Vuelo a Favencia (2): Los rapes

También recordaron la historia de «soy de Cuevah». Resulta que unos kilómetros antes de llegar a Roldana, había un cartel con el nombre de cuatro pueblos de alrededor: Bastetania, pueblo de su amiga Lupita y de la mencionada Rocío, la de las manos que son un desvarío, pueblo en el que curiosamente había mujeres con una parte del cuerpo bastante desarrollada haciendo honor al nombre del pueblo; en el cartel también estaban Marmoel, otro pueblo de por allí, Arbol, que se pronuncia como palabra aguda, y Cuevas del Surbo. Nunca habían comentado nada acerca del cartel aunque sí se habían fijado en él. Pero un año no sé por qué salió el tema entre Chindas y mi hermano. Como a mi hermano le da en Valhalla por imitar el acento de la zona de tal manera que acaba hablando como Brad Pitt en Snatch, es decir, de tal manera que solo se le entienden las últimas dos palabras de todo lo que dice, siendo extraños murmullos el resto, decidieron a partir de entonces que cada año mi hermano se tenía que hacer pasar por oriundo o autóctono de uno de esos pueblos cuando entraran a chicas o rapes —que así llamaban a las chicas, como luego le contaron a Quero— en las discotecas. El primer pueblo elegido fue Cuevas (pronunciado [Cuevah]) del Surbo. Así, cuando llegaban a un grupo de chicas y ellas les preguntaban de dónde eran, mi hermano respondía:

—Somos de Cuevah.

Y las chicas se lo creían, hasta tal punto que, según cuenta él, y así se lo contaron a Quero en el avión, cuando al año siguiente empezó mi hermano a decir que era de Arbol, pronunciado como Arbóh, que era el pueblo que tocaba ese año, una chica le replicó:

—¿Pero tú no eras de Cuevah?

Y luego el año que eran de Marmoel, pronunciado Marmoé, se les ocurrió decirle a unas chicas que también eran de allí nombres de gente que conocían del pueblo y, claro, acertaron en varios porque dijeron nombres bastante corrientes. Las chicas estaban entusiasmadas.

Cuando se les acabaron los pueblos del cartel empezaron a coger nombres de otros pueblos, como Los Zorros, que estaba al lado de Cuevah.

También contaron la historia de los rapes. Todo empezó un día que mi hermano ligó en Pequod, que era la alternativa a Valhalla las noches que esta última estaba demasiado llena, con una chica a la que, por tener los ojos muy separados, la empezaron a llamar rape y más cuando vieron que en la foto que tenía en el WhatsApp cada ojo tocaba un lateral. De ahí, por extensión, empezaron a usar rape para referirse a cualquier chica cada vez que iban a ligar a Valhalla y a la acción de ir de caza como hienas la empezaron a llamar rapear. La palabra rape pronto infestó su léxico. Hasta tenían apuntado en el móvil el número de la furgoneta taxi de Roldana como furgorrape. Tanto les dio por los rapes que hasta les dedicaron una canción. Esta es la letra, que debe cantarse con el ritmo de Musica de Fly Project, canción que sonaba mucho aquel verano:

El amor del rape
¡Ay, como te atrape!
Criaturas abisales
Ya no hay quien escape.

Allá van las hienas
buscando faena
son unos animales
que siempre rape cenan.

Y no era la única canción para la que tenían su propia letra. Un día que vieron a un tío sin dientes en una discoteca se inventaron la siguiente letra, con música de Beso en la boca de Axe Bahia:

Diente en la boca
es cosa del pasado
la moda ahora es
enamorar mellado.

Y es que a Chindas y a mi hermano les encanta cantar juntos. Mi hermano no canta nada bien, pero se complementa a la perfección con Chindas, del cual hay rumores de que lo hace tan bien que el Shazam puede detectar qué canción está cantando. Lo de que les encanta cantar lo puede atestiguar una vecina de Pera Playa que vivió o más bien sufrió en directo a mi hermano y a Chindas cantando a grito pelado una frase cada uno de un piso a otro de la casa de Chindas. En este caso la canción era la de Hasta que el cuerpo aguante de Mago de Oz. También, Carla, una antigua compañera del JAEIC de mi hermano, vivió todo un viaje de vuelta desde Favencia con los dos sentados alante cantando y, no contentos con eso, al llegar a casa de Chindas, parados antes de que se bajara este, después de toda la paliza del viaje, todavía tuvieron fuerzas de endosarle entera a Carla la de Kantamelade de Lagarto amarillo, que dura unos ricos cuatro minutos y veinte segundos.

También contaron la historia de cuando un día mi hermano estaba con Lupita a la salida de Pequod y a la hora de buscar un taxi de vuelta, lo cual era una odisea porque la alcaldesa de Monsácar solo dejaba que hubiera cuatro o cinco taxis, decidieron ir a una rotonda que estaba en lo alto de una cuesta, pero otras amigas consideraron mejor irse a la parte de abajo de la larga cuesta. Después de mucho esperar, pasó un taxi furgoneta, es decir, un furgorrape, de los que tenían capacidad para ocho personas y mi hermano, aunque estaba harto ya de esperar, con su honradez habitual, cuando el furgorrape paró para cogerles, le dijo al conductor que mejor buscara a un grupo más grande, que le iba a salir más rentable. El conductor asintió y se lo agradeció. Cuando se hubo ido, Lupita le dijo a mi hermano:

—Pero si el precio para él iba a ser el mismo. Es solo que nosotros pagamos más.

Mi hermano se dio cuenta del error y se rió porque era la típica cosa absurda que le hacía gracia, como lo de que para repartir una pizza (perdón, pizza, que ahora se escribe en cursiva) entre seis personas hay que partirla en cuarenta y ocho trozos: los ocho trozos habituales y luego cada trozo en seis.

Pero lo mejor de todo fue que al bajar por la cuesta, a las dos amigas que no habían querido subir con mi hermano y con Lupita a la rotonda, al parar al furgorrape, el conductor les repitió las palabras de mi hermano, es decir, que no las cogía porque no le iba a salir rentable. Las chicas se quedaron a cuadros y más cuando lo comentaron al día siguiente y mi hermano cayó en la cuenta de que había sido por su culpa y se rió de ellas:

—¡Toma! Por no haber querido venir con nosotros.

Él pensaba que no lo habían hecho porque estaban celosas de que mi hermano estuviera con Lupita.

Otra de las historias que contaron fue la de la chica que se les quedó mirando a Chindas y a mi hermano un día en Valhalla y, sin venir a cuento, valoró su forma de vestir, diciéndole a mi hermano, que como siempre llevaba su camisita y su pantaloncito de colores y las alpargatas a juego, con aire de desaprobación:

—Tú vas muy pijo.

