La pista de Altair (sin tilde)

12

A pesar de estos días de sosiego, que el recuerdo de las locuras de mi hermano y algún mensaje de sus diversiones venusianas —término que nació de la boca del susodicho bailarín de Tóldoz, en verdad llamado Manuel— hicieron menos aburridos y, por tanto, más llevaderos, mi hermano no se quitaba el Manuscrito de la cabeza.

Por fortuna para mi hermano y para los que estén intrigados por la historia de esta novela (con esto ya vuelvo a la aventura que, por el ansia de presentar todas las facetas de mi hermano, he dejado un momento en suspenso), la aventura no terminaría con el fracaso de la expedición del atril. Todo siguió una tarde, en la que Quero, el Galgo, Mamut y mi hermano iban de compras en el metro. Cuando iban con más gente, Quero y mi hermano se cortaban un poco en sus conversaciones y escuchas lingüísticas, porque ya una vez les habían dicho que eran un poco incómodas para los que no podían participar y encima eran muy aburridas. Así, charlando estaban de cosas supuestamente menos aburridas, cuando se subieron en el metro los mismos señores de las gabardinas; esta vez, eso sí, sin gabardinas. No obstante, para no dejar por ello de parecer misteriosos, habían sustituido esas prendas de vestir por maletas antiguas, de las cuadradas de cuero duras. Mi hermano masculló, para que solo Quero le oyera:

—Mira, Quero, los señores de la otra vez. Los malandrines se han quitado las gabardinas para disimular, pero estoy seguro de que esos son los mismos hombres que vimos la otra vez.

Observaron atentamente a los hombres con un ojo a la vez que seguían con el otro, a modo de de pez martillo, la conversación con el Galgo y Mamut. De esta esfírnida y binocular manera pudieron enterarse de una frase clave de los hombres:

—El maldito chaval nos la ha jugado. Se ha llevado la carpeta entera con el Manuscrito.

—Ajá —pensó mi hermano recordando al chaval de arquitectura—. ¡Ecce carpeta! ¡He aquí la carpeta! Pero ¿adónde se la habrá llevado el maldito chaval?

En ese momento, en un nuevo guiño de la Providencia vieron cómo a los hombres se les caía una tarjeta al suelo. La típica escena de película. El primer impulso fue tirarse a por la tarjeta, pero prefirieron disimular y esperar a que se bajaran los hombres, con la esperanza de que no se dieran cuenta de que se les había caído, procediendo como algunos cuando ven que a alguien se le cae un billete. Eso sí, si los misteriosos personajes no se bajaban antes que ellos tendrían que esperar y pasarse la parada a la que iban. Y, claro, ¿qué dirían ante eso el Galgo y Mamut, a los que de momento seguían sin querer decirles nada del Manuscrito?

Tal como habían temido, llegó la parada en la que se tenían que bajar y los hombres aún no se habían apeado. Mi hermano pensó en agacharse y decirles que se les había caído la tarjeta y aprovechar para leer lo que ponía, pero no quiso que aquellos hombres se fijaran en él, así que decidió simplemente fijarse él en la tarjeta mientras salía. Distraído como iba mirando y en extraña postura por el disimulo, se tropezó al salir, al no tener cuidado para no introducir el pie entre el coche y andén y todo el vagón, incluidos los hombres, que al final resultó que se bajaban también allí pero eran de los que esperan a llegar a la parada para acercarse a la puerta, no tuvieron más remedio que fijarse en él, ya no solo por la caída sino porque, para disimular, mi hermano hizo un medio tirabuzón y cayó como haciendo el pino puente, adoptando una postura que, si se tiene en cuenta lo poco elástico que es mi hermano, era bastante llamativa, con los pies dentro del vagón y las manos fuera, panza arriba. Y por si aquellos hombres no se habían fijado lo suficiente, las puertas se cerraron apretando a mi hermano en las costillas y en los moratones —otra etimología popular, por cierto, por influencia de morado, a partir de moretón— que aún le quedaban de la paliza de los seguratas de la otra vez, con lo que soltó un grito desgarrador. Entre todos, los misteriosos hombres incluidos, a los que se les notó un gesto como de que le habían reconocido, le ayudaron y pudo liberarse antes de que arrancara el metro. Habría sido gracioso que hubiera arrancado el metro y que hubiera tenido que andar de lado como los cangrejos para seguir al metro en esa postura; aunque creo que el metro no avanza si hay una puerta abierta.

