No era yo, no era yo; era yo

7

Una de esas tardes, como era tradición todos los años, mi hermano quedó con Cami 1. Cami 1 es una chica de Mirtea —y por eso a veces la llamaba mi hermano «mi novia de Mirtea»— con la que conectó desde que se conocieron o, mejor dicho, desde que se re-conocieron un día en el malecón de Roldana, porque conocerse ya se conocían desde hacía tiempo, lo que pasa es que ambos tenían pareja entonces. De hecho nuestros abuelos conocen a los suyos.

Bueno, pues, desde que se re-conocieron, ya habían pasado algunos años. Para que la situéis, Cami 1, por ejemplo, acompañó a mi hermano al concierto de Juan Magán del que he hablado antes. El acompañar a mi hermano al concierto y otras cosas hicieron que Cami 1 adelantara a Cami 2 en el ranking de Camilas de mi hermano, historia que contaré apropiadamente en algún momento, quizás ya en una segunda parte.

Esa tarde fueron a las terracitas del puerto y se sentó mi hermano primero y ella después justo en la silla de su lado, en vez de en la de enfrente. Mi hermano le dijo lo que siempre le dice a la persona que se le sienta así cuando son dos —después de dejar el chicle en la servilleta de papel, claro—:

—Ja, ja. Te me has sentado como una novia pesada.

Ella dudó, se ruborizó un poco y le preguntó si quería que se cambiara, pero él dijo que no pasaba nada, que era una tontería.

Empezaba fuerte mi hermano en la conversación, en plan seductor, pero pronto caería con todo el equipo porque hablando de una cosa y otra resultó que Cami 1 se había echado novio. Una menos.

Esa misma noche fueron todos a Pequod, la discoteca alternativa a Valhalla. Esta vez, Chindas también conducía, y tocaba sacar el coche de mi hermano. Ese día estaban casi todos. También estaban Pichuki, Cami 2, Lupita y algunos más que ya habían llegado para la temporada de verano en Roldana, como Pitu.

A mitad de la noche mi hermano, después de haber estado preguntando en compañía de Chindas y Quero a las chicas que qué libro se estaban leyendo, recibiendo respuestas desastrosas, se encontró a una chica con la que flirteaba todos los veranos y con la que se vio alguna vez en Almagriz y con la que hace algunos años habría empezado algo, si no hubiera sido porque mi hermano estaba entretenido en aquella época con otras y la perdió, y eso que esta chica, que se llamaba Coral, le encantaba. Él decía que estaba seguro de que la había perdido porque ella o algún amigo suyo le había pillado un día que en una discoteca en Almagriz se subió a una tarima bailando cariñosamente con una chica, bueno, con Adri, a la que no veía desde hacía mucho, y que alguien les debió ver y decírselo a Coral.

La cosa es que en Almagriz no se veían mucho Coral y él. Solo alguna vez. Por ejemplo, fue graciosa una vez en la que se encontraron y no sé por qué mi hermano estaba molesto con ella —supongo que porque no le habría contestado a algún mensaje— y, en vez de darle dos besos, le dio la mano formalmente. En todo caso, todos los veranos les gustaba encontrarse en Roldana.

Esta vez no iba a ser menos y estuvieron hablando bastante tiempo. Después de un buen rato, Chindas les interrumpió un momento para decirle a mi hermano que se iban y, como llevaba el coche de mi hermano, le dijo que se fuera con ellos. Pero mi hermano, como siempre, quería quedarse y le dijo que no pasaba nada, que se llevaran su coche, que él luego volvería en taxi, porque veía que Coral estaba verdaderamente dispuesta a algo: ya estaban cogidos de la mano y todo y hasta Coral le había dicho que su reloj era muy bonito, y eso que se lo había comprado a un negro en la playa. Chindas dudó un poco, acordándose de lo que había pasado la última noche con lo de la súper y el autobús, pero al final, viendo que le dejaba bien acompañado se fue con el resto.

La cosa es que una vez solos, sentados en un apartado de la discoteca, mi hermano empezó con sus promesas de empezar algo juntos. Como siempre, mi hermano se creía sus propias mentiras, por lo que no eran mentiras, pero, además, creo que en este caso decía en serio lo de empezar algo juntos. Pero Coral empezó a decirle que aunque era el chico que más le había gustado nunca, no quería empezar nada con él porque era muy celosa y tenía miedo de defraudar a mi hermano y que se estropeara la relación tan bonita que tenían de verse y flirtear cada verano. Mi hermano dijo que no le importaba que fuera celosa, que él era la persona más fiel —que por eso no tenía novia je, je, pensó— y trató de hacer todos los trucos posibles para desviarla de aquellos pensamientos. No lo consiguió y la chica se despidió de repente dejando a mi hermano con la miel en los labios y desolado.

Desolado como estaba salió fuera ya de la discoteca, pensando que encima se tenía que pelear ahora por un taxi y volver solo, cuando de repente se le iluminó la cara al ver a Pichuki y a Lupita, que seguían por allí. Se animó al verlas porque al menos no estaría solo y fue hacia ellas, pero ellas, entre que estaban celosas y enfadadas porque el coche de mi hermano se había ido dejándolas ahí, no dándose cuenta de que, aunque era el coche de mi hermano, mi hermano también se había quedado tirado, le miraron con odio y le dijeron:

¡¡¡Ahora no!!!