Y luego a Chindas, que llevaba una camiseta con el cuello abierto hasta casi el ombligo:

—Tú vas más normá.

O la del día que mi hermano y Chindas estaban berreando una canción en Roldana y, cuando una chica se les acercó recriminándoles que cantaba muy mal y muy alto, la miraron, vieron que llevaba una camiseta con la bandera de Estados Unidos y le empezaron a gritar, aún más alto de lo que estaban cantando, «¡¡¡Omaha, Omaha!!!», cosa que habían sacado de su amigo Alfonsito, el del mus, quien para darle importancia a las cosas que decía siempre aseguraba que lo había leído en un estudio de la universidad de Omaha, Wisconsin. Ante tales gritos la chica, seguramente creyendo que lo de Omaha era un insulto, se dio la vuelta y se fue, asumiendo que se había equivocado a la hora de elegir a quién recriminarle que cantaba mal.

Contaron también la historia del día que en el reservado del Valhalla una rubia relaciones despampanante al ver el nombre de Chindas en su DNI supo que procedía de un rey visigodo. La razón era que había estudiado Historia. Aprovechando la ocasión, mi hermano se quedó luego jugando con ella al Trivial en el móvil y, por tanto, nunca mejor dicho, metiendo fichas.

Lo de flirtear con mujeres a través de juegos culturales le encanta a mi hermano. Lo mismo pasó el día que estando en Nueva Isla con Cesc estuvieron ligando con unas camareras jugando al quinito cultural, que es uno de los juegos que más le gustan a mi hermano. El quinito cultural consiste en que alguien en un grupo elige un tema, por ejemplo marcas de tabaco, y cada uno tiene que ir diciendo nombres hasta que a alguien no le venga otro o repita alguno ya dicho. En aquel caso uno de los temas que salió fueron dramaturgos americanos.

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Uve doble ele ele (2)

Pero aún no he acabado con los locos clichés de mi hermano por las noches. Con el calor de Roldana y después de varias noches seguidas saliendo, es normal que la cabeza duela un poco. Para sanarse o al menos aliviarse del dolor, una noche, a mi hermano se le ocurrió echarse copa por la cara, apoyando el borde de la copa contra la frente y volcándola suavemente. Después de varias veces, el sistema resultó efectivo para paliar el dolor, pero no para beberse la copa. Mi hermano al principio pensaba que el líquido seguiría fielmente el curso de la nariz deslizándose dulcemente en la boca a modo de cascada si se sacaba un poco la lengua. Pero no es así, al final el líquido cae por todas partes menos en la boca; la nariz hace de rompeolas, más que de cauce o lecho.

De esta forma, con lo que se empezó a llamar el «chupito frente», fue como mi hermano se empezó a ganar la fama de que siempre lleva la camisa mojada, hasta el punto de que se ha convertido en tradición para él el mandar fotos a la gente con lo que él llama empapadas: «Esta empapada es de las mejores que recuerdo», decía un día por ejemplo al mandar una foto en la que tenía mojados hasta los pantalones.

empapada2Tal es el entusiasmo con el que la gente recibe estas fotos que, cuando le ven en una discoteca sin la camisa mojada se lo recriminan y llegan a exigirle que se la moje para poderse hacer una foto con él y mandarla, como si de un famoso se tratara. Alguna vez incluso le han llegado a sugerir que, para no mojarse la camisa, se la abra, cosa que, por cierto, ya hace algunas veces en las discotecas por motivos distintos, pero la cosa es que el día que probó a hacer el chupito frente con la camisa abierta cayó en la cuenta de que aunque era cierto que no se le mojaba la camisa, se le mojaban en cambio los calzoncillos (y los pelos del pecho). Ante esto le contestaron que para eso podía ir comando. Pero por ahí no estaba dispuesto a pasar mi hermano por miedo a pillarse la… en fin, por el miedo que todo el mundo tiene después de haber visto la horrible escena de Algo pasa con Mary.

Hay que decir, no obstante, que una de las mejores empapadas no la consiguió mi hermano, sino el Galgo. Fue un día que estaban en Marlinda en una discoteca donde las copas eran insultantemente caras. En esa época estaba muy de moda la canción Wake me up de Avicii, hasta tal punto que la gente de nuestro grupo se volvía loca y empezaba a dar brincos y a montar una especie de remolino (como el que hacían Zazú, el Galgo y mi hermano con In my mind en la época de postureo en la que como mucha otra gente iban a ir a Tomorrowland, pero no). Al segundo día, cuando pusieron Wake me up, el Galgo, que había aprendido de la experiencia, antes de unirse al remolino, se tiró la copa por encima de la cabeza. Cuando le preguntaron que por qué lo había hecho respondió:

—Con lo cara que es la copa aquí, antes de que me la tiréis vosotros prefiero tirármela yo.

La explicación que le dieron a estas palabras fue que era como en la explosión de un edificio: puestos a que se nos caiga la copa por encima mejor hacerlo de manera controlada.reloj

Un éxito casi tan abrumador como el que tiene mi hermano con las fotos de la camisa mojada lo consigue con las fotos que manda por WhatsApp de un reloj que tiene en su cuarto, en las que se ve la hora a la que se acuesta al volver de fiesta. Ha habido incluso peleas entre chicas si a una se lo ha mandado y a otra no y se enteran o si a alguna se la ha mandado unos minutos más tarde, porque eso significa que es la última en la que ha pensado antes de acostarse.

También al volver de fiesta a veces escribe bellos poemas que cuelga en su muro en Facebook o en Instagram. Por las mañanas se indigna al ver que estos poemas tienen más megustas que otros poemas serios que cuelga entre semana.

También gozó y aún goza de mucho éxito con una serie de fotos que empezó a hacer a la gente con un abrigo verde chillón que se compró; verde lima, para ser más técnicos. Todo empezó cuando estando en Holanda, un amigo americano le pidió consejo con la foto de perfil del Facebook y mi hermano, que en ese momento tenía una con este abrigo verde con la que había conseguido muchos megustas, le dijo que por qué no se lo ponía y subía una foto con él puesto, que el verde del abrigo favorecía mucho. Eso hicieron y lo mismo después con la mejor amiga holandesa de mi hermano, que estaba con ellos y que se había puesto celosa. Y así poco a poco fue haciéndole una foto con el abrigo a más gente hasta conseguir muchas. Incluso la perrita del Galgo tiene una con el abrigo. En este caso, igual que con lo de la camisa mojada, muchos al verle por ahí con el abrigo le piden que se lo deje para hacerse una foto.

