Entre chanchas y marranchas

13

Cuando sonó el despertador a las nueve todavía les costó despertarse por esa resaca que por algún motivo a determinada edad empieza a ser peor a los dos días que al día siguiente, igual que pasa con las agujetas después de hacer ejercicio. Aun así, no podían faltar a la cita, así que se arreglaron y se fueron para Altair.

Por el camino le hicieron un semi Kiko Burgos a Chindas con la historia de Quero. Igual que mi hermano, Chindas, que también lo había pasado mal con alguna relación excesivamente larga, le recomendó pasar página:

—Mira, cuando se estira demasiado una relación se queda deforme como una goma elástica y ya no sirve para sujetar; se pierde la elasticidad y tirantez que mantiene unida a la pareja.

Deleitados con esta bella metáfora llegaron al edificio. Esta vez pararon a mi hermano a tiempo antes de pulsar el botón, para que no incordiara con canción alguna. Cuando entraron, estaba la misma recepcionista, Leticia, que, por supuesto, les reconoció y volvió a poner mala cara, sobre todo al notar la altivez que, debida a la certidumbre de que esta vez les iban a tener que dejar pasar, sus rostros desprendían.

—¿Y bien? —les saludó Leticia.

—Venimos a una entrevista en Altair.

—¿Ah sí? A ver, ¿cuáles son vuestros nombres? —dijo sacando una lista.

—Yo soy Queremón Sierra —dijo Quero; tras lo que la chica algo sorprendida y contrariada tachó el nombre de la lista.

—Yo soy Chindasvinto Mina —dijo Chindas; y la chica también tachó su nombre.

Mi hermano que en el arte de buscar cosas en listas es muy audaz (según él porque de pequeño hizo muchas sopas de letras) no se molestó en decir su nombre, simplemente se lo señaló en la lista a Leticia, lo cual la irritó sobremanera, máxime porque para su desdicha en este caso no tenía potestad para echarle. Les dijo que, por favor, esperaran y que fueran subiendo por turnos. Así efectivamente se organizaron en la subida, subiendo primero Chindas, luego mi hermano y luego Quero. Quedaron en que, antes de bajar, cada uno daría una vuelta por una planta para intentar buscar algún indicio que les llevara al Manuscrito:

—Tú la de más arriba, tú la del centro, yo la de abajo. Mirad todo lo que podáis y buscad cualquier pista. Nos reuniremos sobre las once y cuarto en el hall, un poco después de que termine Quero su entrevista para no cantearnos demasiado, y ya ponemos en común lo que hayamos visto.

Cuando por fin bajaron y se reunieron en el hall, la recepcionista estaba algo mosqueada, al ser consciente de que habían tardado más de la cuenta en bajar, pero no dijo nada. Los tres coincidieron en que, a pesar de que habían buscado con empeño en sus asignadas plantas, no habían encontrado nada realmente indicativo:

—Yo he estado mirando por el pasillo de mi planta, pero no he visto nada. Hay un montón de salas y el Manuscrito podría estar en cualquiera. He intentado meterme en alguna, pero están cerradas o con gente.

Los tres entonces se miraron sin saber lo que hacer ya porque encima la de la recepción les estaba mirando con mala cara, como para que se fueran, achuchándoles (y no precisamente en su sexta acepción) con las pupilas.

—Bueno —empezó esperanzado mi hermano—, ¿y qué tal la entrevista? A mí me ha dado la sensación de que me van a llamar para la próxima.

—Sí, a mí también —dijo Quero—. La verdad es que esta era un poco tontería. Yo he hecho el típico truco de cuando te preguntan «¿Dónde te ves en el futuro?» contestar «En tu puesto».

—Ja, ja, a mí también me ha ido bien —dijo Chindas.

—Bien, bien —aprobó mi hermano—. Entonces no hay problema. Tendremos otra oportunidad para investigar, espero que con más suerte, ahora que conocemos un poco más o menos el edificio. Lo que hay que ver es cómo meterse en las salas.

Tan seguros estaban de que el Manuscrito estaba allí, que ni siquiera se plantearon que todos sus esfuerzos pudieran ser en vano. Y en el fondo es comprensible, porque igual que los héroes griegos recibían ayuda de los dioses (Ulises de Atenea o Jasón de Hera, por ejemplo) mi hermano y sus argonautas (o linguonautas en este caso, entendiendo la lengua como el vehículo de su aventura) recibían pistas que les iban guiando y alentando en su aventura.

Esta vez no iba a ser menos. Y así, mucho antes de tener que esperar al día de la segunda entrevista, incluso antes siquiera de salir del edificio, el destino otra vez les tendió una mano. Y es que, según estaban hablando, vieron pasar a los dos hombres del metro que involuntariamente les habían dado la pista de Altair con la tarjeta, ataviados esta vez con uniforme de seguridad y con pistolas. La primera reacción del trío, sobre todo al ver las pistolas, escaldados como estaban con lo del cadáver, fue echarse cuerpo a tierra detrás de unos sofás para ocultarse, igual que hicieron mi hermano, Mufo y Charly para esconderse de unas chicas una noche en el Puerto de la Virgen, en una historia que ya contaré. Aquel movimiento no evitó que los anteriormente pasajeros y ahora seguratas les vieran y se acercaran:

—Ya es la segunda vez que te vemos en el suelo— dijo en tono jocoso el más corpulento de los dos dirigiéndose a mi hermano, al que había reconocido del metro.

Mi hermano se levantó sin saber muy bien cómo explicar nuevamente su reacción, sacudiéndose el pecho como si tuviera polvo.

—Pues sí, es que hemos oído un extraño ruido y nos hemos asustado.

—Ja, ja. Pues que yo sepa no ha pasado nada. Estando nosotros al cuidado del edificio no tenéis que preocuparos de nada. ¿Qué os trae por aquí?

—Pues es que hay una oferta de trabajo para licenciados y hemos venido a hacernos la entrevista.

—Ah, mira, ¡qué casualidad!

—¿Y vosotros?

—¿Nosotros? —preguntó sorprendido el segurata—. Nosotros somos los de seguridad de aquí —y en un claro excusatio non petita, siguió—. Nos visteis en Almagriz… eh… porque estábamos de permiso y queríamos conocer un poco la ciudad.

Para no parecer sospechosos, al estilo de un secuestrador de niños que ofrece un caramelo y que de tan bueno se sabe que es malo, el otro segurata sugirió al más fornido, con melifluo tono, que por qué no enseñaban a mi hermano y a sus amiguitos un poco el edificio para que lo fueran conociendo, por si acaso les contrataban.

Perfecta idea para todos, pues eso les daba a mi hermano, a Quero y a Chindas una nueva oportunidad de inspeccionar, pero también para los seguratas, que llevaban un tiempo teniendo que buscar excusas para ausentarse y merodear por zonas que no les correspondían, pues efectivamente habían descubierto que el Manuscrito que buscaban se ocultaba en algún lugar de Altair.

