¡¡¡Oreja fritaaa!!! Laralalalala

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Tardaron en bajar a cenar lo que les llevó ducharse y cambiarse mientras cantaban las canciones que pusieron en el altavoz con bluetooth de Chindas, con una de las listas de mi hermano de Spotify en la que no faltaron sus temas clásicos: por supuesto, Mi gran noche de Raphael, que se la ponían siempre antes de salir, pero también Club de fans de John Boy de Love of lesbian, Hasta que el cuerpo aguante de Mago de Oz, Atrévete de Calle 13, Errante de Niños Mutantes y Alosque de La Pegatina. Ah, y una que les gustaba mucho: La noticia del siglo de La banda municipal del polo norte.

Mientras bajaban por el ascensor mi hermano iba contando el origen del término bluetooth:

—Ya no me acuerdo muy bien, pero se llama así porque un rey nórdico antiguo, como del siglo X, tenía blue tooth como sobrenombre, no sé si porque tenía un diente azul… me suena que era una mala interpretación del nombre… pero bueno, el caso es que fue un rey que unificó un montón de tribus nórdicas y, como el bluetooth sirve para unir, le pusieron este nombre. De hecho el simbolito del bluetooth son runas con las iniciales del nombre del tal rey.

Aunque suponía que Quero y Chindas sabían perfectamente lo que eran las runas por El señor de los anillos, por si acaso, mi hermano aclaró:

—Las runas son letras del alfabeto antiguo de los nórdicos.

En la cena, después de que mi hermano aclarara que el pan- de pantumaca no venía de pan, sino que venía de pa amb, que significa en catalán ‘pan con’, pensaron que una mera tostada era poco y decidieron pedir bocadillos. Empezó pidiendo mi hermano y dijo:

—Querría, por favor —él siempre tan educado— un bocadillo de jamón. ¡Ah!, ¿y cuesta más si lo pido con tomate?

A lo que el camarero contestó:

—No, el tomate es gratis.

Entonces Chindas, que era el siguiente en pedir, dijo:

—Pues yo quiero un bocadillo de tomate.

Entre las risas por este tipo de cosas y por las historias que se fueron contando, las cervezas y la copita de postre, una cosa llevó a la otra y acabaron saliendo. Ya en la discoteca, la alegría fue máxima cuando pusieron Mi gran noche de Raphael, pero no duraron mucho en aquel lugar. Y es que mi hermano tuvo a bien subir a la parte de arriba por donde habían entrado y se quedó un rato, no sé si porque quería hablar por teléfono y abajo no había cobertura o por qué. El caso es que uno de los puertas le dijo que, por favor, bajara, que allí estaba estorbando, a lo que mi hermano respondió que le dejara, por favor, un momento, pero el puerta se puso chulo y dijo que se bajara ahora mismo. Mi hermano, que se ofusca un poco cuando los puertas le tratan excesivamente mal, sobre todo porque generalmente no hace nada verdaderamente grave y le molesta que los puertas muestren su autoridad justo con él, que tiene cara de bueno, en este caso le respondió:

—A ver, aquí no molesto y, encima no quiero bajar porque en este garito hay chicas muy feas.

—¿¡Cómo!?

—Sí, que no quiero bajar porque en tu garito hay chicas muy feas.

—Pues te vas —y el puerta le cogió del pescuezo y le sacó fuera, con la buena fortuna de que el rey Escorpión también había salido a hablar con su futura rana y le vio, porque, si no, no habría podido avisar a los demás de que le habían echado, pues no había cobertura abajo.

Salieron todos y se fueron a otro garito cantando.

Aprovecho, ahora que iban todos cantando como vikingos a otro sitio, para contar que esta no es la primera vez ni la última que a mi hermano le han echado de una discoteca o de algún bar.

De las más memorables fue la vez que en Pequod le echaron por amenazar a un puerta con que se iba a tirar a la piscina, lo cual estaba terminantemente prohibido. Bueno, más que amenazarle, lo que hizo fue intentar sobornarle con diez euros para que le dejara tirarse y nadar de una esquina a otra. Ya esa noche había sobornado al puerta de la salida para que les dejara entrar por allí sin cola, consiguiendo entrar por el mismo precio, pero, claro, sin darse cuenta de que el puerta no les iba a dar tíquet con copa, como pasaba en la entrada, por lo que el truco no resultó demasiado económico.

