Segunda parte: El comienzo de la aventura

 1
Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactis que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

2
En un abrir y cerrar cerrojos

Llegaron los dos aventureros sobre las nueve y media a la zona cuando ya casi había anochecido (no como este año) y sorprendentemente no tardaron en encontrar una extraña puerta en vertiente con una enorme cruz en Seminario de los Caballeros, perdón, en Seminario de Nobles, como la que habían creído oír describir a los misteriosos hombres.

Lo primero en lo que reparó Quero al ver aquella puerta fue en el cerrojo, ante lo que exclamó: «¡Qué cerrojo más raro!». Y así era: el cerrojo tenía forma de aspa con flechas en las puntas. Mi hermano, que aprovechaba cualquier ocasión, no perdió esta para explicar el origen de la palabra cerrojo, deteniendo la aventura nuevamente como si siguieran en el metro y hubiera una nueva parada, quizás como hábito adquirido de tanto ir en dicho medio de transporte:

—¿Tú sabes que la palabra cerrojo tiene esa forma por etimología popular? En verdad se dice que podría venir de verrojo, del latín veruculum, formado por veru, que significa ‘espetón’ o ‘asador’, que es como un hierro o palo largo, como el espeto de las sardinas de Andalucía, y por el sufijo –culus, que es un sufijo diminutivo en latín (también –ulus).

—¿Porque los romanos tenían el culus pequeño?

—Pues no creo. El caso es que la terminación –culus o –cula del latín, como en veruculum, dio en español –jo y –ja como en oveja de ovicula, que era el diminutivo de ovis, o en espejo de speculus. —Se quedó pensando un momento—. En este caso creo que –culus no es diminutivo.

—Y oreja de auricula —espetó Quero, que había leído aquello no sabía dónde.

—Sí —dijo mi hermano—. Y hay muchos más, tipo lenteja de lenticula. Porque creo que en latín vulgar usaba el diminutivo como cariñoso o expresivo además de para referirse a algo pequeño. Como ahora cuando pedimos unas cervecitas y en verdad queremos jarras grandes.

—Ja, ja.

—También conservamos en algunos casos la terminación –ulo o –ula del diminutivo como en célula, —pensó en su amiga Celulita—, que es como un pequeño hueco o celdilla; o en espátula, que es como una espada pequeñita.

Entonces justo vio una reja que había al lado y exclamó:

—¡Ah, cunnus! Y también se puede tener la terminación –jo, -ja, a partir de la terminación –gulus, -gula como en reja de regula, que tiene la misma etimología que regular y que regla. También por ejemplo, tanto cuajo como coágulo vienen de coagulus, la primera por vía popular y la segunda por culta. Pero bueno —efectivamente como si siguieran en el metro, frenó en seco, aunque la inercia del pensamiento le seguía haciendo buscar palabras con j procedentes de gulus y gula—, el caso es que veruculum dio verrojo, pero, como en otras etimologías populares —tema que apasionaba a mi hermano—, la gente cambió la forma de la palabra para adaptarla mejor a su significado y, al ver que los cerrojos eran de hierro, algunos empezaron a llamarlos ferrojos o herrojos, y otros, como servían para cerrar puertas, empezaron a decir cerrojo, que es lo que nos ha quedado.

Después, no porque fuera de repente consciente de que sus explicaciones les retrasaban, sino porque se fijó por fin en el verrojo —palabra que sigue en el diccionario— y consideró que iba a ser difícil abrirlo, volvió a la realidad y exclamó:

—Y ahora quién tuviera una ganzúa para abrir esto.

—Que no sé vasco —repuso riéndose Quero, recordando aquella escenita de la vasca en la discoteca.

—Ja, ja. Bueno, pero a ver cómo abrimos esto —sabiendo ya que por muchos vídeos explicativos que vieran no iban a poder abrirlo con plásticos ni con carnets de la biblioteca ni del cine.

—¿Llamamos?

—Sí, ¿y qué decimos, que venimos a robarles su Manuscrito del Conde Ensortijado?

—La verdad es que deberíamos haber pensado en esto. No parece una cerradura demasiado segura. Puedo probar con las anillas del llavero otra vez.

Pero entonces, cuando Quero sacó las llaves y se disponía a dejarse las uñas intentando sacar las anillas del llavero, mi hermano se acordó del día en el que el Galgo y él habían estado media hora intentando pasar sin éxito un escritorio por una puerta, probando todas las técnicas y posiciones posibles, hasta que a uno de los dos se le ocurrió intentar la posición normal y obvia, que es como sorprendentemente al final pasó. Inspirado por este caso en el que la solución más sencilla y descartada en un principio por obvia fue la acertada, mi hermano decidió probar a ver si podía abrir el cerrojo metiendo sus propias llaves en la cerradura, algo que a veces funcionaba. Y, como si la Providencia estuviera de su parte, efectivamente, con la tercera llave que lo intentó, pudo abrir el cerrojo. Cuando vieron que se abría los dos soltaron un grito y saltaron hacia atrás.

—¡No puede ser!— celebró Quero.llave platón

Justificadamente ensoberbecido al pensar que el hecho de haber podido abrir la puerta con una de sus llaves indicaba que era el elegido e indicado para conocer el origen del lenguaje (como el rey Arturo con Excálibur, Thor con su martillo o la Cenicienta con el zapatito), mi hermano sentenció, sin que viniera mucho a cuento, con una enorme sonrisa en la boca:

A veces la solución más fácil es la que tenemos delante de las narices. Hay que intentar aplicar siempre la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es la mejor. Si no se puede explicar algo de una manera fácil es que no se sabe explicar.

Según nos contó mi hermano un día, lo de la navaja de Ockham viene de que el filósofo Guillermo de Ockham dijo que había que raparle las barbas a Platón con navaja, queriendo decir que había que simplificar su filosofía.

Aclarado esto, abrieron del todo la puerta, que crujió como crujen las puertas de los sitios misteriosos, y entraron. Como, efectivamente, a pesar de todas las casualidades, aquel no era ni el lugar donde habían quedado aquellos hombres ni por descontado el lugar donde se escondía el Manuscrito, sino un viejo sótano, al entrar no encontraron nada más que telarañas, algunos trastos y estanterías prácticamente vacías. No obstante, por desgracia, había también una vieja mesa de madera llena de polvo con un atril grande, en el cual para mayor desgracia aún, se veía la huella sin polvo de algún libro grande que recientemente había descansado allí. Digo por desgracia porque esto podía alimentar las infundadas esperanzas de mi hermano y Quero, como de hecho hizo (aunque es verdad que a la vez esto permitió que ahora podamos disfrutar un ratito más de las disparatadas anécdotas de estos personajes).

—¡Mira el facistol! —exclamó mi hermano, quien no perdía ocasión alguna para colar alguna de las palabras que aprendía fuera de contexto—. Tiene la sombra de haber tenido un Manuscrito encima hace poco.

—Pues sí, aquí ha habido un libro y uno de los grandes.

Movidos por la fantasía de la historia, los dos, sin haberlo hablado, se imaginaban el Manuscrito como un libro enorme, de esos antiguos y polvorientos con cubiertas de cuero y adornos dorados en las esquinas. Mi hermano se lamentó:

—¡Eso es que se nos han adelantado! ¡Se lo han llevado ya! —y miró alrededor a ver si podía estar en otro sitio de la habitación—. Quizás haya una puerta secreta.

