Entre chanchas y marranchas

13

Cuando sonó el despertador a las nueve todavía les costó despertarse por esa resaca que por algún motivo a determinada edad empieza a ser peor a los dos días que al día siguiente, igual que pasa con las agujetas después de hacer ejercicio. Aun así, no podían faltar a la cita, así que se arreglaron y se fueron para Altair.

Por el camino le hicieron un semi Kiko Burgos a Chindas con la historia de Quero. Igual que mi hermano, Chindas, que también lo había pasado mal con alguna relación excesivamente larga, le recomendó pasar página:

—Mira, cuando se estira demasiado una relación se queda deforme como una goma elástica y ya no sirve para sujetar; se pierde la elasticidad y tirantez que mantiene unida a la pareja.

Deleitados con esta bella metáfora llegaron al edificio. Esta vez pararon a mi hermano a tiempo antes de pulsar el botón, para que no incordiara con canción alguna. Cuando entraron, estaba la misma recepcionista, Leticia, que, por supuesto, les reconoció y volvió a poner mala cara, sobre todo al notar la altivez que, debida a la certidumbre de que esta vez les iban a tener que dejar pasar, sus rostros desprendían.

—¿Y bien? —les saludó Leticia.

—Venimos a una entrevista en Altair.

—¿Ah sí? A ver, ¿cuáles son vuestros nombres? —dijo sacando una lista.

—Yo soy Queremón Sierra —dijo Quero; tras lo que la chica algo sorprendida y contrariada tachó el nombre de la lista.

—Yo soy Chindasvinto Mina —dijo Chindas; y la chica también tachó su nombre.

Mi hermano que en el arte de buscar cosas en listas es muy audaz (según él porque de pequeño hizo muchas sopas de letras) no se molestó en decir su nombre, simplemente se lo señaló en la lista a Leticia, lo cual la irritó sobremanera, máxime porque para su desdicha en este caso no tenía potestad para echarle. Les dijo que, por favor, esperaran y que fueran subiendo por turnos. Así efectivamente se organizaron en la subida, subiendo primero Chindas, luego mi hermano y luego Quero. Quedaron en que, antes de bajar, cada uno daría una vuelta por una planta para intentar buscar algún indicio que les llevara al Manuscrito:

—Tú la de más arriba, tú la del centro, yo la de abajo. Mirad todo lo que podáis y buscad cualquier pista. Nos reuniremos sobre las once y cuarto en el hall, un poco después de que termine Quero su entrevista para no cantearnos demasiado, y ya ponemos en común lo que hayamos visto.

Cuando por fin bajaron y se reunieron en el hall, la recepcionista estaba algo mosqueada, al ser consciente de que habían tardado más de la cuenta en bajar, pero no dijo nada. Los tres coincidieron en que, a pesar de que habían buscado con empeño en sus asignadas plantas, no habían encontrado nada realmente indicativo:

—Yo he estado mirando por el pasillo de mi planta, pero no he visto nada. Hay un montón de salas y el Manuscrito podría estar en cualquiera. He intentado meterme en alguna, pero están cerradas o con gente.

Los tres entonces se miraron sin saber lo que hacer ya porque encima la de la recepción les estaba mirando con mala cara, como para que se fueran, achuchándoles (y no precisamente en su sexta acepción) con las pupilas.

—Bueno —empezó esperanzado mi hermano—, ¿y qué tal la entrevista? A mí me ha dado la sensación de que me van a llamar para la próxima.

—Sí, a mí también —dijo Quero—. La verdad es que esta era un poco tontería. Yo he hecho el típico truco de cuando te preguntan «¿Dónde te ves en el futuro?» contestar «En tu puesto».

—Ja, ja, a mí también me ha ido bien —dijo Chindas.

—Bien, bien —aprobó mi hermano—. Entonces no hay problema. Tendremos otra oportunidad para investigar, espero que con más suerte, ahora que conocemos un poco más o menos el edificio. Lo que hay que ver es cómo meterse en las salas.

