El día que mi hermano ligó con una súper

6

Otra noche, antes de salir rumbo a Valhalla, mi hermano pilló a Quero poniendo en práctica una táctica que, según dijo un día, había leído o en el Quo o en el Muy interesante, sus revistas favoritas. Quero ya lo había dejado definitivamente con su novia y no estaba del todo mal. Volvía a sentir ganas de ligar, pero de una manera sana, no en plan vengativo o despechado. Lo que había leído Quero es que el olor de los polvos de talco era el que más atraía a las mujeres y, al ver un bote en el baño de Chindas, en cuya casa también se estaba alojando, no había dudado en echarse. Al pasar por la puerta del baño mi hermano le dijo:

—Uhm, ¡qué bien huele tu colonia!

—No me digas. Si es la misma de siempre.

—A mí me huele un poco mejor.

—Joé, no me digas eso, que es que me he echado polvos de talco.

Mi hermano, al que Quero ya le había contado la táctica alguna vez dijo:

—Ja, ja. Qué pillín.

Y Quero, preocupado, dijo:

—A ver si los polvos de talco a quien les gustaba era a los tíos.

—No, eso era a las tías. A los tíos el olor que más les atraía era el de la lavanda.

Quero puso cara de espanto:

—Es verdad. Pues el gel que tiene Chindas tiene lavanda —lo sabía porque antes de ducharse había estado leyendo la etiqueta, mientras… bueno, mientras hacía tiempo para que el agua de la ducha se calentara.

—Ja, ja. Pues nada, hoy vas a ligar con todo el mundo. Aunque la verdad es que la táctica de los polvos de talco a mí nunca me dio muy buen resultado, que yo recuerde.

Y es que mi hermano, cuando Quero en su momento le contó la táctica, la había usado. Quero en aquella época solo la usó para atraer más a su novia; no os vayáis a creer que la usaba para otras, que tanto Quero como mi hermano son superfieles.

Ya en Valhalla esa noche, viendo que no funcionaba del todo bien lo de los polvos de talco, Quero empezó con otra táctica. En una de sus revistas también había leído que la parte del cuerpo que más les gusta a las mujeres de los hombres son los hombros. Para que las chicas se fijaran en ellos empezó a andar levantando uno y después otro como un jorobado de Notre Dame intermitente. Al principio, entre las contorsiones y jeribeques, en vez de hacer que las chicas se fijaran en sus hombros, casi directamente se los metía en la cara. Pero hay que decir que, una vez que pulió la táctica fue impresionante ver cómo las chicas se acercaban a él como moscas. Mi hermano no daba crédito y empezó a hacerlo también. Debía hacerlo bien porque en un momento que paró para descansar, que con la tontería se cargan bastante los hombros, una chica le dio un palmotazo (como los de Charly) y le dijo que siguiera bailando. Aunque el movimiento de los hombros atraía a las chicas como a moscas y se ponían a bailar como hipnotizadas con mi hermano y Quero, Quero tuvo razón cuando dijo:

—Sí, sí, atraerlas, las atrae como a moscas, lo difícil es mantenerlas.

Ya casi al final de la noche, cuando quedaba media hora para cerrar, como siempre, estaba la tentación de volverse con Chindas en el coche. En este caso habían llevado el de Zazú pero lo conducía Chindas, porque casi nunca bebía. La cosa era si irse con el coche o si quedarse haciendo el tonto mientras esperaban a un taxi o al autobús o comiéndose un perrito caliente en el puesto de dentro de Valhalla y cantando «¡Perromán! ¡Perromán!» con el ritmo de «Popurrí, popurrí» de Furor o «Quiero un perrito calienteee» o «Yo no me voy sin mi perroooo» con el ritmo de Seven nation army, para variar. En este caso, se querían ir todos menos mi hermano. Mi hermano les dijo que, como eran cinco, que él se quedaba un rato, que se sacrificaba y ya volvería en autobús. Como podréis imaginar, para mi hermano no suponía ningún sacrificio quedarse. Al final, cuando hace estas cosas, nunca se queda realmente solo porque siempre se encuentra o a alguien conocido de antes o a alguien recién conocido.

De hecho, a mi hermano le encanta salir el último de las discotecas. Para conseguirlo sin enfadar a los puertas, hace como los jugadores de fútbol cuando van ganando y quieren perder tiempo con los cambios yéndose al otro lado del campo: se va a la punta contraria de donde está la puerta de salida. Muchas veces, nuestros amigos, por no dejarle solo, le buscan y se lo llevan, pero en este caso, le vieron tan entusiasmado que se fueron sin él. De hecho, mi hermano ya le había dicho a Chindas antes de llegar a Valhalla que esa noche igual se quedaba solo y que no se preocuparan por él, que no iba a ser como esas veces que le da por quedarse solo inconsciente e insensatamente.

Una vez solo, mientras daba una vuelta, al pasar por la puerta del reservado, vio a la de la puerta de las entradas, que estaba dentro. Ella le vio y le invitó a pasar al reservado y a una copa. Mi hermano, que ya iba contentillo, con esa copa, que encima era con Red Bull, ya se puso como una moto. Al día siguiente contaba:

—No sé muy bien cómo, pero acabé sentado en el reservado donde se suelen poner los famosos al lado de una chica rubia que me empezó a hablar supersimpática.

Chindas se rió:

—Sí, ja, ja, sin saber cómo. Eso es como lo de … —se dice el pecado, no el pecador—, que un día volvió diciendo que no sabía muy bien qué le había dicho al taxista, pero que le había llevado a un puticlub. Pues le diría que le llevara a un puticlub, ja, ja.

—O que le llevara de puteches, ja, ja, ja.

Según siguió contando mi hermano, miró a la chica junto a la que se había sentado y le dijo abiertamente:

—Eres guapísima.

—Ja, ja. Anda, anda.

Estuvieron hablando un buen rato y hasta las amigas sonreían a mi hermano como animándole a proceder. Mi hermano que en la vida se había llevado muchas cobras, tortugas, mátrixes y demás, en resumen, calabazas, fue precavido y no dio un paso adelante esa noche. Se limitó a pedirle el móvil, que la chica le dio con demasiada facilidad, y del resto no se acordaba muy bien. Tal como iba esa noche mi hermano, es normal que no se acordara de nada.

