No hay hombre nacido como mi hermano

16

Según iban andando de vuelta a casa, mi hermano, que muchas veces se culpaba a sí mismo de solo contar sus historias y no interesarse por las de los demás, le preguntó a Chindas:

—Oye, por cierto, y ¿qué tal la entrevista? Que a lo mejor te han cogido, ja, ja.

—Ja, ja. Pues la verdad es que no iba mal, pero a mitad me ha dado un apretón y me he tenido que salir al baño y una vez que estaba ahí he pensado que para qué iba a volver, si en el fondo así tenía más tiempo de buscar, que es lo que nos importaba. Ahora que lo pienso, igual por eso, como no he vuelto, los de la entrevista han llamado a los de seguridad y ha sido cuando me han pillado.

—Buf, no sé cómo podéis ir a baños fuera de casa y sin bidé —dijo mi hermano, que es de los defensores del bidé, sin darle más importancia al apretón de Chindas. Siguió—: Bueno, por lo menos te has conseguido escapar sano y salvo. Esperemos que no te denuncien o que no te busquen para hacerte algo, porque, conociéndoles ahora, no me extrañaría nada que el cadáver que vimos tuviera algo que ver con ellos. Aunque me extrañaría que Leticia les dé tu nombre y no sé si se atreverán a preguntárselo a los jefes, porque sospecharían de ellos. Antes te encuentra Leticia que ellos.

(Efectivamente, Leticia le agregó al Facebook poco después de que volvieran a Almagriz.)

Según iban hablando de esto, de repente se empezó a formar un gran tumulto en la calle. Se acercaron adonde se arremolinaba un gran grupo de gente. Se enteraron de que lo que había pasado es que se había escapado un mono.

—¡Un mono! Ja, ja. Lo que faltaba.

Viendo esto, Quero y mi hermano recordaron el día en que en Pinar de San Martín también se escapó un mono y aprovecharon para tener una de sus entretenidas conversaciones:

—¿Te acuerdas? —decía Quero.

—Sí, ¿qué era? ¿Un tití? ¿Un babuino?

—No me acuerdo. No sé si era un tití, un babuino o un papión.

—Era como rubito —aclaró mi hermano.

—Entonces sería un babuino.

—Eso, un babuino —dijo mi hermano como si se acordara y como si en ese momento recordara cómo es un babuino.

Y para tirarse aún más el moco dijo sin saber:

—Un papión seguro que no era.

—¿¡Cómo!? —exclamó Quero con el mismo tono que tantas otras veces—. ¡Pero si es lo mismo! Te estaba poniendo a prueba. —Y para picar, aunque no estaba seguro, prosiguió— ¿Es que no sabías que tienen la misma etimología?

Chindas, atento a todo, apostilló dirigiéndose a mi hermano:

—Joer, macho, has caído en el clásico truco del babuino y el papión.

Esto me recuerda, por cierto, a otra vez, cuando mi hermano estaba trabajando en la VEI en un diccionario escolar. Entre otras cosas curiosas del diccionario, vio que salían algunos dinosaurios, pero no otros. No dudó en chivarse a Quero, que era amante de los dinosaurios, de que no estaba el tiranosaurio y, sin embargo, estaban el diplodoco o el brontosaurio. Lo que no esperaba mi hermano era una reacción tan fuerte de Quero:

—¿¡Cómo!? No me digas que está el brontosaurio.

—Pues sí. ¿Por qué? A mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que no esté el tiranosaurio.

Es error común llamar brontosaurio al verdaderamente llamado apatosaurio —profirió Quero.

Y le estuvo explicando a mi hermano que por culpa de una clasificación errónea se había llamado brontosaurio a una especie de dinosaurio, pero que era un nombre erróneo, y que luego el cine había contribuido a consolidar ese nombre, pero que el correcto era apatosaurio. Como Quero era así exigió a mi hermano que lo cambiara para que los niños no lo aprendieran mal.

—Si de primeras lo aprenden mal… No puede ser.

Y la cosa es que mi hermano, atendiendo a su exigencia, propuso cambiarlo y le aceptaron la sugerencia, por lo que hoy se puede encontrar la inusitada palabra apatosuario en el diccionario en el que trabajó mi hermano, seguramente el único caso de diccionario escolar que recoge esta palabra. Como curiosidad, diré que en el diccionario oficial de la VEI no viene ni brontosaurio ni apatosaurio (aunque sí tiranosaurio).

Antes de llegar a casa, a Quero, que le iba dando vueltas a todo y ya había empezado a dilucidar, se le escapó medio en serio medio en broma un suspiro seguido de un «En fin… no somos nadie». Mi hermano rápidamente saltó:

—¿Sabéis que justo leí el otro día en un libro que se desaconseja el uso de frases hechas como «No somos nadie» o como «De menos nos hizo Dios» o «Menos da una piedra»?