Por supuesto, la pesada de Leticia se entrometió (o entremetió, que para la VEI son lo mismo) al ver que subían todos juntos de nuevo:

—¿Adónde venís?

—Nada —dijo el voluminoso segurata, tomando la palabra—, que conocemos a estos chicos y vamos a darles una vuelta por el edificio para que se familiaricen con él.

Mientras recorrían el edificio mi hermano iba reflexionando entusiasmado:

—¡Ajá! Así que es el típico caso en el que los de seguridad, aprovechándose de información privilegiada, se han enterado de algo gordo. Es como lo del mayordomo de las novelas policiacas —o policíacas.

Al volver de la tournée todos estaban relativamente satisfechos porque habían podido hacerse una idea general de las tres plantas de Altair, pero el que más satisfecho estaba era mi hermano, que por algún motivo tenía cara de gato que se ha comido un canario. Cuando se despidieron con ostensible agradecimiento de los seguratas, tanto se le notaba la cara, que Chindas y Quero le preguntaron que qué le pasaba.

Lo que le pasaba es que él, que lo único que había robado en su vida era un collar de verano un día que se lo llevó puesto sin darse cuenta, le había robado la llave maestra al menos orondo de los seguratas. Ante la admiración de Quero y Chindas, mi hermano, que era humilde, modesto y sincero en extremo se excusó:

—Bueno, en verdad es que ha habido un momento en el que se le ha caído y yo la he recogido y se la iba a dar, pero luego he estimado mejor quedármela.

—Pues has hecho muy bien. Ya tenemos una forma de avanzar. Ahora solo falta que nos llamen para una segunda entrevista.

Y así, entre chanchas y marranchas (como dice nuestra madre en una adaptación personal de cháncharras máncharras, que es lo que sale en el Diccionario) es decir, entre unas cosas y otras, para cuando salieron del edificio se había hecho ya la hora de comer. Mi hermano propuso ir a un McDonald’s, a lo que Quero le dijo:

—Que no has venido a Favencia a comer en un McDonald’s.

Esta es una broma que la gente tiene con mi hermano porque siempre se queja de los que, entendiendo que es imprescindible probar la gastronomía del sitio al que uno viaja, le critican por ir a McDonald’s cuando hace turismo. La respuesta de mi hermano es siempre la misma, mutatis mutandis:

—Ya, no he venido a Favencia para comer en un McDonald’s, pero estoy en Favencia y quiero ir al McDonald’s.

Dicho esto, los tres se fueron a McDonald’s con el pecho henchido de orgullo por haber hecho las cosas bien.

En la comida, aprovechando un momento de silencio, Chindas, que se había quedado con la curiosidad, le preguntó a mi hermano:

—Oye, ¿qué es lo que nos tenías que contar curioso sobre los gánsters?

—Ah bueno, no era sobre los gánsters en sí como maleantes, sino sobre palabras del tipo de gánsters. A ver, en caso de que el plural de gánster fuera gánsters (aunque ya os dije que era gánsteres), ¿vosotros cómo la escribiríais, con tilde o sin tilde?

—Con tilde —contestó Quero a la vez que Chindas contestaba «Sin tilde».

—¿Con tilde? —dijo mi hermano mirando a Quero y tratando de remedar la entonación de Quero cuando decía cosas como lo de «¿Jaguares en África?»—. Pero si es llana terminada en –s. —Y les dejó un tiempo para que pensaran.

—Claro, es que es sin tilde —se precipitó Chindas.

—Pues, es verdad, pero, aun así —pensaba en alto Quero—, no sé por qué pero yo la escribiría con tilde.

—Pues harías bien —sentenció mi hermano— porque a pesar de la regla de que las llanas terminadas en –s no se tildan, las llanas que terminan en doble consonante sí se tildan, aunque la última sea –s. Es lo que pasa, por ejemplo, con palabras como bíceps, pero también con otras que terminan en doble consonante y la última letra es otra, como cíborg o wéstern.

—¿Y en las que terminan en triple como wésterns? —preguntó el astuto de Quero que lo había entendido a la primera.

—Ah, ja, ja, pues ídem de ídem.

Aprovechó el fin de la explicación mi hermano para ir al baño. Cuando volvió se encontró a Quero y a Chindas sin hablar, mirando cada uno para un lado. Esto le recordó que de pequeño, cuando tenía bastante afán de protagonismo, se ponía contento de volver a una conversación y ver que la gente no hablaba, porque eso significaba que él era el alma del grupo, pero luego, cuando maduró un poco, empezó a entender que lo en verdad indicaba eso es que monopolizaba las conversaciones y cuando se iba al baño a los demás no les daba tiempo a empezar una nueva. En este caso había pasado lo mismo, aunque en verdad la conversación de los gánsteres la había empezado Chindas. Generalmente, en estos casos mi hermano tiene excusa, porque lo que le pasa es que siente pánico por los silencios incómodos. Considera que eso significa que están fracasando él y su grupo en el arte de la conversación fluida.

En estos pensamientos andaba inmerso, fuera de los cuales Quero y Chindas ya habían empezado a hablar de lo de la novia de Quero, cuando, como la cosa iba de ex novias, mi hermano, que no podía ser menos, de repente recibió una llamada de la ex novia de la que justo había hablado, la susmentada a la que dejó con el «a tomar por culo», en una de esas casualidades que tanto rayan a mi hermano, esto es, la de que justo le llame alguna chica después de mucho tiempo el día que la recuerda.

Haciendo un Charly exclamó:

—¿Por qué me llama esta ahora?

Pero lo cogió por curiosidad. La verdad es que a esta chica la había dado por muerta o por casada porque no sabía nada de ella desde que ella le escribió por su cumpleaños en diciembre y eso que mi hermano en el cumpleaños de ella, que era después, la había felicitado hasta por mensaje de texto, viendo que hacía tiempo que no se conectaba al WhatsApp. La chica se excusó por la llamada diciéndole a mi hermano que es que había soñado con él y que justo luego una amiga suya le había preguntado por él. Acto seguido le preguntó a mi hermano —¡a mi hermano!— que si estaba casado. La respuesta que escucharon Quero y Chindas les hizo llevarse la mano a la boca para contener las carcajadas. Fue la siguiente:

—Mira, Adri, ¿te acuerdas de cómo era yo con diecisiete años?

—Sí, claro —dijo ella con zalamero y almibarado tono.

—Pues sigo igual: sin novia y sin trabajo.

Lo peor de todo es que Adri se alegró porque eso significaba que todavía había esperanza de volver con mi hermano. Como siempre, mi hermano solventó la situación diciendo antes de colgar que ya se llamarían y pronto, una versión más sofisticada del típico «Ya hablamos».

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Aventuras y un cadáver

11

Terminada la cena, que no dio para mucho más, y sin contarle al rey Escorpión ni a Kiko Burgos su plan sotanil, marcharon rumbo a la susomentada puerta, ataviados con ropa oscura y linternas, de tal manera que parecían cacos profesionales.

