Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado

15

Cuando se consiguieron despertar después de aquella nueva noche de desenfreno, apenas quedaban unas horas para la gran prueba final.

Comieron algo rápido por la calle y antes de llegar al edificio mi hermano le hizo a Chindas la entrega de la llave maestra que les llevaría al Manuscrito, entrega precedida por una consigna propia de un general militar arengando a sus soldados, con visos de alocución y soflama:

—Bueno, ha llegado el momento. Ahora no podemos fallar. Tienes que conseguir entrar en todas las salas, buscar en cualquier rincón. Esta vez no creo que haya problema de tiempo porque yo creo que le has gustado a Leticia, así que no se opondrá a que estés el tiempo que quieras. Si puedes métete en algún ordenador para buscar información. Mucho ánimo. Lo vas a hacer muy bien y vas a hacer un gran favor a la humanidad.

Mientras decía todo esto a Chindas, le tenía cogido por los hombros y le apretaba fuerte y le zarandeaba. La verdad es que Chindas era el más indicado para aquella misión porque había aprendido de Lízar a desencriptar contraseñas y explorar ordenadores ajenos y a realizar las más intrincadas operaciones.

Yéndonos ya a su salida de la entrevista, antes de lo esperado, Chindas consiguió entrar en distintos sitios, pero no encontraba nada de interés. Influido por la imaginación de mi hermano y por la connotación de la palabra, iba buscando un libro enorme en el que pusiera «Manuscrito del Conde Ensortijado». Él qué iba a saber que mi hermano y Quero habían sacado la forma del Manuscrito a partir de pistas erróneas. En la última sala en la que buscó —siempre se encuentran las cosas en el último lugar en el que se buscan, pero es que en este caso era de verdad la única sala que le quedaba por registrar—, vio un ordenador encendido. Asegurándose de que no le veía nadie, se metió sigilosamente en la sala y empezó a hurgar por el ordenador y a meterse en todas las carpetas que pudo en busca de alguna pista. Era el último recurso. No podía fallar a mi hermano.

Según iba mirando se dio cuenta de que había algunas carpetas sospechosamente ocultas y empezó a interesarse. Entonces, cuando consiguió meterse en una carpeta oculta para la que tuvo que descifrar tres claves encontró algo que le hizo venirse abajo:

—¡No me lo puedo creer! —exclamó contrariado, mientras se acercaba a la pantalla como, si por leerlo más de cerca, lo que había leído fuera a cambiar—. ¡No puede ser! ¡No puede ser verdad! ¡Madre mía!

Estuvo ojeando por encima el extenso documento que tenía abierto en la pantalla y trató de interpretar lo que estaba viendo de todas las formas posibles, intentando encontrar alguna explicación, hasta que pronto empezó a convencerse de que no podía ser casualidad, que seguro que aquello era lo que habían estado buscando, ahora sabía que equivocadamente, tanto tiempo. Se medio rió por no llorar y farfulló:

—¡Uf! Ya verás cuando se enteren estos. O igual no se deberían a enterar. Se van a hundir. Debieron escuchar mal.

Y se le venía a la mente la imagen de mi hermano con la misma cara de pena que puso un día en Roldana cuando, materializando la expresión de «tirar la llave al mar», usada para zanjar un asunto, tiró literalmente la llave de la casa de una ex novia al mar.

—No, no —se autoconvencía Chindas—. No se pueden enterar de esto. Me tengo que inventar algo.

Lo que Chindas había encontrado en la carpeta oculta y protegida con tres contraseñas, aunque era algo valioso, no era, como ya habréis imaginado, el Manuscrito del Conde Ensortijado. Tampoco era un documento donde se explicaba el origen del lenguaje. Era algo parecido, pero muy distinto. Era un documento en cuyo título efectivamente ponía «Manuscrito», pero no «del Conde Ensortijado», sino «de códigos encriptados». Ya dije yo que no me fiaba mucho de lo que habían oído los aspirantes a ninja en el metro. En otras palabras, el documento era un borrador manuscrito escaneado con los códigos secretos que se habían utilizado desde la creación de Altair para las distintas versiones de sus programas, el famoso Altair Chicago, por ejemplo. Era una joya, de eso no cabía duda, pero no era lo que buscaban. Era, en el fondo, un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, sí, pero no del lenguaje como capacidad comunicativa humana, sino del lenguaje de programación.