—Ja, ja. ¿Y por qué, a ver? —objetó Chindas.

—Pues porque demuestra que uno no tiene imaginación para inventarse una frase que venga al caso.

—Ja, ja —se rió Quero—. Pues tampoco tengo mucho más que aportar. Podría haber dicho algo así como… eh… no tenemos ninguna importancia en este mundo en el que vivimos.

—Pues sí —aprobó mi hermano que, al intentar buscar un correspondiente en latín, empezó a darle vueltas a otra cosa, la cual no tardó en manifestar—. Oye, por cierto, ¿os he contado alguna vez de dónde vienen nadie y nada?

—Creo que no —contestó Quero con cara de Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?, es decir, con la cara que ponía Cicerón cuando se quejaba de Catilina en el Senado, un Cicerón que, por cierto, a punto estuvo de ser coetáneo del tocayo gramático de Quero.

—Pues —explicaba mi hermano sin querer fijarse en la cara de Quero—, una pregunta que le puede surgir a cualquiera es por qué se usan esas palabras si en latín eran nemo, como el capitán de 20000 leguas de viaje submarino, je, je, y nihil, como lo del nihilismo.

—Sí, la verdad es que es una pregunta muy frecuente —dijo Chindas con retintín, que no Rin Tin Tin, pues ese es el nombre del perro, y no estaba con ellos.

—Pues la cosa es que nadie y nada vienen de nati y nata que en latín significaban ‘nacido’ (uno en masculino plural y otro en femenino singular), de natus, de donde viene por ejemplo neonato, recién nacido, o naonato, nacido en un barco… o innato, vamos —ya se empezaba a liar mi hermano, y eso que solo tenía un público de dos personas.

—Pero ¿y por qué pasaron a significar lo que significan ahora? —interrumpió Chindas devolviendo a la Tierra a mi hermano.

—Ah, pues porque antes se decía «No hay hombre nacido», diciendo nati, «que haya hecho tal», por ejemplo. Y lo mismo con «No hay cosa nacida», diciendo nata. Y de ahí se quedó en algo así como «No hay nati» y «No hay nata». Lo de que la t pase a d es normal, como en catena, que pasa a cadena, sin ir más lejos —y se quedó pensando de dónde venía la –e final de nadie, pero no se acordaba, así que lo obvió.

—Ah.

—De hecho, esto podría explicar por qué en español hay doble negación frente al inglés, por ejemplo. En inglés o dicen «There isn’t anything» o «There is nothing», pero no «There isn’t nothing» (seguramente porque en nothing está inlcuido el no), pero en español, como nadie y nada no tienen un no includio, decimos «No hay nada», con no y nada, y no «Hay nada», a no ser que se anteponga el nada como en «Vio que nada le salía bien», que también podría haber sido «Vio que no le salía bien nada», pero nunca «Vio que le salía bien nada».

—Un lío, vamos, ja, ja —le cortó Chindas ya en el ascensor de subida a casa del Rey Escorpión—. Vaya leccioncita nos has clavado. ¿Y esto es lo que hacéis los lingüistas?

A mi hermano le escuecen mucho ese tipo de comentarios porque su intención es hacer que la lingüística sea accesible para todos y no tan complicada como se suele hacer. Por eso él siempre intenta dar ejemplos cotidianos y explicaciones lo más sencillas posibles, pero no siempre consigue que se entiendan, y además, muchas veces siente que la gente desconecta o no se interesa pensando que es más difícil de lo que en verdad es. Solo es cuestión de prestar un poquito de atención e interés, piensa. Dice al respecto que una vez, cuando dio unas clases prácticas de profesor, antes de empezar a explicar unas cosas de sintaxism tuvo la prudencia de preguntar a una clase de casi cuarenta alumnos:

—¿A cuántos de vosotros os gusta la sintaxis?

Solo tres levantaron la mano. Entonces preguntó:

—¿Y cuántos de vosotros sabéis de sintaxis?

Y levantaron la mano los mismos.

Con esto quería demostrar que la sintaxis y, por extensión, la lingüística es algo que le gusta a todo el mundo cuando la aprende bien; pero para eso, hacen falta valor para no tenerle miedo y un poquito de interés.

