En el circuncamino

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Ya fuera se miraron todos y Quero pronunció la famosa frase:

—¿Y ahora qué hacemos?

Esta frase nació a partir de un día en el que estaban en el pueblo de sus amigos, los hermanos Raposo, cuya tía era la alcaldesa. Como sobrinos de la alcaldesa, y como amigos de ellos el resto, fueron recibidos con todos los honores, adulación y lagotería por el propietario del bar al que acudieron. Todo iba muy bien, con alguna copa gratis incluida, hasta que en un lance del billar, mi hermano sin querer le dio un codazo a una copa que Mamut había dejado en el borde de la mesa y cayó todo encima del tapete. El propietario acudió raudo al lugar del desastre y empezó a despotricar alegando que el tapete estaba recién puesto y que le había costado una pasta, pero, claro, cuando vio que uno de los sobrinos de la alcaldesa estaba involucrado, entendió que no podía hacerle pagar el tapete. Viéndose en aquel atolladero, sin saber muy bien qué hacer, le soltó a Mamut el susomentado «¿Y ahora qué hacemos?». Y desde entonces para cualquier situación en la que es difícil ver una salida factible y beneficiosa, mi hermano y compañía siempre lo usan.

Lo de susomentado, por cierto, me lo enseñó un día mi hermano, después de haberlo leído en La tía Tula de Unamuno. Igual que pasa con susodicho, el suso delante de susomentado  viene de sursum que significa ‘arriba’ en latín, como en «sursum corda» de misa, que significa ‘hacia arriba los corazones’ y que se decía en el momento en el que ahora se dice «Levantemos el corazón». También de sursum procede el nombre del Monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla, es decir, el de arriba, en contraposición al Monasterio de Yuso, el de abajo, que viene de deorsum en latín. Se podría, pues, usar yusomentado, para referirse a ‘mencionado más abajo’, aunque quizás, mejor sería usar yusomentando, con un gerundivo, porque lo que se quiere decir es lo que será mentado más abajo.

Y ya que he mencionado la misa, un día mi hermano preguntó «¿Sabéis de dónde viene la palabra misa?». Y nos explicó que significa algo así como ‘despedida’, y que se cogió el nombre porque al terminar la misa el cura decía «Ite, missa est», es decir, ‘Idos, es la despedida’. Este missa viene del verbo mittere ‘enviar’ y, por tanto, tiene el mismo origen que premisa, misión, promesa, todos los verbos en –mitir, y muchas más.

Viendo esta larga explicación me asusta pensar que se me pega demasiado el estilo de mi hermano. Quizás no debería escribir tanto sobre él. Pero sigo con la historia:

—Pues sí, buena pregunta, ¿ahora qué hacemos? —dijo Chindas—. Tenemos que conseguir entrar de cualquier manera. No hemos venido a Favencia para nada.

—Es que a quién se le ocurre venir sin ningún plan —se quejó Quero.

—Ya dijo Eisenhower que los planes pueden ser inservibles, pero que hacer planes es indispensable —añadió Chindas.

—Bueno, bueno —templó mi hermano—. Todavía no hay nada perdido. Lo único es que no habíamos tenido en cuenta que nos íbamos a encontrar con una recepcionista a la que no se podía convencer de ninguna manera.

—¿Y si hubiera sido un chico? —protestó Quero.

—Pues hubiera dao igual —dijo Chindas riéndose, insinuando que mi hermano habría intentado ligar con él igual.

Habría dado igual —corrigió mi hermano, destacando más el habría que el dado.

Y es que como ya he dicho antes, mi hermano se pone nervioso cuando la gente utiliza el subjuntivo en vez del condicional en estos casos. Dice que el subjuntivo no puede aparecer en oraciones principales afirmativas. Alguna vez nos ha explicado que cuando se dice «Hubiera hecho eso, si me lo hubieras pedido», se está utilizando un hubiera hecho subjuntivo como verbo principal y que el subjuntivo solo aparece en oraciones principales cuando son optativas o de deseo como en «Quiera Dios» u «Ojalá llueva» o de mandato con negación: «No digas eso». Cosas suyas. De hecho, leí alguna vez que este subjuntivo en oración principal en verdad se debe a que esta forma subjuntiva procede del pluscuamperfecto de indicativo del latín y en casos con verbo auxiliar como hubiera se mantiene, igual que pasa en el auxiliar poder en Pudiera ser que venga. También creo recordar que se ven restos de esto en casos sin auxiliar como «Entonces dijo eso, como ya dijera Pepito», en vez de «como ya había dicho Pepito». Pero, bueno, tampoco lo entendí del todo bien. ¡Y cualquiera se lo pregunta a mi hermano…!

