Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado

15

Cuando se consiguieron despertar después de aquella nueva noche de desenfreno, apenas quedaban unas horas para la gran prueba final.

Comieron algo rápido por la calle y antes de llegar al edificio mi hermano le hizo a Chindas la entrega de la llave maestra que les llevaría al Manuscrito, entrega precedida por una consigna propia de un general militar arengando a sus soldados, con visos de alocución y soflama:

—Bueno, ha llegado el momento. Ahora no podemos fallar. Tienes que conseguir entrar en todas las salas, buscar en cualquier rincón. Esta vez no creo que haya problema de tiempo porque yo creo que le has gustado a Leticia, así que no se opondrá a que estés el tiempo que quieras. Si puedes métete en algún ordenador para buscar información. Mucho ánimo. Lo vas a hacer muy bien y vas a hacer un gran favor a la humanidad.

Mientras decía todo esto a Chindas, le tenía cogido por los hombros y le apretaba fuerte y le zarandeaba. La verdad es que Chindas era el más indicado para aquella misión porque había aprendido de Lízar a desencriptar contraseñas y explorar ordenadores ajenos y a realizar las más intrincadas operaciones.

Yéndonos ya a su salida de la entrevista, antes de lo esperado, Chindas consiguió entrar en distintos sitios, pero no encontraba nada de interés. Influido por la imaginación de mi hermano y por la connotación de la palabra, iba buscando un libro enorme en el que pusiera «Manuscrito del Conde Ensortijado». Él qué iba a saber que mi hermano y Quero habían sacado la forma del Manuscrito a partir de pistas erróneas. En la última sala en la que buscó —siempre se encuentran las cosas en el último lugar en el que se buscan, pero es que en este caso era de verdad la única sala que le quedaba por registrar—, vio un ordenador encendido. Asegurándose de que no le veía nadie, se metió sigilosamente en la sala y empezó a hurgar por el ordenador y a meterse en todas las carpetas que pudo en busca de alguna pista. Era el último recurso. No podía fallar a mi hermano.

Según iba mirando se dio cuenta de que había algunas carpetas sospechosamente ocultas y empezó a interesarse. Entonces, cuando consiguió meterse en una carpeta oculta para la que tuvo que descifrar tres claves encontró algo que le hizo venirse abajo:

—¡No me lo puedo creer! —exclamó contrariado, mientras se acercaba a la pantalla como, si por leerlo más de cerca, lo que había leído fuera a cambiar—. ¡No puede ser! ¡No puede ser verdad! ¡Madre mía!

Estuvo ojeando por encima el extenso documento que tenía abierto en la pantalla y trató de interpretar lo que estaba viendo de todas las formas posibles, intentando encontrar alguna explicación, hasta que pronto empezó a convencerse de que no podía ser casualidad, que seguro que aquello era lo que habían estado buscando, ahora sabía que equivocadamente, tanto tiempo. Se medio rió por no llorar y farfulló:

—¡Uf! Ya verás cuando se enteren estos. O igual no se deberían a enterar. Se van a hundir. Debieron escuchar mal.

Y se le venía a la mente la imagen de mi hermano con la misma cara de pena que puso un día en Roldana cuando, materializando la expresión de «tirar la llave al mar», usada para zanjar un asunto, tiró literalmente la llave de la casa de una ex novia al mar.

—No, no —se autoconvencía Chindas—. No se pueden enterar de esto. Me tengo que inventar algo.

Lo que Chindas había encontrado en la carpeta oculta y protegida con tres contraseñas, aunque era algo valioso, no era, como ya habréis imaginado, el Manuscrito del Conde Ensortijado. Tampoco era un documento donde se explicaba el origen del lenguaje. Era algo parecido, pero muy distinto. Era un documento en cuyo título efectivamente ponía «Manuscrito», pero no «del Conde Ensortijado», sino «de códigos encriptados». Ya dije yo que no me fiaba mucho de lo que habían oído los aspirantes a ninja en el metro. En otras palabras, el documento era un borrador manuscrito escaneado con los códigos secretos que se habían utilizado desde la creación de Altair para las distintas versiones de sus programas, el famoso Altair Chicago, por ejemplo. Era una joya, de eso no cabía duda, pero no era lo que buscaban. Era, en el fondo, un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, sí, pero no del lenguaje como capacidad comunicativa humana, sino del lenguaje de programación.

