Los lingüistas somos gente honrada

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De vez en cuando, y con esto nos vamos acercando a la ya varias veces anunciada aventura, mi hermano sale a dar una vuelta con un amigo al que, sin ser filólogo como él, también le encantan la lengua y sus curiosidades. Se llama Queremón (nombre que curiosamente comparte con un gramático estoico) y es a quien me he referido antes como Quero, que es el hipocorístico con el que le llamamos. Quero es el perfecto complemento de mi hermano porque le interesa mucho la gramática. Aunque de lo que de verdad sabe mucho es de curiosidades de la naturaleza, es decir, de animales, plantas, minerales, dinosaurios, elementos químicos y demás. Baste decir que uno de sus autores favoritos es Asimov. Quero acabó estudiando Derecho, después de dejar Biología en cuarto, desilusionado porque, como les pasa a muchos (incluso a mi hermano con Filología), la Universidad no es ni mucho menos lo que uno espera cuando decide estudiar lo que de verdad le gusta sin tener en cuenta las posibles salidas.

Mi hermano siempre se queja de que no hay derecho a que le preguntaran en un examen de Literatura de la Universidad por el nombre de la madre del protagonista del libro que se tenían que leer (en el colegio todavía, pero en la Universidad no), o a que le pusieran peor nota por haberse leído varias versiones de la historia de Prometeo y confundirlas, cuando para el examen solo le exigían leerse la de Esquilo; o —y esto es lo que más le molesta— a que le preguntaran por la biografía de una poetisa de la Generación del 27, en vez de preguntarle por alguna cuestión poética de las que le extasiaban por aquella época.

En este último caso lo que más le molesta es que le suspendieran la asignatura de Poesía del siglo XX. A él que se considera un gran poeta, a él que nació el día después de que muriera Vicente Aleixandre y del que, por tanto, (aunque no le gusta demasiado) se considera la reencarnación; a él que nació el día de san Juan de la Cruz, que es el día de los poetas; a él que, según dice, es poeta de más altura que el mismo Keats, pues si Keats medía exactamente cinco pies, mi hermano descubrió un día, al medirse en Nueva Isla, que mide exactamente seis pies, es decir unos 1,8235 metros (viendo lo cual, por cierto, empezó a considerar que es un estándar de la naturaleza y que tienen que llevarle a París para ponerle al lado de la barra de iridio y platino que sirve como patrón de medida del metro).

Pero, claro, como todo lo malo le tiene que servir a mi hermano para algo, este suspenso reafirmó su idea antes mencionada de que, como al licenciado Vidriera, y como le pasaba a Gandhi con el cristianismo, a él le gusta la poesía, pero no le gustan los poetas. Los días que sale el tema de su suspenso, después de lamentarse amargamente, se contenta diciendo que no pasa nada por que le suspendieran la asignatura de poesía del siglo XX, puesto que, claro, al fin y al cabo, él es un poeta del siglo XXI.

Pero, a lo que íbamos. El caso es que Quero y mi hermano se van de vez en cuando a correr juergas y andanzas lingüísticas, es decir, parten en busca de curiosidades que salen de las bocas de las gentes al hablar, no satisfechos (de satis que significa ‘bastante’ en latín) con lo mucho y muy sustancioso que se escucha en la televisión o en la radio o con lo mal que se escribe ahora en los periódicos. Estas correrías suelen tener lugar en los vagones del metro o por las calles del centro de Almagriz. Generalmente mi hermano es el que toma la palabra.

Así, uno de esos días mi hermano le iba diciendo en el metro a Quero:

Escribir bien y hablar bien es de gente buena. Porque el que es cuidadoso con el lenguaje y con las palabras que emplea es cuidadoso en todo lo demás. El que respeta las normas lingüísticas y, más aún, el que las respeta y las entiende, también respeta y entiende las normas cívicas, y esto le da un poder crítico para distinguir cuándo una norma es justa o injusta. Y el que siente curiosidad por el lenguaje es curioso en todo y el que es curioso no puede hacer mal porque el curioso tiende a dejar que las cosas ocurran en su forma natural para analizarlas. Otra cosa es que a veces sienta la necesidad de intervenir para corregir a los que utilizan mal una lengua y explicarles cómo se debe usar, para así brindarles la oportunidad de ser cuidadosos también.