Como el puerta de la piscina, en cambio, no se dejaba sobornar, mi hermano, una vez que le hubo dado sus pertenencias, móvil y demás a la novia de Óscar, el de Roldana, para que no se le mojaran, no tuvo mejor idea que intentar hacer entrar en razón al puerta por medio de una cuenta atrás con los dedos, en plan «te doy cinco segundos para que consideres la oferta». No había llegado al tres cuando el puerta ya le estaba llevando a empujones fuera de la discoteca, precisamente por la puerta del primer soborno, la de salida, con unos empujones tan aparatosos que gente como Cami 2 que por allí andaban pero que no estaban al tanto del plan de mi hermano de tirarse a la piscina se asustaron de verle salir de aquella manera.

Al intentar entrar otra vez creyendo que el puerta sobornado le iba a dejar y ver que no era así, amenazó a este puerta con delatarle por haberse dejado sobornar, a lo que el puerta respondió con otro «¿¡Cómooo!?», que mi hermano atajó, oliendo el peligro, con un «Nada, nada, era broma».

Hubo otra vez que no le llegaron a echar, aunque yo creo que la escena fue un poco más fuerte. Estaba mi hermano con el hermano y los amigos de una amiga, también en Pequod, tomando chupitos y cuando ya iban a cerrar, empezaron todos a exigir un «¡Chupito gratuito, chupito gratuito!». La camarera les echó de malas maneras y, en respuesta, a uno de los amigos se le escapó un «¡Zorra!». Uno de los puertas que se paseaba justo por ahí pensó que había sido mi hermano el autor del improperio y le soltó un collejón. Mi hermano, que en el momento de ser collejeado no estaba haciendo nada malo, se volvió y le preguntó de malas maneras al puerta que qué hacía. El puerta le dijo que a una camarera no se la llamaba zorra. Mi hermano dijo que él no había llamado zorra a nadie. Al ver entonces la cara de pánico del puerta, que fue consciente de que había metido la pata, a mi hermano se le encendió una bombilla y dijo:

—¡Quiero la hoja de reclamación! —Y viniéndose arriba—: ¡Es más, exijo la hoja de reclamación!

Entonces se empezaron a arremolinar puertas en torno a él y le intentaron convencer de que no hiciera nada. Incluso le intentaron engañar diciéndole que para pedir la hoja de reclamación tenía que salir por una puerta y entrar por otra, con el fin de no volverle a dejar entrar. Al final, mi hermano, viendo que ya solo quedaba él en la discoteca y que si le pegaban una tunda entre todos no habría testigos, decidió que ya pondría la reclamación al día siguiente.

Como veis y como veréis luego, a mi hermano no le trae mucha suerte ir a Pequod. Curiosamente, aunque va mucho más, de Valhalla no le han echado nunca. Solo una vez estuvieron a punto de echarle en el concierto de Juan Magán, al que fueron él y Chindas, cada uno con una parte del nombre pintada en la frente: mi hermano Magán y Chindas, Juan. Que a Chindas le tocara llevar «Juan» se debió a que mi hermano se había negado a llevarlo, alegando que iba a parecer que llevaba su propio nombre en la frente como para que le pudieran identificar si se perdía. Aunque con él la gente podía pensar lo mismo, Chindas aceptó, porque se la refanfinflaba.

La cosa es que a mitad del concierto, según se estaban peleando con niñas de dieciciocho años por coger posición cerca (o encima) de la mesa de mezclas de Juan Magán y tras conseguir que Juan Magán bebiera de su copa, vio que un puerta de un lado se comunicaba con otro de otro lado señalando a mi hermano y vio cómo el segundo puerta se le acercaba. Sutilmente el puerta, que conocía a mi hermano de otras veces, le pidió que abandonara la discoteca, pero mi hermano, que llevaba todo el verano esperando este concierto, habiendo llegado incluso a no coger un avión para poder quedarse a verlo, se negó diciendo:

—Yo si quieres me bajo de la valla, pero no me eches.

Y el puerta, quizás al ver la cara de súplica verdadera de mi hermano o el «Magán» en su frente o por el motivo que fuera se apiadó y le dejó quedarse, con la condición, eso sí, de que se bajara de la valla y que dejara de empujar a niñas de dieciocho años.

