Adelanto del capítulo 12 de la primera parte

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Como he mencionado más arriba, mi hermano un día descubrió que padece el síndrome de Fausto. Esto significa que quiere saberlo todo, no hasta el punto de vender el alma al diablo como Fausto, pero sí hasta el punto de agobiarse cada vez que entra en una librería y se da cuenta de todo lo que no ha leído. Como en la vida no hay tiempo para saberlo todo, a no ser que uno haga un pacto con el diablo, y cuanto más sabe uno más se da cuenta de todo lo que no sabe, mi hermano lo pasa fatal. Es muy divertido ver cómo se estremece cuando alguien habla de una película que no ha visto o de un libro que no se ha leído. Se le ve cómo lo apunta en una lista mental; casi se le nota la lista en los ojos, una lista que luego, por supuesto, pasa a unos cuadernos que tiene. Cuando más se agita, hasta llegar casi a bizquear, es cuando alguien le dice refiriéndose a una película o a una novela «¡Ah!, pero que no la has visto» o «Pero ¿cómo no la has leído todavía?», y sobre todo si completan lo dicho con un «siendo filólogo».

Así que su vida, como la de cualquiera que padece este síndrome, es un continuo sufrir por todo lo que le falta por ver y leer. Y encima, por querer saber demasiadas cosas cultas, acaba dejando de lado el aprendizaje de otras cosas más cotidianas pero más importantes como abrir una puerta con una tarjeta o que se puede llamar al seguro para que te abran la puerta en caso de que se te queden las llaves dentro de casa.

Se enteró de que tenía este síndrome el día que descubrió por azar en internet una página donde aparecían los síntomas. Los que lo padecen son gente que tiene todos los libros de mil y una cosas que hay que hacer antes de morir —él los tiene todos menos el de mil vinos y mil campos de golf; tiene hasta el de mil y un sueños—, además de gente que está todo el rato haciendo listas de lo que les queda por hacer, como mi hermano; es gente que necesita hacer varias cosas a la vez —una de las actividades preferidas de mi hermano es leer una novela a la vez que ve la adaptación cinematográfica, y rara vez no está mirando cosas en el móvil mientras ve una película o pensando en el siguiente libro que debería leerse mientras se está leyendo otro—; es gente que sabe de muchas cosas, pero poco, porque no tienen tiempo de profundizar y así, si se les pide que desarrollen alguna respuesta, son incapaces de hacerlo —como mi hermano—; es gente muy buena jugando al Trivial —mi hermano lleva toda la vida jugando solo y buscando las respuestas que no sabe en la Wikipedia— o en los concursos de la tele —es un adicto a los concursos como Saber y Ganar y se enfada con los que tienen preguntas demasiado fáciles—. Y además, tal y como él se temía, son gente que llega a un punto en el que tienen toda la memoria ocupada y para que entre algo necesitan que salga otra cosa. Mi hermano tiene malísima memoria, además de problemas para relacionar entre sí las cosas que sabe. Hay muchas preguntas del Trivial que podría saber reflexionando, pero en cuanto no sabe una respuesta directamente se bloquea. Es muy gracioso ver en sus ojos el reflejo de sus neuronas sudando. Otras veces, si sabe que sabe algo, pero no le sale el nombre, empieza a hacer su truco de ir letra por letra del abecedario mentalmente «A, B, C, D…», muy rápido, hasta que de repente le sale la palabra. Esto le funciona sorprendentemente bien.

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