Entre chanchas y marranchas

13

Cuando sonó el despertador a las nueve todavía les costó despertarse por esa resaca que por algún motivo a determinada edad empieza a ser peor a los dos días que al día siguiente, igual que pasa con las agujetas después de hacer ejercicio. Aun así, no podían faltar a la cita, así que se arreglaron y se fueron para Altair.

Por el camino le hicieron un semi Kiko Burgos a Chindas con la historia de Quero. Igual que mi hermano, Chindas, que también lo había pasado mal con alguna relación excesivamente larga, le recomendó pasar página:

—Mira, cuando se estira demasiado una relación se queda deforme como una goma elástica y ya no sirve para sujetar; se pierde la elasticidad y tirantez que mantiene unida a la pareja.

Deleitados con esta bella metáfora llegaron al edificio. Esta vez pararon a mi hermano a tiempo antes de pulsar el botón, para que no incordiara con canción alguna. Cuando entraron, estaba la misma recepcionista, Leticia, que, por supuesto, les reconoció y volvió a poner mala cara, sobre todo al notar la altivez que, debida a la certidumbre de que esta vez les iban a tener que dejar pasar, sus rostros desprendían.

—¿Y bien? —les saludó Leticia.

—Venimos a una entrevista en Altair.

—¿Ah sí? A ver, ¿cuáles son vuestros nombres? —dijo sacando una lista.

—Yo soy Queremón Sierra —dijo Quero; tras lo que la chica algo sorprendida y contrariada tachó el nombre de la lista.

—Yo soy Chindasvinto Mina —dijo Chindas; y la chica también tachó su nombre.

Mi hermano que en el arte de buscar cosas en listas es muy audaz (según él porque de pequeño hizo muchas sopas de letras) no se molestó en decir su nombre, simplemente se lo señaló en la lista a Leticia, lo cual la irritó sobremanera, máxime porque para su desdicha en este caso no tenía potestad para echarle. Les dijo que, por favor, esperaran y que fueran subiendo por turnos. Así efectivamente se organizaron en la subida, subiendo primero Chindas, luego mi hermano y luego Quero. Quedaron en que, antes de bajar, cada uno daría una vuelta por una planta para intentar buscar algún indicio que les llevara al Manuscrito:

—Tú la de más arriba, tú la del centro, yo la de abajo. Mirad todo lo que podáis y buscad cualquier pista. Nos reuniremos sobre las once y cuarto en el hall, un poco después de que termine Quero su entrevista para no cantearnos demasiado, y ya ponemos en común lo que hayamos visto.

Cuando por fin bajaron y se reunieron en el hall, la recepcionista estaba algo mosqueada, al ser consciente de que habían tardado más de la cuenta en bajar, pero no dijo nada. Los tres coincidieron en que, a pesar de que habían buscado con empeño en sus asignadas plantas, no habían encontrado nada realmente indicativo:

—Yo he estado mirando por el pasillo de mi planta, pero no he visto nada. Hay un montón de salas y el Manuscrito podría estar en cualquiera. He intentado meterme en alguna, pero están cerradas o con gente.

Los tres entonces se miraron sin saber lo que hacer ya porque encima la de la recepción les estaba mirando con mala cara, como para que se fueran, achuchándoles (y no precisamente en su sexta acepción) con las pupilas.

—Bueno —empezó esperanzado mi hermano—, ¿y qué tal la entrevista? A mí me ha dado la sensación de que me van a llamar para la próxima.

—Sí, a mí también —dijo Quero—. La verdad es que esta era un poco tontería. Yo he hecho el típico truco de cuando te preguntan «¿Dónde te ves en el futuro?» contestar «En tu puesto».

—Ja, ja, a mí también me ha ido bien —dijo Chindas.

—Bien, bien —aprobó mi hermano—. Entonces no hay problema. Tendremos otra oportunidad para investigar, espero que con más suerte, ahora que conocemos un poco más o menos el edificio. Lo que hay que ver es cómo meterse en las salas.

Tan seguros estaban de que el Manuscrito estaba allí, que ni siquiera se plantearon que todos sus esfuerzos pudieran ser en vano. Y en el fondo es comprensible, porque igual que los héroes griegos recibían ayuda de los dioses (Ulises de Atenea o Jasón de Hera, por ejemplo) mi hermano y sus argonautas (o linguonautas en este caso, entendiendo la lengua como el vehículo de su aventura) recibían pistas que les iban guiando y alentando en su aventura.

