Vuelo a Favencia (1): El jumus

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Se saludaron convenientemente y poco tardó en empezar mi hermano con sus cosas. Nada más ponerse en la cola para pasar el control, se puso a exponer una de sus teorías:

—Me pasa muchísimo que me fijo en alguien en el aeropuerto por cualquier motivo y luego siempre está en mi avión. Eso sí, me pasa con todo el mundo menos con las tías buenas. Solo una vez me pasó con una chica guapísima volviendo en tren, precisamente de Favencia, pero justo ese día estaba destrozado de haber salido durante el finde y fui todo el viaje durmiendo y no la pude deleitar con alguna de mis historias. También me pasa mucho en los parques de atracciones, que a los que veo al principio luego les veo en todas partes. Pero bueno, supongo que eso será más normal.

—Sí, a mí también me pasa mucho lo de los aviones —corroboró Chindas—. Y encima la persona en la que me fijo luego suele montar algún follón o dar la nota en el avión. Vamos a fijarnos en alguien ahora.

Y se fijaron en un chino con una maleta pequeña fucsia.

Ya en el avión, en el que, por supuesto, iba el chino con la maletita rosa y, por supuesto, además montó follón porque alguien se había sentado en su sitio, lo primero que hizo mi hermano fue decirles a Quero y a Chindas que se abrocharan el cinturón. Cuando se le quejaron diciéndole que era como una señora mayor mi hermano contestó que no, que era como el soldado universal en la película de Van Damme, que está programado para velar por su propia seguridad y por la de los demás.

Con el cinturón ya puesto, Chindas y mi hermano fueron contándole historias a Quero de Roldana, aprovechando la deliciosa situación que se da en la vida cuando en un grupo alguien desconoce historias propias del grupo y les permite volver a ellas con el aliciente especial de contarlas como novedad. Cómo no, recordaron la historia del pack completo que Quero había pedido que repitieran porque Chindas se la sabía con mayor detalle y la contaba más graciosa. Una de las cosas que añadió fue que cuando Lízar salió del coche lamentándose de que le habían curtido el lomo añadió:

—¡Pero he tocado de todo!

Mi hermano y Quero se rieron todavía más con la historia.

Luego le contaron la historia del John Horn. Esta historia empezó una noche en la que encontraron en casa de Chindas en Pera Playa una botella de John Horn, que es un wiski malo de Mercaballero, de no más de 5 euros, dejada a medias por su tío, que había estado unos días antes que ellos en la casa. Al encontrarla, por supuesto ni la probaron, pero estuvieron discutiendo sobre quién era el tal John Horn, sin tener ni idea, hasta que decidieron por unanimidad que era un pirata, pero de los buenos.

Esa noche, cuando ya estaban a punto de partir rumbo a Valhalla, Lízar y mi hermano se querían poner una última copita para el camino en vaso de plástico. Lízar se fue un momento al baño pidiendo que le fueran poniendo la copa. Aprovechando la coyuntura Chindas y mi hermano decidieron ponerle la copa a Lízar con John Horn, en vez de con el wiski normal que estaban bebiendo, que en esa ocasión era Johnnie. Al volver Lízar, le dio un sorbo a la copa y exclamó:

¡Sabe a ácaros!

Pero le convencieron de que el sabor se debía a que los vasos de plástico que habían cogido llevaban mucho tiempo ahí y tenían polvo. Los dos se estaban partiendo de risa por dentro. Al rato a mi hermano le entró la curiosidad de ver a qué sabía la copa y le pidió un sorbo a Lízar, alegando que se le había acabado la suya. Entonces comprobó que la copa sabía completamente distinta, no como otro wiski, sino como cualquier otra bebida, como si fuera ron, peor que si fuera bourbon (¿o burbon?). No estaba mala, eso sí, y era verdad que sabía a ácaros: sabía como al polvo de debajo de una alfombra.

Por supuesto, cuando se lo confesaron a los días a Lízar, dijo como siempre que se había dado cuenta, pero que no había dicho nada. El que sí que no se dio cuenta fue Sano, otro amigo de Roldana que era de Mirtea, el día que le metieron una pelusilla o araña del ombligo de mi hermano en el tabaco de liar y se la fumó, pero esa es otra historia.

