Aristóteles no escuchaba a Mozart, pero aún esixten princesas, nobles, miraglos, murciégalos y cocretas

SEGUNDA PARTE: EL COMIENZO DE LA AVENTURA

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Esa tarde se hizo larga. Si por mi hermano hubiera sido, habrían llegado allí mucho antes de las nueve y media, pero no quería levantar sospechas a plena luz del día. Como estaba tan nervioso o, peor aún, impaciente, le empezaron a surgir las típicas preguntas sobre el tiempo: por qué pasa tan lento algunas veces, por qué a veces da la sensación de que un determinado momento nunca va a llegar y luego pasa y los días posteriores se suceden con extrema rapidez. Tenía la típica sensación de que el tiempo no pasaba, como cuando estaba nervioso porque había quedado con alguna chica por la tarde y no se podía concentrar en hacer nada.

Él generalmente solventa estos momentos de tedio jugando solo al Trivial a su manera, es decir, haciéndose preguntas a sí mismo y consultando las respuestas que no sabe en la Wikipedia, para que no se le vuelvan a olvidar. Pero, por suerte, en este caso tenía deberes y el tiempo empezó a acelerar. Tenía que buscar en internet dónde estaba aquel lugar, el Seminario de los Caballeros. Buscando y buscando, lo más parecido que encontró por Almagriz fue la calle del Seminario de Nobles. Aunque al principio dudó, se fue convenciendo poco a poco de que aquellos hombres se habían equivocado, viendo que no había otra cosa parecida y dando por hecho que la aventura no podía terminar allí.mapa juego Esa tenía que ser. Por supuesto en ningún caso consideró que podía haber oído mal él. Estaba claro que aquellos hombres habían confundido a los nobles con los caballeros. No en vano sabía que les había oído cometer algunos errores lingüísticos, de los que, no obstante, la emoción de la noticia no le permitía acordarse. Y todo el mundo sabe que un error lleva a otro. Además, Seminario de Nobles también sonaba muy bien. En su cabeza ya imaginaba una aventura en Seminario de Nobles, que para colmo era perpendicular a la calle Princesa. Sin duda todo tenía un toque caballeresco, lo cual sumado a que partirían a la aventura desde el Pinar de San Martín, su barrio, introducía a mi hermano en un escenario con los ingredientes perfectos para un nuevo héroe del siglo XXI, un lingüista teórico, que era él. «Seminario de Nobles», se repetía a sí mismo. Sí, no había duda de que esa tenía que ser la calle.

Apunto que yo no sé si es mal presagio o pura casualidad que en el preciso momento en el que yo escribía «esa tenía que ser la calle» me ha saltado en el Spotify «No puede ser» de la zarzuela La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal. ¡Qué miedo!

Y ahora que digo esto, me doy cuenta de que es la segunda vez que menciono a Sorozábal. Por lo de la Gestalt podríais pensar que soy experto y amante de la zarzuela, pero no tengo ni idea, que quede claro. Lo único es que he metido el disco de Zarzuelas de oro en una lista de reproducción del Spotify con más de cinco mil canciones de música clásica que estaba escuchando ahora. Si os interesa saber por qué tengo esta lista tan grande, es que estoy haciendo una selección de las mil y una canciones de música clásica que hay que escuchar antes de morir, que creo que no existe, seguramente por un motivo que también irrita a mi hermano y es que los sibaritas de la música clásica consideran que escuchar canciones sueltas y no piezas enteras es una aberración. Yo aprovecho mientras escribo para escuchar esta lista y cuando me salta alguna canción conocida, la voy seleccionando. Aunque la verdad creo que me resulta más fácil escribir cuando me pongo jazz.