Cuando se hubo calmado todo, tanto el dolor y el jaleo como las risas de sus tres acompañantes, mi hermano, aún jadeante, le susurró a Quero:

—Pues a pesar de todo, he podido columbrar —palabra que había leído en Bomarzo hacía poco y que por tanto, aún no dominaba— que en la tarjeta ponía Altair como con letras negras.

—Sí, yo también lo he visto y no me ha hecho falta caerme, je, je —se cachondeó Quero.altair

—Mira el ahogao en la mar este —soltó roldaneramente mi hermano indignado—. Pues he puesto en peligro mi integridad por resolver un misterio. Seguro que tú no te has fijado en que además había un símbolo con forma de triángulo y una estrella dentro.

—Pues no, pero seguro que no es importante.

—Pues, amigo chisgarabís, te digo yo que va a ser la clave.

Tras esta peripecia, durante toda la tarde de compras con el Galgo y Mamut, que, aunque no preguntaron, se habían quedado atónitos ante lo acontecido en el metro, mi hermano estuvo intranquilo y ansioso, dándole vueltas al nombre Altair. Lo que más le inquietaba era recordar que en la tarjeta había visto la palabra sin tilde. Empezó a preguntarse cómo se pronunciaba, si con acento en la i o en la segunda a. Él siempre la había pronunciado con acento en la i. La cosa es que en cualquier caso debería llevar tilde. Ah no, claro, si el acento recaía en la segunda a no tendría que llevar tilde porque sería aguda terminada en r. No era como en dejáis, por ejemplo.

Aclarado esto primero, mi hermano empezó a pensar que le sonaba el nombre de Altair porque había un libro de Alberti que se llamaba Canciones para Altair. Esto le daba un toque aún más literario a toda la historia. Y lo del símbolo de la estrella seguro que era porque Altair es una estrella o al menos le sonaba que era así. Quero, que también sabía de estrellas, creo que por Los caballeros de Zodiaco, se lo confirmó y le dijo además que acababa de ver una película, El último refugio, donde justo hablaban de Altair y que es una de las estrellas más brillantes del cielo, creía que la duodécima. A mi hermano se le hacía la boca agua. Como es fácil de entender, veía todo esto como señales de una gran aventura y el doce era un número mágico. Aunque yo creo que cualquier número le habría valido.

Estuvo intentando buscar información en su móvil nuevo, que al final había conseguido por una buena oferta después de amenazar con irse de la compañía, pero temía que alguien le viera y decidió esperar a llegar a casa.

En cuanto volvieron a Pinar de San Martín y se quedaron solos Quero y mi hermano, fueron a casa de Quero y se pusieron a buscar en internet. Vieron que Altair significa águila que vuela, la que puede verlo todo. No cabía la menor duda de que todo eran señales. El águila que vio nacer el lenguaje. Pero siguieron buscando y como había predicho mi hermano, si no hubiera sido por el símbolo, no habrían descubierto a qué se refería ese Altair en concreto. Encontraron en Google Imágenes que el Altair con ese símbolo era una compañía de informática, al parecer una compañía secreta que iniciaron algunos empleados que dejaron otra compañía mayor cuando estaba empezando.

La sede de la empresa estaba en Favencia.

—¡Ajá! Así que esos hombres son de Favencia. Con razón hacían mal la concordancia del verbo haber.

Gracias a este hilo lingüístico pudo tirar del ovillo e ir recordando algunas palabras que había escuchado a los hombres en el primer encuentro con ellos, palabras de las que no se acordaba hacía unos días por la excitación: «Habían muchas carpetas en el archivo».

—Pero ¿qué harían aquí? Quizás les han dado alguna pista. Uhm, pero, ahora que lo pienso, se han bajado en Nuevos Falansterios y tenían maletas y han ido hacia la línea 8, así que seguro que iban a coger el avión.

Entonces también recordó que le había oído decir al más alto de los dos «¿Cuándo venimos a Favencia? ¿El lunes?». Ese día era lunes. No había duda de que algo llevaba a aquellos hombres a Favencia. Tenían que ir rápidamente allí.