La cuestión es que, aunque le hubiera gustado que no fuera así, Chindas estaba casi seguro de que tenía que ser eso a lo que se refirieron los seguratas en el metro y lo que habían estado buscando desde entonces. Seguramente aquellos hombres no lo habían encontrado porque la carpeta estaba oculta y para entrar en ella había que descodificar tres contraseñas, lo cual no era ni mucho menos fácil.

A pesar de que estaba casi seguro de que aquello era en verdad el Manuscrito que habían estado persiguiendo, por no fallar a mi hermano, por si acaso, creó un vínculo con la cuenta de correo asociada a ese ordenador para que los e-mails que enviaran a la cuenta del ordenador también le llegaran a él. Se arriesgaba un poco porque no era del todo difícil pillarle, pero ya daba igual.

En cuanto hizo eso cayó en la cuenta de que, aunque aquel no era el Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, no dejaba de ser algo muy valioso y por lo que le podían pagar mucho dinero, tal como habían dicho los seguratas. Entonces tuvo la tentación de guardárselo y llevárselo, pero, claro, no tenía pendrive ni disco duro y era un archivo demasiado grande como para enviarlo por correo. Empezó a mirar ávidamente por la sala a ver si veía algún disco duro o algo, pero justo en ese momento oyó gritos detrás de él. Al girarse se encontró de cara a los seguratas. El corpulento le levantó de la silla cogiéndole por el brazo y zarandeándole, con más fuerza incluso que cuando mi hermano soltó su consigna, dijo:

—Pero ¿qué haces tú aquí? ¿No serás tú el que nos quitó la llave?

—¿Cómo? No, no. ¿Qué llave? —disimuló Chindas.

Aunque el segurata le cogía con fuerza mientras le amenazaba, Chindas, que como ya sabemos está cachas, aprovechó un momento de distracción del segurata para zafarse de él de un tirón y salir corriendo. Los seguratas salieron al instante detrás de él. Por suerte, el corpulento, que como su propio nombre indica era de cuerpo lento y el otro que, aunque era enjuto era lento de por sí, no consiguieron alcanzarle. Leticia, que seguía todavía en la recepción, cuando vio salir a Chindas a toda leche perseguido por los de seguridad, se enamoró aún más de él.

Al ver salir a Chindas corriendo, mi hermano y Quero, que aguardaban agazapados tras un muro a la salida de Altair, también corrieron sin preguntar, casi tan rápido como cuando vieron el cadáver. Después de haber recorrido una prudente distancia y de haberse metido por algunas callejuelas para despistar se pararon.

—¿Qué ha pasado? —le preguntaron ijadeando a Chindas.

—Nada, que me han visto los de seguridad merodeando por el edificio y me han visto la llave y han venido a por mí.

Y se puso a contar lo que le estaban diciendo cuando se escapó:

—El corpulento me ha cogido del brazo fuerte y me ha dicho: «¿Ves este arma, chico?»

—¡Esta arma! —corrigió mi hermano.

—Bueno, estoy citando lo que ha dicho él —se justificó Chindas—. Me la ha enseñado y me ha dicho que no tendría ningún problema en usarla con el que husmea por donde no debe. Pero he conseguido escabullirme y he salido pitando. Lo mejor es que nos alejemos y nos vayamos de vuelta a Almagriz cuanto antes.

—Pero igual te denuncian, que tienen nuestros nombres de la entrevista.

—¿Tú crees que se van a arriesgar a denunciarme sospechando que yo sé que andan detrás del Manuscrito?

—Sí, tienes razón. Pero bueno, lo importante: ¿has podido encontrar algo?