A la Cuarta parte    Capítulo anterior

Índice

Anuncios

Vuelo a Favencia (2): Los rapes

También recordaron la historia de «soy de Cuevah». Resulta que unos kilómetros antes de llegar a Roldana, había un cartel con el nombre de cuatro pueblos de alrededor: Bastetania, pueblo de su amiga Lupita y de la mencionada Rocío, la de las manos que son un desvarío, pueblo en el que curiosamente había mujeres con una parte del cuerpo bastante desarrollada haciendo honor al nombre del pueblo; en el cartel también estaban Marmoel, otro pueblo de por allí, Arbol, que se pronuncia como palabra aguda, y Cuevas del Surbo. Nunca habían comentado nada acerca del cartel aunque sí se habían fijado en él. Pero un año no sé por qué salió el tema entre Chindas y mi hermano. Como a mi hermano le da en Valhalla por imitar el acento de la zona de tal manera que acaba hablando como Brad Pitt en Snatch, es decir, de tal manera que solo se le entienden las últimas dos palabras de todo lo que dice, siendo extraños murmullos el resto, decidieron a partir de entonces que cada año mi hermano se tenía que hacer pasar por oriundo o autóctono de uno de esos pueblos cuando entraran a chicas o rapes —que así llamaban a las chicas, como luego le contaron a Quero— en las discotecas. El primer pueblo elegido fue Cuevas (pronunciado [Cuevah]) del Surbo. Así, cuando llegaban a un grupo de chicas y ellas les preguntaban de dónde eran, mi hermano respondía:

—Somos de Cuevah.

Y las chicas se lo creían, hasta tal punto que, según cuenta él, y así se lo contaron a Quero en el avión, cuando al año siguiente empezó mi hermano a decir que era de Arbol, pronunciado como Arbóh, que era el pueblo que tocaba ese año, una chica le replicó:

—¿Pero tú no eras de Cuevah?

Y luego el año que eran de Marmoel, pronunciado Marmoé, se les ocurrió decirle a unas chicas que también eran de allí nombres de gente que conocían del pueblo y, claro, acertaron en varios porque dijeron nombres bastante corrientes. Las chicas estaban entusiasmadas.

Cuando se les acabaron los pueblos del cartel empezaron a coger nombres de otros pueblos, como Los Zorros, que estaba al lado de Cuevah.

También contaron la historia de los rapes. Todo empezó un día que mi hermano ligó en Pequod, que era la alternativa a Valhalla las noches que esta última estaba demasiado llena, con una chica a la que, por tener los ojos muy separados, la empezaron a llamar rape y más cuando vieron que en la foto que tenía en el WhatsApp cada ojo tocaba un lateral. De ahí, por extensión, empezaron a usar rape para referirse a cualquier chica cada vez que iban a ligar a Valhalla y a la acción de ir de caza como hienas la empezaron a llamar rapear. La palabra rape pronto infestó su léxico. Hasta tenían apuntado en el móvil el número de la furgoneta taxi de Roldana como furgorrape. Tanto les dio por los rapes que hasta les dedicaron una canción. Esta es la letra, que debe cantarse con el ritmo de Musica de Fly Project, canción que sonaba mucho aquel verano:

El amor del rape
¡Ay, como te atrape!
Criaturas abisales
Ya no hay quien escape.

Allá van las hienas
buscando faena
son unos animales
que siempre rape cenan.

Y no era la única canción para la que tenían su propia letra. Un día que vieron a un tío sin dientes en una discoteca se inventaron la siguiente letra, con música de Beso en la boca de Axe Bahia:

Diente en la boca
es cosa del pasado
la moda ahora es
enamorar mellado.

Y es que a Chindas y a mi hermano les encanta cantar juntos. Mi hermano no canta nada bien, pero se complementa a la perfección con Chindas, del cual hay rumores de que lo hace tan bien que el Shazam puede detectar qué canción está cantando. Lo de que les encanta cantar lo puede atestiguar una vecina de Pera Playa que vivió o más bien sufrió en directo a mi hermano y a Chindas cantando a grito pelado una frase cada uno de un piso a otro de la casa de Chindas. En este caso la canción era la de Hasta que el cuerpo aguante de Mago de Oz. También, Carla, una antigua compañera del JAEIC de mi hermano, vivió todo un viaje de vuelta desde Favencia con los dos sentados alante cantando y, no contentos con eso, al llegar a casa de Chindas, parados antes de que se bajara este, después de toda la paliza del viaje, todavía tuvieron fuerzas de endosarle entera a Carla la de Kantamelade de Lagarto amarillo, que dura unos ricos cuatro minutos y veinte segundos.

También contaron la historia de cuando un día mi hermano estaba con Lupita a la salida de Pequod y a la hora de buscar un taxi de vuelta, lo cual era una odisea porque la alcaldesa de Monsácar solo dejaba que hubiera cuatro o cinco taxis, decidieron ir a una rotonda que estaba en lo alto de una cuesta, pero otras amigas consideraron mejor irse a la parte de abajo de la larga cuesta. Después de mucho esperar, pasó un taxi furgoneta, es decir, un furgorrape, de los que tenían capacidad para ocho personas y mi hermano, aunque estaba harto ya de esperar, con su honradez habitual, cuando el furgorrape paró para cogerles, le dijo al conductor que mejor buscara a un grupo más grande, que le iba a salir más rentable. El conductor asintió y se lo agradeció. Cuando se hubo ido, Lupita le dijo a mi hermano:

—Pero si el precio para él iba a ser el mismo. Es solo que nosotros pagamos más.

