Primera parte: Mi hermano

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Prólogo

No puedo callar lo que vi para escribir lo que imagino
Max Aub

Ya dije aquella vez que algún día, cuando el colegio no me comiera las horas y la rutina no me ensombreciera, volvería a contar mis historias. Pues después de trece años —toco madera—, he encontrado ese momento. Esta vez sí que han cambiado cosas.

Aunque en determinado momento de esta novela se dice que comienza una aventura, considero que la mayor aventura se empieza a narrar desde el primer momento. Y es que lo que aquí se presenta son un conjunto de historias de mi vida, quizás exageradas, algunas de ellas mezcladas con las escasas notas de fantasía que mi imaginación ha podido aportar, pero todas ellas parte de la aventura que es vivir y ejemplo de una de las maneras en las que se puede afrontar esta aventura que es la vida.

Nuevamente, como aquella vez, mi abuela ha sido protagonista en la historia del título de la novela, aunque esta vez a última hora el título cambió. La novela iba a llamarse Mare nostrum, como la novela que mi abuela empezó con toda la ilusión de pequeña, pero que dejó en la primera página porque decía que se liaba demasiado, casi tanto como yo en esta. Esta historia me la habrá contado, sin exagerar, unas cien veces. Mare nostrum iba a ser un bello título que reflejara no solo esta historia de mi abuela sino una metáfora de que lo que iba a contar era el reflejo de este mar en el que vivimos, con el aliciente de que parte de la novela transcurre en un pueblo de la costa mediterránea. Pero como Blasco Ibáñez tiene ya una novela que se llama Mare Nostrum y además escribió otra que en la que se habla del héroe Romeu, me pareció que iba a quedar todo muy sospechoso.

Dándole vueltas al título un día en el cine con mi madre y con mi hermano, se nos ocurrió Mare mía, que refleja bien la sorpresa que seguramente el lector se lleve al leer este relato y a la vez mantiene la idea del mar. Eso sí, para conseguir esta ambigüedad tenía que tomarme la licencia de no llamarlo Mare Meum, como creo que sería la forma adecuada en latín.

Por eso, al final, pensándolo mejor, opté por el actual título, ¡Ahora no!, que recoge una frase clave de la novela y es reflejo rotundo de esos momentos en la vida en los que uno siente que los otros le han dejado atrás, momentos imprescindibles que nos hacen replantearnos las cosas y tras los que, por supuesto, seguimos haciendo lo mismo que hacíamos antes.

Espero, en fin, que a pesar de la hostilidad del título definitivo, el lector no dude en hacerse a la mar y navegar por esta mare mía, novela escrita en olas, que no es más que un intento de encarnar en palabras este mare nostrum en el que un día aparecemos.

Por tanto, sin más dilación, demora o tardanza, os presento aquí la primera parte de esta aventura sin precedentes; bueno, con bastantes precedentes, pero aventura sin igual, una aventura lingüística de tinte amargo e hilarantemente tragicómico.

PRIMERA PARTE: MI HERMANO

1
El zorrocloco que creía en diccionarios

­—¡Son ustedes unos embaucadores, unos arteros, unos trapaceros! ¡Unos perillanes! ¡Me la han jugado!

Ya estaba mi hermano discutiendo con alguien por teléfono.

—Lo que me han hecho ustedes es una fullería, una candonga, una artimaña de las de época, una cancamusa. ¡Una martingala!

Si no conociera tan bien a mi hermano, no sabría que esas palabras generalmente las va sacando sin ton ni son de aquí y de allí y se las aprende de memoria para este tipo de ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día justo me habló de la palabra martingala. Dijo que le había salido leyendo Prim, uno de los Episodios Nacionales de Galdós (que se había empezado a leer por la serie que han sacado en la 1, para ver si verdaderamente Galdós investigó el asesinato de Prim) y estaba emocionado. Muchas de las otras palabras que profería seguro que las había sacado de buscar sinónimos en WordReference.

Cuando terminó de hablar, nuestra madre le preguntó:
—Pero ¿qué ha pasado ahora?
—¡Nada! Los bergantes de la compañía de teléfonos, que dicen que el seguro no me cubre el robo porque fue por negligencia mía. ¡Después de dieciséis meses pagándolo! Y, claro, les he dicho de todo.
—Ya, ya te he oído. Cancamusa… ¡Ja, ja, ja! —Nuestra madre no podía evitar reírse muchas veces con las historias y expresiones de mi hermano—. Pero ¿por qué no les has dicho que te lo robaron?
—Pues no sé, no se me ha ocurrido.
(Lo que le pasa a mi hermano es que no sabe mentir.)
—Y en cambio se te han ocurrido un montón de insultos, ja, ja.
—Je, je. Pues tengo muchos más para la próxima. Estos no saben con quién juegan, vamos. Se creen que están hablando con un zorrocloco.

Y remataba con una frase típica suya seguida por una de las locuciones latinas que se estudiaba de memoria de la página de la Wikipedia a ellas dedicada o yo qué sé de dónde y que de vez en cuando, como tantos personajes en nuestra literatura, usaba desatinadamente o, mejor dicho, deslatinadamente, como le pasa a cualquiera que usa una lengua sin conocerla bien:
Es que hay que joderse, macho. Pero, mea est ultio —La venganza es mía.

A saber lo que pensó el miembro de la compañía de teléfonos que recibió aquellos improperios.  El problema de gente como mi hermano es que no solo leen por gusto diccionarios y demás libros y páginas de referencia, sino que además se los creen. Y, peor aún, encima piensan que otros también se los creen y no entienden que no compartan las mismas inquietudes que ellos. Pero el problema de mi hermano va incluso más allá, y es que a veces conoce palabras, pero no sabe cómo usarlas bien en contexto, porque solo las ha visto en diccionarios. Lo bueno, no obstante, como iremos viendo, es que no es de los que encima critican a otros por cómo hablan, sino que trata de buscarle una justificación a los supuestos errores que cometen, algo que le parece precioso.
Sea como sea, es muy divertido cuando mi hermano empieza a soltar estas retahílas o ringleras de palabras, o cuando, casi siempre tratando de ligar, cuenta etimologías y curiosidades de la lengua. Porque saber, hay que reconocer que sabe, y que sabe cosas interesantes, o que al menos lo parecen. Si no fuera por esto, nunca me habría planteado compartir, como aquí he empezado a hacer, sus historias, que casi siempre van más allá de las meras palabras o las anécdotas.

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2
Latinismos, banderas, el punto y coma y otros ruidos de animales

Mi hermano es el típico que sabe que los de Calatayud son bilbilitanos y los de Fuerteventura majoreros, o que está mal dicho a grosso modo, y hay que decir grosso modo, o que es veni vidi vici y no veni vidi vinci. Incluso sabe explicar por qué es vici y no vinci y lo sabe pronunciar a la clásica, es decir, viki y no vichi o vinchi, como dicen algunos a lo Leonardo. Y, por supuesto, sabe que según Plutarco estas palabras las dijo Julio César después de la batalla de Zela.

200px-Escudo_de_la_provincia_de_Ávila.svgMi hermano es también el típico que sabe que las cigüeñas crotoran y que las panteras himplan. No en vano, todavía celebra el haber elaborado de pequeño en el colegio una lista de más de cincuenta ruidos de animales, en una época en la que no era tan fácil realizar búsquedas en diccionarios. Lo que con mayor entusiasmo y ufanía cuenta es que años después su profesor le enseñó aquella lista, que conservaba aún porque le seguía siendo útil con los alumnos.

Mi hermano, además, se sabe las capitales de todos los países, con especialidad en islas oceánicas del tipo de Tonga —capital Nukualofa—, e, incluso, Niue —capital Alofi—, pero también las de colectividades de ultramar como Wallis y Futuna —capital Mata-Utu—, países insulares como los holandeses Curazao, Sint Maarten y Aruba y otros como las Islas Cook; y hasta se llegó a aprender las capitales de los estados de Estados Unidos, en este caso para intentar ligar con las americanas cuando estuvo de estancia en Nueva Isla.

Mi hermano es el típico que sabe que el nombre del país Kiribati viene de una mala pronunciación de Gilbert, el apellido de un capitán británico que anduvo por allí. Es además el típico que tiene nociones de vexilología (como Sheldon en Big Bang Theory) y no solo sabe lo de las dos vacas en el escudo de Andorra, sino que sabe que en la bandera de San Pedro y Miquelón 1024px-Flag_of_Saint-Pierre_and_Miquelon.svghay una ikurriña (de ikur ‘señal’ o ‘signo’) o que en el escudo de la provincia (que no de la ciudad) de Ávila hay una cebra (creo que esto lo sacó de Saber y ganar); y, por supuesto, es el típico que sabe que la palabra tabú es de origen tongano —ya que hemos hablado de Tonga— y significa ‘lo prohibido’, o que tatuaje es de origen samoano.

Diría que hasta es el típico que sabe usar el punto y coma, pero no sé si llega a tanto. Eso sí, por lo menos sabe que el punto y coma no se pone para indicar una pausa menor que la del punto y mayor que la de la coma, sino que hay razones sintácticas detrás.

En definitiva, que mi hermano es el típico que sabe muchas cosas, no siempre aburridas, pero eso sí, la mayoría posiblemente inútiles a ojos de muchos, y muchas de ellas seguramente inventos de la Wikipedia, los llamados por él fake facts. Además hay otras muchas cosas que no sabe. Pero no adelantemos acontecimientos.

3
La septentrionalidad del síndrome de Fausto

Y es que mi hermano tiene tres aficiones fundamentales. La primera es la lingüística y la reflexión sobre el lenguaje y la gramática. La segunda es saberlo todo, lo cual se debe a que padece lo que un día descubrió que se llamaba el «síndrome de Fausto», del que luego hablaré con más profusión o, mejor dicho (que mi abuelo me ha advertido que profusión no quedaba bien aquí), con más detenimiento. De momento baste con saber que, por padecer este síndrome, mi hermano generalmente se pasa el día leyendo o viendo películas de las muchas listas que consulta y que se prepara.
Su tercera gran afición es salir de fiesta los viernes hasta muy tarde. Esto último podría resultar algo chocante en una persona seria y culta; y efectivamente, cuando era más pequeño no salía mucho, pero un día un amigo le dijo que aunque era una persona muy culta, no era una persona diez, porque para eso había que salir también. Y como el síndrome de Fausto obliga a abarcarlo todo, mi hermano consideró que era oportuno salir y aprender cosas de la noche. Lo de salir hasta muy tarde también se explica a partir del síndrome de Fausto, como un síntoma por el que uno intenta no perderse nada de lo que pasa.

En una mezcla de sus tres aficiones, cuando mi hermano quiere ligar en una discoteca con una chica, le hace pasar la «prueba de septentrional». Esto quiere decir que, para saber si una chica le conviene o no, le pregunta si sabe lo que significa septentrional. Puede parecer mentira, pero nunca le han respondido bien. Él se indigna y dice: «¡¿Qué pasa, que la gente no ve el pronóstico del tiempo o qué?!».

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Una noche, hace poco, conoció a una chica de Canarias en una discoteca y le hizo pasar la prueba, pero además con prolegómenos. Para empezar, una vez que supo que la chica era canaria, le preguntó que de qué isla era:

—Porque se pregunta así, ¿no?, por la isla.

Ella, algo contrariada, le contestó:

—Bueno, es una manera de preguntarlo.

Y le dijo que era de Gran Canaria. Luego mi hermano ya pasó a decirle que tenía que hacerle una pregunta que ninguna chica le había respondido nunca, pero que ella seguro que lo iba a saber porque notaba que había algo especial entre ellos. Mi hermano creía ir sobre seguro porque suponía que, al ser la chica de las Canarias, habría tenido que oír muchas veces la palabra septentrional, pues todo en España le pillaba al norte. Pero la chica no solo no sabía lo que significaba septentrional, sino que encima se lo tomó a mal y se apartó de mi hermano señalándole con dedo acusador, amenazando miedo y diciéndole que era muy raro por hacer esas preguntas. Eso sí, se llevó con ella la copa a la que mi hermano le había invitado.

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Bandera de la Comunidad de Almagriz

La más correcta respuesta a la prueba de septentrional con la que mi hermano afirma haberse encontrado es la que le dio una chica gallega, que le contestó que seguro que tenía algo que ver con el número siete. Yo creo que esto lo cuenta para aprovechar la cara de extrañeza que la gente pone con lo de siete y así pasar a explicar de dónde viene la palabra septentrional y por qué se utiliza para referirse al norte; aunque la verdad es que creo que ni él lo sabe del todo bien. Dice que es porque la Osa Menor, que contiene la estrella polar y que, por tanto, marca el norte, tiene siete estrellas (las mismas que se representan en la bandera de Almagriz, nuestra ciudad, según nos contó un día; pero no así, y esto podría excusar a la canaria, las de la bandera independentista canaria, las cuales representan las siete islas del archipiélago, sin contar San Borondón).
Dice que de las siete estrellas viene lo de sept-, y que las estrellas son como bueyes, porque se mueven muy lento y, probablemente, porque tiran del carro que forman, y que en latín bueyes se dice triones. Por tanto, septentrión significa ‘siete bueyes’ y marcan el norte porque forman parte de la Osa Menor.

Viendo esto, no os creáis que mi hermano es el típico pedante, petulante, cultureta o, como dice él «ojilato periculto» (sacado de un libro de Reverte en el que Quevedo llama así a Góngora), que critica a la gente porque no sabe cosas. Todo lo contrario: mi hermano odia a ese tipo de gente. En el caso de septentrional, por ejemplo, dice que no le importa el hecho concreto de que una chica no sepa lo que significa septentrional, sino lo que esto implica. Dice que la palabra septentrional sale mucho en la tele y que si alguien no sabe lo que significa es porque no ha sentido curiosidad ni se ha tomado la molestia de buscar su significado en el diccionario en una de las muchas veces que la ha oído, con lo importantes que son para él la curiosidad y los diccionarios.

Y la cosa es que es verdad. Una vez que te empiezas a fijar por ahí, esta palabra aparece muchísimo, no solo en el pronóstico del tiempo, donde sale casi tanto como lo de «nubes de evolución», sino en todas partes.

De todas formas, pese a lo que pueda parecer, mi hermano a veces liga; seguramente en las noches en las que se le olvida lo de septentrional. Pero ya lo iremos viendo.

4
Monicaca y su agüita o el peligro de los hipocorísticos con K

En una discoteca es mucho más fácil ligar si te preparas el terreno. Eso es lo que hace mi hermano. No es que se estudie en casa fun facts o datos curiosos ex profeso para ligar, pero uno de los motivos por los que le gusta saber cosas es, precisamente, para luego soltárselas a las chicas y conquistarlas.

pollo capón 2
El pollo capón

Y es que una discoteca está llena de objetos fascinantes, o mejor dicho (que eso suena algo mal), de objetos de los que se pueden contar historias fascinantes, con las que se podría impresionar a cualquiera. Una mina, por ejemplo, es el origen de los nombres de las bebidas y de los nombres de las marcas de las bebidas.

Pero, claro, no basta con saber estas historias; también es necesario saber cuándo contar qué historia y tener un poco de suerte.

Un día mi hermano conoció a una chica pidiendo en una barra. Vio que la chica pedía un vodka con naranja y se lanzó:

—¿A que no sabes de dónde viene la palabra vodka?

La chica le miró con sorpresa y dijo:

—Pues no.

Cuando mi hermano habla con una chica extremadamente guapa, se hincha como un pollo capón, sacando pecho y echando para atrás los hombros, lo que hace que tenga menos éxito del debido (por la artificiosidad de la postura, ojo, que no por la falta de atractivo, gallardía y donaire). De esa guisa empezó a explicar:

—Pues tiene origen polaco. En lenguas como el polaco o el ruso, voda significa ‘agua’. Y con la k se hace el diminutivo. Por lo tanto, vodka es como ‘agüita’.

—¡Ah!… —la chica le miró con cara de haber roto un plato.

Impertérrito, mi hermano siguió:

—Así, en los hipocorísticos del ruso, a veces aparece la k, como en Marushka de Maria. —Queriendo sacarle el hipocorístico a la chica, continuó—: A ver, por ejemplo, ¿tú cómo te llamas?

—Mónica —respondió la chica que, aunque algo intimidada, en el fondo sentía algo de curiosidad.

Phonto(46)Como lo que procedía según lo explicado era algo así como Monicaca o quizás Monishka, lo cual tampoco sonaba del todo bien, mi hermano enmudeció, mostrando la confusión y el turbamiento precisos para que la chica hiciera un ruidito de desaprobación, pusiera cara de «otro chico que me la quiere colar», cogiera su agüita con naranja y se fuera, sin dejar tiempo a mi hermano de explicar que otro diminutivo en ruso es Katiuska (de Katia), el cual dio nombre a las botas de agua a raíz de una zarzuela o, mejor dicho, opereta de Sorozábal donde la protagonista, Katiuska, llevaba este tipo de botas (como lo de la rebeca con la peli de Hitchcock o la pamela de la novela de Samuel Richardson).

Cuando cuenta este percance, mi hermano dice que lo que falló en esta ocasión fue haber usado la palabra hipocorístico:

—Seguro que a la chica la palabra le sonó pedante, con lo bonita que es, que se aplica a los nombres cariñosos o familiares, tipo Concha (de Concepción) o Paco (de Francisco) y quiere decir algo así como ‘palabras que acarician’.

Superromántico, vamos. No me cabe la menor duda de que, si la chica llega a haber sabido esta información, habría captado la indirecta, cayendo rendida ante las tentativas acariciantes de mi hermano.

Pero bueno, como en la vida todo es cuestión de acabar encajando con alguien y como muchas otras veces le han funcionado estas prácticas, mi hermano nunca se da por cachiporra o por vencido y eso hace que siempre se pueda disfrutar de sus locas y chascarrilleras peripecias.