Por el camino, Quero tuvo la doble mala fortuna de que se le metiera una piedrecita en el zapato. Digo doble mala fortuna, no porque fueran dos piedrecitas, sino porque, si el metérsele una piedrecita en el zapato era de por sí bastante molesto, para colmo cuando lo manifestó y pidió a Chindas y a mi hermano que pararan, mi hermano se regocijó y, sin detenerse ni dejarle sacarse la piedrecita, inició la siguiente explicación:

—Hombre, ¡qué oportuno! Justo el otro día leí que en latín la piedrecilla que se metía en el zapato se llamaba scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra’. De ahí nació la palabra escrúpulo, que acabó teniendo el bello significado que aparece como primera acepción del diccionario de la VEI: algo así como ‘duda o recelo que punza la conciencia’.

Y añadió:

—Como una piedrecilla en el alma.

—¡Qué bonito! —ironizó con recochineo Quero.

Como siempre, cuando a la gente le gusta algo de lo que dice mi hermano (o lo parece, aunque sea sarcástico), mi hermano se excita, por lo que siguió hablando:

—Y ya que hablamos de piedras, también calculus significaba ‘piedra’. Era el diminutivo de calx, que significa ‘caliza’. De ahí lo de los cálculos renales y biliares. Se empezó a utilizar esta palabra para el cálculo matemático porque los niños aprendían a contar con piedrecitas.

Así llegaron a la puerta del sótano y sin escrúpulos (salvo Quero, que aún no se había podido sacar el suyo) se pusieron manos a la obra. A diferencia de la otra vez, ahora contaban con Chindas, que, por distintos motivos que ahora no vienen al caso, era un experto en abrir cerraduras. Y no tardó mucho en hacerlo, pero antes mi hermano, que aquella noche estaba especialmente etimólogo, después de haber probado por si acaso con sus llaves, esta vez sin tener éxito y aprovechando que Chindas hurgaba el cerrojo, consideró que tenía algo oportuno que decir:

—Anda, pero si nunca os he contado la etimología que mi profesor de latín del colegio nos dio de puerta.

Chindas, que acababa de conseguir abrir la puerta, miró a Quero desconcertado e incrédulo al ver que, aunque mi hermano era el más interesado en encontrar el Manuscrito cuanto antes, era capaz de trasponerse y frenar en seco la búsqueda al menor atisbo de curiosidad lingüística que le asomara a la mente.

—Es una historia muy bonita —decía mi hermano, traspuesto y ajeno a todo mientras iban entrando por unas escaleras que bajaban a una habitación pequeña. Con estas distracciones de mi hermano es normal que luego nunca recuerde haber estado en ningún sitio, para desesperación de nuestra madre que le ha llevado de pequeño a los más bellos rincones de España, sin recompensa memorística alguna. Mi hermano siguió—: Resulta que en tiempos de los romanos, como cuenta Tito Livio —y se sacaba esto de la chistera o, como dije antes, se tiraba un triple—, antes de empezar a construir una ciudad, delimitaban el perímetro de esta. Para hacerlo iban marcando una línea con un carro. Pero en los sitios en los que iban a ir las puertas de la ciudad, para que hubiera un hueco que indicara su lugar, levantaban el carro, o lo portaban, evitando que se marcara la línea. De ahí que se llamara luego porta, de donde viene puerta. De hecho, porta en latín era puerta de ciudad; la de la casa era ostium.

Al terminar, le extrañó que ni Chindas ni Quero se hubieran maravillado como otras veces de su historia o que no hicieran ninguna broma con lo de ostium. Sospechó que algo grave pasaba. Y así era. Solo un segundo tardó en mirar alrededor, ver que ya estaban dentro del sótano y comprobar que sus dos acompañantes habían abierto una puerta que parecía que podía ser la que llevaba al interior del edificio, pero que en verdad era un armario y que del armario había caído al abrir la puerta algo pesado que parecía… ¡un cadáver! Mi hermano les alcanzó en el grito y los tres salieron corriendo atropelladamente tirando todo lo que había por en medio. Con el pavor, cuando ya estaban fuera, siguieron corriendo otros doscientos metros, como cuando uno sale de la casa del terror del parque de atracciones. Recuperada por fin la calma, a los tres se les agolpaban jadeos y emociones en la boca, pero a mi hermano además se le apiñaban etimologías. Dejó hablar primero a Quero y a Chindas y luego pasó a explicar muchas cosas.

—Pero ¿de verdad era un cadáver? —dijo Chindas.

—Yo no sé, a mí me lo ha parecido.

Y el nerviosismo hizo que se empezaran a reír.

—Ja, ja, ja. Ha sido como cuando Lízar se encontró un cadáver buceando por las aguas de Playa Limón.

—Pues sí, ja, ja. Vaya susto. ¿Y ahora qué hacemos? Habría que avisar a la policía, ¿no?

—Yo creo que no, porque nos van a preguntar que qué hacíamos ahí dentro.

—Buf, yo qué sé. Pero ¿y no será peligroso que sigamos investigando esto? Si hay un cadáver es porque alguien ha matado a alguien y lo ha metido ahí.

En ese instante mi hermano consideró que ya les había dejado hablar lo suficiente de banalidades, paparruchas y fruslerías y les cortó:

—Bueno, bueno. También puede ser que se quedara ahí encerrado por cualquier motivo. Además, tampoco estamos seguros de que fuera un cadáver.

Y prosiguió en tono envalentonado:

—Y aunque fuera un cadáver, eso no nos va a detener en la búsqueda del Manuscrito del Conde Ensortijado. Lo importante ahora es que os tengo que contar dos cosas: una relacionada con la palabra cadáver y otra con la palabra jadear, ya que os he visto que habéis terminado jadeando —él también había jadeado pero, claro, no se había visto.

Considerándolo después, si no fuera porque es imposible que hubiera perpetrado algo así, yo habría llegado a pensar que mi hermano había plantado un cadáver aposta ahí para poder contar las dos cosas que vienen a continuación:

—En primer lugar, la etimología de cadáver es muy bonita. Viene de la primera sílaba de cada palabra en caro data vermibus, que significa ‘carne dada a los gusanos’: ca da ver. Es parecido a lo que pasa con el nombre de las notas musicales, que eligió Guido d’Arezzo cogiendo la primera sílaba de los versos de un himno a Juan el Bautista, que empezaban cada uno en una nota más alta. Al parecer, además, esta primera sílaba de cada verso era el nombre de una letra del alfabeto árabe. Por otro lado, de vermis, que es gusano, también vienen bermellón y bermejo, porque el color rojo se obtenía de un gusano.

Aunque no era momento de discutir, Chindas no podía desperdiciar la ocasión de contradecir a mi hermano:

—Pues yo leí hace poco, no sé dónde, que lo de cadáver era una historia inventada.

Y mi hermano, que no se atrevía ya a llevarle la contraria a Chindas, le dijo algo perturbado:

—Ah, pues no sé, tendría que mirarlo, pero en cualquier caso a mí me parece una etimología preciosa.