Quero asentía porque estaba completamente de acuerdo. Mi hermano proseguía:

—Y además de escribir y hablar correctamente es preciso tener un extenso vocabulario para así poder reproducir de la manera más fiel posible los pensamientos de uno, pues no hay sentimiento más hermoso que el ver los pensamientos plasmados en algo físico como son la voz o la escritura. Significa capturar algo etéreo y demostrarnos a nosotros mismos que es real. De esa manera es fácil conquistar a las personas. Es como si les transmitiéramos el pensamiento por telepatía. Cuando la forma de expresarnos no refleja minuciosamente lo que pensamos, entonces otros podrán entender con razón algo distinto de lo que queremos manifestar. Se podría decir que les estamos engañando. Así que el buen uso de una lengua es esencial para nuestra relación con los otros y, por tanto, es deber y reflejo de la buena persona hablar y escribir bien porque esto significa que desea relacionarse de la mejor manera posible con los demás.

En ese momento justo llegaron a la estación de Quevedo.

respeta las normas

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Muchos apellidos vascos o Casa con una puerta, mala es de cerrar

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Otro día, cuando el grupo de amigos partíamos rumbo a una discoteca después de haber estado tomando copas en casa del Galgo, que es un amigo de la infancia de Pinar de San Martín, un barrio al noreste de Almagriz, al salir de casa, el propio Galgo cerró la puerta dándose cuenta justo al hacerlo de que se había dejado las llaves dentro y, no solo las llaves, sino la cartera y al perro. Como no había nada que hacer en ese momento, puesto que eran las dos de la mañana, decidimos postergar el problema a la mañana, con la esperanza de que para entonces, a pesar de ser sábado, estuviera el portero, que tenía una copia de las llaves.

Esa noche en la discoteca, mi hermano, entre otras cosas, empezó a hablar con una vasca. Últimamente, después de haberlo dejado con una novia del País Vasco, con la que estuvo algún tiempo, le había dado por encontrarse con chicas de esta zona en las discotecas. Esto no era muy de su agrado porque decía que se desmoronaba o que se venía abajo por los recuerdos. Aun así, ya que estaba, aprovechaba para sacar su repertorio de palabras sueltas en vasco. Las palabras las sabía porque su exnovia —o ex novia, que en caso de que ella ahora sea novia de otro sigue siendo una novia y no una exnovia, aunque sí es ex novia de mi hermano (con el ex separado)— porque su ex novia, pues, se las había enseñado, o, más bien, MUCHOS APELLIDOSporque mi hermano se las había sacado a la fuerza, puesto que a ella no le gustaba hablar con él en vasco, por mucho que mi hermano se empeñara en aprender. Obviando la voluntad de su ex novia, mi hermano llegó a hacer algún cursillo de euskera por internet, gracias al cual consiguió decir hasta «Me duele la cabeza» en esa lengua. Pero no solo su ex novia sufrió lo aprendido en estos cursillos, también mi hermano tuvo a bien hacernos sufrir una buena temporada, dándonos la chapa con el origen de los apellidos vascos, mucho antes de que sacaran la película de Ocho apellidos vascos. Esto empezó una vez que hubo superado la época del noruego y del famoso «Hva heter du?» para ‘¿Cómo te llamas?’ y el «Kan du stave det?» para ‘¿Puedes deletrearlo?’, repertorio que, todo hay que decirlo, le sirvió por lo menos para flirtear con una sueca en Canarias. —El sueco es muy parecido al noruego—.