El caso es que desde el día del John Horn ante cualquier cosa que al probarla les sabe rara los miembros del pack completo siempre dicen:

—¡Sabe a ácaros!

Y así mi hermano dejó de decir que las cosas sabían a hormigas, que era algo que siempre sorprendía a la gente y que les hacía preguntarle en tono algo displicente:

—¿Qué pasa, que has probado muchas hormigas o qué?

Y mi hermano respondía que no es que hubiera probado muchas hormigas —que lo había hecho en el patio del colegio de pequeño—, pero que cuando lo decía era porque las cosas tenían como un sabor a ácido fórmico y que además, muchas cosas se sabe a qué saben por cómo huelen. Con los ácaros igual, saben a la sensación que da cuando uno abre un libro que lleva mucho tiempo en la estantería.

No contentos con la historia del John Horn, también hablaron del día que en Roldana, mi hermano y el Galgo, que algún verano también iba, estaban haciendo la compra en Mercaballero para una barbacoa y, después de coger algunas botellas de Dewar’s para la bebida, pensaron —y es lo que pasa cuando se juntan dos sagitarios— que por si se acababa había que coger una botella de repuesto del wiski más barato (como la canción de Fito & Fitipaldis) que hubiera. Mi hermano pensó en el John Horn, pero para su sorpresa, había uno más barato aún que el John Horn, el Sing Sing, que no llegaba a los cinco euros.

Tal y como habían previsto, el Dewar’s se acabó en la barbacoa y tuvieron que descorchar el Sing Sing. Cuando la gente vio la botella preguntó:

—Pero ¿seguro que esto es wiski?

Y la cosa es que en ningún sitio ponía que lo fuera. Mi hermano y el Galgo la habían cogido pensando que era wiski por la apariencia y porque estaba donde los wiskis. Cuando la probaron no sabía a wiski, sino como a bourbon, a ácaros, vamos. Para estar seguros de lo que era buscaron en internet y la búsqueda no tuvo el mejor resultado que se podía esperar. En la primera entrada que aparecía en Google ponía: «Mercaballero lo ha vuelto a hacer»; y en la segunda: «Sing Sing: la bebida de los mendigos», y seguía diciendo «los mendigos están de enhorabuena». Pese a todo, como era lo que quedaba de alcohol, terminaron bebiéndosela. Pelillos a la mar, que lo que no mata engorda y lo que no engorda emborracha.

También les dio tiempo a hablar del día que estaban comprando en Mercaballero mi hermano, Lízar y Chindas y Lízar propuso que cogieran una lata de hummus, pronunciándolo jumus. Mi hermano y Chindas se rieron y le preguntaron que por qué decía jumus y no umus. La respuesta de Lízar fue memorable:

—Yo es que pronuncio todas las haches como jotas.

—Ja, ja, ja, ja, ja. Sí, claro, como en jajapen —por what happens?.

Y mi hermano se cebaba:

—Pero entonces ¿dices jola en vez de hola cuando saludas?

Al final la cosa derivó en que Lízar pronunciaba las haches, perdón las jaches, como zetas y que lo que iban a tomar era zumus.

Como por la boca muere el pez, para sorpresa de mi hermano, chicoteun día viendo uno de los programas de cocina que se han puesto de moda escuchó que el cocinero de prestigio de turno pronunciaba jumus. Cuando lo miró en internet vio que en árabe esta palabra, que significa ‘garbanzo’ se pronuncia con hache aspirada y que en griego se escribe con la letra χ (ji), que es como la jota. Así que lo correcto sería pronunciarlo como Lízar. Lo que sí que sería incorrecto sería pronunciar humus con jota cuando nos referimos al de la tierra, al que sí sale en el diccionario.

Como ya hizo mi hermano con lo de los rádares con Chindas, pidió disculpas a Lízar diciéndole que a partir de ahora él también pronunciaría todas las jaches como jotas.