Y ya no se atrevió a decir la etimología de sarcófago, que esta sí que es seguro que viene del griego, de sarkos y fago y significa ‘que come carne’, que es más o menos lo que hace un sarcófago. De sarkos viene también sarcasmo, que significa literalmente algo así como ‘cortadura de carne’ o ‘desolladura’, que es lo que más o menos significa metafóricamente ahora; y de fago vienen muchas que todos sabemos, como xilófago, ‘que come madera’, como las termitas, onicófago, ‘que se come las uñas’, similar al –voro latino de herbívoro.

Con lo que sí que se atrevió mi hermano fue con jadear, porque lo había leído recientemente y necesitaba soltarlo:

—Y ¿a que no sabéis de dónde viene jadear?

—Pues la verdad es que no —respondió Quero, que no terminaba nunca de acostumbrarse a que mi hermano pudiera pensar en este tipo de cosas en cualquier situación, en este caso después de haber visto un cadáver, si es que lo era.

—Pues viene del verbo ijadear, que significa ‘mover las ijadas’.

Sin llegar a hacer una pausa lo suficientemente larga como para darle tiempo a Quero y a Chindas para que preguntaran lo que son las ijadas, dando por hecho que no lo iban a saber, clarificó:

—Las ijadas son los huecos que hay entre las costillas y las caderas, que se mueven mucho cuando uno respira fuerte porque está cansado, es decir, cuando uno jadea.

Y seguía sin dejarles participar, aunque tampoco estaban muy por la labor de hacerlo:

—Curiosamente, ijada es un derivado de ilia en latín, que significa ‘bajo vientre’. Otra palabra que se deriva de esta es el ilion, que, como sabréis —como mi hermano odia los como sabes y como sabrás de la gente, los utiliza a menudo para tocar las narices—, es el hueso de la cadera.

Por cierto —y contribuyo yo a seguir manteniendo la tensión—, ahora que han salido las notas musicales, aparte del curioso origen de su nombre, me permito añadir una curiosidad ortográfica que tienen y ya sigo con la aventura. Las notas musicales suponen una excepción a la regla de la tilde diacrítica de los monosílabos, es decir, a la que distingue entre monosílabos tónicos y átonos que se escriben igual. Siendo las notas mi y la tónicas deberían llevar tilde para diferenciarlas del posesivo mi de mi perro, por ejemplo, y del artículo la, pero no la llevan. Pasa lo mismo que con el nombre de las letras: el nombre de la letra t es te y no , a pesar de que es una palabra tónica que tiene un correspondiente átono en el pronombre te. Pasa lo contrario que con tés, el plural de , la bebida. , referido a la bebida, lleva tilde para diferenciarla del pronombre te que es átono, pero no hay una forma átona tes, con la que se podría confundir el plural de la bebida. No obstante, al parecer, los académicos de la VEI pidieron dejar esta tilde para conservar así la forma que siempre ha tenido.

Apuntado todo esto, que, por supuesto, se lo oí un día a mi hermano, puedo continuar con lo que Chindas, recuperando por fin la palabra, dijo:

—Sea como sea, la cosa es que esto parece cada vez más una historia de gánsters. Ya solo faltan pistolas —Y lo gafó, porque luego verían pistolas.

Quero, que estaba ojiplático por todo lo que había pasado, y eso que aún no sabía la que le esperaba, asintió:

—Pues sí, yo estoy flipando.

Y mi hermano, atento a todo, pero considerando que ya se había pasado por ese día les dijo:

—Hoy ya no, pero recordadme que un día os cuente una cosa curiosa sobre los gánsters, que en verdad es gánsteres, por cierto, como másteres, tráileres o córneres. Lo que hay que pensar ahora es otra manera de entrar en el edificio.

La buenaventura, que les ha ido acompañando y que cualquier buena aventura que se preste debe tener para que pueda ir desarrollándose, hizo que, al pasar por la puerta principal de Altair, vieran un cartel en el que no habían reparado antes y en el que se informaba de que se buscaban licenciados para puesto en la empresa para lo que había que pedir una entrevista por internet en una dirección —palabra que estaba escrita sin tilde como mi hermano no tardó en puntualizar— que allí aparecía. Como los tres eran licenciados, estaba claro que ese era el clavo ardiendo al que se tenían que agarrar para poder acceder al edificio.

Esa misma noche se inscribieron, efecto Pauli mediante, y recibieron un correo casi instantáneo con las horas de las entrevistas: 10:15 Chindas, 10.30 mi hermano y 10.45 Quero.

Entre el sueño y la hora que se les había hecho con todo, esa noche ni se plantearon salir.

La conclusión que se puede sacar del día es que, lejos de ahuyentarles, el hecho de haber encontrado un cadáver les sirvió para fortalecer su confianza en que el Manuscrito estaba ahí. Recordemos que, en teoría, la idea de que el Manuscrito se escondía en Altair era fruto de su imaginación, pues tal idea se había originado exclusivamente a partir de haber visto la tarjeta que se le había caído a uno de los dos hombres del metro, los cuales supuestamente habían hablado de un Manuscrito del Conde Ensortijado que escondía la verdad sobre el origen del lenguaje.

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Megustas, dijistes, escorpiones y entrecots

4

Solo cuando se hubo detenido completamente el avión, mi hermano se quitó el cinturón. Mi hermano es de los que solo se quitan el cinturón una vez se apaga la lucecita, hasta el punto de que un día le dijo a su compañero de piso de Nueva Isla, Cesc, que le había decepcionado cuando vio que él se lo quitaba antes. Luego, también solo cuando se hubo bajado del avión —a mi hermano le ponen nervioso los que lo encienden mucho antes y encima con sonido—, encendió el móvil y lo primero que hizo fue poner en Facebook que estaban en Favencia. Hizo esto en primer lugar porque tenía alguna chica por allí y en segundo lugar para que las chicas de Almagriz se enteraran de que estaba allí y le echaran de menos. A ver cuántos megustas (mejor que cuántos me gusta, como síes, noestequieros) conseguía.

En el camino a casa del rey Escorpión (el amigo de Chindas), Quero, tras habérselo oído a varias personas en el autobús y sabiendo que a Chindas también le gustan mucho estas cosas, se lamentó:

—Hay que ver la cantidad de gente que dice dijistes y vinistes. ¿A vosotros no os molesta?

—Yo lo odio —dijo Chindas, que odiaba también las faltas de ortografía y muchas veces se desahogaba con mi hermano mandándole fotos en las que aparecían faltas garrafales.

Mi hermano, sin embargo, como siempre tan ecuánime, neutral y baciyélmico, con el talante de gran maestro de artes marciales o monje budista, se desmarcó contestando:

—A mí no me parece tan condenable. —Le faltó añadir «pequeños saltamontes».