Mi hermano se dio cuenta del error y se rió porque era la típica cosa absurda que le hacía gracia, como lo de que para repartir una pizza (perdón, pizza, que ahora se escribe en cursiva) entre seis personas hay que partirla en cuarenta y ocho trozos: los ocho trozos habituales y luego cada trozo en seis.

Pero lo mejor de todo fue que al bajar por la cuesta, a las dos amigas que no habían querido subir con mi hermano y con Lupita a la rotonda, al parar al furgorrape, el conductor les repitió las palabras de mi hermano, es decir, que no las cogía porque no le iba a salir rentable. Las chicas se quedaron a cuadros y más cuando lo comentaron al día siguiente y mi hermano cayó en la cuenta de que había sido por su culpa y se rió de ellas:

—¡Toma! Por no haber querido venir con nosotros.

Él pensaba que no lo habían hecho porque estaban celosas de que mi hermano estuviera con Lupita.

Otra de las historias que contaron fue la de la chica que se les quedó mirando a Chindas y a mi hermano un día en Valhalla y, sin venir a cuento, valoró su forma de vestir, diciéndole a mi hermano, que como siempre llevaba su camisita y su pantaloncito de colores y las alpargatas a juego, con aire de desaprobación:

—Tú vas muy pijo.

Y luego a Chindas, que llevaba una camiseta con el cuello abierto hasta casi el ombligo:

—Tú vas más normá.

O la del día que mi hermano y Chindas estaban berreando una canción en Roldana y, cuando una chica se les acercó recriminándoles que cantaba muy mal y muy alto, la miraron, vieron que llevaba una camiseta con la bandera de Estados Unidos y le empezaron a gritar, aún más alto de lo que estaban cantando, «¡¡¡Omaha, Omaha!!!», cosa que habían sacado de su amigo Alfonsito, el del mus, quien para darle importancia a las cosas que decía siempre aseguraba que lo había leído en un estudio de la universidad de Omaha, Wisconsin. Ante tales gritos la chica, seguramente creyendo que lo de Omaha era un insulto, se dio la vuelta y se fue, asumiendo que se había equivocado a la hora de elegir a quién recriminarle que cantaba mal.

Contaron también la historia del día que en el reservado del Valhalla una rubia relaciones despampanante al ver el nombre de Chindas en su DNI supo que procedía de un rey visigodo. La razón era que había estudiado Historia. Aprovechando la ocasión, mi hermano se quedó luego jugando con ella al Trivial en el móvil y, por tanto, nunca mejor dicho, metiendo fichas.

Lo de flirtear con mujeres a través de juegos culturales le encanta a mi hermano. Lo mismo pasó el día que estando en Nueva Isla con Cesc estuvieron ligando con unas camareras jugando al quinito cultural, que es uno de los juegos que más le gustan a mi hermano. El quinito cultural consiste en que alguien en un grupo elige un tema, por ejemplo marcas de tabaco, y cada uno tiene que ir diciendo nombres hasta que a alguien no le venga otro o repita alguno ya dicho. En aquel caso uno de los temas que salió fueron dramaturgos americanos.

Capítulo siguiente       Vuelo a Favencia (1)

Índice

Adelanto de la Segunda parte

Aquí tenéis el pdf con el adelanto (erratas y partes sin supervisar incluidas) de la Segunda parte entera, para los que no podáis esperar hasta septiembre para seguir conociendo las aventuras de mi hermano:

SEGUNDA PARTE

¡Que disfrutéis!

Y para los que aún no habéis empezado a leer, aquí tenéis el Prólogo, la Primera parte y la Segunda, todo en uno:

PRÓLOGO + PRIMERA PARTE + SEGUNDA PARTE

Si alguien quiere recibir alguna parte más, puede escribir un mensaje privado a la cuenta de Twitter: @ahoranoblog

Muchos apellidos vascos o Casa con una puerta, mala es de cerrar

11

Otro día, cuando el grupo de amigos partíamos rumbo a una discoteca después de haber estado tomando copas en casa del Galgo, que es un amigo de la infancia de Pinar de San Martín, un barrio al noreste de Almagriz, al salir de casa, el propio Galgo cerró la puerta dándose cuenta justo al hacerlo de que se había dejado las llaves dentro y, no solo las llaves, sino la cartera y al perro. Como no había nada que hacer en ese momento, puesto que eran las dos de la mañana, decidimos postergar el problema a la mañana, con la esperanza de que para entonces, a pesar de ser sábado, estuviera el portero, que tenía una copia de las llaves.

