El poder de la mente sobre el cuerpo

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Es muy gracioso cuando mi hermano se pone malo porque se enfada y se siente decepcionado consigo mismo. Desde que leyó no sé qué de Maimónides, ha creído en el que él llama el «método de Maimónides». Este método consiste en que cuando notas, por ejemplo, que te empieza a picar la garganta, si mantienes un espíritu animoso y vital y te convences de que no te vas a poner malo, consigues no ponerte malo (mens sana in corpore insano). Es el poder de la mente sobre el cuerpo.

resfriadoComo mi hermano confía tanto en el método maimónida, maimonista, maimonidíaco, o como se diga, cuando no le funciona, como toda persona inteligente a la que le falla su teoría, se tiene que buscar excusas, y, por ejemplo, dice que es que ha estado distraído. Lo cierto es, no obstante, que no se ha puesto malo demasiadas veces —toco madera—. Puede que una parte de que no caiga enfermo se deba a lo hipocondríaco que es y a que, por tanto, en seguida active, como si del aracnosentido se tratara, el «método de Maimónides». En cuanto se le habla de ataques al corazón, de desmayos o de derrames, entre otras posibles desgracias, se encoge, respira muy hondo y se queda como en blanco, con cara de boquerón, como las cabras (miotónicas o desvanecidas de Tennessee) que entran en colapso cuando se les grita; aunque mi hermano no llega a caerse:

Quizás mi hermano sea en verdad como el cordero con cara humana que ha nacido hace poco, pero en versión chivo. Al fin y al cabo, tiene las barbas como dicho animal.

cordero humanoNo sé, el caso es que mi hermano tampoco puede ver ni sangre ni agujas. Aunque verdaderamente lo que dice que más grima le ha dado nunca fue el ruido que hizo la punta de una jeringuilla al rascar un vaso, un día que nuestra madre estaba succionando con este instrumento una salsa de whisky para inyectárselo al pavo en Nochebuena. Y es que solo mi hermano es capaz de estar más mosqueado que un pavo en Nochebuena.

También le da mucha dentera cuando alguien da un golpe con la jarra en el borde de un vaso al irla a dejar en la mesa. Ah, y también un día le empezaron a dar dentera las servilletas de tela, por lo que empezó a usar solo servilletas de papel. Hasta convenció a nuestra madre de que comprara estas servilletas para casa. En los restaurantes generalmente, salvo en los lujosos, en los mesones y en los chinos, siempre tienen servilletas de papel, lo cual mi hermano agradece mucho. Si no, pide que se la cambien. También tienen especial importancia para él las servilletas de papel porque siempre llega a bares y restaurantes con un chicle en la boca y necesita algún sitio donde depositarlo antes de empezar a comer, por no pegarlo debajo de la mesa como en el colegio. Es muy característico de él que llegue a algún sitio y recorte un cuadrado de una servilleta en el que envuelve luego el chicle. Si no hay servilleta de papel, utiliza para esta empresa, si tiene, algún recibo de pago de tarjeta que guarda en su carterita de Purificación García, o el mantelito de papel del VIPS o de algún sitio de estos. Si solo se trata de beber copas, muchas veces mantiene el chicle en la boca. La gente, si le pilla, le pregunta si no le sabe mal la mezcla, pero la cosa es que mi hermano de pequeño bebía ron (Cacique o Brugal) con granadina (Rives), que era como beber chicle viscoso, así que ya está acostumbrado.

hostiloscarsUn truco de mi hermano, una vez asumido que el «método de Maimónides» le ha fallado y que se está poniendo malo, es crear lo que él llama un «entorno hostil». Esto es parecido a lo de tomarse un grog (o ron con miel y limón calentado en el microondas), pero a lo bestia. Dice que, cuando empiezas a sentir que te estás poniendo malo, si te vas de fiesta, y bebes mucho alcohol, el virus considera que está en tierra hostil (como el programa y la película), esto es, que el terreno donde se ha metido no es halagüeño, y se larga. Al que le parezca una tontería, que sepa que, según se cuenta, las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), famosas por darse al alcohol cuando les dan calabazas, también toman alcohol para librarse de los parásitos de avispa que pueden tener dentro del cuerpo.

Dice que el entorno hostil le sirvió incluso una vez que tenía tortícolis y fue a una discoteca con eurocopa, es decir, con copas a un euro. Afirma que entró con una tortícolis tal que no podía mirar hacia los lados y que cuando salió estaba nuevo.

Cuando cuenta esta historia aprovecha para prevenir a los que dudan si es tortícolis o tortículis. Dice que basta con pensar que colis tiene la misma etimología que collar. Amplía la explicación más o menos de esta manera:

Tortícolis significa literalmente ‘cuello torcido’. Como la o de colis es o breve —y aquí se pone técnico—, en español dio el diptongo ue, como siempre que la o breve es tónica (o recibe acento) como en hueso de ossum o puerto de portus. No obstante —continúa—, aquí tiene que ser tortícolis porque la segunda o es átona. Si el acento recayera en la segunda o, podría ser torticuellis, pero nunca tortículis. ¡Ah! Y, como la primera o tampoco es tónica, no se dice tuertícolis. A este respecto, es interesante decir que tuerto tiene relación con torcer, y se refiere a que la vista está torcida. Otros casos en los que la o pasa a ue si es tónica pero no si es átona son los casos de osamenta y hueso o huérfano y orfanato.