Estuvieron tanteando la pared durante un rato y rebuscando por la habitación en busca de algún dispositivo que abriera alguna compuerta escondida, un libro falso en una estantería, algunos agujeros de la nariz de una estatua en los que se pudieran meter los dedos o algún ojo que se pudiera apretar, pero no encontraron nada y vieron que se acercaban peligrosamente las diez, la hora a la que habían quedado allí los misteriosos hombres engabardinados. Quizás estos hombres habían ido antes de esa hora finalmente y eran ellos los que se les habían adelantado y se habían llevado ya el Manuscrito, pero por si acaso no era así, decidieron salir rápido, antes de que les pillaran.

La excesiva casualidad había hecho que mi hermano y Quero pensaran que estaban en el lugar adecuado, pero que habían llegado tarde. Y con razón. Y es que mira que es mala suerte que justo en el sitio donde creían haber oído que estaba el Manuscrito del Conde Ensortijado hubiera una misteriosa puerta inclinada con una enorme cruz y, tras aquella puerta, un lúgubre lugar con un atril sin libro, pero con la huella de haber tenido uno encima.

Yo ahora, la verdad, superada la historia y conociendo el final, que de momento no desvelaré (como sí hace Homero, por ejemplo), me pregunto qué sería aquel sitio. Algún día debería volver a comprobar si todo lo que cuento es cierto o si me dejé llevar en esos días por la imaginación de mi hermano y Quero. Y es que no iba a ser esta la única casualidad que enardeciera la aventura.

3
A manuscrito imaginado no le hinques el diente

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

4
Becós

Esa noche mi hermano casi no pudo dormir, no solo por el agudo dolor que sentía cada vez que giraba en la cama hacia la derecha, sino porque al no poder dar vueltas en la cama, empezó a darle vueltas a la cabeza pensando en quién podía ser aquel estudiante, cómo podrían encontrarle de nuevo y, sobre todo, en qué contendría aquel Manuscrito.

¿Cómo se habría originado el lenguaje? ¿Acaso alguien nos lo trajo de algún planeta extraterrestre? ¿Algún dios? ¿Sería una idea de algún inteligente neandertal? ¿Cómo se habría desarrollado? Por fin iba a descubrirse la verdad y no haría falta leerse más artículos y libros de algunos lingüistas que en vez de acercarse a los orígenes del lenguaje se alejaban con extravagantes e insostenibles teorías.

Entre otras cosas, le vino a la cabeza una historia que había leído en su libro de griego del colegio en un extracto de Herodoto, perdón, Heródoto, sobre la manera como se descubrió quiénes eran más antiguos, si los frigios, el pueblo del rey Midas de Asia antigua, o los egipcios. El método fue terrible, pero Maquiavelo mediante, la historia es curiosa.

Resulta que un rey egipcio quería demostrar que su pueblo era más antiguo que el frigio y para eso le dio dos recién nacidos a un pastor con la orden de que les alimentara, pero que no les hablara nunca, y los tuviera en una cabaña sin permitirles salir al mundo. A los dos años, en un momento que estaban hambrientos, los dos niños se dirigieron al pastor diciendo «becós». Cuando el pastor se lo contó al rey, este investigó y descubrió que en frigio becós, significa ‘pan’, con lo que tuvo que admitir que el frigio era más antiguo porque frigia era la palabra que naturalmente les había venido a la boca a dos niños hambrientos.

Para mi hermano esta historia era apasionante en todos los sentidos, sobre todo por el hecho de que al principio las palabras tuvieran una forma natural, antes de cubrirse del polvo fonético de los años. Ahora estaba mucho más cerca de conocer esos inicios del lenguaje, si es que era capaz de encontrar el Manuscrito.

Manuscrito va y Manuscrito viene, lo bueno es que esa noche no hubo tiempo de pensar en su novia de Santaél, ni en las tres Natalias ni en Camila 1 y Camila 2 o Cami 1 y Cami 2 —ya contaré el porqué de este orden—, ni en su novia de Tierranaba ni en ninguna otra. El lenguaje bien entendido es para mi hermano algo que lo supera todo.

5
Dywá, Dywé, Dywí y Dywó

A la mañana siguiente mi hermano, seguramente por la excitación de su aventura y por todas las cosas en las que había estado pensando por la noche, olvidados ya los dolores en el costado y queriendo empezar una nueva fase en su vida, bajó a cortarse el pelo, como el futbolista que se hace un nuevo corte de pelo antes de empezar un Mundial.ronaldo2

Había descubierto unos años atrás que cortarse el pelo suponía para él una especie de inicio de una vida nueva, una catarsis, al abrir uno de los abarrotados cajones de su cuarto y comprobar que los tres diarios que conservaba de su infancia los había empezado justo contando que se acababa de cortar el pelo.

Mi hermano siempre habla mucho con los peluqueros. Son una de sus especialidades junto con los taxistas —a los que por algún extraño motivo siempre llama «caballero», como espero poder tener tiempo de contar luego— y los vendedores de bocadillos a la salida de las discotecas, sobre todo si son búlgaros, porque así se pone a hablar con ellos de fútbol de Bulgaria. Algo que, por cierto, le sirve de argumento para demostrar lo importante que es saber de fútbol para tener siempre conversación con la gente.

Sin embargo, aquel día en la peluquería se mantuvo lo más callado posible,no fuera a ser que se le escapara alguna información relacionada con el Manuscrito, tan cerca estaba el secreto de sus labios por la emoción que abarrotaba el resto de su cuerpo. Habló lo justo para indicar qué corte quería.

Tan emocionado estaba que al volver de la peluquería, sin haber siquiera sentido como otras veces la vergüenza de ir hasta casa sin haberse mirado bien en un espejo y atusarse el pelo a su gusto, con el corazón saliéndosele por la boca y lleno de palabras como estaba, por miedo a reventar, empezó la novela fantástica que hacía tiempo ya que rondaba su cabeza, tras una época en la que había estado leyendo novelas y viendo series y películas de este estilo.

Permitidme que muestre aquí, antes de ponernos con la búsqueda del Manuscrito, el comienzo de la novela fantástica de mi hermano, al más puro o impuro estilo de Tolkien, que a mi gusto no tiene desperdicio. Así empezaba, y no estoy de broma:

«—¡Solo sois lo que yo imagino!— exclamó ya harto.»

Y así seguía:

«Y los que allí estaban dieron un paso atrás. No se habían dado cuenta de que tenían ante ellos al creador de todo. El creador de todo, que, sin embargo, como en un sueño, no tenía apenas control sobre lo que pasaba en su mundo creado. Su único poder era el de dejar de imaginar y acabar con todo. Así que sus seres creados, animales, plantas y humanos, tenían la sensación, seguramente por costumbre, de que decidían.

Por aquella época todos los humanos tenían una misma lengua, una lengua que no era necesario pronunciar, se podía sentir de forma telepática lo que los otros decían, lo que los otros sentían. Solo en grandes ocasiones o por motivos artísticos, se pronunciaban las palabras de aquella hermosa lengua, porque el sonido era melódico y al rimar palabras las ondas sonoras creaban una dulce armonía en los oídos de aquellos seres.

Todos eran buenos, porque un simple mal pensamiento podía ser duramente castigado. Aquellos humanos buenos podían fulminar a los malos, pero no al revés; aquellos seres podían reducir a polvo, sin siquiera tocarle, al que actuara en contra del bien común y de su propio bien.

