¡Me quedo a vivir en Roldana!

5

En Roldana, o mejor dicho, en Pera Playa, el plan ya estaba establecido: despertarse con el clásico desayuno de los campeones, es decir, cerveza con caracoles en El Esportero, pegarse los clásicos paseos por la playa hasta los catamaranes por la mañana y darse el posterior coke-baño (baño en la piscina con Coca Cola), echarse las clásicas partidas de mus, jugar al vóley-playa y hacer crossfit, cenar, ducharse y, por supuesto, hacer copas en el porche de Chindas y salir por las noches a Valhalla.

El día que llegaron lo hicieron ya para la partida de mus, y las copas tardaron en llegar lo que tardaron en jugar un partido de vóley-playa, tener una sesión de crossfit y cenar unas pizzas del Calipso, previo paso por el Mercaballero para comprar el alcohol.

En las copas de esa primera noche salió el tema de queridos amigos y amigas, es decir el tema del sexismo en el lenguaje (o como lo llamen). Mi hermano, que, como era de esperar, también tenía solución para esto, tomó la palabra:

—Vamos a ver, si es que el problema es que no sé quién tuvo la gloriosa idea de llamar masculino a un género y femenino a otro. Con lo fácil que habría sido mantener una clasificación con declinaciones. Así, estaría la declinación terminada en –o, la declinación en –a, la declinación en –e y la declinación en consonante, por ejemplo, digo. Entonces se podría decir que la declinación en –o se usa en español para el masculino en nombres de seres sexuados, como en perro, pero también para género indeterminado como en el cielo.

Y seguía:

—Y en el caso de hombres y mujeres, los pobres hombres comparten el mismo nombre que el común. Esto se puede tomar de dos maneras: o que la mujer es especial, que para mí lo es —y sonreía a las presentes, que eran Lupita, Cami 2 y Pichuki, que ya habían llegado también a Roldana— y, por tanto tiene un nombre especial o que el hombre es lo que se considera normal y, por eso, su nombre se utiliza para llamar a la especie. Lo mismo con los padres y todos estos heterónimos. Aquí cada uno puede pensar mal o no. Y así se ahorrarían tiempo, espacio y peleas, pero, claro, es lo de siempre, solo si uno quiere ahorrar en eso. Desde luego se evitarían cosas mixtas como Queridos amigos y amigas, en vez de Queridos y queridas amigos y amigas.

Ya en Valhalla, hicieron la cola como siempre y al llegar a la entrada había dos chicas cobrando, una a la derecha y otra a la izquierda. Mi hermano, que, aunque para las caras sí tiene buena memoria, le preguntó a Chindas:

—¿Cuál es a la que conocemos?

Y es que mi hermano siempre habla con las que cobran la entrada en las discotecas y consigue siempre un buen descuento. Pero, en este caso, con la que hablaba normalmente otros años, Consuelo, ya no estaba. Sin embargo, una de las dos que estaban ahora era la que acompañaba a Consuelo antes, pero mi hermano no recordaba cuál. Chindas sí porque la había visto en una discoteca del mismo grupo pero en Medinalvir, una vez que fue en invierno con todos los de Roldana, Lízar, Sano, Alfonsito, Fernando y Óscar, viaje al cual mi hermano tristemente no pudo ir. En aquella ocasión en Medinalvir la chica reconoció a Chindas y le dijo al puerta que les dejara pasar porque eran vips de Valhalla. Luego les preguntó por mi hermano.

En esta ocasión, Chindas contestó a mi hermano:

—Es la de la izquierda.

—¿Seguro? A mí me suena que la última vez en mayo me pasó la de la derecha.

—No —aseveró Chindas.

—Bueno, pues vamos por la izquierda —dijo decidido mi hermano.

Y no había dado ni un paso hacia la izquierda, es decir, hacia la chica cuando la chica nada más ver a mi hermano, gritó:

—¡Jaimitoooo! ¿Ya estás por aquí?

Mi hermano se puso ufano porque le encantaba que le reconocieran y, encima, gracias a eso podía hacer el favor al resto de o pasarles gratis o con dos copas más baratas que las de dentro. A este respecto, después, cuando ya llevaban una semana, mi hermano, por curiosidad, le preguntó a Chindas, que generalmente no bebía alcohol, que cuánto se había gastado en Valhalla en toda la semana. Chindas respondió:

—Ja, ja. Pues entre que paso gratis y que luego me dais los culos de las botellas de Cocacola Light —Chindas también bebía solo Cocacola Light—, unos tres euros.

—Ja, ja, ja. ¡Eres un parásito!

Ya dentro esa primera noche, después de estar un rato en la parte de arriba de Valhalla, en el sitio estratégico que habían descubierto a lo largo de los años en una tarimilla desde donde podían ver y ser vistos y donde no hacía demasiado calor, decidieron bajar a la parte de abajo de la discoteca, que no estaba cubierta, a pedir y a tomar un poco el fresco. De repente, mi hermano volvió a ver a la extraña camarera rubia guapísima que estaba la última vez en mayo cuando había estado con Pichuki, Cami 2 y amigas (Rocío, la de las manos que son un desvarío, por ejemplo). Les contó a todos la historia:

—Pues resulta que, la otra vez que estuve, una noche vi a esta camarera y me empezó a mirar raro y a sonreírme. Yo me quedé un poco extrañado. Esa noche pedí en otra barra. Pero, la noche siguiente, sentía curiosidad y le pedí a ella. Le di un tique de la entrada con copa y me miró como enfadada diciendo: «Anda, anda, qué vas a pagar tú aquí. Tú habla con Raquel y ya está. Yo no te voy a coger a ti una copa». Y no me cogió la copa. Yo pensé: «¿Quién se creerá que soy esta tía o de qué la conoceré?».

