Adelanto de la Segunda parte

Aquí tenéis el pdf con el adelanto (erratas y partes sin supervisar incluidas) de la Segunda parte entera, para los que no podáis esperar hasta septiembre para seguir conociendo las aventuras de mi hermano:

SEGUNDA PARTE

¡Que disfrutéis!

Y para los que aún no habéis empezado a leer, aquí tenéis el Prólogo, la Primera parte y la Segunda, todo en uno:

PRÓLOGO + PRIMERA PARTE + SEGUNDA PARTE

Si alguien quiere recibir alguna parte más, puede escribir un mensaje privado a la cuenta de Twitter: @ahoranoblog

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A manuscrito imaginado no le hinques el diente

3

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

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¡¿Jaguares en África?! o Cosas que no sabe mi hermanóptero

22

Pero no siempre era mi hermano el que daba lecciones a Quero. Ya he dicho que Quero era el experto en animales y naturaleza en general del dúo. Tanto le apasionaban los animales que casi le da un pipirlitaque, pipirindengue o tantarantán, es decir, un patatús, un día en que mi hermano hablaba de pingüinos y osos polares en el Polo Norte:

—¡¿Cómo?! ¡¿Pingüinos en el Polo Norte?!

—Sí, ¿no?

—No, solo hay pingüinos en el Polo Sur. Y los osos polares solo en el Polo Norte.PINGÜINOS

—Pero, entonces, ¿en Chilly Willy?

—Eso está mal. Lo que pasa es que en muchos libros, sobre todo en los de los niños, cuando hablan de los polos ponen juntos a pingüinos y osos polares y eso crea confusión. Como mucho en el Polo Norte hay alcas, que son parecidas a los pingüinos, pero de distinta especie.

No tan grave fue lo de otro día cuando llegaron a la situación —a saber de qué andarían hablando— en la que mi hermano decía algo de que en África un jaguar había hecho no sé qué, a lo que Quero saltó ofuscado:

¡¿Jaguares en África?!

Mi hermano le miró con sorpresa y dijo:

—¿Es que no hay jaguares en África?

—¡Por Dios! Solo hay jaguares en Sudamérica.

Y lo mismo con los lémures, que solo viven en Madagascar.

Otro disgusto más se llevó Quero el día que descubrió que mi hermano creía que una pantera era una especie distinta al leopardo, al puma o al guepardo:

—¡¿Cómo?! Pero si panteras son todos.

—¿Perdón?

Panthera es el nombre del género al que pertenecen leopardos, guepardos, pumas, jaguares e, incluso, tigres. Como sabrás —y esto lo decía en el tono perfecto para picar a mi hermano— pantera viene del griego pan, que significa ‘todo’, y tera, que significa ‘fiera’ o ‘animal salvaje’.

—Pues lo de pan, lógicamente sí lo sabía; sale en miles de palabras —y no perdió ocasión de decir algunas—: panteísmo, panhispánico, pandemia

—Ya, pero lo de fiera no lo sabías.

—Pues igual sí, nunca lo había pensado.

—Vamos, que no lo sabías. Igual creías que era como los teras de los discos duros.

—Hombre, pues tampoco eso…, aunque, ahora que lo dices, cuando me estudié todos los prefijos de medidas, peta, pico, yotta, femto, atto, zepto —parecía que jugaba a pinto pinto gorgorito— creo que tera se usaba porque significaba monstruo.

—Pues, mira, podría tener que ver, pero, a lo que íbamos; el caso es que panteras son todos en el sentido de que pertenecen a esta especie, pero no sé por qué, en español se usa pantera solo cuando estos animales sufren melanismo y son, por tanto, negros…

—De color —bromeó mi hermano, reservándose la oportunidad de relacionar melanismo con melancolía, ambos derivados de melan, que significa ‘negro’, para otra ocasión.

—Sí, de color negro —sentenció Quero y aclaró—: Así Bagheera en el Libro de la selva será un leopardo negro o algo así.

—Me lo apunto —concluyó mi hermano, en quien la curiosidad había eclipsado el disgusto de no haber sabido lo de fiera.

