Megustas, dijistes, escorpiones y entrecots

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Solo cuando se hubo detenido completamente el avión, mi hermano se quitó el cinturón. Mi hermano es de los que solo se quitan el cinturón una vez se apaga la lucecita, hasta el punto de que un día le dijo a su compañero de piso de Nueva Isla, Cesc, que le había decepcionado cuando vio que él se lo quitaba antes. Luego, también solo cuando se hubo bajado del avión —a mi hermano le ponen nervioso los que lo encienden mucho antes y encima con sonido—, encendió el móvil y lo primero que hizo fue poner en Facebook que estaban en Favencia. Hizo esto en primer lugar porque tenía alguna chica por allí y en segundo lugar para que las chicas de Almagriz se enteraran de que estaba allí y le echaran de menos. A ver cuántos megustas (mejor que cuántos me gusta, como síes, noestequieros) conseguía.

En el camino a casa del rey Escorpión (el amigo de Chindas), Quero, tras habérselo oído a varias personas en el autobús y sabiendo que a Chindas también le gustan mucho estas cosas, se lamentó:

—Hay que ver la cantidad de gente que dice dijistes y vinistes. ¿A vosotros no os molesta?

—Yo lo odio —dijo Chindas, que odiaba también las faltas de ortografía y muchas veces se desahogaba con mi hermano mandándole fotos en las que aparecían faltas garrafales.

Mi hermano, sin embargo, como siempre tan ecuánime, neutral y baciyélmico, con el talante de gran maestro de artes marciales o monje budista, se desmarcó contestando:

—A mí no me parece tan condenable. —Le faltó añadir «pequeños saltamontes».

Quero pensaba resignado: «¡Ya estamos!». Mi hermano prosiguió con su monserga:

—Esta es de las típicas cosas que tiene una explicación muy bonita. En la conjugación de los verbos en español, en casi todos los tiempos la segunda persona del singular, es decir, la que se refiere a , termina en –s. Por ejemplo, con el verbo decir, el presente es dices, el imperfecto decías, el futuro dirás, y el subjuntivo digas, dijeras. Todos con –s final. Los únicos tiempos que no tienen –s son precisamente el pretérito perfecto simple o indefinido, que es como posiblemente estudiasteis que se llamaba dicho tiempo gramatical en el colegio porque así estaba en la gramática de 1931 de la VEI, aunque ya en el 75 se cambió —y volviendo en sí—, como decía, los tiempos que no tienen –s final en la segunda persona del singular son el perfecto simple, dijiste, y el imperativo di. Así que no es raro que el hablante, a la hora de usar dijiste tienda a poner una –s como en los demás tiempos y diga dijistes. Y, curiosamente, aunque con el verbo decir no pasa, con los verbos oír e ir, por ejemplo, se pone una –s también en la segunda persona del singular del imperativo. Así la gente dice «¡Oyes!» o «Ves ahí», en vez de «¡Oye!» y «¡Ve ahí!».

—¡Mola! —respondieron complacidos Quero y Chindas de ver que mi hermano de vez en cuando contaba cosas interesantes, pero a la vez contrariados de que ya no iban a poder quejarse de lo de dijistes con tanta agresividad nunca más.

—Pero es que incluso, a veces pasa con la n —seguía ahora enardecido mi hermano— que se asocia a la tercera persona del plural, porque sale en dicen, decían, dirán, entre otros, y, así, por ejemplo, para decirle a un grupo de personas que se vayan, si se les trata de usted, se puede oír que la gente dice «¡Irsen!»

—Anda, pues sí. Lo he oído alguna vez —asintió Chindas.

—Y al hilo de esto —continuó mi hermano—, no sé dónde oí una vez algo curioso. Vosotros sabéis cuándo se tildan las palabras llanas, ¿no?

—Sí, cuando la palabra termina en letra diferente a n, s o vocal —contestó Quero, que se sabía bien la lección.

—Pues ¿a que no sabéis por qué es así?