Otra de las fechorías de mi hermano es el llamado «chupito emergente». Esto consiste en meterse un vaso de chupito vacío, después de haberse tomado el contenido, dentro de una copa llena. El efecto que tiene en las chicas el ver cómo mi hermano, después de ofrecerles un chupito, lo saca de dentro de su propia copa, como si emergiera por arte de magia, es inefable. Y más efecto aún tiene cuando saca uno para ella y otro para él. También es verdad que, como es lógico, muchas veces las chicas no quieren beber por si la copa está envenenada o por si tiene alguna pirula o, vamos, porque les da un poco de asquillo ver cómo mi hermano mete los dedos en la copa de la que saca el chupito.

Si alguien quiere probar la táctica del «chupito emergente», ¡ojo!, es importante que el vaso contenedor sea vaso de sidra o alguno otro ancho, porque si se hace en vaso de tubo el chupito se puede quedar encajado, lo cual puede ser bueno o malo. Puede ser bueno porque es bonito el efecto que se produce cuando el chupito se queda arriba y al darle la vuelta a la copa el líquido no cae, pareciendo cosa de magia porque el chupito no se ve. Pero puede ser malo si, cuando ya se quiere sacar el chupito para seguir bebiendo, se le da la vuelta a la copa, y, después de dar unos golpes al culo del vaso, el chupito cae al ojo. También es importante recordar que se tiene el vaso de chupito dentro en caso de querer emular al Galgo en lo de tirarse la copa. Sé por experiencia que hace más daño que los hielos.

Es menester decir que lo del chupito emergente no fue exactamente invento de mi hermano. Se le ocurrió en Holanda, cuando descubrió y, por supuesto, probó, una forma de tomarse la cerveza, que consiste en pedir al lado un chupito de ginebra o vodka con el objetivo de que la cerveza no dé tantos gases. Esto tiene un nombre en holandés que no recuerdo, pero cuya traducción es ‘rompecabezas’. Este menú se puede tomar de al menos tres formas. La primera es ir dándole un trago a la jarra de cerveza y luego un sorbito al chupito. La segunda es vertiendo el contenido del chupito dentro de la jarra de cerveza; y la tercera, y aquí está la clave, es echando directamente el vaso de chupito con su contenido en la jarra de cerveza.

Esta idea le gustó mucho a mi hermano, porque aunque le encanta la cerveza, si toma demasiada le dan gases y se duerme. Lo de que la cerveza le duerme se pudo comprobar la noche en la que en una barra libre de cerveza en una discoteca en Comandafnia cayó rendido en un sofá. Cuando un puerta le vino a echar, se levantó asustado y preguntó que por qué le quería echar. El puerta le dijo que estaba durmiendo y que en la discoteca no se podía dormir. Él, pudiendo haber contrautilizado el truco de Cela y haber dicho que no estaba durmiendo, sino que estaba dormido, prefirió ponerse a bailar y dijo: «Pero si estaba bailando». Sorprendentemente no le echaron.

También le cogió cierta aprensión a beber demasiada cerveza cuando se enteró de que incrementa las posibilidades de tener gota. Desde que leyó aquello cada vez que se pasa con la cerveza nota que tiene el dedo gordo del pie hinchado.

El peor día sin duda relacionado con la gota fue cuando al volver de fiesta en Favencia un verano, al quitarse el zapato vio que tenía el dedo gordo y parte del pie del color que se pone la piel cuando hay sangre por dentro, es decir, como amoratados o acardenalados. Se asustó mucho, pensó «Hasta aquí hemos llegado» y rezó por que lo que hubiera pasado fuera que se había desteñido el zapato, aunque era marrón. Empezó a frotarse el pie y no salía. Al final, frotando con ahínco y con el ímpetu del que no quiere morir tan joven, consiguió que se fuera quitando el color, seguramente porque en verdad era cosa del zapato; aunque si hubierais visto la vehemencia y el frenesí con los que se frotaba el pie con la esponja, en una postura bastante graciosa, por cierto, dudaríais como yo de si lo que en verdad hizo fue devolver la sangre allí acumulada al corazón.

También por el problema de no querer beber demasiada cerveza, en Romsa —una ciudad noruega donde mi hermano ha ido varias veces por estancias y congresos y que está por encima del círculo polar ártico— se exponía mi hermano a una situación curiosa. Nos contaba un día que en las discotecas de allí dejaban pasar y beber cerveza a mayores de dieciocho años, pero solo podían ingerir bebidas espirituosas fuertes los mayores de veintiuno. Como en los países europeos las copas son caras y pequeñas, sus amigos solían pedir cerveza, y mi hermano hacía igual, hasta que en un momento de la noche necesitaba una bebida que le detuviera la gasopuntura que le atormentaba por dentro. Para poder tomar una de las bebidas fuertes había una salita especial a la que solo se podía acceder si se era mayor de veintiuno y, por supuesto, no se podía salir con la copa. Así que era como una sala de fumadores, pero peor, porque como nos decía mi hermano, el que sale a fumar, aunque lo haga solo, tarda unos cinco minutos, pero el que se está tomando una copa, encima cara, se tira media hora mínimo para degustarla como es debido. Así que mi hermano, mientras se terminaba su copita se pasaba al menos media hora solo en una sala donde apenas había mujeres, rodeado de borrachines, con los que, tras haber pensado en sus cosas, por supuesto, acababa hablando, sobre todo si daba el «sorbo letal», es decir el sorbo en el que uno debe despedirse de sus amigos hasta el día siguiente, porque pasa a no recordar las cosas, y en el que a mi hermano en concreto le empieza a dar el «momento social». Pero pasar por esa sala era la única forma de aguantar. Lo peor de todo es que encima mi hermano es de los que les cuesta estar bailando en una discoteca sin una copa en la mano, no por beber, sino por costumbre, así que cuando no estaba en la sala de bebedores, estaba como incómodo mirando hacia ella, añorándola, como si fuera un alcohólico.