Una vez que se hubo despedido correctamente de la chica que, por cierto, se llamaba igual que la camarera rubia guapa, al salir de Valhalla, vio que justo estaba el autobús que le acercaba a casa.

Y en el autobús la montó desde el primer momento. Si una vez le dio por dar volteretas al mezclar whisky con Red Bull, aquí le dio por ir indicando a la gente con quién se tenía que sentar, haciendo parejas de chico y chica:

—Tú con ella. Tú con él. Tú conmigo.

Y durante el viaje fue haciendo de todo. Diciéndole al conductor que no le hiciera una jugarreta, que no le llevara a Monsácar, sino a Roldana (ese día no tendría más remedio que dormir en casa de nuestra madre y abuelo, porque el autobús dejaba a una hora andando de Pera Playa, donde tenía la casa de Chindas, y solo a media de la casa de nuestro abuelo), cantando y haciendo «camareros». Para que os pongáis un poco en situación, uno de los «camareros» fue el siguiente:

—¡Camarerooo!

—¡Qué!

—¡Camareroooooo!

—¿Qué?

—¡Una de Roldanaa!

—¿Una de Roldanaa?

—Give me hope, Roldana. Give me hope.

Aunque la mayoría le habían respondido al «¡Camarerooo!» con un «¡Qué!», no siguieron la canción y se produjo un gran silencio, seguido por risas. Viendo esto, temiendo fracasar, tiró de uno de los que nunca fallaban:

—¡Una de lomo adobado y aceituna!

—¿Una de lomo adobado y aceituna?

—¡Y ese lomo adobado y aceituna, que abandona por la noche la maná!

Otra vez nada y luego risas.

Con todo esto, el caso es que al final todos acabaron coreando su nombre. Él creía que decían «¡Jaimito! ¡Jaimito!», pero cuando otra noche le reconocieron algunos por Valhalla y le paraban, le decían:

—¡Eh! Tú eres Jaimote, el del autobús.

A saber por qué le habrían llamado Jaimote. Espero que no hubiera ninguna rima implicada.

Y al bajarse del autobús, para completar la faena, les hizo un «mi hermano» a una pareja que se bajó con él y que, por supuesto, en cuanto pudo le dio esquinazo.

Vamos, que la lió —también con tilde— casi tanto como el día que no le dejaron pagar en el autobús en Almagriz con veinte euros y querían hacerle bajar, historia que contaré cuando conozcáis a mi hermano un poco mejor, para que no se lo toméis a mal.

Cuando al día siguiente les contó a todos en la partida de mus toda su noche, no daban crédito. Con lo de la chica, como mi hermano había contado que había sido todo como muy fácil, que no le había costado conseguir el móvil y que la chica estaba en el reservado de famosos y que encima era muy guapa, Chindas dijo:

—A ver si va a ser una escort.

—¿Una qué?

—Una escort. Una señorita de compañía, vamos.

—Ostrás, pues no sé. La verdad es que bien podría ser, pero no creo.

No le dio demasiada importancia a estas palabras y, al volver a casa para cenar, le cogió el móvil a nuestra madre para escribir a la supuesta escort por el WhatsApp. Recordemos que mi hermano había perdido el móvil y el que tenía era uno antiguo sin WhatsApp, por lo que tenía que usar el de nuestra madre. Le puso: «Hola, ¿qué tal? Soy Jaimito». Y la respuesta no tardó en llegar: «Hola». Y seguía con la siguiente misteriosa frase: «Eres amigo de una super». Al ver eso mi hermano se acojonó. «¡Cómoooo!». Empezó a buscar en google «prostituta súper» o «super puta», pero no encontraba nada. Empezó a sudar pensando que quien le había contestado era el chulo advirtiéndole que era amigo de una súper, para prevenirle, no se fuera a pensar que había ligado por la noche. «Y con el móvil de mamá», pensaba sudando mi hermano. «A ver si me va a llamar el chulo o algo». Cuatro minutos eternos duró esta agonía que se resolvió cuando volvió la cobertura y el mensaje se completó: «Eres amigo de una super… amiga mía». Verdaderamente solo a alguien con tan mala suerte como a mi hermano le podía llegar un mensaje por partes de esa manera.

Pero lo malo no iba a acabar ahí, porque resulta que la tal superamiga era una chica que a su vez era muy amiga de una chica con la que estuvo mi hermano y que —creo que con contar el final de la historia basta para hacerse una idea— acabó llamándole imbécil la última vez que hablaron. La excusa que puso mi hermano es que ella se había picado porque a él le había dejado de gustar cuando descubrió que se parecía a Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? —Y con esto me honro de citar a Joan Crawford igual que Cela en La colmena.

Una vez aclarado que la chica no era una señorita de compañía ni una escort ni una súper, al saber de quién era superamiga, mi hermano que era excesivamente sincero a veces, le dijo: «Uy, pues no sé si te va a dar muy buenas referencias de mí». En verdad estaba usando un truco que le había funcionado precisamente con la que le llamó imbécil y con alguna otra, que consistía en decirles a las chicas cuando ellas mostraban algo de interés en él que no perdieran el tiempo con él, que él no merecía la pena, lo cual, según decía, hacía que se interesaran más por él porque las chicas se fijan más en los tipos duros.

En el caso de la escort, desde entonces poco ha vuelto a saber mi hermano de ella. Ella no le volvió a escribir y él tampoco. Decía que le había dejado de gustar ella porque un día que se puso a ver sus fotos en Facebook, que también se lo habían dado esa noche, se llevó la terrible sorpresa de comprobar que la chica tenía un piercing en el ombligo.

Y ahora me doy cuenta de que, cuando muy al principio de esta historia comenté algunos de los requisitos que tiene mi hermano para sus novias, me dejé unos cuantos. Uno de ellos es precisamente que su novia no puede tener piercings en sitios raros, es decir, no puede tener piercing en ningún sitio que no sea la oreja. Tampoco puede tener su novia tatuajes; solo en todo caso alguno pequeñito y que tenga un significado verdaderamente especial. La explicación que da mi hermano a lo del tatuaje es que el que se pone un tatuaje es egoísta con su yo futuro y se deja llevar por el carpe diem de manera inconsciente, porque se está obligando a llevar en el futuro algo marcado en la piel por un capricho del presente, lo cual no está bien en una novia. Si alguien no piensa ni en sí mismo, ¿cómo va a pensar en su pareja?

