El día que mi hermano ligó con una súper

6

Otra noche, antes de salir rumbo a Valhalla, mi hermano pilló a Quero poniendo en práctica una táctica que, según dijo un día, había leído o en el Quo o en el Muy interesante, sus revistas favoritas. Quero ya lo había dejado definitivamente con su novia y no estaba del todo mal. Volvía a sentir ganas de ligar, pero de una manera sana, no en plan vengativo o despechado. Lo que había leído Quero es que el olor de los polvos de talco era el que más atraía a las mujeres y, al ver un bote en el baño de Chindas, en cuya casa también se estaba alojando, no había dudado en echarse. Al pasar por la puerta del baño mi hermano le dijo:

—Uhm, ¡qué bien huele tu colonia!

—No me digas. Si es la misma de siempre.

—A mí me huele un poco mejor.

—Joé, no me digas eso, que es que me he echado polvos de talco.

Mi hermano, al que Quero ya le había contado la táctica alguna vez dijo:

—Ja, ja. Qué pillín.

Y Quero, preocupado, dijo:

—A ver si los polvos de talco a quien les gustaba era a los tíos.

—No, eso era a las tías. A los tíos el olor que más les atraía era el de la lavanda.

Quero puso cara de espanto:

—Es verdad. Pues el gel que tiene Chindas tiene lavanda —lo sabía porque antes de ducharse había estado leyendo la etiqueta, mientras… bueno, mientras hacía tiempo para que el agua de la ducha se calentara.

—Ja, ja. Pues nada, hoy vas a ligar con todo el mundo. Aunque la verdad es que la táctica de los polvos de talco a mí nunca me dio muy buen resultado, que yo recuerde.

Y es que mi hermano, cuando Quero en su momento le contó la táctica, la había usado. Quero en aquella época solo la usó para atraer más a su novia; no os vayáis a creer que la usaba para otras, que tanto Quero como mi hermano son superfieles.

Ya en Valhalla esa noche, viendo que no funcionaba del todo bien lo de los polvos de talco, Quero empezó con otra táctica. En una de sus revistas también había leído que la parte del cuerpo que más les gusta a las mujeres de los hombres son los hombros. Para que las chicas se fijaran en ellos empezó a andar levantando uno y después otro como un jorobado de Notre Dame intermitente. Al principio, entre las contorsiones y jeribeques, en vez de hacer que las chicas se fijaran en sus hombros, casi directamente se los metía en la cara. Pero hay que decir que, una vez que pulió la táctica fue impresionante ver cómo las chicas se acercaban a él como moscas. Mi hermano no daba crédito y empezó a hacerlo también. Debía hacerlo bien porque en un momento que paró para descansar, que con la tontería se cargan bastante los hombros, una chica le dio un palmotazo (como los de Charly) y le dijo que siguiera bailando. Aunque el movimiento de los hombros atraía a las chicas como a moscas y se ponían a bailar como hipnotizadas con mi hermano y Quero, Quero tuvo razón cuando dijo:

—Sí, sí, atraerlas, las atrae como a moscas, lo difícil es mantenerlas.

Ya casi al final de la noche, cuando quedaba media hora para cerrar, como siempre, estaba la tentación de volverse con Chindas en el coche. En este caso habían llevado el de Zazú pero lo conducía Chindas, porque casi nunca bebía. La cosa era si irse con el coche o si quedarse haciendo el tonto mientras esperaban a un taxi o al autobús o comiéndose un perrito caliente en el puesto de dentro de Valhalla y cantando «¡Perromán! ¡Perromán!» con el ritmo de «Popurrí, popurrí» de Furor o «Quiero un perrito calienteee» o «Yo no me voy sin mi perroooo» con el ritmo de Seven nation army, para variar. En este caso, se querían ir todos menos mi hermano. Mi hermano les dijo que, como eran cinco, que él se quedaba un rato, que se sacrificaba y ya volvería en autobús. Como podréis imaginar, para mi hermano no suponía ningún sacrificio quedarse. Al final, cuando hace estas cosas, nunca se queda realmente solo porque siempre se encuentra o a alguien conocido de antes o a alguien recién conocido.

De hecho, a mi hermano le encanta salir el último de las discotecas. Para conseguirlo sin enfadar a los puertas, hace como los jugadores de fútbol cuando van ganando y quieren perder tiempo con los cambios yéndose al otro lado del campo: se va a la punta contraria de donde está la puerta de salida. Muchas veces, nuestros amigos, por no dejarle solo, le buscan y se lo llevan, pero en este caso, le vieron tan entusiasmado que se fueron sin él. De hecho, mi hermano ya le había dicho a Chindas antes de llegar a Valhalla que esa noche igual se quedaba solo y que no se preocuparan por él, que no iba a ser como esas veces que le da por quedarse solo inconsciente e insensatamente.

Una vez solo, mientras daba una vuelta, al pasar por la puerta del reservado, vio a la de la puerta de las entradas, que estaba dentro. Ella le vio y le invitó a pasar al reservado y a una copa. Mi hermano, que ya iba contentillo, con esa copa, que encima era con Red Bull, ya se puso como una moto. Al día siguiente contaba:

—No sé muy bien cómo, pero acabé sentado en el reservado donde se suelen poner los famosos al lado de una chica rubia que me empezó a hablar supersimpática.

Chindas se rió:

—Sí, ja, ja, sin saber cómo. Eso es como lo de … —se dice el pecado, no el pecador—, que un día volvió diciendo que no sabía muy bien qué le había dicho al taxista, pero que le había llevado a un puticlub. Pues le diría que le llevara a un puticlub, ja, ja.

—O que le llevara de puteches, ja, ja, ja.

Según siguió contando mi hermano, miró a la chica junto a la que se había sentado y le dijo abiertamente:

—Eres guapísima.

—Ja, ja. Anda, anda.

Estuvieron hablando un buen rato y hasta las amigas sonreían a mi hermano como animándole a proceder. Mi hermano que en la vida se había llevado muchas cobras, tortugas, mátrixes y demás, en resumen, calabazas, fue precavido y no dio un paso adelante esa noche. Se limitó a pedirle el móvil, que la chica le dio con demasiada facilidad, y del resto no se acordaba muy bien. Tal como iba esa noche mi hermano, es normal que no se acordara de nada.

Una vez que se hubo despedido correctamente de la chica que, por cierto, se llamaba igual que la camarera rubia guapa, al salir de Valhalla, vio que justo estaba el autobús que le acercaba a casa.

Y en el autobús la montó desde el primer momento. Si una vez le dio por dar volteretas al mezclar whisky con Red Bull, aquí le dio por ir indicando a la gente con quién se tenía que sentar, haciendo parejas de chico y chica:

—Tú con ella. Tú con él. Tú conmigo.