Además, como más adelante contaré, mi hermano cuenta con todo tipo de tácticas y estrategias para que la cosa no falle, como la célebre e hipocorística «táctica de la mano», 60px-Proto-semiticK-01.svgque tanto juego le da. En la escena aquí contada, no tuvo tiempo de coger de la mano a Monicaca y se le escapó, pero ya veremos otros lances en los que estuvo más rápido con la mano y menos torpe con la letra K, cuyo origen, curiosamente, es un símbolo semita que representaba una mano abierta.

5
¡Bravo por la música… y por el Red Bull!

Pero que nadie crea, en vista de estas primeras historias, que mi hermano le cogió el gusto a salir solo por ligar. No. Un día nos expuso su teoría de la verdadera razón que hay detrás de su apetito festivo:

—El otro día estaba pensando por qué me gusta tanto salir y me pregunté si era por ligar, es decir, por las chicas, o si era por el alcohol, o tal vez por la música. Y llegué a la conclusión de que es por la música. A ver, cuando he tenido novia, he salido y no he ido a ligar y me lo heIMG_20150322_204806 pasado bien. Luego, alguna vez he salido sin beber porque me tocaba llevar el coche o por cualquier cosa y también me lo he pasado genial; lo único es que notaba más el cansancio, pero nada que no arreglara un sabroso Red Bull. Pero las veces que he salido sin música es cuando peor me lo he pasado. Acordaos, por ejemplo, de aquella fiesta de Nochevieja en la que no nos dejaron poner la música alta. Fue un desastre.

Cuando mi hermano contó esto, muchos de los que le escuchaban, sabiendo lo flirteador, zalamero (de salaam, en árabe ‘paz’, como en salaam alaykum)  y camelador que es, le rebatieron la teoría y estuvieron discutiendo un buen rato, hasta que mi hermano, dando muestras de su ecuánime, irenista y baciyélmico carácter, tuvo a bien darles la razón y aceptar que para pasárselo bien era necesaria una mezcla de todo.

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Del nuevo Diccionario de la RAE

Aun así, no cabe duda de que a mi hermano le apasiona la música, toda la música: desde lo más moderno a lo más antiguo. Lo único que decía que no le gustaba era el jazz, pero ahora ha descubierto que le es muy útil ponérselo mientras escribe. El ritmo se adapta perfectamente a sus pensamientos. Así que se puede decir que incluso el jazz le gusta.

Como amante y conocedor de la música, es generalmente el encargado de hacer listas para fiestas de amigos y aparte tiene un montón de listas ordenadas por tipos en Spotify, con algunos seguidores. spotifyTuvo éxito una lista de sus cien canciones favoritas, que fue publicando poco a poco en Facebook, la cual está encabezada por At the bottom of everything de Bright Eyes, seguida por Don’t look back into the sun de sus idolatrados Libertines, por Mr. Brightside de los Killers y por las tres primeras españolas, que son La luna debajo del brazo de Quique González, Windsor de Pereza y Club de fans de John Boy de Love of Lesbian. Entre las cien está, por cierto, la tercera parte del Concierto 23 en la mayor de Mozart, además de Nessun dorma, que es un poco más típica. Todo tiene cabida en los eclécticos gustos de alguien que padece síndrome de Fausto. Por eso se puede esperar cualquier cosa de él, como tendremos tiempo de comprobar.

6
Chomsky, la sintaxis, los niños y los perros

Como lingüista y filólogo, mi hermano se permite el lujo de proponer también teorías lingüísticas. Su idea es que a los niños les cuesta tanto leer los libros que les mandan porque en su cabeza necesitan ya un español evolucionado, no el español desusado de los escritores antiguos. Su lengua ha cambiado.

Para afirmar esto, mi hermano se basa en las ideas de Chomsky, ideas que ha leído en algún libro de Pinker, según las cuales la capacidad del lenguaje es innata y por eso ha habido casos en la historia en que los niños han sido capaces de crear su propia sintaxis a partir de lenguas sin una sintaxis aún desarrollada. El clásico ejemplo son las lenguas criollas, es decir, las nacidas a partir de un pidgin o lengua intermedia usada entre gente que no tiene una misma lengua, como ocurría en las colonias con esclavos de distintas procedencias. A partir de esta lengua mixta y “mal” construida, los niños fueron capaces de crear una lengua con una sintaxis completa. También los niños que utilizan lenguas de signos (la de los sordos) son capaces de darle una sintaxis a los signos, a pesar de no haber aprendido esa sintaxis de los adultos.

2015-03-26 13.54.01Esto explica, según cuenta mi hermano, por qué los niños son capaces de aprender muy rápido y, sobre todo, de generar —de ahí lo del generativismo o gramática generativa de Chomsky— oraciones que nunca han escuchado. Por ejemplo, un niño puede decir He visto un perro ladrando sin que sea necesario que haya escuchado esa frase antes. Y esto es lo que da cuenta de por qué un niño, frente a un perro, puede desarrollar el lenguaje, a pesar de que a ambos se les habla y, por tanto, están igualmente expuestos a estímulos lingüísticos.

En vista de esto y en vista de lo que han evolucionado las lenguas a lo largo de la historia, mi hermano dice que seguro que la lengua interna de los niños actuales ha cambiado, por mucho que en su educación se les enseñe (o se les imponga, que mi hermano a veces se pone drástico) cómo hay que hablar o, en otras palabras, cómo y en qué orden deben pronunciar esa lengua interna. Dice que esto provoca que el niño no se sienta cómodo cuando tiene que leer la versión antigua de la lengua de otros y esto hace que ni entienda bien ni se pueda expresar bien. Dice que, si él se hiciera profesor, alguna vez dejaría que los alumnos escribieran como les diera la gana, a ver qué pasa.

Explica, pues, mi hermano de esta manera por qué a los niños de hoy en día les cuesta tanto leer o por qué los niños sin haberlo escuchado nunca dicen Me se ha caído, que para mi hermano es la forma sintácticamente natural de decirlo, considerando Se me ha caído un artificio estilístico impuesto por los mayores.

Esto también le lleva a vanagloriarse de que en la actualidad se escribe más que nunca, gracias a las redes sociales. Asegura que la manera de los jóvenes de escribir en el WhatsApp no es sino una muestra de la evolución de la lengua. Luego recapacita y piensa que de todas formas no estaría mal que se leyera más, aunque sea la lengua de los escritores una lengua antigua, que conocer lo anterior ayuda a una mejor evolución de cualquier tipo, puesto que permite estar en posesión de mayor número de herramientas y se evita con ello caer en errores pasados.

Con esto último, muestra 2015-03-26 13.53.36mi hermano una de sus muchas contradicciones en el discurrir, típicas de una persona que tiene tantas áreas en la cabeza (más allá de la de Broca y la de Wernicke) que no las puede abarcar todas y que, consecuentemente, piensa de una manera u otra según el área a la que su pensamiento le lleve en cada momento, brincando de un área a otra velocius quam asparagi coquantur, es decir, más rápido de lo que tarda en cocerse un espárrago. Incoherencias de este tipo irán tejiendo la gran aventura de mi hermano, que muy pronto dará comienzo.

7
El poder de la mente sobre el cuerpo

Es muy gracioso cuando mi hermano se pone malo porque se enfada y se siente decepcionado consigo mismo. Desde que leyó no sé qué de Maimónides, ha creído en el que él llama el «método de Maimónides». Este método consiste en que cuando notas, por ejemplo, que te empieza a picar la garganta, si mantienes un espíritu animoso y vital y te convences de que no te vas a poner malo, consigues no ponerte malo (mens sana in corpore insano). Es el poder de la mente sobre el cuerpo.

resfriadoComo mi hermano confía tanto en el método maimónida, maimonista, maimonidíaco, o como se diga, cuando no le funciona, como toda persona inteligente a la que le falla su teoría, se tiene que buscar excusas, y, por ejemplo, dice que es que ha estado distraído. Lo cierto es, no obstante, que no se ha puesto malo demasiadas veces —toco madera—. Puede que una parte de que no caiga enfermo se deba a lo hipocondríaco que es y a que, por tanto, en seguida active, como si del aracnosentido se tratara, el «método de Maimónides». En cuanto se le habla de ataques al corazón, de desmayos o de derrames, entre otras posibles desgracias, se encoge, respira muy hondo y se queda como en blanco, con cara de boquerón, como las cabras (miotónicas o desvanecidas de Tennessee) que entran en colapso cuando se les grita; aunque mi hermano no llega a caerse:

Quizás mi hermano sea en verdad como el cordero con cara humana que ha nacido hace poco, pero en versión chivo. Al fin y al cabo, tiene las barbas como dicho animal.

cordero humanoNo sé, el caso es que mi hermano tampoco puede ver ni sangre ni agujas. Aunque verdaderamente lo que dice que más grima le ha dado nunca fue el ruido que hizo la punta de una jeringuilla al rascar un vaso, un día que nuestra madre estaba succionando con este instrumento una salsa de whisky para inyectárselo al pavo en Nochebuena. Y es que solo mi hermano es capaz de estar más mosqueado que un pavo en Nochebuena.

También le da mucha dentera cuando alguien da un golpe con la jarra en el borde de un vaso al irla a dejar en la mesa. Ah, y también un día le empezaron a dar dentera las servilletas de tela, por lo que empezó a usar solo servilletas de papel. Hasta convenció a nuestra madre de que comprara estas servilletas para casa. En los restaurantes generalmente, salvo en los lujosos, en los mesones y en los chinos, siempre tienen servilletas de papel, lo cual mi hermano agradece mucho. Si no, pide que se la cambien. También tienen especial importancia para él las servilletas de papel porque siempre llega a bares y restaurantes con un chicle en la boca y necesita algún sitio donde depositarlo antes de empezar a comer, por no pegarlo debajo de la mesa como en el colegio. Es muy característico de él que llegue a algún sitio y recorte un cuadrado de una servilleta en el que envuelve luego el chicle. Si no hay servilleta de papel, utiliza para esta empresa, si tiene, algún recibo de pago de tarjeta que guarda en su carterita de Purificación García, o el mantelito de papel del VIPS o de algún sitio de estos. Si solo se trata de beber copas, muchas veces mantiene el chicle en la boca. La gente, si le pilla, le pregunta si no le sabe mal la mezcla, pero la cosa es que mi hermano de pequeño bebía ron (Cacique o Brugal) con granadina (Rives), que era como beber chicle viscoso, así que ya está acostumbrado.

hostiloscarsUn truco de mi hermano, una vez asumido que el «método de Maimónides» le ha fallado y que se está poniendo malo, es crear lo que él llama un «entorno hostil». Esto es parecido a lo de tomarse un grog (o ron con miel y limón calentado en el microondas), pero a lo bestia. Dice que, cuando empiezas a sentir que te estás poniendo malo, si te vas de fiesta, y bebes mucho alcohol, el virus considera que está en tierra hostil (como el programa y la película), esto es, que el terreno donde se ha metido no es halagüeño, y se larga. Al que le parezca una tontería, que sepa que, según se cuenta, las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), famosas por darse al alcohol cuando les dan calabazas, también toman alcohol para librarse de los parásitos de avispa que pueden tener dentro del cuerpo.

Dice que el entorno hostil le sirvió incluso una vez que tenía tortícolis y fue a una discoteca con eurocopa, es decir, con copas a un euro. Afirma que entró con una tortícolis tal que no podía mirar hacia los lados y que cuando salió estaba nuevo.

Cuando cuenta esta historia aprovecha para prevenir a los que dudan si es tortícolis o tortículis. Dice que basta con pensar que colis tiene la misma etimología que collar. Amplía la explicación más o menos de esta manera:

Tortícolis significa literalmente ‘cuello torcido’. Como la o de colis es o breve —y aquí se pone técnico—, en español dio el diptongo ue, como siempre que la o breve es tónica (o recibe acento) como en hueso de ossum o puerto de portus. No obstante —continúa—, aquí tiene que ser tortícolis porque la segunda o es átona. Si el acento recayera en la segunda o, podría ser torticuellis, pero nunca tortículis. ¡Ah! Y, como la primera o tampoco es tónica, no se dice tuertícolis. A este respecto, es interesante decir que tuerto tiene relación con torcer, y se refiere a que la vista está torcida. Otros casos en los que la o pasa a ue si es tónica pero no si es átona son los casos de osamenta y hueso o huérfano y orfanato.

Vamos, que el truco que da para acordarse es más complicado que aquello de lo que hay que acordarse.

Lo del porqué de la hache delante de ue nos lo explicó otro día. Al parecer se empezó a poner para que se viera que la u no era en esos casos una consonante, en la época en la que la u podía leerse como la vocal u o como una b.

Volviendo al «método de Maimónides» y a su poder psicosomático, ya Hipócrates (el del juramento hipocrático) decía que incluso una mala alimentación puede ser beneficiosa si nos convencemos de ello, como me contó mi hermano que había leído en la Breve historia del leer de Van Doren.

En fin, si a alguien estos métodos de mi hermano le parecen desorbitados, doy fe de que más desorbitada aún es su actitud si finalmente se declara enfermo, consumiéndose y consumiéndonos entre excusas, quejidos, lamentos, plañidos, toses nerviosas, gargajeos e, incluso, estertores.

Por suerte, su mente falla a veces, porque si no creería que la gran aventura que pronto conoceremos fue solo producto de su imaginación.

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Juegos de manos, juegos de mi hermano

La verdad es que mi hermano se cree más de lo que piensa las historias mágicas relacionadas con la posibilidad no solo de sanarse con el poder de la mente, sino también con las propiedades curativas de las manos. Así es como empezó con su «táctica de la mano o quirotáctica». Mi hermano considera que con las manos se pueden transmitir —y él cree que con sus manos transmite—, muchas sensaciones. De ahí que ideara una táctica basada en ellas.

La táctica es muy sencilla. Consiste en coger de la mano a una chica mientras hablas con ella en una discoteca y luego acariciarla suavemente —la mano, no a la chica en general—, generalmente haciendo delicados círculos con el dedo gordo en la palma de la pretendida. 2015-04-09 13.21.14La complicación estriba en elegir el momento preciso y en acariciar de una forma tal que se transmitan a través de ella sentimientos de deseo, pero sin que la cosa quede forzada, por ejemplo, dibjuando con el dedo demasiadas siluetas —palabra que procede del nombre del ministro Silhouette— de corazones.

Puede parecer mentira, pero generalmente a mi hermano el truco de la mano le ha funcionado, aunque solo sea para al menos atraer la atención de las chicas durante un poco más de tiempo. Lo malo es que, como se lo ha contado a todo el mundo, en su afán de compartir sus conocimientos, ahora ha conseguido que nuestros amigos empiecen a aplaudir y a silbar cuando le ven hacerlo, a veces incomodando a la chica y estropeando el momento. Eso, si no es mi propio hermano el que enseña a nuestros amigos desde lejos que tiene la mano cogida.

Otra forma de llevar a cabo la táctica de la mano es cogiéndosela a una chica y ponderando exageradamente su suavidad. Un día hasta llegó a hacer una rima al respecto: «Las manos de Rocío / son un desvarío». Por suerte en este caso Rocío era amiga y el pareado cayó en gracia.

Para satisfacción de mi hermano, un día una chica le hizo una táctica parecida pero, en vez de con la mano, con el pulgar. La táctica de la chica consistió en decirle a mi hermano que se había quemado la yema del pulgar de pequeña y que no tenía huella dactilar, de manera que, para comprobarlo, mi hermano tuvo que acariciar su yema, ante lo que notó como un calor especial que le produjo una extraña e intensa atracción hacia la chica. Esto le sirvió para confirmar la teoría sobre el poder manil, perdón, manual, y también digital, de transmitir sensaciones .

Otro truco con el que mi hermano combina el de la mano y que dice que nunca falla es el «truco de la pajita». Este truco se inicia al llegar a la situación donde, a pesar de que la chica con la que 2015-04-09 13.38.35uno lleva hablando un rato y a la que por supuesto ya tiene cogida de la mano parece más que dispuesta a pasar a la siguiente fase, uno no se decide por el momento en el que besarla (o en el que tirarle la boca, vamos). Entonces, para poner en práctica el truco, lo esencial es que la chica tenga una bebida con pajita, que suele ser el caso, por mucho que se les diga que con la pajita las copas suben más. En caso de que no hubiera ni copa ni pajita, tocará invitar, asegurándose de que la copa vaya con pajita. Esto no es problema para mi hermano, que ya sabemos que en el arte de invitar es bastante avezado.

Una vez que la chica tiene los pertrechos necesarios y que ha bebido un poco, hay que pedirle que nos deje probar de su copa mientras se mira su pajita con algo de reparo, finalmente cogiendo otra 2015-04-09 14.55.46para parecer que se es escrupuloso. —Mi hermano empezó haciéndolo porque de verdad tenía escrúpulos las primeras veces—. La chica al principio solo pensará que el chico es escrupuloso, pero luego caerá en la cuenta de que, si no quiere chupar de su pajita, eso quiere decir que tampoco va a querer besarse con ella. En ese momento de desconcierto, parecido al momento crítico que Álvaro de Mesía atribuye a cada mujer durante quince minutos al día en La Regenta, es cuando uno debe atacar, sabiendo que ya existe poca posibilidad de fracaso o calabaza. También en este caso he sido testigo de cómo a mi hermano le ha funcionado el truco.

Asimismo le funciona un truco que aprendió gracias a un niño del que era monitor en un campamento. En una gincana, perdón, yincana (del hindi gymkhana ≅ ‘lugar donde se juega a la pelota’), que organizaron ese año, una de las pruebas consistía en buscar al niño mayor (de más edad) del campamento, al que mi hermano le dio un papelito con una pista que tenía que entregar solo en caso de que le preguntaran directamente si él era el mayor. Al rato el niño volvió y le dijo a mi hermano que se había inventado una prueba que había que superar para encontrar el papelito. La prueba consistía en seguir una serie de pasos que estaban pintados en su mano. Lo primero que hizo el niño fue enseñarle a mi hermano la mano cerrada en puño con un círculo pintado en el dorso, Phonto(87)en la parte donde está ese músculo que decían que se pone duro, además del del antebrazo, cuando…, en fin, cuando uno se dedica a prácticas pecaminosas. Debajo del círculo estaba escrito «PULSA». Al pulsar mi hermano, el niño sacó el índice, en el que había una flecha indicando un giro en el sentido inverso a las agujas del reloj, seguida de un «GIRA». Al girar el dedo, en su parte interna ponía «TIRA» y había una flecha hacia fuera. Finalmente, al tirar mi hermano, el niño abrió la mano, extendiendo la palma, en la que ponía «MIRA EN MI BOLSILLO», que era donde estaba la pista entregada por mi hermano.

