No hay hombre nacido como mi hermano

16

Según iban andando de vuelta a casa, mi hermano, que muchas veces se culpaba a sí mismo de solo contar sus historias y no interesarse por las de los demás, le preguntó a Chindas:

—Oye, por cierto, y ¿qué tal la entrevista? Que a lo mejor te han cogido, ja, ja.

—Ja, ja. Pues la verdad es que no iba mal, pero a mitad me ha dado un apretón y me he tenido que salir al baño y una vez que estaba ahí he pensado que para qué iba a volver, si en el fondo así tenía más tiempo de buscar, que es lo que nos importaba. Ahora que lo pienso, igual por eso, como no he vuelto, los de la entrevista han llamado a los de seguridad y ha sido cuando me han pillado.

—Buf, no sé cómo podéis ir a baños fuera de casa y sin bidé —dijo mi hermano, que es de los defensores del bidé, sin darle más importancia al apretón de Chindas. Siguió—: Bueno, por lo menos te has conseguido escapar sano y salvo. Esperemos que no te denuncien o que no te busquen para hacerte algo, porque, conociéndoles ahora, no me extrañaría nada que el cadáver que vimos tuviera algo que ver con ellos. Aunque me extrañaría que Leticia les dé tu nombre y no sé si se atreverán a preguntárselo a los jefes, porque sospecharían de ellos. Antes te encuentra Leticia que ellos.

(Efectivamente, Leticia le agregó al Facebook poco después de que volvieran a Almagriz.)

Según iban hablando de esto, de repente se empezó a formar un gran tumulto en la calle. Se acercaron adonde se arremolinaba un gran grupo de gente. Se enteraron de que lo que había pasado es que se había escapado un mono.

—¡Un mono! Ja, ja. Lo que faltaba.

Viendo esto, Quero y mi hermano recordaron el día en que en Pinar de San Martín también se escapó un mono y aprovecharon para tener una de sus entretenidas conversaciones:

—¿Te acuerdas? —decía Quero.

—Sí, ¿qué era? ¿Un tití? ¿Un babuino?

—No me acuerdo. No sé si era un tití, un babuino o un papión.

—Era como rubito —aclaró mi hermano.

—Entonces sería un babuino.

—Eso, un babuino —dijo mi hermano como si se acordara y como si en ese momento recordara cómo es un babuino.

Y para tirarse aún más el moco dijo sin saber:

—Un papión seguro que no era.

—¿¡Cómo!? —exclamó Quero con el mismo tono que tantas otras veces—. ¡Pero si es lo mismo! Te estaba poniendo a prueba. —Y para picar, aunque no estaba seguro, prosiguió— ¿Es que no sabías que tienen la misma etimología?

Chindas, atento a todo, apostilló dirigiéndose a mi hermano:

—Joer, macho, has caído en el clásico truco del babuino y el papión.

Esto me recuerda, por cierto, a otra vez, cuando mi hermano estaba trabajando en la VEI en un diccionario escolar. Entre otras cosas curiosas del diccionario, vio que salían algunos dinosaurios, pero no otros. No dudó en chivarse a Quero, que era amante de los dinosaurios, de que no estaba el tiranosaurio y, sin embargo, estaban el diplodoco o el brontosaurio. Lo que no esperaba mi hermano era una reacción tan fuerte de Quero:

—¿¡Cómo!? No me digas que está el brontosaurio.

—Pues sí. ¿Por qué? A mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que no esté el tiranosaurio.

Es error común llamar brontosaurio al verdaderamente llamado apatosaurio —profirió Quero.

Y le estuvo explicando a mi hermano que por culpa de una clasificación errónea se había llamado brontosaurio a una especie de dinosaurio, pero que era un nombre erróneo, y que luego el cine había contribuido a consolidar ese nombre, pero que el correcto era apatosaurio. Como Quero era así exigió a mi hermano que lo cambiara para que los niños no lo aprendieran mal.

—Si de primeras lo aprenden mal… No puede ser.

Y la cosa es que mi hermano, atendiendo a su exigencia, propuso cambiarlo y le aceptaron la sugerencia, por lo que hoy se puede encontrar la inusitada palabra apatosuario en el diccionario en el que trabajó mi hermano, seguramente el único caso de diccionario escolar que recoge esta palabra. Como curiosidad, diré que en el diccionario oficial de la VEI no viene ni brontosaurio ni apatosaurio (aunque sí tiranosaurio).

Antes de llegar a casa, a Quero, que le iba dando vueltas a todo y ya había empezado a dilucidar, se le escapó medio en serio medio en broma un suspiro seguido de un «En fin… no somos nadie». Mi hermano rápidamente saltó:

—¿Sabéis que justo leí el otro día en un libro que se desaconseja el uso de frases hechas como «No somos nadie» o como «De menos nos hizo Dios» o «Menos da una piedra»?

—Ja, ja. ¿Y por qué, a ver? —objetó Chindas.

—Pues porque demuestra que uno no tiene imaginación para inventarse una frase que venga al caso.

—Ja, ja —se rió Quero—. Pues tampoco tengo mucho más que aportar. Podría haber dicho algo así como… eh… no tenemos ninguna importancia en este mundo en el que vivimos.

—Pues sí —aprobó mi hermano que, al intentar buscar un correspondiente en latín, empezó a darle vueltas a otra cosa, la cual no tardó en manifestar—. Oye, por cierto, ¿os he contado alguna vez de dónde vienen nadie y nada?

—Creo que no —contestó Quero con cara de Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?, es decir, con la cara que ponía Cicerón cuando se quejaba de Catilina en el Senado, un Cicerón que, por cierto, a punto estuvo de ser coetáneo del tocayo gramático de Quero.

—Pues —explicaba mi hermano sin querer fijarse en la cara de Quero—, una pregunta que le puede surgir a cualquiera es por qué se usan esas palabras si en latín eran nemo, como el capitán de 20000 leguas de viaje submarino, je, je, y nihil, como lo del nihilismo.

—Sí, la verdad es que es una pregunta muy frecuente —dijo Chindas con retintín, que no Rin Tin Tin, pues ese es el nombre del perro, y no estaba con ellos.

—Pues la cosa es que nadie y nada vienen de nati y nata que en latín significaban ‘nacido’ (uno en masculino plural y otro en femenino singular), de natus, de donde viene por ejemplo neonato, recién nacido, o naonato, nacido en un barco… o innato, vamos —ya se empezaba a liar mi hermano, y eso que solo tenía un público de dos personas.

—Pero ¿y por qué pasaron a significar lo que significan ahora? —interrumpió Chindas devolviendo a la Tierra a mi hermano.

—Ah, pues porque antes se decía «No hay hombre nacido», diciendo nati, «que haya hecho tal», por ejemplo. Y lo mismo con «No hay cosa nacida», diciendo nata. Y de ahí se quedó en algo así como «No hay nati» y «No hay nata». Lo de que la t pase a d es normal, como en catena, que pasa a cadena, sin ir más lejos —y se quedó pensando de dónde venía la –e final de nadie, pero no se acordaba, así que lo obvió.

—Ah.