Y durante el viaje fue haciendo de todo. Diciéndole al conductor que no le hiciera una jugarreta, que no le llevara a Monsácar, sino a Roldana (ese día no tendría más remedio que dormir en casa de nuestra madre y abuelo, porque el autobús dejaba a una hora andando de Pera Playa, donde tenía la casa de Chindas, y solo a media de la casa de nuestro abuelo), cantando y haciendo «camareros». Para que os pongáis un poco en situación, uno de los «camareros» fue el siguiente:

—¡Camarerooo!

—¡Qué!

—¡Camareroooooo!

—¿Qué?

—¡Una de Roldanaa!

—¿Una de Roldanaa?

—Give me hope, Roldana. Give me hope.

Aunque la mayoría le habían respondido al «¡Camarerooo!» con un «¡Qué!», no siguieron la canción y se produjo un gran silencio, seguido por risas. Viendo esto, temiendo fracasar, tiró de uno de los que nunca fallaban:

—¡Una de lomo adobado y aceituna!

—¿Una de lomo adobado y aceituna?

—¡Y ese lomo adobado y aceituna, que abandona por la noche la maná!

Otra vez nada y luego risas.

Con todo esto, el caso es que al final todos acabaron coreando su nombre. Él creía que decían «¡Jaimito! ¡Jaimito!», pero cuando otra noche le reconocieron algunos por Valhalla y le paraban, le decían:

—¡Eh! Tú eres Jaimote, el del autobús.

A saber por qué le habrían llamado Jaimote. Espero que no hubiera ninguna rima implicada.

Y al bajarse del autobús, para completar la faena, les hizo un «mi hermano» a una pareja que se bajó con él y que, por supuesto, en cuanto pudo le dio esquinazo.

Vamos, que la lió —también con tilde— casi tanto como el día que no le dejaron pagar en el autobús en Almagriz con veinte euros y querían hacerle bajar, historia que contaré cuando conozcáis a mi hermano un poco mejor, para que no se lo toméis a mal.

Cuando al día siguiente les contó a todos en la partida de mus toda su noche, no daban crédito. Con lo de la chica, como mi hermano había contado que había sido todo como muy fácil, que no le había costado conseguir el móvil y que la chica estaba en el reservado de famosos y que encima era muy guapa, Chindas dijo:

—A ver si va a ser una escort.

—¿Una qué?

—Una escort. Una señorita de compañía, vamos.

—Ostrás, pues no sé. La verdad es que bien podría ser, pero no creo.

No le dio demasiada importancia a estas palabras y, al volver a casa para cenar, le cogió el móvil a nuestra madre para escribir a la supuesta escort por el WhatsApp. Recordemos que mi hermano había perdido el móvil y el que tenía era uno antiguo sin WhatsApp, por lo que tenía que usar el de nuestra madre. Le puso: «Hola, ¿qué tal? Soy Jaimito». Y la respuesta no tardó en llegar: «Hola». Y seguía con la siguiente misteriosa frase: «Eres amigo de una super». Al ver eso mi hermano se acojonó. «¡Cómoooo!». Empezó a buscar en google «prostituta súper» o «super puta», pero no encontraba nada. Empezó a sudar pensando que quien le había contestado era el chulo advirtiéndole que era amigo de una súper, para prevenirle, no se fuera a pensar que había ligado por la noche. «Y con el móvil de mamá», pensaba sudando mi hermano. «A ver si me va a llamar el chulo o algo». Cuatro minutos eternos duró esta agonía que se resolvió cuando volvió la cobertura y el mensaje se completó: «Eres amigo de una super… amiga mía». Verdaderamente solo a alguien con tan mala suerte como a mi hermano le podía llegar un mensaje por partes de esa manera.

Pero lo malo no iba a acabar ahí, porque resulta que la tal superamiga era una chica que a su vez era muy amiga de una chica con la que estuvo mi hermano y que —creo que con contar el final de la historia basta para hacerse una idea— acabó llamándole imbécil la última vez que hablaron. La excusa que puso mi hermano es que ella se había picado porque a él le había dejado de gustar cuando descubrió que se parecía a Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? —Y con esto me honro de citar a Joan Crawford igual que Cela en La colmena.

Una vez aclarado que la chica no era una señorita de compañía ni una escort ni una súper, al saber de quién era superamiga, mi hermano que era excesivamente sincero a veces, le dijo: «Uy, pues no sé si te va a dar muy buenas referencias de mí». En verdad estaba usando un truco que le había funcionado precisamente con la que le llamó imbécil y con alguna otra, que consistía en decirles a las chicas cuando ellas mostraban algo de interés en él que no perdieran el tiempo con él, que él no merecía la pena, lo cual, según decía, hacía que se interesaran más por él porque las chicas se fijan más en los tipos duros.

En el caso de la escort, desde entonces poco ha vuelto a saber mi hermano de ella. Ella no le volvió a escribir y él tampoco. Decía que le había dejado de gustar ella porque un día que se puso a ver sus fotos en Facebook, que también se lo habían dado esa noche, se llevó la terrible sorpresa de comprobar que la chica tenía un piercing en el ombligo.

Y ahora me doy cuenta de que, cuando muy al principio de esta historia comenté algunos de los requisitos que tiene mi hermano para sus novias, me dejé unos cuantos. Uno de ellos es precisamente que su novia no puede tener piercings en sitios raros, es decir, no puede tener piercing en ningún sitio que no sea la oreja. Tampoco puede tener su novia tatuajes; solo en todo caso alguno pequeñito y que tenga un significado verdaderamente especial. La explicación que da mi hermano a lo del tatuaje es que el que se pone un tatuaje es egoísta con su yo futuro y se deja llevar por el carpe diem de manera inconsciente, porque se está obligando a llevar en el futuro algo marcado en la piel por un capricho del presente, lo cual no está bien en una novia. Si alguien no piensa ni en sí mismo, ¿cómo va a pensar en su pareja?

Para lo de los piercings no me ha dado ninguna razón nunca, pero conociéndole diría que es porque no entiende que alguien pueda soportar el sufrimiento de ponérselo solo por estética. Tampoco acepta los pechos operados y esto doy fe de que lo siguió a rajatabla con una chica que le encantaba.

Además, aunque no es requisito completamente indispensable, es mejor si la chica no fuma. Por pocas cosas se enfada de verdad mi hermano, pero una de ellas, que ha sido motivo de discusión con sus novias, es que fumen en su presencia. Él no entiende cómo una novia puede hacer algo a sabiendas de que a la persona a la que supuestamente más quiere le molesta. Y en esto también tiene buenas razones porque alguna vez ha tenido problemas físicos, que ya contaré, por estar con chicas que fuman mucho —Neque semper arcum tendit Apollo (esto mejor no lo traduzco aquí)—. Aunque el verdadero problema es que cuanto más les dice a sus novias que no fumen, más nerviosas se ponen y fuman más.