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De esa agua sí beberé

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Volviendo a lo lingüístico, en aquellos viajes también escucharon muchos este aula, en vez de esta aula, ese arma, en vez de esa arma, y más casos de uso del demostrativo masculino con nombres femeninos, claramente por influencia de el aula o el arma. Una de las veces mi hermano le explicó a Quero:

1421759399589—A ver, es que aquí la gente confunde las cosas. No es que cuando uno dice el agua o un arma o algún águila esté usando el artículo o determinante masculino. No. Lo que se está usando es una forma femenina apocopada o sin la última letra de estos por fusión fonética con la a tónica inicial. En el caso de un y algún está claro cómo se produce esta apócope: simplemente se pierde la última a de una y alguna. Lo que no se ve tan claro es lo de el y creo que esto es lo que lleva a error. Uno esperaría que, si fuera apócope, en este caso fuera l’agua, con apóstrofo, que no apóstrofe. —Quero puso cara de sorpresa ante esto pero dejó a mi hermano continuar—: pero la cuestión es que el antiguo artículo femenino era ela y, por tanto, al perderse la –a quedó el’. —El apóstrofo lo marcaba con un gesto con la mano—. Es decir, que no es que se use el masculino en estos casos, sino una forma apocopada del femenino ela.

—Anda.

—El considerarlo masculino y no forma apocopada ha hecho que con esta o esa, por ejemplo, se use el masculino, cuando si se quiere imitar lo que pasa en los otros casos, debería ser est’aula con apóstrofo o es’arma. Yo siempre decía, creyéndome muy original e interesante, «Nunca digas “de este agua no beberé”», di «De esta agua no beberé», pero luego he visto esta broma en muchos sitios, así que nada. Me recuerda a lo del abstract que uno mandó para un congreso y al que en la respuesta le dijeron: «Su abstract es a la vez original e interesante, pero la parte interesante no es original y la parte original no es interesante».

—Ja, ja. Pero es que esa aula queda rarísimo.

—Ya, pero bueno. Yo creo que a que suene raro ha contribuido el Steaua de Bucarest. steauaLa gente no sabe que Steaua significa ‘estrella’, y no es esta agua, je, je.

—Ja, ja. No creo que a la gente le salga tanto el Steaua como para que se les haya pegado.

—Ya, no sé. Era por buscar una explicación. Ah y hay alguna excepción. Sabes que la regla es que pasa con palabras que empiezan por a– o ha– con hache tónicas, ¿no?

—Sí, sé que es tanto el agua como el hacha, pero sería… la agüita… porque… —Quero dudaba—…. ahí la a no es tónica.

—Eso es.

—¿La agüita? ¿Seguro? ¿No es el agüita?

—Hay gente que dice el agüita, pero lo recomendable es la agüita, precisamente porque la a no es tónica en agüita, frente a agua. Pero hay excepciones reales. Por ejemplo, con el nombre de las letras no se usa el. Decimos la a o la hache y no el a o el hache, a diferencia de en el caso de el hacha, por ejemplo. También pasa con siglas y con nombres propios. Por ejemplo, decimos la APA, perdón, la AMPA para referirnos a la Asociación de madres y padres de alumnos, pero decimos el hampa; o decimos «Es la Ana de siempre» y no «Es el Ana de siempre».

—Cierto. ¡Qué curioso! Oye, ¿y lo del apóstrofo?

—Ah, pues eso es que la gente llama siempre apóstrofe a la rayita que se pone para indicar que falta una letra, y en verdad es apóstrofo. Un apóstrofe es una figura retórica que creo que es como dirigirse a alguien con vehemencia. —Mi hermano muchas veces usa ese modesto «creo que», cuando en verdad está seguro porque se lo ha aprendido de memoria.

Otra cosa que escucharon mucho fue lo de andamos para el pasado de andar en vez de anduvimos o andé por anduve, en los casos, claro, en los que la gente no usa un verbo que se ha puesto más de moda para esta acción: caminar. Mi hermano justificaba el uso de andé y andamos:

—La verdad es que es curioso que a la gente le salga andé o andamos en el caso de andar, pero no les pase con el verbo tener, por ejemplo. Debe ser que hay algo más detrás. De hecho, es curioso que incluso yo a veces digo andamos para el pasado en los casos en los que andar significa ‘caminar’, pero jamás me pasa con andar cuando lo utilizo como ‘encontrarse en un estado’. Por ejemplo, yo jamás diría «Aquellos días andamos un poco tristes», siempre diría anduvimos. Eso si no hago la broma de decir anduviamos, je, je —Silencio—. O sea que parece que hay alguna diferencia entre anduve y andé. Cuestión de estudiarlo.

