Entre chanchas y marranchas

13

Cuando sonó el despertador a las nueve todavía les costó despertarse por esa resaca que por algún motivo a determinada edad empieza a ser peor a los dos días que al día siguiente, igual que pasa con las agujetas después de hacer ejercicio. Aun así, no podían faltar a la cita, así que se arreglaron y se fueron para Altair.

Por el camino le hicieron un semi Kiko Burgos a Chindas con la historia de Quero. Igual que mi hermano, Chindas, que también lo había pasado mal con alguna relación excesivamente larga, le recomendó pasar página:

—Mira, cuando se estira demasiado una relación se queda deforme como una goma elástica y ya no sirve para sujetar; se pierde la elasticidad y tirantez que mantiene unida a la pareja.

Deleitados con esta bella metáfora llegaron al edificio. Esta vez pararon a mi hermano a tiempo antes de pulsar el botón, para que no incordiara con canción alguna. Cuando entraron, estaba la misma recepcionista, Leticia, que, por supuesto, les reconoció y volvió a poner mala cara, sobre todo al notar la altivez que, debida a la certidumbre de que esta vez les iban a tener que dejar pasar, sus rostros desprendían.

—¿Y bien? —les saludó Leticia.

—Venimos a una entrevista en Altair.

—¿Ah sí? A ver, ¿cuáles son vuestros nombres? —dijo sacando una lista.

—Yo soy Queremón Sierra —dijo Quero; tras lo que la chica algo sorprendida y contrariada tachó el nombre de la lista.

—Yo soy Chindasvinto Mina —dijo Chindas; y la chica también tachó su nombre.

Mi hermano que en el arte de buscar cosas en listas es muy audaz (según él porque de pequeño hizo muchas sopas de letras) no se molestó en decir su nombre, simplemente se lo señaló en la lista a Leticia, lo cual la irritó sobremanera, máxime porque para su desdicha en este caso no tenía potestad para echarle. Les dijo que, por favor, esperaran y que fueran subiendo por turnos. Así efectivamente se organizaron en la subida, subiendo primero Chindas, luego mi hermano y luego Quero. Quedaron en que, antes de bajar, cada uno daría una vuelta por una planta para intentar buscar algún indicio que les llevara al Manuscrito:

—Tú la de más arriba, tú la del centro, yo la de abajo. Mirad todo lo que podáis y buscad cualquier pista. Nos reuniremos sobre las once y cuarto en el hall, un poco después de que termine Quero su entrevista para no cantearnos demasiado, y ya ponemos en común lo que hayamos visto.

Cuando por fin bajaron y se reunieron en el hall, la recepcionista estaba algo mosqueada, al ser consciente de que habían tardado más de la cuenta en bajar, pero no dijo nada. Los tres coincidieron en que, a pesar de que habían buscado con empeño en sus asignadas plantas, no habían encontrado nada realmente indicativo:

—Yo he estado mirando por el pasillo de mi planta, pero no he visto nada. Hay un montón de salas y el Manuscrito podría estar en cualquiera. He intentado meterme en alguna, pero están cerradas o con gente.

Los tres entonces se miraron sin saber lo que hacer ya porque encima la de la recepción les estaba mirando con mala cara, como para que se fueran, achuchándoles (y no precisamente en su sexta acepción) con las pupilas.

—Bueno —empezó esperanzado mi hermano—, ¿y qué tal la entrevista? A mí me ha dado la sensación de que me van a llamar para la próxima.

—Sí, a mí también —dijo Quero—. La verdad es que esta era un poco tontería. Yo he hecho el típico truco de cuando te preguntan «¿Dónde te ves en el futuro?» contestar «En tu puesto».

—Ja, ja, a mí también me ha ido bien —dijo Chindas.

—Bien, bien —aprobó mi hermano—. Entonces no hay problema. Tendremos otra oportunidad para investigar, espero que con más suerte, ahora que conocemos un poco más o menos el edificio. Lo que hay que ver es cómo meterse en las salas.