Pero entonces un grupo de uno de los clanes de las montañas de Cafcas envenenó sus pensamientos al beber el jugo de las manzanas que antiguamente habían estado prohibidas. El veneno les hizo conspirar y, como el grupo de unos cien hombres había quedado envenenado entero, no se fulminaron entre ellos. Idearon una nueva lengua para que nadie pudiera entender sus pensamientos, se la enseñaron a sus hijos para que ellos solo tuvieran esa lengua, inventaron nuevas formas de fulminar. En ese estado de embriaguez estuvieron veinte años hasta que el pensamiento del creador, llamado Dy, les encontró entre las montañas. Acudieron allí algunos humanos para acabar con ellos, pero el clan cafcasio escapó hacia el sur, hasta que en Cádinguir, en Etemenanki, cuando aún estaba en construcción, les encontraron y se enfrentaron a ellos. Los cafcasios tenían armas y se defendieron contra aquellos hombres desprovistos de metal. Solo aquellos cafcasios que no pudieron controlar la lengua de sus pensamientos fueron fulminados por los hombres buenos, pero sus hijos, que solo conocían la lengua cafcásica, se salvaron y clavaron sus espadas en los indefensos corazones de los humanos que iban tras ellos. Fue la primera muerte de hombres buenos en la Tierra y fue cuando comenzó la expansión del mal.

Dy se culpó a sí mismo de lo que había sucedido. Al fin y al cabo todo era producto de su imaginación. Quiso acabar consigo mismo, pero ni él mismo podía fulminarse. Lloró durante muchos días y desapareció. Nadie supo nunca adónde fue, algunos llegaron a decir que nunca había existido, que eran leyendas para mantener el bien, otros confiaban en que algún día volvería. En su lugar quedaron sus cuatro hijos, a cargo de los cuatro grandes continentes.

En aquella época los nombres de los seres tenían un significado. El nombre de Dy, así escrito en el alfabeto latino, significaba primer creador. Le pusieron este nombre el día que reveló que todo procedía de su imaginación. El sonido que he representado como d se asociaba con el significado de ‘luz’ y el sonido que he representado como y, que es como una vocal cerrada anterior, significaba que era el primero de los suyos. Solo él tenía un nombre de una sílaba, porque solo él era el padre. Tener dos sílabas en el nombre significaba ser hijo de alguien y por eso los que habían estado en la Tierra desde el principio añadieron una sílaba al inicio de sus nombres. Los hijos conservaban las sílabas de sus padres y añadían otra sílaba al final. Solo se diferenciaban los nombres de unos hijos y otros por la última vocal. Las vocales eran la a para el primer hijo, la e para el segundo, la i para el tercero, la o para el cuarto y la u para el quinto. A partir del quinto hijo se empezaban a usar dos vocales.

Así, los cuatro hijos de Dy fueron Dywá, Dywé, Dywí y Dywó. El sonido aquí representado por w significaba oscuridad, por la terrible tristeza de la desaparición de su padre. Al principio sus nombres eran Dydá, Dydé, Dydí y Dydó porque eran luces de la luz…»Front_of_the_Congreso_de_los_Diputados_en_Madrid,_España_02

Y ahí, con esos personajes con nombres de futbolistas brasileños, se quedaba de momento —creo—. Según decía a su amigo Mufo, que era el que más entusiasmado se mostraba con la idea, este solo era el comienzo de la novela que a su vez empezaba a escribir su personaje, un personaje que iba a ser un loco como don Quijote, pero loco en este caso como resultado de haber leído demasiadas novelas fantásticas, no de caballería (aunque casi viene a ser lo mismo). Así, decía que una de las escenas fundamentales iba a ser en una discoteca, cuando unos amigos decían a su protagonista que habían visto unos orcos, y el protagonista, como un elfo, se tiraba a por los presuntos orcos, que lógicamente eran mujeres feas, no pudiendo terminar su cometido porque era vapuleado por gigantes, que no eran sino los puertas de la discoteca. ¡Qué lástima que de momento no haya seguido con la novela porque yo ya veía al protagonista cabalgando los leones del Congreso rumbo a Narnia!

6
Los novios de Santaél, tonta ella y tonto él

Ese día por la tarde quedó para tomar unas cañas y ver un partido de fútbol en el 383, el bar de siempre, con Quero, con el Galgo, con Charly, con Lucas, con Mufo y con los hermanos Raposo, Zazú y Mamut (llamado este último así porque en su momento estaba tan grande como un mamut y, aunque ahora ya no lo estaba, la gente no solo seguía llamándole así sino que también, como pasa siempre, le veían aún como si siguiera estando grande y hacían bromas al respecto). Todos ellos eran amigos nuestros de la infancia de Pinar de San Martín. Mi hermano sentía no poder contarles nada de lo del día anterior para guardar el secreto, pero por suerte siempre tenía alguna historia con la que interrumpir incluso el mejor partido, sobre todo, si estaba tan aburrido como este en concreto. Le dijo al Galgo:

—Adivina con quién me estoy escribiendo otra vez.

Y el Galgo dijo:

—No me digas que otra vez con tu novia de Santaél.

—Efectivamente —contestó mi hermano con la satisfacción propia del niño pequeño que llama la atención por haber hecho alguna travesura.

Y es que el Galgo había acabado un poco hasta las narices de la novia de Santaél. Bueno, el Galgo y más gente, hasta el punto de que incluso habían adaptado una rima para referirse a ellos: «Los novios de Santaél, tonta ella y tonto él».

Al ser mentada la novia de Santaél, los que no estaban tan al tanto de la historia pidieron que mi hermano contara entera la historia de esta novia, también llamada «la sordomuda». Mi hermano empezó a contarla. Aquí la resumiré tanto como pueda, pues no me olvido de que tenemos una aventura pendiente.

Como no podía ser de otra manera… perdón, cómo no (que a nuestra madre no le gusta lo de «como no podía ser de otra manera»), mi hermano conoció a su novia de Santaél en Roldana, o mejor dicho, en Monsácar, que es donde está realmente Valhalla, la discoteca antes mentada. Una noche, como otras noches en las que mi hermano y sus secuaces «entran a todas», queriendo esto decir que hablan con todas las chicas que pueden del local, se acercó mi hermano con Chindas, el cachas, a un grupo de chicas entre las que estaba una bella morena, además de la futura novia de Santaél. Una vez dentro del grupo, las chicas empezaron a vacilarles un poco. Ellos se miraron con cara de no saber lo que estaba pasando. Era una conversación de locos. En un momento de aquella loca conversación, su futura novia de Santaél tuvo la mala suerte de decir, con la voz muy afónica, que se llamaba Fulgencia. Digo que tuvo mala suerte porque la madre de unos amigos nuestros se llama también así, haciendo que mi hermano se interesara de verdad, dejando de lado el tonteo, y que le pidiera que le enseñara el DNI, por pura curiosidad onomástica, justo cuando ya iba a desistir de aquel grupo de chicas. Ella se lo enseñó y, lógicamente, era mentira, así que mi hermano en castigo se guardó el DNI en el bolsillo de atrás del pantalón. Ella protestó un poco, pero, entre el jueguecito que tenían y la conversación posterior, se les acabó olvidando a los dos. Después se separaron durante unas horas por la discoteca, una vez que mi hermano le hubo hecho el infalible truco de insistir en dejarla estar con sus amigas, prometiéndole que más tarde se verían. Y así ocurrió hasta que en determinado momento, mientras mi hermano estaba pidiendo una copa, notó unos golpes por detrás y apareció esta chica con cara de pánico acompañada de una amiga bastante alta, a modo de guardaespaldas. Solo habló la amiga guardaespaldas y le dijo a mi hermano que por favor le devolviera el DNI. Mi hermano no caía al principio, pero de repente se acordó de que lo llevaba en el bolsillo y, como vio la cara de terror en su futura novia de Santaél y la cara de enfado en la guardaespaldas de esta, pidió disculpas vehementes y dijo que es que se le había olvidado, que no se pensaran que lo había robado, que él era muy bueno. Como mi hermano es un maestro en poner cara de bueno, al final todo quedó en nada y hasta se dieron el número de teléfono.

