No hay hombre nacido como mi hermano

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Según iban andando de vuelta a casa, mi hermano, que muchas veces se culpaba a sí mismo de solo contar sus historias y no interesarse por las de los demás, le preguntó a Chindas:

—Oye, por cierto, y ¿qué tal la entrevista? Que a lo mejor te han cogido, ja, ja.

—Ja, ja. Pues la verdad es que no iba mal, pero a mitad me ha dado un apretón y me he tenido que salir al baño y una vez que estaba ahí he pensado que para qué iba a volver, si en el fondo así tenía más tiempo de buscar, que es lo que nos importaba. Ahora que lo pienso, igual por eso, como no he vuelto, los de la entrevista han llamado a los de seguridad y ha sido cuando me han pillado.

—Buf, no sé cómo podéis ir a baños fuera de casa y sin bidé —dijo mi hermano, que es de los defensores del bidé, sin darle más importancia al apretón de Chindas. Siguió—: Bueno, por lo menos te has conseguido escapar sano y salvo. Esperemos que no te denuncien o que no te busquen para hacerte algo, porque, conociéndoles ahora, no me extrañaría nada que el cadáver que vimos tuviera algo que ver con ellos. Aunque me extrañaría que Leticia les dé tu nombre y no sé si se atreverán a preguntárselo a los jefes, porque sospecharían de ellos. Antes te encuentra Leticia que ellos.

(Efectivamente, Leticia le agregó al Facebook poco después de que volvieran a Almagriz.)

Según iban hablando de esto, de repente se empezó a formar un gran tumulto en la calle. Se acercaron adonde se arremolinaba un gran grupo de gente. Se enteraron de que lo que había pasado es que se había escapado un mono.

—¡Un mono! Ja, ja. Lo que faltaba.

Viendo esto, Quero y mi hermano recordaron el día en que en Pinar de San Martín también se escapó un mono y aprovecharon para tener una de sus entretenidas conversaciones:

—¿Te acuerdas? —decía Quero.

—Sí, ¿qué era? ¿Un tití? ¿Un babuino?

—No me acuerdo. No sé si era un tití, un babuino o un papión.

—Era como rubito —aclaró mi hermano.

—Entonces sería un babuino.

—Eso, un babuino —dijo mi hermano como si se acordara y como si en ese momento recordara cómo es un babuino.

Y para tirarse aún más el moco dijo sin saber:

—Un papión seguro que no era.

—¿¡Cómo!? —exclamó Quero con el mismo tono que tantas otras veces—. ¡Pero si es lo mismo! Te estaba poniendo a prueba. —Y para picar, aunque no estaba seguro, prosiguió— ¿Es que no sabías que tienen la misma etimología?

Chindas, atento a todo, apostilló dirigiéndose a mi hermano:

—Joer, macho, has caído en el clásico truco del babuino y el papión.

Esto me recuerda, por cierto, a otra vez, cuando mi hermano estaba trabajando en la VEI en un diccionario escolar. Entre otras cosas curiosas del diccionario, vio que salían algunos dinosaurios, pero no otros. No dudó en chivarse a Quero, que era amante de los dinosaurios, de que no estaba el tiranosaurio y, sin embargo, estaban el diplodoco o el brontosaurio. Lo que no esperaba mi hermano era una reacción tan fuerte de Quero:

—¿¡Cómo!? No me digas que está el brontosaurio.

—Pues sí. ¿Por qué? A mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que no esté el tiranosaurio.

Es error común llamar brontosaurio al verdaderamente llamado apatosaurio —profirió Quero.

Y le estuvo explicando a mi hermano que por culpa de una clasificación errónea se había llamado brontosaurio a una especie de dinosaurio, pero que era un nombre erróneo, y que luego el cine había contribuido a consolidar ese nombre, pero que el correcto era apatosaurio. Como Quero era así exigió a mi hermano que lo cambiara para que los niños no lo aprendieran mal.

—Si de primeras lo aprenden mal… No puede ser.

Y la cosa es que mi hermano, atendiendo a su exigencia, propuso cambiarlo y le aceptaron la sugerencia, por lo que hoy se puede encontrar la inusitada palabra apatosuario en el diccionario en el que trabajó mi hermano, seguramente el único caso de diccionario escolar que recoge esta palabra. Como curiosidad, diré que en el diccionario oficial de la VEI no viene ni brontosaurio ni apatosaurio (aunque sí tiranosaurio).

