Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

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Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant» que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

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Muchos apellidos vascos o Casa con una puerta, mala es de cerrar

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Otro día, cuando el grupo de amigos partíamos rumbo a una discoteca después de haber estado tomando copas en casa del Galgo, que es un amigo de la infancia de Pinar de San Martín, un barrio al noreste de Almagriz, al salir de casa, el propio Galgo cerró la puerta dándose cuenta justo al hacerlo de que se había dejado las llaves dentro y, no solo las llaves, sino la cartera y al perro. Como no había nada que hacer en ese momento, puesto que eran las dos de la mañana, decidimos postergar el problema a la mañana, con la esperanza de que para entonces, a pesar de ser sábado, estuviera el portero, que tenía una copia de las llaves.

Esa noche en la discoteca, mi hermano, entre otras cosas, empezó a hablar con una vasca. Últimamente, después de haberlo dejado con una novia del País Vasco, con la que estuvo algún tiempo, le había dado por encontrarse con chicas de esta zona en las discotecas. Esto no era muy de su agrado porque decía que se desmoronaba o que se venía abajo por los recuerdos. Aun así, ya que estaba, aprovechaba para sacar su repertorio de palabras sueltas en vasco. Las palabras las sabía porque su exnovia —o ex novia, que en caso de que ella ahora sea novia de otro sigue siendo una novia y no una exnovia, aunque sí es ex novia de mi hermano (con el ex separado)— porque su ex novia, pues, se las había enseñado, o, más bien, MUCHOS APELLIDOSporque mi hermano se las había sacado a la fuerza, puesto que a ella no le gustaba hablar con él en vasco, por mucho que mi hermano se empeñara en aprender. Obviando la voluntad de su ex novia, mi hermano llegó a hacer algún cursillo de euskera por internet, gracias al cual consiguió decir hasta «Me duele la cabeza» en esa lengua. Pero no solo su ex novia sufrió lo aprendido en estos cursillos, también mi hermano tuvo a bien hacernos sufrir una buena temporada, dándonos la chapa con el origen de los apellidos vascos, mucho antes de que sacaran la película de Ocho apellidos vascos. Esto empezó una vez que hubo superado la época del noruego y del famoso «Hva heter du?» para ‘¿Cómo te llamas?’ y el «Kan du stave det?» para ‘¿Puedes deletrearlo?’, repertorio que, todo hay que decirlo, le sirvió por lo menos para flirtear con una sueca en Canarias. —El sueco es muy parecido al noruego—.

Mi hermano decía que para saber el significado de los apellidos vascos basta con saber el significado de algunas palabras clave. Por ejemplo, etxe, significa ‘casa’ y berri ‘nuevo’. etxebe del castilloPor tanto, el apellido Etxeberria significa ‘casa nueva’, con lo que es igual que (o un calco de) Casanova o Cánovas. También con etxe está sagaretxe, que es un restaurante de Almagriz. Sagar significa ‘manzana’, por lo que el significado literal es ‘casa de la manzana’, que es lo mismo que ‘sidrería’. Y luego logo-loreak-mendianGoikoetxtea es ‘casa de arriba’. Otra palabra clave es mendi, que significa ‘monte’. Aparece en Mendikoetxea, ‘casa del monte’ o en el apellido del jugador de fútbol Illarramendi, que significa ‘monte de guisantes’. También en la canción Ikusi mendizaleak que significa algo así como ‘mirad montañeros’, si no me equivoco, y también en la marca Loreak Mendian, que significa ‘flores (como en la película vasca) en el monte’ (de ahí el logo de la florecilla). Otra palabra curiosa es Haran, que es ‘valle’, por lo que mi hermano dice que el valle de Arán es un pleonasmo o tautopónimo, porque significaría ‘valle del valle’ igual que el puente de Alcántara es ‘puente del puente’ o el desierto del Sahara es ‘desierto del desierto’, porque Alcántara y Sahara significan ‘el puente’ y ‘el desierto’ en árabe. También los nombres de los ríos que empiezan por guad-, o monte Fujiyama, tautopónimo porque yama es ‘monte’. Por eso en la Wikipedia aparece como monte Fuji. En la propia Wikipedia se pueden encontrar muchos más, como río Misisipi (en algonquino ya significa ‘río’), lago Míchigan (en ojibwe ya es ‘lago’), etc. De manera similar, sin ser topónimo, al decir pera bergamota caemos en pleonasmo porque bergamota viene del turco beg armudi, donde armudi es ‘pera’ y beg es ‘bey’ o ‘señor’. Estaríamos, pues, diciendo la pera pera del señor.