Una vez que mi hermano se hubo convencido de que la calle a la que tenían que ir era Seminario de Nobles, llamó a Quero (quuien no rechistó porque efectivamente había oído Seminario de Nobles a los hombres) para quedar en el metro y fueron para allá sin desperdiciar, por supuesto, a pesar de la exaltación, la oportunidad de aprovechar el largo viaje con transbordo incluido para cazar curiosidades lingüísticas. Además de fijarse en muchas cosas que ahora contaré, mi hermano se fijó en una chica —eso nunca podía faltar—, que llevaba una pulsera de colores igual que la que él tuvo una vez y que tanta pena le dio cuando se le rompió. La verdad es que se fijó porque la chica era de las que le encantaban, de las rubitas bajitas, con las que rara vez se atrevía a hablar, por mucho que aquí cuente yo que hablaba con muchas chicas en general.

Nenúfares (en el sentido de bellas chicas) aparte, en este viaje, como decía, pudieron cazar alguna curiosidad. Por ejemplo, un señor se quejaba de que con los nuevos planes de enseñanza los niños no sabían cosas tan básicas como los ríos de España o fechas tan importantes en la historia como la de la Revolución Francesa, es decir, 1789, la de la batalla de Guadalete, 711, o la de la batalla de las Navas de Tolosa, 1212, que encima es fácil de recordar. Ni siquiera se sabían una más reciente como es la de la adhexión de España a la Unión Europea. El señor seguramente no mezclaba fechas, pero sí palabras como adhesión y anexión. Y lo mejor es que el andoba (o andóbal) acabó con un clásico eccétera, del que ya he hablado.

Ante una perorata como esta mi hermano siempre se lamenta de que existe un poco de tiranía por parte de las generaciones precedentes con respecto a lo que hay que saber o no, con que si con los planes de estudio nuevos no se aprende nada, tiranía que puede no importar a muchos jóvenes, pero que para gente con síndrome de Fausto como mi hermano puede resultar un suplicio. Y tal suplicio le acompañó durante mucho tiempo hasta el día en que se percató de que verdaderamente por mucho que presuman los adultos, a la edad de un joven actual ellos ni se habían leído ni habían visto cosas que un joven actual sí, básicamente porque aún no habían sido creadas. Por ejemplo, por muy listo que pudiera haber sido Aristóteles —sobre el c2015-06-23 16.25.45ual mi hermano siempre sugiere para hacerse el interesante que a la humanidad le habría ido mejor sin él—, a la edad de mi hermano no había escuchado Mozart, ni se había leído el Quijote, por ejemplo. De hecho, mi hermano escribió una poesía al respecto, dándole la vuelta al tiempo e imaginándose, entre otras cosas, que Homero estudiara el español como una lengua muerta.

Todavía piensa además que lo nuevo que va viendo y leyendo, aunque pueda considerarse como algo mediocre por el momento, en el futuro puede ser que se convierta en un clásico. Y también, en relación con esto, mi hermano piensa que por muy leídos que sean algunos adultos actuales, hay una asimetría entre ellos y él, y es que mi hermano seguramente se ha leído lo que han escrito ellos, pero ellos no se han leído lo que ha escrito él.

Pero bueno, aparte de las equivocaciones del señor que sabía mucho de fechas, también escucharon entre otras cosas un error bastante común, el de decir esixtir por existir. Mi hermano le decía a Quero que esto era un caso de metátesis, igual que en cocreta, palabra de la que mucha gente se queja de que la VEI haya aceptado en el diccionario, lo cual exaspera a mi hermano porque de momento no es verdad que esté aceptada.

Ah, y esto de la cocreta me trae a la memoria una noche de copas en la que mi hermano, como hace a veces, se echó croquetas congeladas en la copa porque se había acabado el hielo, y volvió a salir el tema de cocreta, haciendo que mi hermano se decidiera en un falso acto de resignación a explicar a los cabezas de chorlito de sus amigos la ya mencionada metátesis.