Tan seguros estaban de que el Manuscrito estaba allí, que ni siquiera se plantearon que todos sus esfuerzos pudieran ser en vano. Y en el fondo es comprensible, porque igual que los héroes griegos recibían ayuda de los dioses (Ulises de Atenea o Jasón de Hera, por ejemplo) mi hermano y sus argonautas (o linguonautas en este caso, entendiendo la lengua como el vehículo de su aventura) recibían pistas que les iban guiando y alentando en su aventura.

Esta vez no iba a ser menos. Y así, mucho antes de tener que esperar al día de la segunda entrevista, incluso antes siquiera de salir del edificio, el destino otra vez les tendió una mano. Y es que, según estaban hablando, vieron pasar a los dos hombres del metro que involuntariamente les habían dado la pista de Altair con la tarjeta, ataviados esta vez con uniforme de seguridad y con pistolas. La primera reacción del trío, sobre todo al ver las pistolas, escaldados como estaban con lo del cadáver, fue echarse cuerpo a tierra detrás de unos sofás para ocultarse, igual que hicieron mi hermano, Mufo y Charly para esconderse de unas chicas una noche en el Puerto de la Virgen, en una historia que ya contaré. Aquel movimiento no evitó que los anteriormente pasajeros y ahora seguratas les vieran y se acercaran:

—Ya es la segunda vez que te vemos en el suelo— dijo en tono jocoso el más corpulento de los dos dirigiéndose a mi hermano, al que había reconocido del metro.

Mi hermano se levantó sin saber muy bien cómo explicar nuevamente su reacción, sacudiéndose el pecho como si tuviera polvo.

—Pues sí, es que hemos oído un extraño ruido y nos hemos asustado.

—Ja, ja. Pues que yo sepa no ha pasado nada. Estando nosotros al cuidado del edificio no tenéis que preocuparos de nada. ¿Qué os trae por aquí?

—Pues es que hay una oferta de trabajo para licenciados y hemos venido a hacernos la entrevista.

—Ah, mira, ¡qué casualidad!

—¿Y vosotros?

—¿Nosotros? —preguntó sorprendido el segurata—. Nosotros somos los de seguridad de aquí —y en un claro excusatio non petita, siguió—. Nos visteis en Almagriz… eh… porque estábamos de permiso y queríamos conocer un poco la ciudad.

Para no parecer sospechosos, al estilo de un secuestrador de niños que ofrece un caramelo y que de tan bueno se sabe que es malo, el otro segurata sugirió al más fornido, con melifluo tono, que por qué no enseñaban a mi hermano y a sus amiguitos un poco el edificio para que lo fueran conociendo, por si acaso les contrataban.

Perfecta idea para todos, pues eso les daba a mi hermano, a Quero y a Chindas una nueva oportunidad de inspeccionar, pero también para los seguratas, que llevaban un tiempo teniendo que buscar excusas para ausentarse y merodear por zonas que no les correspondían, pues efectivamente habían descubierto que el Manuscrito que buscaban se ocultaba en algún lugar de Altair.

Por supuesto, la pesada de Leticia se entrometió (o entremetió, que para la VEI son lo mismo) al ver que subían todos juntos de nuevo:

—¿Adónde venís?

—Nada —dijo el voluminoso segurata, tomando la palabra—, que conocemos a estos chicos y vamos a darles una vuelta por el edificio para que se familiaricen con él.

Mientras recorrían el edificio mi hermano iba reflexionando entusiasmado:

—¡Ajá! Así que es el típico caso en el que los de seguridad, aprovechándose de información privilegiada, se han enterado de algo gordo. Es como lo del mayordomo de las novelas policiacas —o policíacas.