Entonces todos le dijeron que tenía que volver a pedirle. Aceptó y se acercó a la barra y nuevamente la chica le sonrió y le saludó como si le conociera. Mi hermano le pidió tres copas a ver qué pasaba y esta vez sí que le cobró, pero solo siete con cincuenta por las tres copas. Tanto se había metido en el papel mi hermano, que le sentó un poco mal que le cobrara y no entendía muy bien por qué justo siete cincuenta, pero luego pensó que claro, que algo le tenía que cobrar y que ese era el mínimo para cobrar con tarjeta.

—Uhm, o sea que todavía se cree que soy alguien —reflexionó en alto con el resto.

—¿Seguro que no te conoce de nada? —preguntó el Galgo.

—A ver, yo creo que no. Yo creo que me confunde con algún famoso. Igual con Dani Rovira b8xSAHtI—que era algo que le habían dicho últimamente ahora que había tenido tanto éxito Ocho apellidos vascos.

—Anda, ¡qué te va a confundir con Dani Rovira! Si no te pareces en nada.

—Pues no sé, porque estoy casi seguro de que no la conozco, porque con lo buena que está yo creo que me acordaría de ella.

—Sí que está buena, sí —convinieron todos.

—Yo creo que se lo voy a preguntar.

—No, no —le frenó Lízar—. Tú espérate, a ver si te va a dejar de invitar a copas.

Mi hermano acató la orden, por si acaso, pero, cuando a la siguiente ronda le invitó entera, ya se decidió y le dijo a la gente al volver con las copas:

—Voy a decirle algo. Me da igual que deje de invitarme a copas, pero es que tengo verdadera curiosidad.

—Bueno, tú verás —le dijeron sin convicción, aunque la verdad es que todos sentían curiosidad por saber qué pasaba.

Entonces se les ocurrió que lo único que podía ser es que mi hermano le gustara.

—Eso es que le gustas —dijo Zazú.

—Acércate y pídele el móvil.

Mi hermano, que aunque tenía muy baja autoestima se dejaba convencer fácilmente con este tipo de cosas, se acercó y le dijo:

—Hola, ¿cómo te llamas?

Él sabía que esto era demostrar claramente que no se conocían, pero por algo había que empezar.

—Clara, ¿tú?

Que ella le preguntara el nombre indicaba que no le estaba confundiendo con un famoso, o sea que sí podía ser que le invitara porque le gustaba.

—Yo, Jaimito —su nombre artístico en Roldana junto con Jimmy o Jaime Picos, nombre cuyo origen ya desvelaré.

Ella puso cara rara y mi hermano pensó: «Vaya, ha descubierto que no soy quien pensaba». Aun así se tiró a la piscina:

—Oye, pues había pensado en pedirte el número de teléfono. —Ella ya empezó a negar con la cabeza, pero mi hermano siguió—. Pero como voy a venir muchos días te voy a pedir cada día una cifra.

—No.

—¿No?

—No.

—¿No me das ni siquiera la primera cifra? ¿Ni siquiera el seis?

—Vale, el seis, pero nada más.

Todos se rieron de él al enterarse.

—Te lo dijimos —decían.

Y desde entonces la camarera no le volvió a invitar a ninguna copa. De hecho, le evitaba la mirada. No tardó mi hermano mucho, eso sí, en descubrir cuál podía ser la causa del rechazo. Unos días más tarde, cuando fueron al cine de verano a ver Guardianes de la Galaxia, vio a la camarear con un cachas, y lo peor de todo, con dos niños pequeños, que podían ser sus sobrinos, pero también podían no serlo y ser sus hijos. Se sintió parecido al día en el que tuvo que dormir en la misma cama que una embarazada.

Esa noche, aunque era más tarde de las cuatro, mi hermano consideró que tenía que dormir en casa de nuestra madre y nuestro abuelo porque habían llegado ese día y quería empezar con buen pie. Como siempre que dormía allí, Chindas le quería dejar en la puerta de casa al volver de Valhalla, pero mi hermano, para que no se desviaran de su camino a Pera Playa, les decía que le dejaran en una rotonda a la entrada de Roldana, donde curiosamente había una tienda de muebles que se llamaba Antigüedades Jaimito, que así daba un paseo hasta su casa y pensaba en sus cosas. Parte del ritual del paseo era comprarse un pan-pizza en el 24 y comérselo en el malecón mirando al mar mientras pensaba en sus cosas. Tal pretendía hacer esa noche, pero en el 24 se encontró a Cami 2, que, aunque se había ido antes de Valhalla, seguía ahí con sus amigos roldaneros, Natalia incluida. Estuvieron un rato hablando todos y mi hermano les planteó una pregunta que llevaba tiempo rondándole, mejor dicho, roldándole por la mente.

—¿Qué tal es la vida en Roldana?

Tan bien se lo pasaba en Roldana que había pensado muchas veces irse a vivir allí. Hasta tenía una canción al respecto, que era «¡Me quedo a vivir en Roldana!» cantada, por supuesto, con el ritmo de Seven nation army de White Stripes. —Curiosamente justo mientras escribo esto me ha salido en el aleatorio de Spotify Blue Orchid también de White Stripes—. Los roldaneros le respondieron:

—A ver, tú lo ves muy divertido porque vienes en verano. Pero luego en invierno es un aburrimiento. No hay nadie. Por ejemplo, si te quieres tomar una copa con alguien un martes, no tienes con quién.

Mi hermano saltó:

—Coñe, ¡conmigo! —Y concluyó—:  ¡Ya está! ¡Me vengo!

Todos se rieron, y entre risas se fueron a dormir.

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