Mi hermano decía que para saber el significado de los apellidos vascos basta con saber el significado de algunas palabras clave. Por ejemplo, etxe, significa ‘casa’ y berri ‘nuevo’. etxebe del castilloPor tanto, el apellido Etxeberria significa ‘casa nueva’, con lo que es igual que (o un calco de) Casanova o Cánovas. También con etxe está sagaretxe, que es un restaurante de Almagriz. Sagar significa ‘manzana’, por lo que el significado literal es ‘casa de la manzana’, que es lo mismo que ‘sidrería’. Y luego logo-loreak-mendianGoikoetxtea es ‘casa de arriba’. Otra palabra clave es mendi, que significa ‘monte’. Aparece en Mendikoetxea, ‘casa del monte’ o en el apellido del jugador de fútbol Illarramendi, que significa ‘monte de guisantes’. También en la canción Ikusi mendizaleak que significa algo así como ‘mirad montañeros’, si no me equivoco, y también en la marca Loreak Mendian, que significa ‘flores (como en la película vasca) en el monte’ (de ahí el logo de la florecilla). Otra palabra curiosa es Haran, que es ‘valle’, por lo que mi hermano dice que el valle de Arán es un pleonasmo o tautopónimo, porque significaría ‘valle del valle’ igual que el puente de Alcántara es ‘puente del puente’ o el desierto del Sahara es ‘desierto del desierto’, porque Alcántara y Sahara significan ‘el puente’ y ‘el desierto’ en árabe. También los nombres de los ríos que empiezan por guad-, o monte Fujiyama, tautopónimo porque yama es ‘monte’. Por eso en la Wikipedia aparece como monte Fuji. En la propia Wikipedia se pueden encontrar muchos más, como río Misisipi (en algonquino ya significa ‘río’), lago Míchigan (en ojibwe ya es ‘lago’), etc. De manera similar, sin ser topónimo, al decir pera bergamota caemos en pleonasmo porque bergamota viene del turco beg armudi, donde armudi es ‘pera’ y beg es ‘bey’ o ‘señor’. Estaríamos, pues, diciendo la pera pera del señor.

2015-04-21 12.07.51Así nos ilustraba mi hermano con estos y otros muchos apellidos vascos más (más de ocho, desde luego), algo que, después de todo, a la larga, cuando uno se daba cuenta de que era capaz de sacar el significado de uno nuevo que veía, tenía su gracia. He de confesar que para mí lo de Etxeberria fue una revelación tan grande como cuando descubrí que en muchísimas cremalleras pone YKK o que quicksilver significa ‘mercurio’ o que el apellido Smith significa ‘herrero’ y Schneider ‘sastre’ o que el logo de Chupa chups lo diseñó Dalí y el de La Caixa Miró.

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En esto de enseñar técnicas, la verdad es que mi hermano a veces es como Lao Tsé, es decir, que si alguien le pide que le ayude a pescar, él no se limita a pescarle un pez a esa persona, sino que le enseña a pescar para que pueda hacerlo cuando quiera sin necesitar que mi hermano esté.

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Pues bien, volviendo al vasco o euskera, en cuanto mi hermano conoce una chica vasca, por su carácter generalizador, da por hecho que como su ex novia aprendió antes vasco o euskera que castellano o español, todos en el País Vasco tienen que haber hecho igual, sean de donde sean. Bien es cierto que gracias a esto las vascas se libran, solo por su procedencia, de la prueba de septentrional. La chica de esta noche en concreto era de Bilbao y mi hermano empezó a soltarle su ristra o ringlera de palabras. Una de sus expresiones preferidas, para demostrar que va más lejos que un simple eskerrik asko, que de todos es sabido que significa ‘gracias’, es ez horregatik, que significa ‘de nada’ (con ese ez ‘no’ típico de las papeletas vascas cuando hay referéndum); pero también tiene en su repertorio on egin, que significa ‘que aproveche’, y que a veces confunde con egun on que creo que es ‘¡buenos días!’. Generalmente las chicas le dicen que qué guay, pero que ellas no saben mucho vasco y él no se da cuenta de que le dicen esto para que pare.

En este caso procedió igual, es decir, no paró hasta que una vez pasado el Ni naiz, con el que se presenta, y después de unos cuantos apellidos, la chica le dijo que de verdad que no sabía mucho vasco, de una manera lo suficientemente antipática como para que hasta él se diera cuenta de que tenía que parar. Entonces pasó a la infalible «táctica de la mano» y siguió hablándole de otras cosas. Entre ellas le contó lo de que se habían dejado las llaves y que el problema es que tenían que volver luego porque estaba la perrita de su amigo dentro (lo cual no sonó muy bien), que, si no fuera por eso, su amigo podría irse a dormir con él y volver al día siguiente cuando estuviera el portero. Mientras contaba esto, de repente se le ocurrió hacerle a la chica una pregunta de esas raras suyas que no tienen sentido, pero gracias a la cual recibió la respuesta que ahora sigue. La pregunta fue:

—Por cierto, ¿no tendrás una ganzúa en el bolsillo?