Al ver esto, mi hermano felicitó efusiva y convenientemente al chaval, no tanto por esa idea en concreto sino por las aplicaciones que el mecanismo podía tener en las discotecas con las chicas. En la palma de la mano se podía poner cualquier mensaje, desde un simple «¡HOLA!» (o en su momento «¡OLA KE ASE!») hasta un «¿CÓMO TE LLAMAS?» o un «¡GUAPA!» o un «DAME UN BESO» junto al dibujo de unos sugerentes labios, mensajes que, por supuesto, han sido probados posteriormente por mi hermano con mayor o menor éxito. El de «DAME UN BESO» no suele funcionar, sobre todo porque acto seguido mi hermano saca los labios a lo Scarlett Johansson, o peor, a lo Carmen de Mairena. El de «¡GUAPA!» funciona un poco mejor. Para pintarse las instrucciones en la mano, muchas veces mi hermano roba el boli que le dan para firmar el recibo de la primera copa en la discoteca y lo devuelve a última hora de la noche, siendo por lo general regañado.

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Otro truco, para mi hermano infalible, es el de llevar algo puesto que llame la atención, cual reclamo o añagaza, de las chicas. Debe ser algo que puedan coger, como sombreros, pelucas o gafas. Lo que nunca falla son unas gafas que le hace un amigo con pajitas. Y es que, si hay algo crucial en el flirteo, es darle motivos a la chicas para que se acerquen y tomen la iniciativa.

La palabra añagaza, por cierto, viene del árabe clásico naqqaz, que significa ‘pájaro saltarín‘. Normal que mi hermano, un pájaro saltarín como cualquier otro, haga uso de añagazas para atraer mujeres.

9
¡Truco o retrato!

Según mi hermano, si a estos trucos se les suma que esa noche lleve alguna de las camisas que él considera «de eficacia alta», como una que tiene dibujitos de tortuguitas en el cuello y en los puños, entonces no hay posibilidad de no ligar.

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Lo de la camisa de alta eficacia lo puede atestiguar, entre otras, Pichuki, una amiga de Roldana, que, como contaré más adelante, un día se prendó misteriosa e irrefrenablemente de una de una de estas camisas de alta eficacia de mi hermano y, por metonimia o, quizás, sinécdoque, de mi hermano. Roldana, por cierto es el pueblo de nuestros abuelos, cerca de Monsácar, a orillas del Mediterráneo, donde solemos pasar al menos unos veinte días en agosto todos los años y donde se han fraguado muchas de las andanzas nocturnas de mi hermano, de algunas de las cuales disfrutaremos a lo largo de este relato.

Escudo de Roldana
Escudo de Roldana

No obstante, mi hermano dice que no quiere abusar de estos trucos, para que ligar no se convierta en algo automático y teledirigido. Él, en verdad, prefiere seducir a una chica por sus historias sobre las palabras y el origen de los nombres de las cosas. Y esto es algo que se puede hacer con asiduidad. Por ejemplo, no es raro que una chica tenga apellido terminado en –ez. Pues mi hermano entonces le puede contar el origen de esta terminación.

Pongo a continuación un ejemplo de lo que ha podido ser alguna de las múltiples conversaciones que ha tenido con alguna chica sobre la terminación en –ez de los apellidos patronímicos, en el que vais a ver además otra de las características de mi hermano, y es que, en su afán de crear expectación, a veces se pasa:

—¡Hola!

Últimamente ya saluda normal; por suerte dejó atrás su técnica de un «Holaaaa» alargando mucho la última a y poniendo voz melosa y seductora y, a veces, para bochorno de sus amigos de alrededor, acompañando al «¡Hola!» con un «¿Estás sola?».

También dejó atrás o, al menos, dejó de usar tanto, su técnica de levantar las cejas y poner cara de picarón, técnica que Dios sabrá por qué le funcionó durante un tiempo y que empezó a hacer a partir de un día en el que al llegar a un congreso de Lingüística y poner esa cara para saludar a alguien que no sabía si conocía o no, recibió una alegre sonrisa como respuesta. Por suerte, como decía, ahora suele saludar con un simple «Hola», acompañado como mucho de un «¿Cómo te llamas?»:

—¡Hola! ¿Cómo te llamas?

—Mercedes.

—¡Uhm, Mercedes! ¿Como Mercedes Salisachs?

—Eh…, sí, supongo.

El caso es que me suenas. ¿No nos conocemos? ¿Cómo te apellidas?

—Rodríguez —sonrisa malévola y a seguir con la conversación preguntando por el colegio, carrera y demás, sabiendo que no la conoce de nada. Hasta que llegado a un punto empieza a contar su historia—: Porque ¿sabes? —primer elemento fático para mantener la atención—, aunque no lo parezca, estudié Filología Hispánica. —Esto generalmente supone una sorpresa en las chicas porque por cómo viste mi hermano les parece que estudia Derecho, bueno, más bien Derecho y ADE, que es lo que siempre le dicen.

Mercedes no iba a ser menos:

—Ja, ja, es verdad que no lo parece. Parece que estudias Derecho y ADE o algo así.

—Sí, pensé en hacer Derecho, pero es que me gustaba mucho la lengua y la literatura y de pequeño escribía… —Aquí se para y sigue con sus trucos para crear expectación—. Bueno, pero tampoco te voy a contar intimidades tan pronto.

—No, sí, sí, dime: ¿escribías de pequeño?1429012551949

Mi hermano entonces finge rubor y dice, poniendo la cara altiva y seria de Bécquer en su famoso retrato:

—Bueno, sí, he escrito un montón de poesías, más de mil.

Lo de más de mil bien remarcado para que quede claro, pero luego con tono humilde y apocado continúa:

—Aunque tampoco son muy buenas.

—¡Seguro que sí!

—Hasta a una chica le regalé por su cumpleaños un libro de cien páginas de poesías dedicadas a ella —con esto queda de romántico—, pero no le gustaron; ella habría preferido ropa —con esto queda de incomprendido y trata de transmitir que la chica con la que habla seguro que sí las valoraría. Después sigue—: Y luego también se me daba muy bien la sintaxis y me encantaba el origen de las palabras. —Ya está el enlace hecho—.  Por ejemplo, me has dicho antes que te apellidabas Rodríguez. —Lo de acordarse de algo anterior en la conversación es clave. Muchas veces ha fracasado en su intento de ligar por enfrascarse demasiado en sus trucos y no prestar atención a lo que la chica le dice. Lo peor de todo es que luego no se acuerda de que no se acuerda del nombre y al hacer el amago de ir a nombrarla y no salirle nada queda fatal, aunque peor aún queda cuando de repente recuerda el nombre y lo empieza a usar todo el rato para demostrar que se acuerda—. Pues, ¿sabes de dónde viene la terminación –ez de los apellidos españoles?

—No.

—¿Tú estudiaste latín? —esto lo hace para alargar la cosa, aunque alguna en este momento pasa de considerar a mi hermano como alguien interesante y distinto a considerarle pesado, pedante y friki.

—No.

—Bueno, no pasa nada, la cuestión es que en latín el caso que se utilizaba para decir que algo pertenece a alguien es el genitivo, como en inglés la s de John’s book, que significa que el libro es de John. En latín igual. —Entonces mira a la chica y le dice—: No te estoy aburriendo, ¿no? —Lo de sugerir a la chica que puede estar aburriéndose no es buena táctica, como una amiga le hizo notar un día.

—Para nada —dice ella usando ese «para nada» que Lázaro Carreter no consideraba del todo correcto en El dardo en la palabra, lo que hace desconcentrarse un poco a mi hermano, aunque no lo suficiente—. Pues resulta que en latín el genitivo de nombres comoRodericus-Hispania-Rex Rodericus o Fernandicus terminaba en –i, Roderici y Fernandici, y significaba algo así como ‘de Fernando’ o ‘de Rodrigo’ o ‘hijo de Fernando’ e ‘hijo de Rodrigo’, igual que Johnson significa ‘son of John’ o Setefanopoulos en griego es ‘hijo de Stefano’, porque poulos, como en latín pullus, significa ‘hijo pequeño’. También pasa en truco con –oglou, en georgiano con –shvili o en ruso con –of, -ov/-ova. —Esto suele tener más efecto si la chica conoce jugadores de fútbol de estos países, que no suele ser el caso—. Bueno, pues así Roderici y Fernandici en latín habrían dado por evolución —y esto no se acuerda nunca muy bien de cómo es— –iz, como en Muñiz, por ejemplo, o más frecuentemente –ez como en tu apellido. —Y mira a la chica con cara de haber resuelto un jeroglífico.

Pese al lío que monta mi hermano en torno a la historia —tampoco es que los expertos se aclaren mucho—, a las chicas en general les gusta o, cuando menos, les parece interesante.

Lo que nunca funciona es cuando mi hermano responde a la pregunta de a qué se dedica diciendo que es un experto en lengua o que se le da muy bien la lengua, poniendo cara obscena y a veces, y esto es cuando ya sí que no funciona, sacando la lengua y moviéndola como una serpiente, casi poniéndola bífida.

CUNY-logo-01Lo que sí que no funcionó, sino que hasta asustó, fue cuando estuvo de estancia en Nueva Isla en un centro que se llamaba CUNI (City University of New Island). Como mi hermano era un lingüista en Nueva Isla, su amigo y compañero de piso Francesc o Cesc, que también era lingüista, un día cayó en la cuenta de que eran CUNIlinguists (CUNIlingüistas), con clara referencia al latín cunnilingus, que significa… bueno, que ya sabemos lo que significa; y le dijo a mi hermano que tenían que presentarse así cuando conocieran chicas en los bares.

Menos mal que, al ponerlo en práctica, mi hermano contrarrestaba la entrada triunfal con el hecho de saberse todas las capitales de los estados de Estados Unidos, lo cual, aunque no lo parezca a priori, era tremendamente eficaz en el arte de la conquista.

La situación era más o menos la siguiente —traducida y condensada para facilitar la lectura—:

—¿A qué te dedicas?

—Soy cunilinguist. —Y ante la cara de sorpresa (o asco) de la chica y el consiguiente silencio seguía—: ¿De dónde eres?

—De Florida.

—Ah, ¿de Tallahasee?

—¡¡¡Sí!!! ¿Cómo lo sabes? ¿La conoces? Normalmente la gente me pregunta por Miami.

¡Hecha! La cosa tenía truco y es que en Estados Unidos la capital no es la ciudad más importante y, por tanto, generalmente la gente no conoce las capitales, lo que propicia que al habitante de la capital en cuestión le haga ilusión que alguien sepa de su ciudad.

(En este caso, a los que han visto La milla verde tal vez les haya sonado Tallahasee porque es donde le dicen a Del que está Villa Ratón, atracción turística adonde puede mandar a Mr. Jingles para que tenga una vida feliz.)

Lo de Mercedes Salisachs que ha salido antes es otro viejo truco de mi hermano. Dice que lo bueno de saber cosas es que siempre tienes algo que decirle a otra persona. Lo malo y de lo que no es consciente es que a veces eso incomoda a los demás, los cuales, como en el caso de Mercedes o como en la «prueba de septentrional», ya tienen que reconocer que no saben quién fue Mercedes Salisachs y disimular. Pero la cosa es que seguro que si le preguntas a mi hermano por el título de una sola novela de esta autora no te sabe decir ninguno, y eso que tiene alguna de ellas en las muchas estanterías de su cuarto.

El truco de relacionar el nombre suele usarlo primordialmente cuando el nombre de la chica es raro, porque en ese caso la chica suele saber con quién lo comparte. Por ejemplo, un día conoció a una Manon. Perfecto para sacar a colación a Manon Lescaut y más si resulta que, como en aquel caso, justo el nombre se lo habían puesto por la novela.

Si la chica se llama Jimena, mi hermano alude a doña Jimena del Cid, si se llama Ariadna, a la del laberinto del Minotauro y, si hace falta, cuenta la historia, que en mitología mi hermano también está versado. Lo importante es estar seguro de que no es lo típico que dice la gente porque eso a las chicas no les gusta. Por ejemplo, a Mercedes jamás habría que decirle nada relacionado con la marca de coches.

Pero no solo con el nombre de la chica, también vale con calles o ciudades; lo de las capitales de Estados Unidos es un buen ejemplo, aunque también si la chica vive en una calle con nombre de algún personaje es bueno saber quién es. Por ejemplo, un día una chica le dijo a mi hermano que vivía en la calle Gabriela Mistral y, claro, mi hermano sabía quién era esta escritora, y no solo porque se aprendiera en su momento la lista de los Nobel de Literatura. La chica se quedó admirada y le dijo que muy pocos chicos lo sabían. Como siempre, si la chica no sabe quién es, mi hermano será tildado de sabihondo, pero no importa porque si así fuera para mi hermano esa chica entraría en el saco de las que no tienen curiosidad y no merecería la pena.

¡Ah! También, para ligar con extranjeras, schalkeestá muy bien saber de fútbol, otra especialidad de mi hermano, porque el fútbol te da un amplio abanico de nombres de ciudades. Si no sabes de fútbol y una chica te dice que es de Gelsenkirchen, probablemente no sepas que es alemana, gracias al Schalke 04, y lo mismo con ciudades italianas como Ancona, Treviso o Sassuolo, por ejemplo.

10
Why?… Em Si Ei

Otro truco de mi hermano es el del Why?. Todo empezó cuando un amigo de Nueva Isla, Miles, su otro compañero de piso, le contó a mi hermano que de pequeño no ligaba nada y lo pasaba fatal y que para remediarlo se apuntó a un curso de autoconfianza en el que entre otras cosas enseñaban a ligar. Según decía, después de aquel curso, para él ligar empezó a ser facilísimo. De ese curso sacó el mencionado «truco del Why?». El día que lo explicó pidió que no lo contáramos, pero yo… no me puedo contener, como Nicky Jam en Travesuras.

Así que lo explico.

El método consiste en seguir una serie de pasos. Lo primero es empezar preguntando por lo que hace la chica; luego, sea lo que sea, repito, sea lo que sea, elogiarlo; luego relacionarlo con lo que uno hace, por muy diferente que sea, para demostrar que se tiene algo en común, y, al final, lo más importante y con lo que se quedó mi hermano, preguntar por qué o why?, es decir, preguntarle a la chica por qué ha elegido dedicarse a lo que se dedica.

PicsArt_1429181146827Lo de relacionar puede ser difícil, pero siempre hay alguna conexión. Por ejemplo, a mi hermano un día le dijo una chica que era bióloga. Mi hermano, sin pensárselo dos veces, lo relacionó con lo suyo diciendo que una vez hizo una poesía sobre un calamar (lo cual es cierto), aunque también podría haber hablado de las donkey sentences o, más simple aún, de 417805_554143061302376_83147983_nárboles sintácticos.

Miles aseguraba que nunca fallaba porque preguntando por qué o why? siempre salen cosas personales y la chica suele sincerarse y explayarse, ya sea porque lo que ha estudiado le gusta y entonces disfruta hablando de ello, ya porque le han obligado a hacerlo y entonces se empieza a quejar de que la familia la ha forzado a elegir una determinada carrera, pero que ella habría preferido hacer otra cosa; y entonces empieza a hablar de sus gustos igualmente. Para que funcione adecuadamente, eso sí, hay que hacer la pregunta con cara de extrema curiosidad. Así, funcionará tan bien como lo de soltar de vez en cuando un «¿De verdad?» o un «¿En serio?» para mostrar interés, como se dice que hacía Gary Cooper, o un «Usted tiene ojos de mujer fatal» de la obra homónima de Jardiel Poncela, o el «Eres perfectamente sexy y adorable» de Crazy, Stupid, Love, con el que ya sí que se conseguirá llegar a un nivel de flirteo a la altura de Ryan Gosling:

Cuando Miles le contó la historia, pidiendo que no difundiera el truco, mi hermano se quedó pensativo. Después de un tiempo de cavilación y sopesamiento llegó a la conclusión de que, verdaderamente, si a él le preguntaban por qué había hecho Filología Hispánica tendría que contar que fue porque le gustaba mucho la poesía y la literatura, pero que también se le daba muy bien la sintaxis, aunque también las matemáticas. Pero que no eligió Matemáticas porque sacó un 0 una vez en un examen Química y no había opción en Bachillerato de hacer Matemáticas sin hacer también Química y que si patatín patatán. Vamos, que tendría que sincerarse. Estaba claro que tenía que funcionar.

Por eso, desde entonces lo utiliza muchas veces. Y ya no solo para ligar; también para sacarle conversación a la gente en las típicas situaciones incómodas (mejor descritas con la intraducible palabra inglesa awkward) y así romper horribles silencios como los míticos de Ross y el novio de Phoebe en Friends:

Mi hermano resuelve estas situaciones preguntando:

—Oye, ¿y a qué te dedicas?

Después de lo cual, respondan lo que respondan, pregunta:

¿Y por qué? —y uno ya tiene mínimo para quince minutos de conversación.

Muchas veces a la gente le sorprende la pregunta, con lo normal e inofensiva que parece, y en el momento incluso se cortan, demostrando que hurga en lo más profundo de los sentimientos; que llega a la patata, vamos. Pero una vez pasada la sorpresa y el corte, cuando se deciden a arrancar, se desahogan, lo cual crea un estrecho vínculo con la persona, más aún si la persona le devuelve la pregunta a mi hermano. Mi hermano empieza entonces a recrearse con lo de la poesía y la sintaxis, pasando a «hacer un mi hermano», que como luego explicaré es como se llama a monopolizar una conversación hablando de uno mismo.