Y esto le llevó a arrancarse con una de sus teorías:

—Esto me recuerda a lo que pensé un día sobre casos en los que una forma del presente es igual que la del pasado, como divertimos. Yo estoy seguro de que aunque lo escribimos igual, si grabas a alguien diciendo «Ayer nos divertimos mucho» y «Hoy en día los jóvenes nos divertimos más», es decir, con un divertimos en pasado y otro en presente, ese divertimos suena distinto. Llegaría a decir que si dejas solo el divertimos y le preguntas a alguien si es pasado o presente podría adivinarlo. Es como si en pasado la i de divertimos estuviera más acentuada o fuera más larga. No sé.

Y completó:

—Pero, vamos, nada como el dolizo de Óscar el día que se cayó en su predespedida.

—¿Qué pasó?

—Pues que se cayó al suelo y al levantarse dolorido y quejándose dijo: «¡Me dolizo mucho!». ¡Toma analogía!

Otra maravilla que escuchaban con frecuencia era el proceso en vivo de creación de una nueva preposición. Era el caso del hace que aparece en construcciones como «Lo habían hecho hace cinco días», en as que habría que haber usado hacía en vez de hace, es decir «Lo habían hecho hacía cinco días». Mi hermano decía al respecto:

—Es precioso esto, porque se está utilizando hace como invariable, es decir, no cambia de forma aunque sea pasado, y, por tanto, se estaría utilizando más como una preposición que como un verbo.

Ya sabemos que a mi hermano le parecen preciosas las muestras naturales de evolución de la lengua. Pero la evolución natural, ojo, no la forzada como lo de tener que decir la AMPA y las madres y padres, algo que, como ya veremos, para él al final lo único que acaba consiguiendo es que pasen cosas como que se relacione a los padres con el hampa.

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El poder de la mente sobre el cuerpo

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Es muy gracioso cuando mi hermano se pone malo porque se enfada y se siente decepcionado consigo mismo. Desde que leyó no sé qué de Maimónides, ha creído en el que él llama el «método de Maimónides». Este método consiste en que cuando notas, por ejemplo, que te empieza a picar la garganta, si mantienes un espíritu animoso y vital y te convences de que no te vas a poner malo, consigues no ponerte malo (mens sana in corpore insano). Es el poder de la mente sobre el cuerpo.

resfriadoComo mi hermano confía tanto en el método maimónida, maimonista, maimonidíaco, o como se diga, cuando no le funciona, como toda persona inteligente a la que le falla su teoría, se tiene que buscar excusas, y, por ejemplo, dice que es que ha estado distraído. Lo cierto es, no obstante, que no se ha puesto malo demasiadas veces —toco madera—. Puede que una parte de que no caiga enfermo se deba a lo hipocondríaco que es y a que, por tanto, en seguida active, como si del aracnosentido se tratara, el «método de Maimónides». En cuanto se le habla de ataques al corazón, de desmayos o de derrames, entre otras posibles desgracias, se encoge, respira muy hondo y se queda como en blanco, con cara de boquerón, como las cabras (miotónicas o desvanecidas de Tennessee) que entran en colapso cuando se les grita; aunque mi hermano no llega a caerse:

Quizás mi hermano sea en verdad como el cordero con cara humana que ha nacido hace poco, pero en versión chivo. Al fin y al cabo, tiene las barbas como dicho animal.

cordero humanoNo sé, el caso es que mi hermano tampoco puede ver ni sangre ni agujas. Aunque verdaderamente lo que dice que más grima le ha dado nunca fue el ruido que hizo la punta de una jeringuilla al rascar un vaso, un día que nuestra madre estaba succionando con este instrumento una salsa de whisky para inyectárselo al pavo en Nochebuena. Y es que solo mi hermano es capaz de estar más mosqueado que un pavo en Nochebuena.