—De hecho, esto podría explicar por qué en español hay doble negación frente al inglés, por ejemplo. En inglés o dicen «There isn’t anything» o «There is nothing», pero no «There isn’t nothing» (seguramente porque en nothing está inlcuido el no), pero en español, como nadie y nada no tienen un no includio, decimos «No hay nada», con no y nada, y no «Hay nada», a no ser que se anteponga el nada como en «Vio que nada le salía bien», que también podría haber sido «Vio que no le salía bien nada», pero nunca «Vio que le salía bien nada».

—Un lío, vamos, ja, ja —le cortó Chindas ya en el ascensor de subida a casa del Rey Escorpión—. Vaya leccioncita nos has clavado. ¿Y esto es lo que hacéis los lingüistas?

A mi hermano le escuecen mucho ese tipo de comentarios porque su intención es hacer que la lingüística sea accesible para todos y no tan complicada como se suele hacer. Por eso él siempre intenta dar ejemplos cotidianos y explicaciones lo más sencillas posibles, pero no siempre consigue que se entiendan, y además, muchas veces siente que la gente desconecta o no se interesa pensando que es más difícil de lo que en verdad es. Solo es cuestión de prestar un poquito de atención e interés, piensa. Dice al respecto que una vez, cuando dio unas clases prácticas de profesor, antes de empezar a explicar unas cosas de sintaxism tuvo la prudencia de preguntar a una clase de casi cuarenta alumnos:

—¿A cuántos de vosotros os gusta la sintaxis?

Solo tres levantaron la mano. Entonces preguntó:

—¿Y cuántos de vosotros sabéis de sintaxis?

Y levantaron la mano los mismos.

Con esto quería demostrar que la sintaxis y, por extensión, la lingüística es algo que le gusta a todo el mundo cuando la aprende bien; pero para eso, hacen falta valor para no tenerle miedo y un poquito de interés.

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Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado

15

Cuando se consiguieron despertar después de aquella nueva noche de desenfreno, apenas quedaban unas horas para la gran prueba final.

Comieron algo rápido por la calle y antes de llegar al edificio mi hermano le hizo a Chindas la entrega de la llave maestra que les llevaría al Manuscrito, entrega precedida por una consigna propia de un general militar arengando a sus soldados, con visos de alocución y soflama:

—Bueno, ha llegado el momento. Ahora no podemos fallar. Tienes que conseguir entrar en todas las salas, buscar en cualquier rincón. Esta vez no creo que haya problema de tiempo porque yo creo que le has gustado a Leticia, así que no se opondrá a que estés el tiempo que quieras. Si puedes métete en algún ordenador para buscar información. Mucho ánimo. Lo vas a hacer muy bien y vas a hacer un gran favor a la humanidad.

Mientras decía todo esto a Chindas, le tenía cogido por los hombros y le apretaba fuerte y le zarandeaba. La verdad es que Chindas era el más indicado para aquella misión porque había aprendido de Lízar a desencriptar contraseñas y explorar ordenadores ajenos y a realizar las más intrincadas operaciones.

Yéndonos ya a su salida de la entrevista, antes de lo esperado, Chindas consiguió entrar en distintos sitios, pero no encontraba nada de interés. Influido por la imaginación de mi hermano y por la connotación de la palabra, iba buscando un libro enorme en el que pusiera «Manuscrito del Conde Ensortijado». Él qué iba a saber que mi hermano y Quero habían sacado la forma del Manuscrito a partir de pistas erróneas. En la última sala en la que buscó —siempre se encuentran las cosas en el último lugar en el que se buscan, pero es que en este caso era de verdad la única sala que le quedaba por registrar—, vio un ordenador encendido. Asegurándose de que no le veía nadie, se metió sigilosamente en la sala y empezó a hurgar por el ordenador y a meterse en todas las carpetas que pudo en busca de alguna pista. Era el último recurso. No podía fallar a mi hermano.

Según iba mirando se dio cuenta de que había algunas carpetas sospechosamente ocultas y empezó a interesarse. Entonces, cuando consiguió meterse en una carpeta oculta para la que tuvo que descifrar tres claves encontró algo que le hizo venirse abajo:

—¡No me lo puedo creer! —exclamó contrariado, mientras se acercaba a la pantalla como, si por leerlo más de cerca, lo que había leído fuera a cambiar—. ¡No puede ser! ¡No puede ser verdad! ¡Madre mía!

Estuvo ojeando por encima el extenso documento que tenía abierto en la pantalla y trató de interpretar lo que estaba viendo de todas las formas posibles, intentando encontrar alguna explicación, hasta que pronto empezó a convencerse de que no podía ser casualidad, que seguro que aquello era lo que habían estado buscando, ahora sabía que equivocadamente, tanto tiempo. Se medio rió por no llorar y farfulló:

—¡Uf! Ya verás cuando se enteren estos. O igual no se deberían a enterar. Se van a hundir. Debieron escuchar mal.

Y se le venía a la mente la imagen de mi hermano con la misma cara de pena que puso un día en Roldana cuando, materializando la expresión de «tirar la llave al mar», usada para zanjar un asunto, tiró literalmente la llave de la casa de una ex novia al mar.

—No, no —se autoconvencía Chindas—. No se pueden enterar de esto. Me tengo que inventar algo.

Lo que Chindas había encontrado en la carpeta oculta y protegida con tres contraseñas, aunque era algo valioso, no era, como ya habréis imaginado, el Manuscrito del Conde Ensortijado. Tampoco era un documento donde se explicaba el origen del lenguaje. Era algo parecido, pero muy distinto. Era un documento en cuyo título efectivamente ponía «Manuscrito», pero no «del Conde Ensortijado», sino «de códigos encriptados». Ya dije yo que no me fiaba mucho de lo que habían oído los aspirantes a ninja en el metro. En otras palabras, el documento era un borrador manuscrito escaneado con los códigos secretos que se habían utilizado desde la creación de Altair para las distintas versiones de sus programas, el famoso Altair Chicago, por ejemplo. Era una joya, de eso no cabía duda, pero no era lo que buscaban. Era, en el fondo, un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, sí, pero no del lenguaje como capacidad comunicativa humana, sino del lenguaje de programación.

La cuestión es que, aunque le hubiera gustado que no fuera así, Chindas estaba casi seguro de que tenía que ser eso a lo que se refirieron los seguratas en el metro y lo que habían estado buscando desde entonces. Seguramente aquellos hombres no lo habían encontrado porque la carpeta estaba oculta y para entrar en ella había que descodificar tres contraseñas, lo cual no era ni mucho menos fácil.

A pesar de que estaba casi seguro de que aquello era en verdad el Manuscrito que habían estado persiguiendo, por no fallar a mi hermano, por si acaso, creó un vínculo con la cuenta de correo asociada a ese ordenador para que los e-mails que enviaran a la cuenta del ordenador también le llegaran a él. Se arriesgaba un poco porque no era del todo difícil pillarle, pero ya daba igual.