Para lo de los piercings no me ha dado ninguna razón nunca, pero conociéndole diría que es porque no entiende que alguien pueda soportar el sufrimiento de ponérselo solo por estética. Tampoco acepta los pechos operados y esto doy fe de que lo siguió a rajatabla con una chica que le encantaba.

Además, aunque no es requisito completamente indispensable, es mejor si la chica no fuma. Por pocas cosas se enfada de verdad mi hermano, pero una de ellas, que ha sido motivo de discusión con sus novias, es que fumen en su presencia. Él no entiende cómo una novia puede hacer algo a sabiendas de que a la persona a la que supuestamente más quiere le molesta. Y en esto también tiene buenas razones porque alguna vez ha tenido problemas físicos, que ya contaré, por estar con chicas que fuman mucho —Neque semper arcum tendit Apollo (esto mejor no lo traduzco aquí)—. Aunque el verdadero problema es que cuanto más les dice a sus novias que no fumen, más nerviosas se ponen y fuman más.

Después de conocer todos estos requisitos, supongo que de forma parecida a como pasaba en el juego de mesa ¿Quién es quién?, las casillas de todas las lectoras de esta historia, posibles pretendientas de mi hermano, habrán ido bajando y ya no quedará ninguna a la que le atraiga.

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No hay hombre nacido como mi hermano

16

Según iban andando de vuelta a casa, mi hermano, que muchas veces se culpaba a sí mismo de solo contar sus historias y no interesarse por las de los demás, le preguntó a Chindas:

—Oye, por cierto, y ¿qué tal la entrevista? Que a lo mejor te han cogido, ja, ja.

—Ja, ja. Pues la verdad es que no iba mal, pero a mitad me ha dado un apretón y me he tenido que salir al baño y una vez que estaba ahí he pensado que para qué iba a volver, si en el fondo así tenía más tiempo de buscar, que es lo que nos importaba. Ahora que lo pienso, igual por eso, como no he vuelto, los de la entrevista han llamado a los de seguridad y ha sido cuando me han pillado.

—Buf, no sé cómo podéis ir a baños fuera de casa y sin bidé —dijo mi hermano, que es de los defensores del bidé, sin darle más importancia al apretón de Chindas. Siguió—: Bueno, por lo menos te has conseguido escapar sano y salvo. Esperemos que no te denuncien o que no te busquen para hacerte algo, porque, conociéndoles ahora, no me extrañaría nada que el cadáver que vimos tuviera algo que ver con ellos. Aunque me extrañaría que Leticia les dé tu nombre y no sé si se atreverán a preguntárselo a los jefes, porque sospecharían de ellos. Antes te encuentra Leticia que ellos.

(Efectivamente, Leticia le agregó al Facebook poco después de que volvieran a Almagriz.)

Según iban hablando de esto, de repente se empezó a formar un gran tumulto en la calle. Se acercaron adonde se arremolinaba un gran grupo de gente. Se enteraron de que lo que había pasado es que se había escapado un mono.

—¡Un mono! Ja, ja. Lo que faltaba.

Viendo esto, Quero y mi hermano recordaron el día en que en Pinar de San Martín también se escapó un mono y aprovecharon para tener una de sus entretenidas conversaciones:

—¿Te acuerdas? —decía Quero.

—Sí, ¿qué era? ¿Un tití? ¿Un babuino?

—No me acuerdo. No sé si era un tití, un babuino o un papión.

—Era como rubito —aclaró mi hermano.

—Entonces sería un babuino.

—Eso, un babuino —dijo mi hermano como si se acordara y como si en ese momento recordara cómo es un babuino.

Y para tirarse aún más el moco dijo sin saber:

—Un papión seguro que no era.

—¿¡Cómo!? —exclamó Quero con el mismo tono que tantas otras veces—. ¡Pero si es lo mismo! Te estaba poniendo a prueba. —Y para picar, aunque no estaba seguro, prosiguió— ¿Es que no sabías que tienen la misma etimología?

Chindas, atento a todo, apostilló dirigiéndose a mi hermano:

—Joer, macho, has caído en el clásico truco del babuino y el papión.

Esto me recuerda, por cierto, a otra vez, cuando mi hermano estaba trabajando en la VEI en un diccionario escolar. Entre otras cosas curiosas del diccionario, vio que salían algunos dinosaurios, pero no otros. No dudó en chivarse a Quero, que era amante de los dinosaurios, de que no estaba el tiranosaurio y, sin embargo, estaban el diplodoco o el brontosaurio. Lo que no esperaba mi hermano era una reacción tan fuerte de Quero:

—¿¡Cómo!? No me digas que está el brontosaurio.

—Pues sí. ¿Por qué? A mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que no esté el tiranosaurio.

Es error común llamar brontosaurio al verdaderamente llamado apatosaurio —profirió Quero.

Y le estuvo explicando a mi hermano que por culpa de una clasificación errónea se había llamado brontosaurio a una especie de dinosaurio, pero que era un nombre erróneo, y que luego el cine había contribuido a consolidar ese nombre, pero que el correcto era apatosaurio. Como Quero era así exigió a mi hermano que lo cambiara para que los niños no lo aprendieran mal.

—Si de primeras lo aprenden mal… No puede ser.

Y la cosa es que mi hermano, atendiendo a su exigencia, propuso cambiarlo y le aceptaron la sugerencia, por lo que hoy se puede encontrar la inusitada palabra apatosuario en el diccionario en el que trabajó mi hermano, seguramente el único caso de diccionario escolar que recoge esta palabra. Como curiosidad, diré que en el diccionario oficial de la VEI no viene ni brontosaurio ni apatosaurio (aunque sí tiranosaurio).

Antes de llegar a casa, a Quero, que le iba dando vueltas a todo y ya había empezado a dilucidar, se le escapó medio en serio medio en broma un suspiro seguido de un «En fin… no somos nadie». Mi hermano rápidamente saltó:

—¿Sabéis que justo leí el otro día en un libro que se desaconseja el uso de frases hechas como «No somos nadie» o como «De menos nos hizo Dios» o «Menos da una piedra»?