Al volver de la tournée todos estaban relativamente satisfechos porque habían podido hacerse una idea general de las tres plantas de Altair, pero el que más satisfecho estaba era mi hermano, que por algún motivo tenía cara de gato que se ha comido un canario. Cuando se despidieron con ostensible agradecimiento de los seguratas, tanto se le notaba la cara, que Chindas y Quero le preguntaron que qué le pasaba.

Lo que le pasaba es que él, que lo único que había robado en su vida era un collar de verano un día que se lo llevó puesto sin darse cuenta, le había robado la llave maestra al menos orondo de los seguratas. Ante la admiración de Quero y Chindas, mi hermano, que era humilde, modesto y sincero en extremo se excusó:

—Bueno, en verdad es que ha habido un momento en el que se le ha caído y yo la he recogido y se la iba a dar, pero luego he estimado mejor quedármela.

—Pues has hecho muy bien. Ya tenemos una forma de avanzar. Ahora solo falta que nos llamen para una segunda entrevista.

Y así, entre chanchas y marranchas (como dice nuestra madre en una adaptación personal de cháncharras máncharras, que es lo que sale en el Diccionario) es decir, entre unas cosas y otras, para cuando salieron del edificio se había hecho ya la hora de comer. Mi hermano propuso ir a un McDonald’s, a lo que Quero le dijo:

—Que no has venido a Favencia a comer en un McDonald’s.

Esta es una broma que la gente tiene con mi hermano porque siempre se queja de los que, entendiendo que es imprescindible probar la gastronomía del sitio al que uno viaja, le critican por ir a McDonald’s cuando hace turismo. La respuesta de mi hermano es siempre la misma, mutatis mutandis:

—Ya, no he venido a Favencia para comer en un McDonald’s, pero estoy en Favencia y quiero ir al McDonald’s.

Dicho esto, los tres se fueron a McDonald’s con el pecho henchido de orgullo por haber hecho las cosas bien.

En la comida, aprovechando un momento de silencio, Chindas, que se había quedado con la curiosidad, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿qué es lo que nos tenías que contar curioso sobre los gánsters?

—Ah bueno, no era sobre los gánsters en sí como maleantes, sino sobre palabras del tipo de gánsters. A ver, en caso de que el plural de gánster fuera gánsters (aunque ya os dije que era gánsteres), ¿vosotros cómo la escribiríais, con tilde o sin tilde?

—Con tilde —contestó Quero a la vez que Chindas contestaba «Sin tilde».

—¿Con tilde? —dijo mi hermano mirando a Quero y tratando de remedar la entonación de Quero cuando decía cosas como lo de «¿Jaguares en África?»—. Pero si es llana terminada en –s. —Y les dejó un tiempo para que pensaran.

—Claro, es que es sin tilde —se precipitó Chindas.

—Pues, es verdad, pero, aun así —pensaba en alto Quero—, no sé por qué pero yo la escribiría con tilde.

—Pues harías bien —sentenció mi hermano— porque a pesar de la regla de que las llanas terminadas en –s no se tildan, las llanas que terminan en doble consonante sí se tildan, aunque la última sea –s. Es lo que pasa, por ejemplo, con palabras como bíceps, pero también con otras que terminan en doble consonante y la última letra es otra, como cíborg o wéstern.

—¿Y en las que terminan en triple como wésterns? —preguntó el astuto de Quero que lo había entendido a la primera.

—Ah, ja, ja, pues ídem de ídem.

Aprovechó el fin de la explicación mi hermano para ir al baño. Cuando volvió se encontró a Quero y a Chindas sin hablar, mirando cada uno para un lado. Esto le recordó que de pequeño, cuando tenía bastante afán de protagonismo, se ponía contento de volver a una conversación y ver que la gente no hablaba, porque eso significaba que él era el alma del grupo, pero luego, cuando maduró un poco, empezó a entender que lo en verdad indicaba eso es que monopolizaba las conversaciones y cuando se iba al baño a los demás no les daba tiempo a empezar una nueva. En este caso había pasado lo mismo, aunque en verdad la conversación de los gánsteres la había empezado Chindas. Generalmente, en estos casos mi hermano tiene excusa, porque lo que le pasa es que siente pánico por los silencios incómodos. Considera que eso significa que están fracasando él y su grupo en el arte de la conversación fluida.