A lo que ella con cara de resignación respondió:

—A ver, tío, que de verdad que no hablo vasco.

Viendo que la chica no tenía ni idea que ganzúa era una palabra del español, a mi hermano se le puso una cara de felicidad y satisfacción impropia cuando alguien te acaba de dar una mala contestación, pero típica de cuando él escucha alguna perlita de estas, como aquel día en el que, al salir de una película muy mala en el cine, Mufo (otro amigo de Pinar de San Martín) dijo: «¡Qué bodorrio de película!», queriendo decir «¡Qué bodrio!».

No obstante, en defensa de la chica hay que decir que, al día siguiente, mi hermano pensó que a lo mejor la palabra venía del vasco. La buscó y, efectivamente, así es, lo cual quita algo de gracia, aunque no mucha, al asunto, porque generalmente si alguien no sabe el significado de ganzúa mucho menos sabe que procede del vasco, aunque sí es verdad que suena a vasco. Es como si a alguien le pides un cigarro y te responde «A ver, tío, que no sé maya».

ganzúaEn fin, yo sé que preguntas raras como la de si alguien lleva una ganzúa en el bolsillo las hace mi hermano inspirado en películas. En este caso, por ejemplo, yo creo que lo de preguntar por algo que es difícil que se tenga en el bolsillo, lo sacó de los hermanos Marx, de la célebre escena de «la parte contratante» de Una noche en la ópera, en la que Groucho, que solo ve de lejos, está intentando leer un papel alejándolo lo máximo que puede con los brazos extendidos y, como sigue sin ver, le pregunta a Chico si tiene un chimpancé en el bolsillo.

Otras preguntas que hace a veces mi hermano sin venir a cuento son si la chica ha estado alguna vez en una prisión turca, tomado de Aterriza como puedas, o si a la chica le ha picado alguna vez una abeja muerta, de Tener y no tener. Cosas raras de mi hermano. A saber qué se le pasa por la cabeza o qué pretende cuando lo hace.

Antes de volver a intentar abrir la puerta del Galgo, para hacer tiempo antes de que llegara el portero, mi hermano, Quero (otro amigo de la infancia de Pinar de San Martín que luego será clave en la aventura que está a punto de llegar) y el Galgo fueron al bar de desayunos por excelencia de mi hermano, al que él llama don Pelayo, empleando una metonimia o sinécdoque (que sigo sin saber muy bien la diferencia), al nombrar a un bar por su objeto vendido, pues así es como se llama el queso de Tóldoz que allí ponen y que según mi hermano es el mejor que ha probado nunca. Ahí se les unió nuestro primo pequeño, al que se encontraron por la calle, y que fue clave para conseguir resolver la situación finalmente o al menos para poner un poco de cordura en lo que sucedió. En compañía de este primo, que se llama igual que mi hermano pero algunos años menor, mi hermano a veces ha estado ligando en discotecas, utilizando la táctica de primo mayor y primo pequeño con el mismo nombre, es decir, por medio de la «táctica de primos tocayos».