—Pues la verdad es que nunca me lo había planteado —se interesó Chindas.

—Fijaos en la terminación de los verbos. Casi todas las formas son llanas y terminan en n, s o vocal.

Reflexionaron un momento y constataron casi al unísono:

—¡Es verdad!

—Pues como estas palabras salen constantemente, para reducir al mínimo el número de tildes, se estableció que en estos casos fuera en los que no se ponía tilde. Además, lo de la s también sirve para todas las llanas plurales.

—¡Mola! —volvieron a responder.

Y así, en este estado, llegaron a casa del rey Escorpión. El rey Escorpión no se llamaba Mathayus como en la película, sino Alfonso, pero no era el Alfonsito del mus. El apodo de rey Escorpión, curiosamente, se lo había puesto mi hermano en la única noche que coincidió con él saliendo por Roldana. El motivo es que en las escaleras que conducían a la planta baja de Valhalla, que era una parte abierta y con piscina, el rey Escorpión, que estaba empezando una relación con una chica, cogió a mi hermano e, imitando a Mufasa, le señaló a todas las mujeres que por allí había diciendo:

—Al ver este panorama me doy cuenta de todo lo que me voy a perder si empiezo a salir con una chica. Yo es que tengo un problema. Yo es que veo pechitos y es como si viera entrecots. Se me hace la boca agua.

Mi hermano se empezó a partir de risa, a descojonarse, vamos. Pero el Rey Escorpión siguió:

—¿Tú conoces la fábula del escorpión y la rana?

—Creo que no —contestó mi hermano mientras fáusticamente empezó a pensar si era de La Fontaine o de Esopo.

—Pues resulta que un escorpión queriendo cruzar un río le pidió a una rana si le podía llevar en la espalda. La rana le contestó que no porque le iba a picar. El escorpión prometió con tanto ímpetu a la rana que no le picaría que acabó convenciéndola. A mitad de camino, el escorpión, como era de esperar, picó a la rana y, mientras se hundían, la rana le preguntó que por qué lo hacía, si iban a acabar hundiéndose los dos. El escorpión respondió encogiéndose de hombros (si es que los escorpiones tienen hombros): «Es mi naturaleza».

Mi hermano se quedó atónito.

—¿Sabes por qué te lo cuento? —preguntó el desde entonces apodado rey Escorpión.

—Me lo puedo imaginar, pero explícamelo tú —le tiró de la lengua mi hermano.

—Pues porque mi naturaleza es que me encantan las mujeres y, si me echo novia, no sé si voy a poder resistir a los impulsos de mi naturaleza.

En ese momento pasó una rubia con unos entrecots tan jugosos que si no llega a ser porque el Rey Escorpión era escorpión y no ave, habría sucumbido ante semejante añagaza. Aunque bien es cierto que, pensándolo mejor, en su afán de demostrar que era un escorpión y que en su naturaleza estaba el picar, demostraba lo enamorado que por fin estaba de una chica y, a la vez, lo asustado que se sentía por ello.

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Incepta est fabula

25

Y es que en uno de esos viajes —y creedme que con esto llegamos, por fin, al origen de la aventura— en los que alternaban las anécdotas de la naturaleza con la caza de curiosidades lingüísticas, mi hermano y Quero escucharon una secreta conversación entre dos misteriosos hombres que se tapaban las bocas con los cuellos o, mejor, solapas de las gabardinas que llevaban a pesar de que era junio (y de que no hacía tanto frío como este año), fieles a su condición de hombres misteriosos. Como mi hermano y Quero ya estaban entrenados para escuchar hasta el bostezo de una mosca, igual que los ninjas pueden oír los latidos del corazón, para ellos la conversación sonó alta y clara.

Uno de los hombres decía:

—¿Y cuánto ganamos con esto?

El otro respondía:

—La gente pagaría millones por conocer el origen del lenguaje y mucho más pagarán los que quieran seguir escondiéndolo en secreto y que no salga a la luz.