Antes de llegar a casa, a Quero, que le iba dando vueltas a todo y ya había empezado a dilucidar, se le escapó medio en serio medio en broma un suspiro seguido de un «En fin… no somos nadie». Mi hermano rápidamente saltó:

—¿Sabéis que justo leí el otro día en un libro que se desaconseja el uso de frases hechas como «No somos nadie» o como «De menos nos hizo Dios» o «Menos da una piedra»?

—Ja, ja. ¿Y por qué, a ver? —objetó Chindas.

—Pues porque demuestra que uno no tiene imaginación para inventarse una frase que venga al caso.

—Ja, ja —se rió Quero—. Pues tampoco tengo mucho más que aportar. Podría haber dicho algo así como… eh… no tenemos ninguna importancia en este mundo en el que vivimos.

—Pues sí —aprobó mi hermano que, al intentar buscar un correspondiente en latín, empezó a darle vueltas a otra cosa, la cual no tardó en manifestar—. Oye, por cierto, ¿os he contado alguna vez de dónde vienen nadie y nada?

—Creo que no —contestó Quero con cara de Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?, es decir, con la cara que ponía Cicerón cuando se quejaba de Catilina en el Senado, un Cicerón que, por cierto, a punto estuvo de ser coetáneo del tocayo gramático de Quero.

—Pues —explicaba mi hermano sin querer fijarse en la cara de Quero—, una pregunta que le puede surgir a cualquiera es por qué se usan esas palabras si en latín eran nemo, como el capitán de 20000 leguas de viaje submarino, je, je, y nihil, como lo del nihilismo.

—Sí, la verdad es que es una pregunta muy frecuente —dijo Chindas con retintín, que no Rin Tin Tin, pues ese es el nombre del perro, y no estaba con ellos.

—Pues la cosa es que nadie y nada vienen de nati y nata que en latín significaban ‘nacido’ (uno en masculino plural y otro en femenino singular), de natus, de donde viene por ejemplo neonato, recién nacido, o naonato, nacido en un barco… o innato, vamos —ya se empezaba a liar mi hermano, y eso que solo tenía un público de dos personas.

—Pero ¿y por qué pasaron a significar lo que significan ahora? —interrumpió Chindas devolviendo a la Tierra a mi hermano.

—Ah, pues porque antes se decía «No hay hombre nacido», diciendo nati, «que haya hecho tal», por ejemplo. Y lo mismo con «No hay cosa nacida», diciendo nata. Y de ahí se quedó en algo así como «No hay nati» y «No hay nata». Lo de que la t pase a d es normal, como en catena, que pasa a cadena, sin ir más lejos —y se quedó pensando de dónde venía la –e final de nadie, pero no se acordaba, así que lo obvió.

—Ah.

—De hecho, esto podría explicar por qué en español hay doble negación frente al inglés, por ejemplo. En inglés o dicen «There isn’t anything» o «There is nothing», pero no «There isn’t nothing» (seguramente porque en nothing está inlcuido el no), pero en español, como nadie y nada no tienen un no includio, decimos «No hay nada», con no y nada, y no «Hay nada», a no ser que se anteponga el nada como en «Vio que nada le salía bien», que también podría haber sido «Vio que no le salía bien nada», pero nunca «Vio que le salía bien nada».

—Un lío, vamos, ja, ja —le cortó Chindas ya en el ascensor de subida a casa del Rey Escorpión—. Vaya leccioncita nos has clavado. ¿Y esto es lo que hacéis los lingüistas?

A mi hermano le escuecen mucho ese tipo de comentarios porque su intención es hacer que la lingüística sea accesible para todos y no tan complicada como se suele hacer. Por eso él siempre intenta dar ejemplos cotidianos y explicaciones lo más sencillas posibles, pero no siempre consigue que se entiendan, y además, muchas veces siente que la gente desconecta o no se interesa pensando que es más difícil de lo que en verdad es. Solo es cuestión de prestar un poquito de atención e interés, piensa. Dice al respecto que una vez, cuando dio unas clases prácticas de profesor, antes de empezar a explicar unas cosas de sintaxism tuvo la prudencia de preguntar a una clase de casi cuarenta alumnos:

—¿A cuántos de vosotros os gusta la sintaxis?

Solo tres levantaron la mano. Entonces preguntó:

—¿Y cuántos de vosotros sabéis de sintaxis?

Y levantaron la mano los mismos.

Con esto quería demostrar que la sintaxis y, por extensión, la lingüística es algo que le gusta a todo el mundo cuando la aprende bien; pero para eso, hacen falta valor para no tenerle miedo y un poquito de interés.

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