El caso es que como no habían conseguido entrar se pusieron a dar vueltas al edificio —igual que hace mi hermano muchas veces cuando vuelve de fiesta para que se le pase un poco la borrachera y no tener que echar luego el ancla en la cama—, en busca de pistas u otras puertas por donde acceder. Por el circuncamino, mi hermano iba contando sus problemas con el subjuntivo. Después de estudiar las posibilidades, convinieron en que se tenían que colar por la noche por una puerta de un sótano que habían visto y que era muy parecida a la que vieron mi hermano y Quero en la calle del Seminario de Nobles en Almagriz, la cual aún tenían grabada en la mente como primer paso en su búsqueda y con la que, por tanto, entendieron que era normal que esta guardara una relación, como si el que había escondido el Manuscrito fuera un arquitecto que había decidido construir los distintos escondrijos con el mismo estilo. La verdad es que aunque hubieran sabido que aquella pista era falsa, no habría importado. Cuando relacionamos dos cosas en el pasado, muchas veces se nos quedan guardadas como asociadas aunque hayamos descubierto más tarde que no era verdad que lo estuvieran. Por eso, por ejemplo, hay que intentar no bromear con determinadas cosas, porque puede que, una vez revelado que no eran verdad, la persona a la que se le ha gastado la broma siga teniendo conciencia de que es verdad.

No sé si tiene mucho que ver, pero esto me recuerda a lo que pasa por ejemplo con la ortografía o con los significados de las palabras. Hay palabras que por mucho que se lean, si se nos metieron en la cabeza de una forma, cuesta mucho cambiarlas en la cabeza. Mi hermano me estuvo hablando de esto una vez:

—Hay palabras que cuesta aprender cómo se escriben porque, por algún motivo, uno diría que se escriben de otra forma. Por ejemplo, me pasa con algarabía, que siempre creo que es con v, o con deslavazar, que es la típica que parece que se escribe con b, y curiosamente a mucha gente le pasa con ermita, que se suele escribir con hache, quizás porque empieza como hermano, o porque, claro, en inglés es hermit. También pasa con inflar, quizás por influencia de hinchar o con urna, que no sé por qué a veces dan ganas de ponerle una hache. Lo de cirugía con j es comprensible por cirujano; a veces hasta yo dudo. También por ejemplo a una palabra como rencoroso dan ganas de ponerle una segunda e, reencoroso, y eso que rencor no hay dudas de que solo es con una e.

Y seguía:

—Y con los significados igual. Me costó muchísimo empezar a ver hostilidad como algo negativo; yo siempre lo había entendido como hospitalidad. También me pasa con espaldarazo, que también lo había visto siempre como algo malo, como dar la espalda a alguien; con airado, que me parecía algo bueno porque pensaba que venía de aire y no de ira, y con animosidad, que aunque puede significar ‘ánimo’, también puede significar ‘aversión’. Ah y con arreciar, que para mí siempre era que paraba la lluvia hasta que comprendí que era que se hacía más recia. Y sé que a mi amiga Margarita le pasaba con pingües beneficios, que parece que quiere decir que fueron beneficios escasos, hasta que uno aprende que en latín pingue es grasa y que está relacionado con pringue y pringar y, claro, algo con grasa es algo gordo, y que por eso algunos han querido ver en pingüe el origen de pingüino, como pájaro gordo. También pasa con comida frugal, que parece mucha comida, como con mucha fruta, y en verdad es poca.

A esta sarta de palabras liosas, añado otra de las palabras que usaba en su momento mal mi hermano: conspicuo. Se creía que conspicuo era algo así como ‘sagaz’ o ‘concienzudo’, quizás influido por el -sp- de perspicaz. Decía, por ejemplo, cuando alguien acertaba algo: «Es que eres muy conspicuo». Cuando descubrió que no significaba eso se llevó un poco de chasco, pero sé que sigue usándolo igual para sus adentros.