La cuestión es que, aunque le hubiera gustado que no fuera así, Chindas estaba casi seguro de que tenía que ser eso a lo que se refirieron los seguratas en el metro y lo que habían estado buscando desde entonces. Seguramente aquellos hombres no lo habían encontrado porque la carpeta estaba oculta y para entrar en ella había que descodificar tres contraseñas, lo cual no era ni mucho menos fácil.

A pesar de que estaba casi seguro de que aquello era en verdad el Manuscrito que habían estado persiguiendo, por no fallar a mi hermano, por si acaso, creó un vínculo con la cuenta de correo asociada a ese ordenador para que los e-mails que enviaran a la cuenta del ordenador también le llegaran a él. Se arriesgaba un poco porque no era del todo difícil pillarle, pero ya daba igual.

En cuanto hizo eso cayó en la cuenta de que, aunque aquel no era el Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje, no dejaba de ser algo muy valioso y por lo que le podían pagar mucho dinero, tal como habían dicho los seguratas. Entonces tuvo la tentación de guardárselo y llevárselo, pero, claro, no tenía pendrive ni disco duro y era un archivo demasiado grande como para enviarlo por correo. Empezó a mirar ávidamente por la sala a ver si veía algún disco duro o algo, pero justo en ese momento oyó gritos detrás de él. Al girarse se encontró de cara a los seguratas. El corpulento le levantó de la silla cogiéndole por el brazo y zarandeándole, con más fuerza incluso que cuando mi hermano soltó su consigna, dijo:

—Pero ¿qué haces tú aquí? ¿No serás tú el que nos quitó la llave?

—¿Cómo? No, no. ¿Qué llave? —disimuló Chindas.

Aunque el segurata le cogía con fuerza mientras le amenazaba, Chindas, que como ya sabemos está cachas, aprovechó un momento de distracción del segurata para zafarse de él de un tirón y salir corriendo. Los seguratas salieron al instante detrás de él. Por suerte, el corpulento, que como su propio nombre indica era de cuerpo lento y el otro que, aunque era enjuto era lento de por sí, no consiguieron alcanzarle. Leticia, que seguía todavía en la recepción, cuando vio salir a Chindas a toda leche perseguido por los de seguridad, se enamoró aún más de él.

Al ver salir a Chindas corriendo, mi hermano y Quero, que aguardaban agazapados tras un muro a la salida de Altair, también corrieron sin preguntar, casi tan rápido como cuando vieron el cadáver. Después de haber recorrido una prudente distancia y de haberse metido por algunas callejuelas para despistar se pararon.

—¿Qué ha pasado? —le preguntaron ijadeando a Chindas.

—Nada, que me han visto los de seguridad merodeando por el edificio y me han visto la llave y han venido a por mí.

Y se puso a contar lo que le estaban diciendo cuando se escapó:

—El corpulento me ha cogido del brazo fuerte y me ha dicho: «¿Ves este arma, chico?»

—¡Esta arma! —corrigió mi hermano.

—Bueno, estoy citando lo que ha dicho él —se justificó Chindas—. Me la ha enseñado y me ha dicho que no tendría ningún problema en usarla con el que husmea por donde no debe. Pero he conseguido escabullirme y he salido pitando. Lo mejor es que nos alejemos y nos vayamos de vuelta a Almagriz cuanto antes.

—Pero igual te denuncian, que tienen nuestros nombres de la entrevista.

—¿Tú crees que se van a arriesgar a denunciarme sospechando que yo sé que andan detrás del Manuscrito?

—Sí, tienes razón. Pero bueno, lo importante: ¿has podido encontrar algo?

Y entonces se le cambió la expresión a Chindas y empezó con su repertorio de mentiras piadosas que, aunque por los pelos, había conseguido preparar mientras huía:

—Pues a ver, el caso es que antes de que me pillaran los de seguridad he oído justo a unos hombres en una reunión decir que se han llevado el Manuscrito a otro sitio, que aquí sospechaban que no estaba a buen recaudo, pero que aún no se sabe a dónde. Por suerte, antes de eso me había conseguido meter en un ordenador y he encontrado una cuenta de correo donde se hablaba del Manuscrito. He conseguido crear un vínculo que me redirige sus correos para que así podamos estar informados de los movimientos. He puesto algunas palabras clave… —y se detuvo para preguntar «¿o claves?».

Las dos valen —contestó rápidamente mi hermano expectante para que Chindas prosiguiera lo antes posible.