La verdad, todo hay que decirlo, es que, no sé si por el truco o por qué, Miles al final acabó casándose con una chica, no muy agraciada para el gusto de mi hermano, a la cual mi hermano le había presentado de broma en una discoteca para ponerle en un aprieto y ver cómo se deshacía de ella.

Pero, claro, en el amor nunca se sabe y para gustos los colores. De gustibus non est disputandum. Ya veremos en la próxima novela la importancia de los colores en el amor. Pero eso será mucho más adelante, después de la primera aventura, que está a punto de empezar.

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Muchos apellidos vascos o Casa con una puerta, mala es de cerrar

Otro día, cuando el grupo de amigos partíamos rumbo a una discoteca después de haber estado tomando copas en casa del Galgo, que es un amigo de la infancia de Pinar de San Martín, un barrio al noreste de Almagriz, al salir de casa, el propio Galgo cerró la puerta dándose cuenta justo al hacerlo de que se había dejado las llaves dentro y, no solo las llaves, sino la cartera y al perro. Como no había nada que hacer en ese momento, puesto que eran las dos de la mañana, decidimos postergar el problema a la mañana, con la esperanza de que para entonces, a pesar de ser sábado, estuviera el portero, que tenía una copia de las llaves.

Esa noche en la discoteca, mi hermano, entre otras cosas, empezó a hablar con una vasca. Últimamente, después de haberlo dejado con una novia del País Vasco, con la que estuvo algún tiempo, le había dado por encontrarse con chicas de esta zona en las discotecas. Esto no era muy de su agrado porque decía que se desmoronaba o que se venía abajo por los recuerdos. Aun así, ya que estaba, aprovechaba para sacar su repertorio de palabras sueltas en vasco. Las palabras las sabía porque su exnovia —o ex novia, que en caso de que ella ahora sea novia de otro sigue siendo una novia y no una exnovia, aunque sí es ex novia de mi hermano (con el ex separado)— porque su ex novia, pues, se las había enseñado, o, más bien, MUCHOS APELLIDOSporque mi hermano se las había sacado a la fuerza, puesto que a ella no le gustaba hablar con él en vasco, por mucho que mi hermano se empeñara en aprender. Obviando la voluntad de su ex novia, mi hermano llegó a hacer algún cursillo de euskera por internet, gracias al cual consiguió decir hasta «Me duele la cabeza» en esa lengua. Pero no solo su ex novia sufrió lo aprendido en estos cursillos, también mi hermano tuvo a bien hacernos sufrir una buena temporada, dándonos la chapa con el origen de los apellidos vascos, mucho antes de que sacaran la película de Ocho apellidos vascos. Esto empezó una vez que hubo superado la época del noruego y del famoso «Hva heter du?» para ‘¿Cómo te llamas?’ y el «Kan du stave det?» para ‘¿Puedes deletrearlo?’, repertorio que, todo hay que decirlo, le sirvió por lo menos para flirtear con una sueca en Canarias. —El sueco es muy parecido al noruego—.

Mi hermano decía que para saber el significado de los apellidos vascos basta con saber el significado de algunas palabras clave. Por ejemplo, etxe, significa ‘casa’ y berri ‘nuevo’. etxebe del castilloPor tanto, el apellido Etxeberria significa ‘casa nueva’, con lo que es igual que (o un calco de) Casanova o Cánovas. También con etxe está sagaretxe, que es un restaurante de Almagriz. Sagar significa ‘manzana’, por lo que el significado literal es ‘casa de la manzana’, que es lo mismo que ‘sidrería’. Y luego logo-loreak-mendianGoikoetxtea es ‘casa de arriba’. Otra palabra clave es mendi, que significa ‘monte’. Aparece en Mendikoetxea, ‘casa del monte’ o en el apellido del jugador del Madrid Illarramendi, que significa ‘monte de guisantes’. También en la canción Ikusi mendizaleak que significa algo así como ‘mirad montañeros’, si no me equivoco, y también en la marca Loreak Mendian, que significa ‘flores del monte’ (de ahí el logo de la florecilla). Otra palabra curiosa es Haran, que es ‘valle’, por lo que mi hermano dice que el valle de Arán es un pleonasmo o tautopónimo, porque significaría ‘valle del valle’ igual que el puente de Alcántara es ‘puente del puente’ o el desierto del Sahara es ‘desierto del desierto’, porque Alcántara y Sahara significan ‘el puente’ y ‘el desierto’ en árabe.

2015-04-21 12.07.51Así nos ilustraba mi hermano con estos y otros muchos apellidos vascos más (más de ocho, desde luego), algo que, después de todo, a la larga, cuando uno se daba cuenta de que era capaz de sacar el significado de uno nuevo que veía, tenía su gracia. He de confesar que para mí lo de Etxeberria fue una revelación tan grande como cuando descubrí que en muchísimas cremalleras pone YKK o que quicksilver significa ‘mercurio’ o que el apellido Smith significa ‘herrero’ y Schneider ‘sastre’ o que el logo de Chupa chups lo diseñó Dalí y el de La Caixa Miró.

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En esto de enseñar técnicas, la verdad es que mi hermano a veces es como Lao Tsé, es decir, que si alguien le pide que le ayude a pescar, él no se limita a pescarle un pez a esa persona, sino que le enseña a pescar para que pueda hacerlo cuando quiera sin necesitar que mi hermano esté.

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Pues bien, volviendo al vasco o euskera, en cuanto mi hermano conoce una chica vasca, por su carácter generalizador, da por hecho que como su ex novia aprendió antes vasco o euskera que castellano o español, todos en el País Vasco tienen que haber hecho igual, sean de donde sean. Bien es cierto que gracias a esto las vascas se libran, solo por su procedencia, de la prueba de septentrional. La chica de esta noche en concreto era de Bilbao y mi hermano empezó a soltarle su ristra o ringlera de palabras. Una de sus expresiones preferidas, para demostrar que va más lejos que un simple eskerrik asko, que de todos es sabido que significa ‘gracias’, es ez orregatik, que significa ‘de nada’; pero también tiene en su repertorio on egin, que significa ‘que aproveche’, y que a veces confunde con egun on que creo que es ‘¡buenos días!’. Generalmente las chicas le dicen que qué guay, pero que ellas no saben mucho vasco y él no se da cuenta de que le dicen esto para que pare.

En este caso procedió igual, es decir, no paró hasta que una vez pasado el Ni naiz, con el que se presenta, y después de unos cuantos apellidos, la chica le dijo que de verdad que no sabía mucho vasco, de una manera lo suficientemente antipática como para que hasta él se diera cuenta de que tenía que parar. Entonces pasó a la infalible «táctica de la mano» y siguió hablándole de otras cosas. Entre ellas le contó lo de que se habían dejado las llaves y que el problema es que tenían que volver luego porque estaba la perrita de su amigo dentro (lo cual no sonó muy bien), que, si no fuera por eso, su amigo podría irse a dormir con él y volver al día siguiente cuando estuviera el portero. Mientras contaba esto, de repente se le ocurrió hacerle a la chica una pregunta de esas raras suyas que no tienen sentido, pero gracias a la cual recibió la respuesta que ahora sigue. La pregunta fue:

—Por cierto, ¿no tendrás una ganzúa en el bolsillo?

A lo que ella con cara de resignación respondió:

—A ver, tío, que de verdad que no hablo vasco.

Viendo que la chica no tenía ni idea que ganzúa era una palabra del español, a mi hermano se le puso una cara de felicidad y satisfacción impropia cuando alguien te acaba de dar una mala contestación, pero típica de cuando él escucha alguna perlita de estas, como aquel día en el que, al salir de una película muy mala en el cine, Mufo (otro amigo de Pinar de San Martín) dijo: «¡Qué bodorrio de película!», queriendo decir «¡Qué bodrio!».

No obstante, en defensa de la chica hay que decir que, al día siguiente, mi hermano pensó que a lo mejor la palabra venía del vasco. La buscó y, efectivamente, así es, lo cual quita algo de gracia, aunque no mucha, al asunto, porque generalmente si alguien no sabe el significado de ganzúa mucho menos sabe que procede del vasco, aunque sí es verdad que suena a vasco. Es como si a alguien le pides un cigarro y te responde «A ver, tío, que no sé maya».

ganzúaEn fin, yo sé que preguntas raras como la de si alguien lleva una ganzúa en el bolsillo las hace mi hermano inspirado en películas. En este caso, por ejemplo, yo creo que lo de preguntar por algo que es difícil que se tenga en el bolsillo, lo sacó de los hermanos Marx, de la célebre escena de «la parte contratante» de Una noche en la ópera, en la que Groucho, que solo ve de lejos, está intentando leer un papel alejándolo lo máximo que puede con los brazos extendidos y, como sigue sin ver, le pregunta a Chico si tiene un chimpancé en el bolsillo.

Otras preguntas que hace a veces mi hermano sin venir a cuento son si la chica ha estado alguna vez en una prisión turca, tomado de Aterriza como puedas, o si a la chica le ha picado alguna vez una abeja muerta, de Tener y no tener. Cosas raras de mi hermano. A saber qué se le pasa por la cabeza o qué pretende cuando lo hace.

Antes de volver a intentar abrir la puerta del Galgo, para hacer tiempo antes de que llegara el portero, mi hermano, Quero (otro amigo de la infancia de Pinar de San Martín que luego será clave en la aventura que está a punto de llegar) y el Galgo fueron al bar de desayunos por excelencia de mi hermano, al que él llama don Pelayo, empleando una metonimia o sinécdoque (que sigo sin saber muy bien la diferencia), al nombrar a un bar por su objeto vendido, pues así es como se llama el queso de Tóldoz que allí ponen y que según mi hermano es el mejor que ha probado nunca. Ahí se les unió nuestro primo pequeño, al que se encontraron por la calle, y que fue clave para conseguir resolver la situación finalmente o al menos para poner un poco de cordura en lo que sucedió. En compañía de este primo, algunos años menor, mi hermano a veces ha estado ligando en discotecas, utilizando la táctica de primo mayor y primo pequeño con el mismo nombre, es decir, por medio de la «táctica de primos tocayos».

Ya en desayunas, es decir, habiendo desayunado, resultó que, al llegar a la casa, el portero no estaba. Mientras pensaban lo que hacer, un vecino que les vio en el portal y que se interesó por ellos incautamente les proporcionó el número de teléfono del portero. Digo incautamente porque mi hermano no dudó en llamar al portero —serían las ocho de la mañana— para ver dónde estaba. El pobre hombre le dijo que estaba de vacaciones. Entonces, no sé por qué, mi hermano le empezó a exigir que le dijera dónde estaba, quizás con la idea de acercarse a por la llave de la portería si no se había ido demasiado lejos, recibiendo la consiguiente y justificada indignación y la obvia negativa del portero. Prudentemente, nuestro primo le quitó el móvil a mi hermano y consiguió averiguar que no iba a haber portero suplente, por lo que tendrían que buscar otra forma de abrir la puerta. Como la chica vasca de la discoteca no tenía una ganzúa en el bolsillo o no sabía si tenía porque no hablaba vasco, se vieron obligados a estar hasta tarde intentando forzar la puerta. Probaron primero con un plástico que les había dado Estanislao, el dueño de don Pelayo, y luego con carnés que, aunque no les servían para nada, llevaban en sus carteritas de Purificación García, como el de puntos del cine o el de la biblioteca, incluso el del club Nintendo que el friki de Quero aún conservaba de cuando era pequeño. Para ayudarse vieron cómo se había que proceder en vídeos explicativos, pero ni por esas (con lo fácil que parece en las pelis), así que pasaron luego a la táctica de los dos alambres, que no eran sino anillas estiradas de un llavero, pero tampoco. Viendo que no conseguían su objetivo, mi hermano le dijo al Galgo:

—Pero ¿seguro que no te quieres venir a mi casa a dormir?

Y el Galgo insistía en que no podía dejar al perro dentro solo.

—Pero ¿por qué? ¿Es que te dan pena los de tu especie?

—Ja, ja. No. Es que no tiene pienso puesto. Bueno, sí tiene, pero es uno que no le gusta.

Esto activó un resorte en mi hermano, que dijo:

—Es que hay que joderse, macho —expresión típica suya—. Con la de gente que habrá dedicada a hacer comida de perros desde hace mucho me parece increíble que no hayan conseguido hacer una comida apetitosa para ellos.

—Ja, ja. Bueno, supongo que no será tan fácil y que dependerá del perro.

Aunque la respuesta del Galgo estaba cargada de razón, desde entonces empezaron a llamar el «síndrome del fabricante de comida de perro» a los casos en los que la gente se dedica en exclusiva a una cosa y no consigue avanzar nada.

Fabricantes de comida de perro aparte, el caso es que no consiguieron abrir la puerta. Entonces nuestro El llavero solitarioprimo, que seguía siendo el más sensato, preguntó si nadie más aparte del portero tenía una copia de la llave. La novia del Galgo tenía, pero estaba en un pueblo de la sierra, así que no había nada que hacer, aunque, pensándolo bien… ¡tate!, se les ocurrió que la asistenta del Galgo tenía una copia. Sin perder un segundo la llamaron, despertándola, por supuesto, y le pidieron que les mandara las llaves en un taxi, que ellos ya pagarían al taxista cuando llegara. Así ocurrió, las llaves viajaron en el taxi solas, como llavero solitario, y a su llegada el Galgo pudo entrar y mi hermano y compañía por fin se fueron a sus respectivas casas.

Al día siguiente, cuando mi hermano contó la historia en una cena familiar, precisamente en casa de este primo, todo el mundo les sugirió que deberían haber llamado al seguro, que vienen en veinte minutos aunque sea sábado. ¡Como si las sugerencias sirvieran para algo al día siguiente y no fueran tan inútiles como las puertas acorazadas que se abren en menos de cinco minutos con unas planchas que venden! Pero bueno, al menos para la próxima ya lo sabían.

12
La importancia de lo ausente o Fausto jugando a la rayuela

Como he mencionado más arriba, mi hermano un día descubrió que padece el síndrome de Fausto. Esto significa que quiere saberlo todo, no hasta el punto de vender el alma al diablo como Fausto, pero sí hasta el punto, por ejemplo, de agobiarse cada vez que entra en una librería y se da cuenta de todo lo que no ha leído. Como en la vida no hay tiempo para saberlo todo, a no ser que uno haga un pacto con el diablo, y, cuanto más sabe uno, más se da cuenta de todo lo que no sabe, mi hermano lo pasa fatal. 2015-04-28 13.36.52Es muy divertido ver cómo se estremece cuando alguien habla de una película que no ha visto o de un libro que no se ha leído. Se le ve cómo lo apunta en una lista mental; casi se le nota la lista en los ojos, una lista que luego, por supuesto, pasa a unos cuadernos que tiene. Cuando más se agita, hasta llegar casi a bizquear, es cuando alguien le dice, refiriéndose a una película o a una novela, «¡Ah!, pero que no la has visto» o «Pero ¿cómo no la has leído todavía?», y sobre todo si completan lo dicho con un «siendo filólogo».

Así que su vida, como la de cualquiera que padece este síndrome, es un continuo sufrir por todo lo que le falta por ver y leer. Y encima, por querer saber demasiadas cosas cultas, acaba dejando de lado el aprendizaje de otras cosas más cotidianas pero más importantes como abrir una puerta con una tarjeta o que se puede llamar al seguro para que te abran la puerta en caso de que se te queden las llaves dentro de casa.

Se enteró de que tenía este síndrome el día que descubrió por azar en internet una página donde aparecían los síntomas. Los que lo padecen son gente que tiene todos los libros de mil y una cosas que hay que hacer antes de morir —él los tiene todos menos el de mil vinos y mil campos de golf; tiene hasta el de mil y un sueños—, 1001 TRUCOSademás de gente que está todo el rato haciendo listas de lo que les queda por hacer, como mi hermano; es gente que necesita hacer varias cosas a la vez —una de las actividades preferidas de mi hermano es leer una novela a la vez que ve la adaptación cinematográfica, y rara vez no está mirando cosas en el móvil mientras ve una película o pensando en el siguiente libro que debería leerse mientras se está leyendo otro—; es gente que sabe de muchas cosas, pero poco, porque no tienen tiempo de profundizar y así, si se les pide que desarrollen alguna respuesta, son incapaces de hacerlo —como mi hermano—; es gente muy buena jugando al Trivial —mi hermano lleva toda la vida jugando solo y buscando las respuestas que no sabe en la Wikipedia— o en los concursos de la tele —es un adicto a los concursos como Saber y Ganar; hasta se enfada con los que tienen preguntas demasiado fáciles—.

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Y además, tal y como él ha temido siempre que le pase, los que padecen el síndrome son gente que llega a un punto en el que tienen toda la memoria ocupada, por lo que para aprender algo nuevo necesitan olvidar otra cosa. Mi hermano tiene malísima memoria, además de problemas para relacionar entre sí las cosas que sabe. Hay muchas preguntas del Trivial que podría saber reflexionando, pero en cuanto no sabe una respuesta directamente se bloquea. Es también muy gracioso ver en sus ojos lo que parece el reflejo de sus neuronas sudando. Menos mal que otras veces, cuando está seguro de que sabe algo, pero no le sale el nombre, le ayuda poner en práctica su truco de ir letra por letra del abecedario mentalmente («A, B, C, D…»), muy rápido, hasta que de repente le sale la palabra. Este truco le funciona sorprendentemente bien.

Ahora que se ha quedado en el paro, mi hermano se ha hecho un plan para ir viendo y leyendo todo. De ahí que se le suela oír describir repetidamente su paradójica situación de esta manera: «Estoy en paro, pero no paro». Lo ideal para él en su proceso de abarcarlo todo es ver la adaptación cinematográfica de una novela histórica, porque así se quita de una tacada una novela y una película y, además, se entera de algún hecho histórico. Eso sí, las novelas en español dice que hay que leerlas y no ver adaptaciones, a no ser que sean películas que aparecen en las listas, como Los santos inocentes de Mario Camus, por ejemplo (que además se puede ver a la vez que se lee la novela de Delibes en la que se basa). Le enfada mucho, no obstante, cuando le recriminan haber visto una adaptación de un libro en vez de leérselo, siendo él filólogo.