E, indignadas, se dieron la vuelta las dos a la vez y se alejaron.

Mi hermano se quedó sorprendido y apesadumbrado y le empezaron a brotar sentimientos de auténtica soledad. En esas estaba cuando de repente vio a una de las amigas de Pichuki y Lupita y, decidió vengarse, indicándole rápidamente dónde estaban Pichuki y Lupita, que estaban con otras dos amigas, Cami 2 entre ellas, para que no cupieran en un taxi con esta chica. Y así pasó, o sea que la venganza surtió efecto, pero al final un amigo de Cami 2, uno de los roldaneros que estaban en el veinticuatro la otra noche, que también andaba por allí, les llevó a todos, en su furgoneta, mi hermano incluido, a quien la venganza le había salido redonda, pero a quien ni Lupita ni Pichuki dirigían la palabra.

ahora no finalHay que decir que no era ni mucho menos la primera ni la última vez que Lupita y Pichuki se enfadaban con mi hermano, pero esta vez pareció la más grave. Siempre tenían rencillas entre ellos por ver quién ligaba más, por ejemplo. Por eso en el chat del WhatsApp que tenían los tres, llamado «los cukis», por la terminación de Jaimuki, Pichuki y Lupuki, el emoticono que más se usaba era el de la carita a la que le sale humo de la nariz. También salía mucho el del llamado «hierbamán». Hierbamán fue un personaje que se inventaron un día en unas copas, cuando estando en la terracita de una villa que habían alquilado mi hermano y los del Pinar, empezaron a oírse ruidos de hojas como si hubiera alguien o algo y empezaron a decirse entre ellos Lupita, Pichuki y mi hermano que había un monstruo con la piel de hierba y que era hierbamán y se empezaron a meter miedo.

Desde entonces, cuando alguno de los tres ligaba, se mandaban el emoticono de hierbamán, que en verdad era un sombrero con un lazo verde, pero en el que el lazo parecían unos ojos verdes y el sombrero la cabeza. Un hierbamán, por supuesto, siempre era contestado con una carita con humo saliendo por la nariz.

También se enfadaba mucho Pichuki cuando le recomendaba películas a mi hermano y mi hermano siempre las ponía fatal en su blog, criticándola a ella por habérselas recomendado. Cuando se enfadó de verdad Pichuki fue cuando mi hermano fue a ver una de las películas recomendadas con una pituki o nenúfar, como llamaban a las chicas en el grupo. Sin contar, claro, el día que Pichuki se enfadó de verdad por recibir un Fernando Alonso.

Pero, volviendo a la desolación de mi hermano, que en este caso me parece que es preocupante de verdad, es decir, que no es la típica penuria que le entra otras noches cuando no liga o no desayuna, cuando le hubieron dejado en la puerta de la casa de nuestro abuelo, se fue a por un pan pizza y, como era costumbre, se fue al malecón a pensar en sus cosas. Entonces se le juntó todo en la cabeza: la desazón de no haber descubierto el origen del lenguaje, el desastre de la súper, lo de Coral, lo de Cami 1 y el «Ahora no» de sus supuestas amigas. Empezó a darse cuenta de que ni siquiera con una chica a la que le gustaba, como Coral, y para la que era el hombre de su vida era capaz de empezar algo y cayó en la cuenta de que al final, con tanta tontería, se había quedado solo, que todos le habían dejado atrás, que aunque hablaba con muchas chicas, en el fondo, era él quien siempre llevaba el peso de las conversaciones, quien siempre animaba, el que siempre contaba alguna historia graciosa. Que en el fondo todas sus novias, la de Santaél y las demás, no eran más que figuras en las que volcar sus fantasías, personajes reales, pero moldeados por su imaginación, con los que nunca se decidía a dar el paso y con los que, cuando lo daba, era demasiado tarde, productos de su imaginación que, al final, no sabía ni si le gustaban de verdad.

Entonces, decidió que tenía que dejar de ser él quien mandaba siempre el primer mensaje y el que respondía más y se puso a recordar que las distintas chicas con las que tan buena relación tenía al final no suponían más que obstáculos que le habían hecho no ver más allá y encontrar una chica con la que de verdad pudiera estar a gusto.

Mi hermano comprendió que si no fuera por él ya no le escribirían y que dejar pasar el tiempo para que se pensaran que se había olvidado de ellas no era una táctica tan buena como él creía, que lo que en verdad sucedía es que ellas le olvidaban hasta que él volvía a escribir, a veces en las tardes de domingo, a veces los viernes al volver a casa de fiesta, cuando les mandaba un mensaje tonto o la foto de un reloj con la hora a la que se acostaba, y que entonces le recordaban y volvían a hablar con él, porque en el fondo mi hermano, con su frivolidad y sus historias raras era de los que siempre animan y con los que siempre se puede chatear un rato, pero nada más.

