El problema de comerse un Big Mac con cartón y todo

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Justo dos noches antes de irse, después de salir de fiesta otra noche, mi hermano acabó desayunando con Zazú en un McDonald’s, por supuesto después de haber pasado por don Pelayo. Una vez allí, empezaron a jugar con la comida, cosa que desde pequeño a uno le dicen que no hay que hacer, entre otras cosas por lo que veremos ahora. Mi hermano incluso se empezó a comer el Big Mac con caja de cartón y todo. Luego le tiraba comida a Zazú, quien hacía «Brrrrrrrrrrr» y se la quitaba de encima tirándolo todo al suelo. Cuando ya se iban, mi hermano, viendo el desastre que habían organizado, por lo menos intentó recoger las cosas de encima de la mesa echándolas en una bandeja, con tan mala suerte que se le cayó por toda la mesa una Coca Cola que habían pedido y no se habían bebido porque ya estaban hasta los topes de líquido. Decidió dejarlo tal cual para no liarla más, tiró lo que había recogido a la basura, bandeja incluida, y en el momento en el que pretendían poner pies en polvorosa uno de los camareros, viendo el panorama, les detuvo y les preguntó:

—Pero ¿qué habéis hecho?

—No sabemos —se disculparon—. Si nos das una escoba, si quieres recogemos.

—No, no. Da igual, no os preocupéis. Iros, que ya lo recojo yo.

Tras el incidente, se despidieron y mi hermano se cogió un taxi. Quizás como castigo por haber jugado con la comida o por haber sido un vándalo, cuando mi hermano se bajó del taxi ya en casa, se tocó el bolsillo y notó que le faltaba algo; se empezó a palpar por todos los bolsillos, pero nada: no tenía el móvil. Intentó parar al taxista por si se le había caído allí, pero ya se había ido. Su conciencia le decía que lo había perdido en McDonald’s, porque en don Pelayo todavía creía recordar que lo tenía. Supuso entonces compungido que lo habría tirado a la basura del McDonald’s con la bandeja o algo. El karma. Llegó incluso a pensar que se lo había comido al morder la caja del Big Mac. El caso es que, como justo un mes antes se había quitado el seguro enfadado por la cancamusa de los trapaceros de la compañía de teléfonos con la que empecé la novela, no tenía posibilidad de conseguir otro y mira que es mala suerte porque yo creo que, después de toda esta aventura, mi hermano ya ha aprendido a mentir, con lo que podría haber conseguido que el seguro le cubriera por robo. Como era muy tarde decidió posponer la tarea de tratar de recuperarlo para el día siguiente.

A la mañana siguiente llamó a todas partes sin éxito. Cuando llamó a don Pelayo y dijo «Nada, que estuve ayer y era por ver si me había dejado el móvil», Carmelo, el dueño, lo primero que hizo fue reírse y decirle:

—¿Ayer? Pero si has estado hace unas horas.

Luego le dijo que no lo tenía.

El problema fue que, después del dispendio en Favencia y de lo que esperaba en Roldana, mi hermano no tenía dinero para un móvil nuevo, así que se tuvo que conformar con un antiguo móvil, tan antiguo que no habían sacado actualizaciones del software y no se podía usar el WhatsApp en él. Mala noticia porque el WhatsApp es fundamental para preparar los cocktails de chicas de todos los veranos en Roldana, es decir, para conseguir números de chicas en Valhalla y luego pasarse la hora de la siesta escribiéndose con unas y con otras y convocándolas a todas para que vayan a Valhalla esa noche. No en vano, así es como empezó a hablar con su novia de Santaél, por ejemplo, en uno de los cocktails de aquel año.

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Prometeus

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Ya en casa del Rey Escorpión, dejaron las maletas, se saludaron, mi hermano y Quero conocieron a Kiko, que también se iba a quedar esos días allí, recordaron, por supuesto, la historia de los entrecots y decidieron que esa misma noche irían a buscar unos cuantos, cosa que mi hermano aceptó con la boca pequeña porque no quería estar de resaca para ir a Altair.

Mi hermano aprovechó el momento de deshacer las maletas —él nunca la deshacía ni colgaba las cosas en perchas porque le daba igual tener arrugadas sus prendas— para mirar el móvil y ver los megustas a lo que había escrito en su muro de Favencia. Entonces vio que una de las chicas que había puesto megusta era una a la que había conocido el fin de semana anterior y a la que, como hacía siempre, había prometido que iban a ir al cine el miércoles. ¡Ups! Mi hermano supo que era el típico megusta que significa «no me gusta» o mejor aún «no me gusta que estés en otro sitio cuando has quedado conmigo esta semana». Siempre le pasaba lo mismo, aunque en este caso con algo más de excusa. A mi hermano más de una chica se le ha quejado diciéndole que promete demasiado. Alguna hasta le llama Prometeus. Sus amigas Pichuki y Lupita, por ejemplo, pero también Adela, otra buena amiga del JAEIC, se enfadan con él y le dicen que no puede ser siempre así, que no puede estar siempre mintiendo, que no puede quedar con una chica para ir al cine y luego no escribirle el día que han quedado. Mi hermano, que como he dicho, nunca miente, se excusa diciendo que, cuando él promete algo, en ese momento tiene la intención de cumplirlo, o sea que no es mentira. Dice que lo que pasa es que luego lo piensa mejor, le da pereza y que, además, no es solo él el que no escribe, que si a él le escriben recordándole la promesa él no se negaría a quedar, pero que si no le escriben, que es lo que suele pasar, entiende que es que a la chica no le interesa. A esto siempre le responden que es el chico el que tiene que tomar la iniciativa.