Y entonces se le cambió la expresión a Chindas y empezó con su repertorio de mentiras piadosas que, aunque por los pelos, había conseguido preparar mientras huía:

—Pues a ver, el caso es que antes de que me pillaran los de seguridad he oído justo a unos hombres en una reunión decir que se han llevado el Manuscrito a otro sitio, que aquí sospechaban que no estaba a buen recaudo, pero que aún no se sabe a dónde. Por suerte, antes de eso me había conseguido meter en un ordenador y he encontrado una cuenta de correo donde se hablaba del Manuscrito. He conseguido crear un vínculo que me redirige sus correos para que así podamos estar informados de los movimientos. He puesto algunas palabras clave… —y se detuvo para preguntar «¿o claves?».

Las dos valen —contestó rápidamente mi hermano expectante para que Chindas prosiguiera lo antes posible.

—Pues he puesto algunas palabras clave para que me salte un aviso. He puesto Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado y no sé si alguna más —lo cual era más o menos verdad—. Así que ahora lo que nos queda es esperar. Se puede decir que nuestra misión aquí ha concluido.

—Bueno, pues has hecho muy bien tu misión —concluyó mi hermano, quien, aunque se había apenado porque esto significaba que no habían encontrado el Manuscrito sentía una grata alegría cada vez que algo confirmaba su existencia.

Zanjó diciendo:

—O sea que ciertamente parece que Roma locuta, causa finita —es decir, que habiendo hablado Roma, el caso está cerrado—. Nos podemos volver con viento fresco a Almagriz y esperar alguna pista.

—Pues sí, eso parece —dijo Quero, que no se terminaba de creer todo y, si bien pensaba que a mi hermano se le podía ir la cabeza, no creía que Chindas pudiera haber mentido, por lo que se convenció definitivamente de la existencia del Manuscrito.

De esta manera consiguió Chindas, en un bonito gesto para no desilusionar a mi hermano (gesto que se le volvería en su contra, como ya contaré), que todo el mundo acabara contento dentro de lo que cabía: mi hermano por el gozo de poder seguir manteniendo la esperanza de encontrar el Manuscrito con el origen del lenguaje, antes de que cayera en malas manos y, lo mejor de todo, de poder responder con él a muchas de las preguntas que desde hacía tiempo tenía, y Quero por saber que toda esta aventura, por culpa de la que había llegado a perder a su novia, al menos no se había sustentado en cimientos de humo.

Una vez que ya no había nada que hacer en Favencia, era el momento de regresar a Almagriz, pues entre comidas, cenas y salidas se estaban dejando mucha pasta. Y encima a Quero, por ejemplo, le esperaba una misión importante en Almagriz, la de reconciliarse con su novia o, peor aún, la de dilucidar si era conveniente que se reconciliara. No había tiempo que perder. Antes, eso sí, tenían que volver a casa para hacer las maletas y ver para cuándo había billetes baratos.

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Aventuras y un cadáver

11

Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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En un abrir y cerrar cerrojos

2

Llegaron los dos aventureros sobre las nueve y media a la zona cuando ya casi había anochecido (no como este año) y sorprendentemente no tardaron en encontrar una extraña puerta en vertiente con una enorme cruz en Seminario de los Caballeros, perdón, en Seminario de Nobles, como la que habían creído oír describir a los misteriosos hombres.

Lo primero en lo que reparó Quero al ver aquella puerta fue en el cerrojo, ante lo que exclamó: «¡Qué cerrojo más raro!». Y así era: el cerrojo tenía forma de aspa con flechas en las puntas. Mi hermano, que aprovechaba cualquier ocasión, no perdió esta para explicar el origen de la palabra cerrojo, deteniendo la aventura nuevamente como si siguieran en el metro y hubiera una nueva parada, quizás como hábito adquirido de tanto ir en dicho medio de transporte:

—¿Tú sabes que la palabra cerrojo tiene esa forma por etimología popular? En verdad se dice que podría venir de verrojo, del latín veruculum, formado por veru, que significa ‘espetón’ o ‘asador’, que es como un hierro o palo largo, como el espeto de las sardinas de Andalucía, y por el sufijo –culus, que es un sufijo diminutivo en latín (también –ulus).

—¿Porque los romanos tenían el culus pequeño?

—Pues no creo. El caso es que la terminación –culus o –cula del latín, como en veruculum, dio en español –jo y –ja como en oveja de ovicula, que era el diminutivo de ovis, o en espejo de speculus. —Se quedó pensando un momento—. En este caso creo que –culus no es diminutivo.