También hay parejas de palabras que son muy difíciles de distinguir. Para eso mi hermano tiene trucos. Por ejemplo, para saber cuál es la que significa que algo no hace daño, si inicuo o inocuo, mi hermano tiene el truco de que iNOcuo es la que NO hace daño. Con lo de proa y popa y estribor y babor, con lo que de pequeño siempre se equivocaba, mi hermano se inventó unos trucos que, aunque no son demasiado buenos, le funcionan, y a mí, desde que los explicó, también:

—Popa es la parte de atrás del barco —decía— porque popa es como pompis y para más inri, si viento en popa significa que se va rápido, será porque el viento va dando en la parte de atrás, ¿no?

Y continuaba:

—Y para lo de estribor y babor, yo siempre pienso en dextribor o diestribor y, por tanto, el estribor está a la derecha o diestra. Para los curiosos estribor viene del neerlandés stierboord, donde stier significa ‘timón’ y boord ‘borda’. Antiguamente, según he leído en Corominas y Pascual, el timón estaba a la derecha del barco. Babor viene de bakboord es decir borda de atrás, entiendo que porque era la contraria a donde estaba el capitán.

Y hablando de opuestos otro día explicaba:

—Además de septentrional y meridional, de los que ya he hablado muchas veces, es muy bonita la etimología de oriental y occidental. En latín oriente es el participio del verbo orior que significa ‘nacer’. Como por el este es por donde nace el sol, se le llama oriente. De orior, también viene por ejemplo aborto, que es ‘no nacer’ y también tienen relación origen y oriundo. Y occidente es lo contrario. Es el participio presente del verbo occidere que viene del verbo occido que es morir y por eso se usa para occidente, porque por el oeste es por donde muere el sol. El verbo occido en latín viene de ob (‘hacia’) y cado (‘caer’), por lo que significa algo así como ir ‘hacia la caída’. Además el participio pasado de occido es occasus, de donde viene ocaso.

Yo, la verdad, he de reconocer que, desde que supe esto, no se me olvida ya que el sol sale por el este y se pone por el oeste, aunque por supuesto me sigue costando mucho identificar el este como la derecha de los mapas y el oeste como la izquierda. Siempre tengo que pensar que Portugal está a la izquierda y es el oeste para sacarlo.

Y luego también está lo de estalactita y estalagmita, para los que mi hermano tiene otra regla mnemotécnica, en este caso algo zonza, pero que le funciona:

—Yo siempre asocio el final –tita a techo y, por tanto, las estalactitas son las que están en el techo. Yo creo que es porque esa –ct- suena a ch como en pectus ‘pecho’.

 Ah, y también tiene trucos mi hermano para saber cuándo algo se escribe junto o separado. Por ejemplo, para saber si a gusto va separado tiene la regla de que también se puede estar a disgusto y a disgusto jamás lo pondría junto, pero esto no pasa con aparte, por ejemplo o con aposta, que es como adrede o con abasto.

La conclusión es que hasta los que creemos que más saben tienen algunas dudas inconfesables.

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«Veniros» no es propio de una buena novia o Las limitadas licencias ortográficas de WhatsApp de mi hermano

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En una de las tardes de espera a la siguiente pista de la aventura, cuya ansiedad de momento solo el recuerdo de estas historias aligera, mi hermano recibió un mensaje de Natalia, una de las tres Natalias con las que tenía algún tonteo, que en este caso no estaban aún numeradas, como en el caso de Cami 1 y Cami 2. Esta Natalia era una chica que había salido, como Venus, de entre las olas del mar y las historias roldaneras, aunque ahora vivía en Almagriz, y era la chica que por aquella época ocupaba más espacio de la mente de mi hermano.

En el mensaje le decía que iba a hacer una fiesta en su casa y que le invitaba a él y a Cami 2, que era precisamente la que les había presentado porque decía que hacían buena pareja. Todo hubiera estado bien —perdón, habría estado bien, que si no mi hermano se pone nervioso, como ya contaré— si no hubiera sido —ahora sí— porque Natalia había terminado el mensaje poniendo «¡Veniros!». Mi hermano en el momento no le dio demasiada importancia, pero a medida que pasaba la tarde, cuanto más lo mascaba más bola se le iba haciendo, de suerte que, en cuanto se subió al coche de Cami 2, le manifestó a esta su profunda preocupación:

—Igual no es la chica de mi vida, porque ha puesto veniros en vez de veníos.

Cami 2 le contestó:

—Pues yo también habría dicho veniros. ¿Por qué está mal?