Un día una chica que le había dicho que se iba a ir un mes de vacaciones en verano y que le gustaría verle antes esa semana le preguntó que por qué no había querido quedar con ella, vamos, que por qué no le había escrito para quedar. Él salió con una de sus clásicas evasivas:

—Es que si quedamos y resulta que me gustas, luego estoy todo el mes triste echándote de menos y pensando en ti, y, si no me gustas… o no te gusto yo a ti —con esto trataba de arreglar lo dicho— pierdo la ilusión de saber que en septiembre, cuando volvamos, podemos quedar y empezar algo.

Y esto que lo dice mi hermano medio en broma, luego los domingos (o lunes) de bajón le pasa factura, porque le gustaría poder ir con una chica al cine… si no tiene otro plan.

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El zorrocloco que creía en diccionarios

PRIMERA PARTE: MI HERMANO

1

­—¡Son ustedes unos embaucadores, unos arteros, unos trapaceros! ¡Unos perillanes! ¡Me la han jugado!

Ya estaba mi hermano discutiendo con alguien por teléfono.

—Lo que me han hecho ustedes es una fullería, una candonga, una artimaña de las de época, una cancamusa. ¡Una martingala!

Si no conociera tan bien a mi hermano, no sabría que esas palabras generalmente las va sacando sin ton ni son de aquí y de allí y se las aprende de memoria para este tipo de ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día justo me habló de la palabra martingala. Dijo que le había salido leyendo Prim, uno de los Episodios Nacionales de Galdós (que se había empezado a leer por la serie que han sacado en la 1, para ver si verdaderamente Galdós investigó el asesinato de Prim) y estaba emocionado. Muchas de las otras palabras que profería seguro que las había sacado de buscar sinónimos en WordReference.

Cuando terminó de hablar, nuestra madre le preguntó:
—Pero ¿qué ha pasado ahora?
—¡Nada! Los bergantes de la compañía de teléfonos, que dicen que el seguro no me cubre el robo porque fue por negligencia mía. ¡Después de dieciséis meses pagándolo! Y, claro, les he dicho de todo.
—Ya, ya te he oído. Cancamusa… ¡Ja, ja, ja! —Nuestra madre no podía evitar reírse muchas veces con las historias y expresiones de mi hermano—. Pero ¿por qué no les has dicho que te lo robaron?
—Pues no sé, no se me ha ocurrido.
(Lo que le pasa a mi hermano es que no sabe mentir.)
—Y en cambio se te han ocurrido un montón de insultos, ja, ja.
—Je, je. Pues tengo muchos más para la próxima. Estos no saben con quién juegan, vamos. Se creen que están hablando con un zorrocloco.

Y remataba con una frase típica suya seguida por una de las locuciones latinas que se estudiaba de memoria de la página de la Wikipedia a ellas dedicada o yo qué sé de dónde y que de vez en cuando, como tantos personajes en nuestra literatura, usaba desatinadamente o, mejor dicho, deslatinadamente, como le pasa a cualquiera que usa una lengua sin conocerla bien:
Es que hay que joderse, macho. Pero, mea est ultio —la venganza es mía.

A saber lo que pensó el miembro de la compañía de teléfonos que recibió aquellos improperios.  El problema de gente como mi hermano es que no solo leen por gusto diccionarios y demás libros y páginas de referencia, sino que además se los creen. Y, peor aún, encima piensan que otros también se los creen y no entienden que no compartan las mismas inquietudes que ellos. Pero el problema de mi hermano va incluso más allá, y es que a veces conoce palabras, pero no sabe cómo usarlas bien en contexto, porque solo las ha visto en diccionarios. Lo bueno, no obstante, como iremos viendo, es que no es de los que encima critican a otros por cómo hablan, sino que trata de buscarle una justificación a los supuestos errores que cometen, algo que le parece precioso.
Sea como sea, es muy divertido cuando mi hermano empieza a soltar estas retahílas o ringleras de palabras, o cuando, casi siempre tratando de ligar, cuenta etimologías y curiosidades de la lengua. Porque saber, hay que reconocer que sabe, y que sabe cosas interesantes, o que al menos lo parecen. Si no fuera por esto, nunca me habría planteado compartir, como aquí he empezado a hacer, sus historias, que casi siempre van más allá de las meras palabras o las anécdotas.

Phonto(8)

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