Al día siguiente, habló mucho por WhatsApp con la chica; más de lo que esperaba. Con ella inventó la «táctica de los dos minutos» y parece ser que le funcionó desde que empezó. La táctica de los dos minutos consiste en dejar que pasen dos minutos cada vez que una chica responde algo, sobre todo si es un mensaje juguetón. De esta manera se consigue que la chica se preocupe pensando que ha metido la mata o se impaciente y diga cosas que no habría dicho si se le hubiera interrumpido con una pronta respuesta. Mi hermano ya lo había empezado a hacer ese verano, dejando algunos segundos de silencio cuando alguien le hablaba, cosa que hasta entonces nunca hacía. Con esta chica le dio muy buen resultado y, en general, con otras suele conseguir una información muy valiosa.

Tanto hablaron durante esos días que mi hermano pensó que le gustaba a la chica, como le pasó aquella vez con su novia de Terranaba. Por eso se extrañó cuando se la encontró otro día en la discoteca y ella, alegando que estaba afónica, le indicó por gestos que no podía hablar. Mi hermano se quedó un poco chafado, pero al día siguiente la chica le volvió a escribir bastante. Como era el último día que la chica iba a estar por Roldana, mi hermano le preguntó si quería que cenaran juntos. Su respuesta fue confusa, como la conversación del primer día, y al final no quedaron.

Al día siguiente ella se fue de vuelta a su tierra. Allí, en Santaél, volvió a escribirle mucho y, no solo eso, sino que empezó a enviarle muchas fotos suyas, de cuando iba con su madre a un concierto de Julio Iglesias, de cuando estaba en la piscina, de cuando estaba estudiando, y también fotos de su madre, de sus primos, de su perrito. También se contaron cosas íntimas y se hablaban de sus problemas.

En vista de esto, mi hermano la empezó a llamar su novia de Santaél, porque hablaba con ella como si fuera su novia, a pesar de que ni siquiera le había hecho la táctica de la mano y, por supuesto, a pesar de que la loca conversación inicial con su grupo de amigas no le había permitido preguntarle lo de septentrional, aunque tampoco recuerdo muy bien si en esa época ya lo hacía mi hermano.

Pasado un año en el que no había tramo de más de quince días en el que no se hablaran, decidieron verse otra vez en Roldana en verano. Mi hermano convenció al Galgo, que también iba de vez en cuando a Roldana, para que le acompañara unos días antes de que fueran los demás y así poder coincidir con su novia de Santaél más días.

Esto hicieron y el primer día que coincidieron fue en la playa. Hay que reconocer que mi hermano estaba bastante ilusionado. Cuando se acercó al grupo de su novia de Santaél en la playa, la saludó, pero ella no habló, tomando en su lugar la palabra la guardaespaldas del año anterior, que empezó a hablar en su nombre. Mi hermano consideró que posiblemente le había dado vergüenza a su novia de Santaél. No pasaba nada porque luego, según había quedado con la portavoz, se iban a ver en la discoteca. Pensó que no había problema porque en el fragor y bullicio de la noche no habría lugar para la vergüenza.

Sin embargo, cuando se encontraron en la discoteca por la noche y empezó a hablar con ella, ella solo contestaba con síes a todo, a pesar de que él le preguntara por ejemplo que dónde había cenado esa noche con sus amigas:

—¿Dónde habéis cenado hoy?

—Sí, sí.

Mi hermano no daba crédito y menos cuando al volver a casa empezó ella a escribirle otra vez. No tuvo mucho tiempo para darle vueltas a lo acontecido porque se durmió rápido, como es usual después de haber estado de fiesta. Desafortunadamente, también es usual, no obstante, en Roldana el síndrome de las 12, es decir, el hecho de que a las 12 uno siempre se despierta sin importar a la hora a la que se haya dormido. Víctima de este síndrome mi hermano se despertó a esa hora y entonces sí que tuvo tiempo de pensar con algo más de lucidez sobre lo que había pasado.

Fue la lucidez lo que le hizo resolver el misterio de su novia de Santaél. Empezó a poner todas las piezas en orden. La chica solo le hablaba por WhatsApp, pero nunca bien en persona y la única vez que se habían visto durante el día había hablado la guardaespaldas portavoz o la portavoz guardaespaldas. Eso le llevó a pensar primero que cuando le dieron el número de móvil en verdad le habían dado el de la guardaespaldas y que había estado todo el año chateando en verdad con ella y no con su novia de Santaél; que al principio empezaron gastándole una broma y que luego la bromita se les había ido de las manos. Pero enseguida descartó esa posibilidad porque no podía ser que la guardaespaldas le hubiera mandado tantas fotos de su novia de Santaél. Sería muy raro y una broma demasiado larga. Entonces le vino a la cabeza otra idea, que fue como la respuesta a un jeroglífico en la que todo encaja. Si su novia de Santaél solo hablaba con él por WhatsApp y cuando se la encontraba o no podía hablar porque estaba afónica y hablaba otra chica por ella o respondía todas las preguntas con raros síes, la única posibilidad es que su novia de Santaél fuera… ¡sordomuda! Todo cuadraba. Se lo contó esa misma mañana al Galgo y, aunque al principio este se rió y dijo que ya estaba mi hermano con cosas raras, empezó a pensar que era verdad, que todo cuadraba.

Tan convencidos estaban, olvidando que la primera noche sí que habló, que, cuando esa noche coincidieron con el grupo de esta chica, mi hermano, al ver que esta volvía a no hablarle, decidió preguntarle a la portavoz. Como le parecía un poco fuerte preguntar si la chica era sordomuda, preguntó eufemísticamente si la chica tenía problemas de audición. La guardaespaldas portavoz soltó una carcajada y dijo que no, que lo único que pasaba es que estaba un poco loquita (como la de la canción de Marama o Márama, el otro grupo del cantante de Rombai o Rombái).

Aquella fue la última vez que mi hermano vio a su novia de Santaél a pesar de que aún hoy sigue hablando con ella. Si no fuera porque ella le ha mandado vídeos en los que sale hablando y porque un día sorprendentemente ella llamó a mi hermano para darle las gracias por haberla felicitado por su cumpleaños, mi hermano aún creería que es sordomuda, si es que la que llamó fue ella.

Las excusas que puso ella para explicar su comportamiento fueron que el primer año mi hermano le daba un poco de miedo porque parecía un poco loco, por lo del DNI y por las extrañas cosas que hacía en la discoteca y que el segundo había ido su ex novio con el que medio había vuelto y que no quería que le pillara hablando con mi hermano. Pero el día que le llamó para agradecerle la felicitación, entre otras cosas le dijo que ya se le había pasado el miedo, que se había dado cuenta de que mi hermano era un buen chico y que ya estaba preparada para que se vieran. Sin embargo, como digo, aún no se han visto ni mi hermano la ha oído hablar en persona.

7
Gravedad, pelos y otras artes disuasorias

En defensa de su novia de Santaél, hay que decir que es verdad que mi hermano puede parecer un poco loco en las discotecas. Yo siempre he pensado que lo hace como protección para que solo alguna chica que esté verdaderamente interesada en hablar con él haga cualquier cosa por conseguirlo, prueba similar a la que la gitanilla somete a don Juan en la novela ejemplar de Cervantes.