Parecido a lo del Galgo con la canción de Avicii, pero en dirección opuesta, es lo que mi hermano llama «hacer un Fernando Alonso». Un «Fernando Alonso» consiste en agitar una bebida embotellada y abrirla empapando a todos, igual que hace, o que hacía, Fernando Alonso con el champán cuando gana o ganaba una carrera. Esto empezó en el reservado de Roldana, un día en que al traerles la mezcla para las botellas de alcohol, mi hermano cogió una botella de cristal abierta de Coca Cola y tapándola con el dedo gordo empezó a agitarla y a empapar a la gente. A partir de ahí empezó a hacerlo también en Almagriz con las cervezas que venden los chinos a la salida de las discotecas. Los objetivos habituales de esto suelen ser Pichuki y Quero, aunque Pichuki ya no tanto después de que un día se enfadara muchísimo cuando mi hermano la empapó a ella y a Celulita a conciencia. Como a mi hermano le gusta mojarse y considera que mojarse con alcohol es signo de salud, al principio consideraba infundadas las broncas que le echaba la gente y seguía haciéndolo y, aunque sin mala intención, molestando. Ahora ya se ha reformado, porque se ha dado cuenta de que no es solo el estar mojado, que ya es molesto, sino que también el alcohol hace que uno huela.

Y ahora que digo lo de «hacer un Fernando Alonso», igual que sucede en otros grupos, en el nuestro hay muchos casos en los que alguien, por hacer algo característico repetidas veces, acaba dándole el nombre a una acción. Merece la pena destacar algunos de ellos.

Uno, por ejemplo, es «hacer un Galgo». Aparte de lo de tirarse la copa por encima, que también podría decirse que es «hacer un Galgo», el que «hace un Galgo» en este caso es el que organiza un plan y lo propone en el grupo común de WhatsApp y luego, cuando ya está todo el mundo en el sitio donde se ha quedado, resulta que no aparece y, más aún, no avisa de que no va a aparecer. Otro es «hacer un mi hermano», que creo que he mencionado antes y que consiste en coger a una persona, generalmente, a la amiga de una amiga, una noche por banda y darle una buena chapa contándole un montón de historias sin casi dejarle hablar más que para aprobar lo dicho. «Hacer un Zazú» o «un Sano», que en esto hay disputas, es inflarse a copas en una casa y luego irse directo a la cama en vez de salir a una discoteca. «Hacer un Charly» es despertarse por la mañana y darle la vuelta a los pantalones y sacudirlos para ver si queda al menos alguna moneda de por la noche en los bolsillos. Esto se puede completar mirando los recibos de la tarjeta de la noche y quejándose amargamente de todo lo gastado, tirando los recibos por el aire. También «hacer un Charly» es, al recibir una llamada, quejarse diciendo «¿Por qué me llama este ahora?», sea quien sea la persona que llama. «Hacer un Quero» es forzar el saludo con algún vecino y que el vecino no conteste. «Hacer un Mufo» es decir una noche al salir de fiesta que vas a ver amanecer y caer antes de las tres de la mañana. Muy parecido es «Hacer un Lízar», que consiste en ir un fin de semana a algún sitio de fiesta y morir (en el sentido de no poder salir el resto de días) la primera noche. «Hacer un bailarín de Tóldoz» es casi darse con el coche de delante por estar distraído mirando a una tía buena que pasa por la calle.

Luego los hay más sofisticados, como «hacer un Kiko Burgos» o «hacer un Alfonsito», los dos muy relacionados. El primero lo explicaré luego para que veáis en directo el origen. El segundo consiste en parar alguna actividad, en su origen fue una partida de mus, y sin venir a cuento sincerarse diciéndole a la gente, por ejemplo:

—Sois mis mejores amigos. Nunca me lo había pasado tan bien jugando al mus.

Y luego pasar a preguntar por algún tema íntimo como que qué opina la gente sobre los celos.

Hasta ahora, en todos estos casos el nombre de la acción lo da el que la hace, pero también puede dar el nombre el que la recibe. Por ejemplo, Chindas y mi hermano llamaron hacer un Cami 2 a estar en una discoteca con alguna chica, al principio siempre era Cami 2, y decirle que te estás haciendo pis para irte a dar una vuelta por la discoteca entrando a chicas (la llamada «putivuelta») y no volver hasta un buen rato después habiendo dejado a la chica sola o, mejor aún, habiéndola dejado con alguien con quien no se lleva bien y que no tiene mucha conversación. Este tipo de grupos que no pega ni con cola, por cierto, es lo que se llama un «pencho», como los que típicamente hay en las mesas de las bodas.

También hay otra acción en la que el nombre lo pone el que sufre la acción: «hacer un cajera de Mercaballero» (o en su versión reducida «hacer un Mercaballero»). Esto consiste en no contestar a una pregunta que alguien nos hace y que claramente oímos sin tener motivo para no hacerlo. El nombre viene de que en la época en la que a mi hermano le dio por ser borde, un día estaban comprando en Mercaballero y la cajera le preguntó alto y claro a mi hermano si quería una bolsa y mi hermano ni se molestó en contestar. A su amigo Fernando, que iba con él, le hizo mucha gracia y desde que nos lo contaron llamamos así a cualquier caso en el que sin razón alguna se ignora una pregunta.

La posibilidad de que el nombre de la acción lo dé el agente o el paciente me recuerda a algo que nos contó mi hermano un día: la posibilidad de encontrar verbos que indiquen en qué sitio se pone algo o verbos que indican lo contrario, es decir, qué se pone en un sitio (en inglés mi hermano dice que se llaman locatio y locatum verbs, respectivamente). Un ejemplo de los primeros es el verbo to shelve, que significa ‘poner en una estantería’ y un ejemplo de los segundos es to saddle, que significa ‘poner la silla de montar en algún sitio’. Es decir, en el primero el nombre lo da la estantería (shelf), que es el lugar en el que se pone algo, y en el segundo caso el nombre lo da la cosa que se pone, la silla de montar (saddle). En español un ejemplo de los primeros sería enjaular o enlatar, porque estos verbos indican que metemos algo en algún sitio, en una jaula o en una lata; y ejemplos de los segundos podrían ser ensillar, enyesar, empanar o empolvar, porque indica lo que le ponemos a algo: una silla, yeso, pan o polvo. Para más inri, hay incluso verbos que indican lo que se quita de un sitio, como dust en inglés, que significa ‘desempolvar’. En español creo que no hay ninguno de estos, aparte de los que tienen el prefijo des- como desempolvar, claro; a no ser que barrer sea ‘quitar el barro’, je, je.

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Uve doble ele ele (1)

8

Otras locuras o dejémoslo en cosas peculiares de mi hermano tienen que ver con los camareros. Los camareros son una de las obsesiones de mi hermano en las discotecas, sobre todo las camareras, por supuesto, pero también ellos. Entre otras perlitas para con este gremio tiene una típica respuesta que yo creo que ha cogido de alguna película o serie. Cuando una camarera le pregunta si quiere algo más él responde:

—No sé, ¿quiero algo más? —y guiña el ojo igual que Joey en Friends. No en vano hubo una época en la que a mi hermano le llamaban Joey, principalmente cuando le dio por entrar a las chicas diciendo «¿Cómo va eso?».