Esta vez no iba a ser menos. Y así, mucho antes de tener que esperar al día de la segunda entrevista, incluso antes siquiera de salir del edificio, el destino otra vez les tendió una mano. Y es que, según estaban hablando, vieron pasar a los dos hombres del metro que involuntariamente les habían dado la pista de Altair con la tarjeta, ataviados esta vez con uniforme de seguridad y con pistolas. La primera reacción del trío, sobre todo al ver las pistolas, escaldados como estaban con lo del cadáver, fue echarse cuerpo a tierra detrás de unos sofás para ocultarse, igual que hicieron mi hermano, Mufo y Charly para esconderse de unas chicas una noche en el Puerto de la Virgen, en una historia que ya contaré. Aquel movimiento no evitó que los anteriormente pasajeros y ahora seguratas les vieran y se acercaran:

—Ya es la segunda vez que te vemos en el suelo— dijo en tono jocoso el más corpulento de los dos dirigiéndose a mi hermano, al que había reconocido del metro.

Mi hermano se levantó sin saber muy bien cómo explicar nuevamente su reacción, sacudiéndose el pecho como si tuviera polvo.

—Pues sí, es que hemos oído un extraño ruido y nos hemos asustado.

—Ja, ja. Pues que yo sepa no ha pasado nada. Estando nosotros al cuidado del edificio no tenéis que preocuparos de nada. ¿Qué os trae por aquí?

—Pues es que hay una oferta de trabajo para licenciados y hemos venido a hacernos la entrevista.

—Ah, mira, ¡qué casualidad!

—¿Y vosotros?

—¿Nosotros? —preguntó sorprendido el segurata—. Nosotros somos los de seguridad de aquí —y en un claro excusatio non petita, siguió—. Nos visteis en Almagriz… eh… porque estábamos de permiso y queríamos conocer un poco la ciudad.

Para no parecer sospechosos, al estilo de un secuestrador de niños que ofrece un caramelo y que de tan bueno se sabe que es malo, el otro segurata sugirió al más fornido, con melifluo tono, que por qué no enseñaban a mi hermano y a sus amiguitos un poco el edificio para que lo fueran conociendo, por si acaso les contrataban.

Perfecta idea para todos, pues eso les daba a mi hermano, a Quero y a Chindas una nueva oportunidad de inspeccionar, pero también para los seguratas, que llevaban un tiempo teniendo que buscar excusas para ausentarse y merodear por zonas que no les correspondían, pues efectivamente habían descubierto que el Manuscrito que buscaban se ocultaba en algún lugar de Altair.

Por supuesto, la pesada de Leticia se entrometió (o entremetió, que para la VEI son lo mismo) al ver que subían todos juntos de nuevo:

—¿Adónde venís?

—Nada —dijo el voluminoso segurata, tomando la palabra—, que conocemos a estos chicos y vamos a darles una vuelta por el edificio para que se familiaricen con él.

Mientras recorrían el edificio mi hermano iba reflexionando entusiasmado:

—¡Ajá! Así que es el típico caso en el que los de seguridad, aprovechándose de información privilegiada, se han enterado de algo gordo. Es como lo del mayordomo de las novelas policiacas —o policíacas.

Al volver de la tournée todos estaban relativamente satisfechos porque habían podido hacerse una idea general de las tres plantas de Altair, pero el que más satisfecho estaba era mi hermano, que por algún motivo tenía cara de gato que se ha comido un canario. Cuando se despidieron con ostensible agradecimiento de los seguratas, tanto se le notaba la cara, que Chindas y Quero le preguntaron que qué le pasaba.

Lo que le pasaba es que él, que lo único que había robado en su vida era un collar de verano un día que se lo llevó puesto sin darse cuenta, le había robado la llave maestra al menos orondo de los seguratas. Ante la admiración de Quero y Chindas, mi hermano, que era humilde, modesto y sincero en extremo se excusó:

—Bueno, en verdad es que ha habido un momento en el que se le ha caído y yo la he recogido y se la iba a dar, pero luego he estimado mejor quedármela.

—Pues has hecho muy bien. Ya tenemos una forma de avanzar. Ahora solo falta que nos llamen para una segunda entrevista.

Y así, entre chanchas y marranchas (como dice nuestra madre en una adaptación personal de cháncharras máncharras, que es lo que sale en el Diccionario) es decir, entre unas cosas y otras, para cuando salieron del edificio se había hecho ya la hora de comer. Mi hermano propuso ir a un McDonald’s, a lo que Quero le dijo:

—Que no has venido a Favencia a comer en un McDonald’s.