2015-04-21 12.07.51Así nos ilustraba mi hermano con estos y otros muchos apellidos vascos más (más de ocho, desde luego), algo que, después de todo, a la larga, cuando uno se daba cuenta de que era capaz de sacar el significado de uno nuevo que veía, tenía su gracia. He de confesar que para mí lo de Etxeberria fue una revelación tan grande como cuando descubrí que en muchísimas cremalleras pone YKK o que quicksilver significa ‘mercurio’ o que el apellido Smith significa ‘herrero’ y Schneider ‘sastre’ o que el logo de Chupa chups lo diseñó Dalí y el de La Caixa Miró.

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En esto de enseñar técnicas, la verdad es que mi hermano a veces es como Lao Tsé, es decir, que si alguien le pide que le ayude a pescar, él no se limita a pescarle un pez a esa persona, sino que le enseña a pescar para que pueda hacerlo cuando quiera sin necesitar que mi hermano esté.

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Pues bien, volviendo al vasco o euskera, en cuanto mi hermano conoce una chica vasca, por su carácter generalizador, da por hecho que como su ex novia aprendió antes vasco o euskera que castellano o español, todos en el País Vasco tienen que haber hecho igual, sean de donde sean. Bien es cierto que gracias a esto las vascas se libran, solo por su procedencia, de la prueba de septentrional. La chica de esta noche en concreto era de Bilbao y mi hermano empezó a soltarle su ristra o ringlera de palabras. Una de sus expresiones preferidas, para demostrar que va más lejos que un simple eskerrik asko, que de todos es sabido que significa ‘gracias’, es ez horregatik, que significa ‘de nada’ (con ese ez ‘no’ típico de las papeletas vascas cuando hay referéndum); pero también tiene en su repertorio on egin, que significa ‘que aproveche’, y que a veces confunde con egun on que creo que es ‘¡buenos días!’. Generalmente las chicas le dicen que qué guay, pero que ellas no saben mucho vasco y él no se da cuenta de que le dicen esto para que pare.

En este caso procedió igual, es decir, no paró hasta que una vez pasado el Ni naiz, con el que se presenta, y después de unos cuantos apellidos, la chica le dijo que de verdad que no sabía mucho vasco, de una manera lo suficientemente antipática como para que hasta él se diera cuenta de que tenía que parar. Entonces pasó a la infalible «táctica de la mano» y siguió hablándole de otras cosas. Entre ellas le contó lo de que se habían dejado las llaves y que el problema es que tenían que volver luego porque estaba la perrita de su amigo dentro (lo cual no sonó muy bien), que, si no fuera por eso, su amigo podría irse a dormir con él y volver al día siguiente cuando estuviera el portero. Mientras contaba esto, de repente se le ocurrió hacerle a la chica una pregunta de esas raras suyas que no tienen sentido, pero gracias a la cual recibió la respuesta que ahora sigue. La pregunta fue:

—Por cierto, ¿no tendrás una ganzúa en el bolsillo?

A lo que ella con cara de resignación respondió:

—A ver, tío, que de verdad que no hablo vasco.

Viendo que la chica no tenía ni idea que ganzúa era una palabra del español, a mi hermano se le puso una cara de felicidad y satisfacción impropia cuando alguien te acaba de dar una mala contestación, pero típica de cuando él escucha alguna perlita de estas, como aquel día en el que, al salir de una película muy mala en el cine, Mufo (otro amigo de Pinar de San Martín) dijo: «¡Qué bodorrio de película!», queriendo decir «¡Qué bodrio!».

No obstante, en defensa de la chica hay que decir que, al día siguiente, mi hermano pensó que a lo mejor la palabra venía del vasco. La buscó y, efectivamente, así es, lo cual quita algo de gracia, aunque no mucha, al asunto, porque generalmente si alguien no sabe el significado de ganzúa mucho menos sabe que procede del vasco, aunque sí es verdad que suena a vasco. Es como si a alguien le pides un cigarro y te responde «A ver, tío, que no sé maya».

ganzúaEn fin, yo sé que preguntas raras como la de si alguien lleva una ganzúa en el bolsillo las hace mi hermano inspirado en películas. En este caso, por ejemplo, yo creo que lo de preguntar por algo que es difícil que se tenga en el bolsillo, lo sacó de los hermanos Marx, de la célebre escena de «la parte contratante» de Una noche en la ópera, en la que Groucho, que solo ve de lejos, está intentando leer un papel alejándolo lo máximo que puede con los brazos extendidos y, como sigue sin ver, le pregunta a Chico si tiene un chimpancé en el bolsillo.