En estos pensamientos andaba inmerso, fuera de los cuales Quero y Chindas ya habían empezado a hablar de lo de la novia de Quero, cuando, como la cosa iba de ex novias, mi hermano, que no podía ser menos, de repente recibió una llamada de la ex novia de la que justo había hablado, la susmentada a la que dejó con el «a tomar por culo», en una de esas casualidades que tanto rayan a mi hermano, esto es, la de que justo le llame alguna chica después de mucho tiempo el día que la recuerda.

Haciendo un Charly exclamó:

—¿Por qué me llama esta ahora?

Pero lo cogió por curiosidad. La verdad es que a esta chica la había dado por muerta o por casada porque no sabía nada de ella desde que ella le escribió por su cumpleaños en diciembre y eso que mi hermano en el cumpleaños de ella, que era después, la había felicitado hasta por mensaje de texto, viendo que hacía tiempo que no se conectaba al WhatsApp. La chica se excusó por la llamada diciéndole a mi hermano que es que había soñado con él y que justo luego una amiga suya le había preguntado por él. Acto seguido le preguntó a mi hermano —¡a mi hermano!— que si estaba casado. La respuesta que escucharon Quero y Chindas les hizo llevarse la mano a la boca para contener las carcajadas. Fue la siguiente:

—Mira, Adri, ¿te acuerdas de cómo era yo con diecisiete años?

—Sí, claro —dijo ella con zalamero y almibarado tono.

—Pues sigo igual: sin novia y sin trabajo.

Lo peor de todo es que Adri se alegró porque eso significaba que todavía había esperanza de volver con mi hermano. Como siempre, mi hermano solventó la situación diciendo antes de colgar que ya se llamarían y pronto, una versión más sofisticada del típico «Ya hablamos».

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¡Es «marchaos», no «marcharos»!

8

—Buf, qué horror, no puedo ni abrir los ojos —se decían unos a otros.

Al conseguir enfocar la mirada resacosa y ver la hora, mi hermano y Quero gritaron horrorizados y sacaron a Chindas de la cama. El rey Escorpión y Kiko no sabían nada de lo de Altair. Pensaban que, al ser verano, Chindas, Quero y mi hermano habían ido a Favencia simplemente de vacaciones.

Mi hermano, que no quería procrastinar (es decir, dejar para mañana, cras en latin) el asunto metió prisa a los demás:

—¡Venga, nos vestimos rápido y vamos!

—Buf, ¡qué resaca!

—Anda, anda. Nada que no pueda quitar una buena cervecita.

Mi hermano es de los que cree que una cervecita quita o, al menos, modera la resaca; por eso siempre elegía la cerveza en el desayuno con nuestra abuela. A veces dice que una cervecita sienta tan bien como cuando uno lo deja con una chica y se lía con otra.

Con la precipitación ni se ducharon ni pensaron un plan ni le dieron tiempo al rey Escorpión ni a Kiko a que les preguntaran adónde iban. Simplemente fueron andando rápido hacia Altair que, por suerte, estaba cerca de la casa del rey Escorpión. La rapidez no impidió que a mi hermano le diera tiempo a hacer una de las suyas al ver un pulpo de juguete en un escaparate:

—¿Os cuento una cosa divertida sobre los pulpos?

—Bueno, si insistes —contestó Quero medio jadeante y pensando que les iba a contar que era el único animal que tiene las pupilas rectangulares, además de las cabras.

—Insisto. ¿Sabéis de dónde viene el nombre de pulpo?Closeup_of_goat_eye

—Pues no.

—A ver, ¿cómo se dice mucho en griego?

—¿Mucho?

—Sí, como en muchas sílabas.

—Ah, poli.

—¡Exacto! ¿Y pie?

