Prometeus

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Ya en casa del Rey Escorpión, dejaron las maletas, se saludaron, mi hermano y Quero conocieron a Kiko, que también se iba a quedar esos días allí, recordaron, por supuesto, la historia de los entrecots y decidieron que esa misma noche irían a buscar unos cuantos, cosa que mi hermano aceptó con la boca pequeña porque no quería estar de resaca para ir a Altair.

Mi hermano aprovechó el momento de deshacer las maletas —él nunca la deshacía ni colgaba las cosas en perchas porque le daba igual tener arrugadas sus prendas— para mirar el móvil y ver los megustas a lo que había escrito en su muro de Favencia. Entonces vio que una de las chicas que había puesto megusta era una a la que había conocido el fin de semana anterior y a la que, como hacía siempre, había prometido que iban a ir al cine el miércoles. ¡Ups! Mi hermano supo que era el típico megusta que significa «no me gusta» o mejor aún «no me gusta que estés en otro sitio cuando has quedado conmigo esta semana». Siempre le pasaba lo mismo, aunque en este caso con algo más de excusa. A mi hermano más de una chica se le ha quejado diciéndole que promete demasiado. Alguna hasta le llama Prometeus. Sus amigas Pichuki y Lupita, por ejemplo, pero también Adela, otra buena amiga del JAEIC, se enfadan con él y le dicen que no puede ser siempre así, que no puede estar siempre mintiendo, que no puede quedar con una chica para ir al cine y luego no escribirle el día que han quedado. Mi hermano, que como he dicho, nunca miente, se excusa diciendo que, cuando él promete algo, en ese momento tiene la intención de cumplirlo, o sea que no es mentira. Dice que lo que pasa es que luego lo piensa mejor, le da pereza y que, además, no es solo él el que no escribe, que si a él le escriben recordándole la promesa él no se negaría a quedar, pero que si no le escriben, que es lo que suele pasar, entiende que es que a la chica no le interesa. A esto siempre le responden que es el chico el que tiene que tomar la iniciativa.

Un día una chica que le había dicho que se iba a ir un mes de vacaciones en verano y que le gustaría verle antes esa semana le preguntó que por qué no había querido quedar con ella, vamos, que por qué no le había escrito para quedar. Él salió con una de sus clásicas evasivas:

—Es que si quedamos y resulta que me gustas, luego estoy todo el mes triste echándote de menos y pensando en ti, y, si no me gustas… o no te gusto yo a ti —con esto trataba de arreglar lo dicho— pierdo la ilusión de saber que en septiembre, cuando volvamos, podemos quedar y empezar algo.

Y esto que lo dice mi hermano medio en broma, luego los domingos (o lunes) de bajón le pasa factura, porque le gustaría poder ir con una chica al cine… si no tiene otro plan.

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Megustas, dijistes, escorpiones y entrecots

4

Solo cuando se hubo detenido completamente el avión, mi hermano se quitó el cinturón. Mi hermano es de los que solo se quitan el cinturón una vez se apaga la lucecita, hasta el punto de que un día le dijo a su compañero de piso de Nueva Isla, Cesc, que le había decepcionado cuando vio que él se lo quitaba antes. Luego, también solo cuando se hubo bajado del avión —a mi hermano le ponen nervioso los que lo encienden mucho antes y encima con sonido—, encendió el móvil y lo primero que hizo fue poner en Facebook que estaban en Favencia. Hizo esto en primer lugar porque tenía alguna chica por allí y en segundo lugar para que las chicas de Almagriz se enteraran de que estaba allí y le echaran de menos. A ver cuántos megustas (mejor que cuántos me gusta, como síes, noestequieros) conseguía.

En el camino a casa del rey Escorpión (el amigo de Chindas), Quero, tras habérselo oído a varias personas en el autobús y sabiendo que a Chindas también le gustan mucho estas cosas, se lamentó:

—Hay que ver la cantidad de gente que dice dijistes y vinistes. ¿A vosotros no os molesta?