—Pues he puesto algunas palabras clave para que me salte un aviso. He puesto Manuscrito, origen, lenguaje, conde, ensortijado y no sé si alguna más —lo cual era más o menos verdad—. Así que ahora lo que nos queda es esperar. Se puede decir que nuestra misión aquí ha concluido.

—Bueno, pues has hecho muy bien tu misión —concluyó mi hermano, quien, aunque se había apenado porque esto significaba que no habían encontrado el Manuscrito sentía una grata alegría cada vez que algo confirmaba su existencia.

Zanjó diciendo:

—O sea que ciertamente parece que Roma locuta, causa finita —es decir, que habiendo hablado Roma, el caso está cerrado—. Nos podemos volver con viento fresco a Almagriz y esperar alguna pista.

—Pues sí, eso parece —dijo Quero, que no se terminaba de creer todo y, si bien pensaba que a mi hermano se le podía ir la cabeza, no creía que Chindas pudiera haber mentido, por lo que se convenció definitivamente de la existencia del Manuscrito.

De esta manera consiguió Chindas, en un bonito gesto para no desilusionar a mi hermano (gesto que se le volvería en su contra, como ya contaré), que todo el mundo acabara contento dentro de lo que cabía: mi hermano por el gozo de poder seguir manteniendo la esperanza de encontrar el Manuscrito con el origen del lenguaje, antes de que cayera en malas manos y, lo mejor de todo, de poder responder con él a muchas de las preguntas que desde hacía tiempo tenía, y Quero por saber que toda esta aventura, por culpa de la que había llegado a perder a su novia, al menos no se había sustentado en cimientos de humo.

Una vez que ya no había nada que hacer en Favencia, era el momento de regresar a Almagriz, pues entre comidas, cenas y salidas se estaban dejando mucha pasta. Y encima a Quero, por ejemplo, le esperaba una misión importante en Almagriz, la de reconciliarse con su novia o, peor aún, la de dilucidar si era conveniente que se reconciliara. No había tiempo que perder. Antes, eso sí, tenían que volver a casa para hacer las maletas y ver para cuándo había billetes baratos.

Capítulo siguiente    Capítulo anterior

Índice

Dywá, Dywé, Dywí y Dywó

5

A la mañana siguiente mi hermano, seguramente por la excitación de su aventura y por todas las cosas en las que había estado pensando por la noche, olvidados ya los dolores en el costado y queriendo empezar una nueva fase en su vida, bajó a cortarse el pelo, como el futbolista que se hace un nuevo corte de pelo antes de empezar un Mundial.ronaldo2

Había descubierto unos años atrás que cortarse el pelo suponía para él una especie de inicio de una vida nueva, una catarsis, al abrir uno de los abarrotados cajones de su cuarto y comprobar que los tres diarios que conservaba de su infancia los había empezado justo contando que se acababa de cortar el pelo.

Mi hermano siempre habla mucho con los peluqueros. Son una de sus especialidades junto con los taxistas —a los que por algún extraño motivo siempre llama «caballero», como espero poder tener tiempo de contar luego— y los vendedores de bocadillos a la salida de las discotecas, sobre todo si son búlgaros, porque así se pone a hablar con ellos de fútbol de Bulgaria. Algo que, por cierto, le sirve de argumento para demostrar lo importante que es saber de fútbol para tener siempre conversación con la gente.

Sin embargo, aquel día en la peluquería se mantuvo lo más callado posible,no fuera a ser que se le escapara alguna información relacionada con el Manuscrito, tan cerca estaba el secreto de sus labios por la emoción que abarrotaba el resto de su cuerpo. Habló lo justo para indicar qué corte quería.

Tan emocionado estaba que al volver de la peluquería, sin haber siquiera sentido como otras veces la vergüenza de ir hasta casa sin haberse mirado bien en un espejo y atusarse el pelo a su gusto, con el corazón saliéndosele por la boca y lleno de palabras como estaba, por miedo a reventar, empezó la novela fantástica que hacía tiempo ya que rondaba su cabeza, tras una época en la que había estado leyendo novelas y viendo series y películas de este estilo.

Permitidme que muestre aquí, antes de ponernos con la búsqueda del Manuscrito, el comienzo de la novela fantástica de mi hermano, al más puro o impuro estilo de Tolkien, que a mi gusto no tiene desperdicio. Así empezaba, y no estoy de broma:

«—¡Solo sois lo que yo imagino!— exclamó ya harto.»