¿Pedo? Je, jedijo Quero después de pensar un poco.

—No, eso es en latín, creo, como en cuadrúpedo, pero en griego es…

—¡Podo! —dijo Chindas—; como en octópodo.

—Justo. Pues como los pulpos tienen muchos pies, eran polípodos, de donde se deriva pulpo. Es parecido a lo de cefalópodo, que significa con los pies en la cabeza. Cefalea, por ejemplo, es ‘dolor de cabeza’.

De esta manera llegaron a Altair sin pérdida, gracias, por supuesto, a las nuevas tecnologías (Google Maps) y a la orientación de Chindas, pues si hubiera sido por la orientación de mi hermano no habrían llegado nunca.

El edificio de Altair era el típico edificio lúgubre, de color gris, como de las películas de los 90 —de hecho, para que el momento estuviera mejor ambientado, estaba lloviznando—. El edificio tenía bastantes plantas, aunque según comprobaron en el cartel de la puerta, solo tres de ellas pertenecían a Altair. Para entrar había un botón como los de los bancos donde ponía «Recepción». Mi hermano lo pulsó como solía hacer todos los días en casa de nuestros abuelos, es decir, imitando el inicio de The Bitter End de Placebo.

—¿Sí? —contestó una voz de chica enojada.

—Teníamos una reunión en Altair.

—¡Pasen!

Y se abrió la puerta.

Nada más entrar mi hermano pegó un grito y se fue corriendo a tocar una mesa de madera. Cuando le preguntaron qué le pasaba les señaló un cuadro de un presidente de Estados Unidos que le daba gafe, cuyo nombre por supuesto yo no voy a mentar aquí. Mi hermano antes si veía u oía algo gafe se tocaba una cuenta de madera de una pulsera de la amistad, de las que se compraba con Sano en Roldana, pero la cuenta se le cayó y, aunque ahora sigue haciendo el gesto de tocarse la pulsera, por si acaso toca también algo de madera con patas, que es lo propio. Solo cuando no hay más remedio, como cuando de viaje en coche ve la publicidad de algún toro por la carretera (que ha leído que son puntos negros de accidentes) se conforma con tocarse la muñeca.

Superado este numerito, encontraron a una recepcionista jovencita que, de primeras, incluso antes de que mi hermano chillara, seguramente por lo del telefonillo, ya les estaba mirando con desdén. Esto no suponía un problema, por supuesto, porque mi hermano conocía muchos trucos para hacerle cambiar de expresión. Lo primero que hizo, mientras se acercaban, y sin que le vieran Chindas y Quero, fue levantar las cejas a su modo mientras decía un «¡Hola!» de los suyos, más moderado, eso sí, que los de su peor época. La recepcionista, viendo las caras de sueño que traían y su ropa arrugada, frunció aún más el ceño. Entonces se apoyaron los tres en el mostrador, como si estuvieran en el Oeste y fueran a pedir una copa, pero como no tenían plan alguno, se quedaron callados. La recepcionista preguntó, sin responder al «¡Hola!» de mi hermano:

—¿Qué querían?

—Ah, pues, es que teníamos una reunión en Altair.

—¿En Altair? ¿Con quién? —dijo desconfiada después de haber comprobado, en lo que habían tardado en llegar hasta la mesa, que no había ninguna reunión programada.

—Eh… —empezó a decir mi hermano. Y para ganar tiempo, viendo que la recepcionista tenía un cartelito donde ponía que se llamaba Leticia, cambió la dirección de la conversación—: ¿Tú sabes lo que significa Leticia en latín?

—¿Perdón? —refunfuñó la recepcionista confundida—. Pues no, pero…

—Significa ‘alegría’, como la que deberías sentir de ser tan guapa.

Y entonces, cuando parecía que le iba a hacer la táctica de la mano, Quero y Chindas le detuvieron y tomó la palabra Chindas:

—Perdone. Nada, veníamos a ver a… José Sánchez.