Esa noche en la discoteca, mi hermano, entre otras cosas, empezó a hablar con una vasca. Últimamente, después de haberlo dejado con una novia del País Vasco, con la que estuvo algún tiempo, le había dado por encontrarse con chicas de esta zona en las discotecas. Esto no era muy de su agrado porque decía que se desmoronaba o que se venía abajo por los recuerdos. Aun así, ya que estaba, aprovechaba para sacar su repertorio de palabras sueltas en vasco. Las palabras las sabía porque su exnovia —o ex novia, que en caso de que ella ahora sea novia de otro sigue siendo una novia y no una exnovia, aunque sí es ex novia de mi hermano (con el ex separado)— porque su ex novia, pues, se las había enseñado, o, más bien, MUCHOS APELLIDOSporque mi hermano se las había sacado a la fuerza, puesto que a ella no le gustaba hablar con él en vasco, por mucho que mi hermano se empeñara en aprender. Obviando la voluntad de su ex novia, mi hermano llegó a hacer algún cursillo de euskera por internet, gracias al cual consiguió decir hasta «Me duele la cabeza» en esa lengua. Pero no solo su ex novia sufrió lo aprendido en estos cursillos, también mi hermano tuvo a bien hacernos sufrir una buena temporada, dándonos la chapa con el origen de los apellidos vascos, mucho antes de que sacaran la película de Ocho apellidos vascos. Esto empezó una vez que hubo superado la época del noruego y del famoso «Hva heter du?» para ‘¿Cómo te llamas?’ y el «Kan du stave det?» para ‘¿Puedes deletrearlo?’, repertorio que, todo hay que decirlo, le sirvió por lo menos para flirtear con una sueca en Canarias. —El sueco es muy parecido al noruego—.

Mi hermano decía que para saber el significado de los apellidos vascos basta con saber el significado de algunas palabras clave. Por ejemplo, etxe, significa ‘casa’ y berri ‘nuevo’. etxebe del castilloPor tanto, el apellido Etxeberria significa ‘casa nueva’, con lo que es igual que (o un calco de) Casanova o Cánovas. También con etxe está sagaretxe, que es un restaurante de Almagriz. Sagar significa ‘manzana’, por lo que el significado literal es ‘casa de la manzana’, que es lo mismo que ‘sidrería’. Y luego logo-loreak-mendianGoikoetxtea es ‘casa de arriba’. Otra palabra clave es mendi, que significa ‘monte’. Aparece en Mendikoetxea, ‘casa del monte’ o en el apellido del jugador de fútbol Illarramendi, que significa ‘monte de guisantes’. También en la canción Ikusi mendizaleak que significa algo así como ‘mirad montañeros’, si no me equivoco, y también en la marca Loreak Mendian, que significa ‘flores (como en la película vasca) en el monte’ (de ahí el logo de la florecilla). Otra palabra curiosa es Haran, que es ‘valle’, por lo que mi hermano dice que el valle de Arán es un pleonasmo o tautopónimo, porque significaría ‘valle del valle’ igual que el puente de Alcántara es ‘puente del puente’ o el desierto del Sahara es ‘desierto del desierto’, porque Alcántara y Sahara significan ‘el puente’ y ‘el desierto’ en árabe. También los nombres de los ríos que empiezan por guad-, o monte Fujiyama, tautopónimo porque yama es ‘monte’. Por eso en la Wikipedia aparece como monte Fuji. En la propia Wikipedia se pueden encontrar muchos más, como río Misisipi (en algonquino ya significa ‘río’), lago Míchigan (en ojibwe ya es ‘lago’), etc. De manera similar, sin ser topónimo, al decir pera bergamota caemos en pleonasmo porque bergamota viene del turco beg armudi, donde armudi es ‘pera’ y beg es ‘bey’ o ‘señor’. Estaríamos, pues, diciendo la pera pera del señor.

2015-04-21 12.07.51Así nos ilustraba mi hermano con estos y otros muchos apellidos vascos más (más de ocho, desde luego), algo que, después de todo, a la larga, cuando uno se daba cuenta de que era capaz de sacar el significado de uno nuevo que veía, tenía su gracia. He de confesar que para mí lo de Etxeberria fue una revelación tan grande como cuando descubrí que en muchísimas cremalleras pone YKK o que quicksilver significa ‘mercurio’ o que el apellido Smith significa ‘herrero’ y Schneider ‘sastre’ o que el logo de Chupa chups lo diseñó Dalí y el de La Caixa Miró.

dali_con_logo_chupachups1

En esto de enseñar técnicas, la verdad es que mi hermano a veces es como Lao Tsé, es decir, que si alguien le pide que le ayude a pescar, él no se limita a pescarle un pez a esa persona, sino que le enseña a pescar para que pueda hacerlo cuando quiera sin necesitar que mi hermano esté.

