A manuscrito imaginado no le hinques el diente

3

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

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Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

SEGUNDA PARTE: EL COMIENZO DE LA AVENTURA

 1

Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactem que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

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Los lingüistas somos gente honrada

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De vez en cuando, y con esto nos vamos acercando a la ya varias veces anunciada aventura, mi hermano sale a dar una vuelta con un amigo al que, sin ser filólogo como él, también le encantan la lengua y sus curiosidades. Se llama Queremón (nombre que curiosamente comparte con un gramático estoico) y es a quien me he referido antes como Quero, que es el hipocorístico con el que le llamamos. Quero es el perfecto complemento de mi hermano porque le interesa mucho la gramática. Aunque de lo que de verdad sabe mucho es de curiosidades de la naturaleza, es decir, de animales, plantas, minerales, dinosaurios, elementos químicos y demás. Baste decir que uno de sus autores favoritos es Asimov. Quero acabó estudiando Derecho, después de dejar Biología en cuarto, desilusionado porque, como les pasa a muchos (incluso a mi hermano con Filología), la Universidad no es ni mucho menos lo que uno espera cuando decide estudiar lo que de verdad le gusta sin tener en cuenta las posibles salidas.

Mi hermano siempre se queja de que no hay derecho a que le preguntaran en un examen de Literatura de la Universidad por el nombre de la madre del protagonista del libro que se tenían que leer (en el colegio todavía, pero en la Universidad no), o a que le pusieran peor nota por haberse leído varias versiones de la historia de Prometeo y confundirlas, cuando para el examen solo le exigían leerse la de Esquilo; o —y esto es lo que más le molesta— a que le preguntaran por la biografía de una poetisa de la Generación del 27, en vez de preguntarle por alguna cuestión poética de las que le extasiaban por aquella época.

En este último caso lo que más le molesta es que le suspendieran la asignatura de Poesía del siglo XX. A él que se considera un gran poeta, a él que nació el día después de que muriera Vicente Aleixandre y del que, por tanto, (aunque no le gusta demasiado) se considera la reencarnación; a él que nació el día de san Juan de la Cruz, que es el día de los poetas; a él que, según dice, es poeta de más altura que el mismo Keats, pues si Keats medía exactamente cinco pies, mi hermano descubrió un día, al medirse en Nueva Isla, que mide exactamente seis pies, es decir unos 1,8235 metros (viendo lo cual, por cierto, empezó a considerar que es un estándar de la naturaleza y que tienen que llevarle a París para ponerle al lado de la barra de iridio y platino que sirve como patrón de medida del metro).

Pero, claro, como todo lo malo le tiene que servir a mi hermano para algo, este suspenso reafirmó su idea antes mencionada de que, como al licenciado Vidriera, y como le pasaba a Gandhi con el cristianismo, a él le gusta la poesía, pero no le gustan los poetas. Los días que sale el tema de su suspenso, después de lamentarse amargamente, se contenta diciendo que no pasa nada por que le suspendieran la asignatura de poesía del siglo XX, puesto que, claro, al fin y al cabo, él es un poeta del siglo XXI.

Pero, a lo que íbamos. El caso es que Quero y mi hermano se van de vez en cuando a correr juergas y andanzas lingüísticas, es decir, parten en busca de curiosidades que salen de las bocas de las gentes al hablar, no satisfechos (de satis que significa ‘bastante’ en latín) con lo mucho y muy sustancioso que se escucha en la televisión o en la radio o con lo mal que se escribe ahora en los periódicos. Estas correrías suelen tener lugar en los vagones del metro o por las calles del centro de Almagriz. Generalmente mi hermano es el que toma la palabra.

Así, uno de esos días mi hermano le iba diciendo en el metro a Quero:

Escribir bien y hablar bien es de gente buena. Porque el que es cuidadoso con el lenguaje y con las palabras que emplea es cuidadoso en todo lo demás. El que respeta las normas lingüísticas y, más aún, el que las respeta y las entiende, también respeta y entiende las normas cívicas, y esto le da un poder crítico para distinguir cuándo una norma es justa o injusta. Y el que siente curiosidad por el lenguaje es curioso en todo y el que es curioso no puede hacer mal porque el curioso tiende a dejar que las cosas ocurran en su forma natural para analizarlas. Otra cosa es que a veces sienta la necesidad de intervenir para corregir a los que utilizan mal una lengua y explicarles cómo se debe usar, para así brindarles la oportunidad de ser cuidadosos también.

