El día que mi hermano ligó con una súper

6

Otra noche, antes de salir rumbo a Valhalla, mi hermano pilló a Quero poniendo en práctica una táctica que, según dijo un día, había leído o en el Quo o en el Muy interesante, sus revistas favoritas. Quero ya lo había dejado definitivamente con su novia y no estaba del todo mal. Volvía a sentir ganas de ligar, pero de una manera sana, no en plan vengativo o despechado. Lo que había leído Quero es que el olor de los polvos de talco era el que más atraía a las mujeres y, al ver un bote en el baño de Chindas, en cuya casa también se estaba alojando, no había dudado en echarse. Al pasar por la puerta del baño mi hermano le dijo:

—Uhm, ¡qué bien huele tu colonia!

—No me digas. Si es la misma de siempre.

—A mí me huele un poco mejor.

—Joé, no me digas eso, que es que me he echado polvos de talco.

Mi hermano, al que Quero ya le había contado la táctica alguna vez dijo:

—Ja, ja. Qué pillín.

Y Quero, preocupado, dijo:

—A ver si los polvos de talco a quien les gustaba era a los tíos.

—No, eso era a las tías. A los tíos el olor que más les atraía era el de la lavanda.

Quero puso cara de espanto:

—Es verdad. Pues el gel que tiene Chindas tiene lavanda —lo sabía porque antes de ducharse había estado leyendo la etiqueta, mientras… bueno, mientras hacía tiempo para que el agua de la ducha se calentara.

—Ja, ja. Pues nada, hoy vas a ligar con todo el mundo. Aunque la verdad es que la táctica de los polvos de talco a mí nunca me dio muy buen resultado, que yo recuerde.

Y es que mi hermano, cuando Quero en su momento le contó la táctica, la había usado. Quero en aquella época solo la usó para atraer más a su novia; no os vayáis a creer que la usaba para otras, que tanto Quero como mi hermano son superfieles.

Ya en Valhalla esa noche, viendo que no funcionaba del todo bien lo de los polvos de talco, Quero empezó con otra táctica. En una de sus revistas también había leído que la parte del cuerpo que más les gusta a las mujeres de los hombres son los hombros. Para que las chicas se fijaran en ellos empezó a andar levantando uno y después otro como un jorobado de Notre Dame intermitente. Al principio, entre las contorsiones y jeribeques, en vez de hacer que las chicas se fijaran en sus hombros, casi directamente se los metía en la cara. Pero hay que decir que, una vez que pulió la táctica fue impresionante ver cómo las chicas se acercaban a él como moscas. Mi hermano no daba crédito y empezó a hacerlo también. Debía hacerlo bien porque en un momento que paró para descansar, que con la tontería se cargan bastante los hombros, una chica le dio un palmotazo (como los de Charly) y le dijo que siguiera bailando. Aunque el movimiento de los hombros atraía a las chicas como a moscas y se ponían a bailar como hipnotizadas con mi hermano y Quero, Quero tuvo razón cuando dijo:

—Sí, sí, atraerlas, las atrae como a moscas, lo difícil es mantenerlas.

Ya casi al final de la noche, cuando quedaba media hora para cerrar, como siempre, estaba la tentación de volverse con Chindas en el coche. En este caso habían llevado el de Zazú pero lo conducía Chindas, porque casi nunca bebía. La cosa era si irse con el coche o si quedarse haciendo el tonto mientras esperaban a un taxi o al autobús o comiéndose un perrito caliente en el puesto de dentro de Valhalla y cantando «¡Perromán! ¡Perromán!» con el ritmo de «Popurrí, popurrí» de Furor o «Quiero un perrito calienteee» o «Yo no me voy sin mi perroooo» con el ritmo de Seven nation army, para variar. En este caso, se querían ir todos menos mi hermano. Mi hermano les dijo que, como eran cinco, que él se quedaba un rato, que se sacrificaba y ya volvería en autobús. Como podréis imaginar, para mi hermano no suponía ningún sacrificio quedarse. Al final, cuando hace estas cosas, nunca se queda realmente solo porque siempre se encuentra o a alguien conocido de antes o a alguien recién conocido.

De hecho, a mi hermano le encanta salir el último de las discotecas. Para conseguirlo sin enfadar a los puertas, hace como los jugadores de fútbol cuando van ganando y quieren perder tiempo con los cambios yéndose al otro lado del campo: se va a la punta contraria de donde está la puerta de salida. Muchas veces, nuestros amigos, por no dejarle solo, le buscan y se lo llevan, pero en este caso, le vieron tan entusiasmado que se fueron sin él. De hecho, mi hermano ya le había dicho a Chindas antes de llegar a Valhalla que esa noche igual se quedaba solo y que no se preocuparan por él, que no iba a ser como esas veces que le da por quedarse solo inconsciente e insensatamente.