En cuanto hizo eso cayó en la cuenta de que, aunque aquel no era el Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, no dejaba de ser algo muy valioso y por lo que le podían pagar mucho dinero, tal como habían dicho los seguratas. Entonces tuvo la tentación de guardárselo y llevárselo, pero, claro, no tenía pendrive ni disco duro y era un archivo demasiado grande como para enviarlo por correo. Empezó a mirar ávidamente por la sala a ver si veía algún disco duro o algo, pero justo en ese momento oyó gritos detrás de él. Al girarse se encontró de cara a los seguratas. El corpulento le levantó de la silla cogiéndole por el brazo y zarandeándole, con más fuerza incluso que cuando mi hermano soltó su consigna, dijo:

—Pero ¿qué haces tú aquí? ¿No serás tú el que nos quitó la llave?

—¿Cómo? No, no. ¿Qué llave? —disimuló Chindas.

Aunque el segurata le cogía con fuerza mientras le amenazaba, Chindas, que como ya sabemos está cachas, aprovechó un momento de distracción del segurata para zafarse de él de un tirón y salir corriendo. Los seguratas salieron al instante detrás de él. Por suerte, el corpulento, que como su propio nombre indica era de cuerpo lento y el otro que, aunque era enjuto era lento de por sí, no consiguieron alcanzarle. Leticia, que seguía todavía en la recepción, cuando vio salir a Chindas a toda leche perseguido por los de seguridad, se enamoró aún más de él.

Al ver salir a Chindas corriendo, mi hermano y Quero, que aguardaban agazapados tras un muro a la salida de Altair, también corrieron sin preguntar, casi tan rápido como cuando vieron el cadáver. Después de haber recorrido una prudente distancia y de haberse metido por algunas callejuelas para despistar se pararon.

—¿Qué ha pasado? —le preguntaron ijadeando a Chindas.

—Nada, que me han visto los de seguridad merodeando por el edificio y me han visto la llave y han venido a por mí.

Y se puso a contar lo que le estaban diciendo cuando se escapó:

—El corpulento me ha cogido del brazo fuerte y me ha dicho: «¿Ves este arma, chico?»

—¡Esta arma! —corrigió mi hermano.

—Bueno, estoy citando lo que ha dicho él —se justificó Chindas—. Me la ha enseñado y me ha dicho que no tendría ningún problema en usarla con el que husmea por donde no debe. Pero he conseguido escabullirme y he salido pitando. Lo mejor es que nos alejemos y nos vayamos de vuelta a Almagriz cuanto antes.

—Pero igual te denuncian, que tienen nuestros nombres de la entrevista.

—¿Tú crees que se van a arriesgar a denunciarme sospechando que yo sé que andan detrás del Manuscrito?

—Sí, tienes razón. Pero bueno, lo importante: ¿has podido encontrar algo?

Y entonces se le cambió la expresión a Chindas y empezó con su repertorio de mentiras piadosas que, aunque por los pelos, había conseguido preparar mientras huía:

—Pues a ver, el caso es que antes de que me pillaran los de seguridad he oído justo a unos hombres en una reunión decir que se han llevado el Manuscrito a otro sitio, que aquí sospechaban que no estaba a buen recaudo, pero que aún no se sabe a dónde. Por suerte, antes de eso me había conseguido meter en un ordenador y he encontrado una cuenta de correo donde se hablaba del Manuscrito. He conseguido crear un vínculo que me redirige sus correos para que así podamos estar informados de los movimientos. He puesto algunas palabras clave… —y se detuvo para preguntar «¿o claves?».

Las dos valen —contestó rápidamente mi hermano expectante para que Chindas prosiguiera lo antes posible.

—Pues he puesto algunas palabras clave para que me salte un aviso. He puesto Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado y no sé si alguna más —lo cual era más o menos verdad—. Así que ahora lo que nos queda es esperar. Se puede decir que nuestra misión aquí ha concluido.

—Bueno, pues has hecho muy bien tu misión —concluyó mi hermano, quien, aunque se había apenado porque esto significaba que no habían encontrado el Manuscrito sentía una grata alegría cada vez que algo confirmaba su existencia.

Zanjó diciendo:

—O sea que ciertamente parece que Roma locuta, causa finita —es decir, que habiendo hablado Roma, el caso está cerrado—. Nos podemos volver con viento fresco a Almagriz y esperar alguna pista.

—Pues sí, eso parece —dijo Quero, que no se terminaba de creer todo y, si bien pensaba que a mi hermano se le podía ir la cabeza, no creía que Chindas pudiera haber mentido, por lo que se convenció definitivamente de la existencia del Manuscrito.

De esta manera consiguió Chindas, en un bonito gesto para no desilusionar a mi hermano (gesto que se le volvería en su contra, como ya contaré), que todo el mundo acabara contento dentro de lo que cabía: mi hermano por el gozo de poder seguir manteniendo la esperanza de encontrar el Manuscrito con el origen del lenguaje, antes de que cayera en malas manos y, lo mejor de todo, de poder responder con él a muchas de las preguntas que desde hacía tiempo tenía, y Quero por saber que toda esta aventura, por culpa de la que había llegado a perder a su novia, al menos no se había sustentado en cimientos de humo.

Una vez que ya no había nada que hacer en Favencia, era el momento de regresar a Almagriz, pues entre comidas, cenas y salidas se estaban dejando mucha pasta. Y encima a Quero, por ejemplo, le esperaba una misión importante en Almagriz, la de reconciliarse con su novia o, peor aún, la de dilucidar si era conveniente que se reconciliara. No había tiempo que perder. Antes, eso sí, tenían que volver a casa para hacer las maletas y ver para cuándo había billetes baratos.

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Tuya es la culpa

14

Al entrar al edificio, vieron que volvía a estar Leticia, quuien ya ni siquiera les preguntó los nombres; simplemente les dijo que esperaran y pasaran en turnos como el día anterior y que no tardaran tanto en bajar. De acuerdo con lo exigido, subieron por turnos y, aunque se demoraron un poco en salir, sobre todo mi hermano que estuvo entrando en una sala y otra con la llave maestra, no encontraron nada relevante. Al menos, eso sí, podían dar por registradas dos de las plantas, la de mi hermano y la de Chindas. Cuando se reencontraron mi hermano inició la conversación:

—Desde luego, es imposible que el Manuscrito, siendo tan grande como es, esté en las salas en las que he entrado o cuyo interior he tenido que escudriñar desde fuera porque había gente dentro. Sería visible a simple vista y yo no lo he visto.

Como ya sabemos, lo de que el Manuscrito fuera un libro grande estaba en la imaginación de mi hermano, pues en verdad nunca lo había visto realmente (ni de ninguna otra manera, más que en su imaginación).

—Yo tampoco he visto nada relevante —corroboró Chindas, que era el que más tiempo había tenido de husmear antes de tener que bajar a las once para que Leticia no protestara.

—Y la cosa —decía mi hermano— es que a mí me ha salido fatal la entrevista. No sé por qué dicen que basta con ser licenciado si luego piden cosas tan chungas de informática.

Quero asintió, porque a él tampoco le había ido nada bien. De hecho había hecho el ridículo, y eso que controlaba algunos temas de informática.

—Ah, pues a mí me ha ido muy bien —refutó Chindas—. Debe ser que las lecciones que me dio Lízar son útiles, porque no me ha parecido muy difícil lo que pedían.

