Aventuras y un cadáver

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Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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Juegos de manos, juegos de mi hermano

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La verdad es que mi hermano se cree más de lo que piensa las historias mágicas relacionadas con la posibilidad no solo de sanarse con el poder de la mente, sino también con las propiedades curativas de las manos. Así es como empezó con su «táctica de la mano o quirotáctica». Mi hermano considera que con las manos se pueden transmitir —y él cree que con sus manos transmite—, muchas sensaciones. De ahí que ideara una táctica basada en ellas.

La táctica es muy sencilla. Consiste en coger de la mano a una chica mientras hablas con ella en una discoteca y luego acariciarla suavemente —la mano, no a la chica en general—, generalmente haciendo delicados círculos con el dedo gordo en la palma de la pretendida. 2015-04-09 13.21.14La complicación estriba en elegir el momento preciso y en acariciar de una forma tal que se transmitan a través de ella sentimientos de deseo, pero sin que la cosa quede forzada, por ejemplo, dibjuando con el dedo demasiadas siluetas —palabra que procede del nombre del ministro Silhouette— de corazones.

Puede parecer mentira, pero generalmente a mi hermano el truco de la mano le ha funcionado, aunque solo sea para al menos atraer la atención de las chicas durante un poco más de tiempo. Lo malo es que, como se lo ha contado a todo el mundo, en su afán de compartir sus conocimientos, ahora ha conseguido que nuestros amigos empiecen a aplaudir y a silbar cuando le ven hacerlo, a veces incomodando a la chica y estropeando el momento. Eso, si no es mi propio hermano el que enseña a nuestros amigos desde lejos que tiene la mano cogida.

Otra forma de llevar a cabo la táctica de la mano es cogiéndosela a una chica y ponderando exageradamente su suavidad. Un día hasta llegó a hacer una rima al respecto: «Las manos de Rocío / son un desvarío». Por suerte en este caso Rocío era amiga y el pareado cayó en gracia.

Para satisfacción de mi hermano, un día una chica le hizo una táctica parecida pero, en vez de con la mano, con el pulgar. La táctica de la chica consistió en decirle a mi hermano que se había quemado la yema del pulgar de pequeña y que no tenía huella dactilar, de manera que, para comprobarlo, mi hermano tuvo que acariciar su yema, ante lo que notó como un calor especial que le produjo una extraña e intensa atracción hacia la chica. Esto le sirvió para confirmar la teoría sobre el poder manil, perdón, manual, y también digital, de transmitir sensaciones.

Otro truco con el que mi hermano combina el de la mano y que dice que nunca falla es el «truco de la pajita». Este truco se inicia al llegar a la situación donde, a pesar de que la chica con la que 2015-04-09 13.38.35uno lleva hablando un rato y a la que por supuesto ya tiene cogida de la mano parece más que dispuesta a pasar a la siguiente fase, uno no se decide por el momento en el que besarla (o en el que tirarle la boca, vamos). Entonces, para poner en práctica el truco, lo esencial es que la chica tenga una bebida con pajita, que suele ser el caso, por mucho que se les diga que con la pajita las copas suben más. En caso de que no hubiera ni copa ni pajita, tocará invitar, asegurándose de que la copa vaya con pajita. Esto no es problema para mi hermano, que ya sabemos que en el arte de invitar es bastante avezado.

Una vez que la chica tiene los pertrechos necesarios y que ha bebido un poco, hay que pedirle que nos deje probar de su copa mientras se mira su pajita con algo de reparo, finalmente cogiendo otra 2015-04-09 14.55.46para parecer que se es escrupuloso. —Mi hermano empezó haciéndolo porque de verdad tenía escrúpulos las primeras veces—. La chica al principio solo pensará que el chico es escrupuloso, pero luego caerá en la cuenta de que, si no quiere chupar de su pajita, eso quiere decir que tampoco va a querer besarse con ella. En ese momento de desconcierto, parecido al momento crítico que Álvaro de Mesía atribuye a toda mujer durante quince minutos al día en La Regenta, es cuando uno debe atacar, sabiendo que ya existe poca posibilidad de fracaso o calabaza. También en este caso he sido testigo de cómo a mi hermano le ha funcionado el truco.

Asimismo le funciona un truco que aprendió gracias a un niño del que era monitor en un campamento. En una gincana, perdón, yincana (del hindi gymkhana ≅ ‘lugar donde se juega a la pelota’), que organizaron ese año, una de las pruebas consistía en buscar al niño mayor (de más edad) del campamento, al que mi hermano le dio un papelito con una pista que tenía que entregar solo en caso de que le preguntaran directamente si él era el mayor. Al rato el niño volvió y le dijo a mi hermano que se había inventado una prueba que había que superar para encontrar el papelito. La prueba consistía en seguir una serie de pasos que estaban pintados en su mano. Lo primero que hizo el niño fue enseñarle a mi hermano la mano cerrada en puño con un círculo pintado en el dorso, Phonto(87)en la parte donde está ese músculo que decían que se pone duro, además del del antebrazo, cuando…, en fin, cuando uno se dedica a prácticas pecaminosas. Debajo del círculo estaba escrito «PULSA». Al pulsar mi hermano, el niño sacó el índice, en el que había una flecha indicando un giro en el sentido inverso a las agujas del reloj, seguida de un «GIRA». Al girar el dedo, en su parte interna ponía «TIRA» y había una flecha hacia fuera. Finalmente, al tirar mi hermano, el niño abrió la mano, extendiendo la palma, en la que ponía «MIRA EN MI BOLSILLO», que era donde estaba la pista entregada por mi hermano.

Al ver esto, mi hermano felicitó efusiva y convenientemente al chaval, no tanto por esa idea en concreto sino por las aplicaciones que el mecanismo podía tener en las discotecas con las chicas. En la palma de la mano se podía poner cualquier mensaje, desde un simple «¡HOLA!» (o en su momento «¡OLA KE ASE!») hasta un «¿CÓMO TE LLAMAS?» o un «¡GUAPA!» o un «DAME UN BESO» junto al dibujo de unos sugerentes labios, mensajes que, por supuesto, han sido probados posteriormente por mi hermano con mayor o menor éxito. El de «DAME UN BESO» no suele funcionar, sobre todo porque acto seguido mi hermano saca los labios a lo Scarlett Johansson, o peor, a lo Carmen de Mairena. El de «¡GUAPA!» funciona un poco mejor. Para pintarse las instrucciones en la mano, muchas veces mi hermano roba el boli que le dan para firmar el recibo de la primera copa en la discoteca y lo devuelve a última hora de la noche, siendo por lo general regañado.

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Otro truco, para mi hermano infalible, es el de llevar algo puesto que llame la atención, cual reclamo o añagaza, de las chicas. Debe ser algo que puedan coger, como sombreros, pelucas o gafas. Lo que nunca falla son unas gafas que le hace un amigo con pajitas. Y es que, si hay algo crucial en el flirteo, es darle motivos a la chicas para que se acerquen y tomen la iniciativa.

La palabra añagaza, por cierto, viene del árabe clásico naqqaz, que significa ‘pájaro saltarín‘. Normal que mi hermano, un pájaro saltarín como cualquier otro, haga uso de añagazas para atraer mujeres.

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