—Ja, ja. ¿Y por qué, a ver? —objetó Chindas.

—Pues porque demuestra que uno no tiene imaginación para inventarse una frase que venga al caso.

—Ja, ja —se rió Quero—. Pues tampoco tengo mucho más que aportar. Podría haber dicho algo así como… eh… no tenemos ninguna importancia en este mundo en el que vivimos.

—Pues sí —aprobó mi hermano que, al intentar buscar un correspondiente en latín, empezó a darle vueltas a otra cosa, la cual no tardó en manifestar—. Oye, por cierto, ¿os he contado alguna vez de dónde vienen nadie y nada?

—Creo que no —contestó Quero con cara de Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?, es decir, con la cara que ponía Cicerón cuando se quejaba de Catilina en el Senado, un Cicerón que, por cierto, a punto estuvo de ser coetáneo del tocayo gramático de Quero.

—Pues —explicaba mi hermano sin querer fijarse en la cara de Quero—, una pregunta que le puede surgir a cualquiera es por qué se usan esas palabras si en latín eran nemo, como el capitán de 20000 leguas de viaje submarino, je, je, y nihil, como lo del nihilismo.

—Sí, la verdad es que es una pregunta muy frecuente —dijo Chindas con retintín, que no Rin Tin Tin, pues ese es el nombre del perro, y no estaba con ellos.

—Pues la cosa es que nadie y nada vienen de nati y nata que en latín significaban ‘nacido’ (uno en masculino plural y otro en femenino singular), de natus, de donde viene por ejemplo neonato, recién nacido, o naonato, nacido en un barco… o innato, vamos —ya se empezaba a liar mi hermano, y eso que solo tenía un público de dos personas.

—Pero ¿y por qué pasaron a significar lo que significan ahora? —interrumpió Chindas devolviendo a la Tierra a mi hermano.

—Ah, pues porque antes se decía «No hay hombre nacido», diciendo nati, «que haya hecho tal», por ejemplo. Y lo mismo con «No hay cosa nacida», diciendo nata. Y de ahí se quedó en algo así como «No hay nati» y «No hay nata». Lo de que la t pase a d es normal, como en catena, que pasa a cadena, sin ir más lejos —y se quedó pensando de dónde venía la –e final de nadie, pero no se acordaba, así que lo obvió.

—Ah.

—De hecho, esto podría explicar por qué en español hay doble negación frente al inglés, por ejemplo. En inglés o dicen «There isn’t anything» o «There is nothing», pero no «There isn’t nothing» (seguramente porque en nothing está inlcuido el no), pero en español, como nadie y nada no tienen un no includio, decimos «No hay nada», con no y nada, y no «Hay nada», a no ser que se anteponga el nada como en «Vio que nada le salía bien», que también podría haber sido «Vio que no le salía bien nada», pero nunca «Vio que le salía bien nada».

—Un lío, vamos, ja, ja —le cortó Chindas ya en el ascensor de subida a casa del Rey Escorpión—. Vaya leccioncita nos has clavado. ¿Y esto es lo que hacéis los lingüistas?

A mi hermano le escuecen mucho ese tipo de comentarios porque su intención es hacer que la lingüística sea accesible para todos y no tan complicada como se suele hacer. Por eso él siempre intenta dar ejemplos cotidianos y explicaciones lo más sencillas posibles, pero no siempre consigue que se entiendan, y además, muchas veces siente que la gente desconecta o no se interesa pensando que es más difícil de lo que en verdad es. Solo es cuestión de prestar un poquito de atención e interés, piensa. Dice al respecto que una vez, cuando dio unas clases prácticas de profesor, antes de empezar a explicar unas cosas de sintaxism tuvo la prudencia de preguntar a una clase de casi cuarenta alumnos:

—¿A cuántos de vosotros os gusta la sintaxis?

Solo tres levantaron la mano. Entonces preguntó:

—¿Y cuántos de vosotros sabéis de sintaxis?

Y levantaron la mano los mismos.

Con esto quería demostrar que la sintaxis y, por extensión, la lingüística es algo que le gusta a todo el mundo cuando la aprende bien; pero para eso, hacen falta valor para no tenerle miedo y un poquito de interés.

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En el circuncamino

9

Ya fuera se miraron todos y Quero pronunció la famosa frase:

—¿Y ahora qué hacemos?

Esta frase nació a partir de un día en el que estaban en el pueblo de sus amigos, los hermanos Raposo, cuya tía era la alcaldesa. Como sobrinos de la alcaldesa, y como amigos de ellos el resto, fueron recibidos con todos los honores, adulación y lagotería por el propietario del bar al que acudieron. Todo iba muy bien, con alguna copa gratis incluida, hasta que en un lance del billar, mi hermano sin querer le dio un codazo a una copa que Mamut había dejado en el borde de la mesa y cayó todo encima del tapete. El propietario acudió raudo al lugar del desastre y empezó a despotricar alegando que el tapete estaba recién puesto y que le había costado una pasta, pero, claro, cuando vio que uno de los sobrinos de la alcaldesa estaba involucrado, entendió que no podía hacerle pagar el tapete. Viéndose en aquel atolladero, sin saber muy bien qué hacer, le soltó a Mamut el susomentado «¿Y ahora qué hacemos?». Y desde entonces para cualquier situación en la que es difícil ver una salida factible y beneficiosa, mi hermano y compañía siempre lo usan.

Lo de susomentado, por cierto, me lo enseñó un día mi hermano, después de haberlo leído en La tía Tula de Unamuno. Igual que pasa con susodicho, el suso delante de susomentado  viene de sursum que significa ‘arriba’ en latín, como en «sursum corda» de misa, que significa ‘hacia arriba los corazones’ y que se decía en el momento en el que ahora se dice «Levantemos el corazón». También de sursum procede el nombre del Monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla, es decir, el de arriba, en contraposición al Monasterio de Yuso, el de abajo, que viene de deorsum en latín. Se podría, pues, usar yusomentado, para referirse a ‘mencionado más abajo’, aunque quizás, mejor sería usar yusomentando, con un gerundivo, porque lo que se quiere decir es lo que será mentado más abajo.