Quero asentía porque estaba completamente de acuerdo. Mi hermano proseguía:

—Y además de escribir y hablar correctamente es preciso tener un extenso vocabulario para así poder reproducir de la manera más fiel posible los pensamientos de uno, pues no hay sentimiento más hermoso que el ver los pensamientos plasmados en algo físico como son la voz o la escritura. Significa capturar algo etéreo y demostrarnos a nosotros mismos que es real. De esa manera es fácil conquistar a las personas. Es como si les transmitiéramos el pensamiento por telepatía. Cuando la forma de expresarnos no refleja minuciosamente lo que pensamos, entonces otros podrán entender con razón algo distinto de lo que queremos manifestar. Se podría decir que les estamos engañando. Así que el buen uso de una lengua es esencial para nuestra relación con los otros y, por tanto, es deber y reflejo de la buena persona hablar y escribir bien porque esto significa que desea relacionarse de la mejor manera posible con los demás.

En ese momento justo llegaron a la estación de Quevedo.

respeta las normas

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Monicaca y su agüita o el peligro de los hipocorísticos con K

4

En una discoteca es mucho más fácil ligar si te preparas el terreno. Eso es lo que hace mi hermano. No es que se estudie en casa fun facts o datos curiosos ex profeso para ligar, pero uno de los motivos por los que le gusta saber cosas es, precisamente, para luego soltárselas a las chicas y conquistarlas.

pollo capón 2
El pollo capón

Y es que una discoteca está llena de objetos fascinantes, o mejor dicho (que eso suena algo mal), de objetos de los que se pueden contar historias fascinantes, con las que se podría impresionar a cualquiera. Una mina, por ejemplo, es el origen de los nombres de las bebidas y de los nombres de las marcas de las bebidas.

Pero, claro, no basta con saber estas historias; también es necesario saber cuándo contar qué historia y tener un poco de suerte.

Un día mi hermano conoció a una chica pidiendo en una barra. Vio que la chica pedía un vodka con naranja y se lanzó:

—¿A que no sabes de dónde viene la palabra vodka?

La chica le miró con sorpresa y dijo:

—Pues no.

Cuando mi hermano habla con una chica extremadamente guapa, se hincha como un pollo capón, sacando pecho y echando para atrás los hombros, lo que hace que tenga menos éxito del debido (por la artificiosidad de la postura, ojo, que no por la falta de atractivo, gallardía y donaire). De esa guisa empezó a explicar:

—Pues tiene origen polaco. En lenguas como el polaco o el ruso, voda significa ‘agua’. Y con la k se hace el diminutivo. Por lo tanto, vodka es como ‘agüita’.

—¡Ah!… —la chica le miró con cara de haber roto un plato.

Impertérrito, mi hermano siguió:

—Así, en los hipocorísticos del ruso, a veces aparece la k, como en Marushka de Maria. —Queriendo sacarle el hipocorístico a la chica, continuó—: A ver, por ejemplo, ¿tú cómo te llamas?

—Mónica —respondió la chica que, aunque algo intimidada, en el fondo sentía algo de curiosidad.

Phonto(46)Como lo que procedía según lo explicado era algo así como Monicaca o quizás Monishka, lo cual tampoco sonaba del todo bien, mi hermano enmudeció, mostrando la confusión y el turbamiento precisos para que la chica hiciera un ruidito de desaprobación, pusiera cara de «otro chico que me la quiere colar», cogiera su agüita con naranja y se fuera, sin dejar tiempo a mi hermano de explicar que otro diminutivo en ruso es Katiuska (de Katia), el cual dio nombre a las botas de agua a raíz de una zarzuela o, mejor dicho, opereta de Sorozábal donde la protagonista, Katiuska, llevaba este tipo de botas (como lo de la rebeca con la peli de Hitchcock o la pamela de la novela de Samuel Richardson).

Cuando cuenta este percance, mi hermano dice que lo que falló en esta ocasión fue haber usado la palabra hipocorístico:

—Seguro que a la chica la palabra le sonó pedante, con lo bonita que es, que se aplica a los nombres cariñosos o familiares, tipo Concha (de Concepción) o Paco (de Francisco) y quiere decir algo así como ‘palabras que acarician’.

Superromántico, vamos. No me cabe la menor duda de que, si la chica llega a haber sabido esta información, habría captado la indirecta, cayendo rendida ante las tentativas acariciantes de mi hermano.

Pero bueno, como en la vida todo es cuestión de acabar encajando con alguien y como muchas otras veces le han funcionado estas prácticas, mi hermano nunca se da por cachiporra o por vencido y eso hace que siempre se pueda disfrutar de sus locas y chascarrilleras peripecias.

Además, como más adelante contaré, mi hermano cuenta con todo tipo de tácticas y estrategias para que la cosa no falle, como la célebre e hipocorística «táctica de la mano», 60px-Proto-semiticK-01.svgque tanto juego le da. En la escena aquí contada, no tuvo tiempo de coger de la mano a Monicaca y se le escapó, pero ya veremos otros lances en los que estuvo más rápido con la mano y menos torpe con la letra K, cuyo origen, curiosamente, es un símbolo semita que representaba una mano abierta.

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