—Yo lo odio —dijo Chindas, que odiaba también las faltas de ortografía y muchas veces se desahogaba con mi hermano mandándole fotos en las que aparecían faltas garrafales.

Mi hermano, sin embargo, como siempre tan ecuánime, neutral y baciyélmico, con el talante de gran maestro de artes marciales o monje budista, se desmarcó contestando:

—A mí no me parece tan condenable. —Le faltó añadir «pequeños saltamontes».

Quero pensaba resignado: «¡Ya estamos!». Mi hermano prosiguió con su monserga:

—Esta es de las típicas cosas que tiene una explicación muy bonita. En la conjugación de los verbos en español, en casi todos los tiempos la segunda persona del singular, es decir, la que se refiere a , termina en –s. Por ejemplo, con el verbo decir, el presente es dices, el imperfecto decías, el futuro dirás, y el subjuntivo digas, dijeras. Todos con –s final. Los únicos tiempos que no tienen –s son precisamente el pretérito perfecto simple o indefinido, que es como posiblemente estudiasteis que se llamaba dicho tiempo gramatical en el colegio porque así estaba en la gramática de 1931 de la VEI, aunque ya en el 75 se cambió —y volviendo en sí—, como decía, los tiempos que no tienen –s final en la segunda persona del singular son el perfecto simple, dijiste, y el imperativo di. Así que no es raro que el hablante, a la hora de usar dijiste tienda a poner una –s como en los demás tiempos y diga dijistes. Y, curiosamente, aunque con el verbo decir no pasa, con los verbos oír e ir, por ejemplo, se pone una –s también en la segunda persona del singular del imperativo. Así la gente dice «¡Oyes!» o «Ves ahí», en vez de «¡Oye!» y «¡Ve ahí!».

—¡Mola! —respondieron complacidos Quero y Chindas de ver que mi hermano de vez en cuando contaba cosas interesantes, pero a la vez contrariados de que ya no iban a poder quejarse de lo de dijistes con tanta agresividad nunca más.

—Pero es que incluso, a veces pasa con la n —seguía ahora enardecido mi hermano— que se asocia a la tercera persona del plural, porque sale en dicen, decían, dirán, entre otros, y, así, por ejemplo, para decirle a un grupo de personas que se vayan, si se les trata de usted, se puede oír que la gente dice «¡Irsen!»

—Anda, pues sí. Lo he oído alguna vez —asintió Chindas.

—Y al hilo de esto —continuó mi hermano—, no sé dónde oí una vez algo curioso. Vosotros sabéis cuándo se tildan las palabras llanas, ¿no?

—Sí, cuando la palabra termina en letra diferente a n, s o vocal —contestó Quero, que se sabía bien la lección.

—Pues ¿a que no sabéis por qué es así?

—Pues la verdad es que nunca me lo había planteado —se interesó Chindas.

—Fijaos en la terminación de los verbos. Casi todas las formas son llanas y terminan en n, s o vocal.

Reflexionaron un momento y constataron casi al unísono:

—¡Es verdad!

—Pues como estas palabras salen constantemente, para reducir al mínimo el número de tildes, se estableció que en estos casos fuera en los que no se ponía tilde. Además, lo de la s también sirve para todas las llanas plurales.

—¡Mola! —volvieron a responder.

Y así, en este estado, llegaron a casa del rey Escorpión. El rey Escorpión no se llamaba Mathayus como en la película, sino Alfonso, pero no era el Alfonsito del mus. El apodo de rey Escorpión, curiosamente, se lo había puesto mi hermano en la única noche que coincidió con él saliendo por Roldana. El motivo es que en las escaleras que conducían a la planta baja de Valhalla, que era una parte abierta y con piscina, el rey Escorpión, que estaba empezando una relación con una chica, cogió a mi hermano e, imitando a Mufasa, le señaló a todas las mujeres que por allí había diciendo:

—Al ver este panorama me doy cuenta de todo lo que me voy a perder si empiezo a salir con una chica. Yo es que tengo un problema. Yo es que veo pechitos y es como si viera entrecots. Se me hace la boca agua.