Y ya que he mencionado la misa, un día mi hermano preguntó «¿Sabéis de dónde viene la palabra misa?». Y nos explicó que significa algo así como ‘despedida’, y que se cogió el nombre porque al terminar la misa el cura decía «Ite, missa est», es decir, ‘Idos, es la despedida’. Este missa viene del verbo mittere ‘enviar’ y, por tanto, tiene el mismo origen que premisa, misión, promesa, todos los verbos en –mitir, y muchas más.

Viendo esta larga explicación me asusta pensar que se me pega demasiado el estilo de mi hermano. Quizás no debería escribir tanto sobre él. Pero sigo con la historia:

—Pues sí, buena pregunta, ¿ahora qué hacemos? —dijo Chindas—. Tenemos que conseguir entrar de cualquier manera. No hemos venido a Favencia para nada.

—Es que a quién se le ocurre venir sin ningún plan —se quejó Quero.

—Ya dijo Eisenhower que los planes pueden ser inservibles, pero que hacer planes es indispensable —añadió Chindas.

—Bueno, bueno —templó mi hermano—. Todavía no hay nada perdido. Lo único es que no habíamos tenido en cuenta que nos íbamos a encontrar con una recepcionista a la que no se podía convencer de ninguna manera.

—¿Y si hubiera sido un chico? —protestó Quero.

—Pues hubiera dao igual —dijo Chindas riéndose, insinuando que mi hermano habría intentado ligar con él igual.

Habría dado igual —corrigió mi hermano, destacando más el habría que el dado.

Y es que como ya he dicho antes, mi hermano se pone nervioso cuando la gente utiliza el subjuntivo en vez del condicional en estos casos. Dice que el subjuntivo no puede aparecer en oraciones principales afirmativas. Alguna vez nos ha explicado que cuando se dice «Hubiera hecho eso, si me lo hubieras pedido», se está utilizando un hubiera hecho subjuntivo como verbo principal y que el subjuntivo solo aparece en oraciones principales cuando son optativas o de deseo como en «Quiera Dios» u «Ojalá llueva» o de mandato con negación: «No digas eso». Cosas suyas. De hecho, leí alguna vez que este subjuntivo en oración principal en verdad se debe a que esta forma subjuntiva procede del pluscuamperfecto de indicativo del latín y en casos con verbo auxiliar como hubiera se mantiene, igual que pasa en el auxiliar poder en Pudiera ser que venga. También creo recordar que se ven restos de esto en casos sin auxiliar como «Entonces dijo eso, como ya dijera Pepito», en vez de «como ya había dicho Pepito». Pero, bueno, tampoco lo entendí del todo bien. ¡Y cualquiera se lo pregunta a mi hermano…!

El caso es que como no habían conseguido entrar se pusieron a dar vueltas al edificio —igual que hace mi hermano muchas veces cuando vuelve de fiesta para que se le pase un poco la borrachera y no tener que echar luego el ancla en la cama—, en busca de pistas u otras puertas por donde acceder. Por el circuncamino, mi hermano iba contando sus problemas con el subjuntivo. Después de estudiar las posibilidades, convinieron en que se tenían que colar por la noche por una puerta de un sótano que habían visto y que era muy parecida a la que vieron mi hermano y Quero en la calle del Seminario de Nobles en Almagriz, la cual aún tenían grabada en la mente como primer paso en su búsqueda y con la que, por tanto, entendieron que era normal que esta guardara una relación, como si el que había escondido el Manuscrito fuera un arquitecto que había decidido construir los distintos escondrijos con el mismo estilo. La verdad es que aunque hubieran sabido que aquella pista era falsa, no habría importado. Cuando relacionamos dos cosas en el pasado, muchas veces se nos quedan guardadas como asociadas aunque hayamos descubierto más tarde que no era verdad que lo estuvieran. Por eso, por ejemplo, hay que intentar no bromear con determinadas cosas, porque puede que, una vez revelado que no eran verdad, la persona a la que se le ha gastado la broma siga teniendo conciencia de que es verdad.

No sé si tiene mucho que ver, pero esto me recuerda a lo que pasa por ejemplo con la ortografía o con los significados de las palabras. Hay palabras que por mucho que se lean, si se nos metieron en la cabeza de una forma, cuesta mucho cambiarlas en la cabeza. Mi hermano me estuvo hablando de esto una vez:

—Hay palabras que cuesta aprender cómo se escriben porque, por algún motivo, uno diría que se escriben de otra forma. Por ejemplo, me pasa con algarabía, que siempre creo que es con v, o con deslavazar, que es la típica que parece que se escribe con b, y curiosamente a mucha gente le pasa con ermita, que se suele escribir con hache, quizás porque empieza como hermano, o porque, claro, en inglés es hermit. También pasa con inflar, quizás por influencia de hinchar o con urna, que no sé por qué a veces dan ganas de ponerle una hache. Lo de cirugía con j es comprensible por cirujano; a veces hasta yo dudo. También por ejemplo a una palabra como rencoroso dan ganas de ponerle una segunda e, reencoroso, y eso que rencor no hay dudas de que solo es con una e.

Y seguía:

—Y con los significados igual. Me costó muchísimo empezar a ver hostilidad como algo negativo; yo siempre lo había entendido como hospitalidad. También me pasa con espaldarazo, que también lo había visto siempre como algo malo, como dar la espalda a alguien; con airado, que me parecía algo bueno porque pensaba que venía de aire y no de ira, y con animosidad, que aunque puede significar ‘ánimo’, también puede significar ‘aversión’. Ah y con arreciar, que para mí siempre era que paraba la lluvia hasta que comprendí que era que se hacía más recia. Y sé que a mi amiga Margarita le pasaba con pingües beneficios, que parece que quiere decir que fueron beneficios escasos, hasta que uno aprende que en latín pingue es grasa y que está relacionado con pringue y pringar y, claro, algo con grasa es algo gordo, y que por eso algunos han querido ver en pingüe el origen de pingüino, como pájaro gordo. También pasa con comida frugal, que parece mucha comida, como con mucha fruta, y en verdad es poca.

A esta sarta de palabras liosas, añado otra de las palabras que usaba en su momento mal mi hermano: conspicuo. Se creía que conspicuo era algo así como ‘sagaz’ o ‘concienzudo’, quizás influido por el -sp- de perspicaz. Decía, por ejemplo, cuando alguien acertaba algo: «Es que eres muy conspicuo». Cuando descubrió que no significaba eso se llevó un poco de chasco, pero sé que sigue usándolo igual para sus adentros.