Y así seguía:

«Y los que allí estaban dieron un paso atrás. No se habían dado cuenta de que tenían ante ellos al creador de todo. El creador de todo, que, sin embargo, como en un sueño, no tenía apenas control sobre lo que pasaba en su mundo creado. Su único poder era el de dejar de imaginar y acabar con todo. Así que sus seres creados, animales, plantas y humanos, tenían la sensación, seguramente por costumbre, de que decidían.

Por aquella época todos los humanos tenían una misma lengua, una lengua que no era necesario pronunciar, se podía sentir de forma telepática lo que los otros decían, lo que los otros sentían. Solo en grandes ocasiones o por motivos artísticos, se pronunciaban las palabras de aquella hermosa lengua, porque el sonido era melódico y al rimar palabras las ondas sonoras creaban una dulce armonía en los oídos de aquellos seres.

Todos eran buenos, porque un simple mal pensamiento podía ser duramente castigado. Aquellos humanos buenos podían fulminar a los malos, pero no al revés; aquellos seres podían reducir a polvo, sin siquiera tocarle, al que actuara en contra del bien común y de su propio bien.

Pero entonces un grupo de uno de los clanes de las montañas de Cafcas envenenó sus pensamientos al beber el jugo de las manzanas que antiguamente habían estado prohibidas. El veneno les hizo conspirar y, como el grupo de unos cien hombres había quedado envenenado entero, no se fulminaron entre ellos. Idearon una nueva lengua para que nadie pudiera entender sus pensamientos, se la enseñaron a sus hijos para que ellos solo tuvieran esa lengua, inventaron nuevas formas de fulminar. En ese estado de embriaguez estuvieron veinte años hasta que el pensamiento del creador, llamado Dy, les encontró entre las montañas. Acudieron allí algunos humanos para acabar con ellos, pero el clan cafcasio escapó hacia el sur, hasta que en Cádinguir, en Etemenanki, cuando aún estaba en construcción, les encontraron y se enfrentaron a ellos. Los cafcasios tenían armas y se defendieron contra aquellos hombres desprovistos de metal. Solo aquellos cafcasios que no pudieron controlar la lengua de sus pensamientos fueron fulminados por los hombres buenos, pero sus hijos, que solo conocían la lengua cafcásica, se salvaron y clavaron sus espadas en los indefensos corazones de los humanos que iban tras ellos. Fue la primera muerte de hombres buenos en la Tierra y fue cuando comenzó la expansión del mal.

Dy se culpó a sí mismo de lo que había sucedido. Al fin y al cabo todo era producto de su imaginación. Quiso acabar consigo mismo, pero ni él mismo podía fulminarse. Lloró durante muchos días y desapareció. Nadie supo nunca adónde fue, algunos llegaron a decir que nunca había existido, que eran leyendas para mantener el bien, otros confiaban en que algún día volvería. En su lugar quedaron sus cuatro hijos, a cargo de los cuatro grandes continentes.

En aquella época los nombres de los seres tenían un significado. El nombre de Dy, así escrito en el alfabeto latino, significaba primer creador. Le pusieron este nombre el día que reveló que todo procedía de su imaginación. El sonido que he representado como d se asociaba con el significado de ‘luz’ y el sonido que he representado como y, que es como una vocal cerrada anterior, significaba que era el primero de los suyos. Solo él tenía un nombre de una sílaba, porque solo él era el padre. Tener dos sílabas en el nombre significaba ser hijo de alguien y por eso los que habían estado en la Tierra desde el principio añadieron una sílaba al inicio de sus nombres. Los hijos conservaban las sílabas de sus padres y añadían otra sílaba al final. Solo se diferenciaban los nombres de unos hijos y otros por la última vocal. Las vocales eran la a para el primer hijo, la e para el segundo, la i para el tercero, la o para el cuarto y la u para el quinto. A partir del quinto hijo se empezaban a usar dos vocales.