Otras preguntas que hace a veces mi hermano sin venir a cuento son si la chica ha estado alguna vez en una prisión turca, tomado de Aterriza como puedas, o si a la chica le ha picado alguna vez una abeja muerta, de Tener y no tener. Cosas raras de mi hermano. A saber qué se le pasa por la cabeza o qué pretende cuando lo hace.

Antes de volver a intentar abrir la puerta del Galgo, para hacer tiempo antes de que llegara el portero, mi hermano, Quero (otro amigo de la infancia de Pinar de San Martín que luego será clave en la aventura que está a punto de llegar) y el Galgo fueron al bar de desayunos por excelencia de mi hermano, al que él llama don Pelayo, empleando una metonimia o sinécdoque (que sigo sin saber muy bien la diferencia), al nombrar a un bar por su objeto vendido, pues así es como se llama el queso de Tóldoz que allí ponen y que según mi hermano es el mejor que ha probado nunca. Ahí se les unió nuestro primo pequeño, al que se encontraron por la calle, y que fue clave para conseguir resolver la situación finalmente o al menos para poner un poco de cordura en lo que sucedió. En compañía de este primo, que se llama igual que mi hermano pero algunos años menor, mi hermano a veces ha estado ligando en discotecas, utilizando la táctica de primo mayor y primo pequeño con el mismo nombre, es decir, por medio de la «táctica de primos tocayos».

Ya en desayunas, es decir, habiendo desayunado, resultó que, al llegar a la casa, el portero no estaba. Mientras pensaban lo que hacer, un vecino que les vio en el portal y que se interesó por ellos incautamente les proporcionó el número de teléfono del portero. Digo incautamente porque mi hermano no dudó en llamar al portero —serían las ocho de la mañana— para ver dónde estaba. El pobre hombre le dijo que estaba de vacaciones. Entonces, no sé por qué, mi hermano le empezó a exigir que le dijera dónde estaba, quizás con la idea de acercarse a por la llave de la portería si no se había ido demasiado lejos, recibiendo la consiguiente y justificada indignación y la obvia negativa del portero. Prudentemente, nuestro primo le quitó el móvil a mi hermano y consiguió averiguar que no iba a haber portero suplente, por lo que tendrían que buscar otra forma de abrir la puerta. Como la chica vasca de la discoteca no tenía una ganzúa en el bolsillo o no sabía si tenía porque no hablaba vasco, se vieron obligados a estar hasta tarde intentando forzar la puerta. Probaron primero con un plástico que les había dado Estanislao, el dueño de don Pelayo, y luego con carnés que, aunque no les servían para nada, llevaban en sus carteritas de Purificación García, como el de puntos del cine o el de la biblioteca, incluso el del club Nintendo que el friki de Quero aún conservaba de cuando era pequeño. Para ayudarse vieron cómo se había que proceder en vídeos explicativos, pero ni por esas (con lo fácil que parece en las pelis), así que pasaron luego a la táctica de los dos alambres, que no eran sino anillas estiradas de un llavero, pero tampoco. Viendo que no conseguían su objetivo, mi hermano le dijo al Galgo:

—Pero ¿seguro que no te quieres venir a mi casa a dormir?

Y el Galgo insistía en que no podía dejar al perro dentro solo.

—Pero ¿por qué? ¿Es que te dan pena los de tu especie?

—Ja, ja. No. Es que no tiene pienso puesto. Bueno, sí tiene, pero es uno que no le gusta.

Esto activó un resorte en mi hermano, que dijo:

—Es que hay que joderse, macho —expresión típica suya—. Con la de gente que habrá dedicada a hacer comida de perros desde hace mucho me parece increíble que no hayan conseguido hacer una comida apetitosa para ellos

—Ja, ja. Bueno, supongo que no será tan fácil y que dependerá del perro.

Aunque la respuesta del Galgo estaba cargada de razón, desde entonces empezaron a llamar el «síndrome del fabricante de comida de perro» a los casos en los que la gente se dedica en exclusiva a una cosa y no consigue avanzar nada.

Fabricantes de comida de perro aparte, el caso es que no consiguieron abrir la puerta. Entonces nuestro El llavero solitarioprimo, que seguía siendo el más sensato, preguntó si nadie más aparte del portero tenía una copia de la llave. La novia del Galgo tenía, pero estaba en un pueblo de la sierra, así que no había nada que hacer, aunque, pensándolo bien… ¡tate!, se les ocurrió que la asistenta del Galgo tenía una copia. Sin perder un segundo la llamaron, despertándola, por supuesto, y le pidieron que les mandara las llaves en un taxi, que ellos ya pagarían al taxista cuando llegara. Así ocurrió, las llaves viajaron en el taxi solas, como llavero solitario, y a su llegada el Galgo pudo entrar y mi hermano y compañía por fin se fueron a sus respectivas casas.