También cuando paga con tarjeta tiene su ritual. Cuando le pregunta 20150922_132523alguna camarera si quiere copia él contesta «¿De ti o del recibo?» escalofriándola (de manera similar a cuando una noche en la cola de Valhalla tuvo un roce con un quinqui, el cual le amenazó diciendo que por menos había visto navajazos, a lo que mi hermano contestó con la fanfarronada «¿Tuyos o míos?»).

Como la tarjeta de mi hermano es de firmar, aprovecha la ocasión para, en vez de poner la firma, pintar corazones o firmar con una X, queriendo hacer la gracia de parecer analfabeto; o pone su teléfono, o pinta la clásica pantera rosa hecha con hexágonos. Todo un repertorio que, al principio podía resultar gracioso, pero que luego ha empezado a ser un poco tedioso, máxime cuando alguien que nunca lo ha visto lo celebra o cuando a veces las camareras se ríen e, incluso, se lo enseñan entre ellas. Un día, por ejemplo, al firmar, pintó un corazón y después puso su firma, tras lo cual le dijo a la camarera:

—Lo primero para el banco lo siguiente para ti.

La camarera se partió de risa, y más cuando al pedir la siguiente copa y escribir lo mismo mi hermano lo dijo al revés:

—Ahora lo primero para ti y lo segundo para el banco.

Y guiñó un ojo.

Pero su éxito más rotundo fue el día que le escribió una poesía a una camarera en la caja del Big Mac en un McDonalds. La camarera al leerla se metió donde se preparan las hamburguesas, y de repente, cuando ya no se la veía, se oyó una carcajada de todos los que estaban dentro. Mi hermano miró orondo a su compañero de desayuno de aquel día, que ahora no recuerdo quién era.

Otro de sus grandes éxitos a la hora de firmar el recibo de la tarjeta fue en el restaurante de Roldana al que siempre vamos a comer chanquetes, cuando, a la hora de firmar el recibo, la camarera no tenía boli, y mi hermano, sin saber si funcionaría, se tiró un triple y le dijo que no se preocupara, que en ese papel se podía firmar con la uña, que era como papel calco; cosa que curiosamente consiguió hacer cuando lo intentó. La camarera, sorprendida, se lo agradeció y le dijo que bueno era saberlo para la próxima.

También a la hora de pagar, si pide un chupito de Jagger o de tequila, suele ofrecer uno al camarero en cuestión diciendo bastante rápido «Dos chupitos de Jagger. Si tú quieres uno, tres», sabiendo que generalmente o el camarero no puede tomar porque está trabajando o, si puede tomar, con este truco no cobrará ninguno. De esta manera, aun en el caso de que le cobren el chupito, al menos siempre consigue quedar bien y casi siempre le invitan al segundo (al segundo chupito, digo, no que le invitan al instante).

Otro truco fundamental para quedar bien es dejar un euro de propina por copa. Dice que un euro más al precio que están las copas no se nota, y que, como poca gente lo hace, los camareros agradecen y aprecian mucho el gesto. Considera una tontería no hacerlo y para demostrarlo siempre cuenta la historia de que una vez en Ribancho, al darle un euro a una camarera, esta le preguntó «¿Sabes quién soy?». Ante el intrigado no de mi hermano, le desveló que era la dueña del bar y le dijo que a partir de ese momento estaba invitado a todas las copas que quisiera (a las suyas, eso sí, que no era plan de que se pusiera a invitar a copas a todos sus amigos. Encima con exclusividad, pensaría él).

La mejor propina que dio de esta forma fue una vez en Roldana cuando compró previamente el típico euro de recuerdo que viene pintado por una de las dos caras, en este caso, con una palmerita y con el nombre de Roldana. Cuando llegó a la discoteca sorprendió con este euro especial a la camarera a la que llevaba dándole un euro de propina todas las noches. La cautivó realmente.

Otro truco que hace, en este caso para que los camareros se acuerden de lo que bebe y no tener que gritar con el estruendo de las discotecas, es decir «uve doble ele ele», lo cual lógicamente, y él lo hace aposta, al principio el camarero no entiende, pero que explicado como White Label con (Coca Cola) light cobra sentido y es efectivo para que ya no se le olvide al camarero ni lo que significa ni lo que pide mi hermano.

Precisamente es bueno que no tenga que decir lo del White Label porque alguna vez ha tenido problemas con el nombre. Uno de ellos fue en su estancia en Nueva Isla, estancia de la que algún día hablaré con más detalle. Empezó pidiendo White Label, Dewars_White_Label_1pronunciado a la española, es decir, [guáit lábel], y no le entendían. Entonces se le encendió la bombilla y pensó, «Ah, claro, es que se pronuncia [guáit léibel]», pero tampoco le entendían. Entonces miró la botella y cayó en que allí lo llamarían por el nombre de la marca, Dewar’s, lo cual pronunciado con su mejor inglés o jaimglish, es decir, diciendo [díwars], tampoco obtuvo el resultado esperado. Al final, tuvo que señalar la botella, y entonces el camarero exclamó: «¡Oh! [Dúars]».

Lo de jaimglish, por cierto, es como él llama a su forma de hablar inglés, haciendo un acrónimo del tipo de spanglish. Esta variante del inglés de mi hermano es bastante correcta y, al parecer, a las chicas les parece muy mona, sobre todo cuando pronuncia, como tantos españoles, una e inicial en palabras que empiezan por s más consonante, la llamada s líquida, diciendo, por ejemplo, [espéin]. Será que a los españoles nos gusta ponerle una tapa a todo lo líquido.

Otro día en Roldana, mejor dicho, en Pera playa, que es la continuación del paseo de Roldana, donde en verdad está la casa de Chindas, mi hermano le pidió a la dependienta del veinticuatro una botella de White Label. La chica fue a coger una de Red Label (de Johnnie Walker), en la que se ve más grande lo de Label y mi hermano la detuvo exclamando:

—No, no. White Label. —Y acordándose de lo de Nueva Isla añadió—. Bueno, Dewar’s —pronunciado [díwars] porque le parecía demasiado fuerte pronunciarlo [dúars].

La dependienta, autóctona ella de las tierras del sur, contestó:

—Cómo que da igual —pronunciado [diwáh] en almeriense—. No, no, si me has pedido White Label te pongo White Label.

A su lado su amiga Cami 2 se empezó a reír y mi hermano, con su bondad innata, para que no se sintiera mal la dependienta, que con su mejor intención le había recriminado, dijo:

—Ah, ¿que he dicho da igual? Pues no me he enterado. No, sí, mejor White Label si se puede.

