Calambres en el taxi

TERCERA PARTE: LA AVENTURA DE ALTAIR

 1

Ya por la mañana mi hermano sentía los habituales nervios de siempre que viaja en avión, los cuales se acentúan si el viaje es por la tarde y no suelen desaparecer hasta que no está sentado en su puerta de embarque. No sabe nunca si estos nervios son por pasar el control, en el que se le pone siempre cara de sospechoso cuando le miran al pasar por el detector (la misma cara de culpable, sin serlo, que cuando alguien había hecho algo malo en el colegio y el profesor preguntaba por el responsable); o si los nervios son por llegar a la hora; o si son por tener que mezclarse con una multitud de gente. El caso es que se pone bastante nervioso.

Eso sí, los nervios de mi hermano aquel día no eran comparables con los de Quero por su miedo a volar en avión, tal y como pudo comprobar mi hermano al observar más tarde cómo temblaba en el taxi rumbo al aeropuerto. Como vivían cerca del aeropuerto, cuando eran dos o más, iban en taxi porque, según mi hermano, en esas circunstancias el taxi era casi más barato que el metro. Al ver a Quero así, para consolarle, mi hermano, que en eso es un experto, le dijo:

—Tranquilo, que he leído que hay más probabilidades de matarse en el viaje en taxi hasta el aeropuerto que en el viaje en avión.

Con estas palabras de consuelo lo que logró fue que a partir de entonces Quero empezara a tener miedo no solo a volar en avión sino también a ir en taxi hasta el aeropuerto.

La cara que puso Quero en esta ocasión era tal que, para animar un poco la cosa, mi hermano, que sospechó que había metido la pata, empezó a contarle una de sus historias:

—¿Recuerdas que con lo del cerrojo el otro día te hablé de que un grupo de letras como ‒culus o ‒gulus daban j, como en espejo de speculus?

—Sí —dijo Quero, temeroso de por dónde podía salir mi hermano.

—Pues le estuve dando vueltas y hay otro curioso e interesante grupo que también explica el origen de bastantes palabras: el grupo –min–, que da –mbr–. Por ejemplo, de hominem tenemos hombre, de feminam, hembra. Y luego tenemos dobletes cultos y populares como alumbrar e iluminar, ambos derivados de luminem, o culminar y cumbre, ambos derivados de culminem. Y una algo más difícil, aeraminem en latín era un objeto de bronce. De ahí salió alambre. Y hay bastantes más. Cuando te salga alguna palabra con –mbr- probablemente venga de –min–. Incluso te diría que los meses acabados en ‒mbre, como septiembre, aunque vienen del latín september donde ya estaban la b y la r, el latín creo que los creó a partir de algo así como septem mensis, donde mensis es ‘mes’ porque viene de mene del griego que significa ‘luna’. Como ves, ahí hay un grupo –men– parecido al ‒min-, al menos en las consonantes.

—¿Y calambre? —aventuró Quero, que estaba sintiendo algunos de ellos por el cuerpo.

—Ja, ja. Pues creo que justo calambre no, pero tendría que mirarlo. —Y por supuesto así hizo luego mi hermano, como hace siempre para no quedarse con la curiosidad, consultando tanto el diccionario de Corominas como las etimologías de Chile en internet; y puso la puntilla a la conversación equivocándose—. Y creo que fiambre tampoco.

Lo de fiambre escalofrió más si cabe a Quero, recordándole el miedo a los aviones y ahora también a los taxis. Menos mal que justo en ese momento llegaron al aeropuerto y ya estaba Chindas, que era muy puntual, para distraerles.

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Dywá, Dywé, Dywí y Dywó

5

A la mañana siguiente mi hermano, seguramente por la excitación de su aventura y por todas las cosas en las que había estado pensando por la noche, olvidados ya los dolores en el costado y queriendo empezar una nueva fase en su vida, bajó a cortarse el pelo, como el futbolista que se hace un nuevo corte de pelo antes de empezar un Mundial.ronaldo2

Había descubierto unos años atrás que cortarse el pelo suponía para él una especie de inicio de una vida nueva, una catarsis, al abrir uno de los abarrotados cajones de su cuarto y comprobar que los tres diarios que conservaba de su infancia los había empezado justo contando que se acababa de cortar el pelo.

Mi hermano siempre habla mucho con los peluqueros. Son una de sus especialidades junto con los taxistas —a los que por algún extraño motivo siempre llama «caballero», como espero poder tener tiempo de contar luego— y los vendedores de bocadillos a la salida de las discotecas, sobre todo si son búlgaros, porque así se pone a hablar con ellos de fútbol de Bulgaria. Algo que, por cierto, le sirve de argumento para demostrar lo importante que es saber de fútbol para tener siempre conversación con la gente.

Sin embargo, aquel día en la peluquería se mantuvo lo más callado posible,no fuera a ser que se le escapara alguna información relacionada con el Manuscrito, tan cerca estaba el secreto de sus labios por la emoción que abarrotaba el resto de su cuerpo. Habló lo justo para indicar qué corte quería.

Tan emocionado estaba que al volver de la peluquería, sin haber siquiera sentido como otras veces la vergüenza de ir hasta casa sin haberse mirado bien en un espejo y atusarse el pelo a su gusto, con el corazón saliéndosele por la boca y lleno de palabras como estaba, por miedo a reventar, empezó la novela fantástica que hacía tiempo ya que rondaba su cabeza, tras una época en la que había estado leyendo novelas y viendo series y películas de este estilo.