Investigaron dónde estaba aquel edificio de Altair y descubrieron que estaba en la carrer de Pau Claris, 8. Esta vez no había lugar a la duda; lo habían oído y visto todo perfectamente.

Estuvieron buscando billetes para ir en tren al día siguiente, pero estaban todos los sitios baratos ocupados, así que no tuvieron más remedio que buscar algo en avión, porque en coche iban a tardar mucho. Buscando estaban cuando se les empezó a bloquear el ordenador. Mi hermano, en vez de alterarse o impacientarse, sonrió orgulloso y dijo que estaban siendo víctimas del efecto Pauli, por el cual un ordenador puede estropearse o ralentizarse en presencia de una determinada persona, generalmente con gran capacidad mental. Se llama así el efecto porque le pasaba al físico teórico Wolfgang Pauli. Mi hermano, haciendo gala de su eventual e ingenua falta de humildad decía que ahora estaba pasando por él; decía que le solía ocurrir cuando se ponía nervioso buscando billetes por internet y que el caos en su mente provocaba el caos en el ordenador.

A pesar de este efecto y de la influyente presencia de mi hermano, consiguieron sacar unos billetes baratos para el día siguiente por la tarde.

En su afán de no gastar mucho, mi hermano se acordó además de que su amigo Chindas tenía en Favencia un amigo, el apodado rey Escorpión, al que mi hermano ya había conocido un día. El rey Escorpión les podía dejar alojarse en su casa. Llamó a Chindas para consultarle y no tuvo reparos en contarle toda la historia del Manuscrito del conde ensortijado, puesto que Chindas sabía guardar un secreto. A Chindas no solo le pareció interesantísima la historia, sino que quiso apuntarse.

Sin más dilación, quedaron Quero y él con Chindas, que no tuvo problema en conseguir otro billete, para zarpar los tres rumbo a Favencia por la tarde del día siguiente, martes. No cayeron en la cuenta de que el refrán dice que no hay que casarse ni embarcarse en martes. Esto tal vez explicaría lo que vino después.

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Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

SEGUNDA PARTE: EL COMIENZO DE LA AVENTURA

 1

Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactem que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

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Próxima parada: mi hermano. Tengan cuidado de no introducir el oído entre coche y él

21

Otro día de aventura underground —diría suburbana, pero mi hermano se enfadaría, como explico más abajo o yusoexplico— empezaron Quero y mi hermano a discurrir sobre lo que sonaba por megafonía al llegar a una parada en curva:

—¡Atención!: estación en curva. Al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

Mi hermano por fin se manifestó abiertamente:

—Lo de para me suena fatal, pero no sé muy bien por qué. Yo diría «tengan cuidado de no introducir».cuidado de

—Sí —coincidía Quero—, a mí también me suena mejor con de.

—O si no —le cortaba mi hermano— me podría sonar bien «tengan cuidado, para así no introducir». Me parece que con el así se consigue que la oración de finalidad o propósito introducida por para se vea como más externa y no interna al predicado de tener cuidado. —Se quedaba pensando y seguía como si estuviera solo—. Sí, debe ser eso, porque uno no pregunta «¿Para qué tuve cuidado?», sino «¿De qué tuve cuidado?». Es parecido a lo de las causales externas o, mejor, de la enunciación, aunque creo que no es igual. Una causal puede modificar al verbo y entonces indica la causa por la que se lleva a cabo la acción, pero también puede modificar a otro elemento más externo y entonces se expresa la causa que ha llevado a uno a decir algo. Por ejemplo, si digo «Hace frío porque es invierno», porque introduce la razón por la que hace frío. Sin embargo, si digo «Seguramente hace frío, porque la gente va con abrigo» lo que introduce porque no es la causa por la que hace frío, sino la causa por la que yo pienso que hace frío: «Pienso que seguramente debe hacer frío porque la gente va con abrigo».

—Uf. Un poco chungo —decía Quero que ante estas cosas se quedaba patidifuso, si es que no desconectaba antes— pero sí, a mí me suena mejor con de.