Después de conocer todos estos requisitos, supongo que de forma parecida a como pasaba en el juego de mesa ¿Quién es quién?, las casillas de todas las lectoras de esta historia, posibles pretendientas de mi hermano, habrán ido bajando y ya no quedará ninguna a la que le atraiga.

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El origen del lenguaje podría ser la manzana de Adán

4

Y por fin llegó el día de ir a Roldana. Fueron Chindas, Lízar y mi hermano, es decir, el pack completo, en el coche de mi hermano, un Peugeot 206 gris muy reconocible por tener tres pegatinas de smiley, de las cuales la del centro se la regaló en un bonito verano, del que ya hablaré, Cami 2, y una pegatina de I Roldana.20150329_202115

Más tarde ese día, al salir del trabajo, irían Quero, el Galgo y Zazú y luego se iría uniendo más gente esa tarde y los siguiente días. Esa tarde, además, llegarían en tren a Cartadás, que está a una hora de Roldana, nuestra madre y nuestro abuelo, que por comodidad suelen preferir hacerse gran parte del camino en tren. Luego les recoge mi hermano en la estación de Cartadás. Nuestra abuela ya está muy mayor para el viaje y se queda en Almagriz con nuestra tía abuela. Como todos los años, nuestra madre al llegar se disputaría la custodia de mi hermano con Chindas (aunque al final siempre quedan en lo mismo: mi hermano duerme en casa de nuestra madre y nuestro abuelo los días que vuelve pronto, es decir, antes de las cuatro de la mañana y, si no, en casa de Chindas con todos; medida salomónica con la que todos están conformes). Lo bueno de dormir en casa de Chindas es que así pueden hacer desayunos y pistachadas y discutir sobre chotos, lechones y lechales.

Durante el viaje, Chindas, que llevaba un tiempo pensándolo le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿por qué era tan importante para ti encontrar el Manuscrito del Conde Ensortijado? —No importaba que se enterara Lízar, porque al fin y al cabo era parte del pack completo.

—Pues mira —empezó mi hermano con el tono filosófico que pone en estos casos—, el origen del lenguaje es un misterio. Es difícil imaginar cómo pudo nacer, cómo a alguien se le ocurrió codificar el pensamiento en símbolos, sobre todo en símbolos arbitrarios, que permitiera comunicarlos. ¿Cómo saltó la chispa? ¿Cómo pudo pensar o cómo se le pudo ocurrir si no tenía lenguaje? Y por mucho que digan que el cuerpo humano tenía las condiciones favorables para desarrollar el lenguaje por la posición de la glotis, como se dice por ahí con una laringe perfecta, es extraño que otros animales con características semejantes no lo hayan desarrollado.

—Pero ¿y qué esperabas encontrar en el Manuscrito, por ejemplo?

—Pues yo qué sé. Que lo que llaman en la Biblia la manzana en el Paraíso fuera en verdad la capacidad del lenguaje y que Dios recomendó a Adán no utilizarlo porque solo traía tristeza y culpa, que es lo que sucede cuando uno es capaz de codificar y, por tanto, de reflexionar sobre lo que siente. Y no sé, puede que la palabra para lenguaje se tradujera como manzana por algún error tipo el de «Antes entra un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos» donde en verdad kamelos en griego significa ‘soga’, lo cual tiene más sentido. O también puede que sea una metáfora. En cualquier caso sería curioso descubrir que lo que hizo el lenguaje fue que Adán y Eva abandonaran el Paraíso. —Vamos, una historia parecida a la de la novela fantástica que empezó a escribir.

—Ja, ja, ¿y entonces lo de la tentación de Eva? —le siguió tirando de la lengua Chindas.

—Pues igual fue porque Adán empezó a utilizar el lenguaje para ligársela.

—Ja, ja, ja.

En el camino, al adelantar un coche con tías buenas, recordaron la historia de cuando mi hermano iba a Sasón con Lucas, Toño y Lapita, donde habían quedado con otros de Pinar de San Martín. Yendo para allá adelantaron a un grupo de chicas y se empezaron a escribir mensajes en un papel poniéndolos contra la ventanilla. Así estuvieron durante doscientos kilómetros adelantándose, riéndose, mandándose mensajitos e, incluso, les dieron el número de móvil de mi hermano, que conducía, y ellas le incluyeron en un chat de WhatsApp con todas. Mi hermano y sus pasajeros no tuvieron la culpa de ello, pero metieron un poco la pata porque les pusieron a las chicas en un cartel que iban a Sasón y las chicas empezaron a celebrarlo porque también iban allí, sin caer en la cuenta de que iban de despedida de soltera y la que era objeto de la despedida, que también iba en el coche, no sabía aún adónde la llevaban. Al final pararon todos en la misma gasolinera, básicamente porque mi hermano vio que las chicas paraban en una y se metió detrás de ellas. Como es lógico la situación fue un poco incómoda o embarazosa. —La mejor palabra sería awkward. En español no sé si hay una palabra igual de precisa. Quizás la mejor forma de expresarlo sea como lo hace el Galgo que califica este tipo de situaciones como aquellas en las que a uno le sangra la nariz de la vergüenza—. Pues tanto les sangró la nariz a todos que luego cuando se vieron por Sasón en un bar, ni se hablaron.

Ya casi llegando a Roldana, antes de pasar el famoso cartel de Bastetania, Marmoel, Arbol y Cuevas del Surbo, vieron un cartel que indicaba que por allí pasaba el río Mundo, el mítico afluente del Segura —mítico en el sentido almagriceño de clásico o de que se estudiaba en la infancia—, y mi hermano aprovechó para compartir una bonita curiosidad de su repertorio:

—Es error común creer que el nombre del río Mundo procede de la palabra mundo que todos conocemos. No. Bueno, tiene relación, pero no es exactamente así. La palabra mundo que usamos en español para la Tierra, procede del latín mundus, que es un calco del griego cosmos. Lo de que sea un calco quiere decir que es una palabra del latín que se utiliza de la misma manera metafórica que la palabra del griego sin tener nada que ver en su forma. Es decir, en griego cosmos significaba limpieza y orden y creo que fue Pitágoras quien la utilizó para referirse al universo como algo limpio, bello y ordenado. Con el mismo significado de limpieza de cosmos tenemos ahora cosmética, por ejemplo. Pues en latín hicieron lo mismo. Utilizaron la palabra que significaba ‘limpio’ en su lengua para referirse al universo. Y esta palabra era mundus. Nosotros ya no tenemos mundo con ese significado, pero sí tenemos inmundo, para el significado contrario. Y esto venía a que el río Mundo se llama así porque es limpio y no inmundo.