Quero pensaba resignado: «¡Ya estamos!». Mi hermano prosiguió con su monserga:

—Esta es de las típicas cosas que tiene una explicación muy bonita. En la conjugación de los verbos en español, en casi todos los tiempos la segunda persona del singular, es decir, la que se refiere a , termina en –s. Por ejemplo, con el verbo decir, el presente es dices, el imperfecto decías, el futuro dirás, y el subjuntivo digas, dijeras. Todos con –s final. Los únicos tiempos que no tienen –s son precisamente el pretérito perfecto simple o indefinido, que es como posiblemente estudiasteis que se llamaba dicho tiempo gramatical en el colegio porque así estaba en la gramática de 1931 de la VEI, aunque ya en el 75 se cambió —y volviendo en sí—, como decía, los tiempos que no tienen –s final en la segunda persona del singular son el perfecto simple, dijiste, y el imperativo di. Así que no es raro que el hablante, a la hora de usar dijiste tienda a poner una –s como en los demás tiempos y diga dijistes. Y, curiosamente, aunque con el verbo decir no pasa, con los verbos oír e ir, por ejemplo, se pone una –s también en la segunda persona del singular del imperativo. Así la gente dice «¡Oyes!» o «Ves ahí», en vez de «¡Oye!» y «¡Ve ahí!».

—¡Mola! —respondieron complacidos Quero y Chindas de ver que mi hermano de vez en cuando contaba cosas interesantes, pero a la vez contrariados de que ya no iban a poder quejarse de lo de dijistes con tanta agresividad nunca más.

—Pero es que incluso, a veces pasa con la n —seguía ahora enardecido mi hermano— que se asocia a la tercera persona del plural, porque sale en dicen, decían, dirán, entre otros, y, así, por ejemplo, para decirle a un grupo de personas que se vayan, si se les trata de usted, se puede oír que la gente dice «¡Irsen!»

—Anda, pues sí. Lo he oído alguna vez —asintió Chindas.

—Y al hilo de esto —continuó mi hermano—, no sé dónde oí una vez algo curioso. Vosotros sabéis cuándo se tildan las palabras llanas, ¿no?

—Sí, cuando la palabra termina en letra diferente a n, s o vocal —contestó Quero, que se sabía bien la lección.

—Pues ¿a que no sabéis por qué es así?

—Pues la verdad es que nunca me lo había planteado —se interesó Chindas.

—Fijaos en la terminación de los verbos. Casi todas las formas son llanas y terminan en n, s o vocal.

Reflexionaron un momento y constataron casi al unísono:

—¡Es verdad!

—Pues como estas palabras salen constantemente, para reducir al mínimo el número de tildes, se estableció que en estos casos fuera en los que no se ponía tilde. Además, lo de la s también sirve para todas las llanas plurales.

—¡Mola! —volvieron a responder.

Y así, en este estado, llegaron a casa del rey Escorpión. El rey Escorpión no se llamaba Mathayus como en la película, sino Alfonso, pero no era el Alfonsito del mus. El apodo de rey Escorpión, curiosamente, se lo había puesto mi hermano en la única noche que coincidió con él saliendo por Roldana. El motivo es que en las escaleras que conducían a la planta baja de Valhalla, que era una parte abierta y con piscina, el rey Escorpión, que estaba empezando una relación con una chica, cogió a mi hermano e, imitando a Mufasa, le señaló a todas las mujeres que por allí había diciendo:

—Al ver este panorama me doy cuenta de todo lo que me voy a perder si empiezo a salir con una chica. Yo es que tengo un problema. Yo es que veo pechitos y es como si viera entrecots. Se me hace la boca agua.

Mi hermano se empezó a partir de risa, a descojonarse, vamos. Pero el Rey Escorpión siguió:

—¿Tú conoces la fábula del escorpión y la rana?

—Creo que no —contestó mi hermano mientras fáusticamente empezó a pensar si era de La Fontaine o de Esopo.

—Pues resulta que un escorpión queriendo cruzar un río le pidió a una rana si le podía llevar en la espalda. La rana le contestó que no porque le iba a picar. El escorpión prometió con tanto ímpetu a la rana que no le picaría que acabó convenciéndola. A mitad de camino, el escorpión, como era de esperar, picó a la rana y, mientras se hundían, la rana le preguntó que por qué lo hacía, si iban a acabar hundiéndose los dos. El escorpión respondió encogiéndose de hombros (si es que los escorpiones tienen hombros): «Es mi naturaleza».

Mi hermano se quedó atónito.

—¿Sabes por qué te lo cuento? —preguntó el desde entonces apodado rey Escorpión.

—Me lo puedo imaginar, pero explícamelo tú —le tiró de la lengua mi hermano.

—Pues porque mi naturaleza es que me encantan las mujeres y, si me echo novia, no sé si voy a poder resistir a los impulsos de mi naturaleza.

En ese momento pasó una rubia con unos entrecots tan jugosos que si no llega a ser porque el Rey Escorpión era escorpión y no ave, habría sucumbido ante semejante añagaza. Aunque bien es cierto que, pensándolo mejor, en su afán de demostrar que era un escorpión y que en su naturaleza estaba el picar, demostraba lo enamorado que por fin estaba de una chica y, a la vez, lo asustado que se sentía por ello.

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La pista de Altair (sin tilde)

12

A pesar de estos días de sosiego, que el recuerdo de las locuras de mi hermano y algún mensaje de sus diversiones venusianas —término que nació de la boca del susodicho bailarín de Tóldoz, en verdad llamado Manuel— hicieron menos aburridos y, por tanto, más llevaderos, mi hermano no se quitaba el Manuscrito de la cabeza.

Por fortuna para mi hermano y para los que estén intrigados por la historia de esta novela (con esto ya vuelvo a la aventura que, por el ansia de presentar todas las facetas de mi hermano, he dejado un momento en suspenso), la aventura no terminaría con el fracaso de la expedición del atril. Todo siguió una tarde, en la que Quero, el Galgo, Mamut y mi hermano iban de compras en el metro. Cuando iban con más gente, Quero y mi hermano se cortaban un poco en sus conversaciones y escuchas lingüísticas, porque ya una vez les habían dicho que eran un poco incómodas para los que no podían participar y encima eran muy aburridas. Así, charlando estaban de cosas supuestamente menos aburridas, cuando se subieron en el metro los mismos señores de las gabardinas; esta vez, eso sí, sin gabardinas. No obstante, para no dejar por ello de parecer misteriosos, habían sustituido esas prendas de vestir por maletas antiguas, de las cuadradas de cuero duras. Mi hermano masculló, para que solo Quero le oyera:

—Mira, Quero, los señores de la otra vez. Los malandrines se han quitado las gabardinas para disimular, pero estoy seguro de que esos son los mismos hombres que vimos la otra vez.

Observaron atentamente a los hombres con un ojo a la vez que seguían con el otro, a modo de de pez martillo, la conversación con el Galgo y Mamut. De esta esfírnida y binocular manera pudieron enterarse de una frase clave de los hombres:

—El maldito chaval nos la ha jugado. Se ha llevado la carpeta entera con el Manuscrito.

—Ajá —pensó mi hermano recordando al chaval de arquitectura—. ¡Ecce carpeta! ¡He aquí la carpeta! Pero ¿adónde se la habrá llevado el maldito chaval?