Ya en desayunas, es decir, habiendo desayunado, resultó que, al llegar a la casa, el portero no estaba. Mientras pensaban lo que hacer, un vecino que les vio en el portal y que se interesó por ellos incautamente les proporcionó el número de teléfono del portero. Digo incautamente porque mi hermano no dudó en llamar al portero —serían las ocho de la mañana— para ver dónde estaba. El pobre hombre le dijo que estaba de vacaciones. Entonces, no sé por qué, mi hermano le empezó a exigir que le dijera dónde estaba, quizás con la idea de acercarse a por la llave de la portería si no se había ido demasiado lejos, recibiendo la consiguiente y justificada indignación y la obvia negativa del portero. Prudentemente, nuestro primo le quitó el móvil a mi hermano y consiguió averiguar que no iba a haber portero suplente, por lo que tendrían que buscar otra forma de abrir la puerta. Como la chica vasca de la discoteca no tenía una ganzúa en el bolsillo o no sabía si tenía porque no hablaba vasco, se vieron obligados a estar hasta tarde intentando forzar la puerta. Probaron primero con un plástico que les había dado Estanislao, el dueño de don Pelayo, y luego con carnés que, aunque no les servían para nada, llevaban en sus carteritas de Purificación García, como el de puntos del cine o el de la biblioteca, incluso el del club Nintendo que el friki de Quero aún conservaba de cuando era pequeño. Para ayudarse vieron cómo se había que proceder en vídeos explicativos, pero ni por esas (con lo fácil que parece en las pelis), así que pasaron luego a la táctica de los dos alambres, que no eran sino anillas estiradas de un llavero, pero tampoco. Viendo que no conseguían su objetivo, mi hermano le dijo al Galgo:

—Pero ¿seguro que no te quieres venir a mi casa a dormir?

Y el Galgo insistía en que no podía dejar al perro dentro solo.

—Pero ¿por qué? ¿Es que te dan pena los de tu especie?

—Ja, ja. No. Es que no tiene pienso puesto. Bueno, sí tiene, pero es uno que no le gusta.

Esto activó un resorte en mi hermano, que dijo:

—Es que hay que joderse, macho —expresión típica suya—. Con la de gente que habrá dedicada a hacer comida de perros desde hace mucho me parece increíble que no hayan conseguido hacer una comida apetitosa para ellos

—Ja, ja. Bueno, supongo que no será tan fácil y que dependerá del perro.

Aunque la respuesta del Galgo estaba cargada de razón, desde entonces empezaron a llamar el «síndrome del fabricante de comida de perro» a los casos en los que la gente se dedica en exclusiva a una cosa y no consigue avanzar nada.

Fabricantes de comida de perro aparte, el caso es que no consiguieron abrir la puerta. Entonces nuestro El llavero solitarioprimo, que seguía siendo el más sensato, preguntó si nadie más aparte del portero tenía una copia de la llave. La novia del Galgo tenía, pero estaba en un pueblo de la sierra, así que no había nada que hacer, aunque, pensándolo bien… ¡tate!, se les ocurrió que la asistenta del Galgo tenía una copia. Sin perder un segundo la llamaron, despertándola, por supuesto, y le pidieron que les mandara las llaves en un taxi, que ellos ya pagarían al taxista cuando llegara. Así ocurrió, las llaves viajaron en el taxi solas, como llavero solitario, y a su llegada el Galgo pudo entrar y mi hermano y compañía por fin se fueron a sus respectivas casas.

Al día siguiente, cuando mi hermano contó la historia en una cena familiar, precisamente en casa de este primo, todo el mundo les sugirió que deberían haber llamado al seguro, que vienen en veinte minutos aunque sea sábado. ¡Como si las sugerencias sirvieran para algo al día siguiente y no fueran tan inútiles como las puertas acorazadas que se abren en menos de cinco minutos con unas planchas que venden! Pero bueno, al menos para la próxima ya lo sabían.

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La septentrionalidad del síndrome de Fausto

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Y es que mi hermano tiene tres aficiones fundamentales. La primera es la lingüística y la reflexión sobre el lenguaje y la gramática. La segunda es saberlo todo, lo cual se debe a que padece lo que un día descubrió que se llamaba el «síndrome de Fausto», del que luego hablaré con más profusión o, mejor dicho (que mi abuelo me ha advertido que profusión no quedaba bien aquí), con más detenimiento. De momento baste con saber que, por padecer este síndrome, mi hermano generalmente se pasa el día leyendo o viendo películas de las muchas listas que consulta y que se prepara.
Su tercera gran afición es salir de fiesta los viernes hasta muy tarde. Esto último podría resultar algo chocante en una persona seria y culta; y efectivamente, cuando era más pequeño no salía mucho, pero un día un amigo le dijo que aunque era una persona muy culta, no era una persona diez, porque para eso había que salir también. Y como el síndrome de Fausto obliga a abarcarlo todo, mi hermano consideró que era oportuno salir y aprender cosas de la noche. Lo de salir hasta muy tarde también se explica a partir del síndrome de Fausto, como un síntoma por el que uno intenta no perderse nada de lo que pasa.