De Cami 2, ya que es la segunda vez que la menciono, diré por ahora que es una de las mejores amigas de mi hermano, con la que alguna vez ha tenido alguna historia graciosa que ya irá saliendo en este o en un futuro relato. Es suficiente por ahora contar, por ejemplo, que, como mi hermano y Cami 2 tienen las casas muy cerca en Roldana, muchas veces bajan juntos y solos a la playa. Tanto tiempo pasan juntos y solos que fue inevitable que el padre de Cami 2, de la vieja escuela, cuando se estaban conociendo, les viera y se mosqueara. Queriendo no creer que le estaban levantando a su hija delante de sus narices y observando que mi hermano iba muchas veces con un bañador rosa, un día le preguntó a su hija, como queriéndola disuadir de sus posibles intenciones, si su amigo era mariquita y que por eso llevaba un bañador rosita con flores hawaianas. Cami 2 se desternilló pensando en la posible reacción de mi hermano al enterarse. Cuando se lo contó, mi hermano se ofendió un poco, pero contestó con sorna diciendo que qué tendría que ver, que eso lo decía su padre porque viendo su atractivo había temido que Cami 2 cayera rendida en sus brazos y se acogía a la esperanza de que fuera gay (pronunciando [gái] como manda la VEI); que además el bañador se lo había regalado una ex novia y que, si de algo era el bañador, era de surfero, lo cual es lo más macho que hay.

Esta y otras historias que irán saliendo han unido y desunido a la vez, es decir, han unido, a Cami 2 y a mi hermano. En este caso, hay que reconocer que mi hermano tuvo una extraña etapa en la que le encantaba el color rosa: siempre se pedía la ficha rosa en el Trivial, llevaba calcetines rosas y hasta se compró las Sparco, cuando se pusieron de moda, de ese color. Aún hoy le quedan algunos vestigios de ese gusto cromático, como ir con chaleco rosa a las bodas de las que le hacen testigo.

Volviendo al tema de las discotecas, lo de pedir con Coca Cola light mi hermano ahora lo sigue haciendo por no engordar. Y es que, cuando le advierten que el alcohol engorda, él dice que lo que engorda es la Coca Cola, no el alcohol. Pero en su momento, cuando estaba más delgado, empezó a pedir Coca Cola light porque descubrió, la primera vez que estuvo en América, que allí la Coca Cola light se llamaba Diet Coke, y le encantaba pronunciar el nombre: [dáiet cóuk].  Así, con la tontería, se acostumbró al sabor y desde entonces siempre pide Coca Cola light, aunque es verdad que ha tenido alguna época de rebeldía en la que ha pedido Coca Cola normal o, incluso, a veces zero.

Aunque todas estas cosas puedan parecer excentricidades, el caso es que mi hermano, gracias a ellas, consigue algunos favores, y no solo el susovisto del día que le invitaron a todas las copas en Ribancho. Por ejemplo, entre lo del euro y lo del uve doble ele, muchas veces no tiene que esperar cola en la barra para pedir. Con levantar las manos por encima de la gente con un dedo levantado el camarero se lo pone. A veces en vez de un dedo indicando que quiere una copa, levanta tres dedos de una mano haciendo una uve doble y dos de la otra haciendo una ele. Y así, aunque es un panoli o pagafantas invitando a chicas, es experto en que los camareros le inviten a cosas.

Continuará…

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Gravedad, pelos y otras artes disuasorias

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En defensa de su novia de Santaél, hay que decir que es verdad que mi hermano puede parecer un poco loco en las discotecas. Yo siempre he pensado que lo hace como protección para que solo alguna chica que esté verdaderamente interesada en hablar con él haga cualquier cosa por conseguirlo, prueba similar a la que la gitanilla somete a don Juan en la novela ejemplar de Cervantes.

Entre otras locuras que ahora contaré, él y el Galgo empezaron un día a hacer lo que ellos llaman «la gravedad». Esta fechoría consiste en que mientras están hablando entre ellos o con otros amigos en la discoteca, se van desabrochando el pantalón disimuladamente hasta permitir que la fuerza de la gravedad lo baje y siguen hablando como si nada hubiera pasado hasta que los circunstantes se van dando cuenta. Al que le hacen la gravedad es como si hubiera perdido en el juego.

Es como lo de hacer una cola detrás de alguien cuando están visitando una ciudad andando en grupo. Al que le hacen la cola en fila india detrás es como si perdiera. Lo mejor es cuando alguien solo se da cuenta de que le está cayendo una cola al ver que la gente por la calle le mira raro y, entonces, al mirar atrás ve toda una fila de gente detrás, como los patitos que siguen a mamá pato.

Otra de las fechorías disuasorias de mi hermano es «hacer pelos». Esto consiste en ir al baño y ponerse todos los pelos de punta como si se hubiera electrocutado y salir así por la discoteca. Por hacer esto, una vez se pegó un buen susto al mirarse en el espejo por la mañana, después de que sus anécdotas lingüísticas consiguieran que, a pesar de llevar el pelo alborotado, ligara con una chica, que llevaba pintados los labios. Y es que, cuando al día siguiente se despertó con aquellos pelos, con la palidez propia de la resaca y el color rojo del pintalabios de la chica restregado por la cara, al mirarse en el espejo vio al Joker.

Y hablando de espejos, no con tan mala pinta, pero con la suficiente, un día en Marlinda él y el Galgo fueron desde la discoteca a ver al tío del Galgo, que tenía un mercadillo allí. Como se habían dado un baño en el mar entre discoteca y mercadillo, consideraron que estaban más o menos decentes —y así es como el alcohol les hacía verse el uno al otro—, por lo que llegaron al mercadillo sintiéndose recién duchados. Pues bien, aparte de que el tío del Galgo les dijo días después que le habían dejado rubio con el aliento a wiski, mi hermano tuvo la mala fortuna de que en el momento en el que mejor se encontraba, justo pasaron a su lado unos hombres que portaban un espejo de los de pie, de tal manera que se vio reflejada su cara en él. Basta con decir que al principio no se reconoció. Luego le dijo al Galgo que igual era momento de volver a casa.

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Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

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Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant» que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

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Presuntas apariencias

20

En uno de esos días de expedición metrística o métrica, Quero, al ver a alguien con un pack ahorro de botellas de Coca Cola, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿cómo era la historia del pack completo? Que se la quise contar a mi novia el otro día y no me acordaba bien.