Vamos, que el truco que da para acordarse es más complicado que aquello de lo que hay que acordarse.

Lo del porqué de la hache delante de ue nos lo explicó otro día. Al parecer se empezó a poner para que se viera que la u no era en esos casos una consonante, en la época en la que la u podía leerse como la vocal u o como una b.

Volviendo al «método de Maimónides» y a su poder psicosomático, ya Hipócrates (el del juramento hipocrático) decía que incluso una mala alimentación puede ser beneficiosa si nos convencemos de ello, como me contó mi hermano que había leído en la Breve historia del leer de Van Doren.

En fin, si a alguien estos métodos de mi hermano le parecen desorbitados, doy fe de que más desorbitada aún es su actitud si finalmente se declara enfermo, consumiéndose y consumiéndonos entre excusas, quejidos, lamentos, plañidos, toses nerviosas, gargajeos e, incluso, estertores.

Por suerte, su mente falla a veces, porque si no creería que la gran aventura que pronto conoceremos fue solo producto de su imaginación.

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El zorrocloco que creía en diccionarios

PRIMERA PARTE: MI HERMANO

1

­—¡Son ustedes unos embaucadores, unos arteros, unos trapaceros! ¡Unos perillanes! ¡Me la han jugado!

Ya estaba mi hermano discutiendo con alguien por teléfono.

—Lo que me han hecho ustedes es una fullería, una candonga, una artimaña de las de época, una cancamusa. ¡Una martingala!

Si no conociera tan bien a mi hermano, no sabría que esas palabras generalmente las va sacando sin ton ni son de aquí y de allí y se las aprende de memoria para este tipo de ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día justo me habló de la palabra martingala. Dijo que le había salido leyendo Prim, uno de los Episodios Nacionales de Galdós (que se había empezado a leer por la serie que han sacado en la 1, para ver si verdaderamente Galdós investigó el asesinato de Prim) y estaba emocionado. Muchas de las otras palabras que profería seguro que las había sacado de buscar sinónimos en WordReference.

Cuando terminó de hablar, nuestra madre le preguntó:
—Pero ¿qué ha pasado ahora?
—¡Nada! Los bergantes de la compañía de teléfonos, que dicen que el seguro no me cubre el robo porque fue por negligencia mía. ¡Después de dieciséis meses pagándolo! Y, claro, les he dicho de todo.
—Ya, ya te he oído. Cancamusa… ¡Ja, ja, ja! —Nuestra madre no podía evitar reírse muchas veces con las historias y expresiones de mi hermano—. Pero ¿por qué no les has dicho que te lo robaron?
—Pues no sé, no se me ha ocurrido.
(Lo que le pasa a mi hermano es que no sabe mentir.)
—Y en cambio se te han ocurrido un montón de insultos, ja, ja.
—Je, je. Pues tengo muchos más para la próxima. Estos no saben con quién juegan, vamos. Se creen que están hablando con un zorrocloco.

Y remataba con una frase típica suya seguida por una de las locuciones latinas que se estudiaba de memoria de la página de la Wikipedia a ellas dedicada o yo qué sé de dónde y que de vez en cuando, como tantos personajes en nuestra literatura, usaba desatinadamente o, mejor dicho, deslatinadamente, como le pasa a cualquiera que usa una lengua sin conocerla bien:
Es que hay que joderse, macho. Pero, mea est ultio —la venganza es mía.

A saber lo que pensó el miembro de la compañía de teléfonos que recibió aquellos improperios.  El problema de gente como mi hermano es que no solo leen por gusto diccionarios y demás libros y páginas de referencia, sino que además se los creen. Y, peor aún, encima piensan que otros también se los creen y no entienden que no compartan las mismas inquietudes que ellos. Pero el problema de mi hermano va incluso más allá, y es que a veces conoce palabras, pero no sabe cómo usarlas bien en contexto, porque solo las ha visto en diccionarios. Lo bueno, no obstante, como iremos viendo, es que no es de los que encima critican a otros por cómo hablan, sino que trata de buscarle una justificación a los supuestos errores que cometen, algo que le parece precioso.
Sea como sea, es muy divertido cuando mi hermano empieza a soltar estas retahílas o ringleras de palabras, o cuando, casi siempre tratando de ligar, cuenta etimologías y curiosidades de la lengua. Porque saber, hay que reconocer que sabe, y que sabe cosas interesantes, o que al menos lo parecen. Si no fuera por esto, nunca me habría planteado compartir, como aquí he empezado a hacer, sus historias, que casi siempre van más allá de las meras palabras o las anécdotas.

Phonto(8)

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