Otro día Quero le dijo que acababa de descubrir en un libro de Asimov que quiro significa ‘mano’ en griego y que por eso los murciélagos son quirópteros, porque tienen alas (ptero es ‘ala’) en las manos.

—Sí —dijo mi hermano, que lo sabía desde hacía tiempo, aprovechando para vengarse por lo de tera—, y quiromancia es adivinación por medio de las manos y quiropráctico el que cura con las manos, y creo que había un personaje mitológico que era el Hecatonquiros o Hecatonquirón, o algo así y era que tenía cien manos.

(Según esto, yo añado que la táctica de la mano sería la quirotáctica, y que menos mal que mi hermano no era un Hecatónquiros, porque, si no, ¡pobres mujeres!, agarradas por las cien manos de mi hermano.)

Para demostrar que algo sabía de animales, mi hermano aprovechó para traer a colación algo que se había estudiado no hacía mucho:

—Por cierto, sobre lo de pteros, estuve mirando hace no mucho todos los pteros que hay.

—Ja, ja. ¿Los pteros? Hay homos, heteros y pteros.

—No, digo los animales que en su nombre tienen ptero. abeja

—Ya lo había supuesto, hombre.

—Recuerdo que estaban los dípteros, que eran las moscas, ¿no?, porque tienen dos alas.

—Sí.

—Y los himenópteros son avispas y abejas y es como que tienen las alas con membrana, como el himen, je, je. —Aquí mi hermano demostró que, como bien dijo en un poema, ha tardado más en madurar.

—Correcto. ¿Y qué más, a ver?

—Los coleópteros son los escarabajos, porque tienen las alas duras. Los hemípteros es que tienen las alas partidas a la mitad y creo que eran las mariquitas.

—¡No, hombre! Las mariquitas son también coleópteros.

Homópteros, je, je.

—Je, je. Pues precisamente los homópteros eran un antiguo orden que incluía a los hemípteros, que son las chinches y las cigarras.

—Ah. Es que es un lío; como no siguen un criterio único, de número de alas o forma o material.

—Ya.

—Luego recuerdo que estaban los ortópteros, pero no tengo ni idea de cuáles eran, aunque tienen que tener las alas rectas o algo así, igual que la ortografía —aprovechaba para tirar para casa— es la recta escritura.

—Pues ahora que lo dices no me acuerdo, creo que los saltamontes son ortópteros.

—Y luego están los helicópteros, con alas como hélices, je, je, y los pterodáctilos, con alas en vez de dedos.

—Ja, ja. Sí. Pero se te han olvidado unos imprescindibles: ¡los lepidópteros!

—Ay, ¡es verdad! ¡Las mariposas! ¿Qué era lepido-?

—Creo que era que tienen escamas.

—Ni idea.

—Y luego está el solptero que eres tú.

—Jou, jou.

Y así se divertían.

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Los lingüistas somos gente honrada

17

De vez en cuando, y con esto nos vamos acercando a la ya varias veces anunciada aventura, mi hermano sale a dar una vuelta con un amigo al que, sin ser filólogo como él, también le encantan la lengua y sus curiosidades. Se llama Queremón (nombre que curiosamente comparte con un gramático estoico) y es a quien me he referido antes como Quero, que es el hipocorístico con el que le llamamos. Quero es el perfecto complemento de mi hermano porque le interesa mucho la gramática. Aunque de lo que de verdad sabe mucho es de curiosidades de la naturaleza, es decir, de animales, plantas, minerales, dinosaurios, elementos químicos y demás. Baste decir que uno de sus autores favoritos es Asimov. Quero acabó estudiando Derecho, después de dejar Biología en cuarto, desilusionado porque, como les pasa a muchos (incluso a mi hermano con Filología), la Universidad no es ni mucho menos lo que uno espera cuando decide estudiar lo que de verdad le gusta sin tener en cuenta las posibles salidas.