Tan seguros estaban de que el Manuscrito estaba allí, que ni siquiera se plantearon que todos sus esfuerzos pudieran ser en vano. Y en el fondo es comprensible, porque igual que los héroes griegos recibían ayuda de los dioses (Ulises de Atenea o Jasón de Hera, por ejemplo) mi hermano y sus argonautas (o linguonautas en este caso, entendiendo la lengua como el vehículo de su aventura) recibían pistas que les iban guiando y alentando en su aventura.

Esta vez no iba a ser menos. Y así, mucho antes de tener que esperar al día de la segunda entrevista, incluso antes siquiera de salir del edificio, el destino otra vez les tendió una mano. Y es que, según estaban hablando, vieron pasar a los dos hombres del metro que involuntariamente les habían dado la pista de Altair con la tarjeta, ataviados esta vez con uniforme de seguridad y con pistolas. La primera reacción del trío, sobre todo al ver las pistolas, escaldados como estaban con lo del cadáver, fue echarse cuerpo a tierra detrás de unos sofás para ocultarse, igual que hicieron mi hermano, Mufo y Charly para esconderse de unas chicas una noche en el Puerto de la Virgen, en una historia que ya contaré. Aquel movimiento no evitó que los anteriormente pasajeros y ahora seguratas les vieran y se acercaran:

—Ya es la segunda vez que te vemos en el suelo— dijo en tono jocoso el más corpulento de los dos dirigiéndose a mi hermano, al que había reconocido del metro.

Mi hermano se levantó sin saber muy bien cómo explicar nuevamente su reacción, sacudiéndose el pecho como si tuviera polvo.

—Pues sí, es que hemos oído un extraño ruido y nos hemos asustado.

—Ja, ja. Pues que yo sepa no ha pasado nada. Estando nosotros al cuidado del edificio no tenéis que preocuparos de nada. ¿Qué os trae por aquí?

—Pues es que hay una oferta de trabajo para licenciados y hemos venido a hacernos la entrevista.

—Ah, mira, ¡qué casualidad!

—¿Y vosotros?

—¿Nosotros? —preguntó sorprendido el segurata—. Nosotros somos los de seguridad de aquí —y en un claro excusatio non petita, siguió—. Nos visteis en Almagriz… eh… porque estábamos de permiso y queríamos conocer un poco la ciudad.

Para no parecer sospechosos, al estilo de un secuestrador de niños que ofrece un caramelo y que de tan bueno se sabe que es malo, el otro segurata sugirió al más fornido, con melifluo tono, que por qué no enseñaban a mi hermano y a sus amiguitos un poco el edificio para que lo fueran conociendo, por si acaso les contrataban.

Perfecta idea para todos, pues eso les daba a mi hermano, a Quero y a Chindas una nueva oportunidad de inspeccionar, pero también para los seguratas, que llevaban un tiempo teniendo que buscar excusas para ausentarse y merodear por zonas que no les correspondían, pues efectivamente habían descubierto que el Manuscrito que buscaban se ocultaba en algún lugar de Altair.

Por supuesto, la pesada de Leticia se entrometió (o entremetió, que para la VEI son lo mismo) al ver que subían todos juntos de nuevo:

—¿Adónde venís?

—Nada —dijo el voluminoso segurata, tomando la palabra—, que conocemos a estos chicos y vamos a darles una vuelta por el edificio para que se familiaricen con él.

Mientras recorrían el edificio mi hermano iba reflexionando entusiasmado:

—¡Ajá! Así que es el típico caso en el que los de seguridad, aprovechándose de información privilegiada, se han enterado de algo gordo. Es como lo del mayordomo de las novelas policiacas —o policíacas.

Al volver de la tournée todos estaban relativamente satisfechos porque habían podido hacerse una idea general de las tres plantas de Altair, pero el que más satisfecho estaba era mi hermano, que por algún motivo tenía cara de gato que se ha comido un canario. Cuando se despidieron con ostensible agradecimiento de los seguratas, tanto se le notaba la cara, que Chindas y Quero le preguntaron que qué le pasaba.

Lo que le pasaba es que él, que lo único que había robado en su vida era un collar de verano un día que se lo llevó puesto sin darse cuenta, le había robado la llave maestra al menos orondo de los seguratas. Ante la admiración de Quero y Chindas, mi hermano, que era humilde, modesto y sincero en extremo se excusó:

—Bueno, en verdad es que ha habido un momento en el que se le ha caído y yo la he recogido y se la iba a dar, pero luego he estimado mejor quedármela.