Para llegar a ese nombre Chindas utilizó la táctica que usa Sheldon en Big bang theory cuando responde «Mohamed Li» intentando adivinar el nombre de alguien, entendiendo que matemáticamente es lo más probable porque Mohamed es el nombre más común del mundo y Li el apellido. Chindas, al menos, fue algo más perspicaz y utilizó un nombre y un apellido de una misma lengua.

—Pues, lo siento, pero no tenemos ningún José Sánchez en la empresa —dijo la recepcionista sin mirar ningún papel—, así que, no sé a qué habréis venido, pero no me hagáis llamar a seguridad.

—Tú no sabes quién somos —exclamó mi hermano con una de sus clásicas contestaciones que nunca le sirven más que para recibir respuestas como la que recibió en este caso.

—Pues no. No sé quiénes sois. Así que, marcharos, por favor.

Mientras Quero y Chindas, que habían asumido la derrota, se llevaban a mi hermano, este todavía tuvo tiempo de decir (por supuesto, por pura información, no corrigiendo):

—¡Es marchaos, no marcharos!

Y se marcharon.

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Gravedad, pelos y otras artes disuasorias

7

En defensa de su novia de Santaél, hay que decir que es verdad que mi hermano puede parecer un poco loco en las discotecas. Yo siempre he pensado que lo hace como protección para que solo alguna chica que esté verdaderamente interesada en hablar con él haga cualquier cosa por conseguirlo, prueba similar a la que la gitanilla somete a don Juan en la novela ejemplar de Cervantes.

Entre otras locuras que ahora contaré, él y el Galgo empezaron un día a hacer lo que ellos llaman «la gravedad». Esta fechoría consiste en que mientras están hablando entre ellos o con otros amigos en la discoteca, se van desabrochando el pantalón disimuladamente hasta permitir que la fuerza de la gravedad lo baje y siguen hablando como si nada hubiera pasado hasta que los circunstantes se van dando cuenta. Al que le hacen la gravedad es como si hubiera perdido en el juego.

Es como lo de hacer una cola detrás de alguien cuando están visitando una ciudad andando en grupo. Al que le hacen la cola en fila india detrás es como si perdiera. Lo mejor es cuando alguien solo se da cuenta de que le está cayendo una cola al ver que la gente por la calle le mira raro y, entonces, al mirar atrás ve toda una fila de gente detrás, como los patitos que siguen a mamá pato.

Otra de las fechorías disuasorias de mi hermano es «hacer pelos». Esto consiste en ir al baño y ponerse todos los pelos de punta como si se hubiera electrocutado y salir así por la discoteca. Por hacer esto, una vez se pegó un buen susto al mirarse en el espejo por la mañana, después de que sus anécdotas lingüísticas consiguieran que, a pesar de llevar el pelo alborotado, ligara con una chica, que llevaba pintados los labios. Y es que, cuando al día siguiente se despertó con aquellos pelos, con la palidez propia de la resaca y el color rojo del pintalabios de la chica restregado por la cara, al mirarse en el espejo vio al Joker.

Y hablando de espejos, no con tan mala pinta, pero con la suficiente, un día en Marlinda él y el Galgo fueron desde la discoteca a ver al tío del Galgo, que tenía un mercadillo allí. Como se habían dado un baño en el mar entre discoteca y mercadillo, consideraron que estaban más o menos decentes —y así es como el alcohol les hacía verse el uno al otro—, por lo que llegaron al mercadillo sintiéndose recién duchados. Pues bien, aparte de que el tío del Galgo les dijo días después que le habían dejado rubio con el aliento a wiski, mi hermano tuvo la mala fortuna de que en el momento en el que mejor se encontraba, justo pasaron a su lado unos hombres que portaban un espejo de los de pie, de tal manera que se vio reflejada su cara en él. Basta con decir que al principio no se reconoció. Luego le dijo al Galgo que igual era momento de volver a casa.

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