Aunque cuando hay mucha gente mi hermano se pone nervioso y se lía un poco, según él, porque su cerebro estudia los gestos y las reacciones de sus oyentes, lo cual le genera excesivo esfuerzo cerebral, y por tanto se bloquea si habla con más de tres personas, las copas que ya se había tomado esa noche le ayudaron a vencer el problema y a mi juicio nos explicó bien la metátesis.

Según decía, la metátesis consiste en un proceso fonético en el que cambia su posición algún sonido dentro de una palabra, generalmente para facilitar la pronunciación. Decía que lo de cocreta podía sonar muy mal, pero que en español teníamos casos que, aunque suenan perfectos ahora, empezaron de la misma manera, es decir, cambiándose algún sonido dentro de la palabra:

—Por ejemplo —decía—, milagro viene de miraculum en latín. El resultado fue miraglo, que de hecho sigue en el diccionario, pero como es difícil de pronunciar, la gente empezó a cambiar o trocar la r por la l, diciendo milagro. Pasa algo parecido con candado. Esta palabra viene de catenatus, relacionado con catena, de donde viene cadena. Como la e de catenatus no era tónica, se perdió, dando algo así como cadnado, que también es difícil de pronunciar, por lo que la gente cambió el orden entre la d y la n, diciendo candado. Lo mismo pasa con palabra de parabola o con costra de crusta (que se mantiene en crustáceo, por ejemplo) o en una un poco más difícil de ver como apretar de apectorare, que debería haber dado algo como apetrar y que significaba abrazar o traer contra el pectus, de donde viene pecho, obtenido por el paso de –ct- a –ch- que se da en muchos casos como en lactem que dio leche o bis coctus ‘doblemente cocido’, que dio bizcocho. En palabras que vienen por vía culta, se conserva el grupo –ct- como en pectoral.

Y después de esta densa letanía etimológica, solo interrumpida por pequeños sorbos que daba a la copa que tenía en la mano, mi hermano como casi siempre, terminaba aportando algo parecido a una moraleja:

—Así que lo de cocreta no es algo que sea tan condenable como algunos creen. A muchos nos pasa con esixtir, pero también cuando decimos dentrífico en vez de dentífrico y en muchos más casos.

Otro caso interesante de metátesis que recuerdo que nos ha explicado mi hermano alguna vez, por cierto, es el de murciélago, que viene de mus caeculus, que significa ‘ratón cieguito’ (como los de Agatha Christie) —con la terminación –ulus como diminutivo— y que por evolución debería haber dado murciégalo, que también está en el diccionario, pero que por hacerlo más fácil de pronunciar acabó siendo murciélago, cambiando la g por la l.

Y con esto creo que ya es hora de ver qué pasa en la gloriosa calle de Seminario de Nobles, ahora que el metro donde iban mi hermano y Quero estaba a punto de llegar a Princesa.

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La septentrionalidad del síndrome de Fausto

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Y es que mi hermano tiene tres aficiones fundamentales. La primera es la lingüística y la reflexión sobre el lenguaje y la gramática. La segunda es saberlo todo, lo cual se debe a que padece lo que un día descubrió que se llamaba el «síndrome de Fausto», del que luego hablaré con más profusión o, mejor dicho (que mi abuelo me ha advertido que profusión no quedaba bien aquí), con más detenimiento. De momento baste con saber que, por padecer este síndrome, mi hermano generalmente se pasa el día leyendo o viendo películas de las muchas listas que consulta y que se prepara.
Su tercera gran afición es salir de fiesta los viernes hasta muy tarde. Esto último podría resultar algo chocante en una persona seria y culta; y efectivamente, cuando era más pequeño no salía mucho, pero un día un amigo le dijo que aunque era una persona muy culta, no era una persona diez, porque para eso había que salir también. Y como el síndrome de Fausto obliga a abarcarlo todo, mi hermano consideró que era oportuno salir y aprender cosas de la noche. Lo de salir hasta muy tarde también se explica a partir del síndrome de Fausto, como un síntoma por el que uno intenta no perderse nada de lo que pasa.