Así, los cuatro hijos de Dy fueron Dywá, Dywé, Dywí y Dywó. El sonido aquí representado por w significaba oscuridad, por la terrible tristeza de la desaparición de su padre. Al principio sus nombres eran Dydá, Dydé, Dydí y Dydó porque eran luces de la luz…»Front_of_the_Congreso_de_los_Diputados_en_Madrid,_España_02

Y ahí, con esos personajes con nombres de futbolistas brasileños, se quedaba de momento —creo—. Según decía a su amigo Mufo, que era el que más entusiasmado se mostraba con la idea, este solo era el comienzo de la novela que a su vez empezaba a escribir su personaje, un personaje que iba a ser un loco como don Quijote, pero loco en este caso como resultado de haber leído demasiadas novelas fantásticas, no de caballería (aunque casi viene a ser lo mismo). Así, decía que una de las escenas fundamentales iba a ser en una discoteca, cuando unos amigos decían a su protagonista que habían visto unos orcos, y el protagonista, como un elfo, se tiraba a por los presuntos orcos, que lógicamente eran mujeres feas, no pudiendo terminar su cometido porque era vapuleado por gigantes, que no eran sino los puertas de la discoteca. ¡Qué lástima que de momento no haya seguido con la novela porque yo ya veía al protagonista cabalgando los leones del Congreso rumbo a Narnia!

Capítulo siguiente     Capítulo anterior

Seguir con la aventura (saltar otras anécdotas de la espera de la siguiente pista)

Índice

Becós

4

Esa noche mi hermano casi no pudo dormir, no solo por el agudo dolor que sentía cada vez que giraba en la cama hacia la derecha, sino porque al no poder dar vueltas en la cama, empezó a darle vueltas a la cabeza pensando en quién podía ser aquel estudiante, cómo podrían encontrarle de nuevo y, sobre todo, en qué contendría aquel Manuscrito.

¿Cómo se habría originado el lenguaje? ¿Acaso alguien nos lo trajo de algún planeta extraterrestre? ¿Algún dios? ¿Sería una idea de algún inteligente neandertal? ¿Cómo se habría desarrollado? Por fin iba a descubrirse la verdad y no haría falta leerse más artículos y libros de algunos lingüistas que en vez de acercarse a los orígenes del lenguaje se alejaban con extravagantes e insostenibles teorías.

Entre otras cosas, le vino a la cabeza una historia que había leído en su libro de griego del colegio en un extracto de Herodoto, perdón, Heródoto, sobre la manera como se descubrió quiénes eran más antiguos, si los frigios, el pueblo del rey Midas de Asia antigua, o los egipcios. El método fue terrible, pero Maquiavelo mediante, la historia es curiosa.

Resulta que un rey egipcio quería demostrar que su pueblo era más antiguo que el frigio y para eso le dio dos recién nacidos a un pastor con la orden de que les alimentara, pero que no les hablara nunca, y los tuviera en una cabaña sin permitirles salir al mundo. A los dos años, en un momento que estaban hambrientos, los dos niños se dirigieron al pastor diciendo «becós». Cuando el pastor se lo contó al rey, este investigó y descubrió que en frigio becós, significa ‘pan’, con lo que tuvo que admitir que el frigio era más antiguo porque frigia era la palabra que naturalmente les había venido a la boca a dos niños hambrientos.

Para mi hermano esta historia era apasionante en todos los sentidos, sobre todo por el hecho de que al principio las palabras tuvieran una forma natural, antes de cubrirse del polvo fonético de los años. Ahora estaba mucho más cerca de conocer esos inicios del lenguaje, si es que era capaz de encontrar el Manuscrito.

Manuscrito va y Manuscrito viene, lo bueno es que esa noche no hubo tiempo de pensar en su novia de Santaél, ni en las tres Natalias ni en Camila 1 y Camila 2 o Cami 1 y Cami 2 —ya contaré el porqué de este orden—, ni en su novia de Tierranaba ni en ninguna otra. El lenguaje bien entendido es para mi hermano algo que lo supera todo.

Capítulo siguiente     Capítulo anterior

Índice

Incepta est fabula

25

Y es que en uno de esos viajes —y creedme que con esto llegamos, por fin, al origen de la aventura— en los que alternaban las anécdotas de la naturaleza con la caza de curiosidades lingüísticas, mi hermano y Quero escucharon una secreta conversación entre dos misteriosos hombres que se tapaban las bocas con los cuellos o, mejor, solapas de las gabardinas que llevaban a pesar de que era junio (y de que no hacía tanto frío como este año), fieles a su condición de hombres misteriosos. Como mi hermano y Quero ya estaban entrenados para escuchar hasta el bostezo de una mosca, igual que los ninjas pueden oír los latidos del corazón, para ellos la conversación sonó alta y clara.