Esta es una broma que la gente tiene con mi hermano porque siempre se queja de los que, entendiendo que es imprescindible probar la gastronomía del sitio al que uno viaja, le critican por ir a McDonald’s cuando hace turismo. La respuesta de mi hermano es siempre la misma, mutatis mutandis:

—Ya, no he venido a Favencia para comer en un McDonald’s, pero estoy en Favencia y quiero ir al McDonald’s.

Dicho esto, los tres se fueron a McDonald’s con el pecho henchido de orgullo por haber hecho las cosas bien.

En la comida, aprovechando un momento de silencio, Chindas, que se había quedado con la curiosidad, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿qué es lo que nos tenías que contar curioso sobre los gánsters?

—Ah bueno, no era sobre los gánsters en sí como maleantes, sino sobre palabras del tipo de gánsters. A ver, en caso de que el plural de gánster fuera gánsters (aunque ya os dije que era gánsteres), ¿vosotros cómo la escribiríais, con tilde o sin tilde?

—Con tilde —contestó Quero a la vez que Chindas contestaba «Sin tilde».

—¿Con tilde? —dijo mi hermano mirando a Quero y tratando de remedar la entonación de Quero cuando decía cosas como lo de «¿Jaguares en África?»—. Pero si es llana terminada en –s. —Y les dejó un tiempo para que pensaran.

—Claro, es que es sin tilde —se precipitó Chindas.

—Pues, es verdad, pero, aun así —pensaba en alto Quero—, no sé por qué pero yo la escribiría con tilde.

—Pues harías bien —sentenció mi hermano— porque a pesar de la regla de que las llanas terminadas en –s no se tildan, las llanas que terminan en doble consonante sí se tildan, aunque la última sea –s. Es lo que pasa, por ejemplo, con palabras como bíceps, pero también con otras que terminan en doble consonante y la última letra es otra, como cíborg o wéstern.

—¿Y en las que terminan en triple como wésterns? —preguntó el astuto de Quero que lo había entendido a la primera.

—Ah, ja, ja, pues ídem de ídem.

Aprovechó el fin de la explicación mi hermano para ir al baño. Cuando volvió se encontró a Quero y a Chindas sin hablar, mirando cada uno para un lado. Esto le recordó que de pequeño, cuando tenía bastante afán de protagonismo, se ponía contento de volver a una conversación y ver que la gente no hablaba, porque eso significaba que él era el alma del grupo, pero luego, cuando maduró un poco, empezó a entender que lo en verdad indicaba eso es que monopolizaba las conversaciones y cuando se iba al baño a los demás no les daba tiempo a empezar una nueva. En este caso había pasado lo mismo, aunque en verdad la conversación de los gánsteres la había empezado Chindas. Generalmente, en estos casos mi hermano tiene excusa, porque lo que le pasa es que siente pánico por los silencios incómodos. Considera que eso significa que están fracasando él y su grupo en el arte de la conversación fluida.

En estos pensamientos andaba inmerso, fuera de los cuales Quero y Chindas ya habían empezado a hablar de lo de la novia de Quero, cuando, como la cosa iba de ex novias, mi hermano, que no podía ser menos, de repente recibió una llamada de la ex novia de la que justo había hablado, la susmentada a la que dejó con el «a tomar por culo», en una de esas casualidades que tanto rayan a mi hermano, esto es, la de que justo le llame alguna chica después de mucho tiempo el día que la recuerda.

Haciendo un Charly exclamó:

—¿Por qué me llama esta ahora?

Pero lo cogió por curiosidad. La verdad es que a esta chica la había dado por muerta o por casada porque no sabía nada de ella desde que ella le escribió por su cumpleaños en diciembre y eso que mi hermano en el cumpleaños de ella, que era después, la había felicitado hasta por mensaje de texto, viendo que hacía tiempo que no se conectaba al WhatsApp. La chica se excusó por la llamada diciéndole a mi hermano que es que había soñado con él y que justo luego una amiga suya le había preguntado por él. Acto seguido le preguntó a mi hermano —¡a mi hermano!— que si estaba casado. La respuesta que escucharon Quero y Chindas les hizo llevarse la mano a la boca para contener las carcajadas. Fue la siguiente:

—Mira, Adri, ¿te acuerdas de cómo era yo con diecisiete años?

—Sí, claro —dijo ella con zalamero y almibarado tono.

—Pues sigo igual: sin novia y sin trabajo.

Lo peor de todo es que Adri se alegró porque eso significaba que todavía había esperanza de volver con mi hermano. Como siempre, mi hermano solventó la situación diciendo antes de colgar que ya se llamarían y pronto, una versión más sofisticada del típico «Ya hablamos».

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Aventuras y un cadáver

11

Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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