—Pues has hecho muy bien. Ya tenemos una forma de avanzar. Ahora solo falta que nos llamen para una segunda entrevista.

Y así, entre chanchas y marranchas (como dice nuestra madre en una adaptación personal de cháncharras máncharras, que es lo que sale en el Diccionario) es decir, entre unas cosas y otras, para cuando salieron del edificio se había hecho ya la hora de comer. Mi hermano propuso ir a un McDonald’s, a lo que Quero le dijo:

—Que no has venido a Favencia a comer en un McDonald’s.

Esta es una broma que la gente tiene con mi hermano porque siempre se queja de los que, entendiendo que es imprescindible probar la gastronomía del sitio al que uno viaja, le critican por ir a McDonald’s cuando hace turismo. La respuesta de mi hermano es siempre la misma, mutatis mutandis:

—Ya, no he venido a Favencia para comer en un McDonald’s, pero estoy en Favencia y quiero ir al McDonald’s.

Dicho esto, los tres se fueron a McDonald’s con el pecho henchido de orgullo por haber hecho las cosas bien.

En la comida, aprovechando un momento de silencio, Chindas, que se había quedado con la curiosidad, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿qué es lo que nos tenías que contar curioso sobre los gánsters?

—Ah bueno, no era sobre los gánsters en sí como maleantes, sino sobre palabras del tipo de gánsters. A ver, en caso de que el plural de gánster fuera gánsters (aunque ya os dije que era gánsteres), ¿vosotros cómo la escribiríais, con tilde o sin tilde?

—Con tilde —contestó Quero a la vez que Chindas contestaba «Sin tilde».

—¿Con tilde? —dijo mi hermano mirando a Quero y tratando de remedar la entonación de Quero cuando decía cosas como lo de «¿Jaguares en África?»—. Pero si es llana terminada en –s. —Y les dejó un tiempo para que pensaran.

—Claro, es que es sin tilde —se precipitó Chindas.

—Pues, es verdad, pero, aun así —pensaba en alto Quero—, no sé por qué pero yo la escribiría con tilde.

—Pues harías bien —sentenció mi hermano— porque a pesar de la regla de que las llanas terminadas en –s no se tildan, las llanas que terminan en doble consonante sí se tildan, aunque la última sea –s. Es lo que pasa, por ejemplo, con palabras como bíceps, pero también con otras que terminan en doble consonante y la última letra es otra, como cíborg o wéstern.

—¿Y en las que terminan en triple como wésterns? —preguntó el astuto de Quero que lo había entendido a la primera.

—Ah, ja, ja, pues ídem de ídem.

Aprovechó el fin de la explicación mi hermano para ir al baño. Cuando volvió se encontró a Quero y a Chindas sin hablar, mirando cada uno para un lado. Esto le recordó que de pequeño, cuando tenía bastante afán de protagonismo, se ponía contento de volver a una conversación y ver que la gente no hablaba, porque eso significaba que él era el alma del grupo, pero luego, cuando maduró un poco, empezó a entender que lo en verdad indicaba eso es que monopolizaba las conversaciones y cuando se iba al baño a los demás no les daba tiempo a empezar una nueva. En este caso había pasado lo mismo, aunque en verdad la conversación de los gánsteres la había empezado Chindas. Generalmente, en estos casos mi hermano tiene excusa, porque lo que le pasa es que siente pánico por los silencios incómodos. Considera que eso significa que están fracasando él y su grupo en el arte de la conversación fluida.

En estos pensamientos andaba inmerso, fuera de los cuales Quero y Chindas ya habían empezado a hablar de lo de la novia de Quero, cuando, como la cosa iba de ex novias, mi hermano, que no podía ser menos, de repente recibió una llamada de la ex novia de la que justo había hablado, la susmentada a la que dejó con el «a tomar por culo», en una de esas casualidades que tanto rayan a mi hermano, esto es, la de que justo le llame alguna chica después de mucho tiempo el día que la recuerda.