También le da mucha dentera cuando alguien da un golpe con la jarra en el borde de un vaso al irla a dejar en la mesa. Ah, y también un día le empezaron a dar dentera las servilletas de tela, por lo que empezó a usar solo servilletas de papel. Hasta convenció a nuestra madre de que comprara estas servilletas para casa. En los restaurantes generalmente, salvo en los lujosos, en los mesones y en los chinos, siempre tienen servilletas de papel, lo cual mi hermano agradece mucho. Si no, pide que se la cambien. También tienen especial importancia para él las servilletas de papel porque siempre llega a bares y restaurantes con un chicle en la boca y necesita algún sitio donde depositarlo antes de empezar a comer, por no pegarlo debajo de la mesa como en el colegio. Es muy característico de él que llegue a algún sitio y recorte un cuadrado de una servilleta en el que envuelve luego el chicle. Si no hay servilleta de papel, utiliza para esta empresa, si tiene, algún recibo de pago de tarjeta que guarda en su carterita de Purificación García, o el mantelito de papel del VIPS o de algún sitio de estos. Si solo se trata de beber copas, muchas veces mantiene el chicle en la boca. La gente, si le pilla, le pregunta si no le sabe mal la mezcla, pero la cosa es que mi hermano de pequeño bebía ron (Cacique o Brugal) con granadina (Rives), que era como beber chicle viscoso, así que ya está acostumbrado.

hostiloscarsUn truco de mi hermano, una vez asumido que el «método de Maimónides» le ha fallado y que se está poniendo malo, es crear lo que él llama un «entorno hostil». Esto es parecido a lo de tomarse un grog (o ron con miel y limón calentado en el microondas), pero a lo bestia. Dice que, cuando empiezas a sentir que te estás poniendo malo, si te vas de fiesta, y bebes mucho alcohol, el virus considera que está en tierra hostil (como el programa y la película), esto es, que el terreno donde se ha metido no es halagüeño, y se larga. Al que le parezca una tontería, que sepa que, según se cuenta, las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), famosas por darse al alcohol cuando les dan calabazas, también toman alcohol para librarse de los parásitos de avispa que pueden tener dentro del cuerpo.

Dice que el entorno hostil le sirvió incluso una vez que tenía tortícolis y fue a una discoteca con eurocopa, es decir, con copas a un euro. Afirma que entró con una tortícolis tal que no podía mirar hacia los lados y que cuando salió estaba nuevo.

Cuando cuenta esta historia aprovecha para prevenir a los que dudan si es tortícolis o tortículis. Dice que basta con pensar que colis tiene la misma etimología que collar. Amplía la explicación más o menos de esta manera:

Tortícolis significa literalmente ‘cuello torcido’. Como la o de colis es o breve —y aquí se pone técnico—, en español dio el diptongo ue, como siempre que la o breve es tónica (o recibe acento) como en hueso de ossum o puerto de portus. No obstante —continúa—, aquí tiene que ser tortícolis porque la segunda o es átona. Si el acento recayera en la segunda o, podría ser torticuellis, pero nunca tortículis. ¡Ah! Y, como la primera o tampoco es tónica, no se dice tuertícolis. A este respecto, es interesante decir que tuerto tiene relación con torcer, y se refiere a que la vista está torcida. Otros casos en los que la o pasa a ue si es tónica pero no si es átona son los casos de osamenta y hueso o huérfano y orfanato.

Vamos, que el truco que da para acordarse es más complicado que aquello de lo que hay que acordarse.

Lo del porqué de la hache delante de ue nos lo explicó otro día. Al parecer se empezó a poner para que se viera que la u no era en esos casos una consonante, en la época en la que la u podía leerse como la vocal u o como una b.

Volviendo al «método de Maimónides» y a su poder psicosomático, ya Hipócrates (el del juramento hipocrático) decía que incluso una mala alimentación puede ser beneficiosa si nos convencemos de ello, como me contó mi hermano que había leído en la Breve historia del leer de Van Doren.

En fin, si a alguien estos métodos de mi hermano le parecen desorbitados, doy fe de que más desorbitada aún es su actitud si finalmente se declara enfermo, consumiéndose y consumiéndonos entre excusas, quejidos, lamentos, plañidos, toses nerviosas, gargajeos e, incluso, estertores.

Por suerte, su mente falla a veces, porque si no creería que la gran aventura que pronto conoceremos fue solo producto de su imaginación.

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