Mi hermano siempre se queja de que no hay derecho a que le preguntaran en un examen de Literatura de la Universidad por el nombre de la madre del protagonista del libro que se tenían que leer (en el colegio todavía, pero en la Universidad no), o a que le pusieran peor nota por haberse leído varias versiones de la historia de Prometeo y confundirlas, cuando para el examen solo le exigían leerse la de Esquilo; o —y esto es lo que más le molesta— a que le preguntaran por la biografía de una poetisa de la Generación del 27, en vez de preguntarle por alguna cuestión poética de las que le extasiaban por aquella época.

En este último caso lo que más le molesta es que le suspendieran la asignatura de Poesía del siglo XX. A él que se considera un gran poeta, a él que nació el día después de que muriera Vicente Aleixandre y del que, por tanto, (aunque no le gusta demasiado) se considera la reencarnación; a él que nació el día de san Juan de la Cruz, que es el día de los poetas; a él que, según dice, es poeta de más altura que el mismo Keats, pues si Keats medía exactamente cinco pies, mi hermano descubrió un día, al medirse en Nueva Isla, que mide exactamente seis pies, es decir unos 1,8235 metros (viendo lo cual, por cierto, empezó a considerar que es un estándar de la naturaleza y que tienen que llevarle a París para ponerle al lado de la barra de iridio y platino que sirve como patrón de medida del metro).

Pero, claro, como todo lo malo le tiene que servir a mi hermano para algo, este suspenso reafirmó su idea antes mencionada de que, como al licenciado Vidriera, y como le pasaba a Gandhi con el cristianismo, a él le gusta la poesía, pero no le gustan los poetas. Los días que sale el tema de su suspenso, después de lamentarse amargamente, se contenta diciendo que no pasa nada por que le suspendieran la asignatura de poesía del siglo XX, puesto que, claro, al fin y al cabo, él es un poeta del siglo XXI.

Pero, a lo que íbamos. El caso es que Quero y mi hermano se van de vez en cuando a correr juergas y andanzas lingüísticas, es decir, parten en busca de curiosidades que salen de las bocas de las gentes al hablar, no satisfechos (de satis que significa ‘bastante’ en latín) con lo mucho y muy sustancioso que se escucha en la televisión o en la radio o con lo mal que se escribe ahora en los periódicos. Estas correrías suelen tener lugar en los vagones del metro o por las calles del centro de Almagriz. Generalmente mi hermano es el que toma la palabra.

Así, uno de esos días mi hermano le iba diciendo en el metro a Quero:

Escribir bien y hablar bien es de gente buena. Porque el que es cuidadoso con el lenguaje y con las palabras que emplea es cuidadoso en todo lo demás. El que respeta las normas lingüísticas y, más aún, el que las respeta y las entiende, también respeta y entiende las normas cívicas, y esto le da un poder crítico para distinguir cuándo una norma es justa o injusta. Y el que siente curiosidad por el lenguaje es curioso en todo y el que es curioso no puede hacer mal porque el curioso tiende a dejar que las cosas ocurran en su forma natural para analizarlas. Otra cosa es que a veces sienta la necesidad de intervenir para corregir a los que utilizan mal una lengua y explicarles cómo se debe usar, para así brindarles la oportunidad de ser cuidadosos también.

Quero asentía porque estaba completamente de acuerdo. Mi hermano proseguía:

—Y además de escribir y hablar correctamente es preciso tener un extenso vocabulario para así poder reproducir de la manera más fiel posible los pensamientos de uno, pues no hay sentimiento más hermoso que el ver los pensamientos plasmados en algo físico como son la voz o la escritura. Significa capturar algo etéreo y demostrarnos a nosotros mismos que es real. De esa manera es fácil conquistar a las personas. Es como si les transmitiéramos el pensamiento por telepatía. Cuando la forma de expresarnos no refleja minuciosamente lo que pensamos, entonces otros podrán entender con razón algo distinto de lo que queremos manifestar. Se podría decir que les estamos engañando. Así que el buen uso de una lengua es esencial para nuestra relación con los otros y, por tanto, es deber y reflejo de la buena persona hablar y escribir bien porque esto significa que desea relacionarse de la mejor manera posible con los demás.