Haciendo un Charly exclamó:

—¿Por qué me llama esta ahora?

Pero lo cogió por curiosidad. La verdad es que a esta chica la había dado por muerta o por casada porque no sabía nada de ella desde que ella le escribió por su cumpleaños en diciembre y eso que mi hermano en el cumpleaños de ella, que era después, la había felicitado hasta por mensaje de texto, viendo que hacía tiempo que no se conectaba al WhatsApp. La chica se excusó por la llamada diciéndole a mi hermano que es que había soñado con él y que justo luego una amiga suya le había preguntado por él. Acto seguido le preguntó a mi hermano —¡a mi hermano!— que si estaba casado. La respuesta que escucharon Quero y Chindas les hizo llevarse la mano a la boca para contener las carcajadas. Fue la siguiente:

—Mira, Adri, ¿te acuerdas de cómo era yo con diecisiete años?

—Sí, claro —dijo ella con zalamero y almibarado tono.

—Pues sigo igual: sin novia y sin trabajo.

Lo peor de todo es que Adri se alegró porque eso significaba que todavía había esperanza de volver con mi hermano. Como siempre, mi hermano solventó la situación diciendo antes de colgar que ya se llamarían y pronto, una versión más sofisticada del típico «Ya hablamos».

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Megustas, dijistes, escorpiones y entrecots

4

Solo cuando se hubo detenido completamente el avión, mi hermano se quitó el cinturón. Mi hermano es de los que solo se quitan el cinturón una vez se apaga la lucecita, hasta el punto de que un día le dijo a su compañero de piso de Nueva Isla, Cesc, que le había decepcionado cuando vio que él se lo quitaba antes. Luego, también solo cuando se hubo bajado del avión —a mi hermano le ponen nervioso los que lo encienden mucho antes y encima con sonido—, encendió el móvil y lo primero que hizo fue poner en Facebook que estaban en Favencia. Hizo esto en primer lugar porque tenía alguna chica por allí y en segundo lugar para que las chicas de Almagriz se enteraran de que estaba allí y le echaran de menos. A ver cuántos megustas (mejor que cuántos me gusta, como síes, noestequieros) conseguía.

En el camino a casa del rey Escorpión (el amigo de Chindas), Quero, tras habérselo oído a varias personas en el autobús y sabiendo que a Chindas también le gustan mucho estas cosas, se lamentó:

—Hay que ver la cantidad de gente que dice dijistes y vinistes. ¿A vosotros no os molesta?

—Yo lo odio —dijo Chindas, que odiaba también las faltas de ortografía y muchas veces se desahogaba con mi hermano mandándole fotos en las que aparecían faltas garrafales.

Mi hermano, sin embargo, como siempre tan ecuánime, neutral y baciyélmico, con el talante de gran maestro de artes marciales o monje budista, se desmarcó contestando:

—A mí no me parece tan condenable. —Le faltó añadir «pequeños saltamontes».

Quero pensaba resignado: «¡Ya estamos!». Mi hermano prosiguió con su monserga:

—Esta es de las típicas cosas que tiene una explicación muy bonita. En la conjugación de los verbos en español, en casi todos los tiempos la segunda persona del singular, es decir, la que se refiere a , termina en –s. Por ejemplo, con el verbo decir, el presente es dices, el imperfecto decías, el futuro dirás, y el subjuntivo digas, dijeras. Todos con –s final. Los únicos tiempos que no tienen –s son precisamente el pretérito perfecto simple o indefinido, que es como posiblemente estudiasteis que se llamaba dicho tiempo gramatical en el colegio porque así estaba en la gramática de 1931 de la VEI, aunque ya en el 75 se cambió —y volviendo en sí—, como decía, los tiempos que no tienen –s final en la segunda persona del singular son el perfecto simple, dijiste, y el imperativo di. Así que no es raro que el hablante, a la hora de usar dijiste tienda a poner una –s como en los demás tiempos y diga dijistes. Y, curiosamente, aunque con el verbo decir no pasa, con los verbos oír e ir, por ejemplo, se pone una –s también en la segunda persona del singular del imperativo. Así la gente dice «¡Oyes!» o «Ves ahí», en vez de «¡Oye!» y «¡Ve ahí!».