En ese momento, en un nuevo guiño de la Providencia vieron cómo a los hombres se les caía una tarjeta al suelo. La típica escena de película. El primer impulso fue tirarse a por la tarjeta, pero prefirieron disimular y esperar a que se bajaran los hombres, con la esperanza de que no se dieran cuenta de que se les había caído, procediendo como algunos cuando ven que a alguien se le cae un billete. Eso sí, si los misteriosos personajes no se bajaban antes que ellos tendrían que esperar y pasarse la parada a la que iban. Y, claro, ¿qué dirían ante eso el Galgo y Mamut, a los que de momento seguían sin querer decirles nada del Manuscrito?

Tal como habían temido, llegó la parada en la que se tenían que bajar y los hombres aún no se habían apeado. Mi hermano pensó en agacharse y decirles que se les había caído la tarjeta y aprovechar para leer lo que ponía, pero no quiso que aquellos hombres se fijaran en él, así que decidió simplemente fijarse él en la tarjeta mientras salía. Distraído como iba mirando y en extraña postura por el disimulo, se tropezó al salir, al no tener cuidado para no introducir el pie entre el coche y andén y todo el vagón, incluidos los hombres, que al final resultó que se bajaban también allí pero eran de los que esperan a llegar a la parada para acercarse a la puerta, no tuvieron más remedio que fijarse en él, ya no solo por la caída sino porque, para disimular, mi hermano hizo un medio tirabuzón y cayó como haciendo el pino puente, adoptando una postura que, si se tiene en cuenta lo poco elástico que es mi hermano, era bastante llamativa, con los pies dentro del vagón y las manos fuera, panza arriba. Y por si aquellos hombres no se habían fijado lo suficiente, las puertas se cerraron apretando a mi hermano en las costillas y en los moratones —otra etimología popular, por cierto, por influencia de morado, a partir de moretón— que aún le quedaban de la paliza de los seguratas de la otra vez, con lo que soltó un grito desgarrador. Entre todos, los misteriosos hombres incluidos, a los que se les notó un gesto como de que le habían reconocido, le ayudaron y pudo liberarse antes de que arrancara el metro. Habría sido gracioso que hubiera arrancado el metro y que hubiera tenido que andar de lado como los cangrejos para seguir al metro en esa postura; aunque creo que el metro no avanza si hay una puerta abierta.

Cuando se hubo calmado todo, tanto el dolor y el jaleo como las risas de sus tres acompañantes, mi hermano, aún jadeante, le susurró a Quero:

—Pues a pesar de todo, he podido columbrar —palabra que había leído en Bomarzo hacía poco y que por tanto, aún no dominaba— que en la tarjeta ponía Altair como con letras negras.

—Sí, yo también lo he visto y no me ha hecho falta caerme, je, je —se cachondeó Quero.altair

—Mira el ahogao en la mar este —soltó roldaneramente mi hermano indignado—. Pues he puesto en peligro mi integridad por resolver un misterio. Seguro que tú no te has fijado en que además había un símbolo con forma de triángulo y una estrella dentro.

—Pues no, pero seguro que no es importante.

—Pues, amigo chisgarabís, te digo yo que va a ser la clave.

Tras esta peripecia, durante toda la tarde de compras con el Galgo y Mamut, que, aunque no preguntaron, se habían quedado atónitos ante lo acontecido en el metro, mi hermano estuvo intranquilo y ansioso, dándole vueltas al nombre Altair. Lo que más le inquietaba era recordar que en la tarjeta había visto la palabra sin tilde. Empezó a preguntarse cómo se pronunciaba, si con acento en la i o en la segunda a. Él siempre la había pronunciado con acento en la i. La cosa es que en cualquier caso debería llevar tilde. Ah no, claro, si el acento recaía en la segunda a no tendría que llevar tilde porque sería aguda terminada en r. No era como en dejáis, por ejemplo.

Aclarado esto primero, mi hermano empezó a pensar que le sonaba el nombre de Altair porque había un libro de Alberti que se llamaba Canciones para Altair. Esto le daba un toque aún más literario a toda la historia. Y lo del símbolo de la estrella seguro que era porque Altair es una estrella o al menos le sonaba que era así. Quero, que también sabía de estrellas, creo que por Los caballeros de Zodiaco, se lo confirmó y le dijo además que acababa de ver una película, El último refugio, donde justo hablaban de Altair y que es una de las estrellas más brillantes del cielo, creía que la duodécima. A mi hermano se le hacía la boca agua. Como es fácil de entender, veía todo esto como señales de una gran aventura y el doce era un número mágico. Aunque yo creo que cualquier número le habría valido.

Estuvo intentando buscar información en su móvil nuevo, que al final había conseguido por una buena oferta después de amenazar con irse de la compañía, pero temía que alguien le viera y decidió esperar a llegar a casa.

En cuanto volvieron a Pinar de San Martín y se quedaron solos Quero y mi hermano, fueron a casa de Quero y se pusieron a buscar en internet. Vieron que Altair significa águila que vuela, la que puede verlo todo. No cabía la menor duda de que todo eran señales. El águila que vio nacer el lenguaje. Pero siguieron buscando y como había predicho mi hermano, si no hubiera sido por el símbolo, no habrían descubierto a qué se refería ese Altair en concreto. Encontraron en Google Imágenes que el Altair con ese símbolo era una compañía de informática, al parecer una compañía secreta que iniciaron algunos empleados que dejaron otra compañía mayor cuando estaba empezando.

La sede de la empresa estaba en Favencia.

—¡Ajá! Así que esos hombres son de Favencia. Con razón hacían mal la concordancia del verbo haber.

Gracias a este hilo lingüístico pudo tirar del ovillo e ir recordando algunas palabras que había escuchado a los hombres en el primer encuentro con ellos, palabras de las que no se acordaba hacía unos días por la excitación: «Habían muchas carpetas en el archivo».

—Pero ¿qué harían aquí? Quizás les han dado alguna pista. Uhm, pero, ahora que lo pienso, se han bajado en Nuevos Falansterios y tenían maletas y han ido hacia la línea 8, así que seguro que iban a coger el avión.

Entonces también recordó que le había oído decir al más alto de los dos «¿Cuándo venimos a Favencia? ¿El lunes?». Ese día era lunes. No había duda de que algo llevaba a aquellos hombres a Favencia. Tenían que ir rápidamente allí.

Investigaron dónde estaba aquel edificio de Altair y descubrieron que estaba en la carrer de Pau Claris, 8. Esta vez no había lugar a la duda; lo habían oído y visto todo perfectamente.

Estuvieron buscando billetes para ir en tren al día siguiente, pero estaban todos los sitios baratos ocupados, así que no tuvieron más remedio que buscar algo en avión, porque en coche iban a tardar mucho. Buscando estaban cuando se les empezó a bloquear el ordenador. Mi hermano, en vez de alterarse o impacientarse, sonrió orgulloso y dijo que estaban siendo víctimas del efecto Pauli, por el cual un ordenador puede estropearse o ralentizarse en presencia de una determinada persona, generalmente con gran capacidad mental. Se llama así el efecto porque le pasaba al físico teórico Wolfgang Pauli. Mi hermano, haciendo gala de su eventual e ingenua falta de humildad decía que ahora estaba pasando por él; decía que le solía ocurrir cuando se ponía nervioso buscando billetes por internet y que el caos en su mente provocaba el caos en el ordenador.