Con estas cosas y con las nuevas autopistas, el viaje a Roldana pasa muy rápido.

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No hay hombre nacido como mi hermano

16

Según iban andando de vuelta a casa, mi hermano, que muchas veces se culpaba a sí mismo de solo contar sus historias y no interesarse por las de los demás, le preguntó a Chindas:

—Oye, por cierto, y ¿qué tal la entrevista? Que a lo mejor te han cogido, ja, ja.

—Ja, ja. Pues la verdad es que no iba mal, pero a mitad me ha dado un apretón y me he tenido que salir al baño y una vez que estaba ahí he pensado que para qué iba a volver, si en el fondo así tenía más tiempo de buscar, que es lo que nos importaba. Ahora que lo pienso, igual por eso, como no he vuelto, los de la entrevista han llamado a los de seguridad y ha sido cuando me han pillado.

—Buf, no sé cómo podéis ir a baños fuera de casa y sin bidé —dijo mi hermano, que es de los defensores del bidé, sin darle más importancia al apretón de Chindas. Siguió—: Bueno, por lo menos te has conseguido escapar sano y salvo. Esperemos que no te denuncien o que no te busquen para hacerte algo, porque, conociéndoles ahora, no me extrañaría nada que el cadáver que vimos tuviera algo que ver con ellos. Aunque me extrañaría que Leticia les dé tu nombre y no sé si se atreverán a preguntárselo a los jefes, porque sospecharían de ellos. Antes te encuentra Leticia que ellos.

(Efectivamente, Leticia le agregó al Facebook poco después de que volvieran a Almagriz.)

Según iban hablando de esto, de repente se empezó a formar un gran tumulto en la calle. Se acercaron adonde se arremolinaba un gran grupo de gente. Se enteraron de que lo que había pasado es que se había escapado un mono.

—¡Un mono! Ja, ja. Lo que faltaba.

Viendo esto, Quero y mi hermano recordaron el día en que en Pinar de San Martín también se escapó un mono y aprovecharon para tener una de sus entretenidas conversaciones:

—¿Te acuerdas? —decía Quero.

—Sí, ¿qué era? ¿Un tití? ¿Un babuino?

—No me acuerdo. No sé si era un tití, un babuino o un papión.

—Era como rubito —aclaró mi hermano.

—Entonces sería un babuino.

—Eso, un babuino —dijo mi hermano como si se acordara y como si en ese momento recordara cómo es un babuino.

Y para tirarse aún más el moco dijo sin saber:

—Un papión seguro que no era.

—¿¡Cómo!? —exclamó Quero con el mismo tono que tantas otras veces—. ¡Pero si es lo mismo! Te estaba poniendo a prueba. —Y para picar, aunque no estaba seguro, prosiguió— ¿Es que no sabías que tienen la misma etimología?

Chindas, atento a todo, apostilló dirigiéndose a mi hermano:

—Joer, macho, has caído en el clásico truco del babuino y el papión.

Esto me recuerda, por cierto, a otra vez, cuando mi hermano estaba trabajando en la VEI en un diccionario escolar. Entre otras cosas curiosas del diccionario, vio que salían algunos dinosaurios, pero no otros. No dudó en chivarse a Quero, que era amante de los dinosaurios, de que no estaba el tiranosaurio y, sin embargo, estaban el diplodoco o el brontosaurio. Lo que no esperaba mi hermano era una reacción tan fuerte de Quero:

—¿¡Cómo!? No me digas que está el brontosaurio.

—Pues sí. ¿Por qué? A mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que no esté el tiranosaurio.

Es error común llamar brontosaurio al verdaderamente llamado apatosaurio —profirió Quero.

Y le estuvo explicando a mi hermano que por culpa de una clasificación errónea se había llamado brontosaurio a una especie de dinosaurio, pero que era un nombre erróneo, y que luego el cine había contribuido a consolidar ese nombre, pero que el correcto era apatosaurio. Como Quero era así exigió a mi hermano que lo cambiara para que los niños no lo aprendieran mal.

—Si de primeras lo aprenden mal… No puede ser.

Y la cosa es que mi hermano, atendiendo a su exigencia, propuso cambiarlo y le aceptaron la sugerencia, por lo que hoy se puede encontrar la inusitada palabra apatosuario en el diccionario en el que trabajó mi hermano, seguramente el único caso de diccionario escolar que recoge esta palabra. Como curiosidad, diré que en el diccionario oficial de la VEI no viene ni brontosaurio ni apatosaurio (aunque sí tiranosaurio).

Antes de llegar a casa, a Quero, que le iba dando vueltas a todo y ya había empezado a dilucidar, se le escapó medio en serio medio en broma un suspiro seguido de un «En fin… no somos nadie». Mi hermano rápidamente saltó:

—¿Sabéis que justo leí el otro día en un libro que se desaconseja el uso de frases hechas como «No somos nadie» o como «De menos nos hizo Dios» o «Menos da una piedra»?

—Ja, ja. ¿Y por qué, a ver? —objetó Chindas.

—Pues porque demuestra que uno no tiene imaginación para inventarse una frase que venga al caso.

—Ja, ja —se rió Quero—. Pues tampoco tengo mucho más que aportar. Podría haber dicho algo así como… eh… no tenemos ninguna importancia en este mundo en el que vivimos.

—Pues sí —aprobó mi hermano que, al intentar buscar un correspondiente en latín, empezó a darle vueltas a otra cosa, la cual no tardó en manifestar—. Oye, por cierto, ¿os he contado alguna vez de dónde vienen nadie y nada?

—Creo que no —contestó Quero con cara de Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?, es decir, con la cara que ponía Cicerón cuando se quejaba de Catilina en el Senado, un Cicerón que, por cierto, a punto estuvo de ser coetáneo del tocayo gramático de Quero.

—Pues —explicaba mi hermano sin querer fijarse en la cara de Quero—, una pregunta que le puede surgir a cualquiera es por qué se usan esas palabras si en latín eran nemo, como el capitán de 20000 leguas de viaje submarino, je, je, y nihil, como lo del nihilismo.

—Sí, la verdad es que es una pregunta muy frecuente —dijo Chindas con retintín, que no Rin Tin Tin, pues ese es el nombre del perro, y no estaba con ellos.