Mi hermano se empezó a partir de risa, a descojonarse, vamos. Pero el Rey Escorpión siguió:

—¿Tú conoces la fábula del escorpión y la rana?

—Creo que no —contestó mi hermano mientras fáusticamente empezó a pensar si era de La Fontaine o de Esopo.

—Pues resulta que un escorpión queriendo cruzar un río le pidió a una rana si le podía llevar en la espalda. La rana le contestó que no porque le iba a picar. El escorpión prometió con tanto ímpetu a la rana que no le picaría que acabó convenciéndola. A mitad de camino, el escorpión, como era de esperar, picó a la rana y, mientras se hundían, la rana le preguntó que por qué lo hacía, si iban a acabar hundiéndose los dos. El escorpión respondió encogiéndose de hombros (si es que los escorpiones tienen hombros): «Es mi naturaleza».

Mi hermano se quedó atónito.

—¿Sabes por qué te lo cuento? —preguntó el desde entonces apodado rey Escorpión.

—Me lo puedo imaginar, pero explícamelo tú —le tiró de la lengua mi hermano.

—Pues porque mi naturaleza es que me encantan las mujeres y, si me echo novia, no sé si voy a poder resistir a los impulsos de mi naturaleza.

En ese momento pasó una rubia con unos entrecots tan jugosos que si no llega a ser porque el Rey Escorpión era escorpión y no ave, habría sucumbido ante semejante añagaza. Aunque bien es cierto que, pensándolo mejor, en su afán de demostrar que era un escorpión y que en su naturaleza estaba el picar, demostraba lo enamorado que por fin estaba de una chica y, a la vez, lo asustado que se sentía por ello.

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Uve doble ele ele (2)

Pero aún no he acabado con los locos clichés de mi hermano por las noches. Con el calor de Roldana y después de varias noches seguidas saliendo, es normal que la cabeza duela un poco. Para sanarse o al menos aliviarse del dolor, una noche, a mi hermano se le ocurrió echarse copa por la cara, apoyando el borde de la copa contra la frente y volcándola suavemente. Después de varias veces, el sistema resultó efectivo para paliar el dolor, pero no para beberse la copa. Mi hermano al principio pensaba que el líquido seguiría fielmente el curso de la nariz deslizándose dulcemente en la boca a modo de cascada si se sacaba un poco la lengua. Pero no es así, al final el líquido cae por todas partes menos en la boca; la nariz hace de rompeolas, más que de cauce o lecho.

De esta forma, con lo que se empezó a llamar el «chupito frente», fue como mi hermano se empezó a ganar la fama de que siempre lleva la camisa mojada, hasta el punto de que se ha convertido en tradición para él el mandar fotos a la gente con lo que él llama empapadas: «Esta empapada es de las mejores que recuerdo», decía un día por ejemplo al mandar una foto en la que tenía mojados hasta los pantalones.

empapada2Tal es el entusiasmo con el que la gente recibe estas fotos que, cuando le ven en una discoteca sin la camisa mojada se lo recriminan y llegan a exigirle que se la moje para poderse hacer una foto con él y mandarla, como si de un famoso se tratara. Alguna vez incluso le han llegado a sugerir que, para no mojarse la camisa, se la abra, cosa que, por cierto, ya hace algunas veces en las discotecas por motivos distintos, pero la cosa es que el día que probó a hacer el chupito frente con la camisa abierta cayó en la cuenta de que aunque era cierto que no se le mojaba la camisa, se le mojaban en cambio los calzoncillos (y los pelos del pecho). Ante esto le contestaron que para eso podía ir comando. Pero por ahí no estaba dispuesto a pasar mi hermano por miedo a pillarse la… en fin, por el miedo que todo el mundo tiene después de haber visto la horrible escena de Algo pasa con Mary.