Y es que Lízar, aunque no distingue bien entre un whisky bueno y uno malo, es un experto informático. Sabe hacer aplicaciones para móvil y todo. Una vez, pensaron Chindas, Lízar y mi hermano poner un negocio que se llamara «Lingüística, informática y crossfit». Y cuando los posibles clientes les preguntaran que a qué se dedicaban concretamente, ellos responderían: «A lo que nos da la gana». Un negocio, sin duda, con mucha proyección de futuro.

Mientras ponían en común sus distintas experiencias, fueron saliendo y se despidieron de manera un poco borde de Leticia, que no les quitaba el ojo de encima, ya de una manera exagerada. Tan era así que mi hermano empezó a sospechar que en verdad no es que les mirara a los tres por precaución, sino por interés, y se fijó en que verdaderamente al que miraba todo el rato era solo a Chindas. Y es que, efectivamente, si bien Leticia, que no estaba mal, odiaba a mi hermano y le tenía tirria a Quero, Chindas, el de grandiosos e imponentes músculos, le había entrado por los ojos. Era muy de su tipo. En este caso mi hermano acertó al pensar que su cara de desaprobación era la típica cosa que hacen las chicas disimulando lo que sienten cuando están intentando ligar, porque, como digo, a Leticia le gustaba Chindas.

Ese día comieron en un mercado de esos que se han puesto de moda en los que vas comprando las distintas cosas en distintos puestos, la bebida en un lado, una tapa en otro, un pincho vasco en otro, una ración en otro, y después fueron a casa a reposar un poco, a pensar y ver si les llegaba el e-mail para la tercera entrevista. Mientras esperaban estuvieron jugando al Monopoly en la táblet de Chindas.

Cuando les llegaron los e-mails, tal y como habían pronosticado por sus distintas actuaciones, solo Chindas recibió la feliz noticia de que había pasado a la siguiente entrevista. Le citaban para el día siguiente, pero esta vez por la tarde, a las tres y cuarto. Aunque eso suponía que la tensión iba a ser mayor con toda la mañana por delante, a la vez les daba más tiempo para planear la que podía ser su última oportunidad de encontrar el Manuscrito, puesto que era la entrevista final: o tiraban a Chindas y con él la última esperanza de volver a Altair o le contrataban. Lo bueno de la hora, aparte, es que les permitía poder salir esa noche, que para ellos eso siempre era algo que tener en cuenta.

En la cena Quero se estuvo quejando de que su ex novia le había escrito diciendo que ya veía lo que le había importado que lo dejaran. Y es que Quero, aunque tarde, al final había puesto en práctica «la táctica del Ok». También le decía su exnovia que era un maleducado por no contestar.

—Uf —resoplaba mi hermano—, cuando en una relación se empieza con que si alguien es maleducado, malo. No se puede exigir que alguien conteste por educación. Si no te contestan es porque no tienen interés. La educación es la última esperanza a la que se aferra la gente desesperadamente enamorada o pillada. Yo que tú no le contestaría y ya cuando llegues a Almagriz habláis de lo que vais a hacer —aconsejaba mi hermano—, por mucho chantaje moral que te haga con lo de la educación y con que no te importa. Si te ha dejado de importar no va a conseguir que vuelvas a sentir interés exigiéndote que contestes, y encima llamándote maleducado. Vamos, digo yo.

Lo de hablar de lo que iban a hacer no era solo por la relación, sino porque para desdicha de Quero su ex novia se iba unos meses a trabajar fuera a partir de julio. Y en relaciones a distancia, Quero era un poco como mi hermano.

—Yo te recomiendo hacer lo que hice yo con mi novia de Chile. —Así llama mi hermano a una chica con la que estuvo solo un mes porque se fue a Chile y, aunque durante un breve espacio de tiempo intentaron una relación a distancia, ya se sabe que mi hermano es incapaz de mantener una relación así—. Cuando vi que nos empezábamos a pelear por culpa de la distancia, le dije que era mejor que dejáramos de hablar y que ya cuando volviera a Almagriz podríamos retomar la relación si lo considerábamos oportuno. Le puse la metáfora de lo de la nieve en Romsa —la ciudad de Noruega—. A saber: en Romsa, en septiembre empieza a nevar cuando la hierba está aún verde y la cubre en ese estado, de tal manera que cuando en junio del año siguiente se empieza a derretir la nieve es muy bonito porque aparece directamente la hierba verde y en unos días se pasa de las montañas blancas a las montañas verdes. Pues así le dije que había que hacer con nuestra relación, que antes de que se estropeara había que cubrirla de nieve, que en este caso era no hablar, para que así cuando se derritiera, es decir, cuando ella volviera a España, la relación siguiera estando verde como la hierba de Romsa.

—Ja, ja —Quero, a pesar del estado taciturno en el que se hallaba no pudo evitar reírse—. Y la tía se cabreó, ¿no?

—Pues la verdad es que le sentó peor de lo que yo esperaba. Yo pensaba que era una bella metáfora —reconoció mi hermano, quien de verdad había propuesto lo de la nieve con la mejor intención. Era como cuando conocía a alguna chica en alguna estancia en el extranjero y,Le_petit_prince sabiendo que en unos meses él se volvería a España, le decía que tuviera cuidado de no dejarse domesticar para que no le pasara como al zorrito del Principito. Al final, esta táctica acababa teniendo el efecto contrario: la mención al Principito hacía a mi hermano parecer muy mono y acababa «domesticando» a las chicas, en el buen sentido de la expresión, si es que lo tiene. Cuando al final se tenía que ir, las chicas se enfadaban con él por haberlas «domesticado» y el Principito… digo, mi hermano, les decía «Ya te lo advertí», y citando las palabras exactas del Principito decía «Tuya es la culpa». Exasperante. ¡Cómo destrozar incluso una historia tan bonita como la del Principito! Pero bueno, como lo esencial es invisible a los ojos hacedme caso en que mi hermano, a pesar de lo que aquí leéis sobre él, por dentro es una bella persona… cuando quiere.

Los demás convinieron en que, si bien había que descartar la historia de la nieve de Romsa, era verdad que lo mejor era hablarlo en persona porque si no podría haber malentendidos. Le dijeron que no se preocupara, que esa noche salían y se le olvidaba todo.

La noche no fue demasiado distinta a las demás. Empezó con unas copas en casa del rey Escorpión donde hablaron de todo un poco. Una de las cosas destacables de la noche fue que cuando ya se iban a la discoteca mi hermano se metió una mandarina de la cocina en el bolsillo. Luego por la calle, exagerando la postura de los jugadores de bolos, se la tiraba rodando a chicas que estaban sentadas en bancos, de tal manera que les dejaba la mandarina justo al lado. Entonces se acercaba despacio y con paso elegante y sin mirar a las chicas la recogía y volvía a su posición. Las chicas flipaban.

Luego, cuando se hizo la hora del doble desayuno se acordaron del bar de la otra vez y fueron por la calle preguntando a los inocentes y madrugadores viandantes si sabían dónde estaba el bar que regenta Tino. La gente no lo sabía y ellos no se acordaban de dónde estaba. Llegaron a dudar de si era verdad que habían estado o si el bar que regenta Tino era un bar fantasma que solo en aquella ocasión apareció. Se tuvieron que conformar con otro bar distinto en donde los bollos ni se acercaban a la calidad de los de Tino. Del bar que regenta Tino solo queda el recuerdo y el homenaje que le rindieron en el nombre de un grupo de WhatsApp que tienen al que pusieron el nombre de «El grupo que regenta Tino».