hqdefault

Pues bien, volviendo al vasco o euskera, en cuanto mi hermano conoce una chica vasca, por su carácter generalizador, da por hecho que como su ex novia aprendió antes vasco o euskera que castellano o español, todos en el País Vasco tienen que haber hecho igual, sean de donde sean. Bien es cierto que gracias a esto las vascas se libran, solo por su procedencia, de la prueba de septentrional. La chica de esta noche en concreto era de Bilbao y mi hermano empezó a soltarle su ristra o ringlera de palabras. Una de sus expresiones preferidas, para demostrar que va más lejos que un simple eskerrik asko, que de todos es sabido que significa ‘gracias’, es ez horregatik, que significa ‘de nada’ (con ese ez ‘no’ típico de las papeletas vascas cuando hay referéndum); pero también tiene en su repertorio on egin, que significa ‘que aproveche’, y que a veces confunde con egun on que creo que es ‘¡buenos días!’. Generalmente las chicas le dicen que qué guay, pero que ellas no saben mucho vasco y él no se da cuenta de que le dicen esto para que pare.

En este caso procedió igual, es decir, no paró hasta que una vez pasado el Ni naiz, con el que se presenta, y después de unos cuantos apellidos, la chica le dijo que de verdad que no sabía mucho vasco, de una manera lo suficientemente antipática como para que hasta él se diera cuenta de que tenía que parar. Entonces pasó a la infalible «táctica de la mano» y siguió hablándole de otras cosas. Entre ellas le contó lo de que se habían dejado las llaves y que el problema es que tenían que volver luego porque estaba la perrita de su amigo dentro (lo cual no sonó muy bien), que, si no fuera por eso, su amigo podría irse a dormir con él y volver al día siguiente cuando estuviera el portero. Mientras contaba esto, de repente se le ocurrió hacerle a la chica una pregunta de esas raras suyas que no tienen sentido, pero gracias a la cual recibió la respuesta que ahora sigue. La pregunta fue:

—Por cierto, ¿no tendrás una ganzúa en el bolsillo?

A lo que ella con cara de resignación respondió:

—A ver, tío, que de verdad que no hablo vasco.

Viendo que la chica no tenía ni idea que ganzúa era una palabra del español, a mi hermano se le puso una cara de felicidad y satisfacción impropia cuando alguien te acaba de dar una mala contestación, pero típica de cuando él escucha alguna perlita de estas, como aquel día en el que, al salir de una película muy mala en el cine, Mufo (otro amigo de Pinar de San Martín) dijo: «¡Qué bodorrio de película!», queriendo decir «¡Qué bodrio!».

No obstante, en defensa de la chica hay que decir que, al día siguiente, mi hermano pensó que a lo mejor la palabra venía del vasco. La buscó y, efectivamente, así es, lo cual quita algo de gracia, aunque no mucha, al asunto, porque generalmente si alguien no sabe el significado de ganzúa mucho menos sabe que procede del vasco, aunque sí es verdad que suena a vasco. Es como si a alguien le pides un cigarro y te responde «A ver, tío, que no sé maya».

ganzúaEn fin, yo sé que preguntas raras como la de si alguien lleva una ganzúa en el bolsillo las hace mi hermano inspirado en películas. En este caso, por ejemplo, yo creo que lo de preguntar por algo que es difícil que se tenga en el bolsillo, lo sacó de los hermanos Marx, de la célebre escena de «la parte contratante» de Una noche en la ópera, en la que Groucho, que solo ve de lejos, está intentando leer un papel alejándolo lo máximo que puede con los brazos extendidos y, como sigue sin ver, le pregunta a Chico si tiene un chimpancé en el bolsillo.

Otras preguntas que hace a veces mi hermano sin venir a cuento son si la chica ha estado alguna vez en una prisión turca, tomado de Aterriza como puedas, o si a la chica le ha picado alguna vez una abeja muerta, de Tener y no tener. Cosas raras de mi hermano. A saber qué se le pasa por la cabeza o qué pretende cuando lo hace.

Antes de volver a intentar abrir la puerta del Galgo, para hacer tiempo antes de que llegara el portero, mi hermano, Quero (otro amigo de la infancia de Pinar de San Martín que luego será clave en la aventura que está a punto de llegar) y el Galgo fueron al bar de desayunos por excelencia de mi hermano, al que él llama don Pelayo, empleando una metonimia o sinécdoque (que sigo sin saber muy bien la diferencia), al nombrar a un bar por su objeto vendido, pues así es como se llama el queso de Tóldoz que allí ponen y que según mi hermano es el mejor que ha probado nunca. Ahí se les unió nuestro primo pequeño, al que se encontraron por la calle, y que fue clave para conseguir resolver la situación finalmente o al menos para poner un poco de cordura en lo que sucedió. En compañía de este primo, que se llama igual que mi hermano pero algunos años menor, mi hermano a veces ha estado ligando en discotecas, utilizando la táctica de primo mayor y primo pequeño con el mismo nombre, es decir, por medio de la «táctica de primos tocayos».