Otra de las veces que echaron a mi hermano de un sitio fue un día en un famoso bar de desayunos en el que intentó defender de unos tíos que iban un poco pasados la oreja frita que acababa de pedir. La historia se enredó de tal manera que acabaron en comisaría.

La idea de pedir la oreja frita nació un día que habían ido a ese bar mi hermano, el Galgo, Zazú, Lupita, Pichuki, su amiga Celia, a la que llamaban Celulita porque era muy bajita, y Lapita, llamada así porque una época le dio por llevar cosas de lapislázuli. Ese día pidieron oreja frita y, como fue divertido, ya se había quedado como tradición pedirla. Tenía hasta canción: «¡¡¡Oreja fritaaa!!! Laralalalala» cantada con el ritmo con el que se cantaba la del futbolista Roberto Carlos en su época, es decir, con el del estribillo de Can’t take my eyes off of you en la parte en la que dicen «I love you baby and if it’s quite alright» o algo así.

Pero bueno, estas historias ya las contaré bien en otra ocasión porque ahora conviene volver a la aventura, a ver si de una vez mi hermano y compañía deciden acostarse para así despertarse lo antes posible e ir por fin a Altair a desvelar el gran secreto del Manuscrito del Conde Ensortijado.

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¡Bravo por la música… y por el Red Bull!

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Pero que nadie crea, en vista de estas primeras historias, que mi hermano le cogió el gusto a salir solo por ligar. No. Un día nos expuso su teoría de la verdadera razón que hay detrás de su apetito festivo:

—El otro día estaba pensando por qué me gusta tanto salir y me pregunté si era por ligar, es decir, por las chicas, o si era por el alcohol, o tal vez por la música. Y llegué a la conclusión de que es por la música. A ver, cuando he tenido novia, he salido y no he ido a ligar y me lo heIMG_20150322_204806 pasado bien. Luego, alguna vez he salido sin beber porque me tocaba llevar el coche o por cualquier cosa y también me lo he pasado genial; lo único es que notaba más el cansancio, pero nada que no arreglara un sabroso Red Bull. Pero las veces que he salido sin música es cuando peor me lo he pasado. Acordaos, por ejemplo, de aquella fiesta de Nochevieja en la que no nos dejaron poner la música alta. Fue un desastre.

Cuando mi hermano contó esto, muchos de los que le escuchaban, sabiendo lo flirteador, zalamero (de salaam, en árabe ‘paz’, como en salaam alaykum)  y camelador que es, le rebatieron la teoría y estuvieron discutiendo un buen rato, hasta que mi hermano, dando muestras de su ecuánime, irenista y baciyélmico carácter, tuvo a bien darles la razón y aceptar que para pasárselo bien era necesaria una mezcla de todo.

2015-03-22 20.27.17
Del nuevo Diccionario de la RAE

Aun así, no cabe duda de que a mi hermano le apasiona la música, toda la música: desde lo más moderno a lo más antiguo. Lo único que decía que no le gustaba era el jazz, pero ahora ha descubierto que le es muy útil ponérselo mientras escribe. El ritmo se adapta perfectamente a sus pensamientos. Así que se puede decir que incluso el jazz le gusta.

Como amante y conocedor de la música, es generalmente el encargado de hacer listas para fiestas de amigos y aparte tiene un montón de listas ordenadas por tipos en Spotify, con algunos seguidores. spotifyTuvo éxito una lista de sus cien canciones favoritas, que fue publicando poco a poco en Facebook, la cual está encabezada por At the bottom of everything de Bright Eyes, seguida por Don’t look back into the sun de sus idolatrados Libertines, por Mr. Brightside de los Killers y por las tres primeras españolas, que son La luna debajo del brazo de Quique González, Windsor de Pereza y Club de fans de John Boy de Love of Lesbian. Entre las cien está, por cierto, la tercera parte del Concierto 23 en la mayor de Mozart, además de Nessun dorma, que es un poco más típica. Todo tiene cabida en los eclécticos gustos de alguien que padece síndrome de Fausto. Por eso se puede esperar cualquier cosa de él, como tendremos tiempo de comprobar.

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