—Pues la cosa es que nadie y nada vienen de nati y nata que en latín significaban ‘nacido’ (uno en masculino plural y otro en femenino singular), de natus, de donde viene por ejemplo neonato, recién nacido, o naonato, nacido en un barco… o innato, vamos —ya se empezaba a liar mi hermano, y eso que solo tenía un público de dos personas.

—Pero ¿y por qué pasaron a significar lo que significan ahora? —interrumpió Chindas devolviendo a la Tierra a mi hermano.

—Ah, pues porque antes se decía «No hay hombre nacido», diciendo nati, «que haya hecho tal», por ejemplo. Y lo mismo con «No hay cosa nacida», diciendo nata. Y de ahí se quedó en algo así como «No hay nati» y «No hay nata». Lo de que la t pase a d es normal, como en catena, que pasa a cadena, sin ir más lejos —y se quedó pensando de dónde venía la –e final de nadie, pero no se acordaba, así que lo obvió.

—Ah.

—De hecho, esto podría explicar por qué en español hay doble negación frente al inglés, por ejemplo. En inglés o dicen «There isn’t anything» o «There is nothing», pero no «There isn’t nothing» (seguramente porque en nothing está inlcuido el no), pero en español, como nadie y nada no tienen un no includio, decimos «No hay nada», con no y nada, y no «Hay nada», a no ser que se anteponga el nada como en «Vio que nada le salía bien», que también podría haber sido «Vio que no le salía bien nada», pero nunca «Vio que le salía bien nada».

—Un lío, vamos, ja, ja —le cortó Chindas ya en el ascensor de subida a casa del Rey Escorpión—. Vaya leccioncita nos has clavado. ¿Y esto es lo que hacéis los lingüistas?

A mi hermano le escuecen mucho ese tipo de comentarios porque su intención es hacer que la lingüística sea accesible para todos y no tan complicada como se suele hacer. Por eso él siempre intenta dar ejemplos cotidianos y explicaciones lo más sencillas posibles, pero no siempre consigue que se entiendan, y además, muchas veces siente que la gente desconecta o no se interesa pensando que es más difícil de lo que en verdad es. Solo es cuestión de prestar un poquito de atención e interés, piensa. Dice al respecto que una vez, cuando dio unas clases prácticas de profesor, antes de empezar a explicar unas cosas de sintaxism tuvo la prudencia de preguntar a una clase de casi cuarenta alumnos:

—¿A cuántos de vosotros os gusta la sintaxis?

Solo tres levantaron la mano. Entonces preguntó:

—¿Y cuántos de vosotros sabéis de sintaxis?

Y levantaron la mano los mismos.

Con esto quería demostrar que la sintaxis y, por extensión, la lingüística es algo que le gusta a todo el mundo cuando la aprende bien; pero para eso, hacen falta valor para no tenerle miedo y un poquito de interés.

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En el circuncamino

9

Ya fuera se miraron todos y Quero pronunció la famosa frase:

—¿Y ahora qué hacemos?

Esta frase nació a partir de un día en el que estaban en el pueblo de sus amigos, los hermanos Raposo, cuya tía era la alcaldesa. Como sobrinos de la alcaldesa, y como amigos de ellos el resto, fueron recibidos con todos los honores, adulación y lagotería por el propietario del bar al que acudieron. Todo iba muy bien, con alguna copa gratis incluida, hasta que en un lance del billar, mi hermano sin querer le dio un codazo a una copa que Mamut había dejado en el borde de la mesa y cayó todo encima del tapete. El propietario acudió raudo al lugar del desastre y empezó a despotricar alegando que el tapete estaba recién puesto y que le había costado una pasta, pero, claro, cuando vio que uno de los sobrinos de la alcaldesa estaba involucrado, entendió que no podía hacerle pagar el tapete. Viéndose en aquel atolladero, sin saber muy bien qué hacer, le soltó a Mamut el susomentado «¿Y ahora qué hacemos?». Y desde entonces para cualquier situación en la que es difícil ver una salida factible y beneficiosa, mi hermano y compañía siempre lo usan.

Lo de susomentado, por cierto, me lo enseñó un día mi hermano, después de haberlo leído en La tía Tula de Unamuno. Igual que pasa con susodicho, el suso delante de susomentado  viene de sursum que significa ‘arriba’ en latín, como en «sursum corda» de misa, que significa ‘hacia arriba los corazones’ y que se decía en el momento en el que ahora se dice «Levantemos el corazón». También de sursum procede el nombre del Monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla, es decir, el de arriba, en contraposición al Monasterio de Yuso, el de abajo, que viene de deorsum en latín. Se podría, pues, usar yusomentado, para referirse a ‘mencionado más abajo’, aunque quizás, mejor sería usar yusomentando, con un gerundivo, porque lo que se quiere decir es lo que será mentado más abajo.

Y ya que he mencionado la misa, un día mi hermano preguntó «¿Sabéis de dónde viene la palabra misa?». Y nos explicó que significa algo así como ‘despedida’, y que se cogió el nombre porque al terminar la misa el cura decía «Ite, missa est», es decir, ‘Idos, es la despedida’. Este missa viene del verbo mittere ‘enviar’ y, por tanto, tiene el mismo origen que premisa, misión, promesa, todos los verbos en –mitir, y muchas más.

Viendo esta larga explicación me asusta pensar que se me pega demasiado el estilo de mi hermano. Quizás no debería escribir tanto sobre él. Pero sigo con la historia:

—Pues sí, buena pregunta, ¿ahora qué hacemos? —dijo Chindas—. Tenemos que conseguir entrar de cualquier manera. No hemos venido a Favencia para nada.

—Es que a quién se le ocurre venir sin ningún plan —se quejó Quero.

—Ya dijo Eisenhower que los planes pueden ser inservibles, pero que hacer planes es indispensable —añadió Chindas.

—Bueno, bueno —templó mi hermano—. Todavía no hay nada perdido. Lo único es que no habíamos tenido en cuenta que nos íbamos a encontrar con una recepcionista a la que no se podía convencer de ninguna manera.

—¿Y si hubiera sido un chico? —protestó Quero.

—Pues hubiera dao igual —dijo Chindas riéndose, insinuando que mi hermano habría intentado ligar con él igual.

Habría dado igual —corrigió mi hermano, destacando más el habría que el dado.