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Malentendidos

13 (2)

Volvieron después de comer a casa para descansar un poco. Al despertarse de la siesta vieron que ya les habían escrito un e-mail de Altair a los tres diciéndoles que habían pasado la primera entrevista y que volvieran al día siguiente, otra vez por la mañana, aunque dos horas más tarde.

Como no querían gastar demasiado y la entrevista era más tarde pero seguía siendo por la mañana, decidieron que esa tarde-noche se quedarían en casa, harían unas pizzas y como mucho tomarían unas copillas al son de una de las listas de Spotify de mi hermano.

Así hicieron. Hablaron de esto y de aquello y contaron historias ya contadas, pero con distinto público, que eso influye. También estuvieron hablando de malentendidos (no malos entendidos). El primero de ellos era la historia del memorable equívoco de mi hermano con una chica del norte.

Resulta que mi hermano un día fue a un concierto de Quique González con una de las Natalias, no la de «veniros», sino la del JAEIC, que era una asidua y agradecida receptora de fotos del reloj, tanto que un día hasta le regaló una bolsa llena de relojes de caramelo a mi hermano, de esos que tienen cuentas de caramelo y que también pueden venir como collares o pulseras e, incluso como tangas (como con el que se ahogó una de 1000 maneras de morir). En ese concierto (al que había ido mi hermano solo con Natalia y sus amigas), mientras hablaba con una de ellas que era del norte de España (de Vetusta concretamente), por una cosa que le oyó decir, tuvo mi hermano a bien soltarle:

—Yo jamás estaría con una chica del norte.

—¿Por qué? —preguntó ella entre sorprendida y molesta.

—Porque no me gusta vuestro pasado —¡Zasca!

Ella, como supongo que le habría pasado a cualquiera, se lo tomó a ofensa y a conflicto histórico. Sin embargo, él no lo decía con esa intención. Lo decía porque le disgustaba el «Hoy fui al cine» en vez de «Hoy he ido al cine» de la gente del norte; es decir, del pasado que se quejaba no era del histórico, sino del gramatical. Una vez que se dio cuenta del malentendido y de que a la chica le había importunado, mi hermano intentó arreglarlo, lo cual le iba a resultar difícil siguiendo el camino que siguió:

—No, pero que no lo decía por nada histórico, simplemente lo decía porque no me gusta como habláis. Nada más.

En fin, tanto preguntar por septentrional, para luego no poder ni hablar pacíficamente con una chica del norte. Mi hermano siempre termina de contar esta historia diciendo:

—Eso es que yo le gustaba y le molestó que ella a mí no.

La verdad es que en ese concierto mi hermano estuvo sembrado. Cuando ya se terminaba el concierto, de repente se encontró a una ex novia con la que lo acababa de dejar, por lo que la cosa estaba aún un poco tensa, pero no tanto como para que no pudieran estar hablando un rato, hasta que Natalia se acercó para decirle que cortara (la conversación), que ya se querían ir todas. Entonces mi hermano, muy correcto él, las presentó y se pusieron a hablar los tres. Natalia, que era muy impetuosa y pensaba que aquella chica era una simple amiga de mi hermano y no su ex novia, empezó a decirle a la ex novia que se fuera con ellos de fiesta, ante lo que la ex novia le dijo titubeante que igual luego porque había quedado a cenar con unas amigas y que luego si eso llamaba a mi hermano. Pero mi hermano no tenía batería, así que Natalia se dispuso a darle su número para que no dudara en llamarles y se uniera. Entonces, mi hermano se dio cuenta de lo embarazoso de la situación. Pensó que parecía que Natalia era su nueva novia, porque era raro si no que él hubiera ido con ella y sus amigas solo al concierto, y consideró que para la ex novia estaba siendo algo duro tener que apuntar el número de la que parecía su nueva novia, así que lo arregló diciendo lo siguiente:

—Oye, por cierto, tengo que hacer una aclaración. A ver —señalando a su ex novia y mirando a Natalia—, ella es mi ex novia —y continuó, señalando a Natalia y mirando a su ex novia— y ella no es mi novia. Que quede claro.

La tensión no podía ni cortarse con un cuchillo y los grillos sonaron. En primer lugar porque para su ex novia fue un poco drástico que la calificara de ex novia abiertamente, y para Natalia, porque aunque disimulaba intentando que mi hermano ligara con sus amigas, no le sentó muy bien que mi hermano la calificara de no novia abiertamente, como si no tuviera ni la más remota posibilidad de convertirse en novia nunca, como si la despreciara. Aun así las dos se despidieron con la idea de verse luego, cosa que, por supuesto, no ocurrió.

Pero bueno, peor espectáculo fue el que dio mi hermano con Fernando y otra gente conocida de Roldana como Chindas el día del concierto de Loquillo en el mismo sitio; que hasta llegaron a grabarles de la MTV y salieron preguntando si podían cantar una canción de Loquillo para después cantar la de Ramoncín de Litros de alcohol. Un show.

Con la historia del pasado gramatical mi hermano volvía a monopolizar la conversación y explicaba que el malentendido se había producido por polisemia. Y esto le recordó un caso gracioso de homonimia. Como ya expliqué, la homonimia se diferencia de la polisemia en que, aunque en ambos casos hay palabras que se escriben igual, en el caso de la homonimia se trata de palabras con distinta etimología (u origen).

Este gracioso malentendido por homonimia lo escuchó un día jugando al vóley playa en Tosca (adonde antiguamente iba, invitado por su amigo Balái, otro amigo del barrio y del colegio, casi todos los veranos, unos días antes de ir a Roldana). Estaban jugando contra unos de la playa y en una de las jugadas un argentino del equipo contrario le gritó a otro de su mismo equipo «¡Fuera! ¡Fuera!» para que no tocara la pelota al ver que se iba fuera, . Pero el otro, que también era argentino, la tocó y la falló. El que le había avisado le recriminó el haberla tocado preguntándole «¿Pero por qué tocaste la pelota?». El otro le contestó:

—Me dijiste que fuera y fui.

También recordaron un caso relacionado con la polisemia, en este caso de una expresión, que le pasó a su amigo Charly una vez que fue a un funeral. Se acercó a la persona a la que correspondía dar el pésame y con los nervios y lo mal que lo pasaba en esas situaciones, queriendo decir «Lo siento», le dijo:

—Perdón.

Y aunque no era el mismo caso, ya puestos a hablar de malentendidos, contaron la historia de un amigo que después de una discusión con una chica colgó diciendo:

—¡Zorra!

La chica le volvió a llamar chillándole aún más porque la había llamado «Zorra» y él, para salir del paso, dijo:

—No, no, he dicho «Porras», porque me ha dado rabia que discutiéramos.

También contaron la historia del Diwá del 24 de Roldana y otras muchas, que o porque ya las he contado aquí o porque me las guardo para una segunda parte, no contaré ahora.