Hay que decir, no obstante, que una de las mejores empapadas no la consiguió mi hermano, sino el Galgo. Fue un día que estaban en Marlinda en una discoteca donde las copas eran insultantemente caras. En esa época estaba muy de moda la canción Wake me up de Avicii, hasta tal punto que la gente de nuestro grupo se volvía loca y empezaba a dar brincos y a montar una especie de remolino (como el que hacían Zazú, el Galgo y mi hermano con In my mind en la época de postureo en la que como mucha otra gente iban a ir a Tomorrowland, pero no). Al segundo día, cuando pusieron Wake me up, el Galgo, que había aprendido de la experiencia, antes de unirse al remolino, se tiró la copa por encima de la cabeza. Cuando le preguntaron que por qué lo había hecho respondió:

—Con lo cara que es la copa aquí, antes de que me la tiréis vosotros prefiero tirármela yo.

La explicación que le dieron a estas palabras fue que era como en la explosión de un edificio: puestos a que se nos caiga la copa por encima mejor hacerlo de manera controlada.reloj

Un éxito casi tan abrumador como el que tiene mi hermano con las fotos de la camisa mojada lo consigue con las fotos que manda por WhatsApp de un reloj que tiene en su cuarto, en las que se ve la hora a la que se acuesta al volver de fiesta. Ha habido incluso peleas entre chicas si a una se lo ha mandado y a otra no y se enteran o si a alguna se la ha mandado unos minutos más tarde, porque eso significa que es la última en la que ha pensado antes de acostarse.

También al volver de fiesta a veces escribe bellos poemas que cuelga en su muro en Facebook o en Instagram. Por las mañanas se indigna al ver que estos poemas tienen más megustas que otros poemas serios que cuelga entre semana.

También gozó y aún goza de mucho éxito con una serie de fotos que empezó a hacer a la gente con un abrigo verde chillón que se compró; verde lima, para ser más técnicos. Todo empezó cuando estando en Holanda, un amigo americano le pidió consejo con la foto de perfil del Facebook y mi hermano, que en ese momento tenía una con este abrigo verde con la que había conseguido muchos megustas, le dijo que por qué no se lo ponía y subía una foto con él puesto, que el verde del abrigo favorecía mucho. Eso hicieron y lo mismo después con la mejor amiga holandesa de mi hermano, que estaba con ellos y que se había puesto celosa. Y así poco a poco fue haciéndole una foto con el abrigo a más gente hasta conseguir muchas. Incluso la perrita del Galgo tiene una con el abrigo. En este caso, igual que con lo de la camisa mojada, muchos al verle por ahí con el abrigo le piden que se lo deje para hacerse una foto.

Otra de las fechorías de mi hermano es el llamado «chupito emergente». Esto consiste en meterse un vaso de chupito vacío, después de haberse tomado el contenido, dentro de una copa llena. El efecto que tiene en las chicas el ver cómo mi hermano, después de ofrecerles un chupito, lo saca de dentro de su propia copa, como si emergiera por arte de magia, es inefable. Y más efecto aún tiene cuando saca uno para ella y otro para él. También es verdad que, como es lógico, muchas veces las chicas no quieren beber por si la copa está envenenada o por si tiene alguna pirula o, vamos, porque les da un poco de asquillo ver cómo mi hermano mete los dedos en la copa de la que saca el chupito.

