Tuya es la culpa

14

Al entrar al edificio, vieron que volvía a estar Leticia, quuien ya ni siquiera les preguntó los nombres; simplemente les dijo que esperaran y pasaran en turnos como el día anterior y que no tardaran tanto en bajar. De acuerdo con lo exigido, subieron por turnos y, aunque se demoraron un poco en salir, sobre todo mi hermano que estuvo entrando en una sala y otra con la llave maestra, no encontraron nada relevante. Al menos, eso sí, podían dar por registradas dos de las plantas, la de mi hermano y la de Chindas. Cuando se reencontraron mi hermano inició la conversación:

—Desde luego, es imposible que el Manuscrito, siendo tan grande como es, esté en las salas en las que he entrado o cuyo interior he tenido que escudriñar desde fuera porque había gente dentro. Sería visible a simple vista y yo no lo he visto.

Como ya sabemos, lo de que el Manuscrito fuera un libro grande estaba en la imaginación de mi hermano, pues en verdad nunca lo había visto realmente (ni de ninguna otra manera, más que en su imaginación).

—Yo tampoco he visto nada relevante —corroboró Chindas, que era el que más tiempo había tenido de husmear antes de tener que bajar a las once para que Leticia no protestara.

—Y la cosa —decía mi hermano— es que a mí me ha salido fatal la entrevista. No sé por qué dicen que basta con ser licenciado si luego piden cosas tan chungas de informática.

Quero asintió, porque a él tampoco le había ido nada bien. De hecho había hecho el ridículo, y eso que controlaba algunos temas de informática.

—Ah, pues a mí me ha ido muy bien —refutó Chindas—. Debe ser que las lecciones que me dio Lízar son útiles, porque no me ha parecido muy difícil lo que pedían.

Y es que Lízar, aunque no distingue bien entre un whisky bueno y uno malo, es un experto informático. Sabe hacer aplicaciones para móvil y todo. Una vez, pensaron Chindas, Lízar y mi hermano poner un negocio que se llamara «Lingüística, informática y crossfit». Y cuando los posibles clientes les preguntaran que a qué se dedicaban concretamente, ellos responderían: «A lo que nos da la gana». Un negocio, sin duda, con mucha proyección de futuro.

Mientras ponían en común sus distintas experiencias, fueron saliendo y se despidieron de manera un poco borde de Leticia, que no les quitaba el ojo de encima, ya de una manera exagerada. Tan era así que mi hermano empezó a sospechar que en verdad no es que les mirara a los tres por precaución, sino por interés, y se fijó en que verdaderamente al que miraba todo el rato era solo a Chindas. Y es que, efectivamente, si bien Leticia, que no estaba mal, odiaba a mi hermano y le tenía tirria a Quero, Chindas, el de grandiosos e imponentes músculos, le había entrado por los ojos. Era muy de su tipo. En este caso mi hermano acertó al pensar que su cara de desaprobación era la típica cosa que hacen las chicas disimulando lo que sienten cuando están intentando ligar, porque, como digo, a Leticia le gustaba Chindas.

Ese día comieron en un mercado de esos que se han puesto de moda en los que vas comprando las distintas cosas en distintos puestos, la bebida en un lado, una tapa en otro, un pincho vasco en otro, una ración en otro, y después fueron a casa a reposar un poco, a pensar y ver si les llegaba el e-mail para la tercera entrevista. Mientras esperaban estuvieron jugando al Monopoly en la táblet de Chindas.

Cuando les llegaron los e-mails, tal y como habían pronosticado por sus distintas actuaciones, solo Chindas recibió la feliz noticia de que había pasado a la siguiente entrevista. Le citaban para el día siguiente, pero esta vez por la tarde, a las tres y cuarto. Aunque eso suponía que la tensión iba a ser mayor con toda la mañana por delante, a la vez les daba más tiempo para planear la que podía ser su última oportunidad de encontrar el Manuscrito, puesto que era la entrevista final: o tiraban a Chindas y con él la última esperanza de volver a Altair o le contrataban. Lo bueno de la hora, aparte, es que les permitía poder salir esa noche, que para ellos eso siempre era algo que tener en cuenta.

En la cena Quero se estuvo quejando de que su ex novia le había escrito diciendo que ya veía lo que le había importado que lo dejaran. Y es que Quero, aunque tarde, al final había puesto en práctica «la táctica del Ok». También le decía su exnovia que era un maleducado por no contestar.