En una mezcla de sus tres aficiones, cuando mi hermano quiere ligar en una discoteca con una chica, le hace pasar la «prueba de septentrional». Esto quiere decir que, para saber si una chica le conviene o no, le pregunta si sabe lo que significa septentrional. Puede parecer mentira, pero nunca le han respondido bien. Él se indigna y dice: «¡¿Qué pasa, que la gente no ve el pronóstico del tiempo o qué?!».

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Una noche, hace poco, conoció a una chica de Canarias en una discoteca y le hizo pasar la prueba, pero además con prolegómenos. Para empezar, una vez que supo que la chica era canaria, le preguntó que de qué isla era:

—Porque se pregunta así, ¿no?, por la isla.

Ella, algo contrariada, le contestó:

—Bueno, es una manera de preguntarlo.

Y le dijo que era de Gran Canaria. Luego mi hermano ya pasó a decirle que tenía que hacerle una pregunta que ninguna chica le había respondido nunca, pero que ella seguro que lo iba a saber porque notaba que había algo especial entre ellos. Mi hermano creía ir sobre seguro porque suponía que, al ser la chica de las Canarias, habría tenido que oír muchas veces la palabra septentrional, pues todo en España le pillaba al norte. Pero la chica no solo no sabía lo que significaba septentrional, sino que encima se lo tomó a mal y se apartó de mi hermano señalándole con dedo acusador, amenazando miedo y diciéndole que era muy raro por hacer esas preguntas. Eso sí, se llevó con ella la copa a la que mi hermano le había invitado.

bandera almagriz
Bandera de la Comunidad de Almagriz

La más correcta respuesta a la prueba de septentrional con la que mi hermano afirma haberse encontrado es la que le dio una chica gallega, que le contestó que seguro que tenía algo que ver con el número siete. Yo creo que esto lo cuenta para aprovechar la cara de extrañeza que la gente pone con lo de siete y así pasar a explicar de dónde viene la palabra septentrional y por qué se utiliza para referirse al norte; aunque la verdad es que creo que ni él lo sabe del todo bien. Dice que es porque la Osa Menor, que contiene la estrella polar y que, por tanto, marca el norte, tiene siete estrellas (las mismas que se representan en la bandera de Almagriz, nuestra ciudad, según nos contó un día; pero no así, y esto podría excusar a la canaria, las de la bandera independentista canaria, las cuales representan las siete islas del archipiélago, sin contar San Borondón).
Dice que de las siete estrellas viene lo de sept-, y que las estrellas son como bueyes, porque se mueven muy lento y, probablemente, porque tiran del carro que forman, y que en latín bueyes se dice triones. Por tanto, septentrión significa ‘siete bueyes’ y marcan el norte porque forman parte de la Osa Menor.

Viendo esto, no os creáis que mi hermano es el típico pedante, petulante, cultureta o, como dice él «ojilato periculto» (sacado de un libro de Reverte en el que Quevedo llama así a Góngora), que critica a la gente porque no sabe cosas. Todo lo contrario: mi hermano odia a ese tipo de gente. En el caso de septentrional, por ejemplo, dice que no le importa el hecho concreto de que una chica no sepa lo que significa septentrional, sino lo que esto implica. Dice que la palabra septentrional sale mucho en la tele y que si alguien no sabe lo que significa es porque no ha sentido curiosidad ni se ha tomado la molestia de buscar su significado en el diccionario en una de las muchas veces que la ha oído, con lo importantes que son para él la curiosidad y los diccionarios.

Y la cosa es que es verdad. Una vez que te empiezas a fijar por ahí, esta palabra aparece muchísimo, no solo en el pronóstico del tiempo, donde sale casi tanto como lo de «nubes de evolución», sino en todas partes.

De todas formas, pese a lo que pueda parecer, mi hermano a veces liga; seguramente en las noches en las que se le olvida lo de septentrional. Pero ya lo iremos viendo.

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