Si alguien quiere probar la táctica del «chupito emergente», ¡ojo!, es importante que el vaso contenedor sea vaso de sidra o alguno otro ancho, porque si se hace en vaso de tubo el chupito se puede quedar encajado, lo cual puede ser bueno o malo. Puede ser bueno porque es bonito el efecto que se produce cuando el chupito se queda arriba y al darle la vuelta a la copa el líquido no cae, pareciendo cosa de magia porque el chupito no se ve. Pero puede ser malo si, cuando ya se quiere sacar el chupito para seguir bebiendo, se le da la vuelta a la copa, y, después de dar unos golpes al culo del vaso, el chupito cae al ojo. También es importante recordar que se tiene el vaso de chupito dentro en caso de querer emular al Galgo en lo de tirarse la copa. Sé por experiencia que hace más daño que los hielos.

Es menester decir que lo del chupito emergente no fue exactamente invento de mi hermano. Se le ocurrió en Holanda, cuando descubrió y, por supuesto, probó, una forma de tomarse la cerveza, que consiste en pedir al lado un chupito de ginebra o vodka con el objetivo de que la cerveza no dé tantos gases. Esto tiene un nombre en holandés que no recuerdo, pero cuya traducción es ‘rompecabezas’. Este menú se puede tomar de al menos tres formas. La primera es ir dándole un trago a la jarra de cerveza y luego un sorbito al chupito. La segunda es vertiendo el contenido del chupito dentro de la jarra de cerveza; y la tercera, y aquí está la clave, es echando directamente el vaso de chupito con su contenido en la jarra de cerveza.

Esta idea le gustó mucho a mi hermano, porque aunque le encanta la cerveza, si toma demasiada le dan gases y se duerme. Lo de que la cerveza le duerme se pudo comprobar la noche en la que en una barra libre de cerveza en una discoteca en Comandafnia cayó rendido en un sofá. Cuando un puerta le vino a echar, se levantó asustado y preguntó que por qué le quería echar. El puerta le dijo que estaba durmiendo y que en la discoteca no se podía dormir. Él, pudiendo haber contrautilizado el truco de Cela y haber dicho que no estaba durmiendo, sino que estaba dormido, prefirió ponerse a bailar y dijo: «Pero si estaba bailando». Sorprendentemente no le echaron.

También le cogió cierta aprensión a beber demasiada cerveza cuando se enteró de que incrementa las posibilidades de tener gota. Desde que leyó aquello cada vez que se pasa con la cerveza nota que tiene el dedo gordo del pie hinchado.

El peor día sin duda relacionado con la gota fue cuando al volver de fiesta en Favencia un verano, al quitarse el zapato vio que tenía el dedo gordo y parte del pie del color que se pone la piel cuando hay sangre por dentro, es decir, como amoratados o acardenalados. Se asustó mucho, pensó «Hasta aquí hemos llegado» y rezó por que lo que hubiera pasado fuera que se había desteñido el zapato, aunque era marrón. Empezó a frotarse el pie y no salía. Al final, frotando con ahínco y con el ímpetu del que no quiere morir tan joven, consiguió que se fuera quitando el color, seguramente porque en verdad era cosa del zapato; aunque si hubierais visto la vehemencia y el frenesí con los que se frotaba el pie con la esponja, en una postura bastante graciosa, por cierto, dudaríais como yo de si lo que en verdad hizo fue devolver la sangre allí acumulada al corazón.