Una vez solo, mientras daba una vuelta, al pasar por la puerta del reservado, vio a la de la puerta de las entradas, que estaba dentro. Ella le vio y le invitó a pasar al reservado y a una copa. Mi hermano, que ya iba contentillo, con esa copa, que encima era con Red Bull, ya se puso como una moto. Al día siguiente contaba:

—No sé muy bien cómo, pero acabé sentado en el reservado donde se suelen poner los famosos al lado de una chica rubia que me empezó a hablar supersimpática.

Chindas se rió:

—Sí, ja, ja, sin saber cómo. Eso es como lo de … —se dice el pecado, no el pecador—, que un día volvió diciendo que no sabía muy bien qué le había dicho al taxista, pero que le había llevado a un puticlub. Pues le diría que le llevara a un puticlub, ja, ja.

—O que le llevara de puteches, ja, ja, ja.

Según siguió contando mi hermano, miró a la chica junto a la que se había sentado y le dijo abiertamente:

—Eres guapísima.

—Ja, ja. Anda, anda.

Estuvieron hablando un buen rato y hasta las amigas sonreían a mi hermano como animándole a proceder. Mi hermano que en la vida se había llevado muchas cobras, tortugas, mátrixes y demás, en resumen, calabazas, fue precavido y no dio un paso adelante esa noche. Se limitó a pedirle el móvil, que la chica le dio con demasiada facilidad, y del resto no se acordaba muy bien. Tal como iba esa noche mi hermano, es normal que no se acordara de nada.

Una vez que se hubo despedido correctamente de la chica que, por cierto, se llamaba igual que la camarera rubia guapa, al salir de Valhalla, vio que justo estaba el autobús que le acercaba a casa.

Y en el autobús la montó desde el primer momento. Si una vez le dio por dar volteretas al mezclar whisky con Red Bull, aquí le dio por ir indicando a la gente con quién se tenía que sentar, haciendo parejas de chico y chica:

—Tú con ella. Tú con él. Tú conmigo.

Y durante el viaje fue haciendo de todo. Diciéndole al conductor que no le hiciera una jugarreta, que no le llevara a Monsácar, sino a Roldana (ese día no tendría más remedio que dormir en casa de nuestra madre y abuelo, porque el autobús dejaba a una hora andando de Pera Playa, donde tenía la casa de Chindas, y solo a media de la casa de nuestro abuelo), cantando y haciendo «camareros». Para que os pongáis un poco en situación, uno de los «camareros» fue el siguiente:

—¡Camarerooo!

—¡Qué!

—¡Camareroooooo!

—¿Qué?

—¡Una de Roldanaa!

—¿Una de Roldanaa?

—Give me hope, Roldana. Give me hope.

Aunque la mayoría le habían respondido al «¡Camarerooo!» con un «¡Qué!», no siguieron la canción y se produjo un gran silencio, seguido por risas. Viendo esto, temiendo fracasar, tiró de uno de los que nunca fallaban:

—¡Una de lomo adobado y aceituna!

—¿Una de lomo adobado y aceituna?

—¡Y ese lomo adobado y aceituna, que abandona por la noche la maná!

Otra vez nada y luego risas.

Con todo esto, el caso es que al final todos acabaron coreando su nombre. Él creía que decían «¡Jaimito! ¡Jaimito!», pero cuando otra noche le reconocieron algunos por Valhalla y le paraban, le decían:

—¡Eh! Tú eres Jaimote, el del autobús.

A saber por qué le habrían llamado Jaimote. Espero que no hubiera ninguna rima implicada.

Y al bajarse del autobús, para completar la faena, les hizo un «mi hermano» a una pareja que se bajó con él y que, por supuesto, en cuanto pudo le dio esquinazo.

Vamos, que la lió —también con tilde— casi tanto como el día que no le dejaron pagar en el autobús en Almagriz con veinte euros y querían hacerle bajar, historia que contaré cuando conozcáis a mi hermano un poco mejor, para que no se lo toméis a mal.

Cuando al día siguiente les contó a todos en la partida de mus toda su noche, no daban crédito. Con lo de la chica, como mi hermano había contado que había sido todo como muy fácil, que no le había costado conseguir el móvil y que la chica estaba en el reservado de famosos y que encima era muy guapa, Chindas dijo:

—A ver si va a ser una escort.

—¿Una qué?

—Una escort. Una señorita de compañía, vamos.

—Ostrás, pues no sé. La verdad es que bien podría ser, pero no creo.

