La pista de Altair (sin tilde)

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A pesar de estos días de sosiego, que el recuerdo de las locuras de mi hermano y algún mensaje de sus diversiones venusianas —término que nació de la boca del susodicho bailarín de Tóldoz, en verdad llamado Manuel— hicieron menos aburridos y, por tanto, más llevaderos, mi hermano no se quitaba el Manuscrito de la cabeza.

Por fortuna para mi hermano y para los que estén intrigados por la historia de esta novela (con esto ya vuelvo a la aventura que, por el ansia de presentar todas las facetas de mi hermano, he dejado un momento en suspenso), la aventura no terminaría con el fracaso de la expedición del atril. Todo siguió una tarde, en la que Quero, el Galgo, Mamut y mi hermano iban de compras en el metro. Cuando iban con más gente, Quero y mi hermano se cortaban un poco en sus conversaciones y escuchas lingüísticas, porque ya una vez les habían dicho que eran un poco incómodas para los que no podían participar y encima eran muy aburridas. Así, charlando estaban de cosas supuestamente menos aburridas, cuando se subieron en el metro los mismos señores de las gabardinas; esta vez, eso sí, sin gabardinas. No obstante, para no dejar por ello de parecer misteriosos, habían sustituido esas prendas de vestir por maletas antiguas, de las cuadradas de cuero duras. Mi hermano masculló, para que solo Quero le oyera:

—Mira, Quero, los señores de la otra vez. Los malandrines se han quitado las gabardinas para disimular, pero estoy seguro de que esos son los mismos hombres que vimos la otra vez.

Observaron atentamente a los hombres con un ojo a la vez que seguían con el otro, a modo de de pez martillo, la conversación con el Galgo y Mamut. De esta esfírnida y binocular manera pudieron enterarse de una frase clave de los hombres:

—El maldito chaval nos la ha jugado. Se ha llevado la carpeta entera con el Manuscrito.

—Ajá —pensó mi hermano recordando al chaval de arquitectura—. ¡Ecce carpeta! ¡He aquí la carpeta! Pero ¿adónde se la habrá llevado el maldito chaval?

En ese momento, en un nuevo guiño de la Providencia vieron cómo a los hombres se les caía una tarjeta al suelo. La típica escena de película. El primer impulso fue tirarse a por la tarjeta, pero prefirieron disimular y esperar a que se bajaran los hombres, con la esperanza de que no se dieran cuenta de que se les había caído, procediendo como algunos cuando ven que a alguien se le cae un billete. Eso sí, si los misteriosos personajes no se bajaban antes que ellos tendrían que esperar y pasarse la parada a la que iban. Y, claro, ¿qué dirían ante eso el Galgo y Mamut, a los que de momento seguían sin querer decirles nada del Manuscrito?

Tal como habían temido, llegó la parada en la que se tenían que bajar y los hombres aún no se habían apeado. Mi hermano pensó en agacharse y decirles que se les había caído la tarjeta y aprovechar para leer lo que ponía, pero no quiso que aquellos hombres se fijaran en él, así que decidió simplemente fijarse él en la tarjeta mientras salía. Distraído como iba mirando y en extraña postura por el disimulo, se tropezó al salir, al no tener cuidado para no introducir el pie entre el coche y andén y todo el vagón, incluidos los hombres, que al final resultó que se bajaban también allí pero eran de los que esperan a llegar a la parada para acercarse a la puerta, no tuvieron más remedio que fijarse en él, ya no solo por la caída sino porque, para disimular, mi hermano hizo un medio tirabuzón y cayó como haciendo el pino puente, adoptando una postura que, si se tiene en cuenta lo poco elástico que es mi hermano, era bastante llamativa, con los pies dentro del vagón y las manos fuera, panza arriba. Y por si aquellos hombres no se habían fijado lo suficiente, las puertas se cerraron apretando a mi hermano en las costillas y en los moratones —otra etimología popular, por cierto, por influencia de morado, a partir de moretón— que aún le quedaban de la paliza de los seguratas de la otra vez, con lo que soltó un grito desgarrador. Entre todos, los misteriosos hombres incluidos, a los que se les notó un gesto como de que le habían reconocido, le ayudaron y pudo liberarse antes de que arrancara el metro. Habría sido gracioso que hubiera arrancado el metro y que hubiera tenido que andar de lado como los cangrejos para seguir al metro en esa postura; aunque creo que el metro no avanza si hay una puerta abierta.

Cuando se hubo calmado todo, tanto el dolor y el jaleo como las risas de sus tres acompañantes, mi hermano, aún jadeante, le susurró a Quero:

—Pues a pesar de todo, he podido columbrar —palabra que había leído en Bomarzo hacía poco y que por tanto, aún no dominaba— que en la tarjeta ponía Altair como con letras negras.

—Sí, yo también lo he visto y no me ha hecho falta caerme, je, je —se cachondeó Quero.altair

—Mira el ahogao en la mar este —soltó roldaneramente mi hermano indignado—. Pues he puesto en peligro mi integridad por resolver un misterio. Seguro que tú no te has fijado en que además había un símbolo con forma de triángulo y una estrella dentro.

—Pues no, pero seguro que no es importante.

—Pues, amigo chisgarabís, te digo yo que va a ser la clave.