También hay parejas de palabras que son muy difíciles de distinguir. Para eso mi hermano tiene trucos. Por ejemplo, para saber cuál es la que significa que algo no hace daño, si inicuo o inocuo, mi hermano tiene el truco de que iNOcuo es la que NO hace daño. Con lo de proa y popa y estribor y babor, con lo que de pequeño siempre se equivocaba, mi hermano se inventó unos trucos que, aunque no son demasiado buenos, le funcionan, y a mí, desde que los explicó, también:

—Popa es la parte de atrás del barco —decía— porque popa es como pompis y para más inri, si viento en popa significa que se va rápido, será porque el viento va dando en la parte de atrás, ¿no?

Y continuaba:

—Y para lo de estribor y babor, yo siempre pienso en dextribor o diestribor y, por tanto, el estribor está a la derecha o diestra. Para los curiosos estribor viene del neerlandés stierboord, donde stier significa ‘timón’ y boord ‘borda’. Antiguamente, según he leído en Corominas y Pascual, el timón estaba a la derecha del barco. Babor viene de bakboord es decir borda de atrás, entiendo que porque era la contraria a donde estaba el capitán.

Y hablando de opuestos otro día explicaba:

—Además de septentrional y meridional, de los que ya he hablado muchas veces, es muy bonita la etimología de oriental y occidental. En latín oriente es el participio del verbo orior que significa ‘nacer’. Como por el este es por donde nace el sol, se le llama oriente. De orior, también viene por ejemplo aborto, que es ‘no nacer’ y también tienen relación origen y oriundo. Y occidente es lo contrario. Es el participio presente del verbo occidere que viene del verbo occido que es morir y por eso se usa para occidente, porque por el oeste es por donde muere el sol. El verbo occido en latín viene de ob (‘hacia’) y cado (‘caer’), por lo que significa algo así como ir ‘hacia la caída’. Además el participio pasado de occido es occasus, de donde viene ocaso.

Yo, la verdad, he de reconocer que, desde que supe esto, no se me olvida ya que el sol sale por el este y se pone por el oeste, aunque por supuesto me sigue costando mucho identificar el este como la derecha de los mapas y el oeste como la izquierda. Siempre tengo que pensar que Portugal está a la izquierda y es el oeste para sacarlo.

Y luego también está lo de estalactita y estalagmita, para los que mi hermano tiene otra regla mnemotécnica, en este caso algo zonza, pero que le funciona:

—Yo siempre asocio el final –tita a techo y, por tanto, las estalactitas son las que están en el techo. Yo creo que es porque esa –ct- suena a ch como en pectus ‘pecho’.

 Ah, y también tiene trucos mi hermano para saber cuándo algo se escribe junto o separado. Por ejemplo, para saber si a gusto va separado tiene la regla de que también se puede estar a disgusto y a disgusto jamás lo pondría junto, pero esto no pasa con aparte, por ejemplo o con aposta, que es como adrede o con abasto.

La conclusión es que hasta los que creemos que más saben tienen algunas dudas inconfesables.

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Adelanto de la Segunda parte

Aquí tenéis el pdf con el adelanto (erratas y partes sin supervisar incluidas) de la Segunda parte entera, para los que no podáis esperar hasta septiembre para seguir conociendo las aventuras de mi hermano:

SEGUNDA PARTE

¡Que disfrutéis!

Y para los que aún no habéis empezado a leer, aquí tenéis el Prólogo, la Primera parte y la Segunda, todo en uno:

PRÓLOGO + PRIMERA PARTE + SEGUNDA PARTE

Si alguien quiere recibir alguna parte más, puede escribir un mensaje privado a la cuenta de Twitter: @ahoranoblog

En un abrir y cerrar cerrojos

2

Llegaron los dos aventureros sobre las nueve y media a la zona cuando ya casi había anochecido (no como este año) y sorprendentemente no tardaron en encontrar una extraña puerta en vertiente con una enorme cruz en Seminario de los Caballeros, perdón, en Seminario de Nobles, como la que habían creído oír describir a los misteriosos hombres.

Lo primero en lo que reparó Quero al ver aquella puerta fue en el cerrojo, ante lo que exclamó: «¡Qué cerrojo más raro!». Y así era: el cerrojo tenía forma de aspa con flechas en las puntas. Mi hermano, que aprovechaba cualquier ocasión, no perdió esta para explicar el origen de la palabra cerrojo, deteniendo la aventura nuevamente como si siguieran en el metro y hubiera una nueva parada, quizás como hábito adquirido de tanto ir en dicho medio de transporte:

—¿Tú sabes que la palabra cerrojo tiene esa forma por etimología popular? En verdad se dice que podría venir de verrojo, del latín veruculum, formado por veru, que significa ‘espetón’ o ‘asador’, que es como un hierro o palo largo, como el espeto de las sardinas de Andalucía, y por el sufijo –culus, que es un sufijo diminutivo en latín (también –ulus).

—¿Porque los romanos tenían el culus pequeño?

—Pues no creo. El caso es que la terminación –culus o –cula del latín, como en veruculum, dio en español –jo y –ja como en oveja de ovicula, que era el diminutivo de ovis, o en espejo de speculus. —Se quedó pensando un momento—. En este caso creo que –culus no es diminutivo.

—Y oreja de auricula —espetó Quero, que había leído aquello no sabía dónde.

—Sí —dijo mi hermano—. Y hay muchos más, tipo lenteja de lenticula. Porque creo que en latín vulgar usaba el diminutivo como cariñoso o expresivo además de para referirse a algo pequeño. Como ahora cuando pedimos unas cervecitas y en verdad queremos jarras grandes.

—Ja, ja.

—También conservamos en algunos casos la terminación –ulo o –ula del diminutivo como en célula, —pensó en su amiga Celulita—, que es como un pequeño hueco o celdilla; o en espátula, que es como una espada pequeñita.