—Uf —resoplaba mi hermano—, cuando en una relación se empieza con que si alguien es maleducado, malo. No se puede exigir que alguien conteste por educación. Si no te contestan es porque no tienen interés. La educación es la última esperanza a la que se aferra la gente desesperadamente enamorada o pillada. Yo que tú no le contestaría y ya cuando llegues a Almagriz habláis de lo que vais a hacer —aconsejaba mi hermano—, por mucho chantaje moral que te haga con lo de la educación y con que no te importa. Si te ha dejado de importar no va a conseguir que vuelvas a sentir interés exigiéndote que contestes, y encima llamándote maleducado. Vamos, digo yo.

Lo de hablar de lo que iban a hacer no era solo por la relación, sino porque para desdicha de Quero su ex novia se iba unos meses a trabajar fuera a partir de julio. Y en relaciones a distancia, Quero era un poco como mi hermano.

—Yo te recomiendo hacer lo que hice yo con mi novia de Chile. —Así llama mi hermano a una chica con la que estuvo solo un mes porque se fue a Chile y, aunque durante un breve espacio de tiempo intentaron una relación a distancia, ya se sabe que mi hermano es incapaz de mantener una relación así—. Cuando vi que nos empezábamos a pelear por culpa de la distancia, le dije que era mejor que dejáramos de hablar y que ya cuando volviera a Almagriz podríamos retomar la relación si lo considerábamos oportuno. Le puse la metáfora de lo de la nieve en Romsa —la ciudad de Noruega—. A saber: en Romsa, en septiembre empieza a nevar cuando la hierba está aún verde y la cubre en ese estado, de tal manera que cuando en junio del año siguiente se empieza a derretir la nieve es muy bonito porque aparece directamente la hierba verde y en unos días se pasa de las montañas blancas a las montañas verdes. Pues así le dije que había que hacer con nuestra relación, que antes de que se estropeara había que cubrirla de nieve, que en este caso era no hablar, para que así cuando se derritiera, es decir, cuando ella volviera a España, la relación siguiera estando verde como la hierba de Romsa.

—Ja, ja —Quero, a pesar del estado taciturno en el que se hallaba no pudo evitar reírse—. Y la tía se cabreó, ¿no?

—Pues la verdad es que le sentó peor de lo que yo esperaba. Yo pensaba que era una bella metáfora —reconoció mi hermano, quien de verdad había propuesto lo de la nieve con la mejor intención. Era como cuando conocía a alguna chica en alguna estancia en el extranjero y,Le_petit_prince sabiendo que en unos meses él se volvería a España, le decía que tuviera cuidado de no dejarse domesticar para que no le pasara como al zorrito del Principito. Al final, esta táctica acababa teniendo el efecto contrario: la mención al Principito hacía a mi hermano parecer muy mono y acababa «domesticando» a las chicas, en el buen sentido de la expresión, si es que lo tiene. Cuando al final se tenía que ir, las chicas se enfadaban con él por haberlas «domesticado» y el Principito… digo, mi hermano, les decía «Ya te lo advertí», y citando las palabras exactas del Principito decía «Tuya es la culpa». Exasperante. ¡Cómo destrozar incluso una historia tan bonita como la del Principito! Pero bueno, como lo esencial es invisible a los ojos hacedme caso en que mi hermano, a pesar de lo que aquí leéis sobre él, por dentro es una bella persona… cuando quiere.

Los demás convinieron en que, si bien había que descartar la historia de la nieve de Romsa, era verdad que lo mejor era hablarlo en persona porque si no podría haber malentendidos. Le dijeron que no se preocupara, que esa noche salían y se le olvidaba todo.

La noche no fue demasiado distinta a las demás. Empezó con unas copas en casa del rey Escorpión donde hablaron de todo un poco. Una de las cosas destacables de la noche fue que cuando ya se iban a la discoteca mi hermano se metió una mandarina de la cocina en el bolsillo. Luego por la calle, exagerando la postura de los jugadores de bolos, se la tiraba rodando a chicas que estaban sentadas en bancos, de tal manera que les dejaba la mandarina justo al lado. Entonces se acercaba despacio y con paso elegante y sin mirar a las chicas la recogía y volvía a su posición. Las chicas flipaban.

Luego, cuando se hizo la hora del doble desayuno se acordaron del bar de la otra vez y fueron por la calle preguntando a los inocentes y madrugadores viandantes si sabían dónde estaba el bar que regenta Tino. La gente no lo sabía y ellos no se acordaban de dónde estaba. Llegaron a dudar de si era verdad que habían estado o si el bar que regenta Tino era un bar fantasma que solo en aquella ocasión apareció. Se tuvieron que conformar con otro bar distinto en donde los bollos ni se acercaban a la calidad de los de Tino. Del bar que regenta Tino solo queda el recuerdo y el homenaje que le rindieron en el nombre de un grupo de WhatsApp que tienen al que pusieron el nombre de «El grupo que regenta Tino».