—¡Mola! —respondieron complacidos Quero y Chindas de ver que mi hermano de vez en cuando contaba cosas interesantes, pero a la vez contrariados de que ya no iban a poder quejarse de lo de dijistes con tanta agresividad nunca más.

—Pero es que incluso, a veces pasa con la n —seguía ahora enardecido mi hermano— que se asocia a la tercera persona del plural, porque sale en dicen, decían, dirán, entre otros, y, así, por ejemplo, para decirle a un grupo de personas que se vayan, si se les trata de usted, se puede oír que la gente dice «¡Irsen!»

—Anda, pues sí. Lo he oído alguna vez —asintió Chindas.

—Y al hilo de esto —continuó mi hermano—, no sé dónde oí una vez algo curioso. Vosotros sabéis cuándo se tildan las palabras llanas, ¿no?

—Sí, cuando la palabra termina en letra diferente a n, s o vocal —contestó Quero, que se sabía bien la lección.

—Pues ¿a que no sabéis por qué es así?

—Pues la verdad es que nunca me lo había planteado —se interesó Chindas.

—Fijaos en la terminación de los verbos. Casi todas las formas son llanas y terminan en n, s o vocal.

Reflexionaron un momento y constataron casi al unísono:

—¡Es verdad!

—Pues como estas palabras salen constantemente, para reducir al mínimo el número de tildes, se estableció que en estos casos fuera en los que no se ponía tilde. Además, lo de la s también sirve para todas las llanas plurales.

—¡Mola! —volvieron a responder.

Y así, en este estado, llegaron a casa del rey Escorpión. El rey Escorpión no se llamaba Mathayus como en la película, sino Alfonso, pero no era el Alfonsito del mus. El apodo de rey Escorpión, curiosamente, se lo había puesto mi hermano en la única noche que coincidió con él saliendo por Roldana. El motivo es que en las escaleras que conducían a la planta baja de Valhalla, que era una parte abierta y con piscina, el rey Escorpión, que estaba empezando una relación con una chica, cogió a mi hermano e, imitando a Mufasa, le señaló a todas las mujeres que por allí había diciendo:

—Al ver este panorama me doy cuenta de todo lo que me voy a perder si empiezo a salir con una chica. Yo es que tengo un problema. Yo es que veo pechitos y es como si viera entrecots. Se me hace la boca agua.

Mi hermano se empezó a partir de risa, a descojonarse, vamos. Pero el Rey Escorpión siguió:

—¿Tú conoces la fábula del escorpión y la rana?

—Creo que no —contestó mi hermano mientras fáusticamente empezó a pensar si era de La Fontaine o de Esopo.

—Pues resulta que un escorpión queriendo cruzar un río le pidió a una rana si le podía llevar en la espalda. La rana le contestó que no porque le iba a picar. El escorpión prometió con tanto ímpetu a la rana que no le picaría que acabó convenciéndola. A mitad de camino, el escorpión, como era de esperar, picó a la rana y, mientras se hundían, la rana le preguntó que por qué lo hacía, si iban a acabar hundiéndose los dos. El escorpión respondió encogiéndose de hombros (si es que los escorpiones tienen hombros): «Es mi naturaleza».

Mi hermano se quedó atónito.

—¿Sabes por qué te lo cuento? —preguntó el desde entonces apodado rey Escorpión.

—Me lo puedo imaginar, pero explícamelo tú —le tiró de la lengua mi hermano.

—Pues porque mi naturaleza es que me encantan las mujeres y, si me echo novia, no sé si voy a poder resistir a los impulsos de mi naturaleza.

En ese momento pasó una rubia con unos entrecots tan jugosos que si no llega a ser porque el Rey Escorpión era escorpión y no ave, habría sucumbido ante semejante añagaza. Aunque bien es cierto que, pensándolo mejor, en su afán de demostrar que era un escorpión y que en su naturaleza estaba el picar, demostraba lo enamorado que por fin estaba de una chica y, a la vez, lo asustado que se sentía por ello.

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A manuscrito imaginado no le hinques el diente

3

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

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