Tras esta peripecia, durante toda la tarde de compras con el Galgo y Mamut, que, aunque no preguntaron, se habían quedado atónitos ante lo acontecido en el metro, mi hermano estuvo intranquilo y ansioso, dándole vueltas al nombre Altair. Lo que más le inquietaba era recordar que en la tarjeta había visto la palabra sin tilde. Empezó a preguntarse cómo se pronunciaba, si con acento en la i o en la segunda a. Él siempre la había pronunciado con acento en la i. La cosa es que en cualquier caso debería llevar tilde. Ah no, claro, si el acento recaía en la segunda a no tendría que llevar tilde porque sería aguda terminada en r. No era como en dejáis, por ejemplo.

Aclarado esto primero, mi hermano empezó a pensar que le sonaba el nombre de Altair porque había un libro de Alberti que se llamaba Canciones para Altair. Esto le daba un toque aún más literario a toda la historia. Y lo del símbolo de la estrella seguro que era porque Altair es una estrella o al menos le sonaba que era así. Quero, que también sabía de estrellas, creo que por Los caballeros de Zodiaco, se lo confirmó y le dijo además que acababa de ver una película, El último refugio, donde justo hablaban de Altair y que es una de las estrellas más brillantes del cielo, creía que la duodécima. A mi hermano se le hacía la boca agua. Como es fácil de entender, veía todo esto como señales de una gran aventura y el doce era un número mágico. Aunque yo creo que cualquier número le habría valido.

Estuvo intentando buscar información en su móvil nuevo, que al final había conseguido por una buena oferta después de amenazar con irse de la compañía, pero temía que alguien le viera y decidió esperar a llegar a casa.

En cuanto volvieron a Pinar de San Martín y se quedaron solos Quero y mi hermano, fueron a casa de Quero y se pusieron a buscar en internet. Vieron que Altair significa águila que vuela, la que puede verlo todo. No cabía la menor duda de que todo eran señales. El águila que vio nacer el lenguaje. Pero siguieron buscando y como había predicho mi hermano, si no hubiera sido por el símbolo, no habrían descubierto a qué se refería ese Altair en concreto. Encontraron en Google Imágenes que el Altair con ese símbolo era una compañía de informática, al parecer una compañía secreta que iniciaron algunos empleados que dejaron otra compañía mayor cuando estaba empezando.

La sede de la empresa estaba en Favencia.

—¡Ajá! Así que esos hombres son de Favencia. Con razón hacían mal la concordancia del verbo haber.

Gracias a este hilo lingüístico pudo tirar del ovillo e ir recordando algunas palabras que había escuchado a los hombres en el primer encuentro con ellos, palabras de las que no se acordaba hacía unos días por la excitación: «Habían muchas carpetas en el archivo».

—Pero ¿qué harían aquí? Quizás les han dado alguna pista. Uhm, pero, ahora que lo pienso, se han bajado en Nuevos Falansterios y tenían maletas y han ido hacia la línea 8, así que seguro que iban a coger el avión.

Entonces también recordó que le había oído decir al más alto de los dos «¿Cuándo venimos a Favencia? ¿El lunes?». Ese día era lunes. No había duda de que algo llevaba a aquellos hombres a Favencia. Tenían que ir rápidamente allí.

Investigaron dónde estaba aquel edificio de Altair y descubrieron que estaba en la carrer de Pau Claris, 8. Esta vez no había lugar a la duda; lo habían oído y visto todo perfectamente.

Estuvieron buscando billetes para ir en tren al día siguiente, pero estaban todos los sitios baratos ocupados, así que no tuvieron más remedio que buscar algo en avión, porque en coche iban a tardar mucho. Buscando estaban cuando se les empezó a bloquear el ordenador. Mi hermano, en vez de alterarse o impacientarse, sonrió orgulloso y dijo que estaban siendo víctimas del efecto Pauli, por el cual un ordenador puede estropearse o ralentizarse en presencia de una determinada persona, generalmente con gran capacidad mental. Se llama así el efecto porque le pasaba al físico teórico Wolfgang Pauli. Mi hermano, haciendo gala de su eventual e ingenua falta de humildad decía que ahora estaba pasando por él; decía que le solía ocurrir cuando se ponía nervioso buscando billetes por internet y que el caos en su mente provocaba el caos en el ordenador.

A pesar de este efecto y de la influyente presencia de mi hermano, consiguieron sacar unos billetes baratos para el día siguiente por la tarde.

En su afán de no gastar mucho, mi hermano se acordó además de que su amigo Chindas tenía en Favencia un amigo, el apodado rey Escorpión, al que mi hermano ya había conocido un día. El rey Escorpión les podía dejar alojarse en su casa. Llamó a Chindas para consultarle y no tuvo reparos en contarle toda la historia del Manuscrito del conde ensortijado, puesto que Chindas sabía guardar un secreto. A Chindas no solo le pareció interesantísima la historia, sino que quiso apuntarse.

Sin más dilación, quedaron Quero y él con Chindas, que no tuvo problema en conseguir otro billete, para zarpar los tres rumbo a Favencia por la tarde del día siguiente, martes. No cayeron en la cuenta de que el refrán dice que no hay que casarse ni embarcarse en martes. Esto tal vez explicaría lo que vino después.

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Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

SEGUNDA PARTE: EL COMIENZO DE LA AVENTURA

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Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactem que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

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