Al día siguiente, cuando mi hermano contó la historia en una cena familiar, precisamente en casa de este primo, todo el mundo les sugirió que deberían haber llamado al seguro, que vienen en veinte minutos aunque sea sábado. ¡Como si las sugerencias sirvieran para algo al día siguiente y no fueran tan inútiles como las puertas acorazadas que se abren en menos de cinco minutos con unas planchas que venden! Pero bueno, al menos para la próxima ya lo sabían.

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La septentrionalidad del síndrome de Fausto

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Y es que mi hermano tiene tres aficiones fundamentales. La primera es la lingüística y la reflexión sobre el lenguaje y la gramática. La segunda es saberlo todo, lo cual se debe a que padece lo que un día descubrió que se llamaba el «síndrome de Fausto», del que luego hablaré con más profusión o, mejor dicho (que mi abuelo me ha advertido que profusión no quedaba bien aquí), con más detenimiento. De momento baste con saber que, por padecer este síndrome, mi hermano generalmente se pasa el día leyendo o viendo películas de las muchas listas que consulta y que se prepara.
Su tercera gran afición es salir de fiesta los viernes hasta muy tarde. Esto último podría resultar algo chocante en una persona seria y culta; y efectivamente, cuando era más pequeño no salía mucho, pero un día un amigo le dijo que aunque era una persona muy culta, no era una persona diez, porque para eso había que salir también. Y como el síndrome de Fausto obliga a abarcarlo todo, mi hermano consideró que era oportuno salir y aprender cosas de la noche. Lo de salir hasta muy tarde también se explica a partir del síndrome de Fausto, como un síntoma por el que uno intenta no perderse nada de lo que pasa.

En una mezcla de sus tres aficiones, cuando mi hermano quiere ligar en una discoteca con una chica, le hace pasar la «prueba de septentrional». Esto quiere decir que, para saber si una chica le conviene o no, le pregunta si sabe lo que significa septentrional. Puede parecer mentira, pero nunca le han respondido bien. Él se indigna y dice: «¡¿Qué pasa, que la gente no ve el pronóstico del tiempo o qué?!».

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Una noche, hace poco, conoció a una chica de Canarias en una discoteca y le hizo pasar la prueba, pero además con prolegómenos. Para empezar, una vez que supo que la chica era canaria, le preguntó que de qué isla era:

—Porque se pregunta así, ¿no?, por la isla.

Ella, algo contrariada, le contestó:

—Bueno, es una manera de preguntarlo.

Y le dijo que era de Gran Canaria. Luego mi hermano ya pasó a decirle que tenía que hacerle una pregunta que ninguna chica le había respondido nunca, pero que ella seguro que lo iba a saber porque notaba que había algo especial entre ellos. Mi hermano creía ir sobre seguro porque suponía que, al ser la chica de las Canarias, habría tenido que oír muchas veces la palabra septentrional, pues todo en España le pillaba al norte. Pero la chica no solo no sabía lo que significaba septentrional, sino que encima se lo tomó a mal y se apartó de mi hermano señalándole con dedo acusador, amenazando miedo y diciéndole que era muy raro por hacer esas preguntas. Eso sí, se llevó con ella la copa a la que mi hermano le había invitado.

bandera almagriz
Bandera de la Comunidad de Almagriz

La más correcta respuesta a la prueba de septentrional con la que mi hermano afirma haberse encontrado es la que le dio una chica gallega, que le contestó que seguro que tenía algo que ver con el número siete. Yo creo que esto lo cuenta para aprovechar la cara de extrañeza que la gente pone con lo de siete y así pasar a explicar de dónde viene la palabra septentrional y por qué se utiliza para referirse al norte; aunque la verdad es que creo que ni él lo sabe del todo bien. Dice que es porque la Osa Menor, que contiene la estrella polar y que, por tanto, marca el norte, tiene siete estrellas (las mismas que se representan en la bandera de Almagriz, nuestra ciudad, según nos contó un día; pero no así, y esto podría excusar a la canaria, las de la bandera independentista canaria, las cuales representan las siete islas del archipiélago, sin contar San Borondón).
Dice que de las siete estrellas viene lo de sept-, y que las estrellas son como bueyes, porque se mueven muy lento y, probablemente, porque tiran del carro que forman, y que en latín bueyes se dice triones. Por tanto, septentrión significa ‘siete bueyes’ y marcan el norte porque forman parte de la Osa Menor.