No le dio demasiada importancia a estas palabras y, al volver a casa para cenar, le cogió el móvil a nuestra madre para escribir a la supuesta escort por el WhatsApp. Recordemos que mi hermano había perdido el móvil y el que tenía era uno antiguo sin WhatsApp, por lo que tenía que usar el de nuestra madre. Le puso: «Hola, ¿qué tal? Soy Jaimito». Y la respuesta no tardó en llegar: «Hola». Y seguía con la siguiente misteriosa frase: «Eres amigo de una super». Al ver eso mi hermano se acojonó. «¡Cómoooo!». Empezó a buscar en google «prostituta súper» o «super puta», pero no encontraba nada. Empezó a sudar pensando que quien le había contestado era el chulo advirtiéndole que era amigo de una súper, para prevenirle, no se fuera a pensar que había ligado por la noche. «Y con el móvil de mamá», pensaba sudando mi hermano. «A ver si me va a llamar el chulo o algo». Cuatro minutos eternos duró esta agonía que se resolvió cuando volvió la cobertura y el mensaje se completó: «Eres amigo de una super… amiga mía». Verdaderamente solo a alguien con tan mala suerte como a mi hermano le podía llegar un mensaje por partes de esa manera.

Pero lo malo no iba a acabar ahí, porque resulta que la tal superamiga era una chica que a su vez era muy amiga de una chica con la que estuvo mi hermano y que —creo que con contar el final de la historia basta para hacerse una idea— acabó llamándole imbécil la última vez que hablaron. La excusa que puso mi hermano es que ella se había picado porque a él le había dejado de gustar cuando descubrió que se parecía a Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? —Y con esto me honro de citar a Joan Crawford igual que Cela en La colmena.

Una vez aclarado que la chica no era una señorita de compañía ni una escort ni una súper, al saber de quién era superamiga, mi hermano que era excesivamente sincero a veces, le dijo: «Uy, pues no sé si te va a dar muy buenas referencias de mí». En verdad estaba usando un truco que le había funcionado precisamente con la que le llamó imbécil y con alguna otra, que consistía en decirles a las chicas cuando ellas mostraban algo de interés en él que no perdieran el tiempo con él, que él no merecía la pena, lo cual, según decía, hacía que se interesaran más por él porque las chicas se fijan más en los tipos duros.

En el caso de la escort, desde entonces poco ha vuelto a saber mi hermano de ella. Ella no le volvió a escribir y él tampoco. Decía que le había dejado de gustar ella porque un día que se puso a ver sus fotos en Facebook, que también se lo habían dado esa noche, se llevó la terrible sorpresa de comprobar que la chica tenía un piercing en el ombligo.

Y ahora me doy cuenta de que, cuando muy al principio de esta historia comenté algunos de los requisitos que tiene mi hermano para sus novias, me dejé unos cuantos. Uno de ellos es precisamente que su novia no puede tener piercings en sitios raros, es decir, no puede tener piercing en ningún sitio que no sea la oreja. Tampoco puede tener su novia tatuajes; solo en todo caso alguno pequeñito y que tenga un significado verdaderamente especial. La explicación que da mi hermano a lo del tatuaje es que el que se pone un tatuaje es egoísta con su yo futuro y se deja llevar por el carpe diem de manera inconsciente, porque se está obligando a llevar en el futuro algo marcado en la piel por un capricho del presente, lo cual no está bien en una novia. Si alguien no piensa ni en sí mismo, ¿cómo va a pensar en su pareja?

Para lo de los piercings no me ha dado ninguna razón nunca, pero conociéndole diría que es porque no entiende que alguien pueda soportar el sufrimiento de ponérselo solo por estética. Tampoco acepta los pechos operados y esto doy fe de que lo siguió a rajatabla con una chica que le encantaba.

Además, aunque no es requisito completamente indispensable, es mejor si la chica no fuma. Por pocas cosas se enfada de verdad mi hermano, pero una de ellas, que ha sido motivo de discusión con sus novias, es que fumen en su presencia. Él no entiende cómo una novia puede hacer algo a sabiendas de que a la persona a la que supuestamente más quiere le molesta. Y en esto también tiene buenas razones porque alguna vez ha tenido problemas físicos, que ya contaré, por estar con chicas que fuman mucho —Neque semper arcum tendit Apollo (esto mejor no lo traduzco aquí)—. Aunque el verdadero problema es que cuanto más les dice a sus novias que no fumen, más nerviosas se ponen y fuman más.

Después de conocer todos estos requisitos, supongo que de forma parecida a como pasaba en el juego de mesa ¿Quién es quién?, las casillas de todas las lectoras de esta historia, posibles pretendientas de mi hermano, habrán ido bajando y ya no quedará ninguna a la que le atraiga.

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