Entre otras locuras que ahora contaré, él y el Galgo empezaron un día a hacer lo que ellos llaman «la gravedad». Esta fechoría consiste en que mientras están hablando entre ellos o con otros amigos en la discoteca, se van desabrochando el pantalón disimuladamente hasta permitir que la fuerza de la gravedad lo baje y siguen hablando como si nada hubiera pasado hasta que los circunstantes se van dando cuenta. Al que le hacen la gravedad es como si hubiera perdido en el juego.

Es como lo de hacer una cola detrás de alguien cuando están visitando una ciudad andando en grupo. Al que le hacen la cola en fila india detrás es como si perdiera. Lo mejor es cuando alguien solo se da cuenta de que le está cayendo una cola al ver que la gente por la calle le mira raro y, entonces, al mirar atrás ve toda una fila de gente detrás, como los patitos que siguen a mamá pato.

Otra de las fechorías disuasorias de mi hermano es «hacer pelos». Esto consiste en ir al baño y ponerse todos los pelos de punta como si se hubiera electrocutado y salir así por la discoteca. Por hacer esto, una vez se pegó un buen susto al mirarse en el espejo por la mañana, después de que sus anécdotas lingüísticas consiguieran que, a pesar de llevar el pelo alborotado, ligara con una chica, que llevaba pintados los labios. Y es que, cuando al día siguiente se despertó con aquellos pelos, con la palidez propia de la resaca y el color rojo del pintalabios de la chica restregado por la cara, al mirarse en el espejo vio al Joker.

Y hablando de espejos, no con tan mala pinta, pero con la suficiente, un día en Marlinda él y el Galgo fueron desde la discoteca a ver al tío del Galgo, que tenía un mercadillo allí. Como se habían dado un baño en el mar entre discoteca y mercadillo, consideraron que estaban más o menos decentes —y así es como el alcohol les hacía verse el uno al otro—, por lo que llegaron al mercadillo sintiéndose recién duchados. Pues bien, aparte de que el tío del Galgo les dijo días después que le habían dejado rubio con el aliento a wiski, mi hermano tuvo la mala fortuna de que en el momento en el que mejor se encontraba, justo pasaron a su lado unos hombres que portaban un espejo de los de pie, de tal manera que se vio reflejada su cara en él. Basta con decir que al principio no se reconoció. Luego le dijo al Galgo que igual era momento de volver a casa.

8
Uve doble ele ele

Otras locuras o dejémoslo en cosas peculiares de mi hermano tienen que ver con los camareros. Los camareros son una de las obsesiones de mi hermano en las discotecas, sobre todo las camareras, por supuesto, pero también ellos. Entre otras perlitas para con este gremio tiene una típica respuesta que yo creo que ha cogido de alguna película o serie. Cuando una camarera le pregunta si quiere algo más él responde:

—No sé, ¿quiero algo más? —y guiña el ojo igual que Joey en Friends. No en vano hubo una época en la que a mi hermano le llamaban Joey, principalmente cuando le dio por entrar a las chicas diciendo «¿Cómo va eso?».

También cuando paga con tarjeta tiene su ritual. Cuando le pregunta 20150922_132523alguna camarera si quiere copia él contesta «¿De ti o del recibo?» escalofriándola (de manera similar a cuando una noche en la cola de Valhalla tuvo un roce con un quinqui, el cual le amenazó diciendo que por menos había visto navajazos, a lo que mi hermano contestó con la fanfarronada «¿Tuyos o míos?»).

Como la tarjeta de mi hermano es de firmar, aprovecha la ocasión para, en vez de poner la firma, pintar corazones o firmar con una X, queriendo hacer la gracia de parecer analfabeto; o pone su teléfono, o pinta la clásica pantera rosa hecha con hexágonos. Todo un repertorio que, al principio podía resultar gracioso, pero que luego ha empezado a ser un poco tedioso, máxime cuando alguien que nunca lo ha visto lo celebra o cuando a veces las camareras se ríen e, incluso, se lo enseñan entre ellas. Un día, por ejemplo, al firmar, pintó un corazón y después puso su firma, tras lo cual le dijo a la camarera:

—Lo primero para el banco lo siguiente para ti.

La camarera se partió de risa, y más cuando al pedir la siguiente copa y escribir lo mismo mi hermano lo dijo al revés:

—Ahora lo primero para ti y lo segundo para el banco.

Y guiñó un ojo.

Pero su éxito más rotundo fue el día que le escribió una poesía a una camarera en la caja del Big Mac en un McDonalds. La camarera al leerla se metió donde se preparan las hamburguesas, y de repente, cuando ya no se la veía, se oyó una carcajada de todos los que estaban dentro. Mi hermano miró orondo a su compañero de desayuno de aquel día, que ahora no recuerdo quién era.

Otro de sus grandes éxitos a la hora de firmar el recibo de la tarjeta fue en el restaurante de Roldana al que siempre vamos a comer chanquetes, cuando, a la hora de firmar el recibo, la camarera no tenía boli, y mi hermano, sin saber si funcionaría, se tiró un triple y le dijo que no se preocupara, que en ese papel se podía firmar con la uña, que era como papel calco; cosa que curiosamente consiguió hacer cuando lo intentó. La camarera, sorprendida, se lo agradeció y le dijo que bueno era saberlo para la próxima.

También a la hora de pagar, si pide un chupito de Jagger o de tequila, suele ofrecer uno al camarero en cuestión diciendo bastante rápido «Dos chupitos de Jagger. Si tú quieres uno, tres», sabiendo que generalmente o el camarero no puede tomar porque está trabajando o, si puede tomar, con este truco no cobrará ninguno. De esta manera, aun en el caso de que le cobren el chupito, al menos siempre consigue quedar bien y casi siempre le invitan al segundo (al segundo chupito, digo, no que le invitan al instante).

Otro truco fundamental para quedar bien es dejar un euro de propina por copa. Dice que un euro más al precio que están las copas no se nota, y que, como poca gente lo hace, los camareros agradecen y aprecian mucho el gesto. Considera una tontería no hacerlo y para demostrarlo siempre cuenta la historia de que una vez en Ribancho, al darle un euro a una camarera, esta le preguntó «¿Sabes quién soy?». Ante el intrigado no de mi hermano, le desveló que era la dueña del bar y le dijo que a partir de ese momento estaba invitado a todas las copas que quisiera (a las suyas, eso sí, que no era plan de que se pusiera a invitar a copas a todos sus amigos. Encima con exclusividad, pensaría él).

La mejor propina que dio de esta forma fue una vez en Roldana cuando compró previamente el típico euro de recuerdo que viene pintado por una de las dos caras, en este caso, con una palmerita y con el nombre de Roldana. Cuando llegó a la discoteca sorprendió con este euro especial a la camarera a la que llevaba dándole un euro de propina todas las noches. La cautivó realmente.

Otro truco que hace, en este caso para que los camareros se acuerden de lo que bebe y no tener que gritar con el estruendo de las discotecas, es decir «uve doble ele ele», lo cual lógicamente, y él lo hace aposta, al principio el camarero no entiende, pero que explicado como White Label con (Coca Cola) light cobra sentido y es efectivo para que ya no se le olvide al camarero ni lo que significa ni lo que pide mi hermano.