—Y oreja de auricula —espetó Quero, que había leído aquello no sabía dónde.

—Sí —dijo mi hermano—. Y hay muchos más, tipo lenteja de lenticula. Porque creo que en latín vulgar usaba el diminutivo como cariñoso o expresivo además de para referirse a algo pequeño. Como ahora cuando pedimos unas cervecitas y en verdad queremos jarras grandes.

—Ja, ja.

—También conservamos en algunos casos la terminación –ulo o –ula del diminutivo como en célula, —pensó en su amiga Celulita—, que es como un pequeño hueco o celdilla; o en espátula, que es como una espada pequeñita.

Entonces justo vio una reja que había al lado y exclamó:

—¡Ah, cunnus! Y también se puede tener la terminación –jo, -ja, a partir de la terminación –gulus, -gula como en reja de regula, que tiene la misma etimología que regular y que regla. También por ejemplo, tanto cuajo como coágulo vienen de coagulus, la primera por vía popular y la segunda por culta. Pero bueno —efectivamente como si siguieran en el metro, frenó en seco, aunque la inercia del pensamiento le seguía haciendo buscar palabras con j procedentes de gulus y gula—, el caso es que veruculum dio verrojo, pero, como en otras etimologías populares —tema que apasionaba a mi hermano—, la gente cambió la forma de la palabra para adaptarla mejor a su significado y, al ver que los cerrojos eran de hierro, algunos empezaron a llamarlos ferrojos o herrojos, y otros, como servían para cerrar puertas, empezaron a decir cerrojo, que es lo que nos ha quedado.

Después, no porque fuera de repente consciente de que sus explicaciones les retrasaban, sino porque se fijó por fin en el verrojo —palabra que sigue en el diccionario— y consideró que iba a ser difícil abrirlo, volvió a la realidad y exclamó:

—Y ahora quién tuviera una ganzúa para abrir esto.

—Que no sé vasco —repuso riéndose Quero, recordando aquella escenita de la vasca en la discoteca.

—Ja, ja. Bueno, pero a ver cómo abrimos esto —sabiendo ya que por muchos vídeos explicativos que vieran no iban a poder abrirlo con plásticos ni con carnets de la biblioteca ni del cine.

—¿Llamamos?

—Sí, ¿y qué decimos, que venimos a robarles su Manuscrito del Conde Ensortijado?

—La verdad es que deberíamos haber pensado en esto. No parece una cerradura demasiado segura. Puedo probar con las anillas del llavero otra vez.

Pero entonces, cuando Quero sacó las llaves y se disponía a dejarse las uñas intentando sacar las anillas del llavero, mi hermano se acordó del día en el que el Galgo y él habían estado media hora intentando pasar sin éxito un escritorio por una puerta, probando todas las técnicas y posiciones posibles, hasta que a uno de los dos se le ocurrió intentar la posición normal y obvia, que es como sorprendentemente al final pasó. Inspirado por este caso en el que la solución más sencilla y descartada en un principio por obvia fue la acertada, mi hermano decidió probar a ver si podía abrir el cerrojo metiendo sus propias llaves en la cerradura, algo que a veces funcionaba. Y, como si la Providencia estuviera de su parte, efectivamente, con la tercera llave que lo intentó, pudo abrir el cerrojo. Cuando vieron que se abría los dos soltaron un grito y saltaron hacia atrás.

—¡No puede ser!— celebró Quero.llave platón

Justificadamente ensoberbecido al pensar que el hecho de haber podido abrir la puerta con una de sus llaves indicaba que era el elegido e indicado para conocer el origen del lenguaje (como el rey Arturo con Excálibur, Thor con su martillo o la Cenicienta con el zapatito), mi hermano sentenció, sin que viniera mucho a cuento, con una enorme sonrisa en la boca:

A veces la solución más fácil es la que tenemos delante de las narices. Hay que intentar aplicar siempre la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es la mejor. Si no se puede explicar algo de una manera fácil es que no se sabe explicar.