Capítulo siguiente     Capítulo anterior

Índice

Anuncios

Presuntas apariencias

20

En uno de esos días de expedición metrística o métrica, Quero, al ver a alguien con un pack ahorro de botellas de Coca Cola, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿cómo era la historia del pack completo? Que se la quise contar a mi novia el otro día y no me acordaba bien.

Esta historia es una de las muchas que mi hermano tiene de cuando va de vacaciones a la playa en agosto a Roldana. Esos veinte días son el único período del año en el que mi hermano se relaja un poco en lo que a aventuras lingüísticas se refiere y da rienda suelta a otras aventuras menos cultas (aunque, como veremos, siempre hay hueco para alguna charla lingüística). Pero que nadie le diga al verle tan feliz esos días algo como «¿Ves? Si es que uno es mucho más feliz cuando no lee», porque mi hermano saltará bastante enojado con lo siguiente:

—Sí, puede que uno sea más feliz cuando no lee, pero no creo que nadie encuentre la felicidad plena sin haber leído.

La historia del pack completo en concreto, y así empezó contándole mi hermano a Quero, comenzó un verano en el que se juntaron mi hermano, Chindas y Lízar, con el que coincidía mi hermano por primera vez, pues aunque ambos ya habían estado en Roldana, lo habían hecho en momentos distintos.

Una de las primeras cosas que supo mi hermano de Lízar es que su novia le había dejado ir a Roldana, sabiendo la fiesta que allí había todas las noches, con la condición de que no bebiera mucho. No en vano el nombre de Lízar le venía de que cuando bebía se le ponía la cara (sobre todo los ojos) de Lagarto, el supervillano de Spiderman.lagarto 2

Bien, pues, como era de esperar, una de las primeras noches, Lízar se pasó bebiendo. Después de las clásicas copas en la terraza de la casa de Chindas, fueron a Valhalla, la discoteca por excelencia de allí, que está en Monsácar, el pueblo de al lado de Roldana. A la salida, como solían hacer, se acercaron al coche de unas chicas autóctonas en el aparcamiento y se pusieron a hablar con ellas. En el fragor de una loca conversación, Lízar se quiso apoyar en la ventanilla de atrás del coche, pero con la cogorza que llevaba no se dio cuenta de que la ventanilla estaba abierta y no sé muy bien cómo, pero se cayó dentro del coche, quedándose con las piernas para arriba saliendo por la ventanilla. Con medio Lízar dentro del coche, se empezaron a oír gritos de chicas como si hubiera entrado un zorro en un gallinero o, mejor dicho, habiendo entrado un zorro en un gallinero, pero ni mi hermano ni Chindas pudieron ver bien lo que pasaba porque las piernas les tapaban. Lo que sí se pudo ver es que Lízar de repente salió disparado de la ventanilla y empezó a gritar: «¡Me han curtido el lomo! ¡Me han curtido el lomo!». Al ver este espectáculo, una de las chicas que estaba fuera, consideró que era el momento oportuno para calificar al grupo, así que les miró de arriba a abajo a los tres y con todo su acento andaluz dijo:

—Joé, habéis venido el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho.

Las etiquetas estaban claras: Chindas era el cachas, porque es de los que tiene los músculos bien desarrollados, conseguidos por medio de la gimnasia y el CrossFit (que, como mi hermano comprobaría en sus carnes, es más o menos una dura pero efectiva modalidad de gimnasia que combina gimnasia normal con carrera y con entrenamiento militar y que consiste en hacer una serie de ejercicios antes que el resto o hacer más repeticiones de algún ejercicio en un tiempo). Mi hermano, aunque había bebido, era claramente el pijo por las pintas que llevaba en aquella ocasión y siempre que está en una discoteca de verano, con sus pantaloncitos de colores, su camisita de marca y sus alpargatas a juego; y Lízar, no solo porque se hubiera caído dentro del coche, sino por los tumbos y gritos que seguía dando, era el borracho.pack completo

La cosa probablemente no habría pasado a mayores, si no hubiera sido porque al día siguiente le contaron la historia a una amiga en la playa. A esta le hizo tanta gracia que quiso hacerse una foto con el pack y la colgó en Facebook poniendo «¡Qué bien me lo paso con el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho!».

Cómo no, la novia de Lízar vio la foto y se escamó del comentario que la acompañaba. Sin conocer aún a mi hermano, solo con verle con un bañador de Pertegaz, supuso que él era el pijo. Lo de que Chindas era el cachas estaba claro. Así que solo quedaba que Lízar, al que no le estaba permitido beber, fuera el borracho. No obstante, concediendo el beneficio de la duda a su novio, decidió urdir un plan para comprobar si las suposiciones eran fundadas. Así, uno de los días en los que estaba hablando con Lízar por teléfono subrepticiamente le preguntó:

—Este año estás yendo mucho con un amigo un poco pijo, ¿no?