Ya en desayunas, es decir, habiendo desayunado, resultó que, al llegar a la casa, el portero no estaba. Mientras pensaban lo que hacer, un vecino que les vio en el portal y que se interesó por ellos incautamente les proporcionó el número de teléfono del portero. Digo incautamente porque mi hermano no dudó en llamar al portero —serían las ocho de la mañana— para ver dónde estaba. El pobre hombre le dijo que estaba de vacaciones. Entonces, no sé por qué, mi hermano le empezó a exigir que le dijera dónde estaba, quizás con la idea de acercarse a por la llave de la portería si no se había ido demasiado lejos, recibiendo la consiguiente y justificada indignación y la obvia negativa del portero. Prudentemente, nuestro primo le quitó el móvil a mi hermano y consiguió averiguar que no iba a haber portero suplente, por lo que tendrían que buscar otra forma de abrir la puerta. Como la chica vasca de la discoteca no tenía una ganzúa en el bolsillo o no sabía si tenía porque no hablaba vasco, se vieron obligados a estar hasta tarde intentando forzar la puerta. Probaron primero con un plástico que les había dado Estanislao, el dueño de don Pelayo, y luego con carnés que, aunque no les servían para nada, llevaban en sus carteritas de Purificación García, como el de puntos del cine o el de la biblioteca, incluso el del club Nintendo que el friki de Quero aún conservaba de cuando era pequeño. Para ayudarse vieron cómo se había que proceder en vídeos explicativos, pero ni por esas (con lo fácil que parece en las pelis), así que pasaron luego a la táctica de los dos alambres, que no eran sino anillas estiradas de un llavero, pero tampoco. Viendo que no conseguían su objetivo, mi hermano le dijo al Galgo:

—Pero ¿seguro que no te quieres venir a mi casa a dormir?

Y el Galgo insistía en que no podía dejar al perro dentro solo.

—Pero ¿por qué? ¿Es que te dan pena los de tu especie?

—Ja, ja. No. Es que no tiene pienso puesto. Bueno, sí tiene, pero es uno que no le gusta.

Esto activó un resorte en mi hermano, que dijo:

—Es que hay que joderse, macho —expresión típica suya—. Con la de gente que habrá dedicada a hacer comida de perros desde hace mucho me parece increíble que no hayan conseguido hacer una comida apetitosa para ellos

—Ja, ja. Bueno, supongo que no será tan fácil y que dependerá del perro.

Aunque la respuesta del Galgo estaba cargada de razón, desde entonces empezaron a llamar el «síndrome del fabricante de comida de perro» a los casos en los que la gente se dedica en exclusiva a una cosa y no consigue avanzar nada.

Fabricantes de comida de perro aparte, el caso es que no consiguieron abrir la puerta. Entonces nuestro El llavero solitarioprimo, que seguía siendo el más sensato, preguntó si nadie más aparte del portero tenía una copia de la llave. La novia del Galgo tenía, pero estaba en un pueblo de la sierra, así que no había nada que hacer, aunque, pensándolo bien… ¡tate!, se les ocurrió que la asistenta del Galgo tenía una copia. Sin perder un segundo la llamaron, despertándola, por supuesto, y le pidieron que les mandara las llaves en un taxi, que ellos ya pagarían al taxista cuando llegara. Así ocurrió, las llaves viajaron en el taxi solas, como llavero solitario, y a su llegada el Galgo pudo entrar y mi hermano y compañía por fin se fueron a sus respectivas casas.

Al día siguiente, cuando mi hermano contó la historia en una cena familiar, precisamente en casa de este primo, todo el mundo les sugirió que deberían haber llamado al seguro, que vienen en veinte minutos aunque sea sábado. ¡Como si las sugerencias sirvieran para algo al día siguiente y no fueran tan inútiles como las puertas acorazadas que se abren en menos de cinco minutos con unas planchas que venden! Pero bueno, al menos para la próxima ya lo sabían.

Capítulo siguiente     Capítulo anterior

Índice

Why?… Em Si Ei

10

Otro truco de mi hermano es el del Why?. Todo empezó cuando un amigo de Nueva Isla, Miles, su otro compañero de piso, le contó a mi hermano que de pequeño no ligaba nada y lo pasaba fatal y que para remediarlo se apuntó a un curso de autoconfianza en el que entre otras cosas enseñaban a ligar. Según decía, después de aquel curso, para él ligar empezó a ser facilísimo. De ese curso sacó el mencionado «truco del Why?». El día que lo explicó pidió que no lo contáramos, pero yo… no me puedo contener, como Nicky Jam en Travesuras.