Él, que no hacía mucho que se lo había leído bien en la Gramática, empezó:

—El imperativo de venir cuando no va con pronombre ¿cómo es: «venid aquí» o «venir aquí»?

Ella, que se sabía esa, le contestó:

Venid.

—Claro, entonces el imperativo sería venidos, ¿no?, pero la d se pierde en español, por el mismo motivo que decimos comprao en vez de comprado, y por eso es veníos. Solo hay un caso en el que esa d no se pierde: idos. Aunque creo que también está permitido iros —de esto no se acordaba bien, porque no está permitido.

Como la explicación no fue del todo mala, Cami 2, a la que le gustaba saber esas cosas, pasó por alto el hecho de que mi hermano pudiera llegar al punto de perder el interés en una chica por el mero hecho de que dijera o, peor aún para él, escribiera, veniros en vez de veníos, y eso que la pobre Natalia estaba invitándoles a una fiesta. De todas formas, yo estoy seguro de que para él esto no era tan grave como, por ejemplo, escribir a ver en los casos en los que corresponde haber o hay en los que corresponde ahí y, por tanto, podría no tenérselo en cuenta a Natalia, como de hecho hizo, permitiéndose seguir pensando en ella algunos días más.

Para satisfacción de mi hermano, meses más tarde, Cami 2 le contó que Natalia un día le había confesado que se había dado cuenta al poco de mandar el mensaje que había puesto veniros y que estaba preocupada por lo que pudiera pensar de ella un lingüista como mi hermano.

Y es que mi hermano, aunque, como ya sabemos, puede pasar por alto faltas de ortografía y errores gramaticales, al considerarlos un tesoro por reflejar el habla natural de la gente, no los puede pasar por alto en una novia. El hecho de que sean un tesoro teórico no quiere decir que su futura novia pueda cometerlos, puesto que esto indica falta de cuidado en el detalle y en el deseo de una buena comunicación con los demás, y, además, le llevaría a distraerse al hablar con ella y no se concentraría bien en quererla.

Decía un día mi hermano sobre la ortografía, tratando de hacer un buen chiste:

—Es que hay gente tan mala con la ortografía que en vez de buscar algo en Word lo pegan. ¿Por qué? Porque en vez de darle al control + b le dan al control + v.

Y completaba otro día viendo un a ver mal escrito:

—Es que parece que la gente no sabe lo que significa a ver. Con lo fácil que es. Si es que encima hay trucos. Por ejemplo, cuando se puede poner un vamos delante de a ver, es que se escribe con uve y separado. Por ejemplo, en A ver si vienes puede decirse Vamos a ver si vienes, pero en Haber hecho las cosas bien no se puede decir Vamos haber hecho las cosas bien.

Lo que sí permite mi hermano son algunas licencias para aplicaciones de mensajería como el WhatsApp, que él mismo se permite en algunos casos, sobre todo en los de urgencia máxima. Por ejemplo, permite que solo se ponga el signo de interrogación o exclamación de cierre, puesto que normalmente el de apertura es difícil de encontrar en los teclados de los móviles y además no solo en latín no los tenían sino que los signos de apertura no tienen relación con su origen, que ahora explicaré.

También dice mi hermano que poner punto después de cada mensaje queda feo o tajante y, por tanto, para él no es necesario. Acepta las abreviaturas como q por que, xq por porque o xa por para, pero solo las justas y las que todo el mundo entiende. Eso sí, odia, no sé por qué, que se use el 2 para dos o cualquier otro número no expresado en letras. Odia además que la gente ponga salu2 en vez de saludos (y más aún salu3 para saludar con énfasis). Dice que las abreviaturas solo deben llevar letras. Y en caso de que la palabra abreviada tenga tilde en su origen, hay que poner la letra que lleve la tilde aunque sea una abreviatura, es decir, aunque en un caso como porque se pueda poner xq, en un caso como por qué, hay que poner x qé. Y es que con las tildes y las comas mi hermano no admite licencias, ya no solo por cuestiones ortográficas sino para evitar posibles confusiones. Las mayúsculas en los nombres no son obligatorias, siempre y cuando no lleven a confusión. Por eso suele ser mejor ponerlas. Por ejemplo, en un caso como «Me ha mordido el galgo», si el que ha mordido es nuestro amigo y no un can, hay que poner la mayúscula.

En cualquier caso, nunca se pueden cometer faltas de ortografía, por mucho que la v y la b estén pegadas en el teclado.