Entonces justo vio una reja que había al lado y exclamó:

—¡Ah, cunnus! Y también se puede tener la terminación –jo, -ja, a partir de la terminación –gulus, -gula como en reja de regula, que tiene la misma etimología que regular y que regla. También por ejemplo, tanto cuajo como coágulo vienen de coagulus, la primera por vía popular y la segunda por culta. Pero bueno —efectivamente como si siguieran en el metro, frenó en seco, aunque la inercia del pensamiento le seguía haciendo buscar palabras con j procedentes de gulus y gula—, el caso es que veruculum dio verrojo, pero, como en otras etimologías populares —tema que apasionaba a mi hermano—, la gente cambió la forma de la palabra para adaptarla mejor a su significado y, al ver que los cerrojos eran de hierro, algunos empezaron a llamarlos ferrojos o herrojos, y otros, como servían para cerrar puertas, empezaron a decir cerrojo, que es lo que nos ha quedado.

Después, no porque fuera de repente consciente de que sus explicaciones les retrasaban, sino porque se fijó por fin en el verrojo —palabra que sigue en el diccionario— y consideró que iba a ser difícil abrirlo, volvió a la realidad y exclamó:

—Y ahora quién tuviera una ganzúa para abrir esto.

—Que no sé vasco —repuso riéndose Quero, recordando aquella escenita de la vasca en la discoteca.

—Ja, ja. Bueno, pero a ver cómo abrimos esto —sabiendo ya que por muchos vídeos explicativos que vieran no iban a poder abrirlo con plásticos ni con carnets de la biblioteca ni del cine.

—¿Llamamos?

—Sí, ¿y qué decimos, que venimos a robarles su Manuscrito del Conde Ensortijado?

—La verdad es que deberíamos haber pensado en esto. No parece una cerradura demasiado segura. Puedo probar con las anillas del llavero otra vez.

Pero entonces, cuando Quero sacó las llaves y se disponía a dejarse las uñas intentando sacar las anillas del llavero, mi hermano se acordó del día en el que el Galgo y él habían estado media hora intentando pasar sin éxito un escritorio por una puerta, probando todas las técnicas y posiciones posibles, hasta que a uno de los dos se le ocurrió intentar la posición normal y obvia, que es como sorprendentemente al final pasó. Inspirado por este caso en el que la solución más sencilla y descartada en un principio por obvia fue la acertada, mi hermano decidió probar a ver si podía abrir el cerrojo metiendo sus propias llaves en la cerradura, algo que a veces funcionaba. Y, como si la Providencia estuviera de su parte, efectivamente, con la tercera llave que lo intentó, pudo abrir el cerrojo. Cuando vieron que se abría los dos soltaron un grito y saltaron hacia atrás.

—¡No puede ser!— celebró Quero.llave platón

Justificadamente ensoberbecido al pensar que el hecho de haber podido abrir la puerta con una de sus llaves indicaba que era el elegido e indicado para conocer el origen del lenguaje (como el rey Arturo con Excálibur, Thor con su martillo o la Cenicienta con el zapatito), mi hermano sentenció, sin que viniera mucho a cuento, con una enorme sonrisa en la boca:

A veces la solución más fácil es la que tenemos delante de las narices. Hay que intentar aplicar siempre la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es la mejor. Si no se puede explicar algo de una manera fácil es que no se sabe explicar.

Según nos contó mi hermano un día, lo de la navaja de Ockham viene de que el filósofo Guillermo de Ockham dijo que había que raparle las barbas a Platón con navaja, queriendo decir que había que simplificar su filosofía.

Aclarado esto, abrieron del todo la puerta, que crujió como crujen las puertas de los sitios misteriosos, y entraron. Como, efectivamente, a pesar de todas las casualidades, aquel no era ni el lugar donde habían quedado aquellos hombres ni por descontado el lugar donde se escondía el Manuscrito, sino un viejo sótano, al entrar no encontraron nada más que telarañas, algunos trastos y estanterías prácticamente vacías. No obstante, por desgracia, había también una vieja mesa de madera llena de polvo con un atril grande, en el cual para mayor desgracia aún, se veía la huella sin polvo de algún libro grande que recientemente había descansado allí. Digo por desgracia porque esto podía alimentar las infundadas esperanzas de mi hermano y Quero, como de hecho hizo (aunque es verdad que a la vez esto permitió que ahora podamos disfrutar un ratito más de las disparatadas anécdotas de estos personajes).

—¡Mira el facistol! —exclamó mi hermano, quien no perdía ocasión alguna para colar alguna de las palabras que aprendía fuera de contexto—. Tiene la sombra de haber tenido un Manuscrito encima hace poco.

—Pues sí, aquí ha habido un libro y uno de los grandes.

Movidos por la fantasía de la historia, los dos, sin haberlo hablado, se imaginaban el Manuscrito como un libro enorme, de esos antiguos y polvorientos con cubiertas de cuero y adornos dorados en las esquinas. Mi hermano se lamentó:

—¡Eso es que se nos han adelantado! ¡Se lo han llevado ya! —y miró alrededor a ver si podía estar en otro sitio de la habitación—. Quizás haya una puerta secreta.

Estuvieron tanteando la pared durante un rato y rebuscando por la habitación en busca de algún dispositivo que abriera alguna compuerta escondida, un libro falso en una estantería, algunos agujeros de la nariz de una estatua en los que se pudieran meter los dedos o algún ojo que se pudiera apretar, pero no encontraron nada y vieron que se acercaban peligrosamente las diez, la hora a la que habían quedado allí los misteriosos hombres engabardinados. Quizás estos hombres habían ido antes de esa hora finalmente y eran ellos los que se les habían adelantado y se habían llevado ya el Manuscrito, pero por si acaso no era así, decidieron salir rápido, antes de que les pillaran.

La excesiva casualidad había hecho que mi hermano y Quero pensaran que estaban en el lugar adecuado, pero que habían llegado tarde. Y con razón. Y es que mira que es mala suerte que justo en el sitio donde creían haber oído que estaba el Manuscrito del Conde Ensortijado hubiera una misteriosa puerta inclinada con una enorme cruz y, tras aquella puerta, un lúgubre lugar con un atril sin libro, pero con la huella de haber tenido uno encima.

Yo ahora, la verdad, superada la historia y conociendo el final, que de momento no desvelaré (como sí hace Homero, por ejemplo), me pregunto qué sería aquel sitio. Algún día debería volver a comprobar si todo lo que cuento es cierto o si me dejé llevar en esos días por la imaginación de mi hermano y Quero. Y es que no iba a ser esta la única casualidad que enardeciera la aventura.