Luego se puso a pensar en antiguas novias y no se reconocía él en la persona que estuvo con ellas, en la persona que se centró en una y luchó por ella y se preguntaba cómo habría hecho para empezar con ellas; y entonces le venía a la mente el final de una de las poesías que escribió de pequeño: «No era yo, no era yo; era yo». Y efectivamente, aquel había sido él, aunque ahora no se reconociera y no se acordara de cómo era en aquella época. Era él y seguía siendo el mismo.

A diferencia de lo que le pasaba otras veces, este sentimiento le seguía durando a la mañana siguiente. Como ya me temía, no era solo un producto exagerado del alcohol. Siguió pensando que tras este nuevo revés en el amor —o como él decía, una nueva leche de las que da la vida— mi hermano comprendió que era lo suficientemente raro como para interesar y divertir a las chicas, pero demasiado como para gustarles. Como descubrió aquel día, lamentándose con Chindas que, como sabemos, en aquella época estaba en una situación parecida, es terrible pero el hecho de que una chica te rechace como novio no es simplemente que esa chica se esté haciendo la interesante, no, la cosa es que prefiere no estar contigo, no compartir la mayoría de los momentos de su vida contigo. Por el motivo que sea, la chica, antes que estar contigo, prefiere estar con otro, reservar esos momentos para otra persona o, peor aún, prefiere estar sola. Y siguiendo las normas de mi hermano, no se le puede rogar que prefiera estar con nosotros.

Entonces mi hermano empezaba a pensar que después de todo no se arrepentía de su comportamiento con las chicas, pero que notaba que mientras todos sus amigos, iban teniendo sus parejas, él, después de todo, se estaba quedando un poco atrás. Por suerte todavía le quedaba gente como Chindas o el recién vuelto al mercado Quero.

Pero, aunque este sentimiento de desolación le duró a mi hermano más que otras veces, enseguida se le pasó. Lo cierto es que este tipo de aflicción solo le aparece de vez en cuando, generalmente de 8 a 9 todos los días, lo cual según nuestra madre le pasa desde pequeño, o los domingos a cualquier hora. Hubo una época en la que le empezó a pasar los lunes. Ante esto él decía que es que se habían equivocado y habían puesto un año bisiesto cuando no debería haberlo sido y le habían trastocado su día triste.

Él dice que lo peor que se puede hacer cuando uno está triste es ponerse aún más triste al pensar que está triste, como culpándose. También encuentra consuelo en la frase que oyó un día en Tierra de penumbras, película sobre C.S. Lewis, que es el creador de Las crónicas de Narnia y amigo de Tolkien, donde el propio C.S. Lewis justifica el sufrimiento humano entendiendo que los seres humanos somos bloques de piedra que Dios con su cincel va moldeando. Cada golpe duele, pero nos hace más bellos y perfectos. Otra cita que le consoló de pequeño es la de Neruda «Estoy triste, pero siempre estoy triste» de Farewell, uno de sus primeros trabajos.

Yo, como le había visto tan triste, dije que era preocupante, pero, vamos, tan preocupante como puede ser un día de tristeza, y más en Roldana.

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El origen del lenguaje podría ser la manzana de Adán

4

Y por fin llegó el día de ir a Roldana. Fueron Chindas, Lízar y mi hermano, es decir, el pack completo, en el coche de mi hermano, un Peugeot 206 gris muy reconocible por tener tres pegatinas de smiley, de las cuales la del centro se la regaló en un bonito verano, del que ya hablaré, Cami 2, y una pegatina de I Roldana.20150329_202115

Más tarde ese día, al salir del trabajo, irían Quero, el Galgo y Zazú y luego se iría uniendo más gente esa tarde y los siguiente días. Esa tarde, además, llegarían en tren a Cartadás, que está a una hora de Roldana, nuestra madre y nuestro abuelo, que por comodidad suelen preferir hacerse gran parte del camino en tren. Luego les recoge mi hermano en la estación de Cartadás. Nuestra abuela ya está muy mayor para el viaje y se queda en Almagriz con nuestra tía abuela. Como todos los años, nuestra madre al llegar se disputaría la custodia de mi hermano con Chindas (aunque al final siempre quedan en lo mismo: mi hermano duerme en casa de nuestra madre y nuestro abuelo los días que vuelve pronto, es decir, antes de las cuatro de la mañana y, si no, en casa de Chindas con todos; medida salomónica con la que todos están conformes). Lo bueno de dormir en casa de Chindas es que así pueden hacer desayunos y pistachadas y discutir sobre chotos, lechones y lechales.

Durante el viaje, Chindas, que llevaba un tiempo pensándolo le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿por qué era tan importante para ti encontrar el Manuscrito del Conde Ensortijado? —No importaba que se enterara Lízar, porque al fin y al cabo era parte del pack completo.