Con estas anécdotas y con las copitas que las acompañaron, se quedaron exhaustos y esa noche durmieron todos como chotos recién amamantados, lo que les sirvió de buen descanso para afrontar la segunda entrevista en Altair.

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Entre chanchas y marranchas

13

Cuando sonó el despertador a las nueve todavía les costó despertarse por esa resaca que por algún motivo a determinada edad empieza a ser peor a los dos días que al día siguiente, igual que pasa con las agujetas después de hacer ejercicio. Aun así, no podían faltar a la cita, así que se arreglaron y se fueron para Altair.

Por el camino le hicieron un semi Kiko Burgos a Chindas con la historia de Quero. Igual que mi hermano, Chindas, que también lo había pasado mal con alguna relación excesivamente larga, le recomendó pasar página:

—Mira, cuando se estira demasiado una relación se queda deforme como una goma elástica y ya no sirve para sujetar; se pierde la elasticidad y tirantez que mantiene unida a la pareja.

Deleitados con esta bella metáfora llegaron al edificio. Esta vez pararon a mi hermano a tiempo antes de pulsar el botón, para que no incordiara con canción alguna. Cuando entraron, estaba la misma recepcionista, Leticia, que, por supuesto, les reconoció y volvió a poner mala cara, sobre todo al notar la altivez que, debida a la certidumbre de que esta vez les iban a tener que dejar pasar, sus rostros desprendían.

—¿Y bien? —les saludó Leticia.

—Venimos a una entrevista en Altair.

—¿Ah sí? A ver, ¿cuáles son vuestros nombres? —dijo sacando una lista.

—Yo soy Queremón Sierra —dijo Quero; tras lo que la chica algo sorprendida y contrariada tachó el nombre de la lista.

—Yo soy Chindasvinto Mina —dijo Chindas; y la chica también tachó su nombre.

Mi hermano que en el arte de buscar cosas en listas es muy audaz (según él porque de pequeño hizo muchas sopas de letras) no se molestó en decir su nombre, simplemente se lo señaló en la lista a Leticia, lo cual la irritó sobremanera, máxime porque para su desdicha en este caso no tenía potestad para echarle. Les dijo que, por favor, esperaran y que fueran subiendo por turnos. Así efectivamente se organizaron en la subida, subiendo primero Chindas, luego mi hermano y luego Quero. Quedaron en que, antes de bajar, cada uno daría una vuelta por una planta para intentar buscar algún indicio que les llevara al Manuscrito:

—Tú la de más arriba, tú la del centro, yo la de abajo. Mirad todo lo que podáis y buscad cualquier pista. Nos reuniremos sobre las once y cuarto en el hall, un poco después de que termine Quero su entrevista para no cantearnos demasiado, y ya ponemos en común lo que hayamos visto.

Cuando por fin bajaron y se reunieron en el hall, la recepcionista estaba algo mosqueada, al ser consciente de que habían tardado más de la cuenta en bajar, pero no dijo nada. Los tres coincidieron en que, a pesar de que habían buscado con empeño en sus asignadas plantas, no habían encontrado nada realmente indicativo:

—Yo he estado mirando por el pasillo de mi planta, pero no he visto nada. Hay un montón de salas y el Manuscrito podría estar en cualquiera. He intentado meterme en alguna, pero están cerradas o con gente.

Los tres entonces se miraron sin saber lo que hacer ya porque encima la de la recepción les estaba mirando con mala cara, como para que se fueran, achuchándoles (y no precisamente en su sexta acepción) con las pupilas.

—Bueno —empezó esperanzado mi hermano—, ¿y qué tal la entrevista? A mí me ha dado la sensación de que me van a llamar para la próxima.

—Sí, a mí también —dijo Quero—. La verdad es que esta era un poco tontería. Yo he hecho el típico truco de cuando te preguntan «¿Dónde te ves en el futuro?» contestar «En tu puesto».

—Ja, ja, a mí también me ha ido bien —dijo Chindas.

—Bien, bien —aprobó mi hermano—. Entonces no hay problema. Tendremos otra oportunidad para investigar, espero que con más suerte, ahora que conocemos un poco más o menos el edificio. Lo que hay que ver es cómo meterse en las salas.

Tan seguros estaban de que el Manuscrito estaba allí, que ni siquiera se plantearon que todos sus esfuerzos pudieran ser en vano. Y en el fondo es comprensible, porque igual que los héroes griegos recibían ayuda de los dioses (Ulises de Atenea o Jasón de Hera, por ejemplo) mi hermano y sus argonautas (o linguonautas en este caso, entendiendo la lengua como el vehículo de su aventura) recibían pistas que les iban guiando y alentando en su aventura.

Esta vez no iba a ser menos. Y así, mucho antes de tener que esperar al día de la segunda entrevista, incluso antes siquiera de salir del edificio, el destino otra vez les tendió una mano. Y es que, según estaban hablando, vieron pasar a los dos hombres del metro que involuntariamente les habían dado la pista de Altair con la tarjeta, ataviados esta vez con uniforme de seguridad y con pistolas. La primera reacción del trío, sobre todo al ver las pistolas, escaldados como estaban con lo del cadáver, fue echarse cuerpo a tierra detrás de unos sofás para ocultarse, igual que hicieron mi hermano, Mufo y Charly para esconderse de unas chicas una noche en el Puerto de la Virgen, en una historia que ya contaré. Aquel movimiento no evitó que los anteriormente pasajeros y ahora seguratas les vieran y se acercaran:

—Ya es la segunda vez que te vemos en el suelo— dijo en tono jocoso el más corpulento de los dos dirigiéndose a mi hermano, al que había reconocido del metro.

Mi hermano se levantó sin saber muy bien cómo explicar nuevamente su reacción, sacudiéndose el pecho como si tuviera polvo.

—Pues sí, es que hemos oído un extraño ruido y nos hemos asustado.

—Ja, ja. Pues que yo sepa no ha pasado nada. Estando nosotros al cuidado del edificio no tenéis que preocuparos de nada. ¿Qué os trae por aquí?

—Pues es que hay una oferta de trabajo para licenciados y hemos venido a hacernos la entrevista.

—Ah, mira, ¡qué casualidad!

—¿Y vosotros?

—¿Nosotros? —preguntó sorprendido el segurata—. Nosotros somos los de seguridad de aquí —y en un claro excusatio non petita, siguió—. Nos visteis en Almagriz… eh… porque estábamos de permiso y queríamos conocer un poco la ciudad.

Para no parecer sospechosos, al estilo de un secuestrador de niños que ofrece un caramelo y que de tan bueno se sabe que es malo, el otro segurata sugirió al más fornido, con melifluo tono, que por qué no enseñaban a mi hermano y a sus amiguitos un poco el edificio para que lo fueran conociendo, por si acaso les contrataban.

Perfecta idea para todos, pues eso les daba a mi hermano, a Quero y a Chindas una nueva oportunidad de inspeccionar, pero también para los seguratas, que llevaban un tiempo teniendo que buscar excusas para ausentarse y merodear por zonas que no les correspondían, pues efectivamente habían descubierto que el Manuscrito que buscaban se ocultaba en algún lugar de Altair.