Precisamente es bueno que no tenga que decir lo del White Label porque alguna vez ha tenido problemas con el nombre. Uno de ellos fue en su estancia en Nueva Isla, estancia de la que algún día hablaré con más detalle. Empezó pidiendo White Label, Dewars_White_Label_1pronunciado a la española, es decir, [guáit lábel], y no le entendían. Entonces se le encendió la bombilla y pensó, «Ah, claro, es que se pronuncia [guáit léibel]», pero tampoco le entendían. Entonces miró la botella y cayó en que allí lo llamarían por el nombre de la marca, Dewar’s, lo cual pronunciado con su mejor inglés o jaimglish, es decir, diciendo [díwars], tampoco obtuvo el resultado esperado. Al final, tuvo que señalar la botella, y entonces el camarero exclamó: «¡Oh! [Dúars]».

Lo de jaimglish, por cierto, es como él llama a su forma de hablar inglés, haciendo un acrónimo del tipo de spanglish. Esta variante del inglés de mi hermano es bastante correcta y, al parecer, a las chicas les parece muy mona, sobre todo cuando pronuncia, como tantos españoles, una e inicial en palabras que empiezan por s más consonante, la llamada s líquida, diciendo, por ejemplo, [espéin]. Será que a los españoles nos gusta ponerle una tapa a todo lo líquido.

Otro día en Roldana, mejor dicho, en Pera playa, que es la continuación del paseo de Roldana, donde en verdad está la casa de Chindas, mi hermano le pidió a la dependienta del veinticuatro una botella de White Label. La chica fue a coger una de Red Label (de Johnnie Walker), en la que se ve más grande lo de Label y mi hermano la detuvo exclamando:

—No, no. White Label. —Y acordándose de lo de Nueva Isla añadió—. Bueno, Dewar’s —pronunciado [díwars] porque le parecía demasiado fuerte pronunciarlo [dúars].

La dependienta, autóctona ella de las tierras del sur, contestó:

—Cómo que da igual —pronunciado [diwáh] en almeriense—. No, no, si me has pedido White Label te pongo White Label.

A su lado su amiga Cami 2 se empezó a reír y mi hermano, con su bondad innata, para que no se sintiera mal la dependienta, que con su mejor intención le había recriminado, dijo:

—Ah, ¿que he dicho da igual? Pues no me he enterado. No, sí, mejor White Label si se puede.

De Cami 2, ya que es la segunda vez que la menciono, diré por ahora que es una de las mejores amigas de mi hermano, con la que alguna vez ha tenido alguna historia graciosa que ya irá saliendo en este o en un futuro relato. Es suficiente por ahora contar, por ejemplo, que, como mi hermano y Cami 2 tienen las casas muy cerca en Roldana, muchas veces bajan juntos y solos a la playa. Tanto tiempo pasan juntos y solos que fue inevitable que el padre de Cami 2, de la vieja escuela, cuando se estaban conociendo, les viera y se mosqueara. Queriendo no creer que le estaban levantando a su hija delante de sus narices y observando que mi hermano iba muchas veces con un bañador rosa, un día le preguntó a su hija, como queriéndola disuadir de sus posibles intenciones, si su amigo era mariquita y que por eso llevaba un bañador rosita con flores hawaianas. Cami 2 se desternilló pensando en la posible reacción de mi hermano al enterarse. Cuando se lo contó, mi hermano se ofendió un poco, pero contestó con sorna diciendo que qué tendría que ver, que eso lo decía su padre porque viendo su atractivo había temido que Cami 2 cayera rendida en sus brazos y se acogía a la esperanza de que fuera gay (pronunciando [gái] como manda la VEI); que además el bañador se lo había regalado una ex novia y que, si de algo era el bañador, era de surfero, lo cual es lo más macho que hay.

Esta y otras historias que irán saliendo han unido y desunido a la vez, es decir, han unido, a Cami 2 y a mi hermano. En este caso, hay que reconocer que mi hermano tuvo una extraña etapa en la que le encantaba el color rosa: siempre se pedía la ficha rosa en el Trivial, llevaba calcetines rosas y hasta se compró las Sparco, cuando se pusieron de moda, de ese color. Aún hoy le quedan algunos vestigios de ese gusto cromático, como ir con chaleco rosa a las bodas de las que le hacen testigo.

Volviendo al tema de las discotecas, lo de pedir con Coca Cola light mi hermano ahora lo sigue haciendo por no engordar. Y es que, cuando le advierten que el alcohol engorda, él dice que lo que engorda es la Coca Cola, no el alcohol. Pero en su momento, cuando estaba más delgado, empezó a pedir Coca Cola light porque descubrió, la primera vez que estuvo en América, que allí la Coca Cola light se llamaba Diet Coke, y le encantaba pronunciar el nombre: [dáiet cóuk].  Así, con la tontería, se acostumbró al sabor y desde entonces siempre pide Coca Cola light, aunque es verdad que ha tenido alguna época de rebeldía en la que ha pedido Coca Cola normal o, incluso, a veces zero.

Aunque todas estas cosas puedan parecer excentricidades, el caso es que mi hermano, gracias a ellas, consigue algunos favores, y no solo el susovisto del día que le invitaron a todas las copas en Ribancho. Por ejemplo, entre lo del euro y lo del uve doble ele, muchas veces no tiene que esperar cola en la barra para pedir. Con levantar las manos por encima de la gente con un dedo levantado el camarero se lo pone. A veces en vez de un dedo indicando que quiere una copa, levanta tres dedos de una mano haciendo una uve doble y dos de la otra haciendo una ele. Y así, aunque es un panoli o pagafantas invitando a chicas, es experto en que los camareros le inviten a cosas.

Pero aún no he acabado con los locos clichés de mi hermano por las noches. Con el calor de Roldana y después de varias noches seguidas saliendo, es normal que la cabeza duela un poco. Para sanarse o al menos aliviarse del dolor, una noche, a mi hermano se le ocurrió echarse copa por la cara, apoyando el borde de la copa contra la frente y volcándola suavemente. Después de varias veces, el sistema resultó efectivo para paliar el dolor, pero no para beberse la copa. Mi hermano al principio pensaba que el líquido seguiría fielmente el curso de la nariz deslizándose dulcemente en la boca a modo de cascada si se sacaba un poco la lengua. Pero no es así, al final el líquido cae por todas partes menos en la boca; la nariz hace de rompeolas, más que de cauce o lecho.

De esta forma, con lo que se empezó a llamar el «chupito frente», fue como mi hermano se empezó a ganar la fama de que siempre lleva la camisa mojada, hasta el punto de que se ha convertido en tradición para él el mandar fotos a la gente con lo que él llama empapadas: «Esta empapada es de las mejores que recuerdo», decía un día por ejemplo al mandar una foto en la que tenía mojados hasta los pantalones.

empapada2Tal es el entusiasmo con el que la gente recibe estas fotos que, cuando le ven en una discoteca sin la camisa mojada se lo recriminan y llegan a exigirle que se la moje para poderse hacer una foto con él y mandarla, como si de un famoso se tratara. Alguna vez incluso le han llegado a sugerir que, para no mojarse la camisa, se la abra, cosa que, por cierto, ya hace algunas veces en las discotecas por motivos distintos, pero la cosa es que el día que probó a hacer el chupito frente con la camisa abierta cayó en la cuenta de que aunque era cierto que no se le mojaba la camisa, se le mojaban en cambio los calzoncillos (y los pelos del pecho). Ante esto le contestaron que para eso podía ir comando. Pero por ahí no estaba dispuesto a pasar mi hermano por miedo a pillarse la… en fin, por el miedo que todo el mundo tiene después de haber visto la horrible escena de Algo pasa con Mary.