—Entonces tenemos que darnos prisa. Según el informe, esta noche tenemos que ir al Seminario de los Caballeros en la puerta inclinada con la cruz, ¿verdad? Seguro que es allí donde se encuentra el Manuscrito del Conde Ensortijado, ¿no?

—Sí, allí es.

—A las diez estaremos allí; una vez que se haya hecho de noche. —En aquellos días aún se hacía de noche a las 10, no como ocurre ahora que anochece a las 11 o más tarde, algo que, como se encarga de repetir mi hermano en una de sus teorías, se debe a que este año se han equivocado con el cambio de hora.

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Al oír todo esto mi hermano, que había estado observando a los hombres engabardinados (como los langostinos) con la atención y posición de un perrillo de las praderas, le dijo a Quero en la voz más baja que le permitió la exaltación para que no le oyeran aquellos hombres:

¡El origen del lenguaje! ¿Tú sabes lo que eso supone? Sería un descubrimiento magnífico. El origen del lenguaje es un misterio. Por mucho que digan que el ser humano tiene unas condiciones que favorecieron la capacidad del lenguaje, es difícil saber qué chispa hizo que empezara. Su descubrimiento tendría un valor incalculable.

Y Quero contestaba también entre susurros:

—Me lo puedo imaginar. He creído oír que valdría millones.

—Bueno, el dinero es lo de menos, lo importante es el valor cultural. Puede desvelar el origen del hombre y contestarnos muchas preguntas sobre el porqué de la vida, sobre quiénes somos. ¡Tenemos que encontrar ese Seminario de los Caballeros antes que estos hombres! Dan la sensación de ser unos malhechores que solo buscan enriquecerse. Nosotros le daremos el uso adecuado.

Cuando se bajaron los hombres del metro mi hermano estaba en éxtasis, hablando sin parar de todo lo escuchado, sin olvidarse, eso sí, de hablar bajo para que nadie más se enterara de la existencia de aquel Manuscrito del Conde Ensortijado.

Es cierto que aquella emoción habría sido comprensible, pero solo en caso de que hubiera sido real lo que habían escuchado. Y es que, como en verdad no eran ninjas, puede que escucharan mal y que el sitio no fuera el Seminario de los Caballeros. Yo me he limitado a transcribir la conversación a través de los oídos de mi hermano. De hecho, seguro que a los oídos de Quero llegó otra información, pero mi hermano estaba tan entusiasmado con que ese era el sitio que nadie le habría podido sacar la idea de la cabeza. Yo creo que a ello contribuía que le encantaba la sonoridad del nombre de Seminario de Caballeros. Puede que dijeran «Herbolario de Panaderos», pero ese no era nombre digno de albergar el Manuscrito que contenía la historia del origen lenguaje.

También puede que el nombre del Manuscrito no fuera «Manuscrito del Conde Ensortijado», pero es que ese nombre sonaba majestuoso. Sonaba como el de un secreto códice perteneciente a un conde opulento; claro que esto se debía probablemente a que mi hermano creía que ensortijado significa ‘lleno de sortijas’. Lo que sí es seguro es que aquellos hombres de verdad hablaban de un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje. princejohn

En cualquier caso, para mi hermano el saber de dónde viene el lenguaje, sobre lo que tanto ha pensado, es algo soñado desde niño. El lenguaje para él es la esencia del ser humano y saber su origen es conocer la manera en la que dejamos de lado al resto de las especies, es entender el aliento divino que nos dio el privilegio de las lenguas.

Tanta era, pues, la emoción que se acumulaba en su pecho, que no se paró a pensar en nada. Ni en que aquellos hombres podían ser de verdad unos peligrosos malhechores, ni en que podía haber escuchado mal, ni en que aquellos hombres podían a su vez haber quedado con gente peligrosa en aquel sitio, ni siquiera pensó en que la puerta a la que se habían referido podía estar cerrada cuando llegaran. A las nueve y media, antes que aquellos hombres llegaran, tenían que estar allí.

Incepta erat fabula. La aventura daba comienzo.

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