Antes de quedarse en paro, más que leer y ver cosas, como no tenía demasiados ratos libres seguidos, se pasaba horas yendo de una página a otra de la Wikipedia, hasta que un día consideró que, aunque a pequeños ratos, era mejor ir leyendo libros y viendo películas. La razón fue que cayó en la cuenta —y así nos lo ha repetido muchas veces— de que los datos y los conocimientos se pueden olvidar y perder, pero de las pocas cosas que nadie te puede quitar en la vida es el haberte leído un libro o el haber visto una película, y mucho menos si te vas haciendo una lista de las cosas vistas y leídas.

Una de las tácticas que se le ocurrió para avanzar más rápido en este camino fue  —y no es broma— ver las películas aceleradas. Al principio decía que esto solo se podía hacer poniendo subtítulos —él lee muy rápido— porque, si no, a veces no se entienden bien las voces, pero ahora ya lo hace de cualquier forma. Ha llegado a ver alguna película a 2.00x en VLCVLC (el programa del conito), a doble velocidad, vamos, aunque su velocidad media es de 1.75x. Si le preguntas, te dirá que las películas se entienden igual o mejor porque no te distraes tanto y te aseverará que la voz no suena como si hubieran tragado helio; simplemente se consigue que los largos paseos por el campo o los a veces innecesarios silencios pasen más rápido. Supongo que esto se le ocurriría viendo la lentísima Muerte en Venecia de Visconti, que creo que fue para él una tortura, y eso que se leyó a la vez la novelita de Thomas Mann en la que está basada.

En cualquier caso y en resumidas cuentas, por muchos trucos que haga, como mi hermano quiere saberlo todo, acaba por sentir que no sabe nada y más cada vez que alguien sabe o parece saber algo que él no sabe. ¡Qué diferencia con la misteriosa y ambigua frase que escribió siendo pequeño!: «Lo bueno de esta vida es que todos saben algo que yo no sé».

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Bien es cierto que ya no lo pasa tan mal como lo pasaba al principio pensando, al ver que otros sabían más que él, que sus esfuerzos eran en vano. Todo fue gracias a que un día leyendo algún libro sobre la Psicología de la Gestalt (como la chica de La hierba bajo el asfalto de 84) descubrió el principio o ley de la continuidad o cierre. Este principio se basa en la idea de que si vemos una serie de líneas discontinuas que formarían un círculo tendemos a ver o a formar el círculo completo en nuestra cabeza.

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Mi hermano aplica esto a la cultura asumiendo que cuando vemos que alguien sabe algo sobre un rey de Inglaterra, por ejemplo, cerramos el círculo y tendemos a pensar que se sabe toda la historia de Inglaterra y seguramente toda la historia de Europa, cuando a lo mejor esa persona sabe eso simplemente porque lo acaba de ver en alguna serie, pero no tiene ni idea ni de quién era Enrique VIII. O, si vemos que alguien tiene muchos libros en casa, tendemos a pensar que se los ha leído todos. (Por ejemplo, en un momento voy a citar Rayuela y podréis pensar que soy un experto en Cortázar o en la literatura hispanoamericana o, incluso, en literatura en general, pero no es así, es simplemente que es el libro que actualmente estoy leyendo.)

Phonto(9)Mi hermano llegó a la conclusión de que hay veces que es mejor no dar demasiados datos a la gente para así dejar que la imaginación de los demás, que suele tender a lo máximo, vuele y nos valoren más. Si damos demasiados trazos, los demás acabarán apreciando una figura más real y definida y por tanto menos fantástica y perfecta o menos suya que la que podrían haber imaginado con pocos datos. Solo así es como a veces se reconforta mi hermano cuando alguien sabe o parece saber algo que él no sabe.

Curiosamente, algún tiempo después de llegar a esta conclusión, mi hermano leyó que Cortázar en Rayuela expone una teoría similar aplicando la Psicología de la Gestalt al proceso creativo en las novelas. Cortázar afirma que a la hora de escribir una novela es importante dejar líneas sin pintar para que la imaginación del lector las rellene, hasta el punto de que, como él dice, a veces las líneas ausentes son las más importantes.

También es importante no estar a veces en algunos sitios, como veremos. Por eso, por hoy ya dejo de hablar de mi hermano, con el fin de que vuestra imaginación, con los suficientes trazos que hasta ahora he dado, vuele y rellene esas líneas ausentes de mi relato, permitiéndoos imaginar a mi hermano en situaciones que a mí jamás se me ocurrirían.

13
Los sesgados requisitos de mi hermano para no tener novia

Siendo como es, podría parecer normal que mi hermano no tenga novia, pero como he dicho antes, con tanta tontería liga bastante, y ha tenido varias novias, alguna ya mentada y otras a las que no tendré más remedio que referirme a lo largo de este relato. Después de todas las historias y los desastres en sus relaciones, la experiencia ha hecho a mi hermano ir formándose en la cabeza una lista de requisitos para una novia, muchos de los cuales ni él mismo entiende, con lo que ha acabado por hacerse imposible que encuentre ya una novia de su gusto; está, digamos, estancado en la soltería.

En primer lugar él dice que su novia tiene que ser guapa, pero más que eso, que le tiene que gustar. No importa si es muy guapa si a él no le gusta. Y si es rubia, mejor, aunque todas sus novias han sido morenas.

Además, superada la prueba de septentrional, a su novia le tiene que gustar leer, pero no de una manera friki, sino de una manera comedida. Y le tiene que gustar la poesía, sobre todo, tiene que saber de poetas extranjeros, para poder sugerirle a mi hermano poesías que leer de autores como Kavafis o Leopardi, es decir, para ahorrarle trabajo, porque mi hermano es de los que dice que hay que leer mucha poesía para encontrar un buen poema o, remedando a Gandhi con el cristianismo y los cristianos, dice que le gusta la poesía pero no le gustan los poetas, refiriéndose, sobre todo, a la poesía (entre comillas) actual. Dice que toda poesía debería parecerse a «Puedo escribir los versos más tristes esta noche» de Neruda o a algún poema de José Ángel Buesa como «Se deja de querer»:

Además a su novia le tiene que gustar el cine y tiene que saber de actores y directores y tiene que poder reconocer actores secundarios, tipo Brendan Gleeson, aunque, eso sí, no puede saberse tantos como él. Phonto(10)Y en ningún caso podrá quejarse de que una película esté en blanco y negro; pero además no será de las que solo puede ver películas en versión original ni de las que solo puede ver películas dobladas. Mi hermano odia cuando la gente le recrimina no haber visto una película en versión original; pero también cuando se ríen de él por ver una película en turco.

Y a su novia le tienen que gustar determinadas series, generalmente las que haya visto él, o, al menos, las que estén en su lista para ver. Es imprescindible que a su novia le gusten y que recuerde escenas de Friends, Los Simpsons, Castle y Big Bang Theory.

En general, además, tiene que ser una persona que muestre interés por las cosas. A mi hermano no le importa que su novia no haya visto tal o cual película o que no haya leído tal o cual libro, pero tiene que demostrar que al menos los conoce y que le gustaría verlos o leerlos. No puede ser que le hable a una chica de Sentido y sensibilidad y ella le responda que no ha visto esa película, sin tener ni idea de que además es un libro de Jane Austen, como le pasó con su novia de Santaél, la «sordomuda», cuya historia luego será convenientemente contada. Tampoco puede consentir que una chica no sepa quién es Kafka y para colmo se defienda alegando que no le puede pedir que sepa cosas de literatura. «¡Pero si hasta la palabra kafkiano está en el diccionario!». Él considera que no se está comportando en este caso como los de «Ah, pero que no has leído…»; hay cosas que hay que saber porque salen en muchos sitios, igual que lo de septentrional.

Y su novia tiene que tener capacidad para reflexionar sobre gramática y conocer curiosidades de la lengua o, al menos, estar interesada en ellas; pero mejor si no es lingüista. Y le tiene que gustar el arte. Si es capaz de explicarle cuadros en un museo, será muy de su gusto. Puede que este punto no se entienda bien porque a mi hermano no le gusta ir a museos, pero él se justifica diciendo que no le gusta ir a museos si no es con guía, por lo que si su novia hace de guía entonces sí que le gustará ir a museos. Y lo mismo a la hora de visitar ciudades. La cuestión es que para él, si la información no es evidente como en la Wikipedia, no se siente cómodo. Bien es cierto que podría estar en el museo viendo la Wikipedia en el móvil, pero, si hay alguien que se lo explique, mejor, que así se puede mirar a la vez.

Y también le encantará que su novia sepa identificar árboles y flores, que es uno de los puntos débiles de mi hermano y es algo difícil de aprender por internet. Es lo malo de haber elegido letras en el colegio. Hay cosas, como el nombre de las plantas o la filosofía, para las que sí que sirve ir al colegio; si te las explican bien, claro. Algo parecido ocurre con los olores. Los tienes que vivir en directo. Por ejemplo, mi hermano lleva años preguntándose (como la del anuncio de Evax, mutatis mutandis) a qué huele el almizcle, olor que un día oyó mencionar a nuestra madre. Pero por internet es imposible saber cómo es un olor, incluso el de las cosas que sí que huelen.

Por otro lado, a su novia le tiene que gustar el fútbol, pero poco; lo justo para poder hablar sin opinar o, mejor dicho, sin poder refutar las opiniones de mi hermano.

Y le tiene que gustar salir por las noches, pero dependiendo. No puede ser muy empalagosa, pero tampoco muy despegada. No puede tener muchos detalles, pero mucho menos pocos. No puede ser agradecida en exceso, pero tampoco desagradecida.

Ah, y por supuesto, mi hermano jamás va a poder tener una relación a distancia, así que jamás estará con una chica que viva en otra ciudad, y eso que sus novias casi siempre han vivido fuera de Almagriz centro. La razón por la que no puede tener una relación de este tipo no es otra que porque odia hablar por teléfono y, mucho más aún, por Skype o cualquier otro sistema de videollamada. Siempre se acaba peleando porque no se le entiende bien. Esto le lleva pasando desde pequeño cuando se negaba a hablar con nuestros padres cuando estábamos de campamento o en la finca de nuestros abuelos, por ejemplo. 1430747729763Dice que odia hablar por teléfono porque él es muy expresivo con los gestos y con el teléfono se agobia. Aunque esto no debería ser un problema con las videollamadas, dice que en ese caso también se agobia porque le parece algo muy artificial.

Tampoco ayuda mucho, aunque sea en broma, que, cuando se va a ir de estancia al extranjero, les diga a sus novias, cuando le preguntan si las va a echar de menos, que las va a echar tanto de menos que se va a tener que buscar a otra para consolarse.

Todos estos y alguno más que ya recordaré conforman la lista de requisitos de mi hermano para elegir a su futura novia, los cuales, según él, son fruto de la experiencia y, como tales, axiomáticos, incuestionables e irrebatibles. Pero, vamos, por mucho que él considere que la que cumpla estos requisitos será su novia perfecta, yo sé que si encontrara alguna así, se cansaría de ella a la semana y, con mayor probabilidad, ella de él. Mi hermano en verdad quiere otra cosa, como se ha demostrado con el tiempo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Ahora supongo que se entenderá por qué mi hermano, aunque haya tenido, ahora lleva tiempo sin tener novia. Él se justifica diciendo que igual que Mark Twain consideraba que una obra maestra es la que nadie quiere leer, pero que todo el mundo quiere haber leído, para él no es bueno tener novia, pero sí que es bueno haberla tenido. Por eso se limita a mantener una relación con una serie de chicas, a las que él llama novias, con las que simplemente habla de vez en cuando por el WhatsApp y a las que a veces ve, generalmente porque se encuentra con ellas por las noches en alguna discoteca. Una de estas, por ejemplo, es una chica de Santaél, con la que nunca se ha besado, de hecho prácticamente ni se han visto, como luego contaré, y a la que, sin embargo, llama «novia de Santaél» por todo lo que hablan por el WhatsApp y la cantidad de intimidades que saben el uno del otro. Pero tiene muchas otras «novias», como él las llama, que ya irán apareciendo.

La filosofía de que es bueno haber tenido novia la usa también al hablar de los viajes. Mi hermano no es muy aficionado a los viajes, pero dice que, aunque le da mucha pereza viajar, le encanta haber viajado. Asegura que viajando se aprenden cosas que luego no se olvidan tan fácilmente como cuando se leen y, por eso, hace el esfuerzo de viajar más de lo que le apetece. Pero él se refiere a viajar de verdad, no a viajar siguiendo esa moda de viajar por viajar que impera ahora, motivada, según él y según una frase que leyó en La insoportable levedad del ser, porque la gente necesita viajar para encontrar la felicidad que no encuentra en su casa, sin darse cuenta de que si no encuentran la felicidad en su casa, no la van a encontrar en ningún sitio, almagriceñospor muy lejos que viajen o por muy exótico que sea el país al que viajan. Dice que de repente se pone de moda un país y la gente entonces se muere de ganas de ir, cuando no habían oído hablar de ese país en la vida. Mi hermano en esto tiene ventaja, porque como se sabe las capitales de todos los países, por narices ha oído hablar de todos ellos.

Con lo de los viajes, lo que más nervioso le pone es la gente que dice que quiere conocer «nuevas culturas». «Si tanto interés tuvieran —dice indignado— verían antes los documentales de la 2 de los viernes o Almagriceños por el mundo». Al fin y al cabo, como más o menos dice Pessoa, lo que vemos cuando viajamos es solo lo que somos. Para eso uno se queda en casa, que encima es más barato.

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El síndrome de la urraca furiosa

Además, a mi hermano le encanta acaparar cosas en su cuarto, no en plan Diógenes (que Diógenes hacía lo contrario: teniendo como pertenencias solo un barril y un vaso para beber, un día que vio a un niño beber con las manos, se dio cuenta de que ni siquiera necesitaba el vaso y lo tiró), sino en plan urraca, y no solo objetos brillantes.

2015-05-08 12.11.25Nuestra madre le dice que no es normal que tenga tantos libros, que no puede ser que se los esté leyendo todos a la vez. Pero él dice que sí, que es que ella solo entiende lo que es leer, pero que no entiende lo que es consultar; que él tiene los libros para consultarlos si de repente le sale algún nombre de alguien en una novela. A pesar de su aparente convicción a la hora de defender su postura, siempre se ha sentido un poco raro. Otros no lo hacen y él no concibe que la gente no consulte. Por eso le regocijó tanto encontrar un día en Rayuela un personaje que decía que le gusta tener los libros cerca.

Con Cortázar de su parte, desde entonces justifica su urraquismo con más convicción. Hasta pone ejemplos. Dice que el otro día le salía todo el rato el Orlando furioso de Ariosto en Bomarzo. Pues si tiene una antología de poesía europea al lado puede saciar su curiosidad leyendo algún fragmento de esa obra. orlando furiosoSi ese libro estuviera en otro cuarto, le daría pereza levantarse, o más bien le desasosegaría salir de la burbuja que en torno a él se forma cuando está leyendo en su cama por la noche, una burbuja de la que, a modo de tonel, no le sacaría ni el mismísimo Alejandro Magno.

Así, en el caso de Orlando furioso, dice, si no hubiera sido porque tenía a mano dicha antología, se habría perdido un pasaje tan bello como aquel en el que se compara el intento fallido de expulsar un dolor grande del alma con una vasija en cuya boca se acumula mucha agua y acaba saliendo poca, pasaje que, por supuesto, compartió en Facebook en cuanto pudo, sin conseguir, como le suele pasar con estas cosas, ni un megusta; no así con fotos ridículas suyas que sube.

Aparte, mi hermano siente que si no tiene en su cuarto los libros que aparecen en sus listas de pendientes, los olvida y al final no se los lee; su cuarto es como un paso previo a la lectura, como un purgatorio para los libros. De esta manera, no olvida ningún libro en su camino por la dorada literatura, camino en el que anda errante, como Diógenes con su candil buscando hombres honrados a plena luz del día, en busca de libros que merezcan la pena. En ese camino, indignado o furioso (como Orlando) por el supuesto brillo de algunas obras maestras, un día exclamó: «¡Más valdría, en verdad, que una urraca se lo coma todo y acabemos!».

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No es literatura para viejos

Sumergido entre tanto libro, mi hermano un día saltó al leer un artículo sobre la llamada alta literatura en una revista:

—¿Pero por qué tiene que ser alta literatura lo que ellos digan? ¿Por qué es menos literatura la que se centra en el contenido y en el argumento que la que se centra en la forma? Yo entiendo que haya gente a la que le guste una novela por la forma en la que está escrita o el estilo y no por el argumento. ¿Por qué ellos no pueden entender que a mí me guste otro aspecto de la literatura? «A los que nos gusta leer», dicen. ¿Qué pasa, que los que se leen El código Da Vinci o algún libro de Santiago Posteguillo no se lo pasan bien leyendo? ¿Qué pasa, que esa literatura no es buena porque lo dice todo de manera directa, rápida y entretenida? No hay derecho a que la gente que se inventa lo que es la literatura, porque así lo es para ellos, impongan los criterios para valorar una obra. Como si la literatura fuera suya. Pues a mí me gusta también leer obras que se centran en el argumento y no tengo por qué criticar a los que disfrutan con la forma y el estilo.

»Además, ¡qué narices!, a mí también me gusta leer poesía. ¿Soy por ello mejor lector que el que se lee un best seller? ¿Me gusta más leer? ¿Por qué tiene que haber alta y baja literatura? ¿Por qué no se puede hablar de distintos criterios a la hora de valorar una obra? Ya estoy harto de la gente que, no estando conforme con lo que hace, se dedica a menospreciar lo que hacen otros para así sentirse superiores. ¿Por qué alta literatura? ¿Porque es demasiado elevada para los que no disfrutan de la lectura? ¿Es inaccesible para ellos? ¿Por qué no se lo pasa bien cada uno como quiera y deja a los demás en paz?