Viendo esto, no os creáis que mi hermano es el típico pedante, petulante, cultureta o, como dice él «ojilato periculto» (sacado de un libro de Reverte en el que Quevedo llama así a Góngora), que critica a la gente porque no sabe cosas. Todo lo contrario: mi hermano odia a ese tipo de gente. En el caso de septentrional, por ejemplo, dice que no le importa el hecho concreto de que una chica no sepa lo que significa septentrional, sino lo que esto implica. Dice que la palabra septentrional sale mucho en la tele y que si alguien no sabe lo que significa es porque no ha sentido curiosidad ni se ha tomado la molestia de buscar su significado en el diccionario en una de las muchas veces que la ha oído, con lo importantes que son para él la curiosidad y los diccionarios.

Y la cosa es que es verdad. Una vez que te empiezas a fijar por ahí, esta palabra aparece muchísimo, no solo en el pronóstico del tiempo, donde sale casi tanto como lo de «nubes de evolución», sino en todas partes.

De todas formas, pese a lo que pueda parecer, mi hermano a veces liga; seguramente en las noches en las que se le olvida lo de septentrional. Pero ya lo iremos viendo.

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El zorrocloco que creía en diccionarios

PRIMERA PARTE: MI HERMANO

1

­—¡Son ustedes unos embaucadores, unos arteros, unos trapaceros! ¡Unos perillanes! ¡Me la han jugado!

Ya estaba mi hermano discutiendo con alguien por teléfono.

—Lo que me han hecho ustedes es una fullería, una candonga, una artimaña de las de época, una cancamusa. ¡Una martingala!

Si no conociera tan bien a mi hermano, no sabría que esas palabras generalmente las va sacando sin ton ni son de aquí y de allí y se las aprende de memoria para este tipo de ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día justo me habló de la palabra martingala. Dijo que le había salido leyendo Prim, uno de los Episodios Nacionales de Galdós (que se había empezado a leer por la serie que han sacado en la 1, para ver si verdaderamente Galdós investigó el asesinato de Prim) y estaba emocionado. Muchas de las otras palabras que profería seguro que las había sacado de buscar sinónimos en WordReference.

Cuando terminó de hablar, nuestra madre le preguntó:
—Pero ¿qué ha pasado ahora?
—¡Nada! Los bergantes de la compañía de teléfonos, que dicen que el seguro no me cubre el robo porque fue por negligencia mía. ¡Después de dieciséis meses pagándolo! Y, claro, les he dicho de todo.
—Ya, ya te he oído. Cancamusa… ¡Ja, ja, ja! —Nuestra madre no podía evitar reírse muchas veces con las historias y expresiones de mi hermano—. Pero ¿por qué no les has dicho que te lo robaron?
—Pues no sé, no se me ha ocurrido.
(Lo que le pasa a mi hermano es que no sabe mentir.)
—Y en cambio se te han ocurrido un montón de insultos, ja, ja.
—Je, je. Pues tengo muchos más para la próxima. Estos no saben con quién juegan, vamos. Se creen que están hablando con un zorrocloco.

Y remataba con una frase típica suya seguida por una de las locuciones latinas que se estudiaba de memoria de la página de la Wikipedia a ellas dedicada o yo qué sé de dónde y que de vez en cuando, como tantos personajes en nuestra literatura, usaba desatinadamente o, mejor dicho, deslatinadamente, como le pasa a cualquiera que usa una lengua sin conocerla bien:
Es que hay que joderse, macho. Pero, mea est ultio —la venganza es mía.

A saber lo que pensó el miembro de la compañía de teléfonos que recibió aquellos improperios.  El problema de gente como mi hermano es que no solo leen por gusto diccionarios y demás libros y páginas de referencia, sino que además se los creen. Y, peor aún, encima piensan que otros también se los creen y no entienden que no compartan las mismas inquietudes que ellos. Pero el problema de mi hermano va incluso más allá, y es que a veces conoce palabras, pero no sabe cómo usarlas bien en contexto, porque solo las ha visto en diccionarios. Lo bueno, no obstante, como iremos viendo, es que no es de los que encima critican a otros por cómo hablan, sino que trata de buscarle una justificación a los supuestos errores que cometen, algo que le parece precioso.
Sea como sea, es muy divertido cuando mi hermano empieza a soltar estas retahílas o ringleras de palabras, o cuando, casi siempre tratando de ligar, cuenta etimologías y curiosidades de la lengua. Porque saber, hay que reconocer que sabe, y que sabe cosas interesantes, o que al menos lo parecen. Si no fuera por esto, nunca me habría planteado compartir, como aquí he empezado a hacer, sus historias, que casi siempre van más allá de las meras palabras o las anécdotas.

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