En ese momento justo llegaron a la estación de Quevedo.

respeta las normas

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Why?… Em Si Ei

10

Otro truco de mi hermano es el del Why?. Todo empezó cuando un amigo de Nueva Isla, Miles, su otro compañero de piso, le contó a mi hermano que de pequeño no ligaba nada y lo pasaba fatal y que para remediarlo se apuntó a un curso de autoconfianza en el que entre otras cosas enseñaban a ligar. Según decía, después de aquel curso, para él ligar empezó a ser facilísimo. De ese curso sacó el mencionado «truco del Why?». El día que lo explicó pidió que no lo contáramos, pero yo… no me puedo contener, como Nicky Jam en Travesuras.

Así que lo explico.

El método consiste en seguir una serie de pasos. Lo primero es empezar preguntando por lo que hace la chica; luego, sea lo que sea, repito, sea lo que sea, elogiarlo; luego relacionarlo con lo que uno hace, por muy diferente que sea, para demostrar que se tiene algo en común, y, al final, lo más importante y con lo que se quedó mi hermano, preguntar por qué o why?, es decir, preguntarle a la chica por qué ha elegido dedicarse a lo que se dedica.

PicsArt_1429181146827Lo de relacionar puede ser difícil, pero siempre hay alguna conexión. Por ejemplo, a mi hermano un día le dijo una chica que era bióloga. Mi hermano, sin pensárselo dos veces, lo relacionó con lo suyo diciendo que una vez hizo una poesía sobre un calamar (lo cual es cierto), aunque también podría haber hablado de las donkey sentences o, más simple aún, de 417805_554143061302376_83147983_nárboles sintácticos.

Miles aseguraba que nunca fallaba porque preguntando por qué o why? siempre salen cosas personales y la chica suele sincerarse y explayarse, ya sea porque lo que ha estudiado le gusta y entonces disfruta hablando de ello, ya porque le han obligado a hacerlo y entonces se empieza a quejar de que la familia la ha forzado a elegir una determinada carrera, pero que ella habría preferido hacer otra cosa; y entonces empieza a hablar de sus gustos igualmente. Para que funcione adecuadamente, eso sí, hay que hacer la pregunta con cara de extrema curiosidad. Así, funcionará tan bien como lo de soltar de vez en cuando un «¿De verdad?» o un «¿En serio?» para mostrar interés, como se dice que hacía Gary Cooper, o un «Usted tiene ojos de mujer fatal» de la obra homónima de Jardiel Poncela, o el «Eres perfectamente sexy y adorable» de Crazy, Stupid, Love, con el que ya sí que se conseguirá llegar a un nivel de flirteo a la altura de Ryan Gosling:

Cuando Miles le contó la historia, pidiendo que no difundiera el truco, mi hermano se quedó pensativo. Después de un tiempo de cavilación y sopesamiento llegó a la conclusión de que, verdaderamente, si a él le preguntaban por qué había hecho Filología Hispánica tendría que contar que fue porque le gustaba mucho la poesía y la literatura, pero que también se le daba muy bien la sintaxis, aunque también las matemáticas. Pero que no eligió Matemáticas porque sacó un 0 una vez en un examen de Química y no había opción en Bachillerato de hacer Matemáticas sin hacer también Química y que si patatín patatán. Vamos, que tendría que sincerarse. Estaba claro que tenía que funcionar.

Por eso, desde entonces lo utiliza muchas veces. Y ya no solo para ligar; también para sacarle conversación a la gente en las típicas situaciones incómodas (mejor descritas con la intraducible palabra inglesa awkward) y así romper horribles silencios como los míticos de Ross y el novio de Phoebe en Friends:

Mi hermano resuelve estas situaciones preguntando:

—Oye, ¿y a qué te dedicas?

Después de lo cual, respondan lo que respondan, pregunta:

¿Y por qué? —y uno ya tiene mínimo para quince minutos de conversación.

Muchas veces a la gente le sorprende la pregunta, con lo normal e inofensiva que parece, y en el momento incluso se cortan, demostrando que hurga en lo más profundo de los sentimientos; que llega a la patata, vamos. Pero una vez pasada la sorpresa y el corte, cuando se deciden a arrancar, se desahogan, lo cual crea un estrecho vínculo con la persona, más aún si la persona le devuelve la pregunta a mi hermano. Mi hermano empieza entonces a recrearse con lo de la poesía y la sintaxis, pasando a «hacer un mi hermano», que como luego explicaré es como se llama a monopolizar una conversación hablando de uno mismo.