Según nos contó mi hermano un día, lo de la navaja de Ockham viene de que el filósofo Guillermo de Ockham dijo que había que raparle las barbas a Platón con navaja, queriendo decir que había que simplificar su filosofía.

Aclarado esto, abrieron del todo la puerta, que crujió como crujen las puertas de los sitios misteriosos, y entraron. Como, efectivamente, a pesar de todas las casualidades, aquel no era ni el lugar donde habían quedado aquellos hombres ni por descontado el lugar donde se escondía el Manuscrito, sino un viejo sótano, al entrar no encontraron nada más que telarañas, algunos trastos y estanterías prácticamente vacías. No obstante, por desgracia, había también una vieja mesa de madera llena de polvo con un atril grande, en el cual para mayor desgracia aún, se veía la huella sin polvo de algún libro grande que recientemente había descansado allí. Digo por desgracia porque esto podía alimentar las infundadas esperanzas de mi hermano y Quero, como de hecho hizo (aunque es verdad que a la vez esto permitió que ahora podamos disfrutar un ratito más de las disparatadas anécdotas de estos personajes).

—¡Mira el facistol! —exclamó mi hermano, quien no perdía ocasión alguna para colar alguna de las palabras que aprendía fuera de contexto—. Tiene la sombra de haber tenido un Manuscrito encima hace poco.

—Pues sí, aquí ha habido un libro y uno de los grandes.

Movidos por la fantasía de la historia, los dos, sin haberlo hablado, se imaginaban el Manuscrito como un libro enorme, de esos antiguos y polvorientos con cubiertas de cuero y adornos dorados en las esquinas. Mi hermano se lamentó:

—¡Eso es que se nos han adelantado! ¡Se lo han llevado ya! —y miró alrededor a ver si podía estar en otro sitio de la habitación—. Quizás haya una puerta secreta.

Estuvieron tanteando la pared durante un rato y rebuscando por la habitación en busca de algún dispositivo que abriera alguna compuerta escondida, un libro falso en una estantería, algunos agujeros de la nariz de una estatua en los que se pudieran meter los dedos o algún ojo que se pudiera apretar, pero no encontraron nada y vieron que se acercaban peligrosamente las diez, la hora a la que habían quedado allí los misteriosos hombres engabardinados. Quizás estos hombres habían ido antes de esa hora finalmente y eran ellos los que se les habían adelantado y se habían llevado ya el Manuscrito, pero por si acaso no era así, decidieron salir rápido, antes de que les pillaran.

La excesiva casualidad había hecho que mi hermano y Quero pensaran que estaban en el lugar adecuado, pero que habían llegado tarde. Y con razón. Y es que mira que es mala suerte que justo en el sitio donde creían haber oído que estaba el Manuscrito del Conde Ensortijado hubiera una misteriosa puerta inclinada con una enorme cruz y, tras aquella puerta, un lúgubre lugar con un atril sin libro, pero con la huella de haber tenido uno encima.

Yo ahora, la verdad, superada la historia y conociendo el final, que de momento no desvelaré (como sí hace Homero, por ejemplo), me pregunto qué sería aquel sitio. Algún día debería volver a comprobar si todo lo que cuento es cierto o si me dejé llevar en esos días por la imaginación de mi hermano y Quero. Y es que no iba a ser esta la única casualidad que enardeciera la aventura.

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Incepta est fabula

25

Y es que en uno de esos viajes —y creedme que con esto llegamos, por fin, al origen de la aventura— en los que alternaban las anécdotas de la naturaleza con la caza de curiosidades lingüísticas, mi hermano y Quero escucharon una secreta conversación entre dos misteriosos hombres que se tapaban las bocas con los cuellos o, mejor, solapas de las gabardinas que llevaban a pesar de que era junio (y de que no hacía tanto frío como este año), fieles a su condición de hombres misteriosos. Como mi hermano y Quero ya estaban entrenados para escuchar hasta el bostezo de una mosca, igual que los ninjas pueden oír los latidos del corazón, para ellos la conversación sonó alta y clara.

Uno de los hombres decía:

—¿Y cuánto ganamos con esto?