—Pues mira —empezó mi hermano con el tono filosófico que pone en estos casos—, el origen del lenguaje es un misterio. Es difícil imaginar cómo pudo nacer, cómo a alguien se le ocurrió codificar el pensamiento en símbolos, sobre todo en símbolos arbitrarios, que permitiera comunicarlos. ¿Cómo saltó la chispa? ¿Cómo pudo pensar o cómo se le pudo ocurrir si no tenía lenguaje? Y por mucho que digan que el cuerpo humano tenía las condiciones favorables para desarrollar el lenguaje por la posición de la glotis, como se dice por ahí con una laringe perfecta, es extraño que otros animales con características semejantes no lo hayan desarrollado.

—Pero ¿y qué esperabas encontrar en el Manuscrito, por ejemplo?

—Pues yo qué sé. Que lo que llaman en la Biblia la manzana en el Paraíso fuera en verdad la capacidad del lenguaje y que Dios recomendó a Adán no utilizarlo porque solo traía tristeza y culpa, que es lo que sucede cuando uno es capaz de codificar y, por tanto, de reflexionar sobre lo que siente. Y no sé, puede que la palabra para lenguaje se tradujera como manzana por algún error tipo el de «Antes entra un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos» donde en verdad kamelos en griego significa ‘soga’, lo cual tiene más sentido. O también puede que sea una metáfora. En cualquier caso sería curioso descubrir que lo que hizo el lenguaje fue que Adán y Eva abandonaran el Paraíso. —Vamos, una historia parecida a la de la novela fantástica que empezó a escribir.

—Ja, ja, ¿y entonces lo de la tentación de Eva? —le siguió tirando de la lengua Chindas.

—Pues igual fue porque Adán empezó a utilizar el lenguaje para ligársela.

—Ja, ja, ja.

En el camino, al adelantar un coche con tías buenas, recordaron la historia de cuando mi hermano iba a Sasón con Lucas, Toño y Lapita, donde habían quedado con otros de Pinar de San Martín. Yendo para allá adelantaron a un grupo de chicas y se empezaron a escribir mensajes en un papel poniéndolos contra la ventanilla. Así estuvieron durante doscientos kilómetros adelantándose, riéndose, mandándose mensajitos e, incluso, les dieron el número de móvil de mi hermano, que conducía, y ellas le incluyeron en un chat de WhatsApp con todas. Mi hermano y sus pasajeros no tuvieron la culpa de ello, pero metieron un poco la pata porque les pusieron a las chicas en un cartel que iban a Sasón y las chicas empezaron a celebrarlo porque también iban allí, sin caer en la cuenta de que iban de despedida de soltera y la que era objeto de la despedida, que también iba en el coche, no sabía aún adónde la llevaban. Al final pararon todos en la misma gasolinera, básicamente porque mi hermano vio que las chicas paraban en una y se metió detrás de ellas. Como es lógico la situación fue un poco incómoda o embarazosa. —La mejor palabra sería awkward. En español no sé si hay una palabra igual de precisa. Quizás la mejor forma de expresarlo sea como lo hace el Galgo que califica este tipo de situaciones como aquellas en las que a uno le sangra la nariz de la vergüenza—. Pues tanto les sangró la nariz a todos que luego cuando se vieron por Sasón en un bar, ni se hablaron.

Ya casi llegando a Roldana, antes de pasar el famoso cartel de Bastetania, Marmoel, Arbol y Cuevas del Surbo, vieron un cartel que indicaba que por allí pasaba el río Mundo, el mítico afluente del Segura —mítico en el sentido almagriceño de clásico o de que se estudiaba en la infancia—, y mi hermano aprovechó para compartir una bonita curiosidad de su repertorio:

—Es error común creer que el nombre del río Mundo procede de la palabra mundo que todos conocemos. No. Bueno, tiene relación, pero no es exactamente así. La palabra mundo que usamos en español para la Tierra, procede del latín mundus, que es un calco del griego cosmos. Lo de que sea un calco quiere decir que es una palabra del latín que se utiliza de la misma manera metafórica que la palabra del griego sin tener nada que ver en su forma. Es decir, en griego cosmos significaba limpieza y orden y creo que fue Pitágoras quien la utilizó para referirse al universo como algo limpio, bello y ordenado. Con el mismo significado de limpieza de cosmos tenemos ahora cosmética, por ejemplo. Pues en latín hicieron lo mismo. Utilizaron la palabra que significaba ‘limpio’ en su lengua para referirse al universo. Y esta palabra era mundus. Nosotros ya no tenemos mundo con ese significado, pero sí tenemos inmundo, para el significado contrario. Y esto venía a que el río Mundo se llama así porque es limpio y no inmundo.

Con estas cosas y con las nuevas autopistas, el viaje a Roldana pasa muy rápido.

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El problema de comerse un Big Mac con cartón y todo

3

Justo dos noches antes de irse, después de salir de fiesta otra noche, mi hermano acabó desayunando con Zazú en un McDonald’s, por supuesto después de haber pasado por don Pelayo. Una vez allí, empezaron a jugar con la comida, cosa que desde pequeño a uno le dicen que no hay que hacer, entre otras cosas por lo que veremos ahora. Mi hermano incluso se empezó a comer el Big Mac con caja de cartón y todo. Luego le tiraba comida a Zazú, quien hacía «Brrrrrrrrrrr» y se la quitaba de encima tirándolo todo al suelo. Cuando ya se iban, mi hermano, viendo el desastre que habían organizado, por lo menos intentó recoger las cosas de encima de la mesa echándolas en una bandeja, con tan mala suerte que se le cayó por toda la mesa una Coca Cola que habían pedido y no se habían bebido porque ya estaban hasta los topes de líquido. Decidió dejarlo tal cual para no liarla más, tiró lo que había recogido a la basura, bandeja incluida, y en el momento en el que pretendían poner pies en polvorosa uno de los camareros, viendo el panorama, les detuvo y les preguntó:

—Pero ¿qué habéis hecho?