»Y luego se quejan de que la juventud actual no lee. ¿No lee o no lee lo que ellos quieren? Claro, como a la juventud siempre se la considera idiota… ¡Qué buena manera de hacer que la humanidad avance!

Dicho esto, mi hermano se serenó y en un acto de rebeldía se puso a leer la Wikipedia.2015-05-12 12.28.34

Como en cualquier arrebato, mi hermano, por arremeter contra determinado tipo de personas, la tomó con aquello que defienden, sin ser del todo consecuente con lo que él siente al respecto.

En cualquier caso, a raíz de este disgusto, quizás para vengarse, empezó un blog en el que pone nota a películas y libros que va viendo y leyendo. En el ranking llama la atención ver que novelas clásicas muy valoradas por los críticos como La busca de Baroja, La colmena de Cela o La saga/fuga de J. B. de Torrente Ballester y películas de Hitchcock, de Woody Allen y de Almodóvar están en una posición más baja que libros como El código Da Vinci y Africanus o películas como Ahora me ves, comedias del tipo de American Pie y Dos tontos muy tontos y películas de acción tipo La Roca o Kick-Ass. Y a él le encanta que así sea.

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Una aventura es más divertida si huele a lingüística

A cualquiera que le conozca seguramente le habrá sorprendido esta postura de mi hermano, con lo que a él le gusta el buen español y aprender palabras raras, pero una cosa no quita la otra. De hecho, en su ranquin el primer puesto lo ocupa la segunda parte del Quijote, que tiene un 9,1. Esto no quiere decir que la primera parte le parezca peor, lo que pasa es que se la leyó antes de empezar el blog. Es cierto que sufrió una pequeña decepción leyéndose esta primera parte porque iba en busca de «Con la iglesia hemos dado, Sancho», que aparece en la segunda. Pero eso no impidió que disfrutrara enormemente con la forma de escribir de Cervantes. Le encanta. Sobre todo la forma en la que trata la locura. A mi hermano le embelesa la manera en la que el Quijote y Sancho se convencen continuamente uno a otro intercambiando alocados argumentos. También le encanta, por cómo se trata la locura, «El licenciado Vidriera» de las Novelas ejemplares, aunque no otras obras suyas.

Don TorrenteSi con algo sueña de verdad mi hermano, es con poder escribir algún día algo tipo el Quijote. Asegura a este respecto que las películas de Torrente tienen tanto éxito porque imitan el estilo de esta obra de Cervantes. Además de que ambos se creen lo que no son, uno policía y otro caballero, en todas las pelis de Torrente hay un secundario (Javier Cámara, Gabino Diego, Jesulín, etc.) que hace de escudero y cree fielmente a su amo. Además el personaje de Torrente, como don Quijote, tiene alucinaciones, pasiones, una idolatrada amada, así como otras muchas similitudes que por desgracia mi hermano ya ha relegado al olvido, después de que un sabio profesor de la universidad le desaconsejara hacer un trabajo sobre el tema, al considerar la idea una paparruchada, majadería o pampirolada.

Pero no solo Cervantes, también hay otros autores famosos y clásicos como García Márquez que tienen algún libro en una posición alta en el ranquin de mi hermano. No faltan La divina comedia, la Ilíada o la Odisea, entre las obras que superan el 8. Incluso la Eneida. Y mi hermano no es el típico que ensalza falazmente obras para no reconocer así la posible pérdida de tiempo acarreada por su lectura. Esto se ve en que se salvan por los pelos La Regenta y algunas obras de Baroja y Azorín, y que no se salvan, por ejemplo, obras de Vargas Llosa, Pérez Reverte ni, en general, de la mayoría de autores modernos, tanto españoles como extranjeros. Entre sus libros más odiados está El alquimista, obra para él irritantemente sobrevalorada. Pero, claro, es que, por no salvarse, no se salva ni Fausto. Si no fuera por el Quijote y por La casa de los espíritus, que no le gustó nada, se podría pensar que a mi hermano solo le gustan las novelas femeninas, es decir, las que empiezan por la.

Pero sin ninguna duda el Quijote está para él muy por encima de cualquier otra obra. Si mi hermano se tuviera que quedar con algún libro aparte del Quijote, probablemente sería La lluvia amarilla de Julio Llamazares o alguno de los libros que se suelen leer en la adolescencia, como Demián, El extranjero o El túnel. Pero él mismo reconoce que su criterio entonces no era de fiar. Aunque, bueno, yo creo que el de ahora quizás precisaría, para ser estimable, una lectura más pausada, no la atropelladamente fáustica que últimamente practica.

Quizás la obsesión con el Quijote de mi hermano fue el germen de la aventura que, como tal, está a punto de llegar. Al fin y al cabo, no debe ser muy sano enloquecer con una novela en la que el protagonista a su vez se vuelve loco por leer novelas. Por suerte, mi hermano, que yo sepa, de momento no ha leído libros de caballería, pero le basta con leer otro tipo de libros y ver películas sin parar, varias seguidas, para entrar en punto y coma, que no supone una pausa más larga que el coma, como ya vimos, pero sí una pausa que separa en mayor medida la realidad de esos momentos de entusiasmo lector y espectador. Y esos momentos, por supuesto, ocurren en los ratos libres en los que mi hermano no está leyendo libros y artículos de lingüística y gramática, los cuales sin duda también tuvieron que enfervorecerle de alguna manera a la hora de acometer la aventura que está a punto de suceder.

Quizás la aventura en este relato no sea del estilo de las de Julio Verne, como aquella que quiso emprender con su amigo Óscar, el de Roldana, no el del JAEIC, el día que soñaron con hacerse a la mar navegando en lo que ellos llaman pedalímetro, pero que creo que se llama pedaló o velomar, historia que si viene a cuento relataré más adelante. No. Esta es más bien una aventura lingüística, aventura que en otros tiempos y situaciones podría haber sido aburrida, pero que, como podréis comprobar próximamente, de la mano de mi hermano, resultará divertida, disparatada y desproporcionadamente didáctica; tal vez sandia en ocasiones, pero una gran aventura al fin y al cabo.

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Los lingüistas somos gente honrada

De vez en cuando, y con esto nos vamos acercando a la ya varias veces anunciada aventura, mi hermano sale a dar una vuelta con un amigo al que, sin ser filólogo como él, también le encantan la lengua y sus curiosidades. Se llama Queremón (nombre que curiosamente comparte con un gramático estoico) y es a quien me he referido antes como Quero, que es el hipocorístico con el que le llamamos. Quero es el perfecto complemento de mi hermano porque le interesa mucho la gramática. Aunque de lo que de verdad sabe mucho es de curiosidades de la naturaleza, es decir, de animales, plantas, minerales, dinosaurios, elementos químicos y demás. Baste decir que uno de sus autores favoritos es Asimov. Quero acabó estudiando Derecho, después de dejar Biología en cuarto, desilusionado porque, como les pasa a muchos (incluso a mi hermano con Filología), la Universidad no es ni mucho menos lo que uno espera cuando decide estudiar lo que de verdad le gusta sin tener en cuenta las posibles salidas.

Mi hermano siempre se queja de que no hay derecho a que le preguntaran en un examen de Literatura de la Universidad por el nombre de la madre del protagonista del libro que se tenían que leer (en el colegio todavía, pero en la Universidad no), o a que le pusieran peor nota por haberse leído varias versiones de la historia de Prometeo y confundirlas, cuando para el examen solo le exigían leerse la de Esquilo; o —y esto es lo que más le molesta— a que le preguntaran por la biografía de una poetisa de la Generación del 27, en vez de preguntarle por alguna cuestión poética de las que le extasiaban por aquella época.

En este último caso lo que más le molesta es que le suspendieran la asignatura de Poesía del siglo XX. A él que se considera un gran poeta, a él que nació el día después de que muriera Vicente Aleixandre y del que, por tanto, (aunque no le gusta demasiado) se considera la reencarnación; a él que nació el día de san Juan de la Cruz, que es el día de los poetas; a él que, según dice, es poeta de más altura que el mismo Keats, pues si Keats medía exactamente cinco pies, mi hermano descubrió un día, al medirse en Nueva Isla, que mide exactamente seis pies, es decir unos 1,8235 metros (viendo lo cual, por cierto, empezó a considerar que es un estándar de la naturaleza y que tienen que llevarle a París para ponerle al lado de la barra de iridio y platino que sirve como patrón de medida del metro).

Pero, claro, como todo lo malo le tiene que servir a mi hermano para algo, este suspenso reafirmó su idea antes mencionada de que, como al licenciado Vidriera, y como le pasaba a Gandhi con el cristianismo, a él le gusta la poesía, pero no le gustan los poetas. Los días que sale el tema de su suspenso, después de lamentarse amargamente, se contenta diciendo que no pasa nada por que le suspendieran la asignatura de poesía del siglo XX, puesto que, claro, al fin y al cabo, él es un poeta del siglo XXI.

Pero, a lo que íbamos. El caso es que Quero y mi hermano se van de vez en cuando a correr juergas y andanzas lingüísticas, es decir, parten en busca de curiosidades que salen de las bocas de las gentes al hablar, no satisfechos (de satis que significa ‘bastante’ en latín) con lo mucho y muy sustancioso que se escucha en la televisión o en la radio o con lo mal que se escribe ahora en los periódicos. Estas correrías suelen tener lugar en los vagones del metro o por las calles del centro de Almagriz. Generalmente mi hermano es el que toma la palabra.

Así, uno de esos días mi hermano le iba diciendo en el metro a Quero:

Escribir bien y hablar bien es de gente buena. Porque el que es cuidadoso con el lenguaje y con las palabras que emplea es cuidadoso en todo lo demás. El que respeta las normas lingüísticas y, más aún, el que las respeta y las entiende, también respeta y entiende las normas cívicas, y esto le da un poder crítico para distinguir cuándo una norma es justa o injusta. Y el que siente curiosidad por el lenguaje es curioso en todo y el que es curioso no puede hacer mal porque el curioso tiende a dejar que las cosas ocurran en su forma natural para analizarlas. Otra cosa es que a veces sienta la necesidad de intervenir para corregir a los que utilizan mal una lengua y explicarles cómo se debe usar, para así brindarles la oportunidad de ser cuidadosos también.

Quero asentía porque estaba completamente de acuerdo. Mi hermano proseguía:

—Y además de escribir y hablar correctamente es preciso tener un extenso vocabulario para así poder reproducir de la manera más fiel posible los pensamientos de uno, pues no hay sentimiento más hermoso que el ver los pensamientos plasmados en algo físico como son la voz o la escritura. Significa capturar algo etéreo y demostrarnos a nosotros mismos que es real. De esa manera es fácil conquistar a las personas. Es como si les transmitiéramos el pensamiento por telepatía. Cuando la forma de expresarnos no refleja minuciosamente lo que pensamos, entonces otros podrán entender con razón algo distinto de lo que queremos manifestar. Se podría decir que les estamos engañando. Así que el buen uso de una lengua es esencial para nuestra relación con los otros y, por tanto, es deber y reflejo de la buena persona hablar y escribir bien porque esto significa que desea relacionarse de la mejor manera posible con los demás.

En ese momento justo llegaron a la estación de Quevedo.

respeta las normas

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El lingdar, que no língdar, o En ocasiones veo palabras

Pero mi hermano no es el típico que corrige o censura los errores de los demás. Todo lo contrario. Como iremos viendo, lo que de verdad le interesa a mi hermano es estudiar la forma natural en la que las personas se expresan. Por eso él se define más bien como lingüista teórico que como filólogo. Ya he aludido antes a su chomskyana idea de que el lenguaje es algo natural en el hombre. Por supuesto, como voraz lector, hay algunas cosas que le rechinan, pero siempre trata de buscarles explicación. Lo malo es que la gente, sabiendo que es filólogo, le exige saberse todas las normas ortográficas y cuándo algo está bien o mal dicho. También le exigen, y esto le irrita bastante, saberse el significado de todas las palabras del diccionario.

—Pero, ¿cómo quieren que me sepa todas las palabras del diccionario? ¡Es imposible! —se lamenta.

Y eso que, como sabemos, mi hermano dedica muchas horas al pormenorizado estudio de los diccionarios. Por eso, lo pasa tan mal cuando alguien empieza «A que no sabes lo que significa…». Y es que los errores más graves los cometen las personas que más saben, pues son a los que con mayor rigurosidad se examina.

Una vez, después de contarle a su amiga Margarita de la VEI (Vía del español ideal)escudovei, donde trabajaron juntos, la táctica de septentrional con las chicas, Margarita se rió —pongo rio con tilde desoyendo precisamente a la VEI, igual que hago guión— y le pidió permiso para contarlo, a lo cual él le contestó que sin duda, que precisamente él estaba pensando en escribir una novela en la que el protagonista le hiciera esa pregunta a las chicas por la noche. Entonces Margarita se acordó y le contó:

—Pues yo tenía algo parecido. Una amiga profesora me dijo que hay una palabra que los niños del colegio nunca saben lo que significa, pero que lo ha probado con adultos y tampoco lo saben.

Mi hermano preguntó temblando y con la voz del niño de El sexto sentido:

—¿Cuál?

—¡Vadear!

—…

—¿Tú sabes lo que significa?

—¿Vadear? Eh… —y se puso a pensar, pero aquí no le funcionaba el truco de ir letra por letra. Fuera de contexto, le sonaba que era algo relacionado con los barcos y contestó sin tenerlas todas consigo:

—Pues algo de los barcos, ¿no? Como que van por el río…

El cazador cazado. Margarita saltó:

—¡Qué fuerte! Que tú tampoco lo sabes. Es atravesar un río por la parte baja.

—¡Ah! Es verdad.

Aunque mi hermano se puso mil excusas, escarmentado como estaba, pensó que a lo mejor lo de septentrional era un poco cruel, si bien en el fondo él había estado cerca y, ¡qué narices!, lo de vadear no sale tanto como lo de septentrional. Como mucho saldrá en algún libro de aventuras tipo Tom Sawyer, cuando cruza el Misisipi o Misisipí. Y además, sin contexto es más difícil. Lo de septentrional en cambio no necesita contexto.

Por muchas excusas que se pusiera, es verdad que la táctica de septentrional se podía tomar como un intento demasiado explícito de demostrar la ignorancia de la preguntada, de tal manera que se podría decir que igual que la Estaca de Bares es el punto más septentrional de España, la prueba de septentrional es una estaca de bares (y discotecas) clavada en la autoestima de las chicas.

Lo que más perturbó a mi hermano de esto fue pensar que su amiga iba a contar ahora su historia de septentrional añadiendo que el muy listillo iba por ahí preguntando una palabra para avergonzar a la gente, pero que luego él no sabía lo que significa vadear.

Este bochorno le recordó al día de verter. Mi hermano no sabía por qué pero no aprendió bien de pequeño cómo se conjuga el verbo verter. Lo usa como si fuera vertir y, por tanto, lo conjuga como divertir. Pues bien, un día en el que ya se había ganado el papel de gramático, académico y lingüista incluso entre amigos de amigos, se hallaba contando alguna de sus historias en una fiesta a un corro de gente cuando dijo algo como «Y lo virtió todo dentro». Alguno de los circunstantes saltó «¿No será vertió?», ante lo cual el resto, antes de que mi hermano pudiera reaccionar, apostillaron canturreando: «¡Hemos pillado al lingüista! ¡Hemos pillado al lingüista!».

A mi hermano esas cosas le zahieren sobremanera y encima es que en este caso no sabía ni cómo se decía de verdad: vertió le sonaba fatal. Aquel día nuevamente se excusó a sí mismo aduciendo que, aunque le guste la lengua, por supuesto puede cometer errores; también para él el lenguaje es algo natural y se puede expresar como quiera. Si él no critica a la gente, con menor motivo le tienen que criticar a él. Anda que no hay gente que dice «eligirá», en vez de «elegirá».

Por si acaso, cuando se hizo la calma, disimuladamente sacó el móvil y miró cómo se conjugaba el verbo verter, pudiendo comprobar que, efectivamente, se había equivocado, que este caso no era como el de podrir o pudrir, en el que valen las dos (aunque el participio es solo podrido). En fin, que va a ser verdad que Quandoque bonus dormitat Homerus, es decir, que hasta el bueno de Homero se despista alguna vez.

homer dormido 2Pero este no es el único error lingüístico que se le ha pillado a mi hermano. También, por ejemplo, cometió un error un día que estaban él, Quero y Chindas (otro amigo de Roldana que en verdad se llama Chindasvinto, como el rey de los visigodos, y que luego será clave en la gran aventura que aquí contaré). El propio Chindas empezó a contar que había estado en un concesionario con sus padres, que estaban buscando un coche, y que el del concesionario no paraba de decir rádares. Todo el rato que si los rádares no se qué, que si los rádares no sé cuál. Chindas pensaba que mi hermano y Quero, pero sobre todo mi hermano, iban a condenar al instante lo de rádares. Sin embargo, hasta que Chindas no mostró desconcierto y hasta casi indignación, mi hermano y Quero no reaccionaron. Hecho esto, convinieron en que, aunque  radares es correcto, también se puede decir rádares. De hecho mi hermano tenía en la mente la imagen de la entrada de rádar o radar en el diccionario de la VEI. A Chindas, con su visigótico humor, le sentó un poco mal que le llevaran la contraria, pero como eran dos contra uno se calló, en una quizás inusitada demostración de democracia visigoda.  lenguadar

Al día siguiente, mi hermano le tuvo que pedir disculpas a Chindas, porque efectivamente, la VEI solo acepta radar y desaconseja el uso de rádar. Y es verdad que luego, pensándolo bien y, sobre todo, si se pronuncian fuertes las erres, rádar suena mal, suena como a villano de las tortugas ninja.