Y es que como ya he dicho antes, mi hermano se pone nervioso cuando la gente utiliza el subjuntivo en vez del condicional en estos casos. Dice que el subjuntivo no puede aparecer en oraciones principales afirmativas. Alguna vez nos ha explicado que cuando se dice «Hubiera hecho eso, si me lo hubieras pedido», se está utilizando un hubiera hecho subjuntivo como verbo principal y que el subjuntivo solo aparece en oraciones principales cuando son optativas o de deseo como en «Quiera Dios» u «Ojalá llueva» o de mandato con negación: «No digas eso». Cosas suyas. De hecho, leí alguna vez que este subjuntivo en oración principal en verdad se debe a que esta forma subjuntiva procede del pluscuamperfecto de indicativo del latín y en casos con verbo auxiliar como hubiera se mantiene, igual que pasa en el auxiliar poder en Pudiera ser que venga. También creo recordar que se ven restos de esto en casos sin auxiliar como «Entonces dijo eso, como ya dijera Pepito», en vez de «como ya había dicho Pepito». Pero, bueno, tampoco lo entendí del todo bien. ¡Y cualquiera se lo pregunta a mi hermano…!

El caso es que como no habían conseguido entrar se pusieron a dar vueltas al edificio —igual que hace mi hermano muchas veces cuando vuelve de fiesta para que se le pase un poco la borrachera y no tener que echar luego el ancla en la cama—, en busca de pistas u otras puertas por donde acceder. Por el circuncamino, mi hermano iba contando sus problemas con el subjuntivo. Después de estudiar las posibilidades, convinieron en que se tenían que colar por la noche por una puerta de un sótano que habían visto y que era muy parecida a la que vieron mi hermano y Quero en la calle del Seminario de Nobles en Almagriz, la cual aún tenían grabada en la mente como primer paso en su búsqueda y con la que, por tanto, entendieron que era normal que esta guardara una relación, como si el que había escondido el Manuscrito fuera un arquitecto que había decidido construir los distintos escondrijos con el mismo estilo. La verdad es que aunque hubieran sabido que aquella pista era falsa, no habría importado. Cuando relacionamos dos cosas en el pasado, muchas veces se nos quedan guardadas como asociadas aunque hayamos descubierto más tarde que no era verdad que lo estuvieran. Por eso, por ejemplo, hay que intentar no bromear con determinadas cosas, porque puede que, una vez revelado que no eran verdad, la persona a la que se le ha gastado la broma siga teniendo conciencia de que es verdad.

No sé si tiene mucho que ver, pero esto me recuerda a lo que pasa por ejemplo con la ortografía o con los significados de las palabras. Hay palabras que por mucho que se lean, si se nos metieron en la cabeza de una forma, cuesta mucho cambiarlas en la cabeza. Mi hermano me estuvo hablando de esto una vez:

—Hay palabras que cuesta aprender cómo se escriben porque, por algún motivo, uno diría que se escriben de otra forma. Por ejemplo, me pasa con algarabía, que siempre creo que es con v, o con deslavazar, que es la típica que parece que se escribe con b, y curiosamente a mucha gente le pasa con ermita, que se suele escribir con hache, quizás porque empieza como hermano, o porque, claro, en inglés es hermit. También pasa con inflar, quizás por influencia de hinchar o con urna, que no sé por qué a veces dan ganas de ponerle una hache. Lo de cirugía con j es comprensible por cirujano; a veces hasta yo dudo. También por ejemplo a una palabra como rencoroso dan ganas de ponerle una segunda e, reencoroso, y eso que rencor no hay dudas de que solo es con una e.

Y seguía:

—Y con los significados igual. Me costó muchísimo empezar a ver hostilidad como algo negativo; yo siempre lo había entendido como hospitalidad. También me pasa con espaldarazo, que también lo había visto siempre como algo malo, como dar la espalda a alguien; con airado, que me parecía algo bueno porque pensaba que venía de aire y no de ira, y con animosidad, que aunque puede significar ‘ánimo’, también puede significar ‘aversión’. Ah y con arreciar, que para mí siempre era que paraba la lluvia hasta que comprendí que era que se hacía más recia. Y sé que a mi amiga Margarita le pasaba con pingües beneficios, que parece que quiere decir que fueron beneficios escasos, hasta que uno aprende que en latín pingue es grasa y que está relacionado con pringue y pringar y, claro, algo con grasa es algo gordo, y que por eso algunos han querido ver en pingüe el origen de pingüino, como pájaro gordo. También pasa con comida frugal, que parece mucha comida, como con mucha fruta, y en verdad es poca.

A esta sarta de palabras liosas, añado otra de las palabras que usaba en su momento mal mi hermano: conspicuo. Se creía que conspicuo era algo así como ‘sagaz’ o ‘concienzudo’, quizás influido por el -sp- de perspicaz. Decía, por ejemplo, cuando alguien acertaba algo: «Es que eres muy conspicuo». Cuando descubrió que no significaba eso se llevó un poco de chasco, pero sé que sigue usándolo igual para sus adentros.

También hay parejas de palabras que son muy difíciles de distinguir. Para eso mi hermano tiene trucos. Por ejemplo, para saber cuál es la que significa que algo no hace daño, si inicuo o inocuo, mi hermano tiene el truco de que iNOcuo es la que NO hace daño. Con lo de proa y popa y estribor y babor, con lo que de pequeño siempre se equivocaba, mi hermano se inventó unos trucos que, aunque no son demasiado buenos, le funcionan, y a mí, desde que los explicó, también:

—Popa es la parte de atrás del barco —decía— porque popa es como pompis y para más inri, si viento en popa significa que se va rápido, será porque el viento va dando en la parte de atrás, ¿no?

Y continuaba:

—Y para lo de estribor y babor, yo siempre pienso en dextribor o diestribor y, por tanto, el estribor está a la derecha o diestra. Para los curiosos estribor viene del neerlandés stierboord, donde stier significa ‘timón’ y boord ‘borda’. Antiguamente, según he leído en Corominas y Pascual, el timón estaba a la derecha del barco. Babor viene de bakboord es decir borda de atrás, entiendo que porque era la contraria a donde estaba el capitán.

Y hablando de opuestos otro día explicaba:

—Además de septentrional y meridional, de los que ya he hablado muchas veces, es muy bonita la etimología de oriental y occidental. En latín oriente es el participio del verbo orior que significa ‘nacer’. Como por el este es por donde nace el sol, se le llama oriente. De orior, también viene por ejemplo aborto, que es ‘no nacer’ y también tienen relación origen y oriundo. Y occidente es lo contrario. Es el participio presente del verbo occidere que viene del verbo occido que es morir y por eso se usa para occidente, porque por el oeste es por donde muere el sol. El verbo occido en latín viene de ob (‘hacia’) y cado (‘caer’), por lo que significa algo así como ir ‘hacia la caída’. Además el participio pasado de occido es occasus, de donde viene ocaso.

Yo, la verdad, he de reconocer que, desde que supe esto, no se me olvida ya que el sol sale por el este y se pone por el oeste, aunque por supuesto me sigue costando mucho identificar el este como la derecha de los mapas y el oeste como la izquierda. Siempre tengo que pensar que Portugal está a la izquierda y es el oeste para sacarlo.