—No sabemos —se disculparon—. Si nos das una escoba, si quieres recogemos.

—No, no. Da igual, no os preocupéis. Iros, que ya lo recojo yo.

Tras el incidente, se despidieron y mi hermano se cogió un taxi. Quizás como castigo por haber jugado con la comida o por haber sido un vándalo, cuando mi hermano se bajó del taxi ya en casa, se tocó el bolsillo y notó que le faltaba algo; se empezó a palpar por todos los bolsillos, pero nada: no tenía el móvil. Intentó parar al taxista por si se le había caído allí, pero ya se había ido. Su conciencia le decía que lo había perdido en McDonald’s, porque en don Pelayo todavía creía recordar que lo tenía. Supuso entonces compungido que lo habría tirado a la basura del McDonald’s con la bandeja o algo. El karma. Llegó incluso a pensar que se lo había comido al morder la caja del Big Mac. El caso es que, como justo un mes antes se había quitado el seguro enfadado por la cancamusa de los trapaceros de la compañía de teléfonos con la que empecé la novela, no tenía posibilidad de conseguir otro y mira que es mala suerte porque yo creo que, después de toda esta aventura, mi hermano ya ha aprendido a mentir, con lo que podría haber conseguido que el seguro le cubriera por robo. Como era muy tarde decidió posponer la tarea de tratar de recuperarlo para el día siguiente.

A la mañana siguiente llamó a todas partes sin éxito. Cuando llamó a don Pelayo y dijo «Nada, que estuve ayer y era por ver si me había dejado el móvil», Carmelo, el dueño, lo primero que hizo fue reírse y decirle:

—¿Ayer? Pero si has estado hace unas horas.

Luego le dijo que no lo tenía.

El problema fue que, después del dispendio en Favencia y de lo que esperaba en Roldana, mi hermano no tenía dinero para un móvil nuevo, así que se tuvo que conformar con un antiguo móvil, tan antiguo que no habían sacado actualizaciones del software y no se podía usar el WhatsApp en él. Mala noticia porque el WhatsApp es fundamental para preparar los cocktails de chicas de todos los veranos en Roldana, es decir, para conseguir números de chicas en Valhalla y luego pasarse la hora de la siesta escribiéndose con unas y con otras y convocándolas a todas para que vayan a Valhalla esa noche. No en vano, así es como empezó a hablar con su novia de Santaél, por ejemplo, en uno de los cocktails de aquel año.

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Aventuras y un cadáver

11

Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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¡¡¡Oreja fritaaa!!! Laralalalala

6

Tardaron en bajar a cenar lo que les llevó ducharse y cambiarse mientras cantaban las canciones que pusieron en el altavoz con bluetooth de Chindas, con una de las listas de mi hermano de Spotify en la que no faltaron sus temas clásicos: por supuesto, Mi gran noche de Raphael, que se la ponían siempre antes de salir, pero también Club de fans de John Boy de Love of lesbian, Hasta que el cuerpo aguante de Mago de Oz, Atrévete de Calle 13, Errante de Niños Mutantes y Alosque de La Pegatina. Ah, y una que les gustaba mucho: La noticia del siglo de La banda municipal del polo norte.

Mientras bajaban por el ascensor mi hermano iba contando el origen del término bluetooth:

—Ya no me acuerdo muy bien, pero se llama así porque un rey nórdico antiguo, como del siglo X, tenía blue tooth como sobrenombre, no sé si porque tenía un diente azul… me suena que era una mala interpretación del nombre… pero bueno, el caso es que fue un rey que unificó un montón de tribus nórdicas y, como el bluetooth sirve para unir, le pusieron este nombre. De hecho el simbolito del bluetooth son runas con las iniciales del nombre del tal rey.

Aunque suponía que Quero y Chindas sabían perfectamente lo que eran las runas por El señor de los anillos, por si acaso, mi hermano aclaró:

—Las runas son letras del alfabeto antiguo de los nórdicos.

En la cena, después de que mi hermano aclarara que el pan- de pantumaca no venía de pan, sino que venía de pa amb, que significa en catalán ‘pan con’, pensaron que una mera tostada era poco y decidieron pedir bocadillos. Empezó pidiendo mi hermano y dijo:

—Querría, por favor —él siempre tan educado— un bocadillo de jamón. ¡Ah!, ¿y cuesta más si lo pido con tomate?

A lo que el camarero contestó:

—No, el tomate es gratis.

Entonces Chindas, que era el siguiente en pedir, dijo:

—Pues yo quiero un bocadillo de tomate.