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Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

24

Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant» que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

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¡¿Jaguares en África?! o Cosas que no sabe mi hermanóptero

22

Pero no siempre era mi hermano el que daba lecciones a Quero. Ya he dicho que Quero era el experto en animales y naturaleza en general del dúo. Tanto le apasionaban los animales que casi le da un pipirlitaque, pipirindengue o tantarantán, es decir, un patatús, un día en que mi hermano hablaba de pingüinos y osos polares en el Polo Norte:

—¡¿Cómo?! ¡¿Pingüinos en el Polo Norte?!

—Sí, ¿no?

—No, solo hay pingüinos en el Polo Sur. Y los osos polares solo en el Polo Norte.PINGÜINOS

—Pero, entonces, ¿en Chilly Willy?

—Eso está mal. Lo que pasa es que en muchos libros, sobre todo en los de los niños, cuando hablan de los polos ponen juntos a pingüinos y osos polares y eso crea confusión. Como mucho en el Polo Norte hay alcas, que son parecidas a los pingüinos, pero de distinta especie.

No tan grave fue lo de otro día cuando llegaron a la situación —a saber de qué andarían hablando— en la que mi hermano decía algo de que en África un jaguar había hecho no sé qué, a lo que Quero saltó ofuscado:

¡¿Jaguares en África?!

Mi hermano le miró con sorpresa y dijo:

—¿Es que no hay jaguares en África?

—¡Por Dios! Solo hay jaguares en Sudamérica.

Y lo mismo con los lémures, que solo viven en Madagascar.

Otro disgusto más se llevó Quero el día que descubrió que mi hermano creía que una pantera era una especie distinta al leopardo, al puma o al guepardo:

—¡¿Cómo?! Pero si panteras son todos.

—¿Perdón?

Panthera es el nombre del género al que pertenecen leopardos, guepardos, pumas, jaguares e, incluso, tigres. Como sabrás —y esto lo decía en el tono perfecto para picar a mi hermano— pantera viene del griego pan, que significa ‘todo’, y tera, que significa ‘fiera’ o ‘animal salvaje’.

—Pues lo de pan, lógicamente sí lo sabía; sale en miles de palabras —y no perdió ocasión de decir algunas—: panteísmo, panhispánico, pandemia

—Ya, pero lo de fiera no lo sabías.

—Pues igual sí, nunca lo había pensado.

—Vamos, que no lo sabías. Igual creías que era como los teras de los discos duros.

—Hombre, pues tampoco eso…, aunque, ahora que lo dices, cuando me estudié todos los prefijos de medidas, peta, pico, yotta, femto, atto, zepto —parecía que jugaba a pinto pinto gorgorito— creo que tera se usaba porque significaba monstruo.

—Pues, mira, podría tener que ver, pero, a lo que íbamos; el caso es que panteras son todos en el sentido de que pertenecen a esta especie, pero no sé por qué, en español se usa pantera solo cuando estos animales sufren melanismo y son, por tanto, negros…

—De color —bromeó mi hermano, reservándose la oportunidad de relacionar melanismo con melancolía, ambos derivados de melan, que significa ‘negro’, para otra ocasión.

—Sí, de color negro —sentenció Quero y aclaró—: Así Bagheera en el Libro de la selva será un leopardo negro o algo así.

—Me lo apunto —concluyó mi hermano, en quien la curiosidad había eclipsado el disgusto de no haber sabido lo de fiera.

Otro día Quero le dijo que acababa de descubrir en un libro de Asimov que quiro significa ‘mano’ en griego y que por eso los murciélagos son quirópteros, porque tienen alas (ptero es ‘ala’) en las manos.

—Sí —dijo mi hermano, que lo sabía desde hacía tiempo, aprovechando para vengarse por lo de tera—, y quiromancia es adivinación por medio de las manos y quiropráctico el que cura con las manos, y creo que había un personaje mitológico que era el Hecatonquiros o Hecatonquirón, o algo así y era que tenía cien manos.

(Según esto, yo añado que la táctica de la mano sería la quirotáctica, y que menos mal que mi hermano no era un Hecatónquiros, porque, si no, ¡pobres mujeres!, agarradas por las cien manos de mi hermano.)

Para demostrar que algo sabía de animales, mi hermano aprovechó para traer a colación algo que se había estudiado no hacía mucho:

—Por cierto, sobre lo de pteros, estuve mirando hace no mucho todos los pteros que hay.

—Ja, ja. ¿Los pteros? Hay homos, heteros y pteros.

—No, digo los animales que en su nombre tienen ptero. abeja

—Ya lo había supuesto, hombre.

—Recuerdo que estaban los dípteros, que eran las moscas, ¿no?, porque tienen dos alas.

—Sí.

—Y los himenópteros son avispas y abejas y es como que tienen las alas con membrana, como el himen, je, je. —Aquí mi hermano demostró que, como bien dijo en un poema, ha tardado más en madurar.

—Correcto. ¿Y qué más, a ver?

—Los coleópteros son los escarabajos, porque tienen las alas duras. Los hemípteros es que tienen las alas partidas a la mitad y creo que eran las mariquitas.

—¡No, hombre! Las mariquitas son también coleópteros.

Homópteros, je, je.

—Je, je. Pues precisamente los homópteros eran un antiguo orden que incluía a los hemípteros, que son las chinches y las cigarras.

—Ah. Es que es un lío; como no siguen un criterio único, de número de alas o forma o material.

—Ya.

—Luego recuerdo que estaban los ortópteros, pero no tengo ni idea de cuáles eran, aunque tienen que tener las alas rectas o algo así, igual que la ortografía —aprovechaba para tirar para casa— es la recta escritura.

—Pues ahora que lo dices no me acuerdo, creo que los saltamontes son ortópteros.

—Y luego están los helicópteros, con alas como hélices, je, je, y los pterodáctilos, con alas en vez de dedos.

—Ja, ja. Sí. Pero se te han olvidado unos imprescindibles: ¡los lepidópteros!

—Ay, ¡es verdad! ¡Las mariposas! ¿Qué era lepido-?

—Creo que era que tienen escamas.

—Ni idea.

—Y luego está el solptero que eres tú.

—Jou, jou.

Y así se divertían.

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