Por supuesto, la pesada de Leticia se entrometió (o entremetió, que para la VEI son lo mismo) al ver que subían todos juntos de nuevo:

—¿Adónde venís?

—Nada —dijo el voluminoso segurata, tomando la palabra—, que conocemos a estos chicos y vamos a darles una vuelta por el edificio para que se familiaricen con él.

Mientras recorrían el edificio mi hermano iba reflexionando entusiasmado:

—¡Ajá! Así que es el típico caso en el que los de seguridad, aprovechándose de información privilegiada, se han enterado de algo gordo. Es como lo del mayordomo de las novelas policiacas —o policíacas.

Al volver de la tournée todos estaban relativamente satisfechos porque habían podido hacerse una idea general de las tres plantas de Altair, pero el que más satisfecho estaba era mi hermano, que por algún motivo tenía cara de gato que se ha comido un canario. Cuando se despidieron con ostensible agradecimiento de los seguratas, tanto se le notaba la cara, que Chindas y Quero le preguntaron que qué le pasaba.

Lo que le pasaba es que él, que lo único que había robado en su vida era un collar de verano un día que se lo llevó puesto sin darse cuenta, le había robado la llave maestra al menos orondo de los seguratas. Ante la admiración de Quero y Chindas, mi hermano, que era humilde, modesto y sincero en extremo se excusó:

—Bueno, en verdad es que ha habido un momento en el que se le ha caído y yo la he recogido y se la iba a dar, pero luego he estimado mejor quedármela.

—Pues has hecho muy bien. Ya tenemos una forma de avanzar. Ahora solo falta que nos llamen para una segunda entrevista.

Y así, entre chanchas y marranchas (como dice nuestra madre en una adaptación personal de cháncharras máncharras, que es lo que sale en el Diccionario) es decir, entre unas cosas y otras, para cuando salieron del edificio se había hecho ya la hora de comer. Mi hermano propuso ir a un McDonald’s, a lo que Quero le dijo:

—Que no has venido a Favencia a comer en un McDonald’s.

Esta es una broma que la gente tiene con mi hermano porque siempre se queja de los que, entendiendo que es imprescindible probar la gastronomía del sitio al que uno viaja, le critican por ir a McDonald’s cuando hace turismo. La respuesta de mi hermano es siempre la misma, mutatis mutandis:

—Ya, no he venido a Favencia para comer en un McDonald’s, pero estoy en Favencia y quiero ir al McDonald’s.

Dicho esto, los tres se fueron a McDonald’s con el pecho henchido de orgullo por haber hecho las cosas bien.

En la comida, aprovechando un momento de silencio, Chindas, que se había quedado con la curiosidad, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿qué es lo que nos tenías que contar curioso sobre los gánsters?

—Ah bueno, no era sobre los gánsters en sí como maleantes, sino sobre palabras del tipo de gánsters. A ver, en caso de que el plural de gánster fuera gánsters (aunque ya os dije que era gánsteres), ¿vosotros cómo la escribiríais, con tilde o sin tilde?

—Con tilde —contestó Quero a la vez que Chindas contestaba «Sin tilde».

—¿Con tilde? —dijo mi hermano mirando a Quero y tratando de remedar la entonación de Quero cuando decía cosas como lo de «¿Jaguares en África?»—. Pero si es llana terminada en –s. —Y les dejó un tiempo para que pensaran.

—Claro, es que es sin tilde —se precipitó Chindas.

—Pues, es verdad, pero, aun así —pensaba en alto Quero—, no sé por qué pero yo la escribiría con tilde.

—Pues harías bien —sentenció mi hermano— porque a pesar de la regla de que las llanas terminadas en –s no se tildan, las llanas que terminan en doble consonante sí se tildan, aunque la última sea –s. Es lo que pasa, por ejemplo, con palabras como bíceps, pero también con otras que terminan en doble consonante y la última letra es otra, como cíborg o wéstern.

—¿Y en las que terminan en triple como wésterns? —preguntó el astuto de Quero que lo había entendido a la primera.

—Ah, ja, ja, pues ídem de ídem.

Aprovechó el fin de la explicación mi hermano para ir al baño. Cuando volvió se encontró a Quero y a Chindas sin hablar, mirando cada uno para un lado. Esto le recordó que de pequeño, cuando tenía bastante afán de protagonismo, se ponía contento de volver a una conversación y ver que la gente no hablaba, porque eso significaba que él era el alma del grupo, pero luego, cuando maduró un poco, empezó a entender que lo en verdad indicaba eso es que monopolizaba las conversaciones y cuando se iba al baño a los demás no les daba tiempo a empezar una nueva. En este caso había pasado lo mismo, aunque en verdad la conversación de los gánsteres la había empezado Chindas. Generalmente, en estos casos mi hermano tiene excusa, porque lo que le pasa es que siente pánico por los silencios incómodos. Considera que eso significa que están fracasando él y su grupo en el arte de la conversación fluida.

En estos pensamientos andaba inmerso, fuera de los cuales Quero y Chindas ya habían empezado a hablar de lo de la novia de Quero, cuando, como la cosa iba de ex novias, mi hermano, que no podía ser menos, de repente recibió una llamada de la ex novia de la que justo había hablado, la susmentada a la que dejó con el «a tomar por culo», en una de esas casualidades que tanto rayan a mi hermano, esto es, la de que justo le llame alguna chica después de mucho tiempo el día que la recuerda.

Haciendo un Charly exclamó:

—¿Por qué me llama esta ahora?

Pero lo cogió por curiosidad. La verdad es que a esta chica la había dado por muerta o por casada porque no sabía nada de ella desde que ella le escribió por su cumpleaños en diciembre y eso que mi hermano en el cumpleaños de ella, que era después, la había felicitado hasta por mensaje de texto, viendo que hacía tiempo que no se conectaba al WhatsApp. La chica se excusó por la llamada diciéndole a mi hermano que es que había soñado con él y que justo luego una amiga suya le había preguntado por él. Acto seguido le preguntó a mi hermano —¡a mi hermano!— que si estaba casado. La respuesta que escucharon Quero y Chindas les hizo llevarse la mano a la boca para contener las carcajadas. Fue la siguiente:

—Mira, Adri, ¿te acuerdas de cómo era yo con diecisiete años?

—Sí, claro —dijo ella con zalamero y almibarado tono.

—Pues sigo igual: sin novia y sin trabajo.

Lo peor de todo es que Adri se alegró porque eso significaba que todavía había esperanza de volver con mi hermano. Como siempre, mi hermano solventó la situación diciendo antes de colgar que ya se llamarían y pronto, una versión más sofisticada del típico «Ya hablamos».

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Por cada año un mes y otros drásticos trucos para superar rupturas

12

Aunque pueda parecer mentira, esa noche aún no habían acabado las intensas emociones. Estando ya acostados, Quero, que dormía en el mismo cuarto que mi hermano, recibió un mensaje incendiario de su novia diciéndole que quería dejarlo. Y es que, con todo lo que había pasado, Quero llevaba bastantes días sin llamar a su novia o escribirle, lo que bastó para que, después de haber estado un tiempo un poco mal, debido en parte a las largas travesías en metro, ella diera el paso de dejarlo después de cuatro años. En defensa de la novia de Quero, es justo decir que tan poca atención le prestaba Quero últimamente que, por ejemplo, en esta novela, en la que se narran las últimas semanas de Quero, solo el lector atento, perspicaz y minucioso recordará alguna mención a ella.