Entre las risas por este tipo de cosas y por las historias que se fueron contando, las cervezas y la copita de postre, una cosa llevó a la otra y acabaron saliendo. Ya en la discoteca, la alegría fue máxima cuando pusieron Mi gran noche de Raphael, pero no duraron mucho en aquel lugar. Y es que mi hermano tuvo a bien subir a la parte de arriba por donde habían entrado y se quedó un rato, no sé si porque quería hablar por teléfono y abajo no había cobertura o por qué. El caso es que uno de los puertas le dijo que, por favor, bajara, que allí estaba estorbando, a lo que mi hermano respondió que le dejara, por favor, un momento, pero el puerta se puso chulo y dijo que se bajara ahora mismo. Mi hermano, que se ofusca un poco cuando los puertas le tratan excesivamente mal, sobre todo porque generalmente no hace nada verdaderamente grave y le molesta que los puertas muestren su autoridad justo con él, que tiene cara de bueno, en este caso le respondió:

—A ver, aquí no molesto y, encima no quiero bajar porque en este garito hay chicas muy feas.

—¿¡Cómo!?

—Sí, que no quiero bajar porque en tu garito hay chicas muy feas.

—Pues te vas —y el puerta le cogió del pescuezo y le sacó fuera, con la buena fortuna de que el rey Escorpión también había salido a hablar con su futura rana y le vio, porque, si no, no habría podido avisar a los demás de que le habían echado, pues no había cobertura abajo.

Salieron todos y se fueron a otro garito cantando.

Aprovecho, ahora que iban todos cantando como vikingos a otro sitio, para contar que esta no es la primera vez ni la última que a mi hermano le han echado de una discoteca o de algún bar.

De las más memorables fue la vez que en Pequod le echaron por amenazar a un puerta con que se iba a tirar a la piscina, lo cual estaba terminantemente prohibido. Bueno, más que amenazarle, lo que hizo fue intentar sobornarle con diez euros para que le dejara tirarse y nadar de una esquina a otra. Ya esa noche había sobornado al puerta de la salida para que les dejara entrar por allí sin cola, consiguiendo entrar por el mismo precio, pero, claro, sin darse cuenta de que el puerta no les iba a dar tíquet con copa, como pasaba en la entrada, por lo que el truco no resultó demasiado económico.

Como el puerta de la piscina, en cambio, no se dejaba sobornar, mi hermano, una vez que le hubo dado sus pertenencias, móvil y demás a la novia de Óscar, el de Roldana, para que no se le mojaran, no tuvo mejor idea que intentar hacer entrar en razón al puerta por medio de una cuenta atrás con los dedos, en plan «te doy cinco segundos para que consideres la oferta». No había llegado al tres cuando el puerta ya le estaba llevando a empujones fuera de la discoteca, precisamente por la puerta del primer soborno, la de salida, con unos empujones tan aparatosos que gente como Cami 2 que por allí andaban pero que no estaban al tanto del plan de mi hermano de tirarse a la piscina se asustaron de verle salir de aquella manera.

Al intentar entrar otra vez creyendo que el puerta sobornado le iba a dejar y ver que no era así, amenazó a este puerta con delatarle por haberse dejado sobornar, a lo que el puerta respondió con otro «¿¡Cómooo!?», que mi hermano atajó, oliendo el peligro, con un «Nada, nada, era broma».

Hubo otra vez que no le llegaron a echar, aunque yo creo que la escena fue un poco más fuerte. Estaba mi hermano con el hermano y los amigos de una amiga, también en Pequod, tomando chupitos y cuando ya iban a cerrar, empezaron todos a exigir un «¡Chupito gratuito, chupito gratuito!». La camarera les echó de malas maneras y, en respuesta, a uno de los amigos se le escapó un «¡Zorra!». Uno de los puertas que se paseaba justo por ahí pensó que había sido mi hermano el autor del improperio y le soltó un collejón. Mi hermano, que en el momento de ser collejeado no estaba haciendo nada malo, se volvió y le preguntó de malas maneras al puerta que qué hacía. El puerta le dijo que a una camarera no se la llamaba zorra. Mi hermano dijo que él no había llamado zorra a nadie. Al ver entonces la cara de pánico del puerta, que fue consciente de que había metido la pata, a mi hermano se le encendió una bombilla y dijo:

—¡Quiero la hoja de reclamación! —Y viniéndose arriba—: ¡Es más, exijo la hoja de reclamación!

Entonces se empezaron a arremolinar puertas en torno a él y le intentaron convencer de que no hiciera nada. Incluso le intentaron engañar diciéndole que para pedir la hoja de reclamación tenía que salir por una puerta y entrar por otra, con el fin de no volverle a dejar entrar. Al final, mi hermano, viendo que ya solo quedaba él en la discoteca y que si le pegaban una tunda entre todos no habría testigos, decidió que ya pondría la reclamación al día siguiente.