Menos mal que en este caso nadie les oía, a pesar de que mi hermano elevaba la voz, como la elevan a veces las madres para que las oigan los dependientes de las tiendas, abochornando a sus hijos cuando van de compras con ellas

A todo esto, lo de suburbano no lo he usado antes, atendiendo a lo que un día mi hermano explicó a su público, empezando como tantas veces con su «Es error común», sobre por qué no se debe usar suburbano como sinónimo del metro o como algo relativo a este medio de transporte. Decía:

Es error común creer que suburbano es sinónimo de metro solo porque el metro vaya por debajo de la ciudad. No. El suburbano no es el tren que va por debajo de la urbe o ciudad, sino el tren relacionado con los suburbios. Suburbano viene de suburbio. El sub- de suburbio, pues, significa ‘debajo’ pero no en el sentido espacial, sino debajo en el sentido de por debajo en el nivel económico, por ejemplo. El suburbano es, por tanto, el tren que va a los suburbios y no el que va por debajo de las urbes. Es una mala interpretación de la formación de la palabra. La segmentación se hace mal: no es sub-urbano, lo que significaría que es algo relacionado con la urbe y que va por debajo, sino suburb-ano, lo que significa que es relativo al suburbio. Es decir, primero se forma el sustantivo suburbio y luego el adjetivo suburb-ano, y no al revés, no es urbano y a partir de ahí luego sub-urbano.

Asumiendo que era fácil entender su liosa explicación, todavía siguió:

—Algo parecido pasa con algunos casos del español que permiten lo que se llama una doble segmentación. Es difícil de ver, pero por ejemplo —y utilizaba el ejemplo de la Gramática de la VEI— karate kidcon inmovilizable puede quererse decir que algo no se puede movilizar o que algo se puede inmovilizar. Depende de si formamos primero movilizable y luego le añadimos in- o de si formamos inmovilizar y, a partir de ahí, inmovilizable. Por ejemplo, una montaña es inmovilizable en el primer sentido porque no se puede conseguir que se mueva, pero una mosca es inmovilizable en el segundo sentido porque se puede coger con unos palillos a lo Karate Kid y hacer que deje de moverse: puede hacerse inmóvil.

Su público en ese caso también debía pertenecer al segundo grupo, como las moscas, porque con esta explicación mi hermano los dejó a todos inmóviles. Y eso que se dejó en el tintero otros casos relacionados en cierta medida a estos como los de reanálisis o falsa segmentación del tipo de bikini y trikini, que veremos más adelante.

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Haplologías, analogías, sesquipedaliofilias y otras enfermedades lingüísticas que se pueden pillar en el metro

19

Un día que mi hermano leyó que una chica había sacado un libro de las idioteces que se decían por la calle, rápidamente le dijo a nuestros amigos, pero en especial a Quero, porque sabía que el resto no iban a querer, que tenían que ir en busca de aún más aventuras lingüísticas, que ellos tenían que encontrar más. Por supuesto, él no hablaba de idioteces o errores —ya sabemos que para mi hermano los supuestos errores son preciosas muestras del uso natural de la lengua— sino de cualquier tipo de curiosidades lingüísticas.

Así fue como empezaron a buscar con ahínco, denuedo y entusiasmo y a encontrar verdaderas joyas lingüísticas de todo tipo, pero también como llegó a sus oídos la secreta información que daría comienzo a la gran aventura por las calles de Almagriz y más allá.

Todo comenzó cuando para tener más oportunidades de escuchar lo que decía la gente se les ocurrió empezar a recorrerse la línea 1 de metro entera, con sus más de veinte paradas, ida y vuelta, espiando o pegando la oreja a las conversaciones de los viajeros. De esta forma, llegaron a sus oídos buenas muestras del habla relajada de los usuarios del metro. Un día pudieron escuchar, por ejemplo, a una señora quejándose de que la gente era muy poco solidaridaria porque no daba dinero a los que amenizaban con su música los vagones. Ante esto mi hermano explicaba en un tono magistral y lo bastante alto como para que gente ajena lo oyera y Quero se avergonzara:

—Este es un precioso caso que demuestra que no siempre economizamos a la hora de hablar. Es el fenómeno opuesto a la haplología, o eliminación de una sílaba que aparece junto a otra parecida o igual, como en morfonología por morfofonología, tenístico por tenisístico o navideño por navidadeño.