En el mensaje decía la pobre chica que se había enterado por una amiga de que Quero se había ido a Favencia y que se había dado cuenta de que no era su chico ideal, que ella buscaba otra cosa y algunas pataratas más, según las calificó mi hermano. Al ser conocedor mi hermano del asunto, con más confianza que con Kiko Burgos, incitó a Quero a llevar a cabo alguna de sus tácticas. Lo primero que le dijo fue que no dudara en hacer la «táctica del Ok», táctica que consiste simple y llanamente en contestar a una ristra de mensajes de este tipo con un simple «Ok». Con eso se consigue que, si la chica tiene sus dudas, se interese más y se arrepienta de lo que ha puesto en el mensaje, y, si no las tiene, no caer bajo intentando convencerla de que no lo deje y te quiera. Mi hermano aprovechó para citar a Tagore, diciendo que no hay mendigo más mísero que el mendigo de amor. No se puede convencer a alguien de que te quiera. Mi hermano siempre dice que no entiende cuando a alguien le da largas su novia o algún amigo y se enfada en vez de asumir que esa chica o ese amigo prefieren estar con otra persona o solos. ¿Por qué enfadarse de que a alguien no le caigamos bien?

Después de debatir el asunto de una cama a otra, con voz susurrante, de manera que parecían a Epi y Blas, Quero, como es lógico, no hizo ni caso a mi hermano y contestó a la chica pidiendo perdón, intentando arreglarlo y pidiendo otra oportunidad. Su ya ex novia no le contestaba y él protestaba con resoplidos. Mi hermano le reprochó que por no haber puesto el «Ok» ahora no tenía la pelota en su tejado y que cuanto antes zanjara la cosa antes empezaría a contar los meses de olvido. Mi hermano tiene la teoría de que por cada año que se haya estado con una persona se tarda un mes en olvidarla:

—En tu caso, vas a estar cuatro meses, Quero. Cuanto antes empieces antes terminas. Porque si sigues, además vas a ir sumando días. Lo mejor es cortar por lo sano.

Esta teoría de los meses se le ocurrió a mi hermano un día medio de casualidad, pero luego ha ido comprobando que se cumple con la precisión de un reloj suizo en parejas ajenas. Hasta un día incluso vio la teoría expuesta en un artículo de una revista. Se la ha contado a tanta gente que quizás le había llegado a la autora del artículo, pero también puede ser que la teoría sea real a fin de cuentas.

Mi hermano no sería tan radical con que Quero cortara definitivamente si no supiera que esa pareja, después de haberlo dejado ya algunas veces, no iba a ningún sitio, aunque tampoco se atrevía mucho a decir nada porque ya había metido la pata alguna vez criticando a la en ese momento ex novia de algún amigo sin darse cuenta de que podían volver, como luego ocurriría, quedando mi hermano fatal. Así que simplemente dijo:

—Mira, mi experiencia me dice que cuando uno lo deja muchas veces con alguien hay que asumir que por mucho que los dos miembros de la pareja se quieran hay que dejarlo cuanto antes. Todo lo contrario de lo que vi que decían el otro día en la película The Mexican, pero la de Brad Pitt, no la continuación de Desperado. Preguntaban que cuándo hay que dejar una relación entre dos personas que se aman, pero que están siempre peleándose, y respondían que nunca. Yo, mientras veía la película, pensaba que hay que dejarlo cuanto antes, y así pienso que deberías hacer tú ahora.

La verdad es que mi hermano no es quién para dar consejos; de hecho él siempre dice que no sirve para dar consejos, pero sí para dar compañía. Pero como más sabe el diablo por viejo que por diablo y a mi hermano le ha pasado de todo en sus relaciones, su experiencia sí que puede servir como ejemplo de lo que no hay que hacer, por mucho que lógicamente nadie quiera comparar su relación con las de mi hermano.

Aun así, viendo que el exponer su experiencia no servía y que Quero seguía pegado al móvil, para aliviar un poco la tensión del momento, a mi hermano, dando por hecho que Quero estaba melancólico, recordando el día que hablaron de las panteras, se le ocurrió preguntarle:

—¿Tú sabes de dónde viene la palabra melancolía?

Aunque estaban con la luz apagada, se notó que Quero miró a mi hermano con ojos de que no era el momento, pero conociéndole le dijo resignado:

—No, a ver, cuéntame.

—Pues es muy bonito. Tú sabes que antiguamente creían que la salud y el buen humor dependían del equilibrio de los líquidos del cuerpo o humores, ¿no? —un irónico «tú sabes…» muy apropiado para empezar—. Pues uno de esos humores era la bilis negra. Tener exceso de ella suponía estar triste. Pues melancolía viene del griego melas, que significa negro, como en melanoma o en melanina que vimos al hablar de las panteras, y de kholis, que significa ‘bilis’, con la misma raíz que cólico o colesterol. Así que la melancolía solo es un exceso de bilis negra, por lo que no te tiene que preocupar. —A mi hermano se le vino a la mente el recuerdo de lo que le había contado el Galgo de que, una vez que estaba melancólico, otro amigo le dijo que no se preocupara, que solo serían gases. No iba desencaminado, pero no creía que este fuera el momento para esa historia. Siguió—: Como leí el otro día, el amor es como una droga y, por tanto, lo único que vas a tener estos meses es adicción, algo químico.

También se le vino a la mente a mi hermano, y lo expuso, un consejo que le dio el Galgo, gracias al cual consiguió zanjar una relación que se alargaba demasiado. La relación estaba fatal y mi hermano estaba tratando de tener detalles con la que era su novia entonces para que todo se arreglara. Un día, mientras compraba para ella un regalito con el Galgo, una camiseta en concreto, mi hermano, con su habitual pesimismo, decía que a su novia no le iba a gustar y que se iba a quejar, ante lo que el Galgo, algo cansado de ver a mi hermano en esa situación saltó:

—¿Sabes lo que te digo? Que si se la das y se queja le dices: «¡Pues a tomar por culo!» Y ya está. —Al ver la cara de susto de mi hermano se justificó—: Ya sabes que a mí me llamaban Mr. despachos, no porque trabajara de abogado en despachos, sino porque despachaba bien a las mujeres.

Y así pasó y así hizo mi hermano y aquel a tomar por culo le sirvió para librarse de una relación de las tóxicas. También vale como consejo la versión de nuestro abuelo que un día le dijo a mi hermano que, si una chica no le hacía caso, que no había que darle vueltas al asunto, simplemente había que mandarla a tomar viento.

Mientras mi hermano hablaba, Quero estuvo pensando en que no era el momento de andar meditabundo cuando estaban tan cerca de encontrar el Manuscrito, que ya trataría de resolverlo cuando volviera a Almagriz, si es que su ex novia quería hablar con él, pero bueno, si no, ¡a tomar por culo! Y esto lo pensó ya en sueños, que es el estado en el que le habían dejado las explicaciones de mi hermano.

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Aventuras y un cadáver

11

Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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