Lízar, con la comprensible inocencia del que cae en una inesperada trampa, contestó:

—Ah, sí, con Jimmy —que es como llaman a mi hermano en Roldana.

A lo que ella exclamó:

—¡¡¡Ajá!!!! Así que tú eres el borracho.

No había escapatoria posible de aquel ardid, garlito o trampa. La excusa de que mi hermano también había bebido alguna copa no valió; la bronca fue inevitable.

Nada más terminar de contar la historia del pack completo, de repente el metro hizo uno de esos atronadores ruidos, de los típicos que amilanan a más de uno en los parques de atracciones, ruido ante el cual mi hermano se sobresaltó y pegó un brinco que a poco no se deja los dientes en una barra. Quero, en cambio, ni se inmutó:

—¿Qué pasa —le dijo mi hermano a Quero cuando se repuso del sobresalto—, que no te has asustado?

Quero contestó orondo y seguro de sí mismo:

—Yo es que siempre estoy alerta.

Como si siempre tuviera presente que podría producirse algún estruendo de ese tipo.

Por cierto, lo de creer que una ventanilla está cerrada cuando está abierta, como le pasó al desdichado Lízar, perjudicó a mi hermano un día, solo que al revés. Iba conduciendo por el Puerto de la Virgen, volviendo de fiesta con Charly y Mufo, otros dos amigos de la infancia del Pinar, cuando de repente le vino al gaznate uno de esos gargajos que a veces rondan por las vías respiratorias. No sabiendo lo que hacer con él, si tragárselo o expelerlo por la ventana, al final se decidió por lo segundo, sin darse cuenta de que la ventana, a pesar de que, de limpia que estaba, parecía estar bajada, en verdad estaba subida, por lo que el esputo se quedó pegado a ella, igual que en Cuando Harry encontró a Sally. Tanto asco le dio a mi hermano su propio gargajo que lo tuvo que limpiar Charly con un papel.

En aquella ocasión aprovechó para contar su proeza del día que, sentado detrás en un coche en marcha, viendo que el conductor lanzaba una colilla por la ventana (en la época en la que no se perdían puntos por hacerlo) y sabiendo que muchas veces en estas circunstancias la colilla entra por la ventanilla de atrás (por su ventanilla en este caso), la subió rápidamente, consiguiendo que la colilla, que efectivamente amenazaba con volver, chocara con el cristal y no entrara. Por supuesto, cuando lo contó, no se creyeron que le pudiera haber dado tiempo, pero él alegó que era una ventanilla de las de manivela, las cuales, con fuerza y pericia, se pueden subir a toda leche. La aversión al tabaco de mi hermano es tan grande, como veremos, que yo sí me creo que fuera capaz.

Otro día de los de andanzas lingüísticas mi hermano le decía a Quero:

Una de las cosas que más me inquietan en la vida es conocer a gente nueva en un trabajo o en algún sitio y pensar que has podido cruzarte con ellos por la calle diez días o un año antes sin saber que en el futuro vuestras vidas se unirían. Igual que con una chica. A lo mejor acabo dentro de un tiempo con una chica que he visto en alguna discoteca alguna vez o incluso con la que he hablado hace unos años y ni me acuerdo. Me encantaría volver al pasado solo para poder comprobar eso. Es como cuando vuelves a ver una película antigua y ves de secundarios a actores que ahora son archiconocidos.

—Como Joffrey de Juego de Tronos en la primera de Batman de Nolan.

—Exacto.

En otro viaje, y esta es una historia que nadie se cree cuando la cuenta mi hermano, ni siquiera cuando Quero da fe de ella, el metro hizo un giro brusco y mi hermano, que no iba agarrado, rápidamente se cogió de una barra vertical del vagón, pero en vez de sujetarle, como haría cualquier barra rígida de metal, la supuesta barra se dobló y mi hermano cayó al suelo. Cuando se levantó todavía sin comprender lo ocurrido, vio que la gente se estaba riendo. Y es que lo que había pasado no era que mi hermano hubiera hecho un Uri Geller, sino que lo que había cogido, en lugar de una barra, era un póster que llevaba un señor sentado y que tenía puesto hacia arriba entre las piernas. Como diría Fedro en una de sus fábulas, Non semper ea sunt quae videntur, lo cual, para los que como mi hermano odian los libros en los que aparecen citas en lengua extranjera no traducidas, viene a significar algo así como que las apariencias engañan. Quizás por eso, para no caer en falsas apariencias, ahora se abusa tanto de presunto en las noticias, donde hasta los desaparecidos o los muertos a veces se consideran presuntos.

Capítulo siguiente    Capítulo anterior

Índice