Como curiosidad diré que radar viene de radio detecting and ranging y añado que incluso sónar, que antes estaba como llana en el diccionario, ahora es sonar2. Lo del 2 es porque esta palabra y el verbo sonar, que ahora es sonar1 son palabras homónimas, es decir, tienen la misma forma, pero distinto origen. Mientras el verbo viene del latín sonare, el aparato de localización viene (o es un acrónimo) de sound navigation and ranging. Como son palabras homónimas se ponen así con numeritos; si se pusieran todas las acepciones dentro de una sola entrada, significaría, en cambio, que la palabra es polisémica. La diferencia entre la polisemia y la homonimia es, por tanto, que en la polisemia dos palabras iguales, aunque signifiquen algo distinto, tienen un mismo origen etimológico.

En fin, lecciones aparte —que parezco mi hermano—, hemos visto de qué manera mi hermano se ve obligado a lidiar en su día a día con los fragosos gajes del oficio de un lingüista teórico confundido con un filólogo raso.

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Haplologías, analogías, sesquipedaliofilias y otras enfermedades lingüísticas que se pueden pillar en el metro

Un día que mi hermano leyó que una chica había sacado un libro de las idioteces que se decían por la calle, rápidamente le dijo a nuestros amigos, pero en especial a Quero, porque sabía que el resto no iban a querer, que tenían que ir en busca de aún más aventuras lingüísticas, que ellos tenían que encontrar más. Por supuesto, él no hablaba de idioteces o errores —ya sabemos que para mi hermano los supuestos errores son preciosas muestras del uso natural de la lengua— sino de cualquier tipo de curiosidades lingüísticas.

Así fue como empezaron a buscar con ahínco, denuedo y entusiasmo y a encontrar verdaderas joyas lingüísticas de todo tipo, pero también como llegó a sus oídos la secreta información que daría comienzo a la gran aventura por las calles de Almagriz y más allá.

Todo comenzó cuando para tener más oportunidades de escuchar lo que decía la gente se les ocurrió empezar a recorrerse la línea 1 de metro entera, con sus más de veinte paradas, ida y vuelta, espiando o pegando la oreja a las conversaciones de los viajeros. De esta forma, llegaron a sus oídos buenas muestras del habla relajada de los usuarios del metro. Un día pudieron escuchar, por ejemplo, a una señora quejándose de que la gente era muy poco solidaridaria porque no daba dinero a los que amenizaban con su música los vagones. Ante esto mi hermano explicaba en un tono magistral y lo bastante alto como para que gente ajena lo oyera y Quero se avergonzara:

—Este es un precioso caso que demuestra que no siempre economizamos a la hora de hablar. Es el fenómeno opuesto a la haplología, o eliminación de una sílaba que aparece junto a otra parecida o igual, como en morfonología por morfofonología, tenístico por tenisístico o navideño por navidadeño.

Aquí dejaba un momento para que Quero y algún viajero reflexionaran. Luego seguía:

—Supone, pues, un caso de lo que podría llamarse sesquipedaliofilia, o amor a las palabras largas, en contraposición al odio, que se llama sesquipedaliofobia o, más exactamente, hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Mi hermano, al mirarle fijamente a los ojos justo cuando pronunciaba esta palabra hizo que un pobre niño pegara un respingo. Después continuó:

Para que luego digan que el lenguaje es económico. Eso lo dicen los que olvidan que preferimos decir debajo de la mesa que bajo la mesa o encima de la mesa en vez de sobre la mesa.

Esto sorprendió a Quero, pero pronto estuvo de acuerdo; él nunca decía «Lo he dejado sobre la mesa», sino «encima de la mesa». Mi hermano seguía:

—Si es que está claro, a la gente ya no le basta con ser solidaria; ahora quiere ser solidaridaria.

Además de esta sesquipedaliofiliez, pudieron escuchar también, por ejemplo, a alguien usando el verbo aperturar para referirse a abrir una cuenta bancaria, escucharon cientos de dijistes, de contramases y cuantomenoses («Cuanto menos, me lo podrías haber dicho a mí», en vez de «Cuando menos, me lo podrías haber dicho a mí»). Llegó asimismo a sus oídos algún convezco, en vez de convenzo, en clara analogía con crezco o parezco.

También escucharon alguna de las nuevas (a veces no tan nuevas) formas de expresarse de los jóvenes. Escucharon mucho la palabra rollo usada en casos como «Es rollo superhéroes» para decir que una película era como de superhéroes. Pero también escucharon cómo la gente usaba rollo para ‘alrededor de’ como en «Había rollo mil personas». Parecido a esto escucharon muchos en plan («Había en plan mil personas»). El en plan se usaba todo el rato: «Y yo estaba en plan tirado en el sofá, cuando me llamó Silvia en plan que qué hacíamos. Y yo en plan…». También se oía mucho tipo como en «Son un grupo tipo Marea, ¿sabes?», expresiones como «Me dio la chapa», para cuando alguien es pesado con otro, y fórmulas como «No es tonto sino lo siguiente» o «Si no lo ha dicho diez veces, no lo ha dicho ninguna». Muchas de estas manifestaciones de expresividad de los hablantes demostraban que el ahorro es difícil hasta en el hablar.

metro

Por supuesto, todo esto lo iba recogiendo mi hermano en un cuaderno, el mismo donde tenía todas las listas de películas y libros que le faltaban por ver y leer. Cada vez que apuntaba alguna cosa, como es lógico, le iba buscando ya una justificación y trataba de sacar de ella alguna aplicación para sus teorías. Con alguna como con el famoso irsen, lo consiguió.

Y es que, como digo, para mi hermano son preciosas muestras lingüísticas lo que para otros son idioteces, paleterías, burradas o, simplemente, errores. Eso sí, aunque no tacha de incultas a las personas que cometen alguno de estos deslices, sí que, por ejemplo, le dijo una vez a una amiga que, aunque no era inculta, era una inadaptada. Y bastante poco fue, suponiendo que del discurso de mi hermano sobre la importancia de hablar bien se puede colegir que los que no se esfuerzan por hacerlo son gente malvada que no se quiere relacionar con los demás.

20
Presuntas apariencias

En uno de esos días de expedición metrística o métrica, Quero, al ver a alguien con un pack ahorro de botellas de Coca Cola, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿cómo era la historia del pack completo? Que se la quise contar a mi novia el otro día y no me acordaba bien.

Esta historia es una de las muchas que mi hermano tiene de cuando va de vacaciones a la playa en agosto a Roldana. Esos veinte días son el único período del año en el que mi hermano se relaja un poco en lo que a aventuras lingüísticas se refiere y da rienda suelta a otras aventuras menos cultas (aunque, como veremos, siempre hay hueco para alguna charla lingüística). Pero que nadie le diga al verle tan feliz esos días algo como «¿Ves? Si es que uno es mucho más feliz cuando no lee», porque mi hermano saltará bastante enojado con lo siguiente:

—Sí, puede que uno sea más feliz cuando no lee, pero no creo que nadie encuentre la felicidad plena sin haber leído.

La historia del pack completo en concreto, y así empezó contándole mi hermano a Quero, comenzó un verano en el que se juntaron mi hermano, Chindas y Lízar, con el que coincidía mi hermano por primera vez, pues aunque ambos ya habían estado en Roldana, lo habían hecho en momentos distintos.

Una de las primeras cosas que supo mi hermano de Lízar es que su novia le había dejado ir a Roldana, sabiendo la fiesta que allí había todas las noches, con la condición de que no bebiera mucho. No en vano el nombre de Lízar le venía de que cuando bebía se le ponía la cara (sobre todo los ojos) de Lagarto, el supervillano de Spiderman.lagarto 2

Bien, pues, como era de esperar, una de las primeras noches, Lízar se pasó bebiendo. Después de las clásicas copas en la terraza de la casa de Chindas, fueron a Valhalla, la discoteca por excelencia de allí, que está en Monsácar, el pueblo de al lado de Roldana. A la salida, como solían hacer, se acercaron al coche de unas chicas autóctonas en el aparcamiento y se pusieron a hablar con ellas. En el fragor de una loca conversación, Lízar se quiso apoyar en la ventanilla de atrás del coche, pero con la cogorza que llevaba no se dio cuenta de que la ventanilla estaba abierta y no sé muy bien cómo, pero se cayó dentro del coche, quedándose con las piernas para arriba saliendo por la ventanilla. Con medio Lízar dentro del coche, se empezaron a oír gritos de chicas como si hubiera entrado un zorro en un gallinero o, mejor dicho, habiendo entrado un zorro en un gallinero, pero ni mi hermano ni Chindas pudieron ver bien lo que pasaba porque las piernas les tapaban. Lo que sí se pudo ver es que Lízar de repente salió disparado de la ventanilla y empezó a gritar: «¡Me han curtido el lomo! ¡Me han curtido el lomo!». Al ver este espectáculo, una de las chicas que estaba fuera, consideró que era el momento oportuno para calificar al grupo, así que les miró de arriba a abajo a los tres y con todo su acento andaluz dijo:

—Joé, habéis venido el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho.

Las etiquetas estaban claras: Chindas era el cachas, porque es de los que tiene los músculos bien desarrollados, conseguidos por medio de la gimnasia y el CrossFit (que, como mi hermano comprobaría en sus carnes, es más o menos una dura pero efectiva modalidad de gimnasia que combina gimnasia normal con carrera y con entrenamiento militar y que consiste en hacer una serie de ejercicios antes que el resto o hacer más repeticiones de algún ejercicio en un tiempo). Mi hermano, aunque había bebido, era claramente el pijo por las pintas que llevaba en aquella ocasión y siempre que está en una discoteca de verano, con sus pantaloncitos de colores, su camisita de marca y sus alpargatas a juego; y Lízar, no solo porque se hubiera caído dentro del coche, sino por los tumbos y gritos que seguía dando, era el borracho.pack completo

La cosa probablemente no habría pasado a mayores, si no hubiera sido porque al día siguiente le contaron la historia a una amiga en la playa. A esta le hizo tanta gracia que quiso hacerse una foto con el pack y la colgó en Facebook poniendo «¡Qué bien me lo paso con el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho!».

Cómo no, la novia de Lízar vio la foto y se escamó del comentario que la acompañaba. Sin conocer aún a mi hermano, solo con verle con un bañador de Pertegaz, supuso que él era el pijo. Lo de que Chindas era el cachas estaba claro. Así que solo quedaba que Lízar, al que no le estaba permitido beber, fuera el borracho. No obstante, concediendo el beneficio de la duda a su novio, decidió urdir un plan para comprobar si las suposiciones eran fundadas. Así, uno de los días en los que estaba hablando con Lízar por teléfono subrepticiamente le preguntó:

—Este año estás yendo mucho con un amigo un poco pijo, ¿no?

Lízar, con la comprensible inocencia del que cae en una inesperada trampa, contestó:

—Ah, sí, con Jimmy —que es como llaman a mi hermano en Roldana.

A lo que ella exclamó:

—¡¡¡Ajá!!!! Así que tú eres el borracho.

No había escapatoria posible de aquel ardid, garlito o trampa. La excusa de que mi hermano también había bebido alguna copa no valió; la bronca fue inevitable.

Nada más terminar de contar la historia del pack completo, de repente el metro hizo uno de esos atronadores ruidos, de los típicos que amilanan a más de uno en los parques de atracciones, ruido ante el cual mi hermano se sobresaltó y pegó un brinco que a poco no se deja los dientes en una barra. Quero, en cambio, ni se inmutó:

—¿Qué pasa —le dijo mi hermano a Quero cuando se repuso del sobresalto—, que no te has asustado?

Quero contestó orondo y seguro de sí mismo:

—Yo es que siempre estoy alerta.

Como si siempre tuviera presente que podría producirse algún estruendo de ese tipo.

Por cierto, lo de creer que una ventanilla está cerrada cuando está abierta, como le pasó al desdichado Lízar, perjudicó a mi hermano un día, solo que al revés. Iba conduciendo por el Puerto de la Virgen, volviendo de fiesta con Charly y Mufo, otros dos amigos de la infancia del Pinar, cuando de repente le vino al gaznate uno de esos gargajos que a veces rondan por las vías respiratorias. No sabiendo lo que hacer con él, si tragárselo o expelerlo por la ventana, al final se decidió por lo segundo, sin darse cuenta de que la ventana, a pesar de que, de limpia que estaba, parecía estar bajada, en verdad estaba subida, por lo que el esputo se quedó pegado a ella, igual que en Cuando Harry encontró a Sally. Tanto asco le dio a mi hermano su propio gargajo que lo tuvo que limpiar Charly con un papel.

En aquella ocasión aprovechó para contar su proeza del día que, sentado detrás en un coche en marcha, viendo que el conductor lanzaba una colilla por la ventana (en la época en la que no se perdían puntos por hacerlo) y sabiendo que muchas veces en estas circunstancias la colilla entra por la ventanilla de atrás (por su ventanilla en este caso), la subió rápidamente, consiguiendo que la colilla, que efectivamente amenazaba con volver, chocara con el cristal y no entrara. Por supuesto, cuando lo contó, no se creyeron que le pudiera haber dado tiempo, pero él alegó que era una ventanilla de las de manivela, las cuales, con fuerza y pericia, se pueden subir a toda leche. La aversión al tabaco de mi hermano es tan grande, como veremos, que yo sí me creo que fuera capaz.

Otro día de los de andanzas lingüísticas mi hermano le decía a Quero:

Una de las cosas que más me inquietan en la vida es conocer a gente nueva en un trabajo o en algún sitio y pensar que has podido cruzarte con ellos por la calle diez días o un año antes sin saber que en el futuro vuestras vidas se unirían. Igual que con una chica. A lo mejor acabo dentro de un tiempo con una chica que he visto en alguna discoteca alguna vez o incluso con la que he hablado hace unos años y ni me acuerdo. Me encantaría volver al pasado solo para poder comprobar eso. Es como cuando vuelves a ver una película antigua y ves de secundarios a actores que ahora son archiconocidos.

—Como Joffrey de Juego de Tronos en la primera de Batman de Nolan.

—Exacto.

En otro viaje, y esta es una historia que nadie se cree cuando la cuenta mi hermano, ni siquiera cuando Quero da fe de ella, el metro hizo un giro brusco y mi hermano, que no iba agarrado, rápidamente se cogió de una barra vertical del vagón, pero en vez de sujetarle, como haría cualquier barra rígida de metal, la supuesta barra se dobló y mi hermano cayó al suelo. Cuando se levantó todavía sin comprender lo ocurrido, vio que la gente se estaba riendo. Y es que lo que había pasado no era que mi hermano hubiera hecho un Uri Geller, sino que lo que había cogido, en lugar de una barra, era un póster que llevaba un señor sentado y que tenía puesto hacia arriba entre las piernas. Como diría Fedro en una de sus fábulas, Non semper ea sunt quae videntur, lo cual, para los que como mi hermano odian los libros en los que aparecen citas en lengua extranjera no traducidas, viene a significar algo así como que las apariencias engañan. Quizás por eso, para no caer en falsas apariencias, ahora se abusa tanto de presunto en las noticias, donde hasta los desaparecidos o los muertos a veces se consideran presuntos.

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Próxima parada: mi hermano. Tengan cuidado de no introducir el oído entre coche y él

Otro día de aventura underground —diría suburbana, pero mi hermano se enfadaría, como explico más abajo o yusoexplico— empezaron Quero y mi hermano a discurrir sobre lo que sonaba por megafonía al llegar a una parada en curva:

—¡Atención!: estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

Mi hermano por fin se manifestó abiertamente:

—Lo de para me suena fatal, pero no sé muy bien por qué. Yo diría «tengan cuidado de no introducir».cuidado de

—Sí —coincidía Quero—, a mí también me suena mejor con de.

—O si no —le cortaba mi hermano— me podría sonar bien «tengan cuidado, para así no introducir». Me parece que con el así se consigue que la oración de finalidad o propósito introducida por para se vea como más externa y no interna al predicado de tener cuidado. —Se quedaba pensando y seguía como si estuviera solo—. Sí, debe ser eso, porque uno no pregunta «¿Para qué tuve cuidado?», sino «¿De qué tuve cuidado?». Es parecido a lo de las causales externas o, mejor, de la enunciación, aunque creo que no es igual. Una causal puede modificar al verbo y entonces indica la causa por la que se lleva a cabo la acción, pero también puede modificar a otro elemento más externo y entonces se expresa la causa que ha llevado a uno a decir algo. Por ejemplo, si digo «Hace frío porque es invierno», porque introduce la razón por la que hace frío. Sin embargo, si digo «Seguramente hace frío, porque la gente va con abrigo» lo que introduce porque no es la causa por la que hace frío, sino la causa por la que yo pienso que hace frío: «Pienso que seguramente debe hacer frío porque la gente va con abrigo».

—Uf. Un poco chungo —decía Quero que ante estas cosas se quedaba patidifuso, si es que no desconectaba antes— pero sí, a mí me suena mejor con de.

Menos mal que en este caso nadie les oía, a pesar de que mi hermano elevaba la voz, como la elevan a veces las madres para que las oigan los dependientes de las tiendas, abochornando a sus hijos cuando van de compras con ellas

A todo esto, lo de suburbano no lo he usado antes, atendiendo a lo que un día mi hermano explicó a su público, empezando como tantas veces con su «Es error común», sobre por qué no se debe usar suburbano como sinónimo del metro o como algo relativo a este medio de transporte. Decía:

Es error común creer que suburbano es sinónimo de metro solo porque el metro vaya por debajo de la ciudad. No. El suburbano no es el tren que va por debajo de la urbe o ciudad, sino el tren relacionado con los suburbios. Suburbano viene de suburbio. El sub- de suburbio, pues, significa ‘debajo’ pero no en el sentido espacial, sino debajo en el sentido de por debajo en el nivel económico, por ejemplo. El suburbano es, por tanto, el tren que va a los suburbios y no el que va por debajo de las urbes. Es una mala interpretación de la formación de la palabra. La segmentación se hace mal: no es sub-urbano, lo que significaría que es algo relacionado con la urbe y que va por debajo, sino suburb-ano, lo que significa que es relativo al suburbio. Es decir, primero se forma el sustantivo suburbio y luego el adjetivo suburb-ano, y no al revés, no es urbano y a partir de ahí luego sub-urbano.