Uno de los hombres decía:

—¿Y cuánto ganamos con esto?

El otro respondía:

—La gente pagaría millones por conocer el origen del lenguaje y mucho más pagarán los que quieran seguir escondiéndolo en secreto y que no salga a la luz.

—Entonces tenemos que darnos prisa. Según el informe, esta noche tenemos que ir al Seminario de los Caballeros en la puerta inclinada con la cruz, ¿verdad? Seguro que es allí donde se encuentra el Manuscrito del Conde Ensortijado, ¿no?

—Sí, allí es.

—A las diez estaremos allí; una vez que se haya hecho de noche. —En aquellos días aún se hacía de noche a las 10, no como ocurre ahora que anochece a las 11 o más tarde, algo que, como se encarga de repetir mi hermano en una de sus teorías, se debe a que este año se han equivocado con el cambio de hora.

14343867390520

Al oír todo esto mi hermano, que había estado observando a los hombres engabardinados (como los langostinos) con la atención y posición de un perrillo de las praderas, le dijo a Quero en la voz más baja que le permitió la exaltación para que no le oyeran aquellos hombres:

¡El origen del lenguaje! ¿Tú sabes lo que eso supone? Sería un descubrimiento magnífico. El origen del lenguaje es un misterio. Por mucho que digan que el ser humano tiene unas condiciones que favorecieron la capacidad del lenguaje, es difícil saber qué chispa hizo que empezara. Su descubrimiento tendría un valor incalculable.

Y Quero contestaba también entre susurros:

—Me lo puedo imaginar. He creído oír que valdría millones.

—Bueno, el dinero es lo de menos, lo importante es el valor cultural. Puede desvelar el origen del hombre y contestarnos muchas preguntas sobre el porqué de la vida, sobre quiénes somos. ¡Tenemos que encontrar ese Seminario de los Caballeros antes que estos hombres! Dan la sensación de ser unos malhechores que solo buscan enriquecerse. Nosotros le daremos el uso adecuado.

Cuando se bajaron los hombres del metro mi hermano estaba en éxtasis, hablando sin parar de todo lo escuchado, sin olvidarse, eso sí, de hablar bajo para que nadie más se enterara de la existencia de aquel Manuscrito del Conde Ensortijado.

Es cierto que aquella emoción habría sido comprensible, pero solo en caso de que hubiera sido real lo que habían escuchado. Y es que, como en verdad no eran ninjas, puede que escucharan mal y que el sitio no fuera el Seminario de los Caballeros. Yo me he limitado a transcribir la conversación a través de los oídos de mi hermano. De hecho, seguro que a los oídos de Quero llegó otra información, pero mi hermano estaba tan entusiasmado con que ese era el sitio que nadie le habría podido sacar la idea de la cabeza. Yo creo que a ello contribuía que le encantaba la sonoridad del nombre de Seminario de Caballeros. Puede que dijeran «Herbolario de Panaderos», pero ese no era nombre digno de albergar el Manuscrito que contenía la historia del origen lenguaje.

También puede que el nombre del Manuscrito no fuera «Manuscrito del Conde Ensortijado», pero es que ese nombre sonaba majestuoso. Sonaba como el de un secreto códice perteneciente a un conde opulento; claro que esto se debía probablemente a que mi hermano creía que ensortijado significa ‘lleno de sortijas’. Lo que sí es seguro es que aquellos hombres de verdad hablaban de un Manuscrito donde se explicaba el origen del lenguaje. princejohn

En cualquier caso, para mi hermano el saber de dónde viene el lenguaje, sobre lo que tanto ha pensado, es algo soñado desde niño. El lenguaje para él es la esencia del ser humano y saber su origen es conocer la manera en la que dejamos de lado al resto de las especies, es entender el aliento divino que nos dio el privilegio de las lenguas.

Tanta era, pues, la emoción que se acumulaba en su pecho, que no se paró a pensar en nada. Ni en que aquellos hombres podían ser de verdad unos peligrosos malhechores, ni en que podía haber escuchado mal, ni en que aquellos hombres podían a su vez haber quedado con gente peligrosa en aquel sitio, ni siquiera pensó en que la puerta a la que se habían referido podía estar cerrada cuando llegaran. A las nueve y media, antes que aquellos hombres llegaran, tenían que estar allí.

Incepta erat fabula. La aventura daba comienzo.

Segunda parte    Capítulo anterior

Índice