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En otra parte del manual donde mi hermano recoge todas estas licencias aparecen reglas de cortesía que él considera imprescindibles para poder mantener una conversación sana. En primer lugar, es mejor mandar un mensaje largo que muchos cortos, a no ser que se quiera conseguir algún efecto a través de los mensajes cortos, igual que en la poesía el verso, más allá de la rima, distribuye el mensaje de una manera armónica y precisa. Por ejemplo, coqueteando con una chica se le podría poner «Por eso no me gustas…» y luego en otro mensaje «…de momento». Si se pusiera todo seguido y sin esperar un poco, se perdería la gracia. Eso sí, en estos casos no se debe aplicar la táctica de los dos minutos entre uno y otro mensaje. La táctica de los dos minutos, como he explicado antes, solo sirve para esperar que la chica mande dos mensajes seguidos y recibir más información de la que uno conseguiría si no esperara. Por otro lado, no se puede avasallar. Si nos sale que la otra persona está escribiendo hay que esperar a que mande el mensaje para empezar a escribir el siguiente nuestro.

Si alguna chica incumple alguna de estas reglas, empieza a perder puntos y, dependiendo de la gravedad de la falta, puede perder todos los puntos de una vez, como en el carnet de conducir.

Por cierto, me refería antes al origen de los signos de interrogación y exclamación. Según nos explicó y nos enseñó en la Wikipedia mi hermano, el signo ? viene de quaestio en latín, que significa ‘pregunta’. 1200px-Quaestio.svgLa palabra quaestio se abrevió en qo y para ahorrar espacio se empezó a poner la q encima de la o. Después se perdió un poco la forma de la q, pero si uno se fija tampoco cambió mucho. Y con el signo de exclamación pasó algo parecido. El origen era la expresión Io en latín, que era un grito de alegría que significaba algo así como ¡Viva! Pasó lo mismo aquí: la i se puso sobre la o para ahorrar espacio, supongo, y se obtuvo el signo ¡.

Cuando se enteró de esto, mi hermano celebró mucho el descubrimiento, porque una profesora de pequeño le había recriminado que pusiera los puntos de estos signos como círculos, lo que a él le parecía mucho más bonito. En ese momento mi hermano no conocía el origen, pero ahora ya sabe que poner los circulitos está bien porque en verdad en su origen eran oes.

Volviendo a Natalia, mi hermano, fiel a su costumbre de llamar novias a las chicas con las que solo flirtea, un día, contando algo relacionado con ella, se refirió a ella como «mi novia de Hantas», porque de Hantas, un pueblo cerca de Roldana era la chica. Mufo, que era uno de los presentes, entendió «mi novia de antes» y preguntó:

—¿Quién? ¿Adri? —Adri es una ex novia de mi hermano, que más tarde volverá a salir.

—Ja, ja. No, de Hantas, de un pueblo cerca de Roldana.

Esto le recordó a mi hermano el viejo chiste de los zapatos de ante, que no son los de despué. En fin.

Otro de estos días mi hermano estaba escribiéndose con una chica que había conocido en una discoteca. Esta era la típica chica que lo pregunta todo, cosa que a mi hermano normalmente le pone algo nervioso, pero en este caso la chica tenía una conversación bastante ingeniosa y respuestas rápidas, lo cual le estaba dando bastante juego. Entre otras cosas la chica le preguntó:

—¿Cuáles son tus defectos?

Para lo que mi hermano tenía una respuesta típica que siempre daba:

Soy demasiado bueno.

—Venga, hombre, no me digas que no sabes decir tus defectos.

—Bueno, también soy demasiado simpático.

—Joé, o sea que eres el típico que no sabe decir defectos —la chica jugaba con el truco de tratar de encasillar a la otra persona como típico, cosa que podría haber funcionado con mi hermano si no fuera la tercera vez ya que lo utilizaba con él.

Mi hermano respondió:

—Ah, mira, ahora que lo dices tengo el defecto de que no sé decir mis defectos. Ahí tienes un defecto y una paradoja.

Y la chica le soltó:

—No te soporto.

—Ah, es verdad, también soy insoportable.

Después de conversaciones como esta a mi hermano siempre le vienen a la mente los primeros versos de una de las muchas poesías que escribió de pequeño: «Con lo fácil que sería / decirte que te quiero / y que tú me respondieras / que estás loca por mí».

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A manuscrito imaginado no le hinques el diente

3

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

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