A pesar de este efecto y de la influyente presencia de mi hermano, consiguieron sacar unos billetes baratos para el día siguiente por la tarde.

En su afán de no gastar mucho, mi hermano se acordó además de que su amigo Chindas tenía en Favencia un amigo, el apodado rey Escorpión, al que mi hermano ya había conocido un día. El rey Escorpión les podía dejar alojarse en su casa. Llamó a Chindas para consultarle y no tuvo reparos en contarle toda la historia del Manuscrito del conde ensortijado, puesto que Chindas sabía guardar un secreto. A Chindas no solo le pareció interesantísima la historia, sino que quiso apuntarse.

Sin más dilación, quedaron Quero y él con Chindas, que no tuvo problema en conseguir otro billete, para zarpar los tres rumbo a Favencia por la tarde del día siguiente, martes. No cayeron en la cuenta de que el refrán dice que no hay que casarse ni embarcarse en martes. Esto tal vez explicaría lo que vino después.

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A manuscrito imaginado no le hinques el diente

3

De vuelta al metro, mi hermano y Quero estaban algo desolados por no haber encontrado el Manuscrito, pero a la vez esperanzados porque la silueta en el atril no dejaba lugar a la duda de que el Manuscrito existía. ¿Pero cómo iban a encontrarlo? ¿Qué pista podían seguir ahora?

—Deberíamos habernos quedado a ver si venían los hombres, Quero —decía mi hermano mientras esperaban en el andén.

—Lo he pensado, pero me ha dado un poco de miedo. Que esos hombres tenían muy mala pinta. —Quero ponía un poco de prudencia en el asunto—. No sé, me dieron muy mala espina.

—Nos podríamos haber agazapado detrás de unos arbustos.

Como alivio de su desolación, poco tardó la primera pista en llegar a sus imaginativos oídos. En la misma parada que ellos, a sus espaldas, unos novios se subieron y, al ver que justo otra pareja les quitaba el único par de sitios que quedaban libres, el chico le dijo a la chica:

—¡Mierda! Se nos han adelantado.

Al oír esto a sus espaldas, mi hermano miró con cara de hallazgo a Quero, como preguntándole con la mirada si lo había oído. Por supuesto, para mi hermano esto solo podía indicar que ellos también habían estado en el sótano del atril y que, viendo que el cerrojo estaba abierto y que había indicios claros de que el Manuscrito había estado allí no hacía mucho, habían comprendido que se les habían adelantado. Intentó escuchar algo más de la conversación de la pareja, pero ni su imaginación pudo relacionar sus palabras con la historia del Manuscrito. Eso sí, no faltó algún en ver de por en vez de ni muchos de los hubieras por habrías que a mi hermano siempre rechinaban.

Para completar aquella desafortunada noche, en la misma parada en la que la pareja se bajó, se subió un grupo de chicos, con la mala suerte de estar formado por estudiantes de arquitectura, de los cuales uno llevaba una carpeta de las grandes, de esas en las que se llevan planos. Mi hermano que, cuando navega a bordo del barco de sus ensoñaciones, no es capaz de llegar a puerto y solo ve sirenas, consideró que ese era sin duda el Manuscrito del Conde Ensortijado. Eso sí, como siempre hacen las personas soñadoras, quiso hacer como que se cercioraba antes de que aquel era ciertamente el Manuscrito, para evitar futuros reproches. Para eso primero consideró oportuno involucrar a otra persona como quien se pega un pellizco para ver si está despierto, siendo en este caso el pellizcado Quero, a quien le preguntó si aquel podía ser el Manuscrito, ante lo que Quero puso cara de que tal vez. Lo mismo habría dado cualquier otra cara, porque mi hermano estaba ya pasando a la segunda prueba de cercioramiento, que consistía en observar bien el Manuscrito para intentar descifrar alguna de las letras que dejaba ver el brazo del chico que sujetaba la carpeta. Lo que tardó mi hermano en confundir o lo que tardó su imaginación en confundir a mi hermano transmutando la palabra encofrado de la portada de la carpeta en la palabra ensortijado del supuesto Manuscrito y en tirarse mi hermano encima del pobre chico para intentar arrancarle la carpeta de los brazos fue lo que tardó el metro en llegar a la siguiente parada, de tal manera que, cuando empezaron los gritos, la batahola, la vocinglería, la zapatiesta y el revuelo entre los estudiantes y demás pasajeros del metro, las puertas se abrieron justo delante de una pareja de hombres de seguridad, los cuales al tratar de reducir de buenas maneras a mi hermano, que estaba como en trance, y ver que no podían, metro4empezaron a curtirle el lomo con las porras, de tal manera que entre unos y otros montaron una nube como las de los dibujos animados, de la que salían bocadillos con onomatopeyas tan graves como ¡zas!, ¡paf! o ¡bum!

Por los gritos de mi hermano supongo que le zurraron con tanta fuerza como molieron a Lízar las chicas la vez que se cayó dentro de su coche en el aparcamiento de Valhalla. Tan enfrascado estaba, sin embargo, mi hermano en hacerse con el Manuscrito, que tardó en darse cuenta de la tunda que le había caído y en comprender por qué se encontraba ahora molido en el andén y sin Manuscrito cuando hacía un momento se creía por fin dueño del secreto del origen del lenguaje. Los de seguridad se habían ido ya, una vez que Quero les había explicado que mi hermano también era estudiante y que había montado ese follón porque se pensaba que aquella era su carpeta y que se la habían quitado en la cafetería de la universidad.

Este fue un arrebato raro en mi hermano, quien generalmente mantiene la calma. Si hay alguna excepción, generalmente está relacionada con la bebida, como cuando toma alguna bebida energética y se pone a dar volteretas o a pegar brincos, o como el día que bebió ron y empezó a lamer los hombros de su amiga Pichuki, o el día que sacó un cuchillo en una fiesta, o cuando le da el momento social en los baños de las discotecas y empieza a entablar desaforadas conversaciones con desconocidos y a soltar discursos, entre otras muchas historias que ya contaré.

Pero esta vez, que yo sepa, no había bebido nada, lo cual demostraba que el lenguaje le embriaga tanto como el alcohol y le hace perder el control de la misma o de peor manera.

Pese a todo, recobrado el aliento, la vuelta, lejos de ser desoladora como al salir del sótano sin el Manuscrito, fue un camino de éxtasis y de palabras enfervorecidas:

—Quero, ¿te das cuenta de lo cerca que hemos estado?

Quero, considerando que tanta casualidad no era posible, empezaba a temer que todo aquello fuera verdad, pues, entre otras cosas, debido a su mala vista, también él creía haber leído en la carpeta la palabra ensortijado, en vez de encofrado, y le parecía sospechoso que unos estudiantes tuvieran una carpeta con la palabra ensortijado. Por eso contestó algo alterado:

—Sí, hemos estado cerca, pero creo que habría que andarse con más ojo para no llamar la atención.