En una mezcla de sus tres aficiones, cuando mi hermano quiere ligar en una discoteca con una chica, le hace pasar la «prueba de septentrional». Esto quiere decir que, para saber si una chica le conviene o no, le pregunta si sabe lo que significa septentrional. Puede parecer mentira, pero nunca le han respondido bien. Él se indigna y dice: «¡¿Qué pasa, que la gente no ve el pronóstico del tiempo o qué?!».

Phonto(24)

Una noche, hace poco, conoció a una chica de Canarias en una discoteca y le hizo pasar la prueba, pero además con prolegómenos. Para empezar, una vez que supo que la chica era canaria, le preguntó que de qué isla era:

—Porque se pregunta así, ¿no?, por la isla.

Ella, algo contrariada, le contestó:

—Bueno, es una manera de preguntarlo.

Y le dijo que era de Gran Canaria. Luego mi hermano ya pasó a decirle que tenía que hacerle una pregunta que ninguna chica le había respondido nunca, pero que ella seguro que lo iba a saber porque notaba que había algo especial entre ellos. Mi hermano creía ir sobre seguro porque suponía que, al ser la chica de las Canarias, habría tenido que oír muchas veces la palabra septentrional, pues todo en España le pillaba al norte. Pero la chica no solo no sabía lo que significaba septentrional, sino que encima se lo tomó a mal y se apartó de mi hermano señalándole con dedo acusador, amenazando miedo y diciéndole que era muy raro por hacer esas preguntas. Eso sí, se llevó con ella la copa a la que mi hermano le había invitado.

bandera almagriz
Bandera de la Comunidad de Almagriz

La más correcta respuesta a la prueba de septentrional con la que mi hermano afirma haberse encontrado es la que le dio una chica gallega, que le contestó que seguro que tenía algo que ver con el número siete. Yo creo que esto lo cuenta para aprovechar la cara de extrañeza que la gente pone con lo de siete y así pasar a explicar de dónde viene la palabra septentrional y por qué se utiliza para referirse al norte; aunque la verdad es que creo que ni él lo sabe del todo bien. Dice que es porque la Osa Menor, que contiene la estrella polar y que, por tanto, marca el norte, tiene siete estrellas (las mismas que se representan en la bandera de Almagriz, nuestra ciudad, según nos contó un día; pero no así, y esto podría excusar a la canaria, las de la bandera independentista canaria, las cuales representan las siete islas del archipiélago, sin contar San Borondón).
Dice que de las siete estrellas viene lo de sept-, y que las estrellas son como bueyes, porque se mueven muy lento y, probablemente, porque tiran del carro que forman, y que en latín bueyes se dice triones. Por tanto, septentrión significa ‘siete bueyes’ y marcan el norte porque forman parte de la Osa Menor.

Viendo esto, no os creáis que mi hermano es el típico pedante, petulante, cultureta o, como dice él «ojilato periculto» (sacado de un libro de Reverte en el que Quevedo llama así a Góngora), que critica a la gente porque no sabe cosas. Todo lo contrario: mi hermano odia a ese tipo de gente. En el caso de septentrional, por ejemplo, dice que no le importa el hecho concreto de que una chica no sepa lo que significa septentrional, sino lo que esto implica. Dice que la palabra septentrional sale mucho en la tele y que si alguien no sabe lo que significa es porque no ha sentido curiosidad ni se ha tomado la molestia de buscar su significado en el diccionario en una de las muchas veces que la ha oído, con lo importantes que son para él la curiosidad y los diccionarios.

Y la cosa es que es verdad. Una vez que te empiezas a fijar por ahí, esta palabra aparece muchísimo, no solo en el pronóstico del tiempo, donde sale casi tanto como lo de «nubes de evolución», sino en todas partes.

De todas formas, pese a lo que pueda parecer, mi hermano a veces liga; seguramente en las noches en las que se le olvida lo de septentrional. Pero ya lo iremos viendo.

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