Como veis y como veréis luego, a mi hermano no le trae mucha suerte ir a Pequod. Curiosamente, aunque va mucho más, de Valhalla no le han echado nunca. Solo una vez estuvieron a punto de echarle en el concierto de Juan Magán, al que fueron él y Chindas, cada uno con una parte del nombre pintada en la frente: mi hermano Magán y Chindas, Juan. Que a Chindas le tocara llevar «Juan» se debió a que mi hermano se había negado a llevarlo, alegando que iba a parecer que llevaba su propio nombre en la frente como para que le pudieran identificar si se perdía. Aunque con él la gente podía pensar lo mismo, Chindas aceptó, porque se la refanfinflaba.

La cosa es que a mitad del concierto, según se estaban peleando con niñas de dieciciocho años por coger posición cerca (o encima) de la mesa de mezclas de Juan Magán y tras conseguir que Juan Magán bebiera de su copa, vio que un puerta de un lado se comunicaba con otro de otro lado señalando a mi hermano y vio cómo el segundo puerta se le acercaba. Sutilmente el puerta, que conocía a mi hermano de otras veces, le pidió que abandonara la discoteca, pero mi hermano, que llevaba todo el verano esperando este concierto, habiendo llegado incluso a no coger un avión para poder quedarse a verlo, se negó diciendo:

—Yo si quieres me bajo de la valla, pero no me eches.

Y el puerta, quizás al ver la cara de súplica verdadera de mi hermano o el «Magán» en su frente o por el motivo que fuera se apiadó y le dejó quedarse, con la condición, eso sí, de que se bajara de la valla y que dejara de empujar a niñas de dieciocho años.

Otra de las veces que echaron a mi hermano de un sitio fue un día en un famoso bar de desayunos en el que intentó defender de unos tíos que iban un poco pasados la oreja frita que acababa de pedir. La historia se enredó de tal manera que acabaron en comisaría.

La idea de pedir la oreja frita nació un día que habían ido a ese bar mi hermano, el Galgo, Zazú, Lupita, Pichuki, su amiga Celia, a la que llamaban Celulita porque era muy bajita, y Lapita, llamada así porque una época le dio por llevar cosas de lapislázuli. Ese día pidieron oreja frita y, como fue divertido, ya se había quedado como tradición pedirla. Tenía hasta canción: «¡¡¡Oreja fritaaa!!! Laralalalala» cantada con el ritmo con el que se cantaba la del futbolista Roberto Carlos en su época, es decir, con el del estribillo de Can’t take my eyes off of you en la parte en la que dicen «I love you baby and if it’s quite alright» o algo así.

Pero bueno, estas historias ya las contaré bien en otra ocasión porque ahora conviene volver a la aventura, a ver si de una vez mi hermano y compañía deciden acostarse para así despertarse lo antes posible e ir por fin a Altair a desvelar el gran secreto del Manuscrito del Conde Ensortijado.

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Dywá, Dywé, Dywí y Dywó

5

A la mañana siguiente mi hermano, seguramente por la excitación de su aventura y por todas las cosas en las que había estado pensando por la noche, olvidados ya los dolores en el costado y queriendo empezar una nueva fase en su vida, bajó a cortarse el pelo, como el futbolista que se hace un nuevo corte de pelo antes de empezar un Mundial.ronaldo2

Había descubierto unos años atrás que cortarse el pelo suponía para él una especie de inicio de una vida nueva, una catarsis, al abrir uno de los abarrotados cajones de su cuarto y comprobar que los tres diarios que conservaba de su infancia los había empezado justo contando que se acababa de cortar el pelo.

Mi hermano siempre habla mucho con los peluqueros. Son una de sus especialidades junto con los taxistas —a los que por algún extraño motivo siempre llama «caballero», como espero poder tener tiempo de contar luego— y los vendedores de bocadillos a la salida de las discotecas, sobre todo si son búlgaros, porque así se pone a hablar con ellos de fútbol de Bulgaria. Algo que, por cierto, le sirve de argumento para demostrar lo importante que es saber de fútbol para tener siempre conversación con la gente.

Sin embargo, aquel día en la peluquería se mantuvo lo más callado posible,no fuera a ser que se le escapara alguna información relacionada con el Manuscrito, tan cerca estaba el secreto de sus labios por la emoción que abarrotaba el resto de su cuerpo. Habló lo justo para indicar qué corte quería.

Tan emocionado estaba que al volver de la peluquería, sin haber siquiera sentido como otras veces la vergüenza de ir hasta casa sin haberse mirado bien en un espejo y atusarse el pelo a su gusto, con el corazón saliéndosele por la boca y lleno de palabras como estaba, por miedo a reventar, empezó la novela fantástica que hacía tiempo ya que rondaba su cabeza, tras una época en la que había estado leyendo novelas y viendo series y películas de este estilo.

Permitidme que muestre aquí, antes de ponernos con la búsqueda del Manuscrito, el comienzo de la novela fantástica de mi hermano, al más puro o impuro estilo de Tolkien, que a mi gusto no tiene desperdicio. Así empezaba, y no estoy de broma:

«—¡Solo sois lo que yo imagino!— exclamó ya harto.»