La euforia se tornó en ardor y enojo en mi hermano al pasar por la estación de Santiago Bernabéu. Siempre que pasaba por ahí lo pensaba, pero ese día, seguramente por la exaltación, decidió darle vida sonora a los pensamientos que le atormentaban desde hacía tiempo:

—Por mucho que se empeñen, Bernabéu no debería llevar tilde. Y ya sé que cada uno puede hacer con su apellido lo que quiera, pero nadie escribe Lopez sin tilde, pretendiendo que la gente lo pronuncie como palabra llana. Bueno, hay gente que sí lo hace, pero no es lo normal.

Este tema le afecta especialmente porque su apellido es similar a Bernabéu. Siguió:

—Por mucho que la e y la u formen diptongo en palabras como Europa, en Bernabeu van en dos sílabas distintas y, por tanto, si el acento recae en la e, sería una palabra llana terminada en vocal y no debería llevar tilde. Y no me vale lo del diptongo ortográfico. Lo de que sean dos sílabas está claro porque Bernabeu no hace rima asonante con café, por ejemplo (como pasaría con jersey, donde sí que hay diptongo), sino con teruteru —esta palabra llana terminada en –eru la había encontrado mi hermano usando el diccionario inverso, mientras se preparaba esta lección. Como he explicado antes, un diccionario inverso es aquel en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su letra final—. Por tanto —continuó—, está claro que la e y la u están en dos sílabas separadas, por lo que Bernabeu no tiene que llevar tilde y punto.

Al llegar a casa disimuló para que nuestra madre no le pillara los moratones (o moretones) del costado ni le pillara que iba andando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Tenía miedo de que nuestra madre le diera con la zapatilla —expresión que utilizaba mucho nuestro amigo Zazú, uno de los hermanos Raposo, llamado así, efectivamente porque se parecía en actitud, gestos y expresión al pájaro del Rey León—, después de la zurra que ya le habían dado los de seguridad.

El miedo en este caso no era infundado porque mi hermano es experto en llevarse broncas, pero también dobles broncas, esté haciendo algo malo o no, por lo que tiene una especie de trauma con ser regañado o castigado después o por culpa de haberlo sido ya previamente. De pequeño le echaba la bronca alguien y luego nuestra madre le echaba la bronca porque se hubieran enfadado con él. Esta era la situación, por ejemplo, cuando nuestra madre se enfadaba con él porque una de nuestras tías le había regañado:

—¿Qué habrás hecho ahora?

—Pero, mamá, que no ha sido mi culpa, que yo no he hecho nada.

—Pues peor aún, encima eres tan tonto de llevarte la bronca injustamente.

Otro ejemplo es que si en una fiesta en casa de una amiga todos nuestros amigos, mi hermano incluido, están poniéndose sombreros de la madre de la chica sin permiso y haciéndose fotos para hacer la gracia, al final la foto que pillan en algún chat de WhatsApp es la de mi hermano y, claro, es él el que se lleva la bronca, y, si luego pillan la foto de otro, le echan más bronca aún por no solo haberse puesto él sombreros sin permiso, sino por haber instigado a los demás a hacerlo.

Pero lo divertido es cuando mi hermano encima se lleva las broncas sin haber hecho nada o haciendo algo sin intención. No hace mucho, en una fiesta en casa de una amiga que celebraron con motivo de una final de Champions, estaba ayudando a recoger, cosa no demasiado común en él, y de repente vio unas llaves de coche encima de la mesa que estaba limpiando con el Galgo —recordadme que cuente el origen de su apodo—. Cogió las llaves y se las metió en el bolsillo para que no se perdieran. Más tarde estaba quitando el agua de los hielos derretidos de la típica nevera y con el esfuerzo, porque pesaba, se le apretó un botón de las llaves que llevaba en el bolsillo y que había olvidado que tenía y de repente empezó a sonar la alarma de toda la casa. La dueña de la casa empezó a gritar, la policía llamó al padre, se armó jaleo y el novio de la dueña empezó a preguntar enfadado que quién tenía el mando de la alarma. Mi hermano, que no era consciente de que ese era el mando que tenía en el bolsillo, poco a poco fue recapacitando hasta que, justo cuando entendió que era posible que lo que llevaba en el bolsillo no fueran unas llaves de coche sino el mando de la alarma, llegaron a él y le inquirieron:

—¿No tendrás tú el mando?

Mi hermano dudó en mentir, pero es incapaz, y dijo sacándolo:

—¿Es este?

Broncote.

Luego mi hermano preguntaba a la gente:

—Pero ¿quién tiene un mando que haga que empiece a sonar la alarma?

Y, claro, le hicieron ver que no es que el mando hiciera que sonara la alarma, sino que la activaba y, como la casa estaba llena de gente, enseguida había detectado el movimiento y había empezado a sonar.

El Galgo le consolaba diciéndole que acababa de ver en directo cómo se había producido todo y que verdaderamente tenía muy mala suerte con lo de las broncas. Por lo menos el Real Almagriz había ganado la Champions.

El colmo de todas las reprimendas por concisa y apabullante fue una mañana que volvió a casa de fiesta sobre las nueve y media, completamente empapado, por una razón que ahora no viene al caso, y al verle, nuestra madre, que estaba ya despierta madre1desde hacía rato y leyendo en el cuarto de estar, le hizo una peineta y le dijo: «¡A tu cuarto!». Mi hermano se fue sin rechistar. Debe ser bastante duro que tu propia madre te haga una peineta.

Creo que en la explicación que le dio a nuestra madre al día siguiente nació su excusa de que una cosa llevó a la otra para explicar cómo se le habían hecho las nueve y media.

Alguna vez que alguien le ha dicho a mi hermano que no puede dejar que le echen broncas, sobre todo si son injustas, y que tiene que defenderse él ha dicho:

—Yo es que me cohíbo, como los puros.

Decía antes, por cierto, que mi hermano es incapaz de mentir. Y esa es una de las cosas peculiares suyas: que nunca miente. Pero lo peor de todo es que en general la gente cree que sí. A veces puede ser porque cuenta historias inverosímiles y a veces porque se acentúa el agujero (o diastema) que tiene entre los dientes, concretamente entre las paletas de arriba, lo cual le quita credibilidad.

18jhfj8iy11ptjpgSobre lo de las historias inverosímiles puede que sea verdad, pero no es que sean mentira, es que mi hermano las cuenta de una manera exagerada. Por eso le gustan tanto películas como Big Fish o La vida de Pi, porque en ellas se da un enfoque de la vida exagerado, pero siempre con la realidad como base. Si la vida se puede contar y vivir de muchas maneras, mejor contarla y vivirla de una manera bonita. Lo mismo con la religión y la vida eterna: a falta de pruebas, mejor vivir con la esperanza de que hay algo después de la muerte; al fin y al cabo, si no hay nada, no nos vamos a enterar.

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