También por el problema de no querer beber demasiada cerveza, en Romsa —una ciudad noruega donde mi hermano ha ido varias veces por estancias y congresos y que está por encima del círculo polar ártico— se exponía mi hermano a una situación curiosa. Nos contaba un día que en las discotecas de allí dejaban pasar y beber cerveza a mayores de dieciocho años, pero solo podían ingerir bebidas espirituosas fuertes los mayores de veintiuno. Como en los países europeos las copas son caras y pequeñas, sus amigos solían pedir cerveza, y mi hermano hacía igual, hasta que en un momento de la noche necesitaba una bebida que le detuviera la gasopuntura que le atormentaba por dentro. Para poder tomar una de las bebidas fuertes había una salita especial a la que solo se podía acceder si se era mayor de veintiuno y, por supuesto, no se podía salir con la copa. Así que era como una sala de fumadores, pero peor, porque como nos decía mi hermano, el que sale a fumar, aunque lo haga solo, tarda unos cinco minutos, pero el que se está tomando una copa, encima cara, se tira media hora mínimo para degustarla como es debido. Así que mi hermano, mientras se terminaba su copita se pasaba al menos media hora solo en una sala donde apenas había mujeres, rodeado de borrachines, con los que, tras haber pensado en sus cosas, por supuesto, acababa hablando, sobre todo si daba el «sorbo letal», es decir el sorbo en el que uno debe despedirse de sus amigos hasta el día siguiente, porque pasa a no recordar las cosas, y en el que a mi hermano en concreto le empieza a dar el «momento social». Pero pasar por esa sala era la única forma de aguantar. Lo peor de todo es que encima mi hermano es de los que les cuesta estar bailando en una discoteca sin una copa en la mano, no por beber, sino por costumbre, así que cuando no estaba en la sala de bebedores, estaba como incómodo mirando hacia ella, añorándola, como si fuera un alcohólico.

Parecido a lo del Galgo con la canción de Avicii, pero en dirección opuesta, es lo que mi hermano llama «hacer un Fernando Alonso». Un «Fernando Alonso» consiste en agitar una bebida embotellada y abrirla empapando a todos, igual que hace, o que hacía, Fernando Alonso con el champán cuando gana o ganaba una carrera. Esto empezó en el reservado de Roldana, un día en que al traerles la mezcla para las botellas de alcohol, mi hermano cogió una botella de cristal abierta de Coca Cola y tapándola con el dedo gordo empezó a agitarla y a empapar a la gente. A partir de ahí empezó a hacerlo también en Almagriz con las cervezas que venden los chinos a la salida de las discotecas. Los objetivos habituales de esto suelen ser Pichuki y Quero, aunque Pichuki ya no tanto después de que un día se enfadara muchísimo cuando mi hermano la empapó a ella y a Celulita a conciencia. Como a mi hermano le gusta mojarse y considera que mojarse con alcohol es signo de salud, al principio consideraba infundadas las broncas que le echaba la gente y seguía haciéndolo y, aunque sin mala intención, molestando. Ahora ya se ha reformado, porque se ha dado cuenta de que no es solo el estar mojado, que ya es molesto, sino que también el alcohol hace que uno huela.

Y ahora que digo lo de «hacer un Fernando Alonso», igual que sucede en otros grupos, en el nuestro hay muchos casos en los que alguien, por hacer algo característico repetidas veces, acaba dándole el nombre a una acción. Merece la pena destacar algunos de ellos.

Uno, por ejemplo, es «hacer un Galgo». Aparte de lo de tirarse la copa por encima, que también podría decirse que es «hacer un Galgo», el que «hace un Galgo» en este caso es el que organiza un plan y lo propone en el grupo común de WhatsApp y luego, cuando ya está todo el mundo en el sitio donde se ha quedado, resulta que no aparece y, más aún, no avisa de que no va a aparecer. Otro es «hacer un mi hermano», que creo que he mencionado antes y que consiste en coger a una persona, generalmente, a la amiga de una amiga, una noche por banda y darle una buena chapa contándole un montón de historias sin casi dejarle hablar más que para aprobar lo dicho. «Hacer un Zazú» o «un Sano», que en esto hay disputas, es inflarse a copas en una casa y luego irse directo a la cama en vez de salir a una discoteca. «Hacer un Charly» es despertarse por la mañana y darle la vuelta a los pantalones y sacudirlos para ver si queda al menos alguna moneda de por la noche en los bolsillos. Esto se puede completar mirando los recibos de la tarjeta de la noche y quejándose amargamente de todo lo gastado, tirando los recibos por el aire. También «hacer un Charly» es, al recibir una llamada, quejarse diciendo «¿Por qué me llama este ahora?», sea quien sea la persona que llama. «Hacer un Quero» es forzar el saludo con algún vecino y que el vecino no conteste. «Hacer un Mufo» es decir una noche al salir de fiesta que vas a ver amanecer y caer antes de las tres de la mañana. Muy parecido es «Hacer un Lízar», que consiste en ir un fin de semana a algún sitio de fiesta y morir (en el sentido de no poder salir el resto de días) la primera noche. «Hacer un bailarín de Tóldoz» es casi darse con el coche de delante por estar distraído mirando a una tía buena que pasa por la calle.