La verdad, todo hay que decirlo, es que, no sé si por el truco o por qué, Miles al final acabó casándose con una chica, no muy agraciada para el gusto de mi hermano, a la cual mi hermano le había presentado de broma en una discoteca para ponerle en un aprieto y ver cómo se deshacía de ella.

Pero, claro, en el amor nunca se sabe y para gustos los colores. De gustibus non est disputandum. Ya veremos en la próxima novela la importancia de los colores en el amor. Pero eso será mucho más adelante, después de la primera aventura, que está a punto de empezar.


Para recordarlos bien, aquí dejo esquematizados los pasos que se deben seguir en el método de Miles, con el grand finale del «truco de Why?»:

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Juegos de manos, juegos de mi hermano

8

La verdad es que mi hermano se cree más de lo que piensa las historias mágicas relacionadas con la posibilidad no solo de sanarse con el poder de la mente, sino también con las propiedades curativas de las manos. Así es como empezó con su «táctica de la mano o quirotáctica». Mi hermano considera que con las manos se pueden transmitir —y él cree que con sus manos transmite—, muchas sensaciones. De ahí que ideara una táctica basada en ellas.

La táctica es muy sencilla. Consiste en coger de la mano a una chica mientras hablas con ella en una discoteca y luego acariciarla suavemente —la mano, no a la chica en general—, generalmente haciendo delicados círculos con el dedo gordo en la palma de la pretendida. 2015-04-09 13.21.14La complicación estriba en elegir el momento preciso y en acariciar de una forma tal que se transmitan a través de ella sentimientos de deseo, pero sin que la cosa quede forzada, por ejemplo, dibjuando con el dedo demasiadas siluetas —palabra que procede del nombre del ministro Silhouette— de corazones.

Puede parecer mentira, pero generalmente a mi hermano el truco de la mano le ha funcionado, aunque solo sea para al menos atraer la atención de las chicas durante un poco más de tiempo. Lo malo es que, como se lo ha contado a todo el mundo, en su afán de compartir sus conocimientos, ahora ha conseguido que nuestros amigos empiecen a aplaudir y a silbar cuando le ven hacerlo, a veces incomodando a la chica y estropeando el momento. Eso, si no es mi propio hermano el que enseña a nuestros amigos desde lejos que tiene la mano cogida.

Otra forma de llevar a cabo la táctica de la mano es cogiéndosela a una chica y ponderando exageradamente su suavidad. Un día hasta llegó a hacer una rima al respecto: «Las manos de Rocío / son un desvarío». Por suerte en este caso Rocío era amiga y el pareado cayó en gracia.

Para satisfacción de mi hermano, un día una chica le hizo una táctica parecida pero, en vez de con la mano, con el pulgar. La táctica de la chica consistió en decirle a mi hermano que se había quemado la yema del pulgar de pequeña y que no tenía huella dactilar, de manera que, para comprobarlo, mi hermano tuvo que acariciar su yema, ante lo que notó como un calor especial que le produjo una extraña e intensa atracción hacia la chica. Esto le sirvió para confirmar la teoría sobre el poder manil, perdón, manual, y también digital, de transmitir sensaciones.

Otro truco con el que mi hermano combina el de la mano y que dice que nunca falla es el «truco de la pajita». Este truco se inicia al llegar a la situación donde, a pesar de que la chica con la que 2015-04-09 13.38.35uno lleva hablando un rato y a la que por supuesto ya tiene cogida de la mano parece más que dispuesta a pasar a la siguiente fase, uno no se decide por el momento en el que besarla (o en el que tirarle la boca, vamos). Entonces, para poner en práctica el truco, lo esencial es que la chica tenga una bebida con pajita, que suele ser el caso, por mucho que se les diga que con la pajita las copas suben más. En caso de que no hubiera ni copa ni pajita, tocará invitar, asegurándose de que la copa vaya con pajita. Esto no es problema para mi hermano, que ya sabemos que en el arte de invitar es bastante avezado.

