveniente que se reconciliara. No había tiempo que perder. Antes, eso sí, tenían que volver a casa para hacer las maletas y ver para cuándo había billetes baratos.

Capítulo siguiente    Capítulo anterior

Índice

Anuncios

3 thoughts on “Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s