El otro respondía:

—La gente pagaría millones por conocer el origen del lenguaje y mucho más pagarán los que quieran seguir escondiéndolo en secreto y que no salga a la luz.

—Entonces tenemos que darnos prisa. Según el informe, esta noche tenemos que ir al Seminario de los Caballeros en la puerta inclinada con la cruz, ¿verdad? Seguro que es allí donde se encuentra el Manuscrito del Conde Ensortijado, ¿no?

—Sí, allí es.

—A las diez estaremos allí; una vez que se haya hecho de noche. —En aquellos días aún se hacía de noche a las 10, no como ocurre ahora que anochece a las 11 o más tarde, algo que, como se encarga de repetir mi hermano en una de sus teorías, se debe a que este año se han equivocado con el cambio de hora.

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Al oír todo esto mi hermano, que había estado observando a los hombres engabardinados (como los langostinos) con la atención y posición de un perrillo de las praderas, le dijo a Quero en la voz más baja que le permitió la exaltación para que no le oyeran aquellos hombres:

¡El origen del lenguaje! ¿Tú sabes lo que eso supone? Sería un descubrimiento magnífico. El origen del lenguaje es un misterio. Por mucho que digan que el ser humano tiene unas condiciones que favorecieron la capacidad del lenguaje, es difícil saber qué chispa hizo que empezara. Su descubrimiento tendría un valor incalculable.

Y Quero contestaba también entre susurros:

—Me lo puedo imaginar. He creído oír que valdría millones.

—Bueno, el dinero es lo de menos, lo importante es el valor cultural. Puede desvelar el origen del hombre y contestarnos muchas preguntas sobre el porqué de la vida, sobre quiénes somos. ¡Tenemos que encontrar ese Seminario de los Caballeros antes que estos hombres! Dan la sensación de ser unos malhechores que solo buscan enriquecerse. Nosotros le daremos el uso adecuado.

Cuando se bajaron los hombres del metro mi hermano estaba en éxtasis, hablando sin parar de todo lo escuchado, sin olvidarse, eso sí, de hablar bajo para que nadie más se enterara de la existencia de aquel Manuscrito del Conde Ensortijado.

Es cierto que aquella emoción habría sido comprensible, pero solo en caso de que hubiera sido real lo que habían escuchado. Y es que, como en verdad no eran ninjas, puede que escucharan mal y que el sitio no fuera el Seminario de los Caballeros. Yo me he limitado a transcribir la conversación a través de los oídos de mi hermano. De hecho, seguro que a los oídos de Quero llegó otra información, pero mi hermano estaba tan entusiasmado con que ese era el sitio que nadie le habría podido sacar la idea de la cabeza. Yo creo que a ello contribuía que le encantaba la sonoridad del nombre de Seminario de Caballeros. Puede que dijeran «Herbolario de Panaderos», pero ese no era nombre digno de albergar el Manuscrito que contenía la historia del origen lenguaje.

También puede que el nombre del Manuscrito no fuera «Manuscrito del Conde Ensortijado», pero es que ese nombre sonaba majestuoso. Sonaba como el de un secreto códice perteneciente a un conde opulento; claro que esto se debía probablemente a que mi hermano creía que ensortijado significa ‘lleno de sortijas’. Lo que sí es seguro es que aquellos hombres de verdad hablaban de un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje. princejohn

En cualquier caso, para mi hermano el saber de dónde viene el lenguaje, sobre lo que tanto ha pensado, es algo soñado desde niño. El lenguaje para él es la esencia del ser humano y saber su origen es conocer la manera en la que dejamos de lado al resto de las especies, es entender el aliento divino que nos dio el privilegio de las lenguas.

Tanta era, pues, la emoción que se acumulaba en su pecho, que no se paró a pensar en nada. Ni en que aquellos hombres podían ser de verdad unos peligrosos malhechores, ni en que podía haber escuchado mal, ni en que aquellos hombres podían a su vez haber quedado con gente peligrosa en aquel sitio, ni siquiera pensó en que la puerta a la que se habían referido podía estar cerrada cuando llegaran. A las nueve y media, antes que aquellos hombres llegaran, tenían que estar allí.

Incepta erat fabula. La aventura daba comienzo.

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