Así que lo explico.

El método consiste en seguir una serie de pasos. Lo primero es empezar preguntando por lo que hace la chica; luego, sea lo que sea, repito, sea lo que sea, elogiarlo; luego relacionarlo con lo que uno hace, por muy diferente que sea, para demostrar que se tiene algo en común, y, al final, lo más importante y con lo que se quedó mi hermano, preguntar por qué o why?, es decir, preguntarle a la chica por qué ha elegido dedicarse a lo que se dedica.

PicsArt_1429181146827Lo de relacionar puede ser difícil, pero siempre hay alguna conexión. Por ejemplo, a mi hermano un día le dijo una chica que era bióloga. Mi hermano, sin pensárselo dos veces, lo relacionó con lo suyo diciendo que una vez hizo una poesía sobre un calamar (lo cual es cierto), aunque también podría haber hablado de las donkey sentences o, más simple aún, de 417805_554143061302376_83147983_nárboles sintácticos.

Miles aseguraba que nunca fallaba porque preguntando por qué o why? siempre salen cosas personales y la chica suele sincerarse y explayarse, ya sea porque lo que ha estudiado le gusta y entonces disfruta hablando de ello, ya porque le han obligado a hacerlo y entonces se empieza a quejar de que la familia la ha forzado a elegir una determinada carrera, pero que ella habría preferido hacer otra cosa; y entonces empieza a hablar de sus gustos igualmente. Para que funcione adecuadamente, eso sí, hay que hacer la pregunta con cara de extrema curiosidad. Así, funcionará tan bien como lo de soltar de vez en cuando un «¿De verdad?» o un «¿En serio?» para mostrar interés, como se dice que hacía Gary Cooper, o un «Usted tiene ojos de mujer fatal» de la obra homónima de Jardiel Poncela, o el «Eres perfectamente sexy y adorable» de Crazy, Stupid, Love, con el que ya sí que se conseguirá llegar a un nivel de flirteo a la altura de Ryan Gosling:

Cuando Miles le contó la historia, pidiendo que no difundiera el truco, mi hermano se quedó pensativo. Después de un tiempo de cavilación y sopesamiento llegó a la conclusión de que, verdaderamente, si a él le preguntaban por qué había hecho Filología Hispánica tendría que contar que fue porque le gustaba mucho la poesía y la literatura, pero que también se le daba muy bien la sintaxis, aunque también las matemáticas. Pero que no eligió Matemáticas porque sacó un 0 una vez en un examen de Química y no había opción en Bachillerato de hacer Matemáticas sin hacer también Química y que si patatín patatán. Vamos, que tendría que sincerarse. Estaba claro que tenía que funcionar.

Por eso, desde entonces lo utiliza muchas veces. Y ya no solo para ligar; también para sacarle conversación a la gente en las típicas situaciones incómodas (mejor descritas con la intraducible palabra inglesa awkward) y así romper horribles silencios como los míticos de Ross y el novio de Phoebe en Friends:

Mi hermano resuelve estas situaciones preguntando:

—Oye, ¿y a qué te dedicas?

Después de lo cual, respondan lo que respondan, pregunta:

¿Y por qué? —y uno ya tiene mínimo para quince minutos de conversación.

Muchas veces a la gente le sorprende la pregunta, con lo normal e inofensiva que parece, y en el momento incluso se cortan, demostrando que hurga en lo más profundo de los sentimientos; que llega a la patata, vamos. Pero una vez pasada la sorpresa y el corte, cuando se deciden a arrancar, se desahogan, lo cual crea un estrecho vínculo con la persona, más aún si la persona le devuelve la pregunta a mi hermano. Mi hermano empieza entonces a recrearse con lo de la poesía y la sintaxis, pasando a «hacer un mi hermano», que como luego explicaré es como se llama a monopolizar una conversación hablando de uno mismo.

La verdad, todo hay que decirlo, es que, no sé si por el truco o por qué, Miles al final acabó casándose con una chica, no muy agraciada para el gusto de mi hermano, a la cual mi hermano le había presentado de broma en una discoteca para ponerle en un aprieto y ver cómo se deshacía de ella.

Pero, claro, en el amor nunca se sabe y para gustos los colores. De gustibus non est disputandum. Ya veremos en la próxima novela la importancia de los colores en el amor. Pero eso será mucho más adelante, después de la primera aventura, que está a punto de empezar.


Para recordarlos bien, aquí dejo esquematizados los pasos que se deben seguir en el método de Miles, con el grand finale del «truco de Why?»:

IMG_20150416_140346

Capítulo siguiente      Capítulo anterior

Índice