Aquí dejaba un momento para que Quero y algún viajero reflexionaran. Luego seguía:

—Supone, pues, un caso de lo que podría llamarse sesquipedaliofilia, o amor a las palabras largas, en contraposición al odio, que se llama sesquipedaliofobia o, más exactamente, hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Mi hermano, al mirarle fijamente a los ojos justo cuando pronunciaba esta palabra hizo que un pobre niño pegara un respingo. Después continuó:

Para que luego digan que el lenguaje es económico. Eso lo dicen los que olvidan que preferimos decir debajo de la mesa que bajo la mesa o encima de la mesa en vez de sobre la mesa.

Esto sorprendió a Quero, pero pronto estuvo de acuerdo; él nunca decía «Lo he dejado sobre la mesa», sino «encima de la mesa». Mi hermano seguía:

—Si es que está claro, a la gente ya no le basta con ser solidaria; ahora quiere ser solidaridaria.

Además de esta sesquipedaliofiliez, pudieron escuchar también, por ejemplo, a alguien usando el verbo aperturar para referirse a abrir una cuenta bancaria, escucharon cientos, que no cienes, de dijistes, de contramases y cuantomenoses («Cuanto menos, me lo podrías haber dicho a mí», en vez de «Cuando menos, me lo podrías haber dicho a mí»), de imperativos en -r como pasarlo bien en vez de pasadlo bien. Llegó asimismo a sus oídos algún convezco, en vez de convenzo, en clara analogía con crezco o parezco.

También escucharon alguna de las nuevas (a veces no tan nuevas) formas de expresarse de los jóvenes. Escucharon mucho la palabra rollo usada en casos como «Es rollo superhéroes» para decir que una película era como de superhéroes. Pero también escucharon cómo la gente usaba rollo para ‘alrededor de’ como en «Había rollo mil personas». Parecido a esto escucharon muchos en plan («Había en plan mil personas»). El en plan se usaba todo el rato: «Y yo estaba en plan tirado en el sofá, cuando me llamó Silvia en plan que qué hacíamos. Y yo en plan…». También se oía mucho tipo como en «Son un grupo tipo Marea, ¿sabes?», expresiones como «Me dio la chapa», para cuando alguien es pesado con otro, y fórmulas como «No es tonto sino lo siguiente» o «Si no lo ha dicho diez veces, no lo ha dicho ninguna». Muchas de estas manifestaciones de expresividad de los hablantes demostraban que el ahorro es difícil hasta en el hablar.

metro

Por supuesto, todo esto lo iba recogiendo mi hermano en un cuaderno, el mismo donde tenía todas las listas de películas y libros que le faltaban por ver y leer. Cada vez que apuntaba alguna cosa, como es lógico, le iba buscando ya una justificación y trataba de sacar de ella alguna aplicación para sus teorías. Con alguna como con el famoso irsen, lo consiguió.

Y es que, como digo, para mi hermano son preciosas muestras lingüísticas lo que para otros son idioteces, paleterías, burradas o, simplemente, errores. Eso sí, aunque no tacha de incultas a las personas que cometen alguno de estos deslices, sí que, por ejemplo, le dijo una vez a una amiga que, aunque no era inculta, era una inadaptada. Y bastante poco fue, suponiendo que del discurso de mi hermano sobre la importancia de hablar bien se puede colegir que los que no se esfuerzan por hacerlo son gente malvada que no se quiere relacionar con los demás.

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Los lingüistas somos gente honrada

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De vez en cuando, y con esto nos vamos acercando a la ya varias veces anunciada aventura, mi hermano sale a dar una vuelta con un amigo al que, sin ser filólogo como él, también le encantan la lengua y sus curiosidades. Se llama Queremón (nombre que curiosamente comparte con un gramático estoico) y es a quien me he referido antes como Quero, que es el hipocorístico con el que le llamamos. Quero es el perfecto complemento de mi hermano porque le interesa mucho la gramática. Aunque de lo que de verdad sabe mucho es de curiosidades de la naturaleza, es decir, de animales, plantas, minerales, dinosaurios, elementos químicos y demás. Baste decir que uno de sus autores favoritos es Asimov. Quero acabó estudiando Derecho, después de dejar Biología en cuarto, desilusionado porque, como les pasa a muchos (incluso a mi hermano con Filología), la Universidad no es ni mucho menos lo que uno espera cuando decide estudiar lo que de verdad le gusta sin tener en cuenta las posibles salidas.