Y así seguía:

«Y los que allí estaban dieron un paso atrás. No se habían dado cuenta de que tenían ante ellos al creador de todo. El creador de todo, que, sin embargo, como en un sueño, no tenía apenas control sobre lo que pasaba en su mundo creado. Su único poder era el de dejar de imaginar y acabar con todo. Así que sus seres creados, animales, plantas y humanos, tenían la sensación, seguramente por costumbre, de que decidían.

Por aquella época todos los humanos tenían una misma lengua, una lengua que no era necesario pronunciar, se podía sentir de forma telepática lo que los otros decían, lo que los otros sentían. Solo en grandes ocasiones o por motivos artísticos, se pronunciaban las palabras de aquella hermosa lengua, porque el sonido era melódico y al rimar palabras las ondas sonoras creaban una dulce armonía en los oídos de aquellos seres.

Todos eran buenos, porque un simple mal pensamiento podía ser duramente castigado. Aquellos humanos buenos podían fulminar a los malos, pero no al revés; aquellos seres podían reducir a polvo, sin siquiera tocarle, al que actuara en contra del bien común y de su propio bien.

Pero entonces un grupo de uno de los clanes de las montañas de Cafcas envenenó sus pensamientos al beber el jugo de las manzanas que antiguamente habían estado prohibidas. El veneno les hizo conspirar y, como el grupo de unos cien hombres había quedado envenenado entero, no se fulminaron entre ellos. Idearon una nueva lengua para que nadie pudiera entender sus pensamientos, se la enseñaron a sus hijos para que ellos solo tuvieran esa lengua, inventaron nuevas formas de fulminar. En ese estado de embriaguez estuvieron veinte años hasta que el pensamiento del creador, llamado Dy, les encontró entre las montañas. Acudieron allí algunos humanos para acabar con ellos, pero el clan cafcasio escapó hacia el sur, hasta que en Cádinguir, en Etemenanki, cuando aún estaba en construcción, les encontraron y se enfrentaron a ellos. Los cafcasios tenían armas y se defendieron contra aquellos hombres desprovistos de metal. Solo aquellos cafcasios que no pudieron controlar la lengua de sus pensamientos fueron fulminados por los hombres buenos, pero sus hijos, que solo conocían la lengua cafcásica, se salvaron y clavaron sus espadas en los indefensos corazones de los humanos que iban tras ellos. Fue la primera muerte de hombres buenos en la Tierra y fue cuando comenzó la expansión del mal.

Dy se culpó a sí mismo de lo que había sucedido. Al fin y al cabo todo era producto de su imaginación. Quiso acabar consigo mismo, pero ni él mismo podía fulminarse. Lloró durante muchos días y desapareció. Nadie supo nunca adónde fue, algunos llegaron a decir que nunca había existido, que eran leyendas para mantener el bien, otros confiaban en que algún día volvería. En su lugar quedaron sus cuatro hijos, a cargo de los cuatro grandes continentes.

En aquella época los nombres de los seres tenían un significado. El nombre de Dy, así escrito en el alfabeto latino, significaba primer creador. Le pusieron este nombre el día que reveló que todo procedía de su imaginación. El sonido que he representado como d se asociaba con el significado de ‘luz’ y el sonido que he representado como y, que es como una vocal cerrada anterior, significaba que era el primero de los suyos. Solo él tenía un nombre de una sílaba, porque solo él era el padre. Tener dos sílabas en el nombre significaba ser hijo de alguien y por eso los que habían estado en la Tierra desde el principio añadieron una sílaba al inicio de sus nombres. Los hijos conservaban las sílabas de sus padres y añadían otra sílaba al final. Solo se diferenciaban los nombres de unos hijos y otros por la última vocal. Las vocales eran la a para el primer hijo, la e para el segundo, la i para el tercero, la o para el cuarto y la u para el quinto. A partir del quinto hijo se empezaban a usar dos vocales.

Así, los cuatro hijos de Dy fueron Dywá, Dywé, Dywí y Dywó. El sonido aquí representado por w significaba oscuridad, por la terrible tristeza de la desaparición de su padre. Al principio sus nombres eran Dydá, Dydé, Dydí y Dydó porque eran luces de la luz…»Front_of_the_Congreso_de_los_Diputados_en_Madrid,_España_02

Y ahí, con esos personajes con nombres de futbolistas brasileños, se quedaba de momento —creo—. Según decía a su amigo Mufo, que era el que más entusiasmado se mostraba con la idea, este solo era el comienzo de la novela que a su vez empezaba a escribir su personaje, un personaje que iba a ser un loco como don Quijote, pero loco en este caso como resultado de haber leído demasiadas novelas fantásticas, no de caballería (aunque casi viene a ser lo mismo). Así, decía que una de las escenas fundamentales iba a ser en una discoteca, cuando unos amigos decían a su protagonista que habían visto unos orcos, y el protagonista, como un elfo, se tiraba a por los presuntos orcos, que lógicamente eran mujeres feas, no pudiendo terminar su cometido porque era vapuleado por gigantes, que no eran sino los puertas de la discoteca. ¡Qué lástima que de momento no haya seguido con la novela porque yo ya veía al protagonista cabalgando los leones del Congreso rumbo a Narnia!

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