Luego los hay más sofisticados, como «hacer un Kiko Burgos» o «hacer un Alfonsito», los dos muy relacionados. El primero lo explicaré luego para que veáis en directo el origen. El segundo consiste en parar alguna actividad, en su origen fue una partida de mus, y sin venir a cuento sincerarse diciéndole a la gente, por ejemplo:

—Sois mis mejores amigos. Nunca me lo había pasado tan bien jugando al mus.

Y luego pasar a preguntar por algún tema íntimo como que qué opina la gente sobre los celos.

Hasta ahora, en todos estos casos el nombre de la acción lo da el que la hace, pero también puede dar el nombre el que la recibe. Por ejemplo, Chindas y mi hermano llamaron hacer un Cami 2 a estar en una discoteca con alguna chica, al principio siempre era Cami 2, y decirle que te estás haciendo pis para irte a dar una vuelta por la discoteca entrando a chicas (la llamada «putivuelta») y no volver hasta un buen rato después habiendo dejado a la chica sola o, mejor aún, habiéndola dejado con alguien con quien no se lleva bien y que no tiene mucha conversación. Este tipo de grupos que no pega ni con cola, por cierto, es lo que se llama un «pencho», como los que típicamente hay en las mesas de las bodas.

También hay otra acción en la que el nombre lo pone el que sufre la acción: «hacer un cajera de Mercaballero» (o en su versión reducida «hacer un Mercaballero»). Esto consiste en no contestar a una pregunta que alguien nos hace y que claramente oímos sin tener motivo para no hacerlo. El nombre viene de que en la época en la que a mi hermano le dio por ser borde, un día estaban comprando en Mercaballero y la cajera le preguntó alto y claro a mi hermano si quería una bolsa y mi hermano ni se molestó en contestar. A su amigo Fernando, que iba con él, le hizo mucha gracia y desde que nos lo contaron llamamos así a cualquier caso en el que sin razón alguna se ignora una pregunta.

La posibilidad de que el nombre de la acción lo dé el agente o el paciente me recuerda a algo que nos contó mi hermano un día: la posibilidad de encontrar verbos que indiquen en qué sitio se pone algo o verbos que indican lo contrario, es decir, qué se pone en un sitio (en inglés mi hermano dice que se llaman locatio y locatum verbs, respectivamente). Un ejemplo de los primeros es el verbo to shelve, que significa ‘poner en una estantería’ y un ejemplo de los segundos es to saddle, que significa ‘poner la silla de montar en algún sitio’. Es decir, en el primero el nombre lo da la estantería (shelf), que es el lugar en el que se pone algo, y en el segundo caso el nombre lo da la cosa que se pone, la silla de montar (saddle). En español un ejemplo de los primeros sería enjaular o enlatar, porque estos verbos indican que metemos algo en algún sitio, en una jaula o en una lata; y ejemplos de los segundos podrían ser ensillar, enyesar, empanar o empolvar, porque indica lo que le ponemos a algo: una silla, yeso, pan o polvo. Para más inri, hay incluso verbos que indican lo que se quita de un sitio, como dust en inglés, que significa ‘desempolvar’. En español creo que no hay ninguno de estos, aparte de los que tienen el prefijo des- como desempolvar, claro; a no ser que barrer sea ‘quitar el barro’, je, je.

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