Esta historia es una de las muchas que mi hermano tiene de cuando va de vacaciones a la playa en agosto a Roldana. Esos veinte días son el único período del año en el que mi hermano se relaja un poco en lo que a aventuras lingüísticas se refiere y da rienda suelta a otras aventuras menos cultas (aunque, como veremos, siempre hay hueco para alguna charla lingüística). Pero que nadie le diga al verle tan feliz esos días algo como «¿Ves? Si es que uno es mucho más feliz cuando no lee», porque mi hermano saltará bastante enojado con lo siguiente:

—Sí, puede que uno sea más feliz cuando no lee, pero no creo que nadie encuentre la felicidad plena sin haber leído.

La historia del pack completo en concreto, y así empezó contándole mi hermano a Quero, comenzó un verano en el que se juntaron mi hermano, Chindas y Lízar, con el que coincidía mi hermano por primera vez, pues aunque ambos ya habían estado en Roldana, lo habían hecho en momentos distintos.

Una de las primeras cosas que supo mi hermano de Lízar es que su novia le había dejado ir a Roldana, sabiendo la fiesta que allí había todas las noches, con la condición de que no bebiera mucho. No en vano el nombre de Lízar le venía de que cuando bebía se le ponía la cara (sobre todo los ojos) de Lagarto, el supervillano de Spiderman.lagarto 2

Bien, pues, como era de esperar, una de las primeras noches, Lízar se pasó bebiendo. Después de las clásicas copas en la terraza de la casa de Chindas, fueron a Valhalla, la discoteca por excelencia de allí, que está en Monsácar, el pueblo de al lado de Roldana. A la salida, como solían hacer, se acercaron al coche de unas chicas autóctonas en el aparcamiento y se pusieron a hablar con ellas. En el fragor de una loca conversación, Lízar se quiso apoyar en la ventanilla de atrás del coche, pero con la cogorza que llevaba no se dio cuenta de que la ventanilla estaba abierta y no sé muy bien cómo, pero se cayó dentro del coche, quedándose con las piernas para arriba saliendo por la ventanilla. Con medio Lízar dentro del coche, se empezaron a oír gritos de chicas como si hubiera entrado un zorro en un gallinero o, mejor dicho, habiendo entrado un zorro en un gallinero, pero ni mi hermano ni Chindas pudieron ver bien lo que pasaba porque las piernas les tapaban. Lo que sí se pudo ver es que Lízar de repente salió disparado de la ventanilla y empezó a gritar: «¡Me han curtido el lomo! ¡Me han curtido el lomo!». Al ver este espectáculo, una de las chicas que estaba fuera, consideró que era el momento oportuno para calificar al grupo, así que les miró de arriba a abajo a los tres y con todo su acento andaluz dijo:

—Joé, habéis venido el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho.

Las etiquetas estaban claras: Chindas era el cachas, porque es de los que tiene los músculos bien desarrollados, conseguidos por medio de la gimnasia y el CrossFit (que, como mi hermano comprobaría en sus carnes, es más o menos una dura pero efectiva modalidad de gimnasia que combina gimnasia normal con carrera y con entrenamiento militar y que consiste en hacer una serie de ejercicios antes que el resto o hacer más repeticiones de algún ejercicio en un tiempo). Mi hermano, aunque había bebido, era claramente el pijo por las pintas que llevaba en aquella ocasión y siempre que está en una discoteca de verano, con sus pantaloncitos de colores, su camisita de marca y sus alpargatas a juego; y Lízar, no solo porque se hubiera caído dentro del coche, sino por los tumbos y gritos que seguía dando, era el borracho.pack completo

La cosa probablemente no habría pasado a mayores, si no hubiera sido porque al día siguiente le contaron la historia a una amiga en la playa. A esta le hizo tanta gracia que quiso hacerse una foto con el pack y la colgó en Facebook poniendo «¡Qué bien me lo paso con el pack completo: el cachas, el pijo y el borracho!».

Cómo no, la novia de Lízar vio la foto y se escamó del comentario que la acompañaba. Sin conocer aún a mi hermano, solo con verle con un bañador de Pertegaz, supuso que él era el pijo. Lo de que Chindas era el cachas estaba claro. Así que solo quedaba que Lízar, al que no le estaba permitido beber, fuera el borracho. No obstante, concediendo el beneficio de la duda a su novio, decidió urdir un plan para comprobar si las suposiciones eran fundadas. Así, uno de los días en los que estaba hablando con Lízar por teléfono subrepticiamente le preguntó:

—Este año estás yendo mucho con un amigo un poco pijo, ¿no?

Lízar, con la comprensible inocencia del que cae en una inesperada trampa, contestó:

—Ah, sí, con Jimmy —que es como llaman a mi hermano en Roldana.

A lo que ella exclamó:

—¡¡¡Ajá!!!! Así que tú eres el borracho.

No había escapatoria posible de aquel ardid, garlito o trampa. La excusa de que mi hermano también había bebido alguna copa no valió; la bronca fue inevitable.

Nada más terminar de contar la historia del pack completo, de repente el metro hizo uno de esos atronadores ruidos, de los típicos que amilanan a más de uno en los parques de atracciones, ruido ante el cual mi hermano se sobresaltó y pegó un brinco que a poco no se deja los dientes en una barra. Quero, en cambio, ni se inmutó:

—¿Qué pasa —le dijo mi hermano a Quero cuando se repuso del sobresalto—, que no te has asustado?

Quero contestó orondo y seguro de sí mismo:

—Yo es que siempre estoy alerta.

Como si siempre tuviera presente que podría producirse algún estruendo de ese tipo.

Por cierto, lo de creer que una ventanilla está cerrada cuando está abierta, como le pasó al desdichado Lízar, perjudicó a mi hermano un día, solo que al revés. Iba conduciendo por el Puerto de la Virgen, volviendo de fiesta con Charly y Mufo, otros dos amigos de la infancia del Pinar, cuando de repente le vino al gaznate uno de esos gargajos que a veces rondan por las vías respiratorias. No sabiendo lo que hacer con él, si tragárselo o expelerlo por la ventana, al final se decidió por lo segundo, sin darse cuenta de que la ventana, a pesar de que, de limpia que estaba, parecía estar bajada, en verdad estaba subida, por lo que el esputo se quedó pegado a ella, igual que en Cuando Harry encontró a Sally. Tanto asco le dio a mi hermano su propio gargajo que lo tuvo que limpiar Charly con un papel.