Una vez que la chica tiene los pertrechos necesarios y que ha bebido un poco, hay que pedirle que nos deje probar de su copa mientras se mira su pajita con algo de reparo, finalmente cogiendo otra 2015-04-09 14.55.46para parecer que se es escrupuloso. —Mi hermano empezó haciéndolo porque de verdad tenía escrúpulos las primeras veces—. La chica al principio solo pensará que el chico es escrupuloso, pero luego caerá en la cuenta de que, si no quiere chupar de su pajita, eso quiere decir que tampoco va a querer besarse con ella. En ese momento de desconcierto, parecido al momento crítico que Álvaro de Mesía atribuye a toda mujer durante quince minutos al día en La Regenta, es cuando uno debe atacar, sabiendo que ya existe poca posibilidad de fracaso o calabaza. También en este caso he sido testigo de cómo a mi hermano le ha funcionado el truco.

Asimismo le funciona un truco que aprendió gracias a un niño del que era monitor en un campamento. En una gincana, perdón, yincana (del hindi gymkhana ≅ ‘lugar donde se juega a la pelota’), que organizaron ese año, una de las pruebas consistía en buscar al niño mayor (de más edad) del campamento, al que mi hermano le dio un papelito con una pista que tenía que entregar solo en caso de que le preguntaran directamente si él era el mayor. Al rato el niño volvió y le dijo a mi hermano que se había inventado una prueba que había que superar para encontrar el papelito. La prueba consistía en seguir una serie de pasos que estaban pintados en su mano. Lo primero que hizo el niño fue enseñarle a mi hermano la mano cerrada en puño con un círculo pintado en el dorso, Phonto(87)en la parte donde está ese músculo que decían que se pone duro, además del del antebrazo, cuando…, en fin, cuando uno se dedica a prácticas pecaminosas. Debajo del círculo estaba escrito «PULSA». Al pulsar mi hermano, el niño sacó el índice, en el que había una flecha indicando un giro en el sentido inverso a las agujas del reloj, seguida de un «GIRA». Al girar el dedo, en su parte interna ponía «TIRA» y había una flecha hacia fuera. Finalmente, al tirar mi hermano, el niño abrió la mano, extendiendo la palma, en la que ponía «MIRA EN MI BOLSILLO», que era donde estaba la pista entregada por mi hermano.

Al ver esto, mi hermano felicitó efusiva y convenientemente al chaval, no tanto por esa idea en concreto sino por las aplicaciones que el mecanismo podía tener en las discotecas con las chicas. En la palma de la mano se podía poner cualquier mensaje, desde un simple «¡HOLA!» (o en su momento «¡OLA KE ASE!») hasta un «¿CÓMO TE LLAMAS?» o un «¡GUAPA!» o un «DAME UN BESO» junto al dibujo de unos sugerentes labios, mensajes que, por supuesto, han sido probados posteriormente por mi hermano con mayor o menor éxito. El de «DAME UN BESO» no suele funcionar, sobre todo porque acto seguido mi hermano saca los labios a lo Scarlett Johansson, o peor, a lo Carmen de Mairena. El de «¡GUAPA!» funciona un poco mejor. Para pintarse las instrucciones en la mano, muchas veces mi hermano roba el boli que le dan para firmar el recibo de la primera copa en la discoteca y lo devuelve a última hora de la noche, siendo por lo general regañado.

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Otro truco, para mi hermano infalible, es el de llevar algo puesto que llame la atención, cual reclamo o añagaza, de las chicas. Debe ser algo que puedan coger, como sombreros, pelucas o gafas. Lo que nunca falla son unas gafas que le hace un amigo con pajitas. Y es que, si hay algo crucial en el flirteo, es darle motivos a la chicas para que se acerquen y tomen la iniciativa.

La palabra añagaza, por cierto, viene del árabe clásico naqqaz, que significa ‘pájaro saltarín‘. Normal que mi hermano, un pájaro saltarín como cualquier otro, haga uso de añagazas para atraer mujeres.

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