Y luego también está lo de estalactita y estalagmita, para los que mi hermano tiene otra regla mnemotécnica, en este caso algo zonza, pero que le funciona:

—Yo siempre asocio el final –tita a techo y, por tanto, las estalactitas son las que están en el techo. Yo creo que es porque esa –ct- suena a ch como en pectus ‘pecho’.

 Ah, y también tiene trucos mi hermano para saber cuándo algo se escribe junto o separado. Por ejemplo, para saber si a gusto va separado tiene la regla de que también se puede estar a disgusto y a disgusto jamás lo pondría junto, pero esto no pasa con aparte, por ejemplo o con aposta, que es como adrede o con abasto.

La conclusión es que hasta los que creemos que más saben tienen algunas dudas inconfesables.

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Calambres en el taxi

TERCERA PARTE: LA AVENTURA DE ALTAIR

 1

Ya por la mañana mi hermano sentía los habituales nervios de siempre que viaja en avión, los cuales se acentúan si el viaje es por la tarde y no suelen desaparecer hasta que no está sentado en su puerta de embarque. No sabe nunca si estos nervios son por pasar el control, en el que se le pone siempre cara de sospechoso cuando le miran al pasar por el detector (la misma cara de culpable, sin serlo, que cuando alguien había hecho algo malo en el colegio y el profesor preguntaba por el responsable); o si los nervios son por llegar a la hora; o si son por tener que mezclarse con una multitud de gente. El caso es que se pone bastante nervioso.

Eso sí, los nervios de mi hermano aquel día no eran comparables con los de Quero por su miedo a volar en avión, tal y como pudo comprobar mi hermano al observar más tarde cómo temblaba en el taxi rumbo al aeropuerto. Como vivían cerca del aeropuerto, cuando eran dos o más, iban en taxi porque, según mi hermano, en esas circunstancias el taxi era casi más barato que el metro. Al ver a Quero así, para consolarle, mi hermano, que en eso es un experto, le dijo:

—Tranquilo, que he leído que hay más probabilidades de matarse en el viaje en taxi hasta el aeropuerto que en el viaje en avión.

Con estas palabras de consuelo lo que logró fue que a partir de entonces Quero empezara a tener miedo no solo a volar en avión sino también a ir en taxi hasta el aeropuerto.

La cara que puso Quero en esta ocasión era tal que, para animar un poco la cosa, mi hermano, que sospechó que había metido la pata, empezó a contarle una de sus historias:

—¿Recuerdas que con lo del cerrojo el otro día te hablé de que un grupo de letras como ‒culus o ‒gulus daban j, como en espejo de speculus?

—Sí —dijo Quero, temeroso de por dónde podía salir mi hermano.

—Pues le estuve dando vueltas y hay otro curioso e interesante grupo que también explica el origen de bastantes palabras: el grupo –min–, que da –mbr–. Por ejemplo, de hominem tenemos hombre, de feminam, hembra. Y luego tenemos dobletes cultos y populares como alumbrar e iluminar, ambos derivados de luminem, o culminar y cumbre, ambos derivados de culminem. Y una algo más difícil, aeraminem en latín era un objeto de bronce. De ahí salió alambre. Y hay bastantes más. Cuando te salga alguna palabra con –mbr- probablemente venga de –min–. Incluso te diría que los meses acabados en ‒mbre, como septiembre, aunque vienen del latín september donde ya estaban la b y la r, el latín creo que los creó a partir de algo así como septem mensis, donde mensis es ‘mes’ porque viene de mene del griego que significa ‘luna’. Como ves, ahí hay un grupo –men– parecido al ‒min-, al menos en las consonantes.

—¿Y calambre? —aventuró Quero, que estaba sintiendo algunos de ellos por el cuerpo.

—Ja, ja. Pues creo que justo calambre no, pero tendría que mirarlo. —Y por supuesto así hizo luego mi hermano, como hace siempre para no quedarse con la curiosidad, consultando tanto el diccionario de Corominas como las etimologías de Chile en internet; y puso la puntilla a la conversación equivocándose—. Y creo que fiambre tampoco.

Lo de fiambre escalofrió más si cabe a Quero, recordándole el miedo a los aviones y ahora también a los taxis. Menos mal que justo en ese momento llegaron al aeropuerto y ya estaba Chindas, que era muy puntual, para distraerles.

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En un abrir y cerrar cerrojos

2

Llegaron los dos aventureros sobre las nueve y media a la zona cuando ya casi había anochecido (no como este año) y sorprendentemente no tardaron en encontrar una extraña puerta en vertiente con una enorme cruz en Seminario de los Caballeros, perdón, en Seminario de Nobles, como la que habían creído oír describir a los misteriosos hombres.

Lo primero en lo que reparó Quero al ver aquella puerta fue en el cerrojo, ante lo que exclamó: «¡Qué cerrojo más raro!». Y así era: el cerrojo tenía forma de aspa con flechas en las puntas. Mi hermano, que aprovechaba cualquier ocasión, no perdió esta para explicar el origen de la palabra cerrojo, deteniendo la aventura nuevamente como si siguieran en el metro y hubiera una nueva parada, quizás como hábito adquirido de tanto ir en dicho medio de transporte:

—¿Tú sabes que la palabra cerrojo tiene esa forma por etimología popular? En verdad se dice que podría venir de verrojo, del latín veruculum, formado por veru, que significa ‘espetón’ o ‘asador’, que es como un hierro o palo largo, como el espeto de las sardinas de Andalucía, y por el sufijo –culus, que es un sufijo diminutivo en latín (también –ulus).

—¿Porque los romanos tenían el culus pequeño?

—Pues no creo. El caso es que la terminación –culus o –cula del latín, como en veruculum, dio en español –jo y –ja como en oveja de ovicula, que era el diminutivo de ovis, o en espejo de speculus. —Se quedó pensando un momento—. En este caso creo que –culus no es diminutivo.

—Y oreja de auricula —espetó Quero, que había leído aquello no sabía dónde.

—Sí —dijo mi hermano—. Y hay muchos más, tipo lenteja de lenticula. Porque creo que en latín vulgar usaba el diminutivo como cariñoso o expresivo además de para referirse a algo pequeño. Como ahora cuando pedimos unas cervecitas y en verdad queremos jarras grandes.

—Ja, ja.

—También conservamos en algunos casos la terminación –ulo o –ula del diminutivo como en célula, —pensó en su amiga Celulita—, que es como un pequeño hueco o celdilla; o en espátula, que es como una espada pequeñita.