Hay que decir, no obstante, que una de las mejores empapadas no la consiguió mi hermano, sino el Galgo. Fue un día que estaban en Marlinda en una discoteca donde las copas eran insultantemente caras. En esa época estaba muy de moda la canción Wake me up de Avicii, hasta tal punto que la gente de nuestro grupo se volvía loca y empezaba a dar brincos y a montar una especie de remolino (como el que hacían Zazú, el Galgo y mi hermano con In my mind en la época de postureo en la que como mucha otra gente iban a ir a Tomorrowland, pero no). Al segundo día, cuando pusieron Wake me up, el Galgo, que había aprendido de la experiencia, antes de unirse al remolino, se tiró la copa por encima de la cabeza. Cuando le preguntaron que por qué lo había hecho respondió:

—Con lo cara que es la copa aquí, antes de que me la tiréis vosotros prefiero tirármela yo.

La explicación que le dieron a estas palabras fue que era como en la explosión de un edificio: puestos a que se nos caiga la copa por encima mejor hacerlo de manera controlada.reloj

Un éxito casi tan abrumador como el que tiene mi hermano con las fotos de la camisa mojada lo consigue con las fotos que manda por WhatsApp de un reloj que tiene en su cuarto, en las que se ve la hora a la que se acuesta al volver de fiesta. Ha habido incluso peleas entre chicas si a una se lo ha mandado y a otra no y se enteran o si a alguna se la ha mandado unos minutos más tarde, porque eso significa que es la última en la que ha pensado antes de acostarse.

También al volver de fiesta a veces escribe bellos poemas que cuelga en su muro en Facebook o en Instagram. Por las mañanas se indigna al ver que estos poemas tienen más megustas que otros poemas serios que cuelga entre semana.

También gozó y aún goza de mucho éxito con una serie de fotos que empezó a hacer a la gente con un abrigo verde chillón que se compró; verde lima, para ser más técnicos. Todo empezó cuando estando en Holanda, un amigo americano le pidió consejo con la foto de perfil del Facebook y mi hermano, que en ese momento tenía una con este abrigo verde con la que había conseguido muchos megustas, le dijo que por qué no se lo ponía y subía una foto con él puesto, que el verde del abrigo favorecía mucho. Eso hicieron y lo mismo después con la mejor amiga holandesa de mi hermano, que estaba con ellos y que se había puesto celosa. Y así poco a poco fue haciéndole una foto con el abrigo a más gente hasta conseguir muchas. Incluso la perrita del Galgo tiene una con el abrigo. En este caso, igual que con lo de la camisa mojada, muchos al verle por ahí con el abrigo le piden que se lo deje para hacerse una foto.

Otra de las fechorías de mi hermano es el llamado «chupito emergente». Esto consiste en meterse un vaso de chupito vacío, después de haberse tomado el contenido, dentro de una copa llena. El efecto que tiene en las chicas el ver cómo mi hermano, después de ofrecerles un chupito, lo saca de dentro de su propia copa, como si emergiera por arte de magia, es inefable. Y más efecto aún tiene cuando saca uno para ella y otro para él. También es verdad que, como es lógico, muchas veces las chicas no quieren beber por si la copa está envenenada o por si tiene alguna pirula o, vamos, porque les da un poco de asquillo ver cómo mi hermano mete los dedos en la copa de la que saca el chupito.

Si alguien quiere probar la táctica del «chupito emergente», ¡ojo!, es importante que el vaso contenedor sea vaso de sidra o alguno otro ancho, porque si se hace en vaso de tubo el chupito se puede quedar encajado, lo cual puede ser bueno o malo. Puede ser bueno porque es bonito el efecto que se produce cuando el chupito se queda arriba y al darle la vuelta a la copa el líquido no cae, pareciendo cosa de magia porque el chupito no se ve. Pero puede ser malo si, cuando ya se quiere sacar el chupito para seguir bebiendo, se le da la vuelta a la copa, y, después de dar unos golpes al culo del vaso, el chupito cae al ojo. También es importante recordar que se tiene el vaso de chupito dentro en caso de querer emular al Galgo en lo de tirarse la copa. Sé por experiencia que hace más daño que los hielos.

Es menester decir que lo del chupito emergente no fue exactamente invento de mi hermano. Se le ocurrió en Holanda, cuando descubrió y, por supuesto, probó, una forma de tomarse la cerveza, que consiste en pedir al lado un chupito de ginebra o vodka con el objetivo de que la cerveza no dé tantos gases. Esto tiene un nombre en holandés que no recuerdo, pero cuya traducción es ‘rompecabezas’. Este menú se puede tomar de al menos tres formas. La primera es ir dándole un trago a la jarra de cerveza y luego un sorbito al chupito. La segunda es vertiendo el contenido del chupito dentro de la jarra de cerveza; y la tercera, y aquí está la clave, es echando directamente el vaso de chupito con su contenido en la jarra de cerveza.

Esta idea le gustó mucho a mi hermano, porque aunque le encanta la cerveza, si toma demasiada le dan gases y se duerme. Lo de que la cerveza le duerme se pudo comprobar la noche en la que en una barra libre de cerveza en una discoteca en Comandafnia cayó rendido en un sofá. Cuando un puerta le vino a echar, se levantó asustado y preguntó que por qué le quería echar. El puerta le dijo que estaba durmiendo y que en la discoteca no se podía dormir. Él, pudiendo haber contrautilizado el truco de Cela y haber dicho que no estaba durmiendo, sino que estaba dormido, prefirió ponerse a bailar y dijo: «Pero si estaba bailando». Sorprendentemente no le echaron.

También le cogió cierta aprensión a beber demasiada cerveza cuando se enteró de que incrementa las posibilidades de tener gota. Desde que leyó aquello cada vez que se pasa con la cerveza nota que tiene el dedo gordo del pie hinchado.

El peor día sin duda relacionado con la gota fue cuando al volver de fiesta en Favencia un verano, al quitarse el zapato vio que tenía el dedo gordo y parte del pie del color que se pone la piel cuando hay sangre por dentro, es decir, como amoratados o acardenalados. Se asustó mucho, pensó «Hasta aquí hemos llegado» y rezó por que lo que hubiera pasado fuera que se había desteñido el zapato, aunque era marrón. Empezó a frotarse el pie y no salía. Al final, frotando con ahínco y con el ímpetu del que no quiere morir tan joven, consiguió que se fuera quitando el color, seguramente porque en verdad era cosa del zapato; aunque si hubierais visto la vehemencia y el frenesí con los que se frotaba el pie con la esponja, en una postura bastante graciosa, por cierto, dudaríais como yo de si lo que en verdad hizo fue devolver la sangre allí acumulada al corazón.