En aquella ocasión aprovechó para contar su proeza del día que, sentado detrás en un coche en marcha, viendo que el conductor lanzaba una colilla por la ventana (en la época en la que no se perdían puntos por hacerlo) y sabiendo que muchas veces en estas circunstancias la colilla entra por la ventanilla de atrás (por su ventanilla en este caso), la subió rápidamente, consiguiendo que la colilla, que efectivamente amenazaba con volver, chocara con el cristal y no entrara. Por supuesto, cuando lo contó, no se creyeron que le pudiera haber dado tiempo, pero él alegó que era una ventanilla de las de manivela, las cuales, con fuerza y pericia, se pueden subir a toda leche. La aversión al tabaco de mi hermano es tan grande, como veremos, que yo sí me creo que fuera capaz.

Otro día de los de andanzas lingüísticas mi hermano le decía a Quero:

Una de las cosas que más me inquietan en la vida es conocer a gente nueva en un trabajo o en algún sitio y pensar que has podido cruzarte con ellos por la calle diez días o un año antes sin saber que en el futuro vuestras vidas se unirían. Igual que con una chica. A lo mejor acabo dentro de un tiempo con una chica que he visto en alguna discoteca alguna vez o incluso con la que he hablado hace unos años y ni me acuerdo. Me encantaría volver al pasado solo para poder comprobar eso. Es como cuando vuelves a ver una película antigua y ves de secundarios a actores que ahora son archiconocidos.

—Como Joffrey de Juego de Tronos en la primera de Batman de Nolan.

—Exacto.

En otro viaje, y esta es una historia que nadie se cree cuando la cuenta mi hermano, ni siquiera cuando Quero da fe de ella, el metro hizo un giro brusco y mi hermano, que no iba agarrado, rápidamente se cogió de una barra vertical del vagón, pero en vez de sujetarle, como haría cualquier barra rígida de metal, la supuesta barra se dobló y mi hermano cayó al suelo. Cuando se levantó todavía sin comprender lo ocurrido, vio que la gente se estaba riendo. Y es que lo que había pasado no era que mi hermano hubiera hecho un Uri Geller, sino que lo que había cogido, en lugar de una barra, era un póster que llevaba un señor sentado y que tenía puesto hacia arriba entre las piernas. Como diría Fedro en una de sus fábulas, Non semper ea sunt quae videntur, lo cual, para los que como mi hermano odian los libros en los que aparecen citas en lengua extranjera no traducidas, viene a significar algo así como que las apariencias engañan. Quizás por eso, para no caer en falsas apariencias, ahora se abusa tanto de presunto en las noticias, donde hasta los desaparecidos o los muertos a veces se consideran presuntos.

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Monicaca y su agüita o el peligro de los hipocorísticos con K

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En una discoteca es mucho más fácil ligar si te preparas el terreno. Eso es lo que hace mi hermano. No es que se estudie en casa fun facts o datos curiosos ex profeso para ligar, pero uno de los motivos por los que le gusta saber cosas es, precisamente, para luego soltárselas a las chicas y conquistarlas.

pollo capón 2
El pollo capón

Y es que una discoteca está llena de objetos fascinantes, o mejor dicho (que eso suena algo mal), de objetos de los que se pueden contar historias fascinantes, con las que se podría impresionar a cualquiera. Una mina, por ejemplo, es el origen de los nombres de las bebidas y de los nombres de las marcas de las bebidas.

Pero, claro, no basta con saber estas historias; también es necesario saber cuándo contar qué historia y tener un poco de suerte.

Un día mi hermano conoció a una chica pidiendo en una barra. Vio que la chica pedía un vodka con naranja y se lanzó:

—¿A que no sabes de dónde viene la palabra vodka?

La chica le miró con sorpresa y dijo:

—Pues no.

Cuando mi hermano habla con una chica extremadamente guapa, se hincha como un pollo capón, sacando pecho y echando para atrás los hombros, lo que hace que tenga menos éxito del debido (por la artificiosidad de la postura, ojo, que no por la falta de atractivo, gallardía y donaire). De esa guisa empezó a explicar:

—Pues tiene origen polaco. En lenguas como el polaco o el ruso, voda significa ‘agua’. Y con la k se hace el diminutivo. Por lo tanto, vodka es como ‘agüita’.

—¡Ah!… —la chica le miró con cara de haber roto un plato.

Impertérrito, mi hermano siguió:

—Así, en los hipocorísticos del ruso, a veces aparece la k, como en Marushka de Maria. —Queriendo sacarle el hipocorístico a la chica, continuó—: A ver, por ejemplo, ¿tú cómo te llamas?

—Mónica —respondió la chica que, aunque algo intimidada, en el fondo sentía algo de curiosidad.

Phonto(46)Como lo que procedía según lo explicado era algo así como Monicaca o quizás Monishka, lo cual tampoco sonaba del todo bien, mi hermano enmudeció, mostrando la confusión y el turbamiento precisos para que la chica hiciera un ruidito de desaprobación, pusiera cara de «otro chico que me la quiere colar», cogiera su agüita con naranja y se fuera, sin dejar tiempo a mi hermano de explicar que otro diminutivo en ruso es Katiuska (de Katia), el cual dio nombre a las botas de agua a raíz de una zarzuela o, mejor dicho, opereta de Sorozábal donde la protagonista, Katiuska, llevaba este tipo de botas (como lo de la rebeca con la peli de Hitchcock o la pamela de la novela de Samuel Richardson).

Cuando cuenta este percance, mi hermano dice que lo que falló en esta ocasión fue haber usado la palabra hipocorístico:

—Seguro que a la chica la palabra le sonó pedante, con lo bonita que es, que se aplica a los nombres cariñosos o familiares, tipo Concha (de Concepción) o Paco (de Francisco) y quiere decir algo así como ‘palabras que acarician’.

Superromántico, vamos. No me cabe la menor duda de que, si la chica llega a haber sabido esta información, habría captado la indirecta, cayendo rendida ante las tentativas acariciantes de mi hermano.

Pero bueno, como en la vida todo es cuestión de acabar encajando con alguien y como muchas otras veces le han funcionado estas prácticas, mi hermano nunca se da por cachiporra o por vencido y eso hace que siempre se pueda disfrutar de sus locas y chascarrilleras peripecias.

Además, como más adelante contaré, mi hermano cuenta con todo tipo de tácticas y estrategias para que la cosa no falle, como la célebre e hipocorística «táctica de la mano», 60px-Proto-semiticK-01.svgque tanto juego le da. En la escena aquí contada, no tuvo tiempo de coger de la mano a Monicaca y se le escapó, pero ya veremos otros lances en los que estuvo más rápido con la mano y menos torpe con la letra K, cuyo origen, curiosamente, es un símbolo semita que representaba una mano abierta.

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