Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

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Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant» que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

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Una aventura es más divertida si huele a lingüística

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A cualquiera que le conozca seguramente le habrá sorprendido esta postura de mi hermano, con lo que a él le gusta el buen español y aprender palabras raras, pero una cosa no quita la otra. De hecho, en su ranquin el primer puesto lo ocupa la segunda parte del Quijote, que tiene un 9,1. Esto no quiere decir que la primera parte le parezca peor, lo que pasa es que se la leyó antes de empezar el blog. Es cierto que sufrió una pequeña decepción leyéndose esta primera parte porque iba en busca de «Con la iglesia hemos dado, Sancho», que aparece en la segunda. Pero eso no impidió que disfrutrara enormemente con la forma de escribir de Cervantes. Le encanta. Sobre todo la forma en la que trata la locura. A mi hermano le embelesa la manera en la que el Quijote y Sancho se convencen continuamente uno a otro intercambiando alocados argumentos. También le encanta, por cómo se trata la locura, «El licenciado Vidriera» de las Novelas ejemplares, aunque no otras obras suyas.

Don TorrenteSi con algo sueña de verdad mi hermano, es con poder escribir algún día algo tipo el Quijote. Asegura a este respecto que las películas de Torrente tienen tanto éxito porque imitan el estilo de esta obra de Cervantes. Además de que ambos se creen lo que no son, uno policía y otro caballero, en todas las pelis de Torrente hay un secundario (Javier Cámara, Gabino Diego, Jesulín, etc.) que hace de escudero y cree fielmente a su amo. Además el personaje de Torrente, como don Quijote, tiene alucinaciones, pasiones, una idolatrada amada, así como otras muchas similitudes que por desgracia mi hermano ya ha relegado al olvido, después de que un sabio profesor de la universidad le desaconsejara hacer un trabajo sobre el tema, al considerar la idea una paparruchada, majadería o pampirolada.

Pero no solo Cervantes, también hay otros autores famosos y clásicos como García Márquez que tienen algún libro en una posición alta en el ranquin de mi hermano. No faltan La divina comedia, la Ilíada o la Odisea, entre las obras que superan el 8. Incluso la Eneida. Y mi hermano no es el típico que ensalza falazmente obras para no reconocer así la posible pérdida de tiempo acarreada por su lectura. Esto se ve en que se salvan por los pelos La Regenta y algunas obras de Baroja y Azorín, y que no se salvan, por ejemplo, obras de Vargas Llosa, Pérez Reverte ni, en general, de la mayoría de autores modernos, tanto españoles como extranjeros. Entre sus libros más odiados está El alquimista, obra para él irritantemente sobrevalorada. Pero, claro, es que, por no salvarse, no se salva ni Fausto. Si no fuera por el Quijote y por La casa de los espíritus, que no le gustó nada, se podría pensar que a mi hermano solo le gustan las novelas femeninas, es decir, las que empiezan por la.

Pero sin ninguna duda el Quijote está para él muy por encima de cualquier otra obra. Si mi hermano se tuviera que quedar con algún libro aparte del Quijote, probablemente sería La lluvia amarilla de Julio Llamazares o alguno de los libros que se suelen leer en la adolescencia, como Demián, El extranjero o El túnel. Pero él mismo reconoce que su criterio entonces no era de fiar. Aunque, bueno, yo creo que el de ahora quizás precisaría, para ser estimable, una lectura más pausada, no la atropelladamente fáustica que últimamente practica.

Quizás la obsesión con el Quijote de mi hermano fue el germen de la aventura que, como tal, está a punto de llegar. Al fin y al cabo, no debe ser muy sano enloquecer con una novela en la que el protagonista a su vez se vuelve loco por leer novelas. Por suerte, mi hermano, que yo sepa, de momento no ha leído libros de caballería, pero le basta con leer otro tipo de libros y ver películas sin parar, varias seguidas, para entrar en punto y coma, que no supone una pausa más larga que el coma, como ya vimos, pero sí una pausa que separa en mayor medida la realidad de esos momentos de entusiasmo lector y espectador. Y esos momentos, por supuesto, ocurren en los ratos libres en los que mi hermano no está leyendo libros y artículos de lingüística y gramática, los cuales sin duda también tuvieron que enfervorecerle de alguna manera a la hora de acometer la aventura que está a punto de suceder.