También por el problema de no querer beber demasiada cerveza, en Romsa —una ciudad noruega donde mi hermano ha ido varias veces por estancias y congresos y que está por encima del círculo polar ártico— se exponía mi hermano a una situación curiosa. Nos contaba un día que en las discotecas de allí dejaban pasar y beber cerveza a mayores de dieciocho años, pero solo podían ingerir bebidas espirituosas fuertes los mayores de veintiuno. Como en los países europeos las copas son caras y pequeñas, sus amigos solían pedir cerveza, y mi hermano hacía igual, hasta que en un momento de la noche necesitaba una bebida que le detuviera la gasopuntura que le atormentaba por dentro. Para poder tomar una de las bebidas fuertes había una salita especial a la que solo se podía acceder si se era mayor de veintiuno y, por supuesto, no se podía salir con la copa. Así que era como una sala de fumadores, pero peor, porque como nos decía mi hermano, el que sale a fumar, aunque lo haga solo, tarda unos cinco minutos, pero el que se está tomando una copa, encima cara, se tira media hora mínimo para degustarla como es debido. Así que mi hermano, mientras se terminaba su copita se pasaba al menos media hora solo en una sala donde apenas había mujeres, rodeado de borrachines, con los que, tras haber pensado en sus cosas, por supuesto, acababa hablando, sobre todo si daba el «sorbo letal», es decir el sorbo en el que uno debe despedirse de sus amigos hasta el día siguiente, porque pasa a no recordar las cosas, y en el que a mi hermano en concreto le empieza a dar el «momento social». Pero pasar por esa sala era la única forma de aguantar. Lo peor de todo es que encima mi hermano es de los que les cuesta estar bailando en una discoteca sin una copa en la mano, no por beber, sino por costumbre, así que cuando no estaba en la sala de bebedores, estaba como incómodo mirando hacia ella, añorándola, como si fuera un alcohólico.

Parecido a lo del Galgo con la canción de Avicii, pero en dirección opuesta, es lo que mi hermano llama «hacer un Fernando Alonso». Un «Fernando Alonso» consiste en agitar una bebida embotellada y abrirla empapando a todos, igual que hace, o que hacía, Fernando Alonso con el champán cuando gana o ganaba una carrera. Esto empezó en el reservado de Roldana, un día en que al traerles la mezcla para las botellas de alcohol, mi hermano cogió una botella de cristal abierta de Coca Cola y tapándola con el dedo gordo empezó a agitarla y a empapar a la gente. A partir de ahí empezó a hacerlo también en Almagriz con las cervezas que venden los chinos a la salida de las discotecas. Los objetivos habituales de esto suelen ser Pichuki y Quero, aunque Pichuki ya no tanto después de que un día se enfadara muchísimo cuando mi hermano la empapó a ella y a Celulita a conciencia. Como a mi hermano le gusta mojarse y considera que mojarse con alcohol es signo de salud, al principio consideraba infundadas las broncas que le echaba la gente y seguía haciéndolo y, aunque sin mala intención, molestando. Ahora ya se ha reformado, porque se ha dado cuenta de que no es solo el estar mojado, que ya es molesto, sino que también el alcohol hace que uno huela.

Y ahora que digo lo de «hacer un Fernando Alonso», igual que sucede en otros grupos, en el nuestro hay muchos casos en los que alguien, por hacer algo característico repetidas veces, acaba dándole el nombre a una acción. Merece la pena destacar algunos de ellos.

Uno, por ejemplo, es «hacer un Galgo». Aparte de lo de tirarse la copa por encima, que también podría decirse que es «hacer un Galgo», el que «hace un Galgo» en este caso es el que organiza un plan y lo propone en el grupo común de WhatsApp y luego, cuando ya está todo el mundo en el sitio donde se ha quedado, resulta que no aparece y, más aún, no avisa de que no va a aparecer. Otro es «hacer un mi hermano», que creo que he mencionado antes y que consiste en coger a una persona, generalmente, a la amiga de una amiga, una noche por banda y darle una buena chapa contándole un montón de historias sin casi dejarle hablar más que para aprobar lo dicho. «Hacer un Zazú» o «un Sano», que en esto hay disputas, es inflarse a copas en una casa y luego irse directo a la cama en vez de salir a una discoteca. «Hacer un Charly» es despertarse por la mañana y darle la vuelta a los pantalones y sacudirlos para ver si queda al menos alguna moneda de por la noche en los bolsillos. Esto se puede completar mirando los recibos de la tarjeta de la noche y quejándose amargamente de todo lo gastado, tirando los recibos por el aire. También «hacer un Charly» es, al recibir una llamada, quejarse diciendo «¿Por qué me llama este ahora?», sea quien sea la persona que llama. «Hacer un Quero» es forzar el saludo con algún vecino y que el vecino no conteste. «Hacer un Mufo» es decir una noche al salir de fiesta que vas a ver amanecer y caer antes de las tres de la mañana. Muy parecido es «Hacer un Lízar», que consiste en ir un fin de semana a algún sitio de fiesta y morir (en el sentido de no poder salir el resto de días) la primera noche. «Hacer un bailarín de Tóldoz» es casi darse con el coche de delante por estar distraído mirando a una tía buena que pasa por la calle.

Luego los hay más sofisticados, como «hacer un Kiko Burgos» o «hacer un Alfonsito», los dos muy relacionados. El primero lo explicaré luego para que veáis en directo el origen. El segundo consiste en parar alguna actividad, en su origen fue una partida de mus, y sin venir a cuento sincerarse diciéndole a la gente, por ejemplo:

—Sois mis mejores amigos. Nunca me lo había pasado tan bien jugando al mus.

Y luego pasar a preguntar por algún tema íntimo como que qué opina la gente sobre los celos.

Hasta ahora, en todos estos casos el nombre de la acción lo da el que la hace, pero también puede dar el nombre el que la recibe. Por ejemplo, Chindas y mi hermano llamaron hacer un Cami 2 a estar en una discoteca con alguna chica, al principio siempre era Cami 2, y decirle que te estás haciendo pis para irte a dar una vuelta por la discoteca entrando a chicas (la llamada «putivuelta») y no volver hasta un buen rato después habiendo dejado a la chica sola o, mejor aún, habiéndola dejado con alguien con quien no se lleva bien y que no tiene mucha conversación. Este tipo de grupos que no pega ni con cola, por cierto, es lo que se llama un «pencho», como los que típicamente hay en las mesas de las bodas.

También hay otra acción en la que el nombre lo pone el que sufre la acción: «hacer un cajera de Mercaballero» (o en su versión reducida «hacer un Mercaballero»). Esto consiste en no contestar a una pregunta que alguien nos hace y que claramente oímos sin tener motivo para no hacerlo. El nombre viene de que en la época en la que a mi hermano le dio por ser borde, un día estaban comprando en Mercaballero y la cajera le preguntó alto y claro a mi hermano si quería una bolsa y mi hermano ni se molestó en contestar. A su amigo Fernando, que iba con él, le hizo mucha gracia y desde que nos lo contaron llamamos así a cualquier caso en el que sin razón alguna se ignora una pregunta.

La posibilidad de que el nombre de la acción lo dé el agente o el paciente me recuerda a algo que nos contó mi hermano un día: la posibilidad de encontrar verbos que indiquen en qué sitio se pone algo o verbos que indican lo contrario, es decir, qué se pone en un sitio (en inglés mi hermano dice que se llaman location y locatum verbs, respectivamente). Un ejemplo de los primeros es el verbo to shelve, que significa ‘poner en una estantería’ y un ejemplo de los segundos es to saddle, que significa ‘poner la silla de montar en algún sitio’. Es decir, en el primero el nombre lo da la estantería (shelf), que es el lugar en el que se pone algo, y en el segundo caso el nombre lo da la cosa que se pone, la silla de montar (saddle). En español un ejemplo de los primeros sería enjaular o enlatar, porque estos verbos indican que metemos algo en algún sitio, en una jaula o en una lata; y ejemplos de los segundos podrían ser ensillar, enyesar, empanar o empolvar, porque indica lo que le ponemos a algo: una silla, yeso, pan o polvo. Para más inri, hay incluso verbos que indican lo que se quita de un sitio, como dust en inglés, que significa ‘desempolvar’. En español creo que no hay ninguno de estos, aparte de los que tienen el prefijo des- como desempolvar, claro; a no ser que barrer sea ‘quitar el barro’, je, je.

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