Mi hermano siempre se queja de que no hay derecho a que le preguntaran en un examen de Literatura de la Universidad por el nombre de la madre del protagonista del libro que se tenían que leer (en el colegio todavía, pero en la Universidad no), o a que le pusieran peor nota por haberse leído varias versiones de la historia de Prometeo y confundirlas, cuando para el examen solo le exigían leerse la de Esquilo; o —y esto es lo que más le molesta— a que le preguntaran por la biografía de una poetisa de la Generación del 27, en vez de preguntarle por alguna cuestión poética de las que le extasiaban por aquella época.

En este último caso lo que más le molesta es que le suspendieran la asignatura de Poesía del siglo XX. A él que se considera un gran poeta, a él que nació el día después de que muriera Vicente Aleixandre y del que, por tanto, (aunque no le gusta demasiado) se considera la reencarnación; a él que nació el día de san Juan de la Cruz, que es el día de los poetas; a él que, según dice, es poeta de más altura que el mismo Keats, pues si Keats medía exactamente cinco pies, mi hermano descubrió un día, al medirse en Nueva Isla, que mide exactamente seis pies, es decir unos 1,8235 metros (viendo lo cual, por cierto, empezó a considerar que es un estándar de la naturaleza y que tienen que llevarle a París para ponerle al lado de la barra de iridio y platino que sirve como patrón de medida del metro).

Pero, claro, como todo lo malo le tiene que servir a mi hermano para algo, este suspenso reafirmó su idea antes mencionada de que, como al licenciado Vidriera, y como le pasaba a Gandhi con el cristianismo, a él le gusta la poesía, pero no le gustan los poetas. Los días que sale el tema de su suspenso, después de lamentarse amargamente, se contenta diciendo que no pasa nada por que le suspendieran la asignatura de poesía del siglo XX, puesto que, claro, al fin y al cabo, él es un poeta del siglo XXI.

Pero, a lo que íbamos. El caso es que Quero y mi hermano se van de vez en cuando a correr juergas y andanzas lingüísticas, es decir, parten en busca de curiosidades que salen de las bocas de las gentes al hablar, no satisfechos (de satis que significa ‘bastante’ en latín) con lo mucho y muy sustancioso que se escucha en la televisión o en la radio o con lo mal que se escribe ahora en los periódicos. Estas correrías suelen tener lugar en los vagones del metro o por las calles del centro de Almagriz. Generalmente mi hermano es el que toma la palabra.

Así, uno de esos días mi hermano le iba diciendo en el metro a Quero:

Escribir bien y hablar bien es de gente buena. Porque el que es cuidadoso con el lenguaje y con las palabras que emplea es cuidadoso en todo lo demás. El que respeta las normas lingüísticas y, más aún, el que las respeta y las entiende, también respeta y entiende las normas cívicas, y esto le da un poder crítico para distinguir cuándo una norma es justa o injusta. Y el que siente curiosidad por el lenguaje es curioso en todo y el que es curioso no puede hacer mal porque el curioso tiende a dejar que las cosas ocurran en su forma natural para analizarlas. Otra cosa es que a veces sienta la necesidad de intervenir para corregir a los que utilizan mal una lengua y explicarles cómo se debe usar, para así brindarles la oportunidad de ser cuidadosos también.

Quero asentía porque estaba completamente de acuerdo. Mi hermano proseguía:

—Y además de escribir y hablar correctamente es preciso tener un extenso vocabulario para así poder reproducir de la manera más fiel posible los pensamientos de uno, pues no hay sentimiento más hermoso que el ver los pensamientos plasmados en algo físico como son la voz o la escritura. Significa capturar algo etéreo y demostrarnos a nosotros mismos que es real. De esa manera es fácil conquistar a las personas. Es como si les transmitiéramos el pensamiento por telepatía. Cuando la forma de expresarnos no refleja minuciosamente lo que pensamos, entonces otros podrán entender con razón algo distinto de lo que queremos manifestar. Se podría decir que les estamos engañando. Así que el buen uso de una lengua es esencial para nuestra relación con los otros y, por tanto, es deber y reflejo de la buena persona hablar y escribir bien porque esto significa que desea relacionarse de la mejor manera posible con los demás.

En ese momento justo llegaron a la estación de Quevedo.

respeta las normas

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