Entonces justo vio una reja que había al lado y exclamó:

—¡Ah, cunnus! Y también se puede tener la terminación –jo, -ja, a partir de la terminación –gulus, -gula como en reja de regula, que tiene la misma etimología que regular y que regla. También por ejemplo, tanto cuajo como coágulo vienen de coagulus, la primera por vía popular y la segunda por culta. Pero bueno —efectivamente como si siguieran en el metro, frenó en seco, aunque la inercia del pensamiento le seguía haciendo buscar palabras con j procedentes de gulus y gula—, el caso es que veruculum dio verrojo, pero, como en otras etimologías populares —tema que apasionaba a mi hermano—, la gente cambió la forma de la palabra para adaptarla mejor a su significado y, al ver que los cerrojos eran de hierro, algunos empezaron a llamarlos ferrojos o herrojos, y otros, como servían para cerrar puertas, empezaron a decir cerrojo, que es lo que nos ha quedado.

Después, no porque fuera de repente consciente de que sus explicaciones les retrasaban, sino porque se fijó por fin en el verrojo —palabra que sigue en el diccionario— y consideró que iba a ser difícil abrirlo, volvió a la realidad y exclamó:

—Y ahora quién tuviera una ganzúa para abrir esto.

—Que no sé vasco —repuso riéndose Quero, recordando aquella escenita de la vasca en la discoteca.

—Ja, ja. Bueno, pero a ver cómo abrimos esto —sabiendo ya que por muchos vídeos explicativos que vieran no iban a poder abrirlo con plásticos ni con carnets de la biblioteca ni del cine.

—¿Llamamos?

—Sí, ¿y qué decimos, que venimos a robarles su Manuscrito del Conde Ensortijado?

—La verdad es que deberíamos haber pensado en esto. No parece una cerradura demasiado segura. Puedo probar con las anillas del llavero otra vez.

Pero entonces, cuando Quero sacó las llaves y se disponía a dejarse las uñas intentando sacar las anillas del llavero, mi hermano se acordó del día en el que el Galgo y él habían estado media hora intentando pasar sin éxito un escritorio por una puerta, probando todas las técnicas y posiciones posibles, hasta que a uno de los dos se le ocurrió intentar la posición normal y obvia, que es como sorprendentemente al final pasó. Inspirado por este caso en el que la solución más sencilla y descartada en un principio por obvia fue la acertada, mi hermano decidió probar a ver si podía abrir el cerrojo metiendo sus propias llaves en la cerradura, algo que a veces funcionaba. Y, como si la Providencia estuviera de su parte, efectivamente, con la tercera llave que lo intentó, pudo abrir el cerrojo. Cuando vieron que se abría los dos soltaron un grito y saltaron hacia atrás.

—¡No puede ser!— celebró Quero.llave platón

Justificadamente ensoberbecido al pensar que el hecho de haber podido abrir la puerta con una de sus llaves indicaba que era el elegido e indicado para conocer el origen del lenguaje (como el rey Arturo con Excálibur, Thor con su martillo o la Cenicienta con el zapatito), mi hermano sentenció, sin que viniera mucho a cuento, con una enorme sonrisa en la boca:

A veces la solución más fácil es la que tenemos delante de las narices. Hay que intentar aplicar siempre la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es la mejor. Si no se puede explicar algo de una manera fácil es que no se sabe explicar.

Según nos contó mi hermano un día, lo de la navaja de Ockham viene de que el filósofo Guillermo de Ockham dijo que había que raparle las barbas a Platón con navaja, queriendo decir que había que simplificar su filosofía.

Aclarado esto, abrieron del todo la puerta, que crujió como crujen las puertas de los sitios misteriosos, y entraron. Como, efectivamente, a pesar de todas las casualidades, aquel no era ni el lugar donde habían quedado aquellos hombres ni por descontado el lugar donde se escondía el Manuscrito, sino un viejo sótano, al entrar no encontraron nada más que telarañas, algunos trastos y estanterías prácticamente vacías. No obstante, por desgracia, había también una vieja mesa de madera llena de polvo con un atril grande, en el cual para mayor desgracia aún, se veía la huella sin polvo de algún libro grande que recientemente había descansado allí. Digo por desgracia porque esto podía alimentar las infundadas esperanzas de mi hermano y Quero, como de hecho hizo (aunque es verdad que a la vez esto permitió que ahora podamos disfrutar un ratito más de las disparatadas anécdotas de estos personajes).

—¡Mira el facistol! —exclamó mi hermano, quien no perdía ocasión alguna para colar alguna de las palabras que aprendía fuera de contexto—. Tiene la sombra de haber tenido un Manuscrito encima hace poco.

—Pues sí, aquí ha habido un libro y uno de los grandes.

Movidos por la fantasía de la historia, los dos, sin haberlo hablado, se imaginaban el Manuscrito como un libro enorme, de esos antiguos y polvorientos con cubiertas de cuero y adornos dorados en las esquinas. Mi hermano se lamentó:

—¡Eso es que se nos han adelantado! ¡Se lo han llevado ya! —y miró alrededor a ver si podía estar en otro sitio de la habitación—. Quizás haya una puerta secreta.

Estuvieron tanteando la pared durante un rato y rebuscando por la habitación en busca de algún dispositivo que abriera alguna compuerta escondida, un libro falso en una estantería, algunos agujeros de la nariz de una estatua en los que se pudieran meter los dedos o algún ojo que se pudiera apretar, pero no encontraron nada y vieron que se acercaban peligrosamente las diez, la hora a la que habían quedado allí los misteriosos hombres engabardinados. Quizás estos hombres habían ido antes de esa hora finalmente y eran ellos los que se les habían adelantado y se habían llevado ya el Manuscrito, pero por si acaso no era así, decidieron salir rápido, antes de que les pillaran.

La excesiva casualidad había hecho que mi hermano y Quero pensaran que estaban en el lugar adecuado, pero que habían llegado tarde. Y con razón. Y es que mira que es mala suerte que justo en el sitio donde creían haber oído que estaba el Manuscrito del Conde Ensortijado hubiera una misteriosa puerta inclinada con una enorme cruz y, tras aquella puerta, un lúgubre lugar con un atril sin libro, pero con la huella de haber tenido uno encima.

Yo ahora, la verdad, superada la historia y conociendo el final, que de momento no desvelaré (como sí hace Homero, por ejemplo), me pregunto qué sería aquel sitio. Algún día debería volver a comprobar si todo lo que cuento es cierto o si me dejé llevar en esos días por la imaginación de mi hermano y Quero. Y es que no iba a ser esta la única casualidad que enardeciera la aventura.

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Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

SEGUNDA PARTE: EL COMIENZO DE LA AVENTURA

 1

Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactem que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

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