Asumiendo que era fácil entender su liosa explicación, todavía siguió:

—Algo parecido pasa con algunos casos del español que permiten lo que se llama una doble segmentación. Es difícil de ver, pero por ejemplo —y utilizaba el ejemplo de la Gramática de la VEI— karate kidcon inmovilizable puede quererse decir que algo no se puede movilizar o que algo se puede inmovilizar. Depende de si formamos primero movilizable y luego le añadimos in- o de si formamos inmovilizar y, a partir de ahí, inmovilizable. Por ejemplo, una montaña es inmovilizable en el primer sentido porque no se puede conseguir que se mueva, pero una mosca es inmovilizable en el segundo sentido porque se puede coger con unos palillos a lo Karate Kid y hacer que deje de moverse: puede hacerse inmóvil.

Su público en ese caso también debía pertenecer al segundo grupo, como las moscas, porque con esta explicación mi hermano los dejó a todos inmóviles. Y eso que se dejó en el tintero otros casos relacionados en cierta medida a estos como los de reanálisis o falsa segmentación del tipo de bikini y trikini, que veremos más adelante.

22
¡¿Jaguares en África?! o Cosas que no sabe mi hermanóptero

Pero no siempre era mi hermano el que daba lecciones a Quero. Ya he dicho que Quero era el experto en animales y naturaleza en general del dúo. Tanto le apasionaban los animales que casi le da un pipirlitaque, pipirindengue o tantarantán, es decir, un patatús, un día en que mi hermano hablaba de pingüinos y osos polares en el Polo Norte:

—¡¿Cómo?! ¡¿Pingüinos en el Polo Norte?!

—Sí, ¿no?

—No, solo hay pingüinos en el Polo Sur. Y los osos polares solo en el Polo Norte.PINGÜINOS

—Pero, entonces, ¿en Chilly Willy?

—Eso está mal. Lo que pasa es que en muchos libros, sobre todo en los de los niños, cuando hablan de los polos ponen juntos a pingüinos y osos polares y eso crea confusión. Como mucho en el Polo Norte hay alcas, que son parecidas a los pingüinos, pero de distinta especie.

No tan grave fue lo de otro día cuando llegaron a la situación —a saber de qué andarían hablando— en la que mi hermano decía algo de que en África un jaguar había hecho no sé qué, a lo que Quero saltó ofuscado:

¡¿Jaguares en África?!

Mi hermano le miró con sorpresa y dijo:

—¿Es que no hay jaguares en África?

—¡Por Dios! Solo hay jaguares en Sudamérica.

Y lo mismo con los lémures, que solo viven en Madagascar.

Otro disgusto más se llevó Quero el día que descubrió que mi hermano creía que una pantera era una especie distinta al leopardo, al puma o al guepardo:

—¡¿Cómo?! Pero si panteras son todos.

—¿Perdón?

Panthera es el nombre del género al que pertenecen leopardos, guepardos, pumas, jaguares e, incluso, tigres. Como sabrás —y esto lo decía en el tono perfecto para picar a mi hermano— pantera viene del griego pan, que significa ‘todo’, y tera, que significa ‘fiera’ o ‘animal salvaje’.

—Pues lo de pan, lógicamente sí lo sabía; sale en miles de palabras —y no perdió ocasión de decir algunas—: panteísmo, panhispánico, pandemia

—Ya, pero lo de fiera no lo sabías.

—Pues igual sí, nunca lo había pensado.

—Vamos, que no lo sabías. Igual creías que era como los teras de los discos duros.

—Hombre, pues tampoco eso…, aunque, ahora que lo dices, cuando me estudié todos los prefijos de medidas, peta, pico, yotta, femto, atto, zepto —parecía que jugaba a pinto pinto gorgorito— creo que tera se usaba porque significaba monstruo.

—Pues, mira, podría tener que ver, pero, a lo que íbamos; el caso es que panteras son todos en el sentido de que pertenecen a esta especie, pero no sé por qué, en español se usa pantera solo cuando estos animales sufren melanismo y son, por tanto, negros…

—De color —bromeó mi hermano, reservándose la oportunidad de relacionar melanismo con melancolía, ambos derivados de melan, que significa ‘negro’, para otra ocasión.

—Sí, de color negro —sentenció Quero y aclaró—: Así Bagheera en el Libro de la selva será un leopardo negro o algo así.

—Me lo apunto —concluyó mi hermano, en quien la curiosidad había eclipsado el disgusto de no haber sabido lo de fiera.

Otro día Quero le dijo que acababa de descubrir en un libro de Asimov que quiro significa ‘mano’ en griego y que por eso los murciélagos son quirópteros, porque tienen alas (ptero es ‘ala’) en las manos.

—Sí —dijo mi hermano, que lo sabía desde hacía tiempo, aprovechando para vengarse por lo de tera—, y quiromancia es adivinación por medio de las manos y quiropráctico el que cura con las manos, y creo que había un personaje mitológico que era el Hecatonquiros o Hecatonquirón, o algo así y era que tenía cien manos.

(Según esto, yo añado que la táctica de la mano sería la quirotáctica, y que menos mal que mi hermano no era un Hecatónquiros, porque, si no, ¡pobres mujeres!, agarradas por las cien manos de mi hermano.)

Para demostrar que algo sabía de animales, mi hermano aprovechó para traer a colación algo que se había estudiado no hacía mucho:

—Por cierto, sobre lo de pteros, estuve mirando hace no mucho todos los pteros que hay.

—Ja, ja. ¿Los pteros? Hay homos, heteros y pteros.

—No, digo los animales que en su nombre tienen ptero. abeja

—Ya lo había supuesto, hombre.

—Recuerdo que estaban los dípteros, que eran las moscas, ¿no?, porque tienen dos alas.

—Sí.

—Y los himenópteros son avispas y abejas y es como que tienen las alas con membrana, como el himen, je, je.

—Correcto. ¿Y qué más, a ver?

—Los coleópteros son los escarabajos, porque tienen las alas duras. Los hemípteros es que tienen las alas partidas a la mitad y creo que eran las mariquitas.

—¡No, hombre! Las mariquitas son también coleópteros.

Homópteros, je, je.

—Je, je. Pues precisamente los homópteros eran un antiguo orden que incluía a los hemípteros, que son las chinches y las cigarras.

—Ah. Es que es un lío; como no siguen un criterio único, de número de alas o forma o material.

—Ya.

—Luego recuerdo que estaban los ortópteros, pero no tengo ni idea de cuáles eran, aunque tienen que tener las alas rectas o algo así, igual que la ortografía —aprovechaba para tirar para casa— es la recta escritura.

—Pues ahora que lo dices no me acuerdo, creo que los saltamontes son ortópteros.

—Y luego están los helicópteros, con alas como hélices, je, je, y los pterodáctilos, con alas en vez de dedos.

—Ja, ja. Sí. Pero se te han olvidado unos imprescindibles: ¡los lepidópteros!

—Ay, ¡es verdad! ¡Las mariposas! ¿Qué era lepido-?

—Creo que era que tienen escamas.

—Ni idea.

—Y luego está el solptero que eres tú.

—Jou, jou.

Y así se divertían.

23
De esa agua sí beberé

Volviendo a lo lingüístico, en aquellos viajes también escucharon muchos este aula, en vez de esta aula, ese arma, en vez de esa arma, y más casos de uso del demostrativo masculino con nombres femeninos, claramente por influencia de el aula o el arma. Una de las veces mi hermano le explicó a Quero:

1421759399589—A ver, es que aquí la gente confunde las cosas. No es que cuando uno dice el agua o un arma o algún águila esté usando el artículo o determinante masculino. No. Lo que se está usando es una forma femenina apocopada o sin la última letra de estos por fusión fonética con la a tónica inicial. En el caso de un y algún está claro cómo se produce esta apócope: simplemente se pierde la última a de una y alguna. Lo que no se ve tan claro es lo de el y creo que esto es lo que lleva a error. Uno esperaría que, si fuera apócope, en este caso fuera l’agua, con apóstrofo, que no apóstrofe. —Quero puso cara de sorpresa ante esto pero dejó a mi hermano continuar—: pero la cuestión es que el antiguo artículo femenino era ela y, por tanto, al perderse la –a quedó el’. —El apóstrofo lo marcaba con un gesto con la mano—. Es decir, que no es que se use el masculino en estos casos, sino una forma apocopada del femenino ela.

—Anda.

—El considerarlo masculino y no forma apocopada ha hecho que con esta o esa, por ejemplo, se use el masculino, cuando si se quiere imitar lo que pasa en los otros casos, debería ser est’aula con apóstrofo o es’arma. Yo siempre decía, creyéndome muy original e interesante, «Nunca digas “de este agua no beberé”», di «De esta agua no beberé», pero luego he visto esta broma en muchos sitios, así que nada. Me recuerda a lo del abstract que uno mandó para un congreso y al que en la respuesta le dijeron: «Su abstract es a la vez original e interesante, pero la parte interesante no es original y la parte original no es interesante».

—Ja, ja. Pero es que esa aula queda rarísimo.

—Ya, pero bueno. Yo creo que a que suene raro ha contribuido el Steaua de Bucarest. steauaLa gente no sabe que Steaua significa ‘estrella’, y no es esta agua, je, je.

—Ja, ja. No creo que a la gente le salga tanto el Steaua como para que se les haya pegado.

—Ya, no sé. Era por buscar una explicación. Ah y hay alguna excepción. Sabes que la regla es que pasa con palabras que empiezan por a– o ha– con hache tónicas, ¿no?

—Sí, sé que es tanto el agua como el hacha, pero sería… la agüita… porque… —Quero dudaba—…. ahí la a no es tónica.

—Eso es.

—¿La agüita? ¿Seguro? ¿No es el agüita?

—Hay gente que dice el agüita, pero lo recomendable es la agüita, precisamente porque la a no es tónica en agüita, frente a agua. Pero hay excepciones reales. Por ejemplo, con el nombre de las letras no se usa el. Decimos la a o la hache y no el a o el hache, a diferencia de en el caso de el hacha, por ejemplo. También pasa con siglas y con nombres propios. Por ejemplo, decimos la APA, perdón, la AMPA para referirnos a la Asociación de madres y padres de alumnos, pero decimos el hampa; o decimos «Es la Ana de siempre» y no «Es el Ana de siempre».

—Cierto. ¡Qué curioso! Oye, ¿y lo del apóstrofo?

—Ah, pues eso es que la gente llama siempre apóstrofe a la rayita que se pone para indicar que falta una letra, y en verdad es apóstrofo. Un apóstrofe es una figura retórica que creo que es como dirigirse a alguien con vehemencia. —Mi hermano muchas veces usa ese modesto «creo que», cuando en verdad está seguro porque se lo ha aprendido de memoria.

Otra cosa que escucharon mucho fue lo de andamos para el pasado de andar en vez de anduvimos o andé por anduve, en los casos, claro, en los que la gente no usa un verbo que se ha puesto más de moda para esta acción: caminar. Mi hermano justificaba el uso de andé y andamos:

—La verdad es que es curioso que a la gente le salga andé o andamos en el caso de andar, pero no les pase con el verbo tener, por ejemplo. Debe ser que hay algo más detrás. De hecho, es curioso que incluso yo a veces digo andamos para el pasado en los casos en los que andar significa ‘caminar’, pero jamás me pasa con andar cuando lo utilizo como ‘encontrarse en un estado’. Por ejemplo, yo jamás diría «Aquellos días andamos un poco tristes», siempre diría anduvimos. Eso si no hago la broma de decir anduviamos, je, je —Silencio—. O sea que parece que hay alguna diferencia entre anduve y andé. Cuestión de estudiarlo.

Y esto le llevó a arrancarse con una de sus teorías:

—Esto me recuerda a lo que pensé un día sobre casos en los que una forma del presente es igual que la del pasado, como divertimos. Yo estoy seguro de que aunque lo escribimos igual, si grabas a alguien diciendo «Ayer nos divertimos mucho» y «Hoy en día los jóvenes nos divertimos más», es decir, con un divertimos en pasado y otro en presente, ese divertimos suena distinto. Llegaría a decir que si dejas solo el divertimos y le preguntas a alguien si es pasado o presente podría adivinarlo. Es como si en pasado la i de divertimos estuviera más acentuada o fuera más larga. No sé.

Otra maravilla que escuchaban con frecuencia era el proceso en vivo de creación de una nueva preposición. Era el caso del hace que aparece en construcciones como «Lo habían hecho hace cinco días», en as que habría que haber usado hacía en vez de hace, es decir «Lo habían hecho hacía cinco días». Mi hermano decía al respecto:

—Es precioso esto, porque se está utilizando hace como invariable, es decir, no cambia de forma aunque sea pasado, y, por tanto, se estaría utilizando más como una preposición que como un verbo.

Ya sabemos que a mi hermano le parecen preciosas las muestras naturales de evolución de la lengua. Pero la evolución natural, ojo, no la forzada como lo de tener que decir la AMPA y las madres y padres, algo que, como ya veremos, para él al final lo único que acaba consiguiendo es que pasen cosas como que se relacione a los padres con el hampa.

24
Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant», que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

25
Incepta est fabula

Y es que en uno de esos viajes —y creedme que con esto llegamos, por fin, al origen de la aventura— en los que alternaban las anécdotas de la naturaleza con la caza de curiosidades lingüísticas, mi hermano y Quero escucharon una secreta conversación entre dos misteriosos hombres que se tapaban las bocas con los cuellos o, mejor, solapas de las gabardinas que llevaban a pesar de que era junio (y de que no hacía tanto frío como este año), fieles a su condición de hombres misteriosos. Como mi hermano y Quero ya estaban entrenados para escuchar hasta el bostezo de una mosca, igual que los ninjas pueden oír los latidos del corazón, para ellos la conversación sonó alta y clara.

Uno de los hombres decía:

—¿Y cuánto ganamos con esto?

El otro respondía:

—La gente pagaría millones por conocer el origen del lenguaje y mucho más pagarán los que quieran seguir escondiéndolo en secreto y que no salga a la luz.

—Entonces tenemos que darnos prisa. Según el informe, esta noche tenemos que ir al Seminario de los Caballeros en la puerta inclinada con la cruz, ¿verdad? Seguro que es allí donde se encuentra el Manuscrito del Conde Ensortijado, ¿no?

—Sí, allí es.

—A las diez estaremos allí; una vez que se haya hecho de noche. —En aquellos días aún se hacía de noche a las 10, no como ocurre ahora que anochece a las 11 o más tarde, algo que, como se encarga de repetir mi hermano en una de sus teorías, se debe a que este año se han equivocado con el cambio de hora.

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Al oír todo esto mi hermano, que había estado observando a los hombres engabardinados (como los langostinos) con la atención y posición de un perrillo de las praderas, le dijo a Quero en la voz más baja que le permitió la exaltación para que no le oyeran aquellos hombres:

¡El origen del lenguaje! ¿Tú sabes lo que eso supone? Sería un descubrimiento magnífico. El origen del lenguaje es un misterio. Por mucho que digan que el ser humano tiene unas condiciones que favorecieron la capacidad del lenguaje, es difícil saber qué chispa hizo que empezara. Su descubrimiento tendría un valor incalculable.

Y Quero contestaba también entre susurros:

—Me lo puedo imaginar. He creído oír que valdría millones.

—Bueno, el dinero es lo de menos, lo importante es el valor cultural. Puede desvelar el origen del hombre y contestarnos muchas preguntas sobre el porqué de la vida, sobre quiénes somos. ¡Tenemos que encontrar ese Seminario de los Caballeros antes que estos hombres! Dan la sensación de ser unos malhechores que solo buscan enriquecerse. Nosotros le daremos el uso adecuado.

Cuando se bajaron los hombres del metro mi hermano estaba en éxtasis, hablando sin parar de todo lo escuchado, sin olvidarse, eso sí, de hablar bajo para que nadie más se enterara de la existencia de aquel Manuscrito del Conde Ensortijado.

Es cierto que aquella emoción habría sido comprensible, pero solo en caso de que hubiera sido real lo que habían escuchado. Y es que, como en verdad no eran ninjas, puede que escucharan mal y que el sitio no fuera el Seminario de los Caballeros. Yo me he limitado a transcribir la conversación a través de los oídos de mi hermano. De hecho, seguro que a los oídos de Quero llegó otra información, pero mi hermano estaba tan entusiasmado con que ese era el sitio que nadie le habría podido sacar la idea de la cabeza. Yo creo que a ello contribuía que le encantaba la sonoridad del nombre de Seminario de Caballeros. Puede que dijeran «Herbolario de Panaderos», pero ese no era nombre digno de albergar el Manuscrito que contenía la historia del origen lenguaje.

También puede que el nombre del Manuscrito no fuera «Manuscrito del Conde Ensortijado», pero es que ese nombre sonaba majestuoso. Sonaba como el de un secreto códice perteneciente a un conde opulento; claro que esto se debía probablemente a que mi hermano creía que ensortijado significa ‘lleno de sortijas’. Lo que sí es seguro es que aquellos hombres de verdad hablaban de un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje. princejohn

En cualquier caso, para mi hermano el saber de dónde viene el lenguaje, sobre lo que tanto ha pensado, es algo soñado desde niño. El lenguaje para él es la esencia del ser humano y saber su origen es conocer la manera en la que dejamos de lado al resto de las especies, es entender el aliento divino que nos dio el privilegio de las lenguas.

Tanta era, pues, la emoción que se acumulaba en su pecho, que no se paró a pensar en nada. Ni en que aquellos hombres podían ser de verdad unos peligrosos malhechores, ni en que podía haber escuchado mal, ni en que aquellos hombres podían a su vez haber quedado con gente peligrosa en aquel sitio, ni siquiera pensó en que la puerta a la que se habían referido podía estar cerrada cuando llegaran. A las nueve y media, antes que aquellos hombres llegaran, tenían que estar allí.

Incepta erat fabula. La aventura daba comienzo.

Segunda parte

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