Permitidme que muestre aquí, antes de ponernos con la búsqueda del Manuscrito, el comienzo de la novela fantástica de mi hermano, al más puro o impuro estilo de Tolkien, que a mi gusto no tiene desperdicio. Así empezaba, y no estoy de broma:

«—¡Solo sois lo que yo imagino!— exclamó ya harto.»

Y así seguía:

«Y los que allí estaban dieron un paso atrás. No se habían dado cuenta de que tenían ante ellos al creador de todo. El creador de todo, que, sin embargo, como en un sueño, no tenía apenas control sobre lo que pasaba en su mundo creado. Su único poder era el de dejar de imaginar y acabar con todo. Así que sus seres creados, animales, plantas y humanos, tenían la sensación, seguramente por costumbre, de que decidían.

Por aquella época todos los humanos tenían una misma lengua, una lengua que no era necesario pronunciar, se podía sentir de forma telepática lo que los otros decían, lo que los otros sentían. Solo en grandes ocasiones o por motivos artísticos, se pronunciaban las palabras de aquella hermosa lengua, porque el sonido era melódico y al rimar palabras las ondas sonoras creaban una dulce armonía en los oídos de aquellos seres.

Todos eran buenos, porque un simple mal pensamiento podía ser duramente castigado. Aquellos humanos buenos podían fulminar a los malos, pero no al revés; aquellos seres podían reducir a polvo, sin siquiera tocarle, al que actuara en contra del bien común y de su propio bien.

Pero entonces un grupo de uno de los clanes de las montañas de Cafcas envenenó sus pensamientos al beber el jugo de las manzanas que antiguamente habían estado prohibidas. El veneno les hizo conspirar y, como el grupo de unos cien hombres había quedado envenenado entero, no se fulminaron entre ellos. Idearon una nueva lengua para que nadie pudiera entender sus pensamientos, se la enseñaron a sus hijos para que ellos solo tuvieran esa lengua, inventaron nuevas formas de fulminar. En ese estado de embriaguez estuvieron veinte años hasta que el pensamiento del creador, llamado Dy, les encontró entre las montañas. Acudieron allí algunos humanos para acabar con ellos, pero el clan cafcasio escapó hacia el sur, hasta que en Cádinguir, en Etemenanki, cuando aún estaba en construcción, les encontraron y se enfrentaron a ellos. Los cafcasios tenían armas y se defendieron contra aquellos hombres desprovistos de metal. Solo aquellos cafcasios que no pudieron controlar la lengua de sus pensamientos fueron fulminados por los hombres buenos, pero sus hijos, que solo conocían la lengua cafcásica, se salvaron y clavaron sus espadas en los indefensos corazones de los humanos que iban tras ellos. Fue la primera muerte de hombres buenos en la Tierra y fue cuando comenzó la expansión del mal.

Dy se culpó a sí mismo de lo que había sucedido. Al fin y al cabo todo era producto de su imaginación. Quiso acabar consigo mismo, pero ni él mismo podía fulminarse. Lloró durante muchos días y desapareció. Nadie supo nunca adónde fue, algunos llegaron a decir que nunca había existido, que eran leyendas para mantener el bien, otros confiaban en que algún día volvería. En su lugar quedaron sus cuatro hijos, a cargo de los cuatro grandes continentes.

En aquella época los nombres de los seres tenían un significado. El nombre de Dy, así escrito en el alfabeto latino, significaba primer creador. Le pusieron este nombre el día que reveló que todo procedía de su imaginación. El sonido que he representado como d se asociaba con el significado de ‘luz’ y el sonido que he representado como y, que es como una vocal cerrada anterior, significaba que era el primero de los suyos. Solo él tenía un nombre de una sílaba, porque solo él era el padre. Tener dos sílabas en el nombre significaba ser hijo de alguien y por eso los que habían estado en la Tierra desde el principio añadieron una sílaba al inicio de sus nombres. Los hijos conservaban las sílabas de sus padres y añadían otra sílaba al final. Solo se diferenciaban los nombres de unos hijos y otros por la última vocal. Las vocales eran la a para el primer hijo, la e para el segundo, la i para el tercero, la o para el cuarto y la u para el quinto. A partir del quinto hijo se empezaban a usar dos vocales.

Así, los cuatro hijos de Dy fueron Dywá, Dywé, Dywí y Dywó. El sonido aquí representado por w significaba oscuridad, por la terrible tristeza de la desaparición de su padre. Al principio sus nombres eran Dydá, Dydé, Dydí y Dydó porque eran luces de la luz…»Front_of_the_Congreso_de_los_Diputados_en_Madrid,_España_02

Y ahí, con esos personajes con nombres de futbolistas brasileños, se quedaba de momento —creo—. Según decía a su amigo Mufo, que era el que más entusiasmado se mostraba con la idea, este solo era el comienzo de la novela que a su vez empezaba a escribir su personaje, un personaje que iba a ser un loco como don Quijote, pero loco en este caso como resultado de haber leído demasiadas novelas fantásticas, no de caballería (aunque casi viene a ser lo mismo). Así, decía que una de las escenas fundamentales iba a ser en una discoteca, cuando unos amigos decían a su protagonista que habían visto unos orcos, y el protagonista, como un elfo, se tiraba a por los presuntos orcos, que lógicamente eran mujeres feas, no pudiendo terminar su cometido porque era vapuleado por gigantes, que no eran sino los puertas de la discoteca. ¡Qué lástima que de momento no haya seguido con la novela porque yo ya veía al protagonista cabalgando los leones del Congreso rumbo a Narnia!

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