Quizás la aventura en este relato no sea del estilo de las de Julio Verne, como aquella que quiso emprender con su amigo Óscar, el de Roldana, no el del JAEIC, el día que soñaron con hacerse a la mar navegando en lo que ellos llaman pedalímetro, pero que creo que se llama pedaló o velomar, historia que si viene a cuento relataré más adelante. No. Esta es más bien una aventura lingüística, aventura que en otros tiempos y situaciones podría haber sido aburrida, pero que, como podréis comprobar próximamente, de la mano de mi hermano, resultará divertida, disparatada y desproporcionadamente didáctica; tal vez sandia en ocasiones, pero una gran aventura al fin y al cabo.

2015-05-14 17.28.06

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Latinismos, banderas, el punto y coma y otros ruidos de animales

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Mi hermano es el típico que sabe que los de Calatayud son bilbilitanos y los de Fuerteventura majoreros, o que está mal dicho a grosso modo, y hay que decir grosso modo, o que es veni vidi vici y no veni vidi vinci. Incluso sabe explicar por qué es vici y no vinci y lo sabe pronunciar a la clásica, es decir, viki y no vichi o vinchi, como dicen algunos a lo Leonardo. Y, por supuesto, sabe que según Plutarco estas palabras las dijo Julio César después de la batalla de Zela.

200px-Escudo_de_la_provincia_de_Ávila.svgMi hermano es también el típico que sabe que las cigüeñas crotoran y que las panteras himplan. No en vano, todavía celebra el haber elaborado de pequeño en el colegio una lista de más de cincuenta ruidos de animales, en una época en la que no era tan fácil realizar búsquedas en diccionarios. Lo que con mayor entusiasmo y ufanía cuenta es que años después su profesor le enseñó aquella lista, que conservaba aún porque le seguía siendo útil con los alumnos.

Mi hermano, además, se sabe las capitales de todos los países, con especialidad en islas oceánicas del tipo de Tonga —capital Nukualofa—, e, incluso, Niue —capital Alofi—, pero también las de colectividades de ultramar como Wallis y Futuna —capital Mata-Utu—, países insulares como los holandeses Curazao, Sint Maarten y Aruba y otros como las Islas Cook; y hasta se llegó a aprender las capitales de los estados de Estados Unidos, en este caso para intentar ligar con las americanas cuando estuvo de estancia en Nueva Isla.

Mi hermano es el típico que sabe que el nombre del país Kiribati viene de una mala pronunciación de Gilbert, el apellido de un capitán británico que anduvo por allí. Es además el típico que tiene nociones de vexilología (como Sheldon en Big Bang Theory) y no solo sabe lo de las dos vacas en el escudo de Andorra, sino que sabe que en la bandera de San Pedro y Miquelón 1024px-Flag_of_Saint-Pierre_and_Miquelon.svghay una ikurriña (de ikur ‘señal’ o ‘signo’) o que en el escudo de la provincia (que no de la ciudad) de Ávila hay una cebra (creo que esto lo sacó de Saber y ganar); y, por supuesto, es el típico que sabe que la palabra tabú es de origen tongano —ya que hemos hablado de Tonga— y significa ‘lo prohibido’, o que tatuaje es de origen samoano.

Diría que hasta es el típico que sabe usar el punto y coma, pero no sé si llega a tanto. Eso sí, por lo menos sabe que el punto y coma no se pone para indicar una pausa menor que la del punto y mayor que la de la coma, sino que hay razones sintácticas detrás.

En definitiva, que mi hermano es el típico que sabe muchas cosas, no siempre aburridas, pero eso sí, la mayoría posiblemente inútiles a ojos de muchos, y muchas de ellas seguramente inventos de la Wikipedia, los llamados por él fake facts. Además